Título: El niño diminuto y el teléfono gigante
Había una vez un niño diminuto llamado Nico, que medía apenas cinco
centímetros de alto. Vivía en una caja de zapatos debajo del sofá de la
abuela, donde tenía una cama hecha de algodón, una lámpara con una pila
de reloj y libros en miniatura hechos con etiquetas.
Aunque era pequeño, Nico tenía grandes sueños. Su mayor deseo era hablar
por teléfono con su mejor amiga, Lila, otra niña diminuta que vivía al otro
lado de la casa, dentro del cajón de las medias.
Pero había un problema: ¡el teléfono era enorme! El celular de la abuela era
más grande que una casa para Nico, y los botones eran como montañas. Aun
así, Nico no se rindió.
Un día, esperó a que la abuela se durmiera en la siesta. Con una cuerda
hecha de hilo dental, trepó hasta la mesa y llegó al celular. Usando un palillo
como palo de selfie, tocó con dificultad la pantalla hasta abrir la aplicación
de llamadas.
—¡Lila! —gritó, cuando al fin logró conectar.
Del otro lado de la casa, una vocecita respondió:
—¡Nico! ¿Eres tú de verdad?
—¡Sí! Estoy encima del celular. ¡Estoy usando el palillo para llamarte!
Ambos se rieron y hablaron por horas sobre sus aventuras diminutas: cómo
evitaron al gato, cómo construyeron túneles por los zócalos, y cómo soñaban
con construir una ciudad secreta bajo la alfombra.
Desde entonces, cada tarde, mientras los adultos descansaban, el teléfono
gigante se convertía en un puente mágico entre dos corazones diminutos,
unidos por una gran amistad.
Y aunque nadie lo sabía, en esa casa común y corriente… pasaban cosas
extraordinarias.