¿Qué es el liberalismo?
El liberalismo es una corriente económica y política que hace
hincapié en la protección y el fomento de
las libertades individuales como el problema central que debe
atender el ejercicio político.
El liberalismo propone, en lo político, lo social y lo económico,
que la razón de ser del Estado radica en garantizar
la igualdad ante la ley y el justo ejercicio de las libertades
individuales. Al mismo tiempo, según esta corriente, el Estado
debe contar con límites claros a su poder para que no constituya
un impedimento al ejercicio de la vida libre y autónoma.
El liberalismo abarca un conjunto de formas de pensar que
comparten la defensa de los derechos individuales (como
la libertad de expresión), la libertad económica, el secularismo,
la propiedad privada, la democracia, la autonomía individual,
la igualdad de oportunidades y el Estado de derecho.
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Historia del liberalismo
El origen del liberalismo se remonta a Gran Bretaña en el siglo
XVII, donde surgió a partir de la filosofía empirista y la filosofía
utilitarista. Ambas filosofías influyeron de una manera u otra en el
nacimiento del mercantilismo, una escuela del pensamiento que
demandaba la intervención estatal en la economía. Proponía
garantizar a la nación las condiciones necesarias para generar
riqueza y competir en el mercado. Sin embargo, la intromisión
estatal solía beneficiar a las clases altas y limitaba a la libre
empresa, lo cual iba en contra del ascenso de las clases medias
burguesas y comerciantes.
En los siglos XVII y XVIII se produjo la primera revolución de
la burguesía en contra de los intereses de la aristocracia y del
Antiguo Régimen, especialmente en Francia e Inglaterra. Esto dio
lugar a las Guerras Civiles inglesas, la Revolución Gloriosa de 1688
y la Revolución Francesa de 1789.
Todos estos conflictos sentaron las bases para una nueva forma de
pensamiento igualitarista, individualista y liberal que se esparció
por Europa. Este nuevo pensamiento dio como resultado, en
algunos casos, la caída de las monarquías y, en otros casos,
un nuevo pacto entre estas monarquías y las clases altas obligó a
quienes ejercían el poder a pactar con el resto de los actores
socioeconómicos. Esta transformación política dio origen al
liberalismo clásico y fue vital en el surgimiento de la sociedad
capitalista.
Como corriente filosófica, el liberalismo tiene sus orígenes
intelectuales en los trabajos del filósofo inglés John Locke (1632-
1704) y el economista escocés Adam Smith (1723-1790). Ambos
pensadores se opusieron al absolutismo monárquico, cuyo poder
radica en la concentración autoritaria de una monarquía autócrata.
Considerado el padre del liberalismo clásico, John Locke fue un
empirista británico cuyo trabajo influyó en pensadores
notables como Voltaire y Rousseu, intelectuales de
la Ilustración francesa. Contribuyó notablemente a la teoría
del contrato social, así como al republicanismo clásico y la teoría
liberal, reflejados en la Declaración de Independencia de los
Estados Unidos y en la Declaración de Derechos inglesa de 1689.
Desarrolló una teoría de la autoridad política fundamentada en el
consenso del pueblo gobernado y en la naturaleza de los derechos
individuales.
Adam Smith, por su parte, sostuvo que las sociedades prosperan
cuando los sujetos son libres de perseguir su propio interés en un
sistema de propiedad privada de los medios de producción, así
como también en un mercado competitivo, autónomo y libre del
Estado o los monopolios privados.
En su desarrollo histórico, el liberalismo político, económico y
social también recibió contribuciones de las ideas de Thomas
Hobbes (1588-1679), James Madison (1751-1836) y Montesquieu
(1689-1755). Otros pensadores también han influenciado la teoría
liberal, aportando formas y desarrollos conceptuales más o menos
tradicionales. Por su extenso desarrollo a nivel global, el
liberalismo como corriente filosófica y práctica cuenta con
distintas escuelas y manifestaciones.
Características del liberalismo
En términos generales, algunas características del liberalismo son:
Considera la libertad en todos sus aspectos como un
elemento inviolable de la vida ciudadana: la libertad de culto,
libertad de prensa, libertad de asociación y libertad de
pensamiento deben estar garantizadas. No obstante, el
ejercicio de estas libertades no debe contradecir las
libertades de los demás. La libertad individual debe ser
sagrada y el Estado no puede violentarla.
Defiende el principio de igualdad ante la ley para todos los
ciudadanos, garantizado por el Estado de derecho, tanto en
los ámbitos políticos como sociales. Solo así el individuo es
libremente responsable de sus actos.
Defiende el principio de la propiedad privada como un
derecho inalienable del individuo, protegido por la ley frente
a iniciativas colectivistas.
Defiende la existencia de una educación laica y un Estado
laico, compuesto por poderes autónomos e independientes
de acuerdo al modelo republicano
(ejecutivo, legislativo, judicial), pues la solución de los
dilemas siempre puede hallarse mediante el ejercicio del
diálogo político.
Propone la mínima intromisión del gobierno en la vida
ciudadana y la mínima intromisión del Estado en la
conducción de la economía.
Principales corrientes liberales
Existen varias corrientes históricas liberales o derivadas del
liberalismo. Sin embargo, no todas han tenido el mismo impacto y
aceptación política, económica y social. Las más destacadas son:
Liberalismo clásico. Nacido de la burguesía europea de los
siglos XVII y XVIII y su lucha contra el absolutismo
monárquico y los privilegios aristocráticos, defiende la no
intromisión del poder del rey en los asuntos civiles, la libertad
de culto, el ejercicio político y el económico. Fue un
movimiento propio del capitalismo temprano, fundamental en
la caída del Antiguo Régimen y en el surgimiento de la
Ilustración, corriente que se opuso a la intromisión del Estado
en los asuntos económicos, defendiendo las libertades
individuales a toda costa.
Socioliberalismo. También conocido como
liberalprogresismo, capitalismo social o economía social de
mercado persigue un balance entre la defensa de las
libertades individuales y del ejercicio económico, y la
protección del Estado contra formas injustas y excesivas del
mercado —como los monopolios y otras formas
de competencia desleal—. El socioliberalismo pretende la
intervención de un estado que garantice las condiciones
propias de producción y por eso también se lo llama estado
de bienestar.
Minarquismo. Partidario del Estado mínimo, sostiene que el
Estado solo debe garantizar la defensa territorial de
la nación y el sostén de la justicia y del orden público. Este
modelo propone que el resto de los asuntos económicos y
sociales debe quedar en manos privadas. Este término fue
acuñado en 1971 por el estadounidense Sam Konkin (1947-
2003).
Anarcocapitalismo. Conocido también
como anarquismo de libre mercado o anarcoliberalismo,
propone una sociedad organizada y carente de Estado, en la
que absolutamente todos los bienes y servicios provienen de
la libre competencia del mercado.
Liberalismo social y económico
Aunque el aspecto social y el aspecto económico conviven en el
seno de la filosofía liberal, el liberalismo social y el económico
pueden comprenderse por separado de la siguiente manera:
Liberalismo social. Tiene que ver con la no intromisión del
Estado en la vida privada de los ciudadanos o en
sus relaciones sociales. Esto permite la libertad de culto, de
pensamiento, de asociación y de prensa, siempre y cuando
no se infrinjan las leyes ni se violenten las libertades de
terceros. El liberalismo es partidario del Estado de derecho —
o sea, de la igualdad ante la ley— y considera, por el
contrario, que lo que ocurre en el fuero íntimo de la vida
ciudadana le incumbe única y exclusivamente a los
involucrados, mientras no se esté cometiendo ningún delito.
Liberalismo económico. Sostiene la necesaria
independencia de las relaciones mercantiles y comerciales de
los ciudadanos de la intromisión del Estado, siempre y
cuando este ejercicio no constituya ninguna violencia contra
las libertades de los demás. Los impuestos, las regulaciones y
las restricciones gubernamentales deben ser eliminadas o, al
menos, restringidas a su mínima expresión, para permitir que
la libre competencia guíe el mercado y la labor productiva
por sus propios caminos.
Representantes del liberalismo
Adam Smith fue uno de los fundadores del liberalismo económico.
Los principales exponentes del pensamiento liberal a lo largo de la
historia fueron:
John Locke (1632-1704). Filósofo y médico inglés
perteneciente a la corriente del empirismo inglés, es
considerado el padre del liberalismo clásico. Fue el primero
en formular una filosofía propiamente liberal, basada en el
derecho a la propiedad privada y el consentimiento de los
gobernados.
Adam Smith (1723-1790). Economista y filósofo británico,
fue uno de los fundadores del liberalismo económico. Su
pensamiento fue clave para el surgimiento del capitalismo y
está plasmado en su célebre La riqueza de las
naciones (1776), donde afirmaba que la libre competencia
entre los actores privados distribuye mejor la riqueza que los
mercados controlados por el Estado.
David Ricardo (1772-1823). Fue un economista británico en
cuyos tratados se defendía el establecimiento de una unidad
monetaria fuerte, cuyo valor dependiera directamente de
algún metal precioso, como el oro. Fue autor de diversas
teorías económicas liberales, en las que subrayó la
importancia de la libre competencia y la comercialización
internacional.
Neoliberalismo político-económico
El concepto de neoliberalismo está relacionado con el
resurgimiento de la doctrina político-económica liberal a finales del
siglo XX.
Este movimiento fue ampliamente criticado por los sectores
progresistas de la sociedad, aun cuando muchas de sus ideas
se pusieron en práctica durante las décadas del 80 y 90 por
gobiernos de distintas inclinaciones políticas y económicas.
Ejemplo de ello fue la política económica del gobierno de Ronald
Reagan en Estados Unidos y el de Margaret Thatcher en el Reino
Unido.
La falsa libertad del
liberalismo
JUNIO 20, 2023• PORANTHONY MARIA AKERMAN, OP
Liberalismo, ley y libertad
Según el Papa León XIII, el liberalismo político no es sólo un
fracaso de la prudencia política. Es, de hecho, el renacimiento
de la antigua herejía del pelagianismo. Los liberales, como sus
antepasados pelagianos, tergiversan el verdadero significado de
la libertad. Como explica León, Pelagio sostenía que «la
posibilidad de defección del bien pertenecía a la esencia o
perfección de la libertad». (Libertas, 6) En otras palabras, la
visión pelagiana de la libertad es una capacidad
esencialmente neutra de elegir el bien o el mal. Soy
verdaderamente libre en la medida en que puedo hacer
lo que me plazca. Defender la libertad, por tanto, es defender
el derecho a determinar por uno mismo lo que es bueno y en
qué consiste nuestra felicidad. Tanto si decido observar la ley de
Dios como si la quebranto, ambas son expresiones de mi
libertad.
Por supuesto, León continúa explicando que este error es mucho
más antiguo que Pelagio. Es el error primordial del mismo
diablo:
Muchos son los que siguen los pasos de Lucifer y adoptan como
propio su grito rebelde: «No serviré»; y, en consecuencia,
sustituyen la verdadera libertad por la licencia más pura y más
tonta. … En nombre de la libertad, se hacen llamar liberales.
(Libertas, 14)
Por desgracia, esta perniciosa concepción de la libertad se
ha apoderado de muchos en la Iglesia. La influencia
pelagiana es especialmente evidente en quienes se
muestran aprensivos ante la concepción tradicional de la
predestinación divina. Como los seguidores del jesuita del
siglo XVI, Luis de Molina, muchos piensan que si Dios me impide
hacer el mal, mi auténtica libertad ha sido coartada. Mi
capacidad de elegir el bien o el mal es algo en lo que ni siquiera
Dios mismo puede interferir. Aquellos a quienes el Papa León
denunció como liberales se hacen eco de la misma perspectiva.
Según ellos, la única ley que Dios aprecia incluso por encima de
sus mandatos morales es la de no interferir en la libre elección
de las criaturas.
Tales puntos de vista son desastrosos teológicamente y socavan
la primacía de la gracia en nuestra salvación. Pero en el registro
teo-político, como León XIII vio claramente, tales puntos de vista
son «bien conocidos por ser peligrosos para el orden pacífico de
las cosas y para la seguridad pública». Para fortalecernos contra
tales puntos de vista nos pide que volvamos a «las enseñanzas
de Tomás sobre el verdadero significado de la libertad, que en
este tiempo se está convirtiendo en licencia». (Aeterni patris,
29)
Lo que León llama específicamente nuestra atención es que,
para Santo Tomás, la libertad es una capacidad racional. Tomás
entendía la libre elección (liberum arbitrium, a menudo
traducido erróneamente como «libre albedrío») como
consecuencia de una cooperación tanto del intelecto como de la
voluntad. «El hombre es dueño de sus actos por la razón y la
voluntad, por lo que se dice que la libre elección es una facultad
de la voluntad y de la razón. [Est autem homo dominus suorum
actuum per rationem et voluntatem, unde et liberum arbitrium
esse dicitur facultas voluntatis et rationis]». (ST I-II 1.1, co.)
Para el Aquinate, en cambio, la voluntad se define
como un apetito racional. Se siente atraída
ineluctablemente hacia el bien, tal como lo juzga el
intelecto. Por tanto, una persona nunca quiere el
mal por sí mismo.
Contrariamente a esta posición clásica, los voluntaristas
posteriores, como Guillermo de Ockham, postularon que
la libertad de la voluntad se encontraba en su capacidad
para anular los juicios de la razón. Desligada de la razón, la
voluntad no tiene otro principio rector que su propio deseo
caprichoso. En esencia, la voluntad se degrada a ser un apetito
más, sólo que peor porque al menos en los apetitos sensibles
son atraídos hacia los bienes sensibles. La voluntad (según el
voluntarismo) no sólo surge de la nada, sino que también tiende
hacia la nada.
Para el Aquinate, en cambio, la voluntad se define como
un apetito racional. Se siente atraída ineluctablemente hacia el
bien, tal como lo juzga el intelecto. Por tanto, una persona nunca
quiere el mal por sí mismo. Cuando se elige voluntariamente un
mal, siempre es bajo el aspecto de algún bien (ya sea real o
meramente aparente). El Aquinate cree que existe el «pecado
de malicia», o pecado de mala voluntad. Pero incluso en este
caso, enseña Tomás, la voluntad sólo es movida al mal a la
luz de algún bien, «como cuando un hombre, aun a
sabiendas, sufre la pérdida de un miembro, para salvar
su vida que ama más.» Asimismo, es posible que «un hombre
desee a sabiendas un mal espiritual, que es mal simplemente,
por el cual se priva de un bien espiritual, para poseer un bien
temporal.» (ST I-II, q. 78, a. 1)
Así, incluso el pecador malicioso, que sabe que lo que hace está
mal, sigue demostrando su ignorancia porque considera
erróneamente que los bienes temporales son superiores a los
espirituales. O, tal vez, sí reconoce que el bien espiritual es
mayor, en sí mismo, pero por desesperación, prefiere el bien
temporal porque cree erróneamente que los bienes espirituales
son inalcanzables para él. El Aquinate considera todas las
posibilidades y concluye: «Puesto que la voluntad concierne al
bien, o al menos a la apariencia del bien, la voluntad nunca es
movida al mal a menos que lo que no es bueno de alguna
manera parezca tener el carácter de bueno. En consecuencia, la
voluntad nunca tiende al mal fuera de alguna ignorancia o error
de la razón.» (ST I-II, q. 77, a. 2.)
La libertad, por tanto, no puede entenderse como
capacidad para el mal. Sólo puedo elegir el mal si algo ha
ido mal, si hay algún defecto en mi juicio sobre lo que es
verdaderamente bueno. Pero mi capacidad de libre elección
se expresa en que elijo según la razón. Por tanto, en la medida
en que elijo el mal demuestro que carezco de verdadera
libertad. Y, en efecto, el Aquinate llega a la misma conclusión:
«Elegir algo no ordenado al fin, es decir, pecar, evidencia un
defecto de libertad. Por eso los ángeles, que no pueden pecar,
gozan de mayor libertad de elección que nosotros, que sí
podemos». (I, 62.8, ad 3) El Papa León cita también el
comentario de Tomás al Evangelio de Juan, que llega al mismo
punto: «El hombre es racional por naturaleza. Cuando, por tanto,
actúa según la razón, actúa por sí mismo y según su liberum
arbitrium; y esto es libertad. Mientras que, cuando peca, actúa
en oposición a la razón, es movido por otro, y es víctima de
extraños extravíos». (Libertas, 6)
Hay que ser libre para pecar, pero la libertad en sí
no implica capacidad para pecar.
Algunos pueden sentirse confusos ante esta afirmación, ya que
la condición para que un pecado sea mortal es que sea con
«pleno conocimiento y total consentimiento» (Catecismo, 1859).
Pero lo que se expresa con esto no es que se pueda o se quiera
pecar en un estado de perfecto conocimiento y total libertad. Es
cierto que los santos que gozan de tal privilegio, de hecho, no
pueden pecar. Más bien uno debe tener suficiente conocimiento
y libertad para ser culpable. Este es el punto crucial que hay que
comprender: Hay que ser libre para pecar, pero la libertad en sí
no implica capacidad para pecar.
De nuevo, el Papa León XIII, fiel alumno de Santo Tomás,
explica: «Así como la posibilidad del error, y el error real, son
defectos de la mente y atestiguan su imperfección, así también
la búsqueda de lo que tiene una falsa apariencia de bien,
aunque sea una prueba de nuestra libertad, como una
enfermedad es una prueba de nuestra vitalidad, implica defecto
en la libertad humana.» (Libertas, 6) En otras palabras, hay que
estar vivo para estar enfermo, pero la enfermedad no está en
modo alguno contenida en la noción de vida, ni la vida requiere
la posibilidad de estar enfermo. Desde el punto de vista tomista
(y leonino), lo mismo puede decirse del liberum arbitrium. Un
agente que no es libre no puede pecar. Pero elegir el pecado es
sólo una expresión del grado en que ese agente está limitado en
su libertad.
Esta idea clave sobre la naturaleza de la libertad, que el Papa
León toma de Santo Tomás, sirve de fundamento a toda la
enseñanza social católica posterior. En todo momento, la Iglesia
se opone a la falsa libertad que adopta el lema luciferino: Non
serviam, haré lo que me plazca. En pocas palabras, cuando la
libertad se entiende correctamente, uno se da cuenta de
que no es en absoluto una infracción de la verdadera
libertad impedir, por ley, que una persona haga el mal,
ya sea a sí misma o a los demás.
Estos principios están presentes en toda la Rerum novarum. Por
ejemplo, León rechaza explícitamente la idea de que sea
suficiente el consentimiento entre empresario y trabajador en lo
que se refiere al salario o a las condiciones de trabajo. (43-44)
La libertad del trabajador no consiste en recibir un salario con el
que esté de acuerdo, sino en recibir un salario que sea justo, por
un trabajo que corresponda a su dignidad. «Consentir en
cualquier trato que esté calculado para frustrar el fin y propósito
de su ser está fuera de su derecho». (40) Y, por supuesto, esto
se aplica igualmente a la enseñanza de la Iglesia sobre la ética
sexual. St.
El Papa Pablo VI, en la Humanae vitae expresó su deseo de
«crear una atmósfera favorable al crecimiento de la castidad y
de la verdadera libertad». Y así lo ordenó a los gobernantes
temporales: «No toleréis ninguna legislación que introduzca en
la familia aquellas prácticas que se oponen a la ley natural de
Dios». (6-7)
los liberales se equivocan no al proponer demasiada
libertad, sino al no comprender lo que es realmente
la libertad. Creen confusamente que coartar lo que
es contrario a la ley divina y natural es coartar la
libertad.
Quizá más que ningún otro Papa, San Juan Pablo II comprendió,
hizo suyo y repitió constantemente el mensaje central de la
Libertas de León. En la Centesimus annus, el Papa Juan Pablo II
vuelve a llamar nuestra atención sobre la Libertas como
contexto esencial para comprender la crítica de León:
Mención especial merece la Encíclica Libertas praestantissimum,
que llamaba la atención sobre el vínculo esencial entre la
libertad humana y la verdad, de modo que la libertad que se
negara a vincularse a la verdad caería en la arbitrariedad y
acabaría sometiéndose a las pasiones más viles, hasta la
autodestrucción. En efecto, ¿cuál es el origen de todos los males
a los que quería responder la Rerum novarum, sino un tipo de
libertad que, en el ámbito de la actividad económica y social, se
separa de la verdad sobre el hombre? (Centesimus annus, 4).
Como un hilo de oro entretejido a lo largo de las encíclicas
sociales, desde León XIII hasta Francisco, encontramos esta
consistente advertencia contra los peligros de la falsa libertad
que los papas han criticado continuamente bajo el nombre de
liberalismo. Desde la perspectiva postliberal, los liberales se
equivocan no al proponer demasiada libertad, sino al no
comprender lo que es realmente la libertad. Creen
confusamente que coartar lo que es contrario a la ley divina y
natural es coartar la libertad. Abrazando los errores de Pelagio,
han olvidado las palabras de nuestro Señor: «Quien peca es
esclavo del pecado». (Juan 8:34)