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Límites y Gravámenes A Los Derechos Reales

El documento aborda los límites y gravámenes a los derechos reales, diferenciando entre límites, que definen el alcance del derecho de propiedad, y limitaciones, que restringen su ejercicio. Se clasifica los límites en estructurales, en interés privado y público, mientras que las limitaciones incluyen servidumbres y prohibiciones. Además, se define la naturaleza de las servidumbres como derechos reales que benefician a un predio a expensas de otro, destacando su inseparabilidad y características específicas.
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Límites y Gravámenes A Los Derechos Reales

El documento aborda los límites y gravámenes a los derechos reales, diferenciando entre límites, que definen el alcance del derecho de propiedad, y limitaciones, que restringen su ejercicio. Se clasifica los límites en estructurales, en interés privado y público, mientras que las limitaciones incluyen servidumbres y prohibiciones. Además, se define la naturaleza de las servidumbres como derechos reales que benefician a un predio a expensas de otro, destacando su inseparabilidad y características específicas.
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IV.

LÍMITES Y GRAVÁMENES A LOS


DERECHOS REALES

4.1. Concepto y diferencias entre límite y gravamen al


derecho de propiedad.
Limitaciones del Derecho de Propiedad
El propietario no puede ser utilizado sólo y exclusivamente para satisfacer
intereses individuales, sino que su titular ha de tener en cuenta, al ejercitar su
derecho, a la sociedad en la que desarrolla su actividad.
Analizando la doctrina alemana, sobre todo a partir de GIERKE.
Para ellos era necesario distinguir entre aquellas restricciones impuestas al
derecho de propiedad sobre un contenido normal y preexistente, de aquellas otras
que vienen a determinar los confines de dicho contenido.
Utilizan para expresar esos dos conceptos distintos:
Límites
Limitaciones.
En el derecho de propiedad es preciso establecer sus límites, es decir,
hasta dónde puede llegar el propietario en un ejercicio legítimo de su derecho.
En este ámbito se suelen confundir los términos de límites y limitaciones.
Concepto.
Límite, se entiende aquellas restricciones que definen la propiedad, puesto
que circunscriben su esquema típico a un determinado ámbito de poder son por
consiguiente, normales y constantes.
Limitaciones comprimen el contenido de la propiedad dentro de un ámbito
más restringido que el típico y normal.
Según ALBALADEJO considera como:
Límites las fronteras, el punto normal hasta donde llega el poder del
propietario, es decir, el régimen ordinario de restricciones a que está
sometido tal poder.
Las limitaciones son aquellas que, procediendo de muchas causas,
pueden reducir, en casos singulares, el poder que normalmente tiene
el dueño de la cosa.

Límites de la propiedad.
Para poder entender las limitaciones del derecho de la propiedad suele
clasificar en tres grupos:
Límites estructurales, que son aquellos consustanciales al derecho de
propiedad y que recogen situaciones tales como el abuso del derecho, los
actos de emulación y el ius usus inocui, aplicables en cualquier caso.
Límites en interés privado, que sólo se manifiestan si concurren con una
situación privada digna de protección como pueden ser las relaciones de
vecindad, la medianería y los tanteos y retractos.
Límites en interés público, como su nombre indica tienen su origen en el
beneficio de la comunidad. Su número es tan extenso que es imposible
exponerlos todos.
Ejemplo. Servidumbres de usos públicos como la de uso de riberas de los ríos
para la pesca, el baño o la navegación, las de salvamento o vigilancia del litoral o
las de seguridad nacional, etc.
Limitaciones de propiedad.
Las limitaciones se han clasificado:
Servidumbres legales, atribución que no es del todo correcta ya que no
coinciden plenamente con el concepto de servidumbre.
Derechos reales, de origen contractual o usucapidos
Prohibiciones de disponer.
La limitación supone un fin y una frontera al carácter expansivo del dominio, y
puede venir impuesta por la voluntad o por la ley.
En efecto, todo propietario tiene derecho a restringir su derecho de propiedad
como culmen máximo de la facultad de disposición inherente al mismo, bien
estableciéndose limitaciones propias, bien cediendo facultades a terceros.
El carácter absoluto del dominio y la facultad de disposición del mismo lo
habilitan para configurar el derecho a su voluntad.

Gravámen
Se utiliza como sinónimo de diferentes conceptos jurídicos, por ejemplo, las
cargas u obligaciones que afectan o recaen sobre una persona o un bien. En este
sentido, se habla de gravámenes reales, como las hipotecas, prendas y
servidumbres, o de gravámenes personales, que se refieren propiamente a las
obligaciones. Los primeros deberán estar inscritos en el Registro Público de la
Propiedad a fin de que surtan efectos contra terceros, puesto que se trata de una
limitación a la disponibilidad del bien inscrito o de una disminución de su valor
(dependiendo del gravamen de que se trate). Su inscripción se hará constar en el
folio de la finca sobre la cual recaigan.

4.2. Las servidumbres


La materia de las servidumbres pertenece a la de los bienes, parte estática
del Derecho Civil, y más concretamente a la de los derechos reales. Los derechos
reales “son aquellos que conceden a su titular un poder inmediato y directo sobre
una cosa, que puede ser ejercitado y hecho valer frente a todos”. (Puig Peña).
El derecho real por excelencia es el derecho de propiedad. Frente a este
derecho -absoluto y autónomo- pueden coexistir sobre una misma cosa, otros
derechos reales que lo limiten. El derecho mayor (de propiedad) puede verse
comprimido por otros derechos menores, derechos reales que se llaman limitados
y que son los llamados “iura in re aliena” (derechos sobre una cosa ajena). Este
concepto de la coexistencia del derecho de propiedad con otros derechos se
manifiesta en uno de los principios del derecho real de propiedad que es el
llamado de la elasticidad, que supone que al extinguirse el “ius in re aliena” la
propiedad se expande nuevamente.
Los derechos reales limitados, que presuponen siempre respecto a la cosa
en que recaen, la propiedad de alguien, se clasifican en: derechos reales de goce
y derechos reales de garantía. Entre los primeros encontramos al usufructo, al
uso, a la habitación y a las servidumbres; entre los segundos, a la prenda y a la
hipoteca.
Los derechos reales son “numerus clansus”, solamente existen los que la
ley regula como tales, son, por tanto, típicos. No pueden crearse por voluntad de
las partes otros derechos reales diferentes a los que la legislación de una época y
lugar determinados reconoce y disciplina.

4.2.1. Concepto
Las servidumbres constituyen desmembramientos de la propiedad de
importancia por cuanto a su gran variedad y por la utilidad que presentan para el
mejor aprovechamiento o beneficio de ciertos predios.
Tomando en cuenta la variedad de formas en las servidumbres, es
imposible en una definición precisar exactamente el contenido de estos derechos
reales, porque equivaldría tanto como a enumerar las distintas clases de
servidumbres. Se precisará, por consiguiente, en la definición, únicamente el
contenido general, y ya en las clasificaciones de las servidumbres se indicará el
contenido específico de cada variedad.
Las servidumbres son gravámenes reales que se imponen en favor del
dueño de un predio y a cargo de otro fundo propiedad de distinto dueño, para
beneficio o mayor utilidad del primero.
De esta definición deducimos los siguientes elementos:
1o.- Las servidumbres son derechos reales, son gravámenes reales,
también se les denomina “cargas”; nuestro Código emplea el término “gravamen
real”; el Código francés dice “carga a favor de un predio”. Lo esencial es que se
trata de un derecho real, es decir, de un poder jurídico que se ejerce directa e
inmediatamente sobre una cosa para su aprovechamiento parcial, y que es
oponible a todo mundo como sujeto universal pasivo y a un sujeto pasivo
determinado, o sea el dueño del predio sirviente. Como toda desmembración,
debe originar relaciones jurídicas concretas entre el que conserva el dominio y
aquel que tiene el uso, el usufructo, o cierta forma de aprovechamiento, como
acontece en las servidumbres.
“Hay un punto capital que la definición del Código omite la naturaleza de la
carga que constituye la servidumbre. Es posible dar una fórmula que precise la
naturaleza de esta carga sin entrar en detalles sobre las servidumbres: consiste
unas veces en conferir a un tercero el derecho de ejecutar actos de uso en la
finca, y casas, en privar parcialmente al propietario del ejercicio de sus derechos”.
2o.- El segundo elemento de la definición precisa que este gravamen real
se constituye siempre entre predios, es decir, ya no se extiende, como ciertos
derechos reales, a toda clase de bienes inmuebles o muebles, corporales e
incorporales.
Debe rechazarse enérgicamente la definición tradicional que da a entender
que el derecho se da a favor de un predio y a cargo de otro.
La verdad jurídica sólo es única: el derecho se otorga al “propietario”
(cualquiera que él sea) del predio dominante y se impone al dueño del predio
sirviente (cualquiera que él sea).
3o.- Los predios deben ser pertenecientes a distintas dueños; debe haber
un predio llamado dominante y otro predio llamado sirviente, pertenecientes a
distintos propietarios, porque no puede constituirse servidumbre sobre cosa de
propiedad. Nadie puede tener gravámenes sobre cosa propia.
4o.- Finalmente, otro de los elementos de la definición consiste en que, por
la servidumbre se beneficia un predio (en realidad su dueño), para que tenga
mayor utilidad o aprovechamiento, limitando en alguna forma la utilidad del predio
sirviente, que se traduce en una carga para su dueño.
El contenido general indicado, respecto a significar siempre beneficio,
provecho o utilidad para un predio, y limitación o restricción en el dominio de otro,
dará lugar a gran número de servidumbres, según sea la forma de beneficio o
utilidad que se persiga. Será servidumbre de aguas, cuando el objeto sea
desaguar un predio; servidumbre de luces, cuando el beneficio consista en dar luz
a un predio.
Por consiguiente, basta con enunciar este alcance general de las
servidumbres para ir precisando después el diferente contenido de ellas.
Caracteres generales.- Estudiaremos ciertas características generales de
las servidumbres, que están implicadas en la naturaleza jurídica de ser cargas que
afectan a un predio en beneficio de otro.
a) Como principio general debe mencionarse el de que “las servidumbres
son inseparables de los predios a que activa o pasivamente
pertenecen”. Este carácter se deriva de la naturaleza real; a pesar de
que exista cambio de propiedad en el predio sirviente, la servidumbre
continúa, es inseparable de la cosa, no sigue a las personas sino que
sigue a la cosa; se constituye en beneficio de cierto predio; por
consiguiente, como los predios continúan a pesar de los cambios de
propiedad, la servidumbre sigue porque es inseparable de los predios.
Puede, a pesar de este carácter real, que hace inseparable la
servidumbre, modificarse su carácter perpetuo por un convenio expreso.
No es, por consiguiente, la perpetuidad característica de esencia, sino
simplemente de naturaleza, puesto que la ley permite el pacto en el cual
se limite a cierto tiempo. Además, la naturaleza misma impone en
ciertos casos el carácter temporal de la servidumbre, por ejemplo, el
derecho de paso para la extracción de materiales.
b) De este carácter general de la servidumbre consistente en ser
inseparable del predio a que activa o pasivamente pertenezca, se deduce también
su carácter de indivisible. Quiere decir que si el predio sirviente se dividiere por
distintas enajenaciones parciales, la servidumbre no se divide; continúa sobre todo
el predio sirviente, coma si fuera una entidad antes de la enajenación; no puede
restringirse ni tampoco ampliarse. Cada adquirente tiene que tolerarla en la parte
que le corresponda. Si se divide el predio dominante “cada porcionero puede usar
por entero de la servidumbre, no variando el lugar de su uso, ni agravándola de
otra manera”.
c) Distinción entre las servidumbres y las limitaciones al dominio.- Se
distinguen de las limitaciones a la propiedad en que siempre en las servidumbres
deben existir dos predios pertenecientes a distintos dueños; por consiguiente, la
restricción del dominio se impone a cargo de un predio y a favor de otro por un
interés particular o general; en cambio, en las limitaciones al dominio no siempre
hay dos predios, pueden ser muebles o inmuebles que se limitan en cuanto a su
uso por un interés privado o público para llenar una necesidad social y, por lo
tanto, sin crear una carga a favor de un predio determinado.
Son modalidades para beneficio general, es decir, para beneficiar a las
personas, o a una colectividad, precisándose en consecuencia las siguientes
distinciones:
I.- La servidumbre debe ser entre dos predios, en tanto que las limitaciones
al dominio son con relación a una cosa mueble o respecto de predios, pero en
forma de reciprocidad.
II.- En tanto que las servidumbres sólo existen como restricciones para los
inmuebles, las limitaciones a la propiedad afectan tanto los bienes muebles, como
los inmuebles.
III.- Las servidumbres pueden crearse en interés particular o en interés
colectivo; en cambio, las limitaciones al dominio se imponen por un interés general
o por razones de buena vecindad.
IV.-Las limitaciones a la propiedad se refieren siempre a un bien, o a
restricciones recíprocas entre vecinos, para beneficio general; en cambio, las
servidumbres no se conciben sino como cargas impuestas sobre un predio a favor
de otro.

4.2.2. Tipos de Servidumbre


Tomando distintos criterios de clasificación, las servidumbres se suelen
dividir en los siguientes grupos:
I.- Positivas y negativas;
II.- Rústicas y urbanas;
III.- Continuas y discontinuas;
IV.- Aparentes y no aparentes;
V.- Legales y voluntarias, y
VI.-Servidumbres sobre predios de dominio público y sobre predios de
particulares.
a) Servidumbres positivas y negativas.- Se llaman servidumbres
positivas aquellas en las que para su ejercicio se requiere un acto del dueño del
predio dominante; por ejemplo, la servidumbre de paso. Se llaman servidumbres
negativas aquellas que se ejercen sin ningún acto del dueño del predio dominante
y también sin ningún acto del dueño del predio sirviente; por ejemplo la
servidumbre de luces; la de no edificar, la servidumbre de no levantar una
construcción a determinada altura.
b) Servidumbres urbanas y rústicas.- Son servidumbres urbanas aquellas
que se imponen para provecho o comodidad de un edificio, de una construcción,
independientemente de que estén en la ciudad o en el campo. Son servidumbres
rústicas aquellas que se constituyen para provecho o comodidad de un objeto
agrícola, independientemente de que esté en la ciudad o en el campo. Esta
clasificación ya no se reproduce en el Código vigente; se encuentra en los códigos
anteriores en el artículo 944. No tiene ninguna importancia jurídica distinguir si es
urbana o rústica, supuesto que no hay disposición especial para alguna de estas
servidumbres.
c) Servidumbres continuas y discontinuas.- Son servidumbres continuas
las que su uso es o puede ser incesante, sin necesidad de acto del hombre; son
servidumbres discontinuas aquellas para cuyo uso se requiere la intervención
humana. Como servidumbres continuas, tenemos, por ejemplo, la de luces, la de
desagüe; en estas servidumbres su ejercicio no depende de ningún acto del
hombre, puede decirse que por virtud de una situación natural de los predios se
ejercen por sí solas, sin que sea necesaria la actividad humana. Lo mismo ocurre
en la servidumbre de desagüe, o escurrimiento por el declive natural de los
predios, que se ejercita sin necesidad de actos del hombre. En cambio, las
servidumbres discontinuas requieren para su ejercicio la actividad humana, sólo
cuando se ejecutan ciertos actos se están usando, por ejemplo, la servidumbre de
paso.
d) Servidumbres aparentes y no aparentes.- Son servidumbres aparentes
las que su ejercicio se manifiesta por un signo exterior como un puente, una
ventana, y servidumbres no aparentes las que no requieren la existencia de dichos
signos, como la servidumbre de no edificar, de no elevar una pared a determinada
altura. Tomando en cuenta la clasificación anterior y ésta, se pueden distinguir
cuatro grupos: servidumbres continuas aparentes y no aparentes y servidumbres
discontinuas aparentes y no aparentes.
e) Servidumbres legales y voluntarias.- Servidumbres legales son
aquellas impuestas por la ley como consecuencia natural de la situación de los
predios y tomando en cuenta un interés particular o colectivo; por ejemplo, la
servidumbre de desagüe por cuanto que el predio sirviente se encuentre en un
plano inferior con relación al dominante y las aguas pluviales tengan
necesariamente que escurrir hacia el predio inferior.
En cambio, las servidumbres voluntarias son aquellas que se crean por
contrato, por acto unilateral, por testamento o por prescripción.
Las servidumbres legales se subdividen a su vez en naturales y legales en
estricto sentido. Son naturales las que impone la ley por la situación natural de los
predios; son legales en estricto sentido las que dispone el legislador para beneficio
particular o colectivo, a pesar de que no las motive la situación de los predios.
Las restricciones impuestas por el Código no constituyen servidumbres,
sino simples relaciones de colindancias con derechos y obligaciones recíprocos,
de tal suerte que no existe un predio dominante y un predio sirviente, sino dos
heredades colocadas en igual situación jurídica.
f) Servidumbres sobre predios del Estado y sobre predios de los
particulares.- En aquellas legislaciones que, como la nuestra, reconocen que el
Estado ejerce un derecho de propiedad sobre los bienes de dominio público, que
comprenden los de uso común, los destinados a un servicio público y los propios
del Estado, existe la posibilidad de imponer servidumbres sobre estos últimos o en
su favor. Los bienes de uso común y los destinados a un servicio público, por su
naturaleza, no pueden gravarse en servidumbres.
Al efecto, dice el Art. 9 de la Ley General de Bienes Nacionales: “Ninguna
servidumbre pasiva puede imponerse en los términos del derecho común, sobre
los bienes de dominio público. Los derechos de tránsito, de vistas, de luces, de
derrames y otros semejantes sobre dichos bienes, se rigen exclusivamente por las
leyes y reglamentos administrativos”.
Sin embargo, tales predios están constantemente reportando cargas
semejantes a las servidumbres. El camino público que divide diferentes predios de
particulares, soporta una especie de servidumbre legal de paso, de acueducto, o
de desagüe, así como las calle destinadas a un servicio público.
En las servidumbres que afectan los predios propiedad del Estado, es el
predio sirviente el que pertenece a éste y es el predio dominante objeto de
propiedad particular. En cambio, en las servidumbres comunes ambos predios
pertenecen a los particulares.

4.3. Acción, embargo y ejecución forzada


El proceso evolutivo de la acción procesal, desde la actio romana hasta el
neoconstitucionalismo, ha contemplado un gran número de teorías de los ámbitos
del Derecho civil y del Derecho procesal, lo que sin duda representa un tema
complejo en el que convergen diversos criterios y que se ha traducido en una
diversidad de conceptos sujetos de crítica por parte de juristas y catedráticos, por
lo que puede presentarse en primera instancia un panorama general de la visión
moderna de esta figura jurídica.
El término “acción” se usa: ya como sinónimo de petitium, de la res in
iudicio deducta; ya como sinónimo del hecho de la efectiva proposición de
la demanda judicial (o de la querella); ya como el contenido de una defensa
judicial; ya como el poder de proponer una demanda (o querella) judicial
aun cuando sea infundada e incluso, aun cuando sea inadmisible por
razones preliminares; ya en el significado de poder proponer una demanda
judicial (abstracto) sobre el fondo del asunto; ya en el sentido de la
posibilidad de proponer con éxito una demanda (o querella) judicial
obteniendo un pronunciamiento favorable (concreto); ya como sinónimo de
derecho subjetivo sustancial; […] ya como un derecho subjetivo procesal;
ya como derecho contra el adversario; ya como derecho frente a la
persona del juez o del órgano judicial; ya en el sentido de una legitimación
procesal activa.
Doctrinariamente, la acción ha sido definida por los juristas más
emblemáticos del Derecho procesal, entre los que se destacan Savigny, quien la
define como “el derecho a la tutela judicial derivada de la violación de otro
derecho”. Al respecto, Morón afirma que para Savigny la acción no es más que “el
aspecto particular que todo derecho asume a consecuencia de su violación”.
Finalmente, Montero Aroca señala que la acción para Savigny “es el aspecto bajo
el que se nos presenta el derecho subjetivo cuando ha sido violado, constituyendo
un momento del derecho subjetivo”.
Por su parte, Carnelutti presentó “un criterio clasificatorio de la acción
(acciones cognitivas) (ordinarias o de conocimiento), (ejecutivas, definitivas,
cautelares, voluntarias, etc.) y sobre todo la distinción del derecho procesal de
acción, como relación propia de la dinámica del derecho”.
Asimismo, la obra de Rocco se concentró en la acción como “derecho de
pretender la actuación estatal como actividad jurisdiccional para la confirmación y
la realización coactiva de intereses materiales o procesales protegidos por el
ordenamiento”.
En una visión moderna, la acción se ha se ha ubicado como un factor
primordial que busca que en un Estado constitucional “los derechos
fundamentales materiales dependan, en términos de efectividad, del derecho de
acción”.
Con base en ello, puede establecerse que la acción “tiene una naturaleza
de orden constitucional (podríamos decir, de derecho procesal constitucional),
porque más allá de la garantía que supone, tiene como finalidad la protección
jurisdiccional”.
En este nuevo enfoque hacia la constitucionalidad del derecho de acción,
vale la pena señalar que “no se satisface con la manifestación de la pretensión o
con una resolución de fondo, sino en la protección y el amparo del derecho
sustancial, a través de técnicas procesales adecuadas para ello”.
En la actualidad se ha observado un cierto sincretismo conceptual en el
que la acción, como se ha mencionado, representa “el derecho a una concreta
tutela jurisdiccional dirigido frente al Estado –el tribunal no es sino un órgano del
Estado– y respecto de un adversario, cuya satisfacción consiste en la sentencia
que concede dicha tutela contra el actor”.

Crisis científica de la acción: teorías y posturas convulsionadas y hostiles


sobre la acción
En esta etapa de desarrollo de la acción pueden identificarse tres
momentos: las primeras anomalías, la crisis y la emergencia. Las primeras
anomalías que presentó la acción se caracterizaron por la falta de soluciones a
problemas concretos y la aparición de nuevos paradigmas confusos e insolventes,
cuyo exagerado número llevó a los especialistas a ordenarlas.
Uno de los criterios de clasificación de las teorías de la acción las divide en
monistas y dualistas.
Las doctrinas monistas niegan a la acción “toda calidad de derecho
subjetivo frente o contra el Estado, por negar también que éste cumpla en el
proceso con un deber especial de protección, y sí, al contrario, con uno de tipo
general (misión general de protección jurídica)”.
Las principales teorías monistas o unitarias son:
A) La acción como derecho a la tutela concreta. Su principal exponente fue
Adolf Wach, quien concibió a la acción como un derecho de naturaleza
publicista, “que se dirige contra el Estado para que preste tutela judicial,
mediante la sentencia favorable, y a la vez, contra el adversario para que le
dé cumplimiento a la prestación prometida”.
B) La acción como derecho potestativo. Teoría creada por Chiovenda que
rechaza la acción como un derecho público dirigido contra el Estado; su
característica fundamental radica en considerar a la acción como uno de
los derechos potestativos, aquellos que no tienen el carácter ni de reales ni
de personales y cuyo objeto es “crear, modificar o extinguir situaciones
jurídicas o derechos subjetivos que dependen de la sola voluntad del titular,
sin que corresponda a ellos una correlativa sujeción de la parte sobre quien
se ejercen”.
C) La acción como derecho abstracto. Representa una de las doctrinas
procesales más modernas y concibe a la acción como el derecho de acudir
a los órganos jurisdiccionales que tiene todo sujeto de derecho, “para que
se profiera el pronunciamiento correspondiente a sus pretensiones. […La
acción] se considera como un derecho abstracto […] porque en su
existencia estaba supeditada al resultado favorable de las pretensiones del
actor”.
D) La acción como derecho a la jurisdicción. La acción tiene la facultad de
provocar la actividad de la jurisdicción, basada en “el poder jurídico que
tiene todo individuo como tal, y en nombre del cual le es posible acudir ante
los jueces en demanda de amparo a su pretensión”.
E) La acción como forma típica del derecho de petición. Teoría formulada por
Eduardo Couture, basada en la tesis de que la acción civil no difiere, en
esencia, del Derecho de petición ante la autoridad. En este sentido, el
Derecho de petición, consagrado en la mayoría de las constituciones
escritas, se ha ido perfeccionando debido a la promulgación de leyes
procesales cada vez más técnicas para garantizar su eficacia. En este
sentido, el jurista uruguayo sostiene que “la ley procesal constituye la
norma reglamentaria del derecho de petición”.
F) La acción como instancia proyectiva. Esta doctrina se fundamenta en la
teoría de Carnelutti sobre la triangularidad de la relación procesal, así como
en los antecedentes de la concepción identificada como de la doble
pertenencia de la acción. En este caso, “la instancia sube hasta el órgano
jurisdiccional, pero no se queda ahí, ni regresa, sino que se proyecta a un
tercer sujeto, ligándolo en la realización de una serie proyectiva de actos
que terminan con la citación para sentencia”.

Las teorías dualistas o modernas de la acción tienen su origen en la


célebre polémica entre los juristas alemanes Bernard Windscheid y Theodor
Muther sobre la naturaleza de la acción y que, de acuerdo con el catedrático
italiano Giovanni Pugliese, “determinó un cambio en la historia del pensamiento
jurídico, creando para los romanistas, civilistas y procesalistas el problema de la
actio o de la acción y promover la elaboración de doctrinas que hasta ahora se
desarrollan en este campo”.
Bajo esta perspectiva:
Las teorías dualistas de la acción son aquellas que la entienden como (I)
un derecho abstracto a obtener tutela jurídica (Degenkolb, Rocco,
Zanzucchi); (II) un derecho público subjetivo concreto, dirigido a la
obtención de una resolución favorable (Wach, Hellwig, Beling,
Goldschmidt); (III) un derecho potestativo, contra el obligado (Chiovenda,
Calamandrei) o contra el Estado (Calamandrei); (IV) una noción diferente a
la de un derecho subjetivo (doctrina alemana surgida en 1932 como
consecuencia de la llamada “lucha contra el derecho subjetivo”); (V) una
noción mayor a la de derecho subjetivo (Pekelis, Binder); o (VI) la facultad
de señorío con que se inicia el proceso (Carnelli).

Sin embargo, es importante mencionar que la crisis científica y la


consecuente hostilidad hacia la cientificidad de la acción no están en la
sistematización, sino en una serie de factores que se exponen a continuación.
(I) la incontrolable afluencia de definiciones de la acción, desbordantes de
cualquier intento clasificatorio y por tanto de asignaciones de naturalezas
jurídicas diversas; (II) el pesimismo sobre la acción; (III) la dualidad de la
acción; (IV) la tergiversación con el derecho a la tutela jurisdiccional
efectiva; (V) el quiebre de los mitos sobre la acción; (VI) los
cuestionamientos del garantismo procesal; (vii) el (des)interés en su
evolución y degradación; (viii) débiles intentos de fundamentalización de la
acción; (ix) la diferenciación entre la acción y la pretensión; y, (x) el
disloque semántico de la acción en la normatividad (civil y procesal civil).
A través del tiempo y bien posicionada en el ámbito del derecho procesal,
la atención de los especialistas se centró en el establecimiento de una nueva
revolución científica, con lo que se desarrolló el principio fundamental de acción.

Los modernos procesalistas, sostienen que la acción es un derecho


subjetivo nuevo, completamente distinto al derecho personal, al real o al del
estado civil, que aparentemente se hace valer en un juicio como prestación que
persigue el actor. Se afirma que la acción sólo tiene por objeto exigir del órgano
jurisdiccional que intervenga para dirimir un caso jurídico, es decir, se exige del
juez la prestación jurisdiccional. Si este es el objeto de la acción, no puede ser
exigido un crédito, un derecho real o familiar, etc. Por lo tanto, ¿qué es lo que
sucede cuando se falta al cumplimiento de una obligación o de un contrato, si el
acreedor, cuando comparece ante el tribunal y hace valer la acción, ya no está
exigiendo el cumplimiento de la obligación existente a cargo del demandado? Se
sostiene que durante el proceso se ejercita un derecho nuevo, exclusivamente
contra el juez, para que se declare la existencia de otro derecho; queda en
suspenso el derecho sustantivo, es decir, el derecho personal, real o del estado
civil. En nuestro problema concreto, el derecho del contratante perjudicado,
mientras se tramita el juicio y se decide, no se está haciendo valer, queda en
suspenso. En el caso de que prospere el derecho de acción, entonces se hace
exigible el derecho sustantivo, apoyado en una sentencia.
Ahora bien, como la sentencia viene a operar un cambio en el derecho
sustantivo, se ha sostenido que en realidad hay una novación, que ya el deudor
no debe por contrato, por declaración unilateral, por gestión de negocios, etc.,
sino que debe por sentencia; la prescripción ya será distinta, no será el término de
prescripción de las obligaciones contractuales o extracontractuales, sino el de la
sentencia, que es de 10 años. El derecho será de naturaleza distinta, no será
controvertible sino incontrovertible, porque está declarado en una sentencia que
ha causado ejecutoria. Quiere entonces decir que el derecho de crédito sólo sirvió
de supuesto jurídico para iniciar la acción; que ésta implica un derecho nuevo;
que prosperando la acción, la sentencia dio nacimiento a un derecho personal,
real o del estado civil, de naturaleza distinta al derecho sustantivo que sirvió de
supuesto jurídico para iniciar la acción.

Embargo
Deducida la acción, ocurren los supuestos y consecuencias inherentes al
proceso, hasta llegar a la sentencia, que crea un derecho subjetivo nuevo en favor
de la parte que obtuvo o sea, normalmente en favor del acreedor, cuyo derecho
habrá de ejecutarse en la vía de apremio, mediante el embargo y remate de
bienes.
Ahora bien, este supuesto jurídico nuevo que interviene en el embargo,
plantea el problema consistente en saber si el derecho personal continúa en los
mismos términos en que fue declarado en la sentencia o si experimenta una
modificación por virtud del embargo, es decir, del aseguramiento de bienes que
quedan afectados al pago preferente y que permite al acreedor oponerlo a los
terceros, hacer valer sus derechos de preferencia y, en su caso, de persecución,
si las cosas embargadas pasaren a poder de tercero.
Tanto la doctrina como la jurisprudencia se orientan en el sentido de
afirmar que el embargo no transforma el derecho de crédito, y que no crea un
derecho real.
En una palabra, que continúa idéntica la naturaleza jurídica del derecho del
acreedor, que sólo obtiene un aseguramiento, pero con fines procesales, de tal
manera que no ejerce un poder jurídico directo e inmediato sobre los bienes
embargados, supuesto que éstos quedan en depósito y es el Juez quien debe
hacer respetarlo. No obstante que esta es la doctrina comúnmente sustentada,
tanto por los civilistas como por los procesalistas y de que expresamente la
jurisprudencia de nuestra Suprema Corte ha venido insistiendo en que el embargo
no crea un derecho real, se considera que el problema no se ha analizado
debidamente. Se ha buscado con todo empeño las razones que expresan los
autores y que también sustenta la jurisprudencia, y el resultado ha sido que en
realidad no existen, hay simples afirmaciones, o bien hay pseudo razones, por
cuanto que se parte de supuestos falsos. Se dice: el embargo no cambia el
derecho del acreedor en un derecho real. El derecho del acreedor subsiste y tan
es así que si llega el remate, se convierten los bienes embargados en dinero y el
acreedor cobra; luego, su derecho en nada se ha afectado. Embargo y remate
son simples trámites procesales para permitir al acreedor que se haga pago.
En nuestro concepto, aun cuando el derecho del acreedor subsiste, ello no
impide que nazca un derecho real de garantía por virtud del aseguramiento, para
afectar bienes determinados y para que el acreedor tenga la facultad jurídica de
exigir su venta, es decir, el remate y hacerse pago. Es decir, no se afirma que el
derecho personal se convierta en real, sino que subsistiendo, se añade un
derecho real de garantía. Por lo tanto, la objeción parte de la base falsa de que el
embargo crea un derecho real, y que éste substituye al personal. Ahora bien,
ninguno de los que sostienen que el embargo crea un derecho real, ha pensado
que se extinga el derecho de crédito y se substituya por un derecho sobre los
bienes embargados para ejercer un poder jurídico directo, semejante a los
derechos de aprovechamiento. Simplemente se considera que subsistiendo el
crédito, dado que hay un aseguramiento, este supuesto debe producir alguna
consecuencia, porque si no se negaría un principio fundamental del derecho: ante
un supuesto nuevo, debe haber una nueva consecuencia. ¿Cuál es ésta? Crear
un derecho especial sobre bienes determinados. El acreedor antes del embargo
tiene una prenda tácita sobre todo el patrimonio del deudor, es decir, una
posibilidad jurídica de ejecución sobre sus bienes presentes y futuros. Una vez
hecho el embargo, esta expectativa se convierte en un derecho concreto sobre
bienes determinados.
Las consecuencias del embargo son exactamente las mismas que las de la
prenda o de la hipoteca, y es curioso que si el embargo tiene las mismas
consecuencias que los derechos reales de garantía, (punto en el cual, quiéranlo o
no tendrán que confesarlo los autores que niegan carácter real al embargo), se
niegue. no obstante, su naturaleza real.
Si se afirma que el embargo produce iguales consecuencias, que un
derecho real, se llega a este absurdo: el embargo se identifica en sus efectos con
la prenda y la hipoteca, pero no obstante que tiene esas mismas características
reales no es un derecho real. Como si una cosa pudiese ser y no ser al mismo
tiempo. Ahora bien, ¿cuáles son esas consecuencias idénticas?
Primera, por virtud del embargo se afectan al pago preferente
determinados bienes, lo mismo que en la prenda y en la hipoteca, que son
garantías reales para que el acreedor tenga la posibilidad de pagarse
preferentemente a otros acreedores.
Segunda, por el embargo, el acreedor tiene un derecho para exigir la venta
de los bienes afectados y hacerse pago preferente con el producto que se
obtenga en la venta judicial. Lo mismo ocurre en la hipoteca y en la prenda. Ante
el incumplimiento de la obligación, el acreedor prendario o el hipotecario tienen la
facultad de exigir la venta de la cosa dada en garantía, ya sea en forma judicial o
extrajudicial, según se hubiese pactado.
Tercera, debido al embargo hay la posibilidad de perseguir los bienes, si
éstos, violándose el depósito judicial, pasaren a manos de tercero, y esta
posibilidad es de ejecución inmediata. El juez hará res-petar ese depósito que
constituye todo embargo, para que si los bienes pasan a poder de un tercero que
no sea el depositario, se restituyan a éste. Lo mismo ocurre en la hipoteca y en la
prenda. El acreedor prendario o el hipotecario pueden perseguir los bienes dados
en garantía, en manos de cualquier poseedor.
Si estas son las consecuencias idénticas, si es posible conciliar la
existencia del derecho de crédito con la existencia de un derecho accesorio que
venga a garantizar, simplemente por virtud del aseguramiento, el pago de la
obligación, no hay ninguna razón para negar carácter real al derecho del
embargante. Es decir, podemos concluir que por la ejecución forzada el derecho
personal del contratante o del acreedor en general, subsiste como derecho
personal, pero se agrega una garantía real, y desde este punto de vista, sí hay un
cambio, no una substitución.
Por último, tanto la jurisprudencia como los autores que niegan carácter de
derecho real al que nace del embargo, dicen que el embargante no tiene facultad
de uso, de goce o de disposición y que, además, se trata de una situación
transitoria para llegar al remate. Esto es tanto como querer decir que el embargo
no origina un derecho real de aprovechamiento, punto en el cual todo mundo está
de acuerdo. El poder jurídico del embargante no es para el uso o goce de las
cosas embargadas, pero existen los derechos reales de garantía en los cuales no
hay poder jurídico de aprovechamiento, sólo existe un poder para exigir la venta y
el pago preferente, punto éstos que coinciden con el derecho del embargante.
Por último, que la situación sea transitoria, tampoco es una razón jurídica
para negar que el embargo origina un derecho real. Puede darse prenda por una
hora para garantía de un préstamo, que será restituida al hacerse el pago. De
manera que la temporalidad nunca ha sido ni puede ser razón para afectar la
naturaleza del derecho. Hay derechos reales perpetuos y derechos reales de
garantía que son temporales y dentro de la temporalidad, cabe cualquier límite.
Por lo tanto, podemos concluir que el derecho de crédito, por virtud de la
ejecución forzada, sufre una modificación al nacer un derecho real, merced al
embargo.
Ejecución forzada
La obligación civil o perfecta se presenta como una relación jurídica
coactiva, es decir, su incumplimiento permite la ejecución forzada; ésta puede ser
obteniendo exactamente la misma prestación o una equivalente. Dependerá de la
naturaleza de la prestación y de otras circunstancias, el que el acreedor pueda
obtener a través de la ejecución forzada, exactamente la prestación debida o su
equivalente.
Podemos decir que tratándose de obligaciones de dar, cuando la cosa
existe en el patrimonio del deudor y no hay una imposibilidad de hecho por
ocultación, el acreedor podrá obtener, a través del embargo, que se le entregue,
bien sea que se le transmita el dominio o el uso, según se haya pactado. También
podrá el acreedor de una cosa obtener la restitución o el pago, si es que ésta
existe en el patrimonio del deudor. Cuando ya no existe, tanto porque haya sido
enajenada, es decir, hubiera pasado a poder de tercero, cuanto porque
materialmente se hubiera consumido o perecido, habrá una imposibilidad para
que el acreedor pueda obtener, a través de la ejecución forzada, la cosa debida.
Se exceptúa el caso de los contratos traslativos de dominio que una vez
celebrados, al transmitir la propiedad al acreedor, éste tendrá una acción
reivindicatoria para perseguir la cosa en manos de tercero.
Por lo tanto, el hecho de que la cosa haya salido del patrimonio del deudor
por una enajenación, no será un obstáculo jurídico para que el acreedor pueda
obtenerla; pero no será por la acción personal que deriva del contrato, sino por la
acción real reivindicatoria, como consecuencia de su derecho de propiedad.
En los demás casos, la enajenación de la cosa o el perecimiento de ella,
constituyen respectivamente o un obstáculo jurídico o de hecho, para que el
acreedor pueda obtener el cumplimiento exacto de la prestación.
De aquí entonces la necesidad de que se resuelva este caso mediante un
cumplimiento por equivalente, es decir, por un pago en dinero que vendrá a
corresponder al valor en dominio, en uso, o en goce de la cosa debida, o a los
daños y perjuicios causados, según sea la naturaleza del contrato. Por ejemplo: el
arrendatario no obtendrá el cumplimiento del contrato, cuando el arrendador
venda la cosa y ya no cumpla haciendo entrega en la fecha pactada. La acción
del arrendatario sólo procederá para obtener el pago de daños y perjuicios. Por
eso en las prestaciones de cosas, como también en las de hechos o de
abstenciones, tenemos que distinguir la indemnización compensatoria y la
moratoria. Cuando el acreedor no puede obtener exactamente la prestación
debida o un equivalente, se dice que recibe una indemnización compensatoria, o
sea, se calcula en dinero el importe de los daños y perjuicios sufridos por el
incumplimiento de la obligación. No es que la indemnización compensatoria sea
un equivalente en dinero de la prestación no cumplida, sino de los daños y
perjuicios causados por el incumplimiento; por ejemplo, en el contrato de
arrendamiento no cumplido, la indemnización compensatoria no va a ser el
equivalente en dinero al valor de uso o a la renta, sino al monto de los daños y
perjuicios que sufra el arrendatario por no recibir la cosa en la fecha y términos
convenidos. Si en un contrato de obra hay un incumplimiento por parte del dueño,
la indemnización compensatoria no será el importe del precio, es decir, de lo que
hubiera obtenido el constructor, sino que será el equivalente en dinero de los
daños y perjuicios que sufrió por no realizar la obra. Tendrá que deducir, por
ejemplo, el valor de los materiales, de la mano de obra, su propia actividad que
podrá emplearse en otra construcción; de tal manera que los daños y perjuicios
no podrán ser iguales al importe de la obra, que supone además otros valores.
En las obligaciones de hacer, el incumplimiento impide que la ejecución
forzada se traduzca en una coacción sobre la persona del deudor, moderno el
incumplimiento obligaciones de hacer o no hacer, no faculta al acreedor para
hacer coacción sobre la persona del deudor a efecto de obtener la prestación o
abstención convenidas.
El derecho romano primitivo si permitió que el acreedor se valiera de
medidas coactivas directas sobre la persona del deudor, podía privarlo de la
libertad, someterlo a trabajos forzados, incluso golpearlo para obligarlo a cumplir.
Pero en el derecho clásico romano, ya no se permitió la ejecución sobre la
persona del deudor, sino exclusivamente respecto a su patrimonio.
Ahora bien, la ejecución patrimonial se traduce siempre en un equivalente
en dinero de la obligación de hacer o de no hacer incumplidas. Permite, no
obstante, nuestro Código Procesal Civil, dos formas a través de las cuales se
puede lograr en la vía de apremio la prestación exacta; la primera mediante la
sustitución del deudor por un tercero, cundo el hecho sea susceptible de
realizarse por otro, por ejemplo, el trabajo del carpintero o del mecánico. A costa
del obligado se ejecutará el trabajo por un tercero, porque el acreedor exige no un
pago en dinero, sino que se realice el hecho.
En aquellos casos en que no sea posible la sustitución, porque la
obligación de hacer dependa de conocimientos especiales del obligado, de
aptitudes también insustituibles, entonces necesariamente tendrá que resolverse
por el pago de una suma de dinero.
La segunda forma comprende los medios de apremio que permite el
Código Procesal para obligar al deudor a que ejecute el hecho, sin hacer coacción
directa sobre su persona; pero sí cabe, por ejemplo, la multa y en ciertos casos el
arresto.
Si el medio de apremio resulta insuficiente, porque el deudor destruya la
cosa, por ejemplo, el acreedor tendrá que convertir su derecho a la prestación, en
un derecho a una suma de dinero; es decir, volvemos al caso en el cual no hay
cumplimiento exacto, sino por equivalente; aquí el Código Procesal Civil dispone
que en un incidente especial de ejecución de sentencia y ante la imposibilidad de
obtener el hecho, el acreedor regule los daños y perjuicios. Se dará vista a la
parte contraria y el juez resolverá, moderándolos prudentemente.
En materia de contratos los preceptos del Código Civil disponen que el
perjudicado en un contrato tendrá acción para exigir el cumplimiento o rescisión
del mismo y, en uno y otro caso, el pago de daños y perjuicios. En este sentido, el
Código de 1884 tiene una regla que ya no reproduce el vigente, decía: Todo
perjudicado en un contrato tendrá acción para exigir el cumplimiento o la
rescisión, más el pago de daños y perjuicios. El precepto era general para todo
contrato, unilateral o bilateral, oneroso o gratuito.
En cambio, el Código vigente reproduce la misma a que en las obligaciones
reciprocas, el perjudicado tiene acción para exigir el cumplimiento o rescisión del
contrato. Evidentemente que esta limitación no significa que sólo en los contratos
bilaterales el perjudicado tenga la acción de cumplimiento o de rescisión, con
pago de daños y perjuicios, en ambos casos. Del sistema del Código vigente se
desprende que el perjudicado en cualquier contrato tiene las dos acciones
indicadas.

4.4. Concepto y diferencias entre embargo, secuestro y venta


en remate público
El embargo tiene como objetivo fundamental, el aseguramiento de bienes
propiedad del demandado, que garantice el pago de las prestaciones que se le
reclamen, para que en su caso, mediante el remate del mismo, sea pagado el
acreedor por resultar imposible el cumplimiento voluntario de una condena
impuesta, con la pretensión de que los bienes afectados sean rematados en el
más alto precio posible, a partir de una postura legal o precio mínimo que permita
a uno o más postores intervenir en ese acto.
El secuestro es una especie de depósito por el cual dos o mas personas
que litigan sobre una cosa, la confian a un tercero, quien se obliga a entregarla,
luego de terminado el pleito, a aquel al cual decida el juez que haya de
devolverse.
La palabra secuestro no solo se toma por el contrato mismo, si no también
por la persona a quien se encargó la custodia de la cosa.
Hay dos especies de secuestro, convencional y judicial: secuestro
convencional es el depósito que hacen las partes de la cosa contenciosa a un
tercero, por su propio consentimiento sin mandato del juez. Secuestro judicial es el
que decreta el juez.
Por otra parte, las ventas judiciales o remates son procedimientos de
ejecución forzada, dirigidos a asegurar la eficacia de las sentencias de condena,
para hacer efectivo el cumplimiento de la obligación. Por regla general, las
sentencias condenatorias ordenan el pago de una cantidad de dinero a la parte
que obtuvo sentencia favorable, y para hacer efectivo dicho cumplimiento, se
ordena previo el embargo de bienes del deudor.
Cabe mencionar que de acuerdo a la naturaleza jurídica del cual deriva el
embargo y secuestro judicial atento a su regulación legal y los efectos que surgen
dentro del proceso en que se verifican, tienen como características las siguientes:
I. Se trata de instituciones procesales que tienen un carácter procesal
transitorio y temporal porque nacen y se agotan con el proceso mismo
en que se dicta;
II. Tienen como propósito asegurar cosas, muebles o inmuebles, que son
objeto de una pretensión, o bien, garantizar la eficacia de las sentencias
de condena de dar sumas de dinero, dictadas en un proceso. Su ratio
legis atiende tanto a la tutela de un interés individual como público,
porque garantiza que la pretensión del enjuiciante encuentre
satisfacción en la vía de ejecución de la sentencia, de manera que la
efectividad de lo resuelto no sea ilusorio o vano, sino que exista la
posibilidad real de ejecutar aquélla, lo que contribuye a la paz social con
la plena satisfacción de los intereses en litigio;
III. Son medidas cautelares similares que se rigen por las mismas reglas y
están reguladas indistintamente por el ordenamiento jurídico pero, en
ciertos casos, se distinguen en atención a los bienes sobre los que
recaen;
IV. El secuestro judicial tiende al desapoderamiento físico del bien en poder
del demandado o ejecutado que es materia de la controversia,
fundamentalmente, hasta que se decide a quién debe pertenecer y su
entrega a otro, lo que implica una individualización del bien y también es
una medida asegurativa o conservativa -de tipo patrimonial- de la
ejecución forzosa;
V. El embargo tiene como naturaleza propia el desapoderamiento del bien
y se convierte en una medida asegurativa para hacer efectiva la
condena de cosas ciertas y determinadas así como la ejecución,
derivada de la sentencia de remate o la vía de apremio, además, su
inscripción es oponible a terceros. En este último caso, se constituye en
un derecho de garantía del cual su titular está facultado para exigir al
Juez, en su caso, su ejecución. También tiene la finalidad de impedir al
deudor ponerse en estado de insolvencia o disminuir su posibilidad de
pago, con daño del ejecutante;
VI. El secuestro judicial adquiere diversas modalidades cuando recae sobre
una finca rústica o una negociación mercantil o industrial, porque en ese
supuesto, las facultades del depositario son de vigilancia, inspección,
ministración de fondos, depósito de productos propios de la actividad,
adopción de medidas provisionales para garantizar el ejercicio adecuado
de la administración y nombramiento de personal auxiliar por parte del
depositario;
VII. Los bienes objeto de esas medidas quedan afectos al orden de la
jurisdicción, que origina un conjunto de deberes y facultades del Juez
que inciden sobre el ejercicio de los derechos que antes de la medida
pertenecían exclusivamente al titular del bien;
VIII. Ambas figuras exigen la individualización de los bienes o cosas objeto
de secuestro o embargo y reconocen el derecho de señalar los del
ejecutado y ejecutante, cuando no se ejerce por el primero.

Principales Diferencias:
El embargo impide al deudor disponer de sus bienes, pero no
necesariamente los retira de su posesión.
El secuestro implica la entrega del bien a un tercero para su custodia,
mientras se resuelve un litigio.
El remate es la venta de los bienes para pagar la deuda, es decir, el acto de
ejecución final.
El embargo puede ser una medida previa al secuestro y al remate.

El Código Civil del Estado de Quintana Roo dispone en su CAPÍTULO


OCTAVO correspondiente a las Ventas Judiciales:

Artículo 2602.- Las ventas judiciales en almoneda, subasta o remate públicos se


regirán por las disposiciones de este título, en cuanto a la substancia del contrato
y a las obligaciones y derechos del comprador y del vendedor, con las
modificaciones que se expresan en este capítulo. En cuanto a los términos y
condiciones en que hayan de verificarse, se regirán por lo que disponga el Código
de Procedimientos Civiles.
Artículo 2603.- No pueden rematar por sí, ni por interpósita persona, el juez,
secretario y demás empleados del juzgado; el ejecutado, sus procuradores,
abogados y fiadores; los albaceas y tutores, si se trata de bienes pertenecientes a
la sucesión o a los incapacitados, respectivamente; ni los peritos que hayan
valuado los bienes objeto del remate.
Artículo 2604.- Por regla general, las ventas judiciales se harán en dinero efectivo
y al contado, y cuando el bien fuere inmueble, pasará al comprador libre de todo
gravamen, a menos de estipulación expresa en contrario, a cuyo efecto el juez
mandará hacer la cancelación o cancelaciones respectivas, en los términos que
disponga el Código de Procedimientos Civiles.
Artículo 2605.- En las enajenaciones judiciales que hayan de verificarse para
dividir cosa común, se observará lo dispuesto para la partición entre herederos.
4.5. La prescripción
Es la prescripción una institución general del derecho. Se puede decir que
los derechos son generalmente prescriptibles y excepcionalmente imprescriptibles.
El Código civil para el Distrito Federal (art. 1135) define la pres. cripción
diciendo que es "un medio de adquirir bienes y de librarse de obligaciones,
mediante el transcurso de cierto tiempo y bajo las condicio-nes establecidas por la
ley".
Existe, por lo tanto una prescripción extintiva y una prescripción adquisitiva,
o usucapión, que, aunque fundadas en causa idéntica, producen efectos distintos.
Las diferencias entre estas dos especies de prescripción son las siguientes,
de acuerdo con la síntesis formulada por ESPIN CANOVAS: La adquisitiva se
aplica solamente a los derechos reales susceptibles de posesión y la extintiva se
refiere a todos los derechos. Mientras en la extintiva basta la inacción del titular del
derecho, en la adquisitiva se requiere la posesión por parte del adquirente. En la
adquisitiva su pierde el derecho por el anterior titular y se gana por el
prescribiente, mientras que en la extintiva se pierde el derecho para su titular sin
que nadie lo adquiera.
En vista de estas diferencias, dice ESPIN CANOVAS, la doctrina estudia la
prescripción adquisitiva entre los modos de adquisición de los derechos reales, ya
que éste es su efecto característico y, en cambio, la prescripción extintiva, por
referirse a toda clase de derechos, se estudia por los tratadistas en las doctrinas
generales a todas las relaciones jurídicas.
En atención a esta doble función que se reconoce en la prescripción se dice
que ésta entraña, en realidad, dos instituciones diferentes, puesto que, de una
parte, produce la adquisición de la propiedad y los demás derechos reales, y, de
otra, opera la extinción de los derechos de cualquier clase.
El fundamento de la prescripción ha sido muy discutido. Las doctrinas se
clasifican, a este respecto, en subjetivas y objetivas. Las prime ras colocan este
fundamento en una presunción de abandono o renuncia deducida de la inacción
del propietario o titular del derecho sujeto a prescripción; las segundas, en la
defensa del interés social, por entender que esta institución asegura la estabilidad
de la propiedad y, en general, la certidumbre de los derechos.
La suspensión y la interrupción de la prescripción se encuentran reguladas
en el código sustantivo de la materia.

4.6. La usucapión y la caducidad


El término usucapión en nuestro sistema jurídico es de origen latino, se
tomó de la palabra usucapio la cual se compone a su vez de la palabra usu
capere, que significa adquirir por el uso y se define como el modo de adquirir la
propiedad por la simple posesión continuada durante el tiempo y con los requisitos
que fija la ley. Convierte en situación de derecho lo que empezó como una
situación de mero hecho.
La Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ha definido a
la prescripción adquisitiva como una “forma de adquirir el derecho real de
propiedad respecto de una cosa, mediante la posesión pacífica, continua, pública
y en concepto de dueño, por el tiempo que establezca la normatividad aplicable”.
En resumen, la usucapión es la institución del derecho civil por la que quien
poseyó un bien inmueble durante cierto tiempo establecido por la ley, se le premia
haciéndolo dueño de esta.

Fundamento
Como bien afirma Xavier O’Callaghan, el fundamento de la usucapión es
sumamente discutido. Por una parte, se ha sostenido –desde el Derecho
Romano– que es una institución necesaria para el bien o interés público. Sin
embargo, lo cierto es que, en la actualidad, se mantiene tanto por la doctrina,
como por los tribunales, la justicia, la necesidad y la utilidad social de la
usucapión, con base en dos fundamentos: un fundamento subjetivo y un
fundamento objetivo.
El fundamento subjetivo de la usucapión se apoya en el abandono o
negligencia del titular del derecho que, por su inactividad, ha permitido que otro
adquiera su derecho por la posesión continuada durante cierto tiempo. Al propio
tiempo, el trabajo y la actividad posesoria del adquirente justifican que se le
otorgue el derecho que ha estado poseyendo durante el tiempo adecuado.
En palabras de la Primera Sala de la SCJN, el fundamento subjetivo
“justifica la pérdida de la propiedad respecto de un bien debido al abandono,
actitud omisiva o desinterés de su titular, manifestado a través del no uso de
cualquiera de las facultades derivadas de dicho derecho o la negligencia ante la
noticia de la existencia de un poseedor ajeno en concepto de dueño, por la no
realización de actos para recuperar su posesión”.
Por otra parte, el fundamento objetivo –que es mucho más aceptado que el
subjetivo–, establece que la usucapión fue creada como medio de “protección del
interés público, que se da a través de la seguridad de las relaciones jurídicas y la
protección a la apariencia creada con la posesión en concepto de dueño, evitando
así que la propiedad sobre las cosas no quede en una incertidumbre indefinida y
que los bienes dejen de ser utilizados”.
Dicho de otra manera, conforme al fundamento objetivo para que exista
usucapión no es preciso que haya una actuación negligente del titular (que incluso
podría probar que no la tuvo) o un trabajo del usucapiente (que pudo poseer pero
sin ejercer una actividad o trabajo), sino que basta el hecho objetivo de la
posesión, en el tiempo y con los requisitos que marca la ley. El fundamento
objetivo es –en resumidas cuentas– la seguridad del tráfico jurídico, el interés
general social y económico, el bien público; que se reconozca la titularidad del
derecho en quien, a través de la posesión en un tiempo y unos requisitos, aparece
pública, social y económicamente como tal titular. Al mismo tiempo, evita la
necesidad de que deban probarse –hasta los más lejanos tiempos– la existencia y
titularidad de derechos reales.
Lo cierto es que existe un corriente doctrinal que duda sobre si el
fundamento de la usucapión es acertado o no y, como ejemplo, basta lo dicho por
Albaladejo cuando afirma que “el fundamento de la usucapión se halla en la idea
(acertada o no, pero acogida por nuestra ley) de que, en aras de la seguridad del
tráfico, es, en principio, aconsejable que, al cabo de determinado tiempo, se
convierta en titular de ciertos derechos quien, aunque no le pertenezcan, los
ostenta como suyos, sin contradicción del interesado. Todo lo demás, que se diga
sobre el fundamento de la usucapión, son músicas”.

Naturaleza jurídica de la usucapión


Al resolver el amparo directo en revisión 8045/2018, la Primera Sala de la
SCJN sostuvo que “la figura jurídica de la prescripción adquisitiva, tratándose de
inmuebles, se endereza contra la persona que tiene un título de propiedad inscrito
en el Registro Público de la Propiedad, y en esencia, constituye una sanción civil a
dicho propietario registral, por el abandono de la cosa, privándolo de su derecho
real de propiedad, en favor de aquél que prescribe el bien.”
Es decir, la usucapión tiene la naturaleza jurídica de una sanción civil que
consiste en privar al propietario de la cosa de su derecho real de propiedad, por el
simple abandono de la misma.

Los requisitos para usucapir


La posibilidad de adquirir el dominio por la posesión no es inmediata y está
sujeta a determinadas condiciones y reglas. Al respecto, tanto el Código Civil de la
materia establece que la posesión necesaria para prescribir debe ser en concepto
de propietario, y ser pacífica, continua y pública.
Efectivamente, la posesión apta para prescribir, además de ser en concepto
de dueño, debe fundarse en el ejercicio efectivo de la posesión durante el plazo
establecido en la ley, lo que se traduce en el uso y goce real del bien. Esto es,
debe sustentarse en una posesión continua, actual, directa, efectiva y permanente,
que no sea interrumpida, y solo puede tener lugar sobre bienes que están en el
comercio, es decir, que son susceptibles de apropiación.
Es continua la posesión que no es interrumpida, y que se ejerce sin
contradicción por parte del interesado, esto es, de quien tiene el derecho de
propiedad sobre el bien. El que se demuestre en el juicio que durante el plazo
necesario para que opere la prescripción hubo alguna contradicción por parte del
interesado o el reconocimiento del derecho del propietario por parte de quien
pretende usucapir, interrumpe el plazo para la prescripción, lo que inutiliza el plazo
transcurrido con anterioridad.
Es pacífica la posesión que se ejerce sin violencia. Por ello, cuando se
entra en posesión por virtud de actos violentos, el cómputo del plazo para la
prescripción inicia hasta que los actos de violencia cesan. Asimismo, para que la
posesión sea pacífica no debe estar sometida a controversia judicial –ni sobre la
propiedad ni sobre la posesión– durante el lapso requerido para que opere la
prescripción. La interposición de una demanda o de algún recurso interrumpe la
prescripción.
Finalmente, es pública la posesión que se ejercita de modo que tengan
conocimiento de ella no sólo los que tengan interés en interrumpirla, sino todo el
mundo. Ello en oposición a la posesión clandestina, esto es, la que se oculta de
quienes pueden tener interés en interrumpirla.
A mayor abundamiento, debe decirse que la doctrina que ha ido
construyendo la SCJN sobre las características que requiere la posesión originaria
para prescribir, señala que la publicidad en la posesión debe manifestarse
ostensiblemente, de manera indiscutible y objetiva, siendo susceptible de
apreciarse por los sentidos, mediante la ejecución de actos que revelen que el
poseedor es el dominador de la cosa, el que manda en ella, como dueño en
sentido económico, frente a todo el mundo; que ejerce un poder indiscutible, de
orden económico, para hacer suya la cosa desde el punto de vista de los hechos.
Pero además de los requisitos arriba apuntados, cuando se trata de bienes
inmuebles, la legislación civil establece que la posesión debe darse durante lapsos
de tiempo más o menos prolongados. Los Códigos Civiles establecen que ese tipo
de bienes prescribe en cinco años cuando el bien se posee con los requisitos
mencionados y de buena fe y en diez años cuando la posesión es de mala fe.
Asimismo, los Códigos Civiles señalan que se puede aumentar ese tiempo
en una tercera parte si se demuestra que el poseedor de la finca no la ha cultivado
durante la mayor parte del tiempo en que ha poseído o que por no haber hecho el
poseedor de la finca urbana las reparaciones necesarias, ésta ha permanecido
deshabitada la mayor parte del tiempo que ha estado en poder de aquél. Además
de esas posibilidades para prescribir que la doctrina agrupa bajo el nombre de
usucapión ordinaria, existen disposiciones conforme a las cuales puede adquirirse
la propiedad por la posesión prolongada incluso en los casos en los que la
posesión se generó con violencia o por la comisión de un delito. En dichos casos,
el tiempo para prescribir se amplía permitiendo que los plazos establecidos
únicamente cuenten desde el momento en que la pena o la acción penal
prescriban o desde que la violencia cese.

Efectos de la usucapión
Como se ha mencionado ya, el efecto de la prescripción positiva o
usucapión es la adquisición de la propiedad del bien inmueble que se ha estado
poseyendo. Los Códigos Civiles establecen que cuando se reúnen los requisitos a
los que se ha hecho referencia, puede promoverse juicio contra quien aparece
como propietario de los bienes en el Registro Público, con el fin de que se declare
la consumación de la prescripción y, por tanto, la adquisición de la propiedad por
parte del actor.
La sentencia se inscribirá en el Registro Público y servirá como título de
propiedad al poseedor. Así, es claro que los supuestos de esas normas tienen una
consecuencia jurídica concreta: la adquisición de la propiedad.

Distinción entre poseedor originario y derivado


La posesión se reconoce como un estado de hecho: un contacto material
del hombre con la cosa, por virtud del cual, la retiene en su poder en forma
exclusiva y ejecuta actos materiales de aprovechamiento de ella; estado o poder
físico de hecho que puede derivar de un derecho real, de un derecho personal, o
no reconocer la existencia de derecho alguno.
Ahora bien, cuando la posesión que se ejerce sobre un inmueble en
concepto de propietario, se denomina: posesión originaria. El poseedor se
conduce como dueño respecto del bien, ejerciendo un poder jurídico sobre él,
traducido en la ejecución de actos materiales de aprovechamiento del mismo; esta
clase de posesión tiene su origen en la existencia del derecho real de propiedad, o
bien, en la creencia de que se tiene ese derecho.
Cuando la posesión que se ejerce sobre el bien se realiza con motivo de
una facultad conferida por el propietario al poseedor, se denomina: posesión
derivada; esto es, cuando el dueño de la cosa concede su uso, goce y/o disfrute a
un tercero, mediante la celebración de un acto jurídico, para que ejerza sobre ella
determinados actos materiales de aprovechamiento.
En estos casos, el poseedor no puede ostentarse propietario, porque la
causa generadora de su posesión proviene del mismo dueño, de manera que la
posesión se ejerce precisamente en nombre o con consentimiento de aquél.
En otras palabras, el derecho de propiedad comprende el ius abutendi o
derecho de disposición, el ius fruendi o derecho de apropiarse de los frutos del
bien, y el ius utendi o derecho de usar el bien.
El derecho de propiedad puede desmembrarse, de tal manera que el ius
abutendi, el ius fruendi y el ius utendi queden en diversas personas.
Por lo tanto, el propietario puede optar por conservar la nuda propiedad del
bien, y otorgar a un tercero el ius fruendi y el ius utendi, ya sea mediante un
usufructo o alguna otra figura jurídica, o solamente el ius utendi mediante un
contrato de arrendamiento, comodato, o depósito, entre otros. Cuando ello
sucede, quien recibe el uso o disfrute del bien se convierte en un “poseedor
derivado”. Así pues, sólo puede convertirse en propietario de un inmueble por
prescripción adquisitiva o usucapión, el poseedor originario, que lo tiene en su
poder físico, en concepto de dueño.
Distinción entre poseedor de buena fe y de mala fe y la necesidad de
un “justo título” tratándose del primero
Se considera que el poseedor originario de buena fe posee en razón de un
“justo título”, mientras que el poseedor originario de mala fe carece de un título
para poseer, esto es, su posesión se deriva de una situación de hecho, que tiene
lugar cuando se apropia del bien, ya sea porque está vacante –el bien no tiene un
dueño cierto y conocido– o incluso algunas codificaciones permiten que la
usucapión se actualice cuando la posesión se adquiere por medio de la violencia,
o por la comisión de algún delito, en cuyo caso, el plazo para que proceda la
usucapión es mayor, y empieza a contabilizarse a partir de que cesó la violencia
y/o prescribió la acción penal por el delito de que se haya tratado.
Ahora bien, los Códigos Civiles distinguen entre el poseedor originario de
buena fe y de mala fe, exigiendo un plazo más corto –por regla general de 5 años–
para prescribir de quien posee de buena fe, e imponiendo un plazo más largo –por
regla general de 10 años– a quien posee de mala fe. Así, se estima poseedor de
buena fe el que durante todo el lapso que requiere la ley para que opere la
prescripción ha poseído con base en un “justo título”, es decir, un poseedor de
buena fe solo es aquel que tiene un “justo título” que justifique las razones por las
que tiene la posesión originaria del bien inmueble.
Sin embargo, toda vez que la ley no define en forma precisa lo que debe
entenderse por “justo título”, la Primera Sala de SCJN –al resolver la contradicción
de tesis 204/2014– sostuvo que por “justo título” debe “entenderse un título
suficiente para poseer en concepto de propietario, así como, una creencia fundada
y seria de que se celebró un acto jurídico ‘bastante’ para adquirir el dominio del
bien” y agregó que para acreditar la existencia del mismo deben “presentarse
pruebas suficientes para demostrar que objetivamente era posible concluir que el
vendedor tenía la propiedad del bien o facultades de disposición, ya que de otra
forma, no podría concluirse que ‘cualquier persona’ podría haber caído en el
error”. Por lo tanto, en palabras de la propia Primera Sala de la SCJN, para probar
su “justo título”, el poseedor de buena fe debe aportar al juicio de usucapión las
pruebas necesarias para acreditar:

1)Que el acto traslativo de dominio que constituye su justo título tuvo lugar,
lo cual debe acompañarse de pruebas que demuestren que objetivamente existían
bases suficientes para creer fundadamente que el enajenante podía disponer del
bien cuya propiedad aduce le transfirió, ya que ello demuestra cierta diligencia e
interés en el adquirente en conocer el origen del título que aduce tener su
enajenante;
2) Si el acto traslativo de dominio de que se trata es oneroso, que se
hicieron pagos a cuenta del precio pactado; en caso contrario, tendrá que probar
que la transmisión del bien se le hizo en forma gratuita; y
3) La fecha de celebración del acto jurídico traslativo de dominio, la cual
deberá acreditarse en forma fehaciente, pues resulta el punto de partida para el
cómputo del plazo necesario para que opere la prescripción adquisitiva de buena
fe.
CÓDIGO CIVIL DEL ESTADO DE QUINTANA ROO
CAPÍTULO SEGUNDO
De la Usucapión
Artículo 1823.- La usucapión o prescripción adquisitiva de la propiedad es el
medio de adquirir ésta mediante la posesión continuada durante el tiempo fijado
por la ley y con las condiciones establecidas al respecto por ésta.
Artículo 1824.- Los demás derechos reales distintos de la propiedad no pueden
ser usucapidos; pero si pueden ser adquiridos por prescripción en los casos
expresamente señalados por la ley.
Artículo 1825.- Sólo pueden ser usucapidos los bienes que de conformidad con lo
dispuesto en el artículo 1733 no están fuera del comercio.
Artículo 1826.- Pueden usucapir todos los no incapacitados para adquirir la
propiedad.
Artículo 1827.- Los menores de edad y los mayores incapacitados pueden
hacerlo por medio de sus legítimos representantes.
Artículo 1828.- El derecho de adquirir por prescripción no puede renunciarse
anticipadamente; pero si puede renunciarse el tiempo ya corrido para usucapir y la
usucapión ya consumada, siempre que quien haga la renuncia sea persona con
capacidad bastante para poder enajenar.
Artículo 1829.- Los representantes legales de los menores y de los demás
incapacitados no pueden hacer ninguna de las renuncias a que se refiere el
artículo anterior, sin incurrir en la responsabilidad civil correspondiente y sin
perjuicio de la anulación del acto.
Artículo 1830.- La renuncia puede ser expresa o tácita.
Artículo 1831.- La renuncia tácita será la que resulte de un hecho que importe el
abandono del derecho adquirido.
Artículo 1832.- Los acreedores del usucapiente que renuncie a la prescripción
ganada y todos los que tuvieren interés legítimo en que la usucapión subsista,
pueden demandar la nulidad de la renuncia y las consiguientes declaraciones: a)
de usucapión a favor del renunciante, y b) de afectación del bien usucapido al
pago de los créditos de los acreedores demandantes.
Artículo 1833.- Si varias personas son condueñas o poseen en común algún bien,
ninguna de ellas puede usucapir las partes alícuotas de las otras; pero si pueden
prescribir contra un extraño y en este caso la usucapión aprovechará a todos los
copartícipes.
Artículo 1834.- Se puede completar el plazo necesario para usucapir, agregando
al tiempo que haya poseído la persona que pretende prescribir, el tiempo que
poseyó la persona que le transmitió el bien, con tal de que ambas posesiones
reúnan los requisitos legales necesarios para poder usucapir.
Artículo 1835.- Las personas jurídicas de orden público se considerarán como
particulares tanto para usucapir los bienes de los particulares, cuanto para que
éstos adquieran por el mismo título los bienes que a aquéllas pertenezcan en
calidad de bienes de propiedad particular.

Artículo 1836.- La posesión apta para usucapir debe ser:


l.- En concepto de propietario; y
II.- Pacífica, continua y pública.
Artículo 1837.- El concepto de dueño a que alude el artículo anterior, no puede
quedar ni queda al arbitrio del poseedor, sino que debe estar fundado en justo
título. Artículo 1838.- Si la posesión del bien que se pretende usucapir se adquirió
a nombre ajeno, sólo será apta para ese desde que se comience a poseer en
concepto de propietario, debiendo probarse la causa del cambio.
Artículo 1839.- Los bienes inmuebles se adquieren por usucapión en diez años si
la posesión es de buena fe o si los inmuebles han sido objeto de una inscripción
de posesión en los términos del artículo 1848; y en veinte años si dicha posesión
es de mala fe.
Artículo 1840.- Se aumentará en una tercera parte el tiempo señalado para la
usucapión, si se demuestra, por quien tenga interés jurídico en ello, que el
poseedor de finca rústica no la ha cultivado durante la mayor parte del tiempo que
la ha poseído, o que por no haber hecho el poseedor de finca urbana las
reparaciones necesarias, la finca ha permanecido deshabitada la mayor parte del
tiempo que ha estado en poder de aquél.
Artículo 1841.- Los bienes muebles se adquieren por usucapión en dos años si la
posesión es de buena fe, y en cuatro años si la posesión es de mala fe.
Artículo 1842.- La usucapión puede comenzar y correr contra cualquiera persona,
salvas las restricciones establecidas en los dos siguientes artículos.
Artículo 1843.- La usucapión no puede comenzar ni correr contra ningún
incapacitado que no esté sujeto a patria potestad o a tutela legalmente discernida.
Artículo 1844.- Los incapacitados a que se refiere el artículo anterior tendrán
derecho de exigir responsabilidades a sus representantes legales cuando por
culpa de éstos no se hubiera interrumpido la usucapión y el plazo para hacer valer
este derecho es de un año a partir de que aquéllos salgan de la patria potestad o
de la tutela.
Artículo 1845.- La usucapión no puede comenzar ni correr:
l.- Entre ascendientes y descendientes, durante la patria potestad, respecto de los
bienes a que los segundos tengan derecho conforme a la ley;
II.- Entre las personas que vivan como marido y esposa sin estar casados y sin
que exista algún impedimento que impida el matrimonio entre ellas;
III.- Entre los incapacitados y sus tutores mientras dure la tutela;
IV.- Entre copropietarios o coposeedores respecto del bien común;
V.- Contra quienes se encuentren fuera del Estado en servicio público;
Vl.- Contra los militares en servicio activo, en tiempo de guerra, y
VII. Contra bienes patrimoniales del Estado, ya sean de dominio público o privado
en términos de la Ley del Patrimonio del Estado de Quintana Roo.
Artículo 1846.- La usucapión se interrumpe:
I.- Si el poseedor es privado de la posesión del bien o del goce del derecho por
más de un año;
II.- Por demanda judicial presentada en tiempo o cualquier otro género de
interpelación o de requerimiento legalmente hechos al poseedor. Se considerará la
prescripción como no interrumpida si el actor desistiese del requerimiento, de la
interpelación o de la demanda, o fuese ésta desestimada; y I
Il.- Porque la persona a cuyo favor corre la usucapión reconozca expresamente,
de palabra o por escrito, o tácitamente por hechos indubitables, el derecho de la
persona contra quien prescribe.
Artículo 1847.- El efecto de la interrupción es inutilizar, para la usucapión, todo el
tiempo corrido antes de ella.
Artículo 1848.- Quien tenga una posesión apta para usucapir bienes inmuebles
no inscritos en el Registro Público en favor de persona alguna, aun antes de que
transcurra el tiempo necesario para adquirir por usucapión, puede registrar su
posesión mediante resolución judicial que dicte el juez competente ante quien la
acredite del modo que fije el Código de Procedimientos Civiles,
Artículo 1849.- La información que se rinda para demostrar la posesión se
sujetará a lo dispuesto en el artículo 1854, y el efecto de la inscripción será el
señalado en el párrafo inicial del artículo 1839.
Artículo 1850.- Quien se crea con derecho a los bienes a que alude el artículo
anterior, podrá alegarlo ante Juez competente mediante demanda en forma, cuya
presentación suspenderá el curso del expediente de información; pero si éste ya
estuviere concluido y hecho del conocimiento del registrador, deberá darse a éste,
por el Juez, orden de suspensión de la inscripción, y si ésta ya estuviere hecha,
para que haga la anotación de la demanda al margen de la inscripción. La
demanda no será admitida si quien la formula no garantiza mediante fianza cuyo
monto fijará el Juez, que responderá de los daños y perjuicios que se lleguen a
originar si su oposición es declarada infundada.
Artículo 1851.- Si el opositor deja transcurrir noventa días, incluyendo los
feriados, sin promover en el juicio de oposición, quedará éste sin efecto,
haciéndose en su caso la cancelación que proceda.
Artículo 1852.- Quien hubiere poseído bienes inmuebles por el tiempo y con las
condiciones exigidas por este Código para usucapirlos, puede promover juicio
contra quien aparezca en el Registro como propietario de esos bienes, y llamando
como tercero con interés al Gobierno del Estado de Quintana Roo y al
representante legal del Instituto previsto por la Ley del Patrimonio del Estado de
Quintana Roo, a cargo de los bienes patrimoniales del Estado, de dominio público
o privado, para que deduzcan las acciones pertinentes, a fin de que se declare
que la usucapión se ha consumado y que el solicitante ha adquirido, por ende, la
propiedad.
Artículo 1853.- La sentencia ejecutoria que declare procedente la acción a que se
refiere el artículo anterior, se inscribirá en el Registro y servirá de título de
propiedad al poseedor.
Artículo 1854.- Quien haya poseído bienes inmuebles por el tiempo y con las
condiciones exigidas para usucapirlos, y no tenga título de propiedad o teniéndolo
no sea inscribible por defectuoso, si no está en el caso de deducir la acción que le
concede el artículo anterior, por no estar inscrita en el Registro la propiedad de los
bienes en favor de persona alguna, podrá demostrar ante Juez competente que ha
tenido esa posesión.
El procedimiento se seguirá en la siguiente forma:
l.- El interesado acompañará a su solicitud el Certificado del Registro Público que
demuestre que el bien o bienes de que se trata no están inscritos;
II.- En la solicitud se mencionará con toda especificación: a).- El origen de la
posesión; b).- El nombre de la persona de quien en su caso la obtuviere el
peticionario y el del causahabiente de aquélla si fuere conocido; c).- El nombre y
domicilio de cada uno de los colindantes; y d).- La ubicación, medidas y
colindancias del predio o predios de que se trate.
III.- Se convocará a las personas que puedan considerarse afectadas, mediante
edictos que se publicarán por tres veces consecutivas, de siete en siete días, en el
Periódico Oficial del Estado, y en el de mayor circulación en la entidad, y los
edictos se fijarán, además, en los lugares públicos de la ubicación de los bienes;
IV.- A quienes comparezcan respondiendo a la convocatoria a que se refiere la
fracción anterior, se les entregará sendas copias de la solicitud del peticionario y
de los anexos presentados con ella, para que la contesten dentro del término de
ley. Para el mismo fin, se correrá traslado, terminadas las publicaciones, al agente
del Ministerio Público adscrito, al registrador de la propiedad y a los colindantes y,
en su caso, a la persona de quien el interesado dijo haber obtenido la posesión o a
su causahabiente si fuere conocido;
V.- Los testigos que deben declarar en la información serán tres, que
necesariamente tengan su domicilio en el lugar de ubicación del inmueble objeto
del juicio; y
VI.- Los términos y recursos para este juicio serán los del juicio ordinario.

Por caducidad, llamada también perención y decadencia, debe entenderse


el efecto que se produce, en relación con un determinado derecho (subjetivo),
cuando la ley o los particulares han señalado un término para su duración, y se
traduce en la pérdida del mismo.
Para RUGGIERO, la caducidad es una institución semejante a la
prescripción extintiva, porque también en ella opera el tiempo, pero tiene
naturaleza muy diversa.
A su juicio, el concepto y carácter diferencial de la caducidad, en relación
con la prescripción, estriba en que para determinadas relaciones jurídicas la ley o
la voluntad del particular establece un término fijo dentro del cual una acción
puede promoverse, de modo que, expirado el mismo, no es ejercitable aquélla en
modo alguno, y con esto se prescinde de toda consideración de negligencia en el
titular o de imposibilidad en que éste se halla, mirándose únicamente el hecho del
transcurso del término. Puede decirse -aclara este autor- que no se trata aquí de
un derecho que se extinga con el transcurso del tiempo, sino que se impide la
adquisición del derecho por el transcurso inútil del término; o, mejor aún, que la
pretensión a cuyo ejercicio se fija un término, nace originalmente con esta
limitación de tiempo, de modo que no puede ser hecha valer cuando haya
transcurrido; en la prescripción el derecho nace con duración indefinida y sólo se
pierde cuando hay negligencia en usarlo.
Pertenecen a la caducidad o decadencia -escribe CLEMENTE. DE DIEGO-
los términos preclusivos o perentorios, que son aquellos fijados por la ley,
sentencia o contrato por cuyo transcurso se pierde el derecho por no haber sido
actuado, bien realizando un acto, bien ejercitando una acción.
La caducidad, como institución de derecho procesal, presenta
características particulares, que son objeto de estudio en el derecho procesal civil,
especialmente.

Por su parte el Código Civil del Estado de Quintana Roo, dispone lo


siguiente:
Artículo 2414.- La caducidad es forma de perder derechos.

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