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El Jurista y El Simulador Del Derecho

El documento destaca la importancia del Derecho como orden normativo esencial para la existencia y funcionamiento de la sociedad, enfatizando el papel del jurista en la construcción y respeto de este orden. Se contrasta la figura del jurista con la del simulador del Derecho, subrayando la necesidad de una ética jurídica sólida entre los estudiantes de Derecho. Además, se argumenta que el Derecho no es un obstáculo para el progreso social, sino un medio necesario para canalizar las transformaciones en la sociedad.
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El Jurista y El Simulador Del Derecho

El documento destaca la importancia del Derecho como orden normativo esencial para la existencia y funcionamiento de la sociedad, enfatizando el papel del jurista en la construcción y respeto de este orden. Se contrasta la figura del jurista con la del simulador del Derecho, subrayando la necesidad de una ética jurídica sólida entre los estudiantes de Derecho. Además, se argumenta que el Derecho no es un obstáculo para el progreso social, sino un medio necesario para canalizar las transformaciones en la sociedad.
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1

IGNACIO BURGOA ORIHUELA


DOCTOR EN DERECHO Y MAESTRO EMÉRITO DE LA
UNIVERSIDAD
NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

EL JURISTA

EL SIMULADOR

DEL

DERECHO

2
Jurista eminente e insigne universitario.
A la memoria del querido maestro
DR. ALFONSO NORIEGA CANTÓ,

PRESENTACIÓN
Este opúsculo está dirigido primordialmente a los estudiantes de Derecho. Tiene como
finalidad resaltar la importancia y trascendencia de la Ciencia y Arte jurídicos, así como
enfatizar la función social del jurista en su carácter de jurisprudente, abogado, maestro y
juez.

Pretende, además, exaltar la grandeza del Derecho y concitar el desprecio hacia su


simulación. En prosecución de este doble objetivo se ofrece a los lectores una descripción de
los mencionados tipos desde un punto de vista cualitativo ideal o deontológico.

En contraste, también en este breve ensayo se exhiben las características del simulador del
Derecho. La oposición entre éste y e! jurista puede significar una especie de propedéutica
para un curso de ética jurídica que tanto necesitan nuestros estudiantes. Así, desde la
iniciación de su carrera podrán calificar a sus profesores como verdaderos maestros del
Derecho o como mediocres docentes de ficción y apariencia; y si posteriormente se entregan
al estudio de la ciencia jurídica y a su ejercicio pragmático, estarán en condiciones de
distinguir al jurisprudente, al abogado y al juez auténticos, del simulador en cada una de
estas categorías, a efecto de que puedan optar por el luminoso camino de! Derecho o por la
senda tortuosa que conduce a su desvirtuacíón.

Coyoacán, D. F., julio de 1988.


IGNACIO BURGOA ORIHUELA.

3
CAPÍTULO PRIMERO

NECESIDAD DEL DERECHO COMO ORDEN NORMATIVO DE LA SOCIEDAD


Y DEL ESTADO

El Derecho es un orden normativo jerarquizado. Por eso pertenece al mundo del deber-ser,
desde la norma jurídica positiva, escrita o consuetudinaria, hasta los postulados ideales. Ese
orden normativo es la estructura formal de toda sociedad. Sin él ésta no podría existir ni
subsistir, pues la vida social, a través de sus múltiples e incontables manifestaciones de toda
especie, es una complicada urdimbre de relaciones de variadísima índole que requieren
imprescindiblemente una regulaci6n que les proporcione seguridad dentro de su permanente
diversidad y de su dinamismo coincidente, divergente y hasta opuesto.

Reza un proverbio sociológico: Ubi homines societas, ubi societas jus; que no expresa sino la
indispensabilidad del orden jurídico formal integrado por normas bilaterales, imperativas y
coercitivas, independientemente de su contenido múltiple ad infinitum, sujeto siempre a
factores tempo-espaciales en permanente movimiento y transformación. Tales normas,
traducidas en leyes. positivas de vigencia limitada y por esencia cambiantes, pueden tener
cualidades o defectos, revelar o no el ideal diversificado de justicia, ser o no convenientes en
un país o en una época determinada, regresivas o progresivas, buenas o malas, pero
siempre absolutamente necesarias para estructurar a la sociedad humana.

No debe olvidarse, a este respecto, lo que el espíritu jurídico romano aseveraba en dos
conocidos proverbios: "Dura lex, sed lex” e "Injustum jus, summa injuria", dureza e injusticia
que no despojaban a una o a otro de su fuerza positiva, sea cual haya sido su fuente formal,
variable también en específicos regímenes políticos históricamente dados. Se ha sostenido
por una importante corriente jusfilosófica que la seguridad social es un fin de! Derecho
independiente de la justicia a que éste debe propender. Sin embargo, más que un telos, la
seguridad es un elemento esencial del orden jurídico.

Éste puede ser injusto pero jamás prescindir de la seguridad, ya que sin ésta no existiría en
el mundo social aunque no en el ámbito de la idealidad. Ya dijimos que sin el Derecho que
implanta el orden normativo necesario para la vida social, ésta no podría desarrollarse. La
normatividad jurídica es para toda colectividad humana lo que el agua para los peces, o sea,
que dichos elementos son imprescindibles para la vida en sus respectivos casos. En toda
comunidad, independientemente de sus condiciones tempo-espaciales, siempre ha
funcionado el Derecho, cualesquiera que hayan sido sus modalidades orgánicas y
teleológicas, así como su fuente y su estimación axiológica.

Sin embargo, en la actualidad han surgido algunas corrientes, principalmente entre


economistas, sociólogos y "politólogos", que consideran que el Derecho no sólo está en
crisis, sino que es un obstáculo para los cambios sociales. Tales corrientes y sus
propugnadores parten del desconocimiento de lo que es el orden jurídico en sí mismo
considerado, es decir, con independencia de su múltiple y variable contenido. El Derecho es
en sí una estructura normativa susceptible de acoger dentro de la substancialidad de sus
normas, principios, reglas o tendencias de diferentes disciplinas tanto culturales como
técnicas y científicas.

4
Además, el Derecho, como orden de normativo debe reflejar en sus prescripciones
fundamentales las transformaciones sociales, económicas, culturales y políticas que se
registren dentro de la vida dinámica de las sociedades humanas, con el objeto de consolidar
los resultados de dichas transformaciones y de regular imperativamente las relaciones
comunitarias conforme a ellos. Sin esta normación jurídica, ningún cambio que opere en los
diversos ámbitos vitales de la sociedad podría tener vigencia, respetabilidad operatividad
ideales, ya que los postulados de dicho cambio no podrían Imponerse válidamente para regir
a la colectividad, toda vez que estarían apoyados exclusivamente en la fuerza.

No tienen, pues, justificación alguna las afirmaciones inconsultas contra el Derecho, puesto
que este no solo no es ningún óbice para el progreso social, sino el conducto por el que
necesariamente todas las transformaciones que experimente la sociedad deben canalizarse.
En resumen el Derecho como orden normativo de carácter imperativo y coercitivo en si
mismo considerado, es decir, con abstracción de su variado y variable contenido no es ni
infraestructura ni superestructura de la sociedad, puesto que, en su dimensión formal; no
está sujeto ni al tiempo ni al espacio. Lo que cambia y debe cambiar constantemente en el
Derecho es su contenido, que no debe expresar sino los cambios sociales.

Las críticas contra el Derecho se han dirigido, y muchas veces con toda razón, contra el
contenido de las normas Jurídicas, sin que sea lógica ni realmente posible enfocarlas contra
ellas, en cuanto tales, es decir, prescindiendo de su contenido. Es más, todas las
transformaciones sociales, políticas económicas y culturales tienen la tendencia natural de
plasmarse en un orden jurídico determinado, bien sustituyendo a uno anterior o modificando
esencialmente el existente. No se requiere cavilar mucho emprender enjundiosos ni
complicados estudios para evidenciar los anteriores asertos, pues la historia de todos los
paises del mundo es el testigo fidedigno e inobjetable que los confirma.

La transcendencia del Derecho se corrobora si se toma en cuenta que de él surge el Estado


como persona moral suprema y omnicomprensiva, y en la cual se estructura toda sociedad
humana. Esta estructuración la. forma y sistematiza el Derecho para hacer posible la vida
social dentro del orden normativo que establece y en el que existen y actúan, sin excepción,
los órganos de gobierno y los mismos gobernados. Tan es así, que Georges Burdeau y
Hennann Heller, entre otros, sustentan este criterio mutatis mutandis.

Sostiene el primero que "La formación del Estado coincide con una cierta forma del poder, y
esta forma particular del poder resulta de una concepción dominante en el grupo, y
aceptación por los gobernantes mismos, en cuanto a la naturaleza de la fuerza o potencia
política. He ahí un hecho de conciencia. Pero este hecho no constituye por si solo el soporte
del Estado. Provoca el cumplimiento de un acto jurídico según el cual el poder se convierte
efectivamente; en el plano de las realidades, en lo que los gobernantes y gobernados vean
en él. Ese acto es la institucionalización del poder que tiene por objeto disociar el poder de
sus agentes de ejercicio y de fundarlo sobre la institución a la cual se incorpora la idea de
derecho dirigente en el grupo. Esta operación de institucionalización del poder puede tener
lugar por modo consuetudinario o realizarse mediante un acto jurídico formal: la constitución.
Pero cualquiera que sea la manera como dicha operación se efectúe, presenta siempre este
triple carácter de ser. un acto jurídico, de modificar la naturaleza del poder y de dar
nacimiento al Estado. Hay, pues, en definitiva, en la diferenciación sobre la que reposan las

5
sociedades politicas, una ruptura de continuidad, un momento en el que el orden empírico se
transforma en orden jurídico y es entonces cuando aparece el Estado." 1
1 Traité de Science Politiqueo Tomo JI, UL'Etae', páginas 38 Y 39.

Por su parte, Heller afirma que "Sin el carácter de creador de poder que el Derecho entraña,
no existe ni validez jurídica normativa ni poder estatal" de lo que se concluye que es el orden
jurídico el que crea y organiza el Estado, el cual no podría existir sin él. 2
2 Teoría del Estado, página 208.

Sería demasiado prolijo aludir al pensamiento de otros muchos autores que proclaman la
idea de que el Derecho es la fuente normativa del Estado, es decir, el elemento que organiza
y estructura a la sociedad humana en una entidad estatal. Esta circunstancia confirma la
trascendencia del Derecho: que sus inconsultos impugnadores desconocen.

CAPÍTULO SEGUNDO
SEMBLANZA DEL JURISTA

Es el jurista el cultor del Derecho. La importancia ingente de su tarea social deriva


puntualmente de la trascendencia del orden jurídico 3. Su actividad primordialmente estriba en
construirlo para perfeccionar su normatividad positiva y en vigilar su respeto. Por ello, el
jurista es un garante de la sociedad en cuanto que debe procurar que en ella imperen la
justicia y la seguridad. Esta procuración por sí sola justifica su conducta que se manifiesta en
diferentes quehaceres vinculados todos a su noble misión que es simultáneamente científica,
artística, moral y cívica, atributos que concurren en la integración de la cultura jurídica como
expresión señera y esencial del humanismo, que no puede concebirse sin el Derecho como
instrumento vital imprescindible.
3 Esta trascendencia la expone Rodolfo Ihering en estas palabras: "Sólo donde el poder del Estado
mismo acata el orden por él establecido; adquiere el último su verdadera seguridad; sólo donde el
derecho domina, prospera el bienestar nacional, el comercio y la industria se vuelven florecientes; sólo
allí se desarrolla la fuerza moral y espiritual inherente al pueblo en su vigor pleno. El derecho es la
política bien comprendida del poder~ no la política miope del momento, el interés del instante, sino la
política de larga visión, que mira al futuro y considera el fin." (El Fin en el Derecho, página 276.)

A este respecto Raúl Carrancá Rivas asevera que "el Derecho es experiencia histórica, vital,
sensible; experiencia que es necesario captar y entender. Lo que pasa es que se trata -me
parece- de una experiencia, en suma, cultural cuya alma está en la norma que yo identifico
con la juridicidad. La norma cultural se vuelve así jurídica. Pero voy mas lejos: el Derecho es
el mundo tal y como lo concebimos en su aspecto social e histórico. No puede haber una
visión ~el mundo -sociedades, países, naciones, Estados, pueblos -sin deberes y
obligaciones, sin derechos, claramente establecidos. Incluso las ideas rectoras de ese
mundo de que hablo son especificas: paz, libertad, justicia, convivencia, orden y hasta.
progreso .. Nada de esto sería lo. que es, lo que debe ser, sin una sene de derechos, es
decir, de leyes, de reglas, de normas; pero de normas que aunque jurídicas deben su
contenido de juridicidad a la cultura. Es la cultura transformada en juridicidad, hecha
juridicidad. Cuando alguien roba. incurre en un comportamiento antijurídico. ¿Por qué?
Porque robar lastima las bases de una convivencia garantizada por un conjunto de
principios, o sea, de leyes. Una convivencia, por supuesto; de derecho.

6
La Constitución y las leyes secundarias no solo operan en el aparato administrativo y de
gobierno. La sociedad entera, en su desenvolvimiento, depende de ellas. Los derechos del
individuo, por ejemplo, los derechos humanos, las garantías constitucionales son invocables
en cualquier episodio o pasaje de la vida cotidiana. Lo contrario es la barbarie y lo que no es
barbarie se distingue, precisamente, por lo que yo ahora quiero llamar juridicidad y que
depende de lo que vengo explicando, a saber, de la cultura, de la norma, de la ley. El valor
de una determinada cultura, su sentido, su orientación, se miden por su contenido Jurídico.
He dicho contenido, que equivale a sustancia y a esencia. La Vida espiritual de una cultura
es siempre jurídica, como su vida moral.4
4 El Arte del Derecho, páginas 188 Y 189.

Para cumplir su insigne y excelso cometido social el jurista, principalmente como abogado,
debe ser libre. la libertad en este sentido significa que no debe estar vinculado
permanentemente a ningún sector público, privado o social, ni patrocinar solamente los
intereses que este sector represente. Tal vinculación entraña la merma o el menoscabo de su
libertad para seleccionar los asuntos jurídicos que estime justos, honrados, rectos y
respaldados por el Derecho. Esta escogitación no se puede realizar si el abogado está al
servicio de cualquiera de dichos sectores. Su libertad profesional lo faculta para atender
cualesquiera negocios independientemente de los sujetos que en ellos sean protagonistas.
Así, puede indiscriminadamente defender al rico y al pobre, al ejidatario y al pequeño
propietario, al trabajador y al patrón, al gobernado y al gobernante, con la única limitación de
su sentido ético y de justicia.

Estas reflexiones conllevan a la consideración de que no es posible que haya "abogados de


empresa" o "abogados al servicio del Estado", Por ende, los licenciados en Derecho afiliados
a las agrupaciones cuyo objeto esencial consista en prestar esos servicios profesionales
parcializados, no son verdaderos abogados, pues éstos, como afirma el insigne Ángel
Ossorio, deben ser los más libres de los hombres. Estar "al servicio" de alguien, sea persona
física o moral, pública o privada, obliga a obedecer siempre las consignas que dé el que
reciba el servicio. El abogado no debe ser asalariado de nadie. No debe tener patrón que lo
instruya en lo que tiene que hacer. No es un trabajador sino un profesionista que dirige al
cliente en los casos en que éste solicita su patrocinio. No debe tener "capacidad de
obediencia", que es el signo característico del político, según expresión de Manuel Moreno
Sánchez, sino facultades de mando. Debe gobernar a su patrocinado y no ser gobernado por
éste.

Por esas razones no es admisible que los licenciados o doctores en Derecho, que estén al
servicio de algún sujeto sea quien fuere, se llamen abogados, por más competentes,
capaces e inteligentes que sean. Los directores jurídicos de las dependencias oficiales no
son abogados, puesto que están al servicio de ellas y de sus superiores jerárquicos. Esta
situación de subordinación, por motivos análogos, se registra en lo que se refiere a las
empresas de la llamada iniciativa privada. No hay, pues, abogados de empresa ni abogados
al servicio del Estado. La libertad profesional es sagrada y muy difícil ejercer, pero quien la
desempeña, no puede enajenarla por ningún sueldo por más elevado que se suponga.

Estas reflexiones explican porqué los juristas están proscritos de los regímenes dictatoriales,
a no ser que, por servirlos, dejen de serlo.

7
El más elevado paladín de la libertad es el cultor del Derecho y, donde este valor deja de
existir, su función no sólo es innecesaria sino peligrosa. Por esta razón se le suele perseguir
y acosar o, al menos impedir que "contagie" con la dignidad libertaria los círculos políticos
donde se respira servilismo y abyección en varias ocasiones y circunstancias. Además de ser
libre, el jurista debe ser auténtico. La autenticidad' se revela en un comportamiento acorde
con lo que se piensa y se siente. Es, por tanto, una calidad opuesta al vicio de la falsedad e
hipocresía, refractarias de la confiabilidad. Nadie, a menos que esté engañado, confía en el
falso o en el hipócrita, estigmas que jamás debe tener el jurista en ninguna de las actividades
que le son inherentes.

Sin la autenticidad no podría concebirse la idea ética del hombre de Derecho en ninguno de
sus diversos tipos funcionales. La veracidad es otro de los ingredientes morales del jurista,
atributo que no implica, obviamente, que posea la verdad como valor absoluto muchas veces
inasequible al entendimiento humano. Ser veraz entraña simplemente rectitud de
pensamiento, no certeza trascendente en lo que se piensa. El acierto o la equivocación,
resultados aleatorios de la natural falibilidad del hombre, son independientes de la veracidad
que se funda en la buena fe y en la misma autenticidad. Externar una idea que no se
considera cierta por quien la emite, es proceder contra esa cualidad e incidir en falsedad,
generadora de la no credibilidad, y un jurista a quien no se cree traiciona su noble tarea.

Sin valor civil ningún "homo juridicus" puede imaginarse. Esta cualidad cívica es otra
importante característica del jurista. El cobarde, por naturaleza o por conveniencia, no
representa jamás al "caballero del derecho" ni al "luchador por la Justicia". De nada serviría a
la sociedad la sapiencia sin la conciencia de segunda y firmeza en lo que se cree y sin el
propósito de combatir por un ideal, que en el Jurista esta encamado en la Justicia y en la
observancia del Derecho. La combatividad, que no debe confundirse con la agresividad, es
un impulso propio del temperamento humano. Quien sea apático e indiferente a lo injusto y a
lo antijurídico es en gran medida un cobarde aunque sea erudito. La lucha por el Derecho y
la Justicia no admite pasividad alguna y mucho menos complacencia con los que los violan,
vicio este último que- por sí mismo implica la negación del valor civil. No es concebible un
jurista apocado y asustadizo que no tenga carácter ni fortaleza y que sea cómplice
encubierto de la sujeción esclavizante con que suele aherrojarse a un pueblo.

"Donde la moral del pueblo, dice Ihering, consiste en someterse en subordinarse, en la


política de la sagacidad, de la astucia de la desfiguración, del sometimiento rastrero, no se
pueden formar caracteres; un terreno semejante sólo produce esclavos y sirvientes -aquellos
que. alcanzan la posición de amos, no son más que lacayos disfrazados, dominadores
brutales contra los de abajo, cobardes y serviles ante los de arriba. Para el desarrollo del
carácter hace falta a los hombres desde temprano el sentimiento de seguridad. Pero este
sentimiento íntimo y subjetivo de seguridad, tiene por condición la seguridad exterior,
objetiva, dentro de la sociedad, y esta última es garantizada a· los hombres por el derecho.

Firme e inconmovible como el creyente en su fe en la divinidad está el hombre del derecho


en su fe en el derecho, o mejor dicho ambos no confían sólo en algo que se encuentra fuera
de ellos, sino que sienten a Dios y el derecho en si como la base firme de su existencia,
como un trozo viviente de sí mismos que justamente por eso ningún poder de la tierra puede
separarlos de ellos, sino que sólo puede destruirlos en ellos y con ellos.

8
Esta es en ambos la fuente de su vigor. La angustia del yo en el mundo, que es la sensación
natural del átomo animado puramente a merced de sí mismo, esa angustia desaparece con
el poder superior en que ha tomado su refugio, lo siente en sí y a sí mismo en él. En lugar de
la angustia y del miedo apareció un sentimiento firme e inquebrantable de seguridad.
Sentimiento inquebrantable de seguridad -esta es a mis ojos la expresión exacta para el
sentimiento que el derecho y la religión, donde corresponden a su idea, producen en los
seres humanos. El derecho les da el sentimiento de seguridad en lo que se refiere a sus
relaciones humanas, la religión en lo que se refiere a su relación con Dios". 5
5 El Fin en el Derecho, páginas. 280 Y 281.

Una de las imprescindibles cualidades morales del jurista e!; la honestidad que en su sentido
amplio equivale a no ser corrupto. La corrupci6n es un concepto que engloba
simultáneamente varias implicaciones. Así, corromper equivale a trastocar o alterar la forma
de alguna cosa, echar a perder, depravar, dañar, podrir, sobornar o cohechar al juez o a
cualquier persona con dádivas, estragar, viciar, pervertir, incomodar, fastidiar, manchar o
mancillar, alterar o trastornar algún asunto.

Atendiendo a tan múltiples acepciones la corrupción entraña:


1. Deshonestidad; 2. Ineficacia dolosa; 3. Ineptitud e incompetencia perseverantes; 4.
Engaño o falacia; 5. Desvío doloso de conducta; 6. Adulaci6n y servilismo; 7. Complicidad y
encubrimiento; 8. Indiferencia y apatía.

A propósito de la corrupción es interesante recordar lo que José Ingenieros afirma acerca de


los serviles e indiferentes: "Los bribones, dice, se jactan de su bigardía y desvergüenza,
equivocándolas con el ingenio; los serviles y los parapoco pavoneándose de honestos, como
si la incapacidad del mal pudiera en caso alguno confundirse con la virtud." "Indiferentes son
los que viven sin que se advierta su existencia. La sociedad piensa y quiere por ellos. No
tienen voz sino eco. No hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es, apenas, una
penumbra." "Los espíritus afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad:
soñadores contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, generosos contra los
calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien o algo contra los que no son
nadie ni nada." 6
6 El Hombre Mediocre.

También Aristóteles hablaba de la corrupción de los gobiernos. Asevera el ilustre estagirita


que "Muchas veces el gobierno pasa de la aristocracia a la oligarquía por la corrupción de los
gobernantes, que se reparten entre sí la fortuna pública contra toda justicia; que conservan
para sí solos la totalidad o, por lo menos, la mayor parte de los bienes sociales; que
mantienen siempre el poder en las mismas manos y ponen la riqueza por encima de todo lo
demás. En lugar de gobernar los ciudadanos más dignos y honrados, son unos cuantos
depravados los que gobiernan".7
7 La Política.

Por su parte, Dionisio de Halicarnaso estimaba que "Un buen gobierno produce ciudadanos
que se distinguen por su valor, su amor a la justicia y otras buenas cualidades. Un mal
gobierno les hace cobardes, rapaces y esclavos de todos los deseos deleznables". 8
8 Antigüedades Romanas.

9
Es evidente que el jurista debe tener un hondo sentido de justicia no solo en lo que
tradicionalmente se considera como justicia conmutativa (constans et perpetua voluntas
suum cuique tribuere) sino, por modo primordial, en lo que debe entenderse por justicia
social. El cultor del Derecho no sólo tiene que atender a la problemática individual, sino
abocarse a las cuestiones sociales, ya que es un servidor de la sociedad. La justicia social
entraña un concepto y una situación que consisten en una síntesis armónica y de
respetabilidad recíproca entre los intereses sociales .Y los intereses particulares del
individuo. Sin esa esencia sintética no puede hablarse válidamente de justicia social, ya que
al romperse el equilibrio que supone, se incide fatalmente en cualquiera de estos dos
extremos indeseables, que son: el totalitarismo colectivista y e! individualismo, que sólo
atiende a la esfera particular de cada quien.

Si un régimen jurídico se estructura tomando exclusivamente en cuenta los intereses de los


grupos mayoritarios de la sociedad sin considerar los intereses individuales de todos y cada
uno de sus miembros componentes, la persona humana, en todos los aspectos de su
entidad, se diluye dentro de un contexto social sin tener más significación y valía que las de
una simple pieza de una gran maquinaria o las de un mero instrumento al servicio
insoslayable de objetivos que se le imponen coactivamente y se mantienen con la represión
gubernativa.

Por otra parte, si los intereses sociales, públicos, nacionales o generales se marginan por el
derecho y por el gobierno, se entroniza y fomenta e! individualismo que, a su vez, origina
graves y desastrosos desequilibrios socio-económicos en detrimento de grandes mayorías
humanas. Fácilmente se comprende que ninguna de las posturas extremistas que se han
esbozado involucra la justicia social, pues e! olvido y la desprotección de los intereses
sociales o de los intereses particulares, es decir, la marginación de grupos mayoritarios de la
sociedad o la degradación de la persona humana, en cuanto tal, a la situación de instrumento
servil, implican situaciones substancialmente injustas.

La libertad de! hombre es uno de los valores sin los cuales el ser humano se convierte en un
ente servil y abyecto, pero no hay que olvidar que el hombre vive en sociedad, que está
permanentemente en contacto con los demás miembros de la colectividad a que pertenece,
que es parte integrante de grupos sociales de diferente índole y que se encuentra en
relaciones continuas con ellos. La indudable existencia y la innegable actuación de los
intereses particulares y de los intereses sociales en toda colectividad humana, plantean la
necesidad de establecer un criterio para que unos y otros vivan en constante y dinámico
equilibrio. dentro de un régimen que asegure su mutua respetabilidad y superación.

Precisamente en la implantación de ese equilibrio y de esa respetabilidad estriba la justicia


social. De las consideraciones que anteceden fácilmente se deduce la ingente labor del
jurista como defensor de la justicia social. Sin esta modalidad teleológica sería un mero
protector de intereses individuales y su función carecería de la relevancia que tal defensa le
atribuye. Son los grupos desvalidos de la sociedad los que más requieren sus servicios, cuya
prestación redunda en la preservación misma de las garantías sociales y del Derecho que las
proclama.

10
CAPÍTULO TERCERO
LA CULTURA JURÍDICA

La cultura en general es, a grosso modo, la sustentación, ampliación y perfeccionamiento del


conocimiento en los diversos y variados sectores del saber humano, y proyectada al ámbito
social, se manifiesta eh los resultados objetivos de ese conocimiento. El mundo de la cultura
es la intelectualidad en sus diferentes dimensiones y se distingue de la civilización en que
ésta se traduce en las expresiones materiales de los resultados obtenidos en la vida de las
sociedades humanas por medio de la actividad cultural de siglos o milenios.

La cultura jurídica, por ende, comprende un vasto espacio de la cultura en general y consiste,
evidentemente, en el conocimiento, cada vez más extenso y profundo, del Derecho en todas
sus ramas y manifestaciones, en su ejercicio y aplicación y en su perfeccionamiento.
Consiguientemente, la cultura jurídica entraña una ciencia y un arte, o sea un saber y un
actuar. Por tanto, el jurista, su profesante, es al mismo tiempo un científico y un artista,
teniendo, en ambos terrenos, un amplísimo y variado horizonte donde despliega su dilatada
actividad social.

a) El Derecho como ciencia


La ciencia, como la acción de saber (scire), implica conocimiento general y abstracto. de las
cosas in genere.

Este atributo indica que no todo conocimiento es científico. Recordemos que Aristóteles, en
su pensamiento. epistemológico, hablaba de! conocimiento sensitivo y del intelectivo. "Nihil
est in intellectu, quad prius nan fuerit in sensu", decía, para dar a entender que los datos de
los sentidos deben ser el punto de partida de la intelección para construir las reglas o
principios científicos. Sin la intelección, esos datos, retenidos en la memoria, no entrañarían
sino un conocimiento casuístico, no científico. Por consiguiente, la ciencia de! Derecho no
estriba meramente en conocer casos concretos, sino en saber los. principios jurídicos
conforme a los cuales se deben analizar y resolver.

Tampoco e! solo conocimiento de la ley positiva comprende ni agota dicha ciencia. La


sabiduría del Derecho no se constriñe al conocimiento de los ordenamientos legales
positivos, que son, han sido y serán únicamente su expresión normativa. El "homo juridicus"
sería un simple legista si sus conocimientos sólo se contrajeran a la ley escrita, aunque fuese
un gran exegeta. de la misma. Saber lo que prescribe un texto legal con desconocimiento de
su antecedencia histórica y de los principios filosóficos, sociológicos, políticos, culturales,
morales o económicos que hayan influido en su contenido normativo, no integra la ciencia del
Derecho sino una simple praxis jurídica sin ningún sostén eidético.

Fácilmente se advierte de las anteriores breves consideraciones que e! conocimiento de la


ley positiva sólo es un aspecto de la ciencia jurídica. Ésta comprende la historia de las
instituciones de Derecho, es decir su gestación fáctica e ideológica a través de la vida d: los
pueblos y de la humanidad. Con todo acierto el ilustre Ortolán afirmaba: "Todo historiador
debería ser jurisconsulto y todo jurisconsulto' debería ser historiador”, agregando que "No se
puede conocer a fondo una legislación sin conocer su historia".

11
Y es que la historia no es simplemente la mera narración de hechos ni la sola mención de
sus protagonistas, sino e! estudio de su causación variadísima y de las corrientes del
pensamiento que en ellos hayan influido o de los que éstas hubiesen surgido para
plasmarse, como principios básicos, en la scripta lex. En atención a ese estudio, e! Derecho,
al vincularse estrechamente con la Historia, se relaciona también, por modo imprescindible,
con la Filosofía; la Sociología, la Economía, la Política y otras disciplinas humanísticas y
hasta científico-positivas, en su carácter de expresión cultural del ser humano. Baste un
ejemplo para corroborar las aseveraciones anteriores: e! artículo 39 constitucional establece
que "La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo".

Ahora bien, para estudiar a fondo esta disposición dogmática y formular su análisis
exhaustivo, se debe precisar e! Concepto de "soberanía", las diversas connotaciones que ha
tenido en el pensamiento jurídico, filosófico y político de la humanidad, determinar lo que es
"nación" y referirse a la teoría de! genial Juan Jacobo Rousseau para dilucidar lo que debe
entenderse por "radicación esencial y originaria". Por tanto, no sería científico sino carente de
toda racionalización, abstenerse de emprender el citado análisis, que debe practicarse a
propósito del estudio de toda institución jurídica si se pretende "hacer" ciencia del Derecho,
es decir, jurisprudencia que consiste en la sabiduría (prudentia) de lo jurídico (jus).

La jurisprudencia en su sentido conceptual, no técnico, es decir, la ciencia de! Derecho, se


expresa, con su amplio contenido epistemológico, en la célebre definición de Ulpiano:
"Jurisprudentia est divinarum atque humanarum rerum notitia, justi atque injusti scientia."
Conforme a esta concepción, la jurisprudencia se revela como una ciencia, como, conjunto
de conocimientos o sabiduría respecto de determinadas materias. Si tomamos en todo rigor
la traducción literal de la definición latina y nos ceñimos estrictamente a su alcance, llegamos
a la conclusión de que el concepto de jurisprudencia, tal como lo formuló dicho jurisconsulto,
denota nada menos que un cúmulo de conocimientos científicos de una extensión
exorbitante, puesto que abarcaría la noticia de las "cosas humanas y divinas", dentro de las
que estarían comprendidos los objetivos de múltiples disciplinas positivas y filosóficas, que
sería prolijo mencionar.

Apartándonos del rigor estricto de la traducción de la definición latina de Ulpiano, que nos
conduce a la conclusión que acabamos de apuntar, y tomando en consideración la índole
científica misma de la idea de jurisprudencia, que se constriñe o circunscribe a lo jurídico
(jus: mandato, derecho), resulta que la noticia o conocimiento que implica se refiere a las
cosas humanas y divinas en su aspecto jurídico, esto es, desde el punto de vista del
Derecho. Así, de conformidad con la primera parte de la definición latina clásica, la
jurisprudencia es una disciplina que versa sobre las cosas divinas y humanas, o sea, un
conjunto de conocimientos sobre tales cosas bajo su aspecto jurídico.

De aquí se llega a la conclusión de que la jurisprudencia, siendo sinónimo de sabiduría o


ciencia del Derecho en general - por la causa antes dicha, comprende el estudio sobre lo
jurídico humano y lo jurídico divino -Derecho humano y Derecho divino, respectivamente-
(primera parte de la definición), abarcando también el relativo a la justicia e injusticia
(segunda parte de la misma). De esta segunda parte podemos deducir que no sólo implica
un conjunto de conocimientos científicos sobre, lo que podríamos llamar jurídico-deontológico
(lo jurídico justo, lo jurídico que debe ser o Derecho natural, racional, etc.), sino sobre lo

12
jurídico ontológico (lo jurídico que puede o no ser injusto, lo jurídico que es, o sea, el Derecho
Positivo, tanto en su aspecto legal como doctrinario). Como se ve, el somero análisis que
acabamos de formular sobre la definición de jurisprudencia elaborada por Ulpiano, nos lleva
a la conclusión de identificar a dicho concepto con el de Ciencia del Derecho en general, o
sea, a la de reputar a la mencionada idea como un conjunto de conocimientos científicos
sobre todos los posibles aspectos de lo jurídico, a saber: el humano, traducido en sus
aspectos de derecho positivo legal, consuetudinario o doctrinario (objetivo y subjetivo) y el
derecho deontológico-natural o racional (objetivo y subjetivo también) y el divino.

Prescindiendo de la multicitada definición, debemos advertir que la comprensión


epistemológica de la jurisprudencia o ciencia del Derecho, se extiende a la Filosofía, la
Sociología, la Economía y la Política y demás disciplinas humanísticas y positivas que
suministran el variadísimo contenido de la norma jurídica objetiva, sujeto a variaciones
tempo-espaciales. De ahí que, para interpretar exhaustiva y profundamente esta norma
deben tenerse conocimientos, aunque generales, en las materias apuntadas, necesidad que
erige a la ciencia del Derecho en la más extensa del saber humano, sin contraerse,
evidentemente, a la mera exégesis legal.

b) El Derecho como arte


El arte es la actividad del hombre tendiente a la realización, en el mundo de la concreción, de
valores del espíritu. Aunque pueda comprender un conjunto de reglas que encaucen dicha
actividad, su telos esencial no consiste en la formulación de ésta tarea que corresponde a la
técnica.

El arte jurídico importa un hacer, un actuar para tratar de conseguir estos dos primordiales
objetivos:

la bondad y la justicia, que el jurisconsulto Celso proclamó en esta célebre concepción: "Jus
est ars boni et, aequi." En su ideología, el arte del Derecho se revela como la actuación o
actividad en procuración de "lo bueno" y de "lo justo", elementos eminentemente axiológicos
y de implicación substancialmente variable no sólo en el tiempo y en el espacio, sino merced
a factores relativos que pueden llegar hasta el subjetivismo a falta de conceptos inmutables y
precisos sobre la bondad y la justicia. Y es que estos valores ético-axiológicos son más
importantes en su dimensión de vivencias y sentimientos que alimentan constantemente la fe
en el Derecho, impulso poderoso de la dinámica jurídica en su rango de arte. La lucha por el
Derecho no sería posible sin esa fe que a veces ostenta perfiles religiosos. Quien no la
experimente queda relegado al mero cientificismo jurídico sin aspirar a ser artífice del
Derecho.

Es ella la que propicia la excelencia del jurista y el apoyo insustituible de su combatividad, es


ella la que posibilita la expedición de buenas leyes y la pronunciación de sentencias justas.
Es ella la fuerza que mantiene la esperanza del cultor del Derecho en su propio quehacer. Es
la luz viva sin la cual el "horno juridicus" deja de serlo para sepultarse en el pesimismo, la
indiferencia y hasta la abyección. El Derecho es un arte dinámico, no estático, gracias a los
factores apuntados. Su obra no se consuma en un resultado determinado como suele
acontecer con las demás artes que pueden condensarse en objetos concretos de admiración:
una pintura, una escultura, una composición musical o literaria.

13
Los objetos de arte permanecen en la historia como testimonios singulares de la actividad
humana que los produjo. Su autor puede conservarse tranquilo y satisfecho con su
producción. En cambio, el artífice jurídico es por esencia incansable en virtud de que siempre
está renovando y recreando su actividad como deber ineludible de su lucha por el Derecho,
por su observancia, respeto Y perfeccionamiento ... Toda su vida debe caracterizarse por
encamar a un Quijote combativo sin salir de su locura sublime, llena a veces de utopías o
quimeras, para no descender a la rutinaria cordura que lo convierta en un ser inactivo
Ciencia y arte del Derecho se complementan. La primera implica su conocimiento y la
segunda su realización en diferentes objetivos dinámicos que inciden en la vida misma de la
sociedad y del hombre.

En esta última empresa el arte del Derecho debe apuntar hacia la justicia, que, desde Platón
hasta nuestros días, se ha pretendido definir en concepciones diversificadas por la Filosofía.
En efecto, el Derecho, con independencia de su necesidad social imprescindible, "es la
realidad cuyo sentido estriba en servir a la justicia" según expresión de Gustavo Radbruch
quien agrega que ésta "entraña una tensión incansable: su esencia es la Igualdad y esa
realidad y esa "tensión" no son sino motores del arte jurídico encaminado hacia el anhelado
telos del valor justicia que, como sostiene tan inminente jurisfilósofo, es absoluto y no deriva
de ningún otro".9
9 Filosofía del Derecho. Cita de Antonio Gómez Robledo en su libro “Meditación sobre la ]usticia".

c) El Derecho como moral


"Honeste vivere, alterum non laedere, jils suum cuique tribuere" son los principios éticos del
Derecho proclamados por el genio romano, que imponen deberes a su artífice. Están, por
tanto, involucrados en el arte Jurídico. "Vivir honestamente", ya se ha dicho, entraña un
comportamiento, desplegable en diversas, esferas de la existencia humana, exento de
corrupción, vicio este que, según lo hemos manifestado, se ostenta en una muy variada
gama de conductas inmorales, por ende, el Derecho es a la vez moral en su contenido
aunque no en su forma, porque, valga la simpleza, no puede haber un "derecho inmoral", a
pesar de que haya o pueda haber "leyes inmorales". La mencionada identidad sustancial es
de hondo arraigo en la historia.

En los pueblos de la antigüedad, como el hebreo, el griego y el romano, principalmente, los


cuerpos normativos que rigieron su vida contenían prevenciones a la vez jurídicas, morales y
religiosas, y es a virtud de estas dos últimas como el Derecho era al mismo tiempo ética y
religión, valores culturales que se expresan en la locución "honeste vivere". "No dañar a otro"
es también postulado moral del Derecho. El "otro" (alterum en acusativo) del principio ya
enunciado no es simplemente algún sujeto singular, sino el "bien común" de que nos habla la
filosofía aristotélico-tomista. Así interpretada la aludida prohibición (tilterum non laedere), el
Derecho ostenta su índole teleológica social y rebasa su órbita de regulación de relaciones
entre particulares (singuli) , recogiendo de esta manera la máxima de la "caritas" cristiana, es
decir, "el amor al prójimo", pues éste no sólo debe entenderse como "el otro yo", sino como la
colectividad humana en que se vive (prójimo social). Por otra parte, la prohibición de causar
un daño no significa que éste no se genere como afectación, agravio, privación, molestia o
sanción a consecuencia de la aplicación de la norma jurídica, ya que de otro modo el
dinamismo de ésta y la seguridad social a que propende, serían vanos, nugatorios e inútiles y
el Derecho dejaría de operar.

14
Lo que tal prohibición ordena es que la ley no damnifique a nadie en detrimento de la justicia
o que el poder público del Estado o los particulares no lesionen a sujeto alguno contra el
orden jurídico. Así, invocando a Radbruch y Verdross, Antonio Gómez Robledo transcribe e!
pensamiento que tales autores exponen en las siguientes consideraciones:

"Las manifestaciones de voluntad del Estado~ cuando carezcan de uno de estos requisitos
(los que configuran al derecho como norma general y orientada a la Justicia, no serán más
que afirmaciones de poder carentes de significación jurídica. Por consiguiente, cuando se
reniegue deliberadamente por ejemplo, del carácter general del derecho; cuando ni siquiera
se pretenda hacer justicia, las órdenes que el Estado dé, serán emanaciones de su poder,
pero no verdaderas normas jurídicas. Así, el Estado que sólo reconoce la legalidad de un
partido, excluyendo a las demás organizaciones del mismo carácter, el Estado unipartidista,
no es nunca un Estado de derecho, como no es una verdadera norma Jurídica la ley que sólo
reconoce derechos humanos a ciertos y determinados hombres.

Estamos, pues, ante una nítida y rigurosa linea divisoria entre lo que es derecho y lo que no
lo es. "La seguridad jurídica que el derecho positivo garantiza, cuando se trata de una ley
injusta, pierde este valor si la injusticia contenida en ella alcanza tales proporciones que, a su
lado, pierde toda importancia la seguridad Jurídica garantizada por el derecho positivo. Así
pues, si es verdad que, en la mayoría de los casos, la validez del derecho positivo puede
justificarse por las exigencias de la seguridad jurídica, no es menos cierto que, en casos
excepcionales, tratándose de leyes extraordinariamente injustas, cabe también la posibilidad
de desconocer la validez de tales leyes, por razón de su injusticia”. 10
10 Meditación sobre la Justicia, páginas 165 y 166.

Por su parte, el principio de dar a cada quien lo suyo (suum cuique tribuere) reafirma a la
Justicia como fin del Derecho dentro de su dimensión ético-axiológica. La Justicia, según la
definición clásica, es la voluntad constante y perpetua de efectuar esa dación (constans et
perpetua voluntas suum cuique tribuere), quedando sin embargo, en el mundo nebuloso de la
imprecisión que es lo suyo de cada quién. Armonizando esta locución con los principios
"honeste vivere" y "alterum non laedere", lógicamente se concluye que "lo suyo de cada
quien" es lo que el sujeto debe tener o recibir fuera de toda causa o fuente ilícitas. Así, el
Derecho, como agente de esa voluntad constante y perpetua, excluye lo que se haya
obtenido o se pretenda obtener propter delictum (corrupción o deshonestidad) o por razón de
damnificación individual o colectiva (alterum laedere).

Bien se advierte, de la perspectiva eidética que antecede, que no es posible formular un


concepto substancial de Justicia, que es de suyo variable en el tiempo y en el espacio, pues
los factores de su elaboración ética, filosófica, social y hasta religiosa cambian en cada
pueblo, en cada época y en diversos ciclos y ambientes histórico-culturales. Esta variabilidad
nos determina a conformarnos con una idea formal de justicia, identificándola con el
concepto de igualdad o equidad, según el mismo Aristóteles lo hace, al aseverar que este
valor estriba en "tratar igualmente a los iguales y desigualmente a los desiguales" en lo que
al Derecho y a su aplicación real concierne. Por ende, un orden jurídico será injusto si alude
o quebranta ese tratamiento que entraña, como equilibrio, la justicia social de que ya se ha
hablado.

15
d) El Derecho como fenómeno social
Ya hemos afirmado que sin el Derecho no puede existir ni subsistir la sociedad. Esta
imposibilidad entraña que el orden jurídico surge como una necesidad insoslayable de
convivencia humana, es decir como un fenómeno social ineludible.

El maestro Antonio Caso considera que "Donde quiera que la vida social existe, tiende a
definirse y organizarse; surge el derecho, entonces, como organización y definición de lo
social. Si la vida se extiende por un dominio nuevo, el derecho la acompaña. Por tanto, en el
derecho se reflejan todas las variedades esenciales de la solidaridad social. "De lo anterior
se deduce que el derecho es la forma de la solidaridad, su forma más definida. Todo acto
jurídico es formal; implica, para ser inteligible, la vida social a que pertenece, y que expresa o
formula.

"Por eso el derecho cumple, en los pueblos civilizados, con los fines de una doble acción.
Afianza su imperio sobre la realidad y mira hacia el ideal. Una disposición jurídica que se
contrae a sancionar los aspectos actuales de la vida social, y no tiende a introducir la mejoría
de las relaciones humanas, interpretando los ideales inmanentes en la misma convivencia
(valores), es, por deficiente, caduca; pero un derecho que de tal modo se eleva sobre las
condiciones del momento histórico, pregonando ,síntesis inasequibles, es, cuando más una
utopía, y puede convertirse en rémora o estorbo del movimiento realmente progresivo. La
misión del derecho estriba en ir encarnando, paulatinamente, en su esfuerzo, no el ideal
abstracto, irreal, sino el ideal implícito en las costumbres y creencias colectivas.

El derecho sin arraigo en la vida es absurdo; pero las formas jurídicas que se ciñen sin
discrepancia a lo existente y no procuran perfeccionarlo, también lo son. La norma ejemplar
funciona como estimulo de mejoramiento, sin desdeñar, pero sin confesar como algo
absoluto el presente, nunca perfecto, siempre perfectible. Es decir, la verdadera ninfa Egeria
del derecho es la prudencia (Jurisprudentia). Ni Sancho ni Quijote; ni grillete que impida
andar, ni explosivo que desbarate, sino ánimo firme y constante (constans et perpetua
voluntas) de lograr algo mejor, sabiendo que la victoria verdadera se va alcanzando todos los
días, si se sabe poner plomo a las alas."11
11 Sociología, páginas 364, 369 y 370.

Por su parte, don Luis Recarens Siches, al estimar que el Derecho es una forma de vida
humana objetivada, con referencia a sus normas afirma que "en cuanto tienen realidad, esto
es, en cuanto implican formas efectivas de vida (en cuanto que rigen o tienen vigencia) se
dan en un sustrato o soporte real, a saber: en unas existencias humanas, en unos hechos
humanos: son contenido de actos de representación y voluntad y constituyen la
configuración concreta de una sociedad" 12
12 Filosofía del Derecho página 85. Para evitar el "eruditismo", que en el fondo es una pedantería, nos
abstenemos de citar a otros muchos filósofos y sociólogos del Derecho cuyo pensamiento coincide en
substancia con el de los maestros Caso y Recaséns Siches.

e) Resumen conclusivo
Consideramos que la cultura del Derecho abarca el ámbito más extenso en el amplio campo
de las humanidades. Ninguna otra disciplina del saber tiene mayor latitud.

16
Su estudio es tan dilatado que no exageramos al sostener que no alcanza toda una vida para
comprenderla en su integridad. Por ello, el cultor del Derecho, el "homo juridicus" como tipo
paradigmático envuelve al hombre más sabio, en atención a la vinculación estrecha e
indispensable que el Derecho guarda con todas las ramas de las ciencias especializadas que
ya se han mencionado. Sin conocerlas, aunque sólo 'sea a través de sus elementos
fundamentales, no podría formarse el verdadero jurista, que debe ser, a la vez, historiador,
filósofo y moralista, diversificación simultánea que no es necesaria para el estudio de otras
disciplinas culturales y, sobre todo, científico-positivas. El vulgo cree que el escueto
conocimiento de la ley y su aplicación resumen la cultura jurídica. Craso error éste que
hemos pretendido refutar mediante las ideas expuestas con antelación.

Conocer únicamente la normatividad positiva es encerrarse en uno de los aspectos del


Derecho con preterición de los demás que lo constituyen. Quien sólo aprende la legislación y
la aplica con más o menos habilidad en e! mundo real de los casos concretos, cuando mucho
será un legista, nunca un jurista verdadero. Conocer un árbol no implica conocer el bosque, y
bosque es, y a veces selva, el Derecho donde sus conocedores suelen extraviarse con
frecuencia. Invocando la descripción cualitativa que del abogado, y por extensión del jurista,
expone Paillet, recordado por Molierac corroboramos la grandeza de la cultura jurídica: "Dad
a un hombre, dice, todas las cualidades del espíritu; dadle todas las del carácter, haced que
lo haya visto todo, aprendido todo y recordado todo; que haya trabajado sin descanso
durante treinta años de su vida; que a la vez sea literato, crítico y moralista; que tenga la
experiencia de un anciano y el empuje de un joven, con la infalible memoria de un niño;
haced, por fin, que todas las hadas hayan venido sucesivamente a sentarse al lado de su
cuna y le hayan dotado de todas las facultades y quizás con todo ello, lograréis formar un
abogado completo, es decir, un jurista.13
13 Iniciación a la Abogacía páginas 29 y 30.

CAPÍTULO CUARTO
TIPOLOGÍA DEL JURISTA

a) El Jurisconsulto
La actividad del jurista se realiza a través de distintos: tipos interrelacionados que reconocen
como presupuesto fundamental el del jurisconsulto. Su concepto es equivalente al de
jurisprudente, pues ambos denotan sabiduría del Derecho o jurisprudencia. Así, "prudente" y
"consulto" son sinónimos de "sabio", "docto", "entendido" o· "maestro" en la ciencia
jurídica,"14 cualidades que necesariamente deben concurrir en todos los tipos de actividad
del jurista, como son, el abogado, el juez y el preceptor. Sería absurdo, en efecto, que
ninguno de estos tipos debiese conocer la ciencia del Derecho y que su conocimiento sólo se
reservase al jurisconsulto o jurisprudente, pues únicamente el llamado "legista" puede
prescindir de él, toda vez que su "sapiencia" se reduce a la ley positiva, que de ninguna
manera agota el amplio campo jurídico. El jurisconsulto o jurisprudente puede o no ser al
mismo tiempo abogado, juez o maestro de Derecho, pero ninguna de estas calidades
funcionales puede marginar el conocimiento jurídico. La sabiduría del Derecho se adquiere
con el permanente estudio y con la constante experiencia en el cultivo' de esta disciplina, lo
cual es evidente.
14 Cfr Diccionario Latino~Español de Valbuena.

17
Sin estudiar ni practicar la jurisprudencia, el jurista paulatinamente deja de serlo, para
conservar sólo los grados académicos de "licenciado" o "doctor" en Derecho, mismos que
quedan relegados, en la mencionada hipótesis, a la posesión de un simple papel: el titulo o
diploma respectivo. Con toda razón Eduardo J. Couture, en uno de sus célebres
mandamientos advertía: "Estudia: el Derecho se transforma constantemente, si no sigues sus
pasos serás cada día un poco menos abogado" o jurista, agregamos nosotros. Este
fenómeno de "desjuridización", valga la expresión, puede observarse en muchos licenciados
y doctores en Derecho que, en atención a diferentes causas, se han alejado de la ciencia
jurídica en sus actividades -cotidianas.

No son ni abogados, ni jueces, ni profesores de Derecho y mucho menos jurisconsultos. La


política los negocios económicos suelen cancelarles las vías para mantener actualizado y
actuante el grado académico que algún día obtuvieron, quedando al margen del mundo
jurídico por imposibilidad, aleatoria o deliberada, de no estudiar ni experimentar el Derecho
en ninguna de sus formas. La ambición de poder, el relumbrón burocrático o el anhelo de
hacer dinero, eliminan su débil y poco arraigada vocación, colocándolos fuera de la
jurisprudencia y convirtiéndolos en "jurisignorantes" y, por ende, en frustrados en lo que a los
requerimientos científicos de su titulo o diploma concierne, aunque lleguen a ser prósperos y
exitosos en las actividades que no determinaron sus empolvados y hasta extintos estudios
universitarios.

iCuantos licenciados y doctores en Derecho hay que no están a la altura de estas calidades,
contrayéndose a ostentarlas en membretes. y tarjetas de visita con afán de presuntuosidad!
No estudian, ni enseñan, ni investigan el Derecho ni lo aplican como abogados o jueces; y
cuando se les presenta la necesidad de impetrarlo, acuden por vía de consejo, patrocinio o
asesoría a un jurista, a despecho de sus pomposos grados académicos. Dentro de sus
funciones de consejero y asesor al jurisconsulto le incumbe la importante tarea no sólo de
opinar sobre proyectos de leyes sino de elaborarlos, sistematizando, en un todo preceptivo
bien estructurado, los elementos de información que le proporcionen los especialistas en los
ramos sobre los que verse el ordenamiento legal que se pretenda expedir. La leyes una obra
de arte y quizás sea la más trascendental del espíritu humano.

Su elaboración debe obedecer a un concienzudo estudio sobre la materia que deba normar y
a la estructuración lógica de sus disposiciones. La confección de una ley no debe ser e!
resultado de la improvisación, de la ignorancia, o de la falta de metodología jurídica. Por ello,
las buenas leyes, en general, son obra de los jurisconsultos, que son sus artífices. En
cambio, las malas leyes, contradictorias, vagas y confusas, provienen de criterios
excesivamente especializados que, aunque conozcan el árbol, su estrecho campo
epistemológico les impide ver el bosque.

En los primeros tiempos de la historia romana los antecesores de los jurisconsultos fueron
los pontífices, guardianes de las reglas religiosas que simultáneamente eran de índole
jurídica. Después de la Ley de las Doce Tablas (Lex Duodecim Tabularum), que abrió el
círculo esotérico del derecho pontifical, el jurisconsulto comenzó a asumir sus importantes
funciones, mismas que ya no se limitaban a contestar las consultas de los litigantes, sino que
se extendieron a la enseñanza de! Derecho, según afirma Ortolán. 15
15 Instituciones de Justiniano.

18
Por su parte, como sostiene este autor, Cicerón resumió "en estas cuatro palabras el oficio
del jurisprudente: respondere, cavere, agere, scribere. Respondere, dar su parecer con
arreglo a los informes que se le dieran de los hechos sobre las cuestiones jurídicas que les
fueren sometidas; y algunas veces hasta sobre asuntos no litigiosos, como el matrimonio de
una hija, la compra de una heredad y el cultivo de una finca; Cavere, indicar las formas que
debían seguirse y las precauciones que debían adoptarse para la garantía de los derechos o
la protección de los intereses; Agere, intervenir activamente en el Fórum ante el magistrado
o ante el juez para reproducir y apoyar allí con su presencia sus dictámenes, si ya los hubiere
emitido, o para darlos allí, según las circunstancias, y ponerlos en práctica; Scribere,
componer y publicar colecciones, comentarios o tratados sobre alguna parte del derecho". 16
16 Op. cit., página 197. Para el connotado abogado y orador, el jurisconsulto era “qui legum,
consuetudinis ejus, qui privati in civitate utr.entur, et ad respondendum et ad agendum et ad cávendum,
peritus essent".

En tiempos de la república, agrega Ortolán, los "jurisconsulti, o simplemente consulti,


jurisperiti o periti, jurisprudentes' o prudentes, cuya doctrina, por el crédito con que se
hallaban. honrados y por la autoridad del saber, llegó a ocupar un lugar en las fuentes del
derecho romano. Jóvenes discípulos rodeaban a aquellos jurisprudentes en sus consultas
bajo los pórticos, los seguían al Fórum, anotaban las respuestas que daban: a los litigantes,
y con su asiduidad se disponían para la carrera. que seguirían algún día, como lo había
hecho Cicerón asistiendo a las consultas de Scévola. Las lecciones que recibían: no
desarrollaban en su espíritu una ciencia en un conjunto sistemático y bien coordinado, pero
formaban una colección de decisiones diversas, a las que añadían, para completar su
instrucción, el estudio de las XII tablas, que aprendían de memoria.

Las respuestas de los prudentes (responsa prudentium), recogidas de este modelo, después
de haber servido de guía a los litigantes, a los magistrados o jueces, formaban un cuerpo de
derecho siempre creciente, y de día en día más considerado. Desde el tiempo de la
república, en los escritos contemporáneos; y especialmente y en último término en los de
Cicerón, se vuelven a encontrar las expresiones de juris interpretatio, auetoritas prudentium.
No debe tomarse en sentido escrito· la de juris interpretatio; no se trata de una pura
interpretación de textos; es bien sabido de qué manera, refiriéndose siempre a las bases
primeras y fundamentales del derecho romano, tales como las XII tablas, los jurisconsultos
hicieron salir de ellas un derecho progresivo que <construyeron gradualmente en sus partes
separadas y en su conjunto.

No hay que tomar en un sentido absoluto la de auctoritas. La decisión del jurisconsulto no se


imponía al juez como obligatoria; esa idea pertenece a un tiempo posterior; el mismo
Scévola opinaba que podía ser rechazada por el juez, como lo vemos en Cicerón (Pro
Coecina, 24), si el adversario probaba que no era exacta en derecho (sed ut hac doceret,
illud quod Seevola defendebat non esse juris). Esa autoridad era una autoridad de conjunto,
por el poder de la lógica, por la utilidad en los negocios y por el buen sentido práctico, que
siempre se referían, a lo menos en la apariencia, a las bases respetadas de la ley de las XII
tablas y de los demás monumentos legislativos. Así fue como esa juris .interpretatio, o esas
responsa pludentium, que nosotros llamaríamos en su verdadero sentido jurisprudentia} es
decir, la deducción juiciosa y la aplicación prudente del derecho, formaron una parte del
derecho romano no escrito (quod sine seripto venit) tradicional, y, sin embargo, preceptible,

19
que no recibió, nos dice Pomponio, como las demás partes, una denominación especial,
pero que se le ha llamado con el nombre común de jus civile, como si se dijese, el derecho
civil en su conjunto, en toda su exposición juiciosa; de donde ha venido el uso entre los
intérpretes e historiadores del derecho romano en Alemania el designarle todavía más
lacónicamente con el nombre de jus, en el que seguramente la parte se ha tomado por el
todo".17
17 op. cit., páginas 199 y 200

El jurisconsulto debe ser un crítico de la legislación. Esta labor es inherente a sus funciones.
Mediante ella y a través de los estudios que emprenda, contribuye al mejoramiento del
derecho positivo y a su dilucidación como lo hacían los jurisprudentes romanos según se
habrá advertido. De esta manera .el jurisconsulto construye el Derecho como si fuese pretor,
exponiendo su doctrina sobre múltiples cuestiones jurídicas en libros, tratados y obras
escritas en general, realizando así una trascendente tarea social. Su obligación crítica,
además, la debe extender a cualesquiera actos de autoridad, principalmente tratándose de
sentencias judiciales. En esta actividad puede compararse al censor romano que vigilaba la
conducta de los funcionarios públicos.

Sin cumplir dicha Obligación, que además de jurídica es de moral social, el jurisconsulto
desempeñaría incompleta y fragmentariamente la elevada misión que le impone su misma
condición, al permanecer como espectador pasivo de la problemática de la sociedad y del
Estado consintiendo tácitamente los desvíos y las injusticias que suele cometer el poder
público. En su carácter de atalaya humana el jurisconsulto es depositario de la confianza
general, que se asienta, más que en su sabiduría, en sus cualidades cívicas y morales. Por
Otra parte, debemos enfatizar que para realizar con efectividad las diferentes labores que
tiene a su cargo el jurisconsulto, la vocación por el Derecho debe ser el ingrediente anímico
más importante y potente. Sin ella ni siquiera puede darse, ni aún concebirse, al homo
juridicus.

Es esa vocación, que superlativamente puede erigirse en mística, el factor emotivo y


espiritual que lo impulsa al cumplimiento constante y permanente de sus deberes sociales.
En Otras palabras, tal factor es la "constans et perpetua voluntas" que proclama el concepto
formal de justicia. Quien no tenga una arraigada vocación jurídica como motor incansable de
la actuación del jurisconsulto, quien sea víctima del pesimismo y de la indiferencia, o quien
carezca de arrojo y decisión para enfrentar los problemas con que cotidianamente tropieza
esa actuación, no puede merecer con propiedad exhaustiva ese nombre, aunque sea un
eminente teórico del Derecho y luzca insignias, grados universitarios y preseas académicas.

Y es que en el jurisconsulto se encama la síntesis teórico-pragmática del Derecho y de su


cultura. Sin la sabiduría jurídica o jurisprudencia, que sólo se adquiere con el estudio, el
practicante del Derecho nunca podrá elevarse al rango de jurisconsulto; y sin la experiencia
vivencial del Derecho el teórico será un estudioso a quien le falta esa vivencia, fuente
imprescindible del conocimiento que se afina, perfecciona y amplía con el estudio científico.
Desde el punto de vista epistemológico el jurisconsulto' es, por ende, la síntesis aludida,
cuyos, elementos formativos, la teoría y la praxis, se eslabonan inescindiblemente.

20
La ausencia de alguno de ellos impide la integración de la noble calidad de jurisconsulto, que
no es sino el ser humano que mediante la sabiduría del Derecho pone su razón, su voluntad,
su fe y su emoci6n al servicio de lo que honesta y sinceramente cree justo y recto.

b) El Abogado
El abogado debe ser un jurisprudente, esto es, un sapiente del Derecho. Sería absurdo que
no fuese, es decir, que padeciese "ignorantia juris". Sin los conocimientos jurídicos no podría
ejercer digna y acertadamente su profesión. Ahora bien, el abogado' es una especie de
jurisprudente que se vale de su sabiduría para patrocinar, dirigir o asesorar a las partes
contendientes en un litigio ante el órgano jurisdiccional del Estado que deba resolverlo.
Litigar implica contender, disputar, pleitear o seguir un pleito. Así claramente lo' sostienen
distinguidos procesalistas, entre ellos Calamandrei y Camelutti. 18
18 Cfr. Derecho Procesal Civil e .Instituciones de Derecho Procesal Civil.

El litigio, que entraña la controversia ínter partes, se substancia mediante un proceso o juicio,
en una o más instancias, que se inicia con el ejercicio de una acción contra el sujeto a quien
se exija el cumplimiento de una prestación. El abogado, por ende, es el que a través de la
demanda despliega la acción en nombre o con el patrocinio del actor, el que la contesta en
representación del demandado o con la asesoría que éste le encomiende, el que ofrece y
rinde las pruebas pertinentes en favor de la parte que patrocine, el que formula alegaciones y
el que por el actor o el demandado interpone los recursos procedentes. En todos los citados
actos estriba su actividad primordial, pudiendo también fungir como jurisconsulto extra littem,
o sea, como consejero jurídico para orientar a sus consultantes en una multitud de
cuestiones que se suscitan en el campo inconmensurable del Derecho.

La necesaria sabiduría del abogado la expone emotivamente y con matices poéticos


Molierac. "Dejando aparte toda exageración, dice, y sin pedir al abogado todos los presentes
que hemos recibido de Grecia por el valioso conducto del agreste Lacio, habría aún que
exigirle que fuere hombre culto y honrado, que tuviese sus “letras”, con el culto de lo bello,
que ornara su espíritu con ese fondo de sabiduría cuyos efluvios suben en uno como una
llama siempre ardiente, de esa bella antigüedad latina y de ese otro lenguaje de soberanas
dulzuras. El más bello que haya surgido en humanos labios, que tenga 'luces' de todo.

Y los antiguos se mostraban aún más exigentes en esta materia; querían que el abogado
tuviese la ciencia de todo lo grande y de todas las artes, omnium rerum magnarum atque
artium scientiam; que estuviera al corriente de omni re scibili y agregaban, temerosos de
omitir alguna et quibusdam aliís, de que lograra dar inesperada amplitud al tema más
insignificante, vinculándolo a algo más general: saber es recordar", añadiendo que "ninguna
profesión requiere a tan alto grado la inteligencia de tantas cosas tan diversas, con el
conocimiento del hombre y el uso acertado de la razón" 19
19 Iniciación a la Abogacía, páginas 30 y 31.

Por su parte, el eminente jurista español Angel Ossorio distingue, como ya lo hemos hecho,
el mero poseedor de un grado académico de licenciado o de doctor en Derecho del abogado.
Afirma que "La Abogacía no es una consagración académica, Sino una concreción
profesional. Nuestro título universitario no es de Abogado, sino de Licenciado en Derecho
que autoriza para ejercer la profesión de abogado.

21
Basta, pues, leerle para saber que quien no dedique su vida a dar consejos jurídicos y pedir
justicia en los tribunales, será todo lo licenciado que quiera, pero abogado, no. Un
catedrático sabrá admirablemente las Pandectas, y la Instituta y el Fuero Real, y será un
jurisconsulto insigne; pero si no conoce las pasiones, más todavía, si no sabe atisbarlas,
toda su ciencia resultará inútil para abogar", Abogado es, en conclusión, el que ejerce
permanentemente (tampoco de modo esporádico) la abogacía. Los demás serán licenciados
en Derecho, muy estimables, muy respetables, muy considerables, pero licenciados en
Derecho nada más. 20
20 El Alma de la Toga, págs. 4, 5, 8 y 10.

A su vez, Armandino Pruneda, que fuera catedrático de la Universidad Autónoma de


Chihuahua, asevera que "Es indiscutible que el abogado debe tener una preparación práctica
y científica muy amplia para el ejercicio de la profesión". "De todas las profesiones es la
nuestra, sin duda alguna, la que mayor cúmulo de conocimientos necesita, la que requiere
una cultura más variada, la que más exige constante estudio, pues para ser un buen
abogado, no basta ser un buen legista." "La Abogacía tiene contacto en su excelsa función
con todos los aspectos de la vida: relaciones familiares, dominio y posesión de bienes,
obligaciones, garantías de libertad, imposiciones fiscales, estados pasionales, organización
industrial.

Todo, en fin, lo que a la actividad humana se refiere; es decir, con todo cuanto en el Universo
existe, pudiendo parodiar la parábola de Leibnitz diciendo que no se mueve un pie, ni una
mano, ni un soplo del espíritu, 'sin que se conmueva el Universo Jurídico. Al abogado le es
forzoso conocer el hecho concreto y las reglas que lo rigen para poder aplicar debidamente
el Derecho; y el hecho puede requerir conocimientos matemáticos, contables, de medicina
legal, de ingeniería, psicológicos, etc.; y la ley, para que pueda ser bien interpretada y
aplicada, requiere el conocimiento de su historia, desde sus orígenes y al través de su
evolución, y los principios sociológicos y filosóficos que le dieron vida y la informaron
después en su desarrollo. Además le es forzoso, para razonar debidamente, tener domino de
la Lógica y del Lenguaje, y facilidad expresiva." 21
21 Reflexiones de un Jurista en Torno a Don Quijote págs. 47 y 48.

La sapiencia del Derecho o jurisprudencia no integra, por sí misma, la personalidad del


abogado. En ella deben concurrir, además, cualidades síquicas, éticas y cívicas. Ante todo
debe tener .vocación profesional, que es el llamado interior que lo Impulsa a ejercer el
Derecho con amor. Ya lo dice ,Eduardo J. Couture: "Ama a tu profesión (la abogacía) de tal
manera que el día que tu hijo te pida consejo sobre su destino, consideres un honor
proponerle que se haga Abogado." Sin la vocación amorosa no puede concebirse al
auténtico y verdadero abogado. Nuestra bella y noble profesión tiene numerosos adversarios
que la embarazan y dificultan por factores negativos que no faltan en el medio ambiente
donde se desempeña: la venalidad de los jueces, las consignas políticas, la influencia del
dinero y la perversidad de los protagonista~ de los casos concretos en que el abogado
interviene, sin excluir al mismo cliente, quien suele ser algunas veces su enemigo. Quien no
tenga vocación arraigada en su espíritu, voluntad férrea para enfrentarse a la adversidad ni
amor profesional, sucumbe como abogado y abandona el ejercicio de su labor para
dedicarse a otras actividades más lucrativas y menos erizadas de peligros y riesgos. Pero la
vocación por sí sola no hace al abogado.

22
Éste debe tener talento jurídico que es la predisposición natural de la inteligencia hacia el
Derecho. Se desarrolla en tres capacidades sucesivas que son: la aprehensión, el análisis y
la síntesis. El que no tenga facilidad de aprehender o captar la esencia de las cuestiones.
jurídicas que se le planteen, el que carezca de perspicacia y sensibilidad para
comprenderlas, no es inteligente y está imposibilitado, por ende, para ejercer la capacidad
analítica y la sintética sobre tales cuestiones. En otras palabras, sin la inteligencia, talento y
vocación no se puede ser abogado en la amplia extensión del concepto, aunque se posea el
grado de licenciado o doctor en Derecho.

La libertad profesional es también substancial al abogado genuino. Consiste en no depender


de la Voluntad de quien utilice sus servicios y en la posibilidad de desempeñarlos en los
casos que el propio abogado determine. El abogado sujeto a un sueldo como si fuera un
trabajador cualquiera o el que esté supeditado a determinado órgano del Estado o a alguna
entidad paraestatal, no disfruta de esa libertad, en cuyo ejercicio responsable, a nuestro
entender, radica la felicidad. Miguel de Cervantes Saavedra, el genio hispánico universal, por
voz del Caballero de la Triste Figura, postulaba que "La libertad Sancho, es uno de los más
preciosos dones que -a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los
tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se
puede y debe aventurar la vida"22
22 El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Capítulo LVIII.

El don libertario, para Gibrán Jalil Gibrán es condición de grandeza al afirmar que "Un
hombre puede ser libre sin ser grande, pero ningún hombre puede ser grande sin ser libre".
Es la libertad profesional, en consecuencia, la que puede hacer grande al abogado, no los
sueldos elevados, los transitorios cargos públicos que ocupe o las preseas y diplomas que
haya recibido. 'El ilustre jurista español Ángel Ossorio, al sostener que el abogado
desempeña una función social, afirma que tiene la obligación de servir a la sociedad, lo cual
es distinto de servir al Estado.

A este respecto expresa que "Precisamente la característica del abogado es no tener que ver
nada con el Estado y pelear con él 'frecuentemente, ya que combate los fallos del Poder
judicial y los decretos ministeriales, y las leyes inconstitucionales y exige la responsabilidad
civil y criminal de los funcionarios de todas las jerarquías y pide la modificación y la
inaplicación de las leyes que reputa malas. Persona que a tales menesteres se dedica
¿cómo va a reputarse desempeñante de un servicio público? 23
23 El Alma de la Toga, páginas 54 y 55.

Con referencia al sueldo, el mismo Ossorio considera que "Abogado que le percibe,
fatalmente ha de verse obligado a defender cuando le manden, o renunciar a su destino; y
no siempre hay valor o posibilidad para esto último; con lo que al dimitir la libertad se pone
en grave riesgo la integridad. Nunca es tan austero ni tan respetado un letrado como cuando
rechaza un asunto por no parecerle justo; ¿y puede hacerlo quien percibe una retribución
fija? El que lo cobrase dos, tres y más años sin defender ningún pleito, ¿ lograría llanamente
repeler el primero que le confiaran, por no hallarle admisible? ¿ Cómo justificaría en tal caso
la percepción de los emolumentos?

23
Los compañeros que sirven en los negociados contenciosos de las grandes empresas o de
las corporaciones oficiales, saben muy bien los conflictos de conciencia que se padecen y
aun las situaciones violentas que se atraviesan, teniendo que defender todo lo que gustan
pleitear quienes pagan.24
24 op. cit., páginas 118 y 119.

El abogado debe ser, además emotivo, factor psíquico que deriva de la vocación. La
emotividad es el gusto por la profesión nutrido por el sentimiento de justicia. "Hay que
trabajar con gusto", recomienda Ossorio, quien agrega; logrando acertar con la vocación y
viendo en el trabajo no sólo un modo de ganarse la vida, sino la válvula para la expansión de
los anhelos espirituales, el trabajo es liberación, exaltación, engrandecimiento. De otro modo
es insoportable esclavitud.25
25 Idem, página 133.

Podríamos decir que ese "gusto por el trabajo" equivale, mutatis mutandis, al otium de los
romanos, que es el tiempo que se dedica no sólo al disfrute, descanso o placer, sino
principalmente a la gratísima tarea de "renovarse a uno mismo cotidianamente". El ocio se
distingue de la jornada de trabajo en que ésta se impone y aquél se elige, y bien se sabe que
el trabajo impuesto u obligatorio por ser necesario para el sustento vital, generalmente se
desempeña a disgusto, circunstancia que lo hace poco productivo y hasta infructuoso. El
abogado, por tanto, debe ser tina persona ociosa en el sentido romano del concepto para
ejercer con entusiasmo y eficientemente su profesión, invirtiendo el tiempo que considere
idóneo para ello..

El abogado que trabaja a disgusto, sujeto a un horario, se rutiniza e incide en la mediocridad,


enemiga de la grandeza. La vocación, la libertad, la independencia y la emotividad invisten al
abogado con una fuerza. interior que le da firmeza y confianza en sí mismo, sin descartar,
evidentemente, la sabiduría de! Derecho. Faltando esos factores anímicos surge la
inseguridad, el temor, la incertidumbre, la duda y, como consecuencia, la pasividad; y un
abogado pasivo y pusilánime pierde combatividad y eficiencia profesional, cualidades· éstas
que, a su vez, se apoyan en la veracidad, o sea, en la convicción respecto de la certeza de
las propias ideas, mientras no se demuestre su falsedad o su error. El abogado que no cree
en lo que piensa se inmoviliza y se incapacita para ejercer, con denuedo, dignidad, gallardía
y nobleza su profesión.

La rectitud de conciencia y la honestidad, que le es pareja, son las armas que tiene el
abogado para emprender la lucha a que lo obliga esencialmente su actividad. De ambas
calidades morales ya hemos hablado y recordamos que son opuestas a la corrupción. Es la
conciencia e! elemento rector de la actuación humana. Suele oscilar entre e! bien y el mal y
se erige en juez moral de la conducta del hombre, más severo que los tribunales del Estado
en muchas ocasiones. El remordimiento es una sanción tan grave que algunas veces puede
inducir al suicidio cuando la decreta una recta conciencia moral, la cual en el abogado debe
ser más exigente, pues responsabiliza su libertad profesional en el sentido de aceptar el
patrocinio de casos que no estén reñidos con la justicia y la juridicidad. Quien no tenga esa
conciencia no será abogado en la dimensión ética del concepto respectivo, sino una especie
de coautor de truhanerías y cómplice de fulleros, con deshonra de la profesión.

24
Aconsejar y dirigir la burla y el fraude a la ley entraña una conducta vituperable del "anti-
abogado", por más hábil y astuto que sé suponga. Es este espécimen la plaga que
desprestigia a la auténtica abogacía, concitando la malevolencia general contra los
verdaderos cultores del Derecho. "Es la probidad, dice Molierac, el principal elemento de la
profesión del abogado, pues no ocurre en ésta, como en otras funciones; el médico puede
ser justo o injusto, con tal de ser sabio en su arte, pues con ello no deja de ser médico; el
gramático, cualesquiera que sean las costumbres que tenga, si entiende de hablar
correctamente, será siempre gramático; y así ocurre con otras artes; se miden por la ciencia,
y no se considera la voluntad.

En la profesión de abogado, no se toma menos en cuenta la voluntad que la ciencia, lo que el


Consejero Mollot expresaba de modo aún más brillante al decir que 'si el estilo es el hombre,
la probidad es el abogado'; probidad en los pensamientos, rectitud en las palabras, lealtad en
los actos. Pues el abogado desempeña una misión de confianza, debe cumplirla con honor. 26
26 Iniciación a la Abogacía. página 87.

La rectitud de conciencia del abogado, que genera un valor civil firme e inquebrantable, ya se
proclamaba en las Siete Partidas de Alfonso el Sabio que prescribían: "Debenle hacer jurar
(al abogado en relación con el cliente) que lo ayudará bien et lealmente a todo home a quien
prometiera su ayuda, et que non se trabajará a sabiendas de abogar ningún pleyto· que sea
mintroso o falso, o de que entienda que non podrá haber bona cima, et aun los pleytos
verdaderos que tomare que puñará que se acaben aína sin ningunt alogamiento que lo
ficiese maliciosamente.27
27 Ley XIX, Tít. VI Partida Tercera.

A mayor abundamiento, una conciencia recta alienta la libertad y la firmeza de convicciones


que debe tener el abogado. Éste debe "fiar en sí mismo y vivir la propia vida", según certera
afirmación de Angel Ossorio, quien comenta: "No es esto soberbia, pues las decisiones de un
hombre prudente no se forman por generación espontánea, sino como fruto de un
considerado respeto a opiniones; conveniencias y estímulos del exterior. Otra cosa no es
enjuiciar, es obcecarse. Pero, una vez el criterio definido y el rumbo trazado, hay que
olvidarse de todo lo demás y seguir imperturbablemente nuestro camino. El día en que la
voluntad desmaya o el pensamiento titubea, no podemos excusarnos diciendo: 'Me atuve al
juicio de A; me desconcertó la increpación de X; me deje seducir por el halago de H.' Nadie
nos perdonará. La responsabilidad es sólo nuestra; nuestras han de ser también de modo
exclusivo la resolución y la actuación. Se dirá que esta limitación a la cosecha del propio
criterio tiene algo de orgullo. No hay duda; pero el orgullo es una faceta de la dignidad, a
diferencia de la vanidad, que es una fórmula de la estupidez. 28
28 El Alma de la Toga, páginas 16 y 17

El abogado debe ser, pues, orgulloso jamás vanidoso. El orgullo, que es signo de dignidad
personal, deriva de la auto-evaluación fundada en los resultados objetivos de la conducta
humana, sin hiperbolización alguna. El orgulloso es veraz en cuanto que basa su
autocalificación en lo que es y ha hecho en la realidad con el aval del consenso general que
forma lo que se denomina "fama pública". La vanidad, en cambio, es la mentira de lo mismo.
El vanidoso se auto-inventa y ostenta méritos que no tiene y valía de que carece. Es un falaz
que trata de impresionar en su favor a quienes no conocen su personalidad verdadera.

25
Es sombra, no realidad. Es un fantasma que se recrea inflándose como globo, que, en tanto
más se hincha, más peligro corre de reventarse. Con toda razón Ossorio asevera que la
vanidad "es una fórmula de estupidez", pues el vanidoso no comprende que tarde o
temprano será descubierta su falsía y que se puede exponer al menosprecio de quienes la
adviertan, una vez descorrido el velo del 'engaño en que estaban envueltos. Otra de las
cualidades cívico-morales de! Abogado es el valor civil, que es la libertad profesional y crítica
al servicio de la sociedad. Es el espíritu combativo del ciudadano contra los desmanes,
arbitrariedades e injusticias que lesionan a la comunidad.

La falta de valor civil equivale a cobardía y ésta entraña, a su vez, la ausencia de hombría. El
hombre, y por extensión el abogado, es un centro de imputación de múltiples deberes frente
a su propia conciencia, a la familia y a la comunidad nacional a que pertenece. En su
cumplimiento estriba su misma honra que equivale a su dignidad. Un sujeto indigno, es decir,
sin honra o corrupto, es el que, por temor o interés mezquino de cualquier índole, no cumple
sus diversos deberes. Por la honra "se puede y debe aventurar la vida" asevera Miguel de
Cervantes en la voz del ilustre idealista Caballero de la Triste Figura, lo que equivale a
afirmar que la vida sin honra es una mera existencia vituperable.

"Quí tegit veritatem, eam timet, nam verítas vincit omnia", reza un proverbio latino que
expresa: "Quien oculta la verdad, la teme, porque la verdad vence todo." Esta máxima debe
siempre tenerla presente el abogado para que, al aplicarla en su actividad profesional, asuma
el valor civil que exige su digno desempeño. De este modo, indudablemente, mostrará la
confiabilidad que corresponde ~ todo hombre honesto, valiente y auténtico, aunque también
provoque en su contra la maledicencia y envidia de los mediocres o "parapoco" como los
llama José Ingenieros. Frente a éstos, el abogado debe ser desdeñoso como lo anota Ángel
Ossorio en estas bellas palabras: "Para liberarse de la ira no hay antídoto más eficaz que el
desdén. Saber despreciar es el complemento de la fuerza interna. Desprecio para los
venales y los influib1es, para los hipócritas y los necios, para los asesinos alevosos y los
perros. ladradores. Contra el abogado -contra el verdadero abogado- se concitan los
intereses lastimados, el amor propio. herido, la envidia implacable. Quien no sepa despreciar
todo· eso, acabará siendo,' a su vez, envidioso, egoísta y envanecido. Quien sepa
desdeñado sinceramente verá sublimarse y elevarse sus potencias en servicio del bien,
libres de impurezas, iluminadas por altos ideales, decantadas por los grandes amores de la
vida."29
29 op. cit., páginas 18 y 19

Uno de los deberes del abogado es luchar contra las injusticias y actuar, en su carácter de
jurisprudente, con el ideal de contribuir al perfeccionamiento del Derecho positivo. Los
abogados, en lo individual, no tienen la fuerza moral y cívica suficiente para lograr estos
propósitos, en cuya mera manifestación un solo abogado, cuando mucho, puede ser un
ejemplo a imitar, pero nada. más. Por esta razón, entre todos los profesionales jurídicos debe
haber un espíritu de solidaridad que los agrupe permanentemente con cohesión y en forma
colegiada para que tales objetivos sociales se puedan alcanzar. La colegiación de los
abogados es, consiguientemente, e! Medio indispensable para que puedan llegar a ser un
factor real de poder que tenga influencia cultural y moral para mejorar el orden jurídico. El
abogado cuya actuación no trascienda del ámbito de la casuística concreta, podrá adquirir
fama como profesional próspero y exitoso, pero no asumirá la ingente postura de un "Quijote

26
del Derecho" que lucha por dignidad aunque presienta su derrota en el combate, pues no
debe ser la obtención de la victoria el factor teleológico que lo estimule, sino el compromiso
con su propio honor y decoro. Así, el día en que los abogados se erijan juntos, sin discolerías
ni egoísmo, y se conviertan en " pequeños quijotes, en Jurisconsultos de los gobernantes, el
destino luminoso del Derecho estará en vías de realizarse.

En el mundo del deber ser, a cuya actualización debe aspirar todo espíritu humano digno y
honorable que no esté contaminado con los vicios de la realidad, no es ni siquiera imaginable
un jurista que no reúna las calidades antes señaladas. Revelaría un ingente despropósito
que, en la esfera de la idealidad, el horno juridicus fuese indigno, servil, adulador, carente de
sentido de justicia, cobarde, medroso, corrupto, convenenciero y vergonzosamente
obsecuente para actuar en beneficio de sus personales intereses, marginando de su
conducta profesional la protección de la sociedad. La idea del abogado in abstracto es tan
rica y presenta tantos matices que no es posible exponerlos en una mera semblanza como la
que se ha delineado y que no persigne otra finalidad que la de exhortar a los abogados in
specie, es decir, a los que viven y actúan en la sociedad mexicana, para que reflexionen, con
apoyo en la intimidad de su conciencia, si son o no dignos de portar la toga simbólica de su
profesión, o sea, de encarnar y personalizar el alma que en ella palpita y que se integra con
las virtudes que se han señalado.

Por otra parte, es evidente que el buen abogado y el buen juez se integran indisolublemente
en la recta administración de justicia. La tarea del uno no podría realizarse sin la labor del
otro, pues entre ambos existe una innegable interacción. Es más, las virtudes o los vicios del
abogado influyen positiva o negativamente en el juez. Un abogado corruptor propicia el
ambiente que genera los jueces corruptos y éstos, a su vez, suelen retraerse ante abogados
honrados y valientes. La sociedad o, si se quiere, el Estado como su personificación jurídica
y política, ha depositado en ambos la más elevada de las funciones públicas: la procuración y
la impartición de justicia, pues como sostiene Ángel Ossorio "Hacer justicia o pedirla
constituye la obra más íntima, más espiritual más inefable del hombre".

México atraviesa por una gravísima crisis económica. A los abogados y a los jueces,
conforme a sus respectivas funciones, les incumbe un quehacer trascendental, que consiste
en evitar una crisis más ominosa y más desquiciante para nuestro país: la de la justicia. Su
quebrantamiento sería una especie de genocidio moral, valga la expresión, que arrojaría al
pueblo al abismo de la abyección y lo convertiría en una masa humana sin dignidad ni
esperanza. En manos de los abogados y jueces que conjunten las calidades que se han
esbozado están la conservación y el perfeccionamiento de las instituciones jurídicas cuya
aplicación propicia la justicia. La responsabilidad de que ésta se convierta en una farsa
oprobiosa corresponde a los ignorantes, aduladores, serviles y cobardes.

Éstos, aunque tengan un título universitario, que sin embargo, no honren con su conducta,
serían los principales enemigos de la nación. Evoquemos nuevamente al eminente Angel
Ossorio, quien, siguiendo el pensamiento de Emmanuel Kant, asevera: "Se puede vivir sin
belleza, sin riqueza y hasta sin salud. Se vive mal pero se vive. Mientras que sin justicia no
se puede vivir." México seguirá viviendo si su fe en la justicia no se extingue. Esa fe no puede
mantenerse sino por la actuación permanente de abogados y jueces, cuyas respectivas
funciones específicas coinciden en un indiscriminable fin: la defensa del Derecho,

27
manifestado principalmente en la Constitución. Ésta debe preservarse por unos y otros
contra cualesquiera actos de autoridad que violen sus mandamientos y alteren su índole
normativa esencial, que es su alma. El cumplimiento de ese deber lo exige la sociedad
mexicana para no caer en la abyección, que sería su ruina; y tal cumplimiento sólo es posible
por los abogados y jueces que reúnan las cualidades que se han señalado. Ningún rábula ni
ningún juez que se someta a consignas que no provengan del Derecho puede considerarse
digno de México, por impedir, con su comportamiento, que en nuestro país reine la Justicia,
que es la soberana de las virtudes, como dijera Cicerón.

El solo hecho de combatir por ella ya implica la nobleza y gallardía con que luchó e! insigne
Caballero de la Triste Figura, pues, como asevera el maestro José Vasconcelos: "Todo el que
acepta la pelea por una causa justa, sin preguntarse si puede o no vencer, todo el que es
capaz de aceptar de antemano la derrota, si cree que el honor le impone librar la batalla, es
un héroe y también es un. Quijote." Y todo auténtico abogado debe serlo.

c) El Maestro de Derecho (Magister juris)


Es inobjetable que el maestro de Derecho debe ser jurisprudente. Sería francamente
inconcebible que no lo fuese, ya que no es posible transmitir conocimientos que no se
tengan. Recuérdese el apotegma que preconiza: "Nemo dolcet quod non sciet", o sea, "Nadie
enseña lo, que no sabe." La misión del magíster juris se realiza en dos ámbitos: diferentes
pero complementarios: la enseñanza y la educación jurídicas. La primera, evidentemente,
consiste la transmisión de conocimientos sobre el Derecho, pero- como el campo
epistemológico de esta ciencia cultural es muy vasto, es casi imposible abarcarla en su
integridad con la profundidad, excelsitud, excelencia y extensión que requiere el tratamiento
exhaustivo de todos sus múltiples ramos.

Esta imposibilidad ha impuesto la necesidad académica de que el maestro de Derecho se


especialice en determinadas áreas de enseñanza integradas por materias afines y
sucedáneas. Por ende, e! magíster juris debe ser un jurisprudente especializado, sin que
esta exigencia suponga que no deba conocer elementalmente las disciplinas que
pertenezcan a áreas distintas de la que comprenda su especialización, puesto que el
Derecho es un todo cuyas partes están estrechamente interrelacionadas y su respectivo
conocimiento es eminentemente interdisciplinario. No debe olvidarse que el Derecho es un
producto insigne de la cultura humana milenaria y que no se agota en la ley.

Por tanto, su enseñanza debe tener substancialidad cultural, en e! sentido de que el magíster
juris no debe contraerse a repetir y comentar los ordenamientos legales positivos, sino
exponer, en su dimensión histórica, sociológica y filosófica, principalmente, las instituciones
jurídicas. Sin cumplir esta obligación académica no puede hablarse de un auténtico maestro
de Derecho; y es obvio que, para merecer esta elevada distinción, debe estudiar
permanentemente a efecto de ampliar, profundizar y actualizar sus conocimientos jurídicos.
Así, puede hacerse extensiva al magíster jurís la admonición que Eduardo J. Couture dirige
al abogado: "Estudia. El Derecho se transforma constantemente; si no sigues sus pasos
serás cada día un poco menos abogado", es decir, "menos maestro". La enseñanza de!
Derecho, por otra parte, suele impartirse en la conferencia, en la exposición de clase y en la
obra escrita, pues comprende la docencia y la investigación.

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Por consiguiente, su impartidor debe ser, al mismo tiempo, docente e investigador, calidades
que integran indisolublemente su condición de maestro. Sin embargo, ha habido insignes
mentores que por diversas causas o circunstancias se contrajeron a prodigar sus vastos y
valiosos conocimientos jurídicos en lecciones orales. Nos abstenemos de señalar sus
nombres ante el Temor de incurrir en injustas omisiones. Sus enseñanzas, aprovechadas por
sus alumnos directos de varias generaciones, desgraciadamente se evanescen con el tiempo
y su recuerdo paulatinamente también se disipa. Ante esta pérdida cultural no está por
demás insistir en que el maestro de Derecho debe ser, con rigurosa simultaneidad, docente e
investigador. Sólo así sus enseñanzas pueden trascender a muchas generaciones de
estudiantes y su pensamiento figurar siempre en la conciencia de los juristas como índice de
consulta o evocación crítica.

Además de la metodología que facilita la transmisión de los conocimientos jurídicos y


posibilita su aprendizaje, el magíster juris tiene el deber de procurar ser un expositor ameno
para evitar el tedio y la distracción de sus alumnos. Este objetivo puede lograrse mediante la
referencia histórica y la reflexión filosófica si las cuestiones que se traten, dada su
naturaleza, así lo indican, sin dejar de recurrir a la anécdota; y cuando la oportunidad lo
sugiera, la exposición de algún tema debe asumir el carácter de discurso substancioso,
interesante y elocuente. Sin estos requerimientos, la exposición temática y los
planteamientos problemáticos en cualquier curso son susceptibles de provocar e!
aburrimiento del alumnado y de causar la disminución de! aprendizaje, máxime si el expositor
adopta como método de enseñanza la mera lectura y el solo dictado de textos escritos de
cualquier índole. Quien así proceda está muy lejos de ser maestro de Derecho.

No está por demás advertir, por otra parte, que la enseñanza jurídica debe excluir el viejo,
obsoleto y carcomido principio antipedagógico del "magíster dixit", refractario al diálogo
crítico que debe entablarse entre el profesor y el alumno. Este diálogo es uno de los
vehículos más eficaces para lograr la excelencia académica cuando se sustenta sobre bases
culturales y con respetabilidad mutua. Escuchar las dudas, las observaciones y las
objeciones de! alumno acerca de cualquier tópico que aborde el expositor, contribuye a
perfeccionar la enseñanza de! Derecho y a poner de relieve una de las cualidades que debe
tener su profesante: la honestidad intelectual. Ésta implica e! reconocimiento de los propios
errores y la consiguiente rectificación del propio pensamiento. Quien no sea intelectualmente
honesto o es un necio o un pedante, defectos reñidos con la condición magisterial.

No es e! presente opúsculo el conducto idóneo para tratar todas las cuestiones relativas a la
enseñanza jurídica ni nuestra intención se ha enfocado hacia este objetivo. Simplemente
abrigamos el propósito de ofrecer una semblanza del maestro de Derecho, categoría que,
según hemos dicho, comprende la transmisión de conocimientos y la educación. Educar
entraña la conducción del alumno hacia los valores del espíritu que concurren en la axiología
jurídica, llevarlo más allá de la casuística y proyectarlo a espacios ultralegales para tratar de
modelar su mentalidad. La educación es el cultivo de esos valores, entre los que descuellan
la justicia y la libertad, y que rebasan, con mucho, los límites del utilitarismo jurídico. José
Enrique Rodó afirma que "Cuando cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educación
que la Imagina subordinada exclusivamente al fin utilitario, se empeña en mutilar, por medio
de ese utilitarismo y de una especialización prematura, la integridad natural de los espíritus, y
anhela proscribir de la enseñanza todo elemento desinteresado e ideal, no repara

29
suficientemente en el peligro de preparar para e! porvenir espíritus estrechos que, incapaces
de considerar más que el único aspecto de la realidad con que estén inmediatamente en
contacto, vivirán separados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la misma
sociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida". 30
3 Ariel página 21

Coincidiendo con el ilustre pensador uruguayo, Raúl Carrancá Rivas en frases llenas de
emoción, nos advierte: "¿ Pero cómo enseñarle vida al alumno, al hijo, al ser amado? No hay
otra forma sino vivir con él vivir con ellos. ¿Pero cómo convivir con los que se resisten, con
los que quieren vivir a solas? y hay forma acaso de enseñarle al alumno a vivir el Derecho?
No me refiero a ir a los tribunales y hacer pinitos en el arte del litigio. No. Se trata, en cambio,
de hacerle o hacerles ver lo que hay de vital en el Derecho. El magíster juris cumple la
misión preciosa, debe cumplirla, de extraer la savia del Derecho, o sea, lo que tiene de vida;
porque el Derecho es vida regulada e incluso legislada, si se quiere”. 31
31 El Arte del Derecho, página 129

El magíster juris debe tener fe ardiente e intenso amor por el Derecho y sus valores humanos
para contagiar con estos sentimientos a sus alumnos. El camino para ello es la emotividad, la
pasión y la vehemencia con que debe inflamar sus exposiciones.

“Si dejamos a un lado el corazón, dice Carrancá, caeremos en el pozo del virtuosismo. Y que
conste que donde hay virtuosismo suelen tener cabida virtudes de muy variada y rica
especie. Un técnico del Derecho es siempre un individuo respetable, posiblemente cargado
de ideas y de conceptos rígidos. Conoce e incluso domina una máquina; lo curioso es que la
maquinaria jurídica de poca cosa sirve si no lleva en su entraña el ingrediente de la emoción.
Será una máquina que regule y hasta que organice. Nada más." 32
32 Op. cit., página 9

Complementa su pensamiento tan fino escritor con este mensaje lapidario: "Yo pienso que el
abogado hábil, nada más hábil, carece de dimensión para ocupar la cátedra. La ocupa en
cambio a gran altura, el que piensa con todas las fibras de su ser, el que se exalta. No es
magíster iuris el pusilánime ni mucho menos el tranquilo; porque una cosa es la exposición
serena, a veces llena de gracia interior, y otra el volcán que hace fuego, que remueve las
pasiones adormiladas de los alumnos y les descorre el velo de la vida. Exponer nada más
una clase, un tema, es en realidad muy poco. Y seguirá siendo poco aunque el profesor use
la pedagogía. ¿Qué aprenderá el alumno? Los movimientos del Derecho, de innegable
importancia para litigar aunque movimientos al fin y al cabo. Es como si el actor sólo supiera
ir de un lado a otro, moverse en el escenario, sin verdadera conciencia de su papel.

Y en el Derecho la conciencia es todo o casi todo. El actor legítimo, ya que estoy en el


ejemplo, el gran actor, vive el papel y se transforma en su personaje. El abogado, a su vez,
debe vivir la causa que litiga. Muchas veces el Derecho, y no sé si lo mismo sucederá en
otras profesiones, nos sorprende por su fuerza de improvisación, de renovación. Yo no digo
que lo aprendan los que no tienen la menor idea de él; pero quienes la tenemos solemos
descubrir de pronto, así, de pronto, un ángulo hasta entonces desconocido y que ofrece la
vida. La vida, hay que decirlo, posee un enorme sentido común, una especie de lógica
interna. A veces los casos nos proporcionan la solución, lo mismo que los problemas.

30
A mí me ha sucedido al dictar la cátedra, al enredarme en una idea, que el asunto me da la
clave, me abre la puerta, me enseña la luz. La vida es la maestra y hay que saberla
escuchar. Por eso no piensa como debe pensar el que se aleja de la realidad palpitante.'
"Enséñesele al alumno cuantas reglas de Derecho se quiera, cuantos principios normativos
haya y teorías diversas, pero no se abandone nunca la idea de imbuirle vida, de hacerlo vivir.
O sea, de que sienta tanto la realidad como la idealidad del Derecho. ¿De qué sirve, me
pregunto, un sacerdote que no haya percibido de alguna manera la santidad y también la
maldad? Debe conocerlas no solo con el intelecto. Debe apreciarse, conocerse a sí mismo
en lo que tenga de santo y de malvado, que todos tenemos." 33
33 op. cit., páginas 137 y 148

Es la autenticidad otra de las prendas del magíster juris en cuanto educador. Consiste, ya lo
hemos dicho, en vivir y actuar como se piensa y se siente, en predicar con el propio ejemplo,
en aplicar como hombre, ciudadano y profesionista lo que enseña in cathedra. Hipócritas y
falsos, y por ende indignos de confianza, son los que traicionan en su conducta externa lo
que pregonan en la conferencia, en la clase o en la obra escrita, causando grave daño moral
a sus alumnos y a sí mismos. Aunque estén preñados de erudición son despreciables por
insinceros y cobardes. "La honestidad substancial, continúa Carrancá, es ser limpio en los
pensamientos, en las palabras y en las acciones; con lo que he definido la regla de conducta
del abogado. A nosotros sucede lo mismo que a los sacerdotes: lo que reclamamos lo
debemos vivir."34
34 Op. cit., página 53.

La autenticidad magisterial tiene en Sócrates su principal testimonio. Sus enseñanzas


cívicas, morales y religiosas las vivió hasta su muerte y jamás abjuró de sus ideas. Fue
condenado por ellas a beber la cicuta. Lejos de arrepentirse ante el tribunal que lo sentenció,
reafirmó su verdad que fue la única pauta de su vida terrenal. Platón, su discípulo, legó a la
posteridad la autenticidad socrática impresa en estas bellas palabras que hace brotar de los
labios de su maestro:

"No son las palabras, atenienses, las que me han faltado es la impudencia de no haberos
dicho cosas que hubiera gustado mucho de oír. Hubiera sido para vosotros una gran
satisfacción haberme visto lamentar, suspirar, llorar, suplicar y cometer todas las demás
bajezas que estáis viendo todos los días en los acusados. Pero en medio del peligro, no he
creído que debía rebajarme a un hecho tan cobarde y tan vergonzoso, y después de vuestra
sentencia, no me arrepiento de no haber cometido esta indignidad, porque quiero más morir
después de haberme defendido como me he defendido, que vivir por haberme arrastrado
ante vosotros.

Ni en los tribunales de justicia, ni en medio de la guerra, debe el hombre honrado salvar su


vida por tales medios. Sucede muchas veces en los combates, que se puede salvar la vida
muy fácilmente, arrojando las armas y pidiendo cuartel al enemigo, y lo mismo sucede en
todos los demás peligros; hay mil expedientes para evitar la muerte, cuando está uno en
posición de poder decirlo todo o hacerlo todo. iAh! atenienses, no es lo difícil evitar la muerte;
lo es mucho más evitar la deshonra, que mancha mas negra que la muerte. Esta es la razón,
porque, viejo y pesado como estoy, me he dejado llevar por la más pesada de las dos, la
muerte; mientras que la más ligera, el crimen, esta adherida a mis acusadores, que tienen

31
vigor y ligereza. Yo voy a sufrir la muerte, a la que me habéis condenado; pero ellos sufrirán
la iniquidad y la infamia a que la verdad les condena. Con respecto a mi, me atengo a mi
castigo, y ellos se atendrán al suyo. En efecto, quizá las cosas han debido pasar así y en mi
opinión no han podido pasar de mejor modo." 35
35 Diálogos de Platón. Apología de Sócrates. Tomo 1, páginas 91 y 92. Edición 1921 de la Universidad
Nacional de México.

Para ser auténtico se requiere indiscutiblemente valor civil. El pusilánime, el timorato y el que
carece de convicciones firmes es susceptible de convertirse en hipócrita y falso, defectos
éstos subvencionados por la inseguridad o las conveniencias personales. El profesor que
adolece de estas lacras no puede considerarse verdadero magíster juris, ya que, bajo la
presión de tales vicios, tiende a engañar a sus alumnos o a rehuir toda polémica, so pena de
perder la posición política, económica o burocrática en que se encuentre. Es más, se despoja
del espíritu crítico, si alguna vez lo tuvo, y oculta sus ideas para no comprometerse con su
externación. Por ello se torna complaciente y porfía en no tener nunca adversarios que lo
pongan en riesgo de "caer en desgracia". La medrosía que lo caracteriza le resta toda
hombría y en sus actitudes traiciona su misión docente. No educa sino desvía a sus alumnos
hacia la mentira y las apariencias alejándolos de la verdad. Es, en resumen, un sujeto que
deshonra la excelsa condición de maestro de Derecho confinándose en su mediocridad.

Las afirmaciones anteriores, que pudieren antojarse exageradas, surgen de la cuestión de si


un político, sea o no funcionario público, puede ser maestro de Derecho en la estricta
connotación del concepto respectivo que se acaba de exponer. Aún a riesgo de que se nos
tilde de "maniqueístas" o "maniqueos" estimamos que entre ambas categorías hay
incompatibilidad en lo que concierne a la función educativa, ya que el político y el magíster
juris tienen atributos diferentes. El catedrático debe ser abierto, prodigar sus ideas hacia sus
alumnos, discutir con ellos temas culturales diversos, desnudarse intelectualmente para
darse a conocer en su integridad anímica y espiritual, comunicar todo lo que sepa en el
terreno de su especialidad, y si no sólo es docente sino investigador, plasmar honradamente
su pensamiento en su obra escrita sin reticencias ni limitaciones que lo deformen o anublen.

El político, como hombre de Estado, debe ser, por lo contrario, discreto, no se debe prodigar
para que se le estime, debe hablar poco para mostrarse reservado, "no debe decir sino lo
que conviene decir", como anota Azorín quien agrega que "debe conservarse en el fiel de la
balanza" para no perder el equilibrio, debe asesorarse de personas doctas que lo aconsejen
con sinceridad y sin partidismos en los graves asuntos de gobierno, debe abstenerse de
manifestar "su" verdad cuando ésta pueda trastornar la marcha normal del Estado o provocar
conflictos entre las facciones políticas, en una palabra, debe renunciar a su "yo" para
preservar la estabilidad y continuidad en sus funciones.

Atendiendo a la incompatibilidad mencionada, que emerge del simple parangón de las


características reseñadas no es posible que en una persona determinada, específica, se
reúnan ambos tipos cualitativos. Por ello, el político metido a profesor universitario, por más
brillante que sea, será un docente que no se entregue íntegramente a la enseñanza, pues su
condición lo obliga a soslayar los atributos que en ésta concurren. Contrariamente, el
maestro que incursiona en el terreno de la política tiene que deformar su índole para
acoplarla a las exigencias del político, defraudando así a sus alumnos que requieren

32
sinceridad, autenticidad y veracidad en sus mentores. A los estudiantes no se les debe decir
una verdad a medias. Se les debe hablar sin reservas ni disimulo, notas éstas que son
características del político. La diferente y hasta opuesta posición que el maestro de Derecho
y el político ocupan, no excluye la idea de que éste pueda ser una persona culta y un
excelente expositor. Sin embargo, estas cualidades se menguan en la realidad por e! temor,
escrúpulo o sentido de disciplina que en la mentalidad de! político imperan como factores
condicionantes de su conducta. Su falta de observancia se considera por el político como
grave riesgo de truncar su carrera o de perder el puesto público que desempeñe merced al
"posible desgrado" que su actividad académica libre pueda causar en la mente de sus
superiores o de los jerarcas del "sistema" de gobierno imperante. Este solo pensamiento
impide al político desempeñarse cabalmente como catedrático, ya que, para él, es más
importante la cautela (término con que suele disfrazarse la pusilanimidad) que la veracidad y
la autenticidad que requiere todo magíster juris. En otras palabras, e! espíritu crítico que éste
debe tener como elemento esencial de su misión, se merma a tal grado en el "político-
catedrático" que llega a desaparecer de su comportamiento docente, ya que generalmente
se inclina por conservar inalterada su situación burocrática.

d) El Juez
Una de las más excelsas aspiraciones de todos los pueblos del mundo ha sido la realización
de la justicia como fin trascendental del Derecho. En tomo a ese anhelo universal han
surgido en la Historia las figuras del Juez y del Abogado como necesariamente
complementarias integradas en un haz inescindible. Sin embargo, antes de la aparición
histórica del jurisprudente, jurisconsulto y abogado, en varios pueblos del orbe tuvo su
presencia el juez como delegado del monarca, e incluso de Dios, en lo que a las altas
funciones de administrar justicia concierne. Con este carácter se crearon los prístinos
tribunales que en nombre de! soberano o de la divinidad debían desempeñar tan importante
tarea social.

Así se explica la existencia del "tribunal supremo de Judea", llamado el "Sanedrín", que
dictaba sus sentencias en representación de Jehová ante el mismo pueblo judío y en un
recinto" sagrado llamado "Gazith" de la ciudad de Jerusalén. En el mundo greco-latino, por
su parte, se establecieron tribunales esotéricos, como el de los pontífices en Roma, bajo la
inspiración de los dioses, y que fueron con el tiempo sustituidos por funcionarios judiciales y
órganos jurisdiccionales del Estado implantados ya por el Derecho. En la España visigótica el
supremo juez del Estado era el mismo rey, cuyo deber más elevado consistía en "facer
justicia" entre sus súbditos que le imponía el Fuero Juzgo, expedido en el siglo VII de nuestra
era, a través de la fórmula "Si ficieres justicia serás rey, et si non la ficieras non serás rey",
con la que se le amonestaba en el acto mismo de su consagración electiva.

Abarcaría un volumen de amplias proporciones la referencia a hechos, instituciones,


doctrinas y hasta anécdotas que a lo largo de los siglos, y quizá milenios, han demostrado
que la función social más relevante y trascendental ha sido la administración de justicia y que
el juez, su impartidor, encamado en el mismo soberano o en funcionarios delegados de éste,
es el personaje público más antiguo de la historia de la humanidad. Para los objetivos de la
presente semblanza, que de ninguna manera aspira a ser una historia judicial de índole
universal, y ni siquiera vernácula, nos contraeremos a describir, aunque muy
imperfectamente, la personalidad ideal del juez, llámese magistrado o tribunal, no sin antes

33
hacer algunas breves y someras alusiones sobre la "justicia", sin ningún afán de formular al
respecto consideraciones de carácter jusfilosófico, sino de exponer algunas reflexiones en
relación a ese valor supremo del hombre que, según Cicerón, es la más grande de todas las
virtudes. Ya hemos dicho reiteradamente que es muy difícil, por no decir imposible, definir a
la justicia conforme su substancialidad social, de suyo variable en el a tiempo y en e!
espacio. A la pregunta "qué es la justicia" se pueden dar muchas, contrarias y divergentes
respuestas, mismas que están condicionadas a estas últimas categorías epistemológicas. Lo
que el entendimiento humano ha brindado en tomo a ese tópico ha estribado en
concepciones formales, como la definición romana, la ideada por Aristóteles, la elaborada por
la escolástica tomista, la proveniente de diferentes ideologías políticas y filosóficas, etcétera.

Sin embargo, ninguna de ellas ha satisfecho totalmente a nadie. Y es que el valor justicia,
más que un concepto eidético, entraña un sentimiento, una vivencia anímica y hasta un acto
de fe y de amor, elementos todos ellos que escapan al pensar rigurosamente lógico. Es el
espíritu poético del hombre el que lo siente y describe como una "estrella inalcanzable" en el
firmamento de su vida, pero sin cuya luz ningún pueblo puede vivir tranquilo y en paz. Ese
sentir ha divinizado a la justicia en míticos personajes como Themis, Diké, o Némesis, ha
determinado decisiones "judiciales" como la célebre sentencia salomónica, así. Como la
bienaventuranza cristiana del "hambre y sed de justicia" que nos recuerda Justo Sierra, y, en
general, el proceder de los "hombres buenos", principalmente de jueces y abogados, según
el aforismo "vir bonus dicendi peritus". Como valor humano la justicia está muy por encima
de su mera connotación lógica.

Sería injusto aprisionar a la justicia en una definición de la justicia, pues en la vida de la


humanidad ha sido, y es, el sol, la estrella, el astro que ha iluminado su sendero, que rescata
al hombre de las tinieblas y que impide que se precipite en el abismo de la indignidad y de la
abyección. Ha sido, y debe seguir siendo, la causa final, o sea, la motivación del Derecho,
cuyas normas no siempre coinciden con ella. La justicia no es el Derecho sino su aspiración,
su fin ideal. Por ello, el juez no administra justicia, pese a lo que tradicionalmente se ha
sostenido. Su deber consiste en aplicar el Derecho, diciéndolo al dirimir las controversias que
las partes contendientes en un litigio le plantean (juris dictio), y decir el Derecho no es hacer
justicia sino acatar sus normas que pueden ser justas o injustas. No hay, en puridad lógico-
jurídica, "cortes de justicia", sino "cortes de Derecho". Sólo cuando no hay norma jurídica
positiva para resolver un conflicto, el juez debe acudir a los principios generales del Derecho,
según lo manda nuestro artículo 14 constitucional.

De ahí que el juez debe juzgar "secundum leges", es decir, conforme a las leyes, no a éstas
según su idea, sentimiento o concepto de justicia. Sin embargo, "juzgar según las leyes" no
equivale a aplicarlas mecánicamente a los casos concretos que se presenten. El juez tiene la
obligación de interpretarlas para extraer su razón, esto es, su sentido normativo. En esta
tarea e! juzgador, lejos de ser un "súvus legis", puede erigirse en e! constructor del Derecho,
que no legislador, como lo fue el pretor romano. Es en el cumplimiento de esa obligación
interpretativa en que interviene metanormativamente el sentimiento de justicia. Baste
recordar, a este respecto, los consejos que don Quijote da a Sancho para que éste los
siguiese como gobernador y juez de la ínsula Barataria.

34
"Es el juez, dice Víctor Manzanilla S. quien puede detener y amenguar las injusticias
contenidas en esa norma o ley que irrumpió a la vida social, por medio de una recta,
equitativa y precisa interpretación y aplicación de su contenido. Es por esto que la
interpretación y la aplicación de la ley vendrán a ser en esta ocasión dos momentos en los
cuales, el juez, en la ,medida de lo posible y respetando los límites que su función social le
impone, puede abrir su trocha en la injusticia y vislumbrar por medio de la equidad la brillante
luz de la justicia, pues la única regla interpretativa universalmente válida es, decía Recaséns
Siches en su cátedra, que la ley debe ser interpretada en el sentido de mayor justicia." 36
36 El Jurista ante la ley injusta páginas 36 y 37.

Por otra parte, al juez le incumbe ser el defensor del principio de juridicidad como elemento
esencial de la democracia. Ejerce el control de legalidad en cada caso concreto que se
someta a su competencia, pudiendo tener a su cargo, además, una función más importante:
el control constitucional de las leyes. En el desempeño de este control puede juzgar a éstas
(de legibus) según se adecúen o no a la Constitución como sucede en México a través del
juicio de amparo. Es evidente que esa trascendental actividad de control debe desempeñarse
por verdaderos y auténticos funcionarios judiciales que no solamente deriven su carácter de
un simple nombramiento formal, sino que merezcan este alto honor al conjuntar diversas
cualidades que justifiquen su designación. En otras palabras, los jueces venales y los de
consigna manchan su investidura al punto de ser indignos de ostentarla.

Su conducta pública, prostituida por el soborno o corrompida por la presión de los llamados
"jefes de Estado" y de sus subordinados en el orden gubernativo, significa un atentado a la
Constitución y a la ley, aunque se disfrace con la falsa etiqueta de una "resolución judicial"; y
ese atentado es, tanto más grave y ominoso en cuanto que entraña una traición contra el
pueblo, al que jamás debe despojarse de su fe en la justicia, cuya devaluación, por sus
negativas y trascendentales consecuencias, es mucho más deplorable que la monetaria. En
manos de los buenos jueces, sobre todo cuando se trata de ministros de la Suprema Corte,
está la preservación del régimen democrático, la efectividad real del Derecho y la confianza
popular en la administración de la justicia.

El ministro que da consignas a un magistrado de circuito o a un juez de Distrito para fallar


cualquier cuestión en el sentido que le indica o sugiere alguna autoridad administrativa, se
convierte en cómplice de ese atentado y merece la execración pública, que obviamente se
extiende al funcionario judicial que ha acatado la presión. El juez venal o el juez cobarde, que
acepta la indignidad y la vileza a cambio de permanecer en el cargo que deshonra, no puede
tener limpia su conciencia. En su fuero interno seguramente experimenta la vergüenza de su
comportamiento ante sus familiares y allegados y ante la sociedad a la que traiciona,
exponiéndose a la reprobación moral de! pueblo.

La imparcialidad con que todo funcionario judicial debe actuar, principalmente si tiene la
potestad jurídica de tutelar la Constitución contra todo acto de autoridad que la viole, no
significa oposición a los órganos legislativos y administrativos del Estado. Si éstos, al través
de leyes o resoluciones de diversa índole, la respetan ajustando su conducta a los
imperativos constitucionales, la sentencia judicial la avalará. Este aval, que implica la más
alta convalidación del acto o de la ley impugnados como inconstitucionales, sólo es legítimo
si la decisión judicial que lo contiene se dicta sin presiones ni consignas, es decir, en base a

35
la libertad de criterio del juez y a su actuación recta, imparcial y honesta, ya que, sin estos
atributos, Importaría complicidad con las autoridades contraventoras de la Constitución.
Generalmente los mismos juzgadores constitucionales, que entre nosotros conocen el juicio
de amparo como ministros de la Suprema Corte, magistrados de circuito o jueces de Distrito,
olvidan que su respetabilidad frente a las demás autoridades del Estado, cualquiera que sea
su categoría, depende de su recto y valiente comportamiento y que su proceder temeroso,
que los hace permeables a las consignas y presiones, los convierte en instrumentos serviles
de arbitrariedades e injusticias. En varias ocasiones suelen abstenerse de ejercer el ingente
poder que les otorga la Constitución y la Ley de Amparo para obtener coactivamente, en
beneficio del régimen de derecho,. e! cumplimiento de sus fallos y para destituir y consignar
penalmente al funcionario público que se burla de ellos mediante la repetición de los actos
contra los cuales se haya concedido el amparo.

Suponen que el desempeño de estas trascendentales facultades en algunos casos pudiere


provocar ciertas crisis políticas o, lo que es peor, desagradar al Presidente de la República o
a algún Secretario de Estado, sin tener en cuenta que, con motivo de la abstención de
desplegarlas, se propicia el quebrantamiento del régimen constitucional y la entronización de
la autocracia, con el consiguiente ludibrio del Derecho y escarnio de la justicia. Las anteriores
reflexiones siempre las hemos hecho de diversos modos y en distintas ocasiones, pues las
circunstancias de la dinámica jurídica, política, social y económica de México constantemente
exigen su actualización. La vivencia de! Derecho al través de la postulancia, de la docencia,
de la judicatura y de la investigación las suscitan necesaria e ineludiblemente, ya que no
debe olvidarse que el abogado y el jurista tienen el excelso deber social de empeñarse, bajo
diferentes formas de actividad, en que se logre la observancia de la Constitución y de la ley,
esgrimiendo las nobles armas de la razón y de la fe en la justicia, sin la cual, como dijera el
ilustre filósofo de Koenigsberg, Emmanuel Kant, "no tendría ningún valor la vida del hombre
sobre la tierra".

Por la consecución de estos objetivos, más que por el éxito profesional casuístico y efímero,
hemos de luchar quienes cultivamos el Derecho, máxime si ostentamos el honroso título de
profesores universitarios. Desde la cátedra, además de realizar la labor de enseñanza
jurídica, debemos asumir la tarea de educar a la juventud estudiosa hacia una mística por el
Derecho, con la intención de que algún día éste se observe cabalmente en nuestro país,
adecuándolo periódicamente a los cambios sociales que el pueblo de México experimenta en
su variada y variable vida complicada y polifacética. Congruentes con esa tendencia,
tenemos que desempeñar una labor crítica no sólo de las normas jurídicas, sino de los
funcionarios judiciales y administrativos que se apartan de su observancia en detrimento de
los intereses auténticamente populares, adoptando actitudes serviles, demagógicas e
inconsultas.

Son tres los enemigos de la justicia, a saber, el abogado que soborna, la autoridad que da
consignas y e! juez que accede al soborno y se supedita a la presión autoritaria. Contra ellos
debemos combatir para tratar de eliminarlos del ámbito donde judicialmente se aplica el
Derecho. Con jueces honestos y valientes que tengan conciencia de su propia respetabilidad,
la democracia mexicana se fortalecería y se acreditaría interna e internacionalmente al
erigirse, con ellos y en todos los niveles competenciales, un vallaldar humano que impida la
entronización fáctica de la autocracia en la cual todos los abogados libres y dignos no

36
podemos tener cabida. Al margen de las anteriores consideraciones, debemos recordar que
ni a través del control de legalidad ni del control de constitucionalidad, es decir, de la
preservación del principio de juridicidad que comprende ambos, el juez administra justicia por
sí mismo. La justicia o la injusticia pueden ser una virtud o una mácula de la norma jurídica
escrita, o sea, de la Constitución o de la ley ordinaria Por tanto, e! juez secundum quid aplica
la justicia cuando ésta se contiene en el Derecho positivo legal o constitucional, o comete
injusticias en la hipótesis contraria. Al juez se le puede atribuir la violación del Derecho, pero,
en rigor lógico, no se le puede tildar de injusto por sí mismo. Recordemos los adagios que
dicen: "Dura lex, sed lex” y "Lex, quamuis dura, servanda ex”, De la dureza o injusticia de la
ley no responde el juez, pudiendo, sin embargo, atemperar estos vicios mediante su recta
interpretación.

A propósito de estas reflexiones suele plantearse el dilema entre el normativismo jurídico, por
un lado, y el arbitrio judicial subjetivo, no discrecional, por el otro. Es evidente que para la
seguridad social, que es ingrediente esencial del Derecho, es preferible el normativismo
jurídico que caracteriza a los sistemas derivados de la cultura greco-latina. El ilimitado arbitrio
judicial, por no decir la arbitrariedad de los jueces, es sumamente peligroso y propende hacia
la injusticia, como acontece generalmente en el mundo anglosajón, en que en muchos casos
impera la "ley del encaje" de que nos habla Miguel de Cervantes Saavedra, y que equivale al
capricho, a la obstinación, a la tozudez, e incapacidad comprensiva y necedad del juzgador.
Más vale una ley injusta que un juez necio, ignorante y corrupto. Aquélla puede suavizarse
en su aplicación, en tanto que éste, por lo contrario, es impermeable a todo intento de
convencimiento, pues se erige en una especie de "rey judicial absoluto", tuya testarudez
convierte en ley: "Quod judex vult, legis habet vigorem."

Ante esta actitud judicial salen sobrando todos los argumentos jurídicos que los abogados
esgriman fundándose en los estudios que hayan emprendido.
Por boca de uno de ellos a título de personaje imaginario, Piero Calamandrei asevera:
"Piensa en la paciencia con la cual nosotros, los abogados, escuchamos a nuestros clientes,
y conseguimos deducir de sus confusas divagaciones las circunstancias esenciales que el
juez encuentra ya aclaradas y puestas en orden en nuestros alegatos; piensa en las veladas
que pasamos en el silencio de nuestra biblioteca, compulsando manuales y repertorios, a fin
de ofrecer al juez, en cuanto a todos los puntos dudosos de la causa, una preciosa antología
de precedentes doctrinales y jurisprudenciales, que él puede aprovechar gratuitamente en su
decisión, dictando sin fatiga una de esas sentencias adornadas de aforismos latinos, que
después sirven como título para el ascenso … y sin embargo, se encuentran jueces que no
quieren hacer ni siquiera el pequeño esfuerzo necesario para leer estos alegatos, que con
tanta fatiga hemos preparado para ellos: se les pone el plato delante pero no quieren
molestarse en comer. .. Así, por culpa de su holgazanería, se producen las sentencias
llamadas 'de tercera opinión', que nos obligan a los abogados a apelar, para comenzar de
nuevo, ante el segundo juez, la misma prédica. Y no hablemos ya de lo que ocurre cuando
los abogados, con la buena intención de facilitar al tribunal el estudio de las defensas
escritas, nos arriesgarnos a pedir la discusión oral de la causa: basta ver la cara agria que
los jueces ponen cuando, en el calor del informe, se nos ocurre alzar la voz, para darnos
cuenta de que ellos consideran nuestra voz solamente como un ruido molesto que
interrumpe el hilo de sus recogidas ideas." 37
37 De las Buenas Relaciones entre los Jueces y los Abogados paginas 33 y 34.

37
Los acertados comentarios de Calamandrei nos sugieren la observación de que el juez que
no escucha al abogado, que permanece impasible ante sus alegaciones que se llaman
vulgarmente "de oreja", que no cambia impresiones con él, que rehuye el diálogo asumiendo
una actitud petrificada, que no se interesa por el caso que se le trata porque ya lo tiene
"resuelto" en su mente oscura, impenetrable y obtusa, que se aferra en la " ley del encaje",
ese pseudo-juez exhibe su pusilanimidad, su inseguridad, su desconocimiento del Derecho o
su corrupción, vicios todos estos derivados de su complejo de inferioridad y de la envidia que
siente delante del jurisconsulto, porque en su conciencia, si no es vanidoso ni ególatra,
palpita la convicción de que le falta la valía humana y cultural que aquél representa. El juez
que así se comporta emplea la prepotencia que supone le suministra su cargo y que es rasgo
común de la mediocridad, en ausencia de talento jurídico, de dignidad y de hombría, de bien.

Es, en síntesis, un falso servidor de! Derecho y de la Justicia y, consiguientemente, una lacra
social que debe extirparse. Por otra parte, las cualidades de! juez son similares a las de!
abogado. A ambos los une e! presupuesto indispensable de la jurisprudencia,es decir, de la
sapiencia del Derecho. Denotaría un ingente despropósito que el juez estuviese afectado de
"ignorantia juris". Sin embargo, en la realidad suelen darse ejemplos de jueces ignorantes
que son un verdadero peligro social. Su falta de conocimientos jurídicos los constriñe a
recurrir a sus secretarios que se convierten, de esta guisa, en una especie de " poder tras el
sitial judicial". Este fenómeno negativo y desquiciante para la judicatura (o administración de
justicia heterodoxamente hablando) no se presenta si el juez es un jurisperito con arraigada
vocación judicial que lo erige en garante social.

Los buenos jueces, en efecto, dentro de un auténtico estado de Derecho donde impere
realmente el principio de juridicidad, llegan a. constituir un importante factor de gobierno en
que la sociedad deposita su confianza. Son ellos los baluartes de la democracia, no los
políticos. Aun en los regímenes monárquicos no faltan ejemplos de jueces en que el pueblo
confía. Recuérdese a este respecto la famosa frase "aún hay jueces en Berlín" que fue la
advertencia de un humilde molinero a Federico el Grande de Prusia, quien exigió a su
insignificante súbdito que entregara su molino para instalar en él un cuartel; y es muy
satisfactorio rememorar que en el sistema constitucional mexicano, a despecho del
presidencialismo, tenemos un "gobierno de jueces", empleando la expresión de Alexis de
Tocqueville, que teóricamente es susceptible de operar a través del juicio de amparo como
medio jurídico de defensa de la Constitución y de la ley.

Las funciones judiciales requieren, por otra parte, un sentido de justicia social en quienes las
desempeñan, no para administrarla, según se dijo, sino para interpretar el Derecho conforme
a ese valor. Sin dicho sentimiento el juez, cuando mucho, será un frío aplicador de la ley, sin
el calor humano que la justicia exige. Y es precisamente por medio de su labor interpretativa
cómo los juzgadores construyen o crean e! Derecho mediante las normas que establecen en
sus fallos para dar sustancialidad al mero positivismo jurídico. Estos imperativos
deontológicos no podrían lograrse sin otras cualidades que el juez debe tener: la
imparcialidad y el valor civil: la primera, para mantener el equilibrio entre las partes
contendientes, y la segunda, para resistir a toda clase de influencias que provengan del
poder público del Estado, principalmente cuando se trata del control constitucional. Un juez
parcial y cobarde es un corrupto aunque no sea venal, es decir, no es un auténtico juez a
pesar de que ostente un nombramiento inmerecido.

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Daña gravemente al Derecho y a la sociedad, que lo desprecia por su inmoralidad o le teme
por su prepotencia abyecta y servil. El juez sapiente, honesto, digno y valiente que cumple su
deber con gallardía, firmeza y seguridad, en cambio, es un funcionario respetado y
respetable, a quien hasta los poderosos temen y acatan. Se cuenta que en una ceremonia de
homenaje a la reina Victoria de Inglaterra, ante la que los grandes personajes del reino se
postraban de hinojos, un juez intentó imitarlos. La soberana no lo permitió diciéndole: "yo
represento la majestad, es decir el poder del Estado y usted el honor del país; es la majestad
la que se rinde al honor judicial que usted encarna". Bella anécdota que revela lo que debe
ser un juez, de cuya limpia actuación dependen la paz constructiva y el progreso de un
pueblo. Las injusticias que cometen los jueces por quebrantar el Derecho se revierten contra
ellos. Sufre más quien las perpetra que quien las padece, porque en aquél se lanza la
execración de la historia que es el juez implacable de los malos jueces y funcionarios
públicos.

Entre otros, los ejemplos de Cristo y de Sócrates son elocuentes. A quienes los condenaron
injustamente los maldice la humanidad y a sus víctimas las ha exaltado como modelos
grandiosos dignos de emulación. Así puede entenderse la justicia divina. Las calidades
humanas del verdadero juez se propician, en cuanto a su proyección real, por dos factores
importantes: la independencia y la inamovilidad judiciales. Aunque no es causa determinante,
la independencia de los jueces proviene, generalmente, de la forma de su nombramiento.
Éste de ninguna manera debe emanar de la voluntad popular mayoritaria. Los funcionarios
judiciales no deben ser electos por el pueblo como si fuesen candidatos a diputados o
senadores. El juez debe ser seleccionado por sus pares, que son los hombres de Derecho
agrupados en asociaciones profesionales, académicas o pertenecientes a instituciones
jurídicas, como las facultades y escuelas universitarias. Esta idea la hemos propuesto en
muchos foros y no obstante que ha sido aprobada, no se han introducido las reformas
constitucionales y legales conducentes a instrumentarla normativamente.

Sin embargo, subsiste como tendencia de los juristas mexicanos para lograr la
independencia judicial algún día, pues sin ésta no se genera la confianza en los jueces ni se
garantiza la observancia de uno de los principios fundamentales de la democracia: el de
juridicidad. Un factor propendente a afectar de manera grave la actuación judicial es la
dependencia económica de los jueces. Su valor civil y su recto criterio pueden alterarse
negativamente con los sueldos elevados que perciban y que paga el erario público manejado
por las altas autoridades administrativas del Estado. Éstas, a su arbitrio, suelen fijar el monto
de tales emolumentos, a los que acostumbran añadir otras jugosas prestaciones: bonos
cobrables periódicamente y automóviles en comodato con su correspondiente dotación de
combustible y de chofer.

Con dichos gajes se forma una especie de "dictadura del esófago", como llamaba el maestro
Gabriel García Rojas a la mencionada dependencia económica usando esta expresión: "a
mayores percepciones, menor libertad judicial". El otorgamiento de éstas implica cierta
psicoterapia que utiliza el fisco para tener sumisos y obsecuentes a los jueces, quienes, ante
el temor de perder sus beneficios, se colocan en riesgo de incumplir su noble función. Este
ominoso fenómeno es mucho más grave en lo que al Poder Judicial Federal se refiere. En
efecto, los órganos del Estado, que son parte en el juicio de amparo, en muchos casos gozah
de una hegemonía extrajudicial propiciada por el fisco, y sus pretensiones procesales, a falta

39
de razón jurídica, se alientan y respaldan por el temor judicial ya señalado o por la gratitud de
los jueces por el beneficio económico que reciben en base a la generosidad tendenciosa de
las autoridades hacendarias. Esta generosidad, asentada en un subjetivismo financiero
circunstancial, es una de las más poderosas adversarias de la independencia judicial.
Debemos advertir, a despecho de tal situación, que siempre hemos propugnado el
mejoramiento de las prestaciones económicas de los jueces, principalmente dentro del
ámbito de la Justicia Federal. A este propósito hemos sugerido que, para eliminar dicha
dependencia económica, el presupuesto del Poder Judicial de la Federación debe
cuantificarse anualmente mediante la aplicación de un porcentaje que señale la misma
Constitución en relación al presupuesto general de egresos del Estado.

De esta manera el monto de las prestaciones que deben percibir los juzgadores federales no
quedaría sujeto al criterio voluble de ningún secretario de Estado ni del mismo presidente de
la República, sino que derivaría del porcentaje fijado constitucionalmente, debiéndose
prohibir, además, el otorgamiento de beneficios económicos distintos de los emolumentos
normales. Así, suponemos, se garantizaría la independencia judicial, haciéndola inmune a los
señuelos del fisco. Por otra parte, la inamovilidad judicial es una condición importantísima de
una recta administración de justicia, ya que, en atención a que supone la independencia del
juzgador frente al gobernante que lo hubiere designado y la imposibilidad jurídica de que éste
o cualquiera otra autoridad del Estado lo depongan, tiende a proscribir las influencias
perversas que prostituyen la debida aplicación del Derecho.

Sin embargo, como mera situación jurídica la inamovilidad no es ni puede ser el "factotum"
determinativo de una sana, imparcial y serena impartición de justicia, ya que en ésta
intervienen múltiples elementos propios de la naturaleza humana, la cual, sólo cuando está
dotada de altos valores morales e intelectuales, puede personalizarse en buenos jueces. Por
ello, la inamovilidad judicial entraña una garantía para la honrada administración de justicia y
la recta aplicación del Derecho, a título de consolidación jurídica del buen juzgador, o sea, de
seguridad de que la persona que ocupe un cargo en la judicatura, con todas las calidades
humanas que para ello se requieren, pueda continuar en él por todo un periodo de aptitud
vital sin la amenaza de la cesación en sus funciones jurisdiccionales, bien sea por la
expiración de un plazo más o menos corto y convencionalmente fijado en la ley, o bien por la
remoción respectiva que pudiera decretar alguna autoridad estatal.

Por el contrario, sin ese supuesto humano cualitativo honestidad, preparación cultural,
conocimiento del Derecho, comprensividad para los altos valores del espíritu y de la
sociedad, valor civil y patriotismo--, la inamovilidad judicial no es sino la situación jurídica que
propicia un ambiente muy susceptible a la corrupción, al fraude, a la prevaricación, a la
venalidad y al soborno. De ello se infiere que en términos absolutos y radicales no se puede
afirmar que el sistema de la inamovilidad de los jueces sea en sí mismo conveniente o
inconveniente, bueno o malo, garante de la recta administración de justicia u óbice para su
debida impartición, porque su estimación en uno u otro sentido depende de la presencia o
ausencia de la base humana a que hemos aludido. La bondad de la inamovilidad judicial no
es, pues, per ser, sino secundum quid, en virtud de que está condicionada a ciertos factores
que más que jurídicos son humanamente fácticos y que sólo el tiempo y la experiencia
pueden constatar.

40
e) Observación final
Hemos hecho la semblanza, muy incompleta por cierto, de los distintos tipos ideales de
jurista, habiendo destacado el presupuesto fundamental de todos ellos que consiste en la
jurisprudencia o sabiduría del Derecho. Ninguno de ellos puede prescindir de él, pues implica
su conditio sine qua non. Además, en el jurisconsulto, en el abogado, en el magíster juris y
en el juez concurren las mismas cualidades éticas y cívicas que hemos reseñado. Sería
absurdo y, por tanto, inadmisible, que no fueran honestos, auténticos, valientes y dignos. No
es la personalidad en sí de cada uno de dichos tipos lo que varía en ellos, ya que todos son
cultivadores del Derecho en sus diversas manifestaciones. Lo que los distingue es el ejercicio
de la actividad que dentro del campo jurídico tienen asignada por su misma índole típica,
aunque converjan en la ciencia y arte del Derecho.

Todos deben luchar por los valores humanos en sus respectivas tareas y, sobre todo,
combatir por la Justicia y e! Bien. Este combate deben emprenderlo con amor y fe,
impulsados por la vocación jurídica. Quien no la tenga firmemente arraigada en su corazón,
en su conciencia y voluntad, no puede ser ni jurisprudente, ni abogado, ni maestro de
Derecho ni juez. Su ausencia puede ser índice de frustración en cualquier actividad jurídica y
su presencia viva y constante, inmune a la decepción, garantía de excelencia que denota la
grandeza misma. El licenciado y doctor en Derecho que la alcance, dentro de los naturales
límites de la capacidad humana, puede experimentar la felicidad que se siente por haber
cumplido un deber social "como caballero del Derecho y soldado de la Justicia".

CAPÍTULO QUINTO
EL SIMULADOR DEL DERECHO

a) Consideraciones generales
La simulación es la acción de fingir o imitar lo que no se es. El simulador hace de su vida una
farsa, o sea, una comedia. Su personalidad psíquica envuelve muchos vicios como la
vanidad, la egolatría, la megalomanía, la mentira, el engaño, el fraude, la falsedad, la
mediocridad, la corrupción y otros que sería prolijo mencionar. Así, el simulador, al ostentarse
como lo que no es, al aparentar valía para cubrir su insignificancia, al fingir sabiduría para
envolver su ignorancia, se muestra vanidoso, es decir, vacío por dentro y engañoso por
fuera. Por tanto, es una especie de defraudador que se apoya en sus propias mentiras sobre
su persona para pretender dar la impresión de una importancia que no tiene. Sus actitudes
obedecen a su incultura que proviene, o de su falta de inteligencia o de su falta de vocación
por el estudio. Padece un complejo de inferioridad que trata de ocultar exteriormente con
audacia y temeridad.

Su vanidad lo presiona para no admitir que vale menos de lo que cree valer y lo empuja a
una sobreestimación de su ego, que no se funda sino en un subjetivismo enfermizo que no
corresponde a la realidad de su ser. "La tensión entre el complejo de inferioridad y la alta
idea de sí mismo, se hace a veces tan violenta, que el individuo acaba en la neurosis", dice
Samuel Ramos, quien agrega: "Todas sus actitudes (del simulador) tienden a darle la ilusión
de una superioridad qué para los demás no existe", concluyendo tan ilustre filósofo mexicano
que; "Inconscientemente sustituye su ser auténtico por el de un personaje ficticio, que
representa en la vida, creyéndolo real. Vive, pues, una mentira, pero sólo a este precio puede
librar su conciencia de la penosa idea de su inferioridad. 38

41
Por su parte, José Ingenieros, al aludir a la vanidad como signo del simulador, expresa; "El
hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito propio y es juez
supremo de sí mismo; asciende a la dignidad. La sombra pone el suyo en la estimación ajena
y renuncia a juzgarse; desciende a la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su
caricatura; ser o parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa a ser mejores, ese culto de
los propios méritos consolida en los hombres la dignidad; cuando el afán de parecer arrastra
a cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la vanidad." 39
38 El Perfil del Hombre " la Cultura en México. Capítulo "La educación y el sentimiento de inferioridad".
39 El Hombre Mediocre página 130.

La audacia del simulador, que no la inteligencia de la que carece, lo convierte en un farsante


ante quienes no lo conocen, buscando su aplauso y admiración. Esta audacia se torna
cobardía frente a las personas que están enteradas de sus limitaciones intelectuales y
culturales. Por eso, en presencia de ellas guarda cauteloso silencio, aunque a veces,
traicionado por su vanidad, se olvida de su ignorancia arrojándose a un precipicio de dislates
que mueven a compasión o provocan hilaridad. Como su vocación se traduce en la
ostentación falsa de su ego, por esencia hueco y postizo, rehuye el estudio que lo podría
libertar de su incultura, cuya eliminación o atemperamiento impide su misma idiosincrasia
utilitarista, incapaz de elevarse a niveles científicos y filosóficos, pues carece de idealidad.

"El hombre sin ideales, afirma José Ingenieros, hace del arte un oficio, de la ciencia un
comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta,
del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la
prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva a la ostentación,
a la avaricia, a la falsedad, a la avidez, a la simulación." 40
40 Op. cit., página 60

El complejo de inferioridad que aqueja al simulador y todos los defectos que de él se derivan,
lo imposibilitan para ser autentico o independiente en la vida. Como diría José Ingenieros es
sombra de otro y no luz por sí mismo. Por ello busca siempre en quien apoyarse para actuar
en los distintos niveles vitales. Se aprovecha de sus protectores para velar por sus propios
intereses. De ahí que se le tilde de convenenciero. Mientras pueda obtener beneficios
personales cultiva celosamente la amistad de quien se los proporcione, pero cuando esta
ligazón se rompe o extingue, se toma ingrato y renueva su vanidad hasta el extremo de
menospreciar a su benefactor.

Como carece de valía intrínseca, su proclividad lo impulsa a conseguirse nuevos "amigos"


que lo ayuden para tratar de lograr sus fines egoístas y este afán lo presenta ante los demás
como servicial, generoso y desinteresado. Se ostenta como simpático y jovial, escondiendo o
disfrazando muchas veces su verdadero temperamento, lo que le impide ser sincero. El éxito
de su vida lo hace estribar en tener muchas relaciones para valerse de ellas en cualquier
empresa y poder contar así con varias pequeñas o grandes luces que disipen la penumbra
natural en que lo sumerge la falta de cualidades personales. Como está consciente de su
opacidad, cuando su vanidad no lo ha proyectado hacia la megalomanía, que es el delirio
patológico de grandeza, sus anhelos de triunfar lo hacen depender de su habilidad para
entablar amistades a guisa de soportes de su actividad, la cual, sin ellos, sería
completamente inane.

42
Como no tiene vocación por la cultura, se aleja por inclinación natural del estudio. Los libros
no le interesan, pues su objetivo vital no es el saber sino la obtención de ganancias
económicas o beneficios personales de otra índole, hacia cuya consecución encamina sus
más empeñosos y tenaces esfuerzos. Le apasiona el éxito, no la gloria, tendencia que
acentúa su mediocridad.

b) El simulador como espécimen contrario al jurista


Las características de la semblanza que brevemente hemos delineado se aplican, en sentido
contrario, a los diversos tipos de jurista que describimos en este opúsculo. Por consiguiente,
el simulador del Derecho, aunque posea título de licenciado o doctor, no es ni jurisprudente,
ni abogado, ni magíster juris, ni juez. La titularidad mencionada y cualquier nombramiento
que en su favor se haya extendido, no le confieren las cualidades de los aludidos tipos de
jurista. Es más, por no tener sus respectivos atributos, macula, en su conducta, la egregia
condición de cultivador del Derecho, o sea, la cultura jurídica.

No está por demás advertir que el simulador del Derecho no es la persona que realiza
actividades fuera del campo jurídico aunque tenga la licenciatura o el doctorado
correspondiente. En todo caso se trata de un "no jurista", pudiendo ser político, funcionario
público, banquero u hombre de negocios en general, cuya falta de vocación por el Derecho lo
haya proyectado fuera de su esfera. Al no actuar como jurista en ninguno de los tipos que
hemos reseñado, de ningún modo se le puede reputar como simulador, pues la característica
de éste esencialmente consiste en que su conducta la despliega dentro del ámbito jurídico.
Por ende, si el simulador es vituperable, el "no jurista" puede ser respetable como buen
servidor del Estado o de la sociedad, fungiendo su titulación académica como mero trasfondo
de sus diversificadas relaciones pero no como base de su actividad, que incluso puede ser
muy importante y trascendental.

Al simulador del Derecho le aterra su ignorancia juris, que, por su falta de vocación por el
estudio y la investigación, no puede vencer. Permanece en ella y, para que no se advierta por
quienes conocen la ciencia del Derecho, rehuye toda discusión, a menos que su extrema
vanidad lo impulse a incurrir en graves despropósitos. No puede ser, sin embargo, pedante,
porque la pedantería "es una forma de expresión adscrita casi exclusivamente al tipo
humano intelectual", según sostiene Samuel Ramos” 41 y el simulador no pertenece a esta
especie. En él hay presunción y petulancia, sin poder hacer "gala del talento, de la sabiduría
o de la erudición"42 que no posee. Finge estos atributos intelectuales en "los círculos de
admiradores, ingenuos o ignorantes que se dejan sorprender por sus palabras", afirma
nuestro citado filósofo.
41 Op. cit., Idem.
42 Op. cit., Idem.

Esos círculos están formados por sus "alumnos", si los tiene, por sus amigos y familiares,
generalmente más ignaros que él, y quienes inconsultamente suelen brindarle loas y
alabanzas. Ante los verdaderos jurisprudentes el simulador asume una cautelosa actitud de
silencio, en el supuesto de que su audacia tenga el límite de la conciencia de su ignorancia,
que, por lo demás, no sólo abarca al Derecho sino a la cultura en general. La ignorancia juris
que afecta al simulador no sólo proviene de su falta de vocación por el estudio, sino de la
ausencia de! talento necesario para determinar los puntos esenciales de cualquier cuestión

43
jurídica y brindar la solución pertinente. Por esta razón centra su atención en los detalles
banales y, sobre todo, en la retribución económica que un negocio pueda generar y no en su
substancialidad. Por sí mismo es incapaz de resolver un problema de Derecho y recurre a
quien le pueda proporcionar el dictamen respectivo, que acostumbra adjudicarse a sí mismo
sin pudibundez profesional. Su vanidad llega al extremo de hacer ostentación de
conocimientos que no tiene ante la ignorancia de los circunstantes. En resumen, el simulador
del Derecho es la negación de la jurisprudencia, que evidentemente no se agota en el
aprendizaje de la ley. No le interesa la justicia. Su proclividad pragmática le veda este interés.
Las cuestiones jurídicas trascendentales son ajenas a su atención debido a su inclinación
utilitarista que lo conduce por los caminos de la ganancia económica generalmente.

Su principal preocupación estriba en la fijación y percepción de honorarios, aunque, por


ausencia de perspicacia jurídica, no entienda bien el asunto que los pudiese generar. Los
auténticos juristas, a quienes les solicita asesoría, se encargarán de estudiarlo y de plantear
la solución que en Derecho proceda. En el terreno de la abogacía, el simulador no es un
verdadero abogado por la sencilla razón de que no sabe litigar, aunque presuma ante
terceros que no lo conocen de ser un hábil postulante.

El litigio, ya lo hemos dicho, es la esencial actividad del abogado que requiere


indispensablemente la jurisprudencia o sabiduría del Derecho y las demás cualidades a que
se ha aludido en el presente ensayo. Litigar implica el estudio del negocio que da origen a la
controversia jurídica, la concepción y el planteamiento de su solución, la formulación de la
demanda y de la contestación en que la litis se centra, el patrocinio de alguna de las partes
en conflicto, la presentación de pruebas, la intervención en su desahogo, la asistencia a
diligencias judiciales y audiencias en el proceso y la interposición de los recursos legales
procedentes contra las diversas resoluciones judiciales que en él se dicten, además de otros
muchos actos que sería prolijo mencionar y cuya índole varía en razón del caso concreto de
que se trate.

Toda esa actividad exige el conocimiento del Derecho sustantivo y adjetivo en las distintas
ramas que comprende. Por tanto, el simulador, que no es jurisprudente, no puede
desempeñarla. La apariencia de abogado que ostenta la manifiesta en actitudes
extrajudiciales. Halaga a jueces, secretarios y empleados de los tribunales, con los que
empeñosamente traba relaciones cuasi familiares. Los frecuenta y agasaja para captar su
simpatía. Los saluda con abrazos estruendosos y con risas y carcajadas, procurando
inspirarles amistad, cuando la oportunidad se presenta, les prodiga favores a base de
múltiples promesas.

Ofrece su intervención, ante ellos, a los abogados que patrocinan los negocios judiciales de
los que pretende obtener alguna ganancia económica. Se finge "influyente" en base a la
amistad que dice le brindan los funcionarios judiciales. Es tenaz en inspirar simpatía. Todas
estas actitudes las asume para reemplazar su falta de capacidad de litigante, lo que le impide
ser el patrono, por sí mismo, delos asuntos en que interviene colateralmente, ya que tiene la
cautela de no asumir directa y personalmente la responsabilidad profesional en ellos. Sus
relaciones con el personal de los juzgados y tribunales le permiten expeditar la tramitación de
los negocios que ante ellos se ventilan, por lo que puede ser un hábil gestor judicial cuyo
éxito depende de sus relaciones amistosas.

44
En atención a éstas los abogados patronos de las partes le solicitan su injerencia y
colaboración extra judicium en el asunto de que se trate y para demostrarles su "influencia"
sobre jueces y magistrados, se ufana en su presencia del "tuteo" y efusiva familiaridad con
que suele saludarlos, arrostrando el riesgo, sin embargo, de no poderles explicar las
cuestiones jurídicas fundamentales del negocio, precisamente por desconocerlo en su
esencia. Rehuye, por incapacidad de redacción, la formulación de los "memoranda"
pertinentes para explicar dichas cuestiones y cuando, como se dice vulgarmente, "se le atora
la carreta", acude al abogado patrono con el que colabora para que éste las trate
personalmente con el funcionario judicial que vaya a resolver la controversia. No tiene bufete
propio, pues coopera como gestor con distintos abogados simultáneamente y bajo cuyas
directrices jurídicas actúa. Su actividad en sí misma no es censurable porque es lícita.

Lo que es vituperable es que se exhiba como abogado sin comportarse como tal, actitud que
entraña, según se ha dicho, una simulación, o sea, una ficción o apariencia. Tratándose del
magíster juris la simulación no versa sobre la actividad respectiva sino sobre su calidad. A
diferencia del simulador de abogado, el profesor de Derecho sí actúa como tal, por lo que, en
relación a este tipo de jurista, la ficción se contrae a la categoría de su comportamiento. Así,
el mal profesor es un simulador de buen profesor y está muy alejado de la excelencia
académica. No estudia ni actualiza sus escasos conocimientos. No es tampoco,
evidentemente, un jurisprudente. Apenas conoce medianamente la disciplina que imparte sin
tener cultura jurídica y menos general, las cuales son indispensables -para el maestro
calificado. Por esta causa, su exposición es cansina, repetitiva y ayuna de sistematización.

Como está muy lejos de ser brillante y ameno, suele dictar algunas ideas a sus alumnos
leyéndolas de apuntes en que aborda con someridad temas fragmentarios de libros de texto
o de consulta de los que lógicamente no es autor. Si su labor docente es muy defectuosa, su
actividad de investigación es nula. No tiene obra escrita. Su opacidad y mediocridad
docentes no justifican estas omisiones, que maestros brillantes e insignes compensan con
sus magníficas cátedras orales. La poquedad de sus conocimientos lo convierte en temeroso
ante sus alumnos y otros profesores. Es un plagiario de ideas ajenas, pues carece de
creatividad. Rehuye el diálogo y, sobre todo, la discusión, y cuando llega a incursionar en
ella, impulsado por su vanidad, comete graves dislates que se ponen de manifiesto en los
exámenes profesionales. La egolatría que lo afecta ofusca su entendimiento y sin fundar sus
aseveraciones en razón jurídica alguna, porfía neciamente en sus puntos de vista.

Suele carecer de honestidad intelectual al no reconocer sus errores, que pasan como
"verdades" ante la credulidad de sus alumnos. La cátedra no le interesa en sí misma, puesto
que no se perfecciona en ella, sino se inclina a la ostentación de su condición magisterial que
lo llena de arrogancia frente a quienes desconocen su pobreza cultural. No tiene la vocación
que debe sentir todo buen maestro por su cátedra, en virtud de que accede a ella por
favoritismo, por apoyos sólidos o por lenidad de quienes le brindan la oportunidad de
ocuparla. Su designación originaria proviene de la improvisación y aunque se consolide con
el tiempo o mediante un examen de oposición, no por esta circunstancia e! nombrado
alcanza necesariamente la excelencia académica, que exige esfuerzo, estudio, vocación y
dedicación constantes y ampliación de conocimientos. Por otra parte, aunque el maestro de
Derecho sea un portento de cultura y un brillante expositor, su calidad desmerece si no
cumple sus deberes docentes con asiduidad, si es faltista, si permite que sus adjuntos o

45
auxiliares lo sustituyan frecuentemente, si percibe una retribución que no devenga, si
posterga su asistencia a clases por compromisos no ineludibles, o si evade el diálogo con
sus alumnos para no arriesgarse a perder una determinada posición político-burocrática,
temor éste que le impide ser veraz. Por consiguiente, si a pesar de estos defectos y de sus
exiguos conocimientos en Derecho o, al menos, en la disciplina que imparte, se hiperboliza,
será un simulador del elevado rango que entraña el auténtico magister juris, ya que no educa
sino se contrae a formular meras explicaciones repetitivas de la ley sin abordar temas
históricos, jurisprudenciales y doctrinarios relacionados con ella, en atención a que su
desconocimiento lo incapacita para tratarlos.

Da la impresión de un globo: en la medida que más se hincha, más riesgo corre de


desinflarse por reventamiento propio o por algún "pin- chazo intelectual". Su mediocridad,
derivada de la ausencia de valía personal, lo convierte en arrogante de oropel y, a veces, es
envidioso. Su ineptitud para investigar el Derecho no le permite ni siquiera escribir un
opúsculo, folleto o artículo periodístico. Intelectualmente "vive de prestado", como diría el
vulgo, sin adherirse permanentemente a ningún mutuante de ideas determinado, pues
acostumbra sustituirlo por otro según le convenga, Es eco y no voz, como afirma José
Ingenieros, porque en sus clases repite lo que otros han dicho sin citar su pensamiento. Más
que maestro es un profesor nominal menos que mediano. La situación del simulador judicial
es análoga a la del simulador docente. La simulación en este caso no implica que finja la
actividad que desarrolla como juez, magistrado o ministro, sino, lo que es peor, involucra una
mancha con variada gama de defectos y vicios.

El funcionario judicial que simula o es un ignorante del Derecho o un inmoral, denotando su


actuación un grave peligro social. Por "ignorancia juris" y a falta de un sentido de justicia,
comete muchos desmanes que avergonzarían a la diosa Themis. Si obra de "buena fe", que
disfraza su estolidez, se convierte en un "firmón" de los proyectos que le presentan sus
secretarios, cuyo sentido muchas veces no entiende. Generalmente no intenta salir de esta
lastimosa posición, ya que le falta vocación judicial, impulsora del estudio del Derecho. Si
permanece en el cargo que ocupa es por causa de conveniencia económica en atención al
sueldo que perciba y a otras prestaciones numismáticas y materiales que recibe de la
generosidad del erario público para mantenerlo tranquilo y domeñado en situación de
indignidad. Por su ignorancia o interés personal no sirve a la Justicia ni al Derecho. Se pliega
a las consignas de políticos o las imagina atenazado por su cobardía que excluye de su
personalidad todo valor civil, vicio éste que lo convierte en obsecuente hacia el poderoso y
en déspota ante el humilde, o sea, en rastrero, es decir, vil y despreciable.

Si sus funciones son de control constitucional desciende a la triste situación de convalidador


de leyes y actos de autoridad que vulneran el orden constitucional y legal. Su actitud provoca
la desconfianza y el desprecio de la sociedad, cuando no alarma y zozobra, pues su
asunción es la negación del estado de Derecho y un impacto contra el régimen democrático.
Su corrupción se redondea con la venalidad que lo sitúa en la indignante condición de
mercader. Un juez simulador, esto es, un pésimo juez, entraña un ser de mayor peligrosidad
social que el más draconiano de los gobernantes a quienes sirve de lacayo para "legalizar"
sus desmanes, aberraciones e injusticias. Sobran los epítetos para calificar al simulador
judicial. En su mediocre pero nociva personalidad concurren vicios como el desconocimiento
del Derecho, la cobardía, la indignidad, la prepotencia y la proclividad adulatoria, que lo

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exhiben ante la opinión pública como un perverso personaje acuciado por la ambición
económica y abrumado por el temor de perder el cargo que deshonra con su conducta
antijurídica y antisocial. Una de las más lacerantes maldiciones que se pueden lanzar al
hombre es la de "entre jueces simuladores te veas".

EPÍLOGO
"Experientia cognitionis fons est" reza un proverbio perfectamente aplicable para justificar el
contenido de las semblanzas que he expuesto en este breve ensayo. Mi permanente
contacto con los hombres de Derecho durante más de medio siglo, desde que era estudiante,
me ha permitido analizar la personalidad del jurista en lo que concierne a sus diversos tipos.
Admiré a los maestros de quienes fui discípulo, directo o indirecto, a propósito de sus
lecciones, conferencias, discursos y obra escrita. En sus enseñanzas comencé a abrevar en
la fuente de la ciencia del Derecho a través de sus distintas ramas. Sus ideas, a pesar del
tiempo transcurrido, siguen para mí vigentes con la luminosidad con que las expresaron y
que otrora las escuché de sus labios y las leí y sigo leyendo en sus libros, monografías y
tratados. Aprendí de ellos lo que debe ser el jurisprudente y en mi conciencia se mostraron
ejemplarmente como modelo de hombres sabios y buenos.

Durante mi luenga vida de abogado, que abarca casi la mitad de una centuria, traté
frecuentemente a eminentes postulantes y a jueces respetables por su sabiduría, moralidad y
valor civil. Como profesor de nuestra querida Facultad de Derecho, desde que se llamaba
Escuela Nacional de Jurisprudencia, y a partir del primero de junio de 1947, he convivido con
distinguidos preceptores de la ciencia jurídica, unos anteriores a mí, otros contemporáneos y
la mayoría con menos antigüedad que la mía. Tan diversificadas pero permanentes
relaciones con maestros, abogados y jueces constituyen la base empírica de la descripción
de los tipos ideales de jurista que he formulado someramente en este opúsculo.

De dichos juristas recogí las notas características que los peculiarizan, sin haber descuidado
la consulta de las diferentes obras que señalo en esta pequeña monografía, y cuyos autores
me han servido de guía intelectual para elaborar las semblanzas respectivas, conjunté, en la
modesta empresa que he realizado, la propia experiencia analítica y el pensamiento de los
insignes jurisprudentes y filósofos que cito.

Me cabe la satisfacción, como mexicano, de haber constatado la existencia pretérita y


presente de jurisconsultos, abogados, maestros y jueces que representan los distintos tipos
de juristas que he delineado y que forman una pléyade de hombres sabios y buenos que
pueden rivalizar con los más conspicuos exponentes de Derecho extranjeros. A la memoria
de quienes han abandonado este mundo terrenal a causa del hecho fatal de la muerte, rindo
mi respetuoso homenaje de admiración, y a los juristas que aún viven les testimonio mi
elevada consideración intelectual, ética y cívica. Unos y otros son rutilantes ejemplos para la
juventud estudiosa que ha escogido el iter juris.

Por otra parte, mi experiencia dentro del campo jurídico desafortunadamente me ha advertido
la presencia y actuación de simuladores en cada uno de los tipos de jurista que he expuesto.
Tengo de ellos conocimiento de su personalidad en virtud de que los he tratado y sigo
tratando en las diferentes esferas de su comportamiento.

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Por razones obvias me abstengo de dar sus nombres. En el análisis permanente de su
conducta, reacciones y temperamento he apoyado mis observaciones psicológicas mediante
la utilización del método inductivo. Mi vinculación estrecha con el campo de la abogacía, la
judicatura y la maestría, me ha hecho conocerlos con la mayor objetividad e imparcialidad
posibles. La imagen negativa que representan la he intentado retratar con la fidelidad que me
ha sido dable, guiado por el único propósito de que, si aún disponen de tiempo, se empeñen
en convertirse en juristas. Hago votos porque tal propósito se realice para que puedan
encarnar algún día al "homo juridicus" en beneficio de la sociedad mexicana del Derecho y
de la Justicia. Ojalá no siembre en el mar ni predique en el desierto.

Ignacio Burgoa Orihuela.

19º edición
Primera reimpresión
EDITORIAL PORRÚA
AY. REPÚBLICA ARGENTINA 15
MÉXICO, 2010 Primera edición, 1988

Queda hecho el depósito que marca la ley


Derechos reservados
ISBN 971J-{)7-7173-3
IMPRESO EN MÉXICO
PRlNTED IN MEXICO

48
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RAMOS, SAMUEL, El Perfil del Hombre y la Cultura en México.
RECASÉNS SICHES, LUIS, Filosofía del Derecho.
RODÓ, JOSÉ ENRIQUE, Ariel.
SIETE PARTIDAS.
VALBUENA, Diccionario Latino-Español.

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ÍNDICE

Presentación .......................................………………………………………………………………3

Capítulo Primero

Necesidad del Derecho como orden normativo de la sociedad y del Estado.…………………..4

Capítulo Segundo

Semblanza del Jurista.....................………………………………………………………………….6

Capítulo Tercero

LA CULTURA JURÍDICA ....................……………………………………………………………..11


El Derecho como ciencia ...................……………………………………………………………...11
El Derecho como arte ......................……………………………………………………………….13
El Derecho como moral .....................……………………………………………………………...14
El Derecho como fenómeno social .....…………………………………………………………….16
Resumen conclusivo ........................………………………………………………………………16

Capítulo Cuarto

TIPOLOGÍA DEL JURISTA ...........…………………………………………………………………17


El Jurisconsulto .............................………………………………………………………………...17
El Abogado ................................……………………………………………………………………21
El maestro de Derecho (magíster juris) ........……………………………………………………..28
El Juez ....................................……………………………………………………………………...33
Observación final ...........................………………………………………………………………...41

Capítulo Quinto

EL SIMULADOR DEL DERECHO…………………………………………………………………..41


a) Consideraciones generales ...........……………………………………………………………..41
b) El simulador como espécimen contrario al jurista……………………………………………..43

Epílogo..........................................………………………………………………………………….47

Bibliografía…………………………………………………………………………………………….49

Indice…………………………………………………………………………………………………..50

Esta obra se acabó de componer, imprimir y encuadernar el 5 de agosto de 2010, en los talleres de
Castellanos Impresión, S.A de C.V Ganaderos 149, col. Granjas Esmeralda, 09810, Iztapalapa,
México, D.F.

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