La Cosa Nov
La Cosa Nov
LA COSA
La Cosa
Una novela de Alan Dean Foster
Basada en un guion de Bill Lancaster
Basado en la historia «¿Quién Hay Ahí?» de John W. Campbell, jr.
Título original: The Thing
Autor: Alan Dean Foster
Basada en un guion de Bill Lancaster
Basado en la historia «¿Quién Hay Ahí?» de John W. Campbell, jr.
Publicación del original: 1981
Traducción: mepesalalg
Revisión: ...
Maquetación: Bodo-Baas
Versión 1.0
21.05.24
Base LSW v2.23
La Cosa
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Alan Dean Foster
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La Cosa
1
El peor desierto en la Tierra nunca se calienta. No alardea de imponentes dunas de
arena como el Sáhara, ni de millas y millas de grava estéril como el Gobi. Los vientos
que atormentan esta tierra vacía hacen que aquellos que barren el Rub al-Jali parezcan
brisas primaverales.
Aquí no hay serpientes ni lagartos venenosos porque no hay nada que envenenar.
Un lobo soltero no podría ganarse la vida en las pendientes de su Macizo Vinson.
Hasta los insectos rehúyen el lugar. Las aves que llevan a duras penas una vida
precaria a lo largo de sus costas prefieren nadar que volar, buscando sustento del mar
más que de una tierra hostil. Aquí viven focas que se alimentan de otras focas, y kril
microscópico que mantiene a los mamíferos más grandes del mundo. Pero se
necesitan acres para mantener a un solo bicho.
Una montaña llamada Erebus se alza disimulada en hielo permanente, pero arde
con los fuegos del infierno. En otros sitios la misma tierra yace aplastada bajo el hielo
sólido de hasta tres millas de grosor. En este yermo congelado, este esqueleto
destripado de continente diferente a cualquier otro, sólo una criatura tiene una
posibilidad de sobrevivir a través de los vientos. Su nombre es humano y, como la
araña de agua, está forzado a llevar su sustento a la espalda.
A veces el humano importa otras cosas a la Antártida, junto con su calor, comida
y refugio, que no tendrían un impacto inmediato en un observador imparcial. Algunas
son benignas, como el deseo de estudiar y aprender, que lo lleva aquí abajo, a este
yermo vacío, en primer lugar. Otras pueden ser más personales y peligrosas. Paranoia,
miedo a espacios abiertos, soledad extrema; todas esas cosas pueden enganchar viajes
gratuitos y molestos en las mentes de los científicos y técnicos más estables.
Normalmente estas sensaciones quedan ocultas, encerradas tras la necesidad de
concentrarse en sobrevivir a vientos de cien millas por hora y temperaturas de ochenta
bajo cero1.
Se necesita un conjunto extraordinario de circunstancias para transformar la
paranoia en un instrumento necesario para la supervivencia.
Cuando el viento sopla fuerte a través de la superficie de la Antártida, el universo
se reduce a elementos más simples. Cielo, tierra, horizonte, todos dejan de existir. Las
diferencias mueren mientras el mundo se funde en una tempestuosa crema
homogénea.
De esa confusa blancura arremolinada vino un sonido; el zumbido errático de una
abeja gigante. Cortó el quejido insistente del viento y estaba cerca del suelo.
El piloto soltó un juramento indescifrable mientras luchaba con los controles. El
helicóptero se esforzaba por ganar altitud. Bigotes bordeaban las mejillas y la barbilla
del hombre. Sus ojos estaban inyectados en sangre y eran salvajes.
No debería haber estado caminando, mucho menos guiando un navío obstinado
por un viento desenfrenado. Algo invisible le estaba obligando, lo estaba empujando.
Un horror reciente. Anulaba el sentido común y el pensamiento racional. No había
1
-80ºF=-62ºC (N. del T.)
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ninguna luz de la razón en los ojos del piloto. Sólo asesinato. Asesinato y
desesperación.
Su compañero era más grande, tendiendo a gordo. Normalmente vivía al alcance
de un microscopio de cristal fino y componía largas disertaciones sobre la naturaleza
de criaturas demasiado pequeñas para ser vistas por el ojo desnudo.
Pero ahora no estaba cazando microbios. Su comportamiento era cualquier cosa
menos sereno. No hubo nada de objetividad científica en su voz cuando gritó
direcciones al piloto mientras miraba por un abollado par de binoculares Zeiss. Sobre
sus muslos descansaba un rifle de caza de alta potencia; el amplificador de 4
aumentos montado en él, una parodia tosca de los elegantes instrumentos con los que
trabajaba normalmente.
Bajó las lentes y entrecerró los ojos en la nieve que soplaba, después abrió de una
patada la puerta del helicóptero y colocó la abrazadera de contención para mantenerla
abierta. El piloto gruñó algo y su compañero respondió levantando el rifle. Lo
comprobó para asegurarse de que había un proyectil descansando en la cámara. Los
dos hombres discutieron furiosamente, como niños peleando por un juguete. Pero no
había ninguna nota de juego en sus voces, ninguna inocencia en sus ojos.
El viento atrapó la máquina, lanzándola de lado por el cielo. El piloto maldijo el
tiempo y se esforzó por devolver a su nave el equilibrio.
Por delante y abajo, un perro se volvió para gruñir al helicóptero perseguidor. Era
una mezcla de husky y malamute, pero aún parecía fuera de lugar en esa fría
superficie blanca, como cualquier mamífero. Se giró y saltó hacia delante justo
cuando un proyectil explotaba en sus talones. El sonido del disparo fue engullido
rápidamente por el constante viento indiferente.
El helicóptero se sumergió locamente en el remolino de aire salvaje. Continuó
volando demasiado cerca del suelo. Un inspector habría recomendado la anulación de
la licencia de su piloto al instante. Al piloto no le importaba un comino lo que pudiese
pensar alguien que observase. Ya no le importaban cosas como las licencias, ahora su
única preocupación en la vida era el asesinato.
Un segundo disparo salió desviado y no alcanzó nada salvo el cielo. El piloto
golpeó un puño contra el hombro de su amigo y pidió mejor puntería.
Jadeando pesadamente, el perro coronó una cuesta helada. Se encontró encarando
un afloramiento extraño. El letrero había sido batido por el clima pero todavía estaba
en pie, con su base incrustada en hielo tan sólido como la piedra. Se movía sólo
levemente en el viento. Se leía:
FUNDACIÓN NACIONAL DE CIENCIA—PUESTO AVANZADO Nº31
ESTACIONES UNIDAS DE AMÉRICA
Un estallido del rifle falló por igual al letrero y al perro. El animal se calmó y bajó
galopando la pendiente opuesta, medio corriendo, medio cayendo por la nieve
resbaladiza y las partículas de hielo compactadas.
El escueto edificio rectangular de metal estaba casi oculto más allá de la nieve
cambiante, un cadáver estructural sujeto a enterramiento invernal y exhumación
veraniega regulares. No lejos, su alta torre se clavaba valientemente en el viento, con
múltiples alambres de retención manteniendo el inevitable balanceo en un mínimo. De
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viaje había cometido el error de salir solo a finales de otoño, sólo para ver su globo
volar graciosamente hacia el cielo con su paquete de instrumentos todavía en el suelo.
A veinte yardas de ellos, un hombre mucho más grande estaba agachado sobre una
moto de nieve. Había apartado su lona protectora y usado un pico de plástico especial
para desconchar hielo de sus flancos. Esto era necesario para acceder a las entrañas de
la máquina, que tenían una revisión atrasada.
Childs no había sido un tipo de compromisos largos, aunque todavía sabía cómo
disfrutar como un joven. Le encantaban tres cosas: la maquinaria, los grupos de
cantantes que bailaban tanto como cantaban (y a veces mejor), y una mujer lejos.
Había crecido en Detroit, así que la Antártida no le parecía tan fría y desolada como a
la mayoría de los demás.
Un ruido familiar pero inesperado, un zumbido distante, le hizo volverse y mirar
con curiosidad a su izquierda. El borde de piel que forraba la capucha de su chaqueta
cosquilleó en su boca y le hizo escupir. El esputo se congeló al instante.
Norris levantó la vista de su reloj y miró con curiosidad en la misma dirección.
También lo hizo Bennings, con el globo meteorológico momentáneamente olvidado.
Un quejido ruidoso venía rápidamente hacia ellos. Frunció el ceño, haciendo que el
hielo en su barba se agrietase.
De la malla distante de partículas de hielo racheadas salió un helicóptero. No
debería haber estado fuera en esa clase de clima. Ciertamente no tenía asuntos cerca
del puesto avanzado, donde la compañía aérea no se esperaba hasta meses después.
Una vez bajó tanto que los patines de aterrizaje golpearon nieve de la cresta de la
pequeña colina que apenas superó.
Un hombre se inclinaba fuera del lado derecho de la cabina transparente,
aparentemente sin pensar en su propia seguridad mientras la nave caía en picado y se
balanceaba en el viento que apretaba. Le estaba disparando con un rifle a un pequeño
objeto que corría. Un perro.
Norris miró a su derecha, y encontró a Childs devolviéndole incrédulo la mirada.
Ningún hombre dijo nada. No había palabras capaces de explicar la locura que venía
hacia ellos, ni tiempo para expresarlas si las hubiese.
El quejumbroso motor del helicóptero empezó a calmarse cuando su piloto oculto
lo acercó para un aterrizaje. Iba demasiado deprisa. Los esquís botaron una vez en el
duro hielo, con la fuerza del impacto doblando ambos. Botó hacia delante otra vez,
espantando al perro que corría, esquivaba y cortó bruscamente a su derecha para
evitar el metal que caía.
Un tercer bote y pareció que la nave se pararía a salvo, pero el viento la atrapó,
desviándola peligrosamente de lado. Dio la vuelta sobre el costado. Norris, Bennings
y Childs saltaron todos a cubierto, intentando enterrarse en la nieve cuando los rotores
se rompieron como mondadientes. Los fragmentos de hoja de acero atravesaron el
aire silbando en direcciones aleatorias como armas lanzadas por algún experto en
artes marciales chino enloquecido. Uno zumbó peligrosamente cerca de la cabeza de
Norris, llegando a una yarda de decapitarlo.
El hombre del rifle se las arregló para saltar y ponerse de pie. Sangraba por la
frente y cojeaba de una pierna mientras intentaba apuntar el rifle.
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La Cosa
Tras él, un calor repentino invadió temporalmente el reino del frío cuando los
tanques de combustible se rompieron y el helicóptero vomitó una bola de fuego al
viento. Por encima, un globo rojo ya olvidado volaba hacia la barrera de hielo de
Ross.
Norris y Bennings se levantaron cautelosamente, y después empezaron a ir hacia
las ruinas llameantes del helicóptero.
Menos de una docena de hombres permanecían dentro del complejo. Algunos
habían estado jugando a las cartas. Otros estaban controlando sus respectivos
instrumentos, preparando la comida o relajándose en sus cubículos de dormir. El
sonido del helicóptero explotando destrozó la rutina diaria.
El perro alcanzó a Norris y Bennings mientras se esforzaban a través de la nieve
hacia las ruinas que todavía ardían. Al mismo tiempo, el único superviviente del
helicóptero los vio y bramó algo en una lengua extraña. Estaba recargando el arma
mientras desvariaba.
Los dos científicos intercambiaron una mirada.
—¿Reconoces alguna marca? —gritó Norris por encima del viento.
Bennings sacudió la cabeza, y chilló hacia el superviviente sangrante.
—¡Ey! ¿Qué ha pasado? ¿Qué hay de tu amigo? —gesticuló hacia la nave en
llamas.
No mostrando ninguna señal de comprensión, el hombre del rifle se agitó
airadamente hacia ellos. Gritaba continuamente. La sangre empezaba a congelarse en
su cara, bloqueando un ojo.
Norris se paró. El perro se levantó sobre sus patas traseras, tocando a Bennings y
lamiéndole la mano. Se quejaba, sonando confundido y asustado.
—Dime, chico —empezó el meteorólogo—, ¿qué pasa? ¿Tu amo está…?
El hombre del helicóptero levantó el rifle de caza y les disparó.
Bennings trastabilló hacia atrás conmocionado, el husky cayendo en un montón
con él. Norris se quedó tan helado como la tierra bajo sus botas, boquiabierto por el
loco que se acercaba.
—¿Qué co…?
El arma rugió una segunda vez. El hombre venía tropezando hacia ellos,
intentando apuntar y chillando incomprensiblemente. Veía, pero no claramente. La
sangre continuaba colándose en sus ojos. Sangre, y algo más.
Hielo y nieve volaron hacia el cielo cuando una bala tras otra golpeó el suelo
alrededor de los dos aturdidos científicos. Otra pegó húmedamente en la cadera del
perro, haciéndole girar. Gañó de dolor.
Childs miraba este cuadro barrido por el viento con incredulidad hasta que el arma
pareció desviarse en su dirección. Entonces saltó detrás de la masa ocultadora de la
moto de nieve.
Un cuarto tiro hirió a Bennings. Todavía boquiabierto tontamente por su asaltante
enloquecido, cayó sobre un costado. Maldiciendo, Norris se agachó y puso ambas
manos en los hombros del anorak de su amigo y empezó a arrastrarlo hacia el edificio
principal. Dejando sangre atrás, el perro luchó por gatear junto a ellos.
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El extraño ya estaba muy cerca. La boca de su rifle parecía tan grande como un
túnel ferroviario. Pero hubo una tregua súbita en el tiroteo.
Delirando constantemente para sí mismo, el hombre se detuvo y se esforzó
frenéticamente por recargar su arma. Caían casquillos del bolsillo de su chaqueta a la
nieve. Él cayó sobre ellos, escarbando en el polvo blanco y empujándolos en la
recámara uno a uno.
Una confusión total reinaba dentro del complejo. Sus habitantes estaban
acostumbrados a enfrentarse a vientos huracanados y frío abisal, con cortes de energía
y raciones escasas. No estaban preparados para tratar con un asesino.
Varios de los hombres empezaron a ponerse ropa de exteriores: anoraks, chalecos
bajos, guantes aislantes. Su único plan era salir y ayudar a Norris y Bennings.
Algunos, hipnotizados por el drama que tenía lugar fuera en el hielo, simplemente
miraron a través de ventanas empañadas, como viendo con mirada vacía uno de los
varios equipos de televisión del campamento.
Desde la sala de recreo llegó el sonido del destrozo de cristal triple. Se necesitaron
varios golpes de la culata del arma para romper los gruesos vidrios aislantes. Entonces
la boca del 44 apuntó a través del hueco repentino, estabilizada por dos manos.
Fuera, el intruso estaba alcanzando a Norris y Bennings. Habiendo logrado
finalmente recargar el rifle, su dueño lo levantó y apuntó tembloroso. Sonó un tiro,
ligeramente más grave que cualquiera que hubiese ido antes. La cabeza del hombre se
sacudió hacia atrás, con el rifle disparando a una nube. Cayó de rodillas, y después
boca abajo en la nieve.
Norris detuvo su retroceso desesperado, con el pecho martilleando. Soltó la
chaqueta de Bennings. El meteorólogo se agarró la herida y miró con fascinación a su
asaltante súbitamente inmóvil. El perro herido yacía cerca, llorando de dolor. A través
de la blancura velada, Childs se levantó cautelosamente para mirar por encima de la
parte superior de la moto de nieve.
Una vez más, el único sonido que podía oírse era el lamento del viento constante.
Dentro de la sala de recreo, el retumbo de voces confusas había cesado. Los
hombres que habían estado en el proceso de ponerse los anoraks dejaron de cerrar
botones de chasquido y de luchar con cremalleras. Cada ojo había cambiado de la
escena de fuera al jefe de la estación. Garry abrió el cilindro de la magnum y extrajo
en único casquillo gastado, después lo volvió a cerrar bien, puso el seguro y deslizó el
arma de vuelta en la funda que colgaba de su cinturón.
El jefe de la estación se dio cuenta de que era el nuevo foco de atención. Ex-
militar, llevaba el arma más por hábito que por necesidad. A veces un viejo hábito
resultaba útil.
—Dejad de boquear. Fuchs, Palmer, Clark… —hizo un ademán hacia el exterior
con la cabeza—. Ya estáis medio vestidos. Haced algo útil. Salid ahí fuera y apagad
ese fuego.
—¿Por qué molestarse? —Palmer siempre era discutidor. Se apartó el largo pelo
rubio de la cara—. Ahí fuera no hay nada más que quemar. He visto suficientes
accidentes para saber que ese piloto no tenía una posibilidad en el infierno.
LSW 12
La Cosa
—Hacedlo —el tono de Garry era seco—. Quizá encontremos algo útil en las
ruinas.
—¿Como qué? —preguntó beligerante Palmer.
—Como una explicación. ¡Ahora moveos! —volvió su atención al hombre más
joven en la sala—. Sanders, mira si puedes encontrar un cristal de repuesto para la
ventana.
—Eso es trabajo de Childs —llegó la rápida respuesta—. Yo llevo las
comunicaciones, no las reparaciones.
—Childs está ahí fuera. Herido, quizá.
—Mierda del toro2 —gruñó Sanders, pero salió de la habitación para cumplir la
orden.
La máquina quitanieves sojuzgó rápidamente las llamas, pero no encontraron
explicaciones en la cabina chamuscada del helicóptero, ni tampoco mucho del piloto.
La atención de los hombres se dirigió más de vuelta hacia el complejo y la lectura
digital exterior, que proporcionaba un reporte constante de la temperatura y el factor
de sensación térmica.
En la sala de recreo, el resto de los hombres estaba reunido alrededor del cuerpo
del loco que había esgrimido el rifle indiscriminado. Había un agujero limpio en el
centro de su frente. Uno o dos de los hombres murmuraron en silencio que Garry
podría haber apuntado a algo menos letal. Bennings y Norris no habrían pensado
mucho en tales quejas.
Garry estaba repasando los bolsillos del hombre, por debajo de los gruesos monos
de invierno. Sacó una cartera negra abollada que contenía fotos de una mujer rodeada
por tres niños sonrientes, de una casa, algo de dinero doblado, un par de tarjetas de
crédito peculiares, otra parafernalia personal (alguna de la cual era reconocible y
alguna de la cual no), y lo más importante, una tarjeta de identificación de aspecto
oficial.
Garry la examinó.
—Noruego —anunció lacónicamente—. Su nombre es Jan Bolen. No me
preguntéis cómo se pronuncia.
Fuchs estaba junto al gran mapa en relieve de la Antártida que dominaba la pared
opuesta. Era el miembro más joven del equipo, excepto por Clark y Sanders. Sanders
llevaba las telecomunicaciones y Clark llevaba los perros, pero a veces Fuchs se
sentía inferior a ambos a pesar de todo su aprendizaje avanzado. Ese país era más
amable con hombres semejantes que con biólogos ayudantes sensibles.
El cuerpo yacía sobre un par de mesas de cartas que habían sido juntadas
precipitadamente. Fuchs era el único cuya atención estaba en otra cosa.
—Sanae está al otro lado del continente —le dijo al jefe de la estación—. No
podrían haber volado todo el camino desde allí en ese helicóptero. Pero tienen una
base cerca. Reciente disposición, si recuerdo correctamente el boletín.
—¿A qué distancia está? —preguntó Garry.
Fuchs examinó el mapa, usando el pulgar para medir contra la escala.
—Diría que a unos ochenta kilómetros al sudoeste.
2
En español en el original (N. del T.)
LSW 13
Alan Dean Foster
****
A todo el mundo le caía bien Copper. El médico parecía muy fuera de lugar en la
estación, con su sonrisa paternal siempre presente y su acento del Medio Oeste. No
pertenecía allí, sirviendo a los hombres que estudiaban un Hades congelado.
Pertenecía a algún lugar de Indiana, tratando a chiquillas del sarampión y a chicos de
arañazos causados por caer de las vallas. Debería estar posando para una pintura del
tipo de Norman Rockwell3 para adornar algún periódico de clase media.
En su lugar, ejercía su profesión en el trasero de la Tierra. Se había ofrecido
voluntario para el puesto, porque debajo de ese exterior del Dr. Gillespie acechaba el
corazón de un hombre ligeramente aventurero. Los demás se alegraban de que
estuviese.
En ese momento estaba trabajando en la pierna extendida de Bennings. En un
rincón de la enfermería, Clark, el entrenador de animales, estaba remendando la
cadera del husky herido. La única instalación tenía que servir a las necesidades
médicas tanto de perros como de hombres. Ninguno se tomaba mal la presencia del
otro, y a menudo Clark y Copper se ayudaban mutuamente durante procedimientos
3
Norman Percevel Rockwell (1894-1978), pintor e ilustrador estadounidense muy popular por su reflejo
de la cultura del país (N. del T.)
LSW 14
La Cosa
más complicados. A los hombres no les importaba, siempre que las medicaciones no
se mezclasen.
El meteorólogo soltó un «au» cuando el doctor movió la aguja. Copper le echó
una mirada reprobadora.
—No me hagas «au», Bennings. Al menos sé tan valiente como el perro. Dos
asquerosos puntos. La bala sólo te ha rozado. Apenas ha roto tu preciosa piel.
—Sí, bueno, no se sentía como eso. —La aguja se movió una última vez y
Bennings hizo una mueca melodramática.
Copper ató los puntos y ayudó al agitado Bennings a bajar las piernas de la mesa.
El meteorólogo todavía temblaba, y no por los efectos de la herida.
—Jesús, ¿qué demonios estaban haciendo? —masculló—. Volar tan bajo, en esta
clase de tiempo. Disparando al perro… a nosotros… —sacudió la cabeza lentamente,
incapaz de encontrar sentido en la locura que se había entrometido en un día por lo
demás perfectamente normal.
Copper se encogió de hombros, incapaz de iluminar a su amigo. Volvió a poner la
aguja en el esterilizador y lo encendió. Zumbó suavemente.
—Conmoción demente, quizá.
—¿Es eso un diagnóstico médico?
—Gracioso. Me refiero al síndrome de la cabaña, algún tipo de discusión que
explotó fuera de toda proporción. Probablemente nunca averiguaremos exactamente
qué lo causó.
—Garry lo hará —Bennings sonó seguro—. Si lo conozco, averiguará qué
demonios está pasando o sabrá la razón. Dale eso al hombre. Es tenaz —bajó la
mirada a su pierna reparada, recordó mirar el cañón del rifle de caza, y añadió
silenciosamente—: También un disparo condenadamente bueno.
Un gañido agudo hizo que ambos hombres se girasen a mirar. Clark intentaba
confortar al animal herido, mientras miraba disculpándose a los otros.
—Aún estaré aquí un rato. La bala está bastante apretada. Preferiría sacarla con
cuidado y salvar la pata. Hacedme saber lo que averiguan, ¿vale?
Copper asintió, mientras ayudaba a Bennings a salir cojeando de la enfermería.
Tras ellos el perro seguía llorando de dolor mientras Clark acercaba más una luz y
continuaba buscando la bala.
****
Blair se apoyó contra la entrada de la sala de telecomunicaciones y se pasó una mano
por la frente desnuda. Polvo y sudor se desprendieron contra su palma. Uno siempre
estaba sucio en la estación, con las duchas restringidas a dos a la semana. Tenía
gracia, realmente. Uno pisaba el treinta por ciento de toda el agua dulce de la Tierra y
tenía que racionar sus duchas por los requisitos de energía.
Maldita interrupción, de todos modos. Tenía dos papeles que terminar más los
informes semanales regulares que rellenar, por no mencionar un par de experimentos
exteriores en curso que necesitaban comprobaciones constantes. Desde el recorte de
fondos había sido forzado a manejarse con sólo Fuchs para ayudar, aunque tanto
LSW 15
Alan Dean Foster
Bennings como Norris habían sido buenos intentando cooperar. Pero tenían su propio
trabajo que controlar.
Mordió el cigarrillo no encendido y miró mientras Sanders manipulaba diales y
botones. Siseaba estática desde un altavoz arriba. Blair había estado escuchándolo
subir y bajar durante diez minutos. La recepción débil nunca conseguía una bella
dama, pensó amargamente.
Finalmente Sanders se volvió hacia él, pareciendo aburrido.
—No hay nada que hacer. Aunque pudiese hablar noruego. Aunque conociese sus
malditas frecuencias.
—Bien, contacta con alguien —Blair estaba tan frustrado por el ataque como
todos los demás—. Con cualquiera. Prueba con McMurdo otra vez. Tenemos que
informar de este lío antes de que alguien más nos gane o seremos responsables de
tener un incidente internacional en nuestras manos. Y sabes lo que eso supondría.
Trabajo interrumpido mientras todo el mundo sale en comandita a rellenar
declaraciones y reportes personales.
—No me molestaría. —Sanders estaba un par de meses por encima de los
veintiuno. Nadie en la estación parecía saber cómo había obtenido su puesto, ni por
qué se había molestado.
Probablemente los anuncios habían hecho que sonase romántico. Seis meses lejos
de las vistas y sonidos (por no mencionar el calor) de Los Ángeles habían cambiado la
opinión del operador de telecomunicaciones, y no hacía ningún esfuerzo por ocultar
su infelicidad. Le contaría a todo el que se parase a escuchar cómo había sido
embaucado.
Pero estaba atascado con el trabajo por un año. Sin vino, sin mujeres y sin muchas
canciones. Ciertamente sin romance. La novia para impresionar a la cual había
aceptado el trabajo probablemente estaba yaciendo en la playa de Santa Mónica justo
entonces, bebiendo vino y protegiéndose en los brazos de otro.
El invierno venidero sería más duro para Sanders que para la mayoría de ellos.
—Prueba con McMurdo otra vez.
Sanders sonó disgustado.
—¿Con quién crees que he estado intentándolo? Mira, no he podido contactar una
mierda en dos semanas. Dudo si alguien está hablando con alguien más en todo el
continente. Deberías saber qué hace una tormenta como ésta a las comunicaciones.
Blair se alejó del hombre más joven y miró hacia la estrecha ventana alta en la
pared al otro lado del pasillo. Más allá del cristal húmedo no podía ver nada excepto
ráfagas de nieve. La mitad inferior de la ventana ya estaba enterrada. Otro mes la
cubriría completamente.
—Sí —murmuró resignadamente—, lo sé…
LSW 16
La Cosa
2
El retumbar era bajo y continuo, un sonido no muy diferente al viento que aullaba
fuera de la estación. Pero más suave. Venía de uno de los muchos pasillos que
conectaban las múltiples habitaciones y secciones de almacenaje del complejo.
Lentamente, se movió hacia la sala de recreo. Los oídos tomaron nota de su
aproximación, pero ninguno de los hombres reunidos allí se molestó en girarse hacia
ello. El ruido era bien conocido por todos ellos y no era causa de alarma.
Nauls patinó hasta detenerse llamativamente en una de las puertas y se abrazó a la
jamba. Sus piernas se movían alternativamente mientras se balanceaba sobre los
patines y miraba a los otros.
—Lo he oído —sus ojos se fijaron en el cuerpo que todavía yacía sobre las mesas
de cartas—. ¿Y qué significa?
—Nadie lo sabe aún —le dijo Fuchs—. ¿Tienes alguna idea?
—Claro —el cocinero sonrió al joven biólogo—. Quizá estemos en guerra con
Noruega.
Palmer no era mucho mayor que Nauls. Por fin tenía el control de su pelo.
Colgaba por su espalda en una sola caída, asegurado con una sola goma. Sonrió por el
chiste del cocinero mientras encendía un porro.
Una sonrisa rara, la de Palmer. Era otra cosa con la maquinaria y no un mal piloto,
pero de vez en cuando tenía un pequeño problema comunicándose con otros seres
humanos. Episodios de un pasado ligeramente radical (mayormente durante los
sesenta) surgían ocasionalmente para perseguirlo, tanto química como físicamente.
Inhaló con fuerza, volviendo la sonrisa a Garry. Los dos eran opuestos sociales,
pero se llevaban bien. En un lugar como la estación, uno tenía que llevarse bien.
Garry y Palmer lo hacían así porque ninguno se tomaba al otro demasiado en serio.
—Estaba preguntándome cuándo El Capitán4 iba a tener una oportunidad de usar
su juguete.
Garry lo reprendió con una mirada severa, y se volvió para encarar a Fuchs. El
biólogo todavía estaba examinando el gran mapa.
—¿Cuánto tiempo han estado estacionados ahí? Decías que no creías que
hubiesen estado instalados mucho tiempo.
Fuchs se apartó del mapa y empezó a rebuscar en una caja archivadora. Sacó una
carta del medio.
—Lo dice aquí, unas ocho semanas.
El Dr. Copper entró en la sala. Bennings estaba justo detrás de él, cojeando
bastante más de lo que la herida exigía.
Garry parecía dudoso.
—Relativamente recién llegados. Ocho semanas. Ése no es tiempo suficiente para
que los tíos se vuelvan locos.
—Y una mierda, encanto —Nauls pateó el suelo con los patines, haciendo girar
las ruedas—. Cinco minutos son suficientes aquí para poner a un hombre al límite, si
no tiene la cabeza amueblada cuando llega.
4
En español en el original (N. del T.)
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«Neveready Macready» en el original, juego de palabras intraducible (N. del T.)
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—Alfil a peón tres come torre a reina cinco rey a alfil dos mueve peón a peón seis
a peón siete a peón ocho a peón nueve a peón a peón a peónnizzzzfisssttt*ttt*…
McReady escuchó hasta que la algarabía paró, después se levantó y trastabilló
hacia la puerta, mascullándose disgustado a sí mismo.
—…Bastardo tramposo… maldita programación arrogante… mejor recuperar mi
dinero…
Con cuidado abrió la puerta. El calor racheó más allá de él, absorbido hacia el
Polo Sur. Norris pasó empujando, con una acometida de nieve siguiéndolo como una
rémora.
—¿Te la estabas pelando o sólo meabas? —gruñó el geofísico, dándose palmadas
a los lados—. ¿Por qué demonios no abrías?
McReady no dijo nada, pero hizo un ademán hacia el tablero aún humeante.
—¿Tenemos módulos de repuesto para estas cosas de ajedrez abajo en
suministros?
—¿Cómo diablos lo sabría? Ponte tu equipo.
El juego de ajedrez fue olvidado súbitamente. McReady observó a su visitante con
repentina suspicacia.
—¿Para qué?
—¿Para qué crees?
—Oh, no —empezó a apartarse de Norris—. De ninguna manera. Ni de broma.
Ah-ah…
—Garry dice…
—No me importa una mierda lo que diga Garry. —Fuera, el viento aullaba. A
McReady le sonaba hambriento.
****
Childs había sacado uno de los sopletes grandes y lo mantenía cerca de su cuerpo
mientras fundía hielo de los rotores y la cubierta del motor del helicóptero. De todos
los trabajos exteriores, deshelar maquinaria era una de las más gratas. Al menos
podías mantenerte descongelado junto con el equipo.
El viento aullaba a su alrededor mientras trabajaba. Miró hacia el cielo. A pesar de
las certezas de Bennings, no envidiaba a quien tuviese que levantar el helicóptero.
Nadie lo haría, a menos que Copper insistiese. Childs se sonrió. El viejo y rechoncho
Doc Copper normalmente se salía con la suya. Porque una vez proponía algo, ninguno
de los otros machos podía retirarse muy bien sin parecer tonto.
Devolvió su atención al helicóptero casi descongelado y cortó agua congelada de
su engranaje de aterrizaje.
El pequeño conjunto de hombres muy vestidos parecía un grupo de osos que
emigraban mientras se abrían camino por el estrecho pasillo que conducía hacia el
helipuerto. Ya empezaban a sudar, a pesar de la ropa interior térmica absorbente
especial. Las ropas que vestían estaban diseñadas para ser cómodas a setenta bajo
cero, no setenta sobre cero6.
6
-70ºF=-57ºC; 70ºF=21ºC (N. del T.)
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La Cosa
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Con un grueso vendaje acolchando en la cadera por donde había entrado la bala, el
husky trotó dentro de la sala. Vagabundeó felizmente entre las mesas y sillas,
cojeando sólo un poco de la pata dañada.
Esto es una condenada locura, pensó McReady cuando elevó el helicóptero sobre
una cresta de hielo. El motor protestó, pero sólo un segundo o dos. Algunas rocas en
lo alto de la cresta asomaban a través de la nieve. Calvas enterradas, reflexionó
McReady. Curioso cómo uno podía sentirse solitario por algo tan común como la
hierba. Sonrió levemente. Excepto por las importaciones de Palmer y Childs, por
supuesto.
La tempestad se había reducido considerablemente desde el despegue y tenía que
admitir que volar se había vuelto casi agradable. Empezaba a parecer que lo
conseguirían sin verdaderos problemas.
El calefactor de la cabina del helicóptero gemía ruidosamente. McReady lo tenía
puesto alto. Por lo que a él concernía, era la única configuración que poseía. Copper
estaba incómodamente acalorado, pero no dijo nada. Aguantaría el calor por mantener
al piloto contento.
McReady echó un vistazo al mapa de plástico colocado en el soporte de la
consola.
—Deberíamos de estar acercándonos, doc, si las coordenadas que nos dieron
Fuchs y Bennings son correctas.
—Esto no es el Ártico, Mac. Aquí abajo los campamentos no flotan por ahí en
témpanos de hielo. Estará donde se supone que tiene que estar —de repente señaló
abajo a través de la burbuja—. Ahí, ¿qué es eso?
El humo era visible directamente delante, y no venía de la chimenea de alguien.
Había una densa columna central y varios penachos secundarios más pequeños.
Demasiados. El viento hacía que el humo se rizase y bailase en la tarde antártica.
Pronto el sol desaparecería totalmente y la larga noche del Polo Sur se asentaría sobre
ellos.
McReady rodeó el campamento medio enterrado. De cerca el humo parecía
extraordinariamente denso, casi alquitranado. Ondulaba hacia el cielo desde fuentes
ocultas. No había señales de movimiento abajo. Sólo el viento se movía ahí.
—¿Algún lugar en especial, doc?
Copper se inclinaba a la derecha, mirando solemnemente a través de la burbuja.
—Escógelo tú, Mac. Por el aspecto de las cosas, no creo que importe mucho.
El viento relajado no le dio problemas a McReady mientras aterrizaba con cuidado
el helicóptero. Apagó el motor y cambió al precalentamiento para evitar que se helase.
Los rotores redujeron, con su quejido tranquilizador desvaneciéndose en un silencio,
mezclándose con el viento lastimero. McReady abrió la puerta de la cabina y salió. Su
primera mirada fue para el cielo. Mostraba un azul cobalto, excepto por nubes que se
movían deprisa. No había manera de decir cuánto iba a durar el respiro en el clima.
Tendrían que apresurarse.
Caminaron penosamente hacia el campamento. Un gran edificio prefabricado de
metal surgía directamente delante. Estaba lleno de agujeros abiertos que no eran parte
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La Cosa
del diseño original. McReady buscó, pero no pudo localizar una ventana intacta. El
cristal roto relucía como diamantes en la nieve.
El humo se elevaba desde la superficie. Como su propio campamento, la mayor
parte de éste debió ser apretado por debajo del hielo. Parecía que el mismo suelo
estaba en llamas.
Piezas individuales de equipo ardían con sus propios fuegos personales,
derritiendo su camino en el hielo y hacia su extinción final. Un ascua ardiente zumbó
cerca y ambos hombres se agacharon instintivamente, aunque el fuego allí era
normalmente una compañía bienvenida. Pero el condicionamiento es difícil de vencer.
Copper no decía nada, sólo miraba. Los pensamientos de McReady eran una
laguna asombrada. El sitio parecía Cartago tras la última Guerra Púnica.
Esto no era lo que habían esperado. No esa total devastación. McReady se giró y
volvió al helicóptero, y previsoramente se metió la llave de ignición en el bolsillo.
Finalmente localizaron la fuente del mayor fuego y también la razón para la
columna extraordinariamente densa de humo. Se elevaba desde lo que parecía ser una
pira funeraria improvisada. Libros, neumáticos, muebles, trozos de madera; cualquier
cosa que ardiese había sido amontonada fuera del edificio principal e incendiada.
Discernibles entre el resto de astillas inorgánicas estaban los restos carbonizados de
varios perros y al menos un hombre. Montones de viscosidad negra que podría haber
sido asfalto o sellador para techos ardían resplandecientes entre el resto de las ruinas.
Un pequeño bidón de gasolina yacía cerca sobre su extremo, faltando su tapa. Un
bidón más grande de combustible estaba a un lado. McReady comprobó el contenedor
más pequeño primero, después el más grande. Ambos estaban vacíos.
Miró a su izquierda. ¿Era sólo el viento susurrando en sus oídos? Intercambió una
mirada con Copper. La cara del médico estaba pálida, y no era del frío.
McReady hizo otro viaje de vuelta al helicóptero y abrió la puerta. La escopeta se
deslizó fácilmente de sus soportes detrás del asiento del piloto. Se aseguró de que
estaba cargada, tomó una caja de proyectiles del compartimento de debajo y se la
metió en el bolsillo, y después se apresuró a reunirse con Copper.
El médico miró severamente el arma, cuyo propósito era tan diferente del de los
instrumentos que él llevaba en su maletín. Pero no se opuso a su presencia. Parecía un
seguro bastante pequeño ante la violencia que había desgarrado ese campamento.
Empezaron a ir hacia la estructura central, o más bien lo que quedaba de ella.
Ascuas encendidas continuaban flotando por delante de ellos. Una se adhirió a la
manga de McReady y él la apagó distraídamente.
La puerta estaba desbloqueada. McReady giró el pestillo, dio un paso atrás y usó
la boca de la escopeta para empujarla hacia dentro. Osciló flojamente y golpeó la
pared interior.
Delante había un largo pasillo oscuro como el carbón. Había un interruptor justo
dentro del portal. Copper lo pulsó varias veces, sin efecto. Sacó una linterna de su
abrigo y la apuntó pasillo abajo.
—¿Hay alguien ahí?
No hubo respuesta. El haz se oponía a las paredes y el suelo, revelando un túnel
un poco diferente en diseño y construcción a aquéllos de su propio complejo.
LSW 25
Alan Dean Foster
Sólo el viento les hablaba, tan constante como poco informativo. Copper miró al
piloto, que se encogió de hombros.
—Ésta es tu fiesta, doc.
Copper asintió, y empezó a meterse. McReady siguió y se arrimó al hombre
mayor.
Su progreso era lento por los escombros que llenaban el corredor. Sillas volcadas,
arcas de equipo, cables sueltos y bidones de gas y líquido hacían traicionera la
marcha. Una vez McReady casi se cayó de cara cuando sus pies se enredaron en un
televisor reventado. Copper hizo una mueca, y después le echó al piloto una mirada
reprobadora.
—¿Quizá yo debería llevar el arma? —extendió una mano.
McReady estaba enfadado consigo mismo.
—Tendré cuidado. No ocurrirá otra vez. Sólo mira dónde apuntas esa linterna.
Copper asintió, e intentó mantener el haz enfocado igualmente en el suelo y el
pasillo delante. Hacía tanto frío en el corredor como fuera.
—La calefacción aquí dentro ha estado apagada bastante tiempo —dijo.
McReady asintió, con los ojos intentando atravesar la oscuridad enfrente de ellos.
—Cualquiera que quedase vivo habría muerto congelado hace días.
—No necesariamente. Sólo porque esta sección esté expuesta y sin calefacción no
significa que todo el campamento esté igual. Tu choza tiene su propia calefacción, por
ejemplo.
—Sí, pero si el generador se apagase yo sería una paleta de hielo en un par de
horas.
—Bueno, pues quizá tengan calentadores de propano portátiles.
McReady le echó una mirada amarga.
—Te quiero, doc. Eres un maldito optimista.
Copper no respondió; continuó apuntando el haz de la linterna sobre el suelo y las
paredes. El viento se lamentaba en lo alto.
McReady se detuvo.
—¿Oyes algo?
Copper se esforzó en escuchar.
—Sí. Eso creo —movió la linterna—. Mecánico.
Siguieron el ruido débil, que pronto se convirtió en un siseo audible. A medida
que continuaban pasillo abajo, el siseo se hizo reconocible como estática.
Había una puerta bloqueando el extremo del pasillo. El chisporroteo constante
venía del otro lado.
Copper movió la luz sobre los restos de una puerta. Algo la había destrozado. Un
hacha sobresalía del centro, con la hoja enterrada profundamente en la madera.
McReady puso el arma a un lado, agarró con ambas manos y tiró hasta que se
soltó. El filo cortante estaba manchado de oscuro. Lo examinó brevemente, mirando a
Copper por confirmación.
El médico no dijo nada, lo cual era confirmación suficiente para McReady. No
había mucha sangre en el hacha, y lo que quedaba estaba congelado en una costra
granate.
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La Cosa
Dejando el hacha recuperó el arma, sujetándola ahora un poco más fuerte mientras
probaba el pomo. Éste rotó y la puerta se abrió hacia dentro, pero se detuvo después
de moverse sólo unas pulgadas. El piloto puso el hombro contra ella y empujó, pero
se negó a moverse más.
—Bloqueada desde el otro lado —le dijo silenciosamente a Copper. Puso la cara
en la escasa apertura—. ¿Hay alguien ahí dentro?
No hubo respuesta. Copper se movió contra el costado de McReady y gritó más
allá de él:
—¡Somos estadounidenses!
—¡Hemos venido a ayudaros! —agregó McReady. Movió la lengua contra el
interior de la boca y añadió—: ¡Estamos solos! —Aún no había respuesta. Se
reafirmó y se apoyó con más fuerza contra la puerta.
Hubo un crujido.
—Creo que se ha movido un poco —le dijo al médico—. Échame una mano.
Copper sumó su propia masa a la de McReady y empujó. El suelo helado del
pasaje daba un pobre agarre a sus botas. Pero alternativamente percutiendo y
presionando duramente, se las arreglaron para abrir la puerta hacia dentro una pulgada
cada vez.
Finalmente lo ampliaron lo suficiente para que McReady metiese la cabeza.
—Dame la linterna. —Copper se la entregó y el piloto dirigió su haz hacia dentro.
Ahora la estática era fuerte.
—¿Ves algo, Mac?
—Sí. —La linterna reveló bancos de instrumentos electrónicos, la mayoría
destrozados. Una consola parecía ser la fuente del zumbido constante—.
Comunicaciones —le contó al médico—. Se parece un montón al territorio de
Sanders, en cualquier caso. —Le devolvió la linterna a Copper, se calzó en la apertura
y empujó. La puerta cedió otro par de pulgadas.
Copper lo siguió, apuntando la linterna alrededor de la pequeña habitación. El
viento les besó la cara, inesperadamente vigoroso. Se echó hacia atrás y distinguió los
agujeros en el techo.
Una lámpara Ganz descansaba en una mesa en un rincón. McReady sacó una
cerilla, la encendió con cuidado y aplicó la llama al farol mientras giraba el mando de
control. El butano prendió con una acometida, formando un pequeño círculo de luz.
Alzando la lámpara, se volvió en un círculo lento. La luz tenue descubrió la parte
superior de la cabeza de un hombre, mostrándose justo por encima del respaldo de
una silla giratoria.
—Ey, sueco —llamó a la figura—, ¿estás bien?
La silla se mecía levemente en la brisa del techo. Ambos hombres se movieron
lentamente hacia ella. McReady sacó un brazo y detuvo al médico a una yarda de la
silla, y después la tocó con la escopeta.
—¿Sueco?
La mirada de Copper se movió al brazo que descansaba en un reposabrazos de la
silla. Una fina línea roja caía de él, un hilo carmesí congelado que terminaba en un
charco de sangre coagulada en el suelo de madera.
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McReady tocó la silla otra vez, rodeándola. Copper se movió rodeando el otro
lado.
El hombre en la silla estaba vestido ligeramente, demasiado ligeramente para la
temperatura por debajo del punto de congelación de la habitación. Sus ojos estaban
abiertos, fijos en algo más allá del alcance de la visión de ellos. Su boca estaba
congelada abierta. Parecía haber sido petrificado en el acto de gritar.
La mirada de McReady bajó por el cuerpo rígido. La garganta había sido rajada de
oreja a oreja; ambas muñecas estaban también rajadas. Una anticuada navaja de
afeitar yacía en el regazo del hombre. Estaba manchada del mismo color que el hacha
que había sido hundida en la puerta. La navaja parecía fuera de lugar en la sala de
comunicaciones, una antigualla entre tecnología sólida. Había hecho su trabajo,
empero.
McReady alcanzó más allá del cadáver de ojos muy abiertos y pulsó un
interruptor. El siseo continuo de la radio desapareció.
Había una puerta en la pared contraria, que también resultó estar bloqueada desde
el lado opuesto. McReady chocó con el hombro furiosamente contra ella, golpeándola
hacia dentro. Hizo una pausa para recuperar el aliento, y vio a su compañero mirando
con fascinación el cadáver y sus múltiples cortes.
—Dios mío —murmuraba el médico a medias para sí mismo—, ¿qué demonios
ocurrió aquí?
—Vamos, Copper —le gruñó impaciente McReady—. Ésta también está
bloqueada.
—¿Qué? —el médico miró fijamente al piloto, después despertó de su
aturdimiento y se movió para ayudar. Juntos golpearon el nuevo obstáculo hasta que
se movió lo bastante para dejarlos pasar.
Un armario metálico de almacenamiento había sido usado para apuntalar la puerta.
Más allá había más oscuridad. El viento era más fuerte.
Copper apagó la linterna y tomó la lámpara de McReady, liberando a éste para
sujetar el arma con ambas manos. Él sostuvo el farol en alto, revelando una serie de
escalones que dirigían hacia abajo.
—¡Ey, suecos! —gritó McReady a la oscuridad mientras empezaba a bajar.
—No son suecos, maldita sea —lo corrigió irritado Copper—. Son noruegos,
McRe…
Algo salió de la oscuridad y le golpeó la cara…
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La Cosa
3
El farol cayó de su agarre sorprendido y bajó rebotando las escaleras como una
calabaza de Halloween a la fuga. Copper tropezó y se sintió caer mientras daba
manotazos a algo que le azotaba la cabeza. McReady se apoyó contra una pared sólida
y desenredó su propia linterna, sujetándola en una mano y la escopeta en la otra
mientras intentaba localizar a su asaltante.
Pero Copper había recuperado el equilibrio y dominado a su atacante. Lo levantó,
dejando que el papel arrugado aletease en la brisa que se lo llevaba por el hueco de la
escalera.
McReady fue y tomó el papel. Las anotaciones en la parte de abajo estaban en
noruego, pero no habría habido ninguna diferencia real si hubiesen sido ideogramas
chinos.
—Noruego del mes, doc. Inofensivo —empezó a tirar la página, se lo pensó mejor
y se la metió en el bolsillo para una inspección detallada más tarde.
Un avergonzado Copper se ajustó tímidamente la ropa y descendió el último par
de escalones para recuperar la lámpara que aún ardía. Esperó ahí hasta que McReady
se hubo reunido con él. Juntos empezaron por el corredor subterráneo.
Las vigas de soporte que sujetaban el techo eran de madera. Estaban retorcidas y
pandeadas de la presión constante del hielo alrededor de ellas. Ésa era un área más
activa glacialmente que la meseta donde estaba localizado el puesto avanzado
estadounidense.
La reciente conflagración que había abrasado el campamento tensaba más la
fuerza del maderamen. Podían oírlo crujiendo y quejándose a su alrededor mientras se
abrían camino por el túnel. Goteaban trozos de hielo y limo, aterrizando en su pelo y
cosquilleando en sus mejillas.
Una viga rota yacía transversalmente delante de ellos, bloqueando el túnel.
Todavía humeaba. McReady se agachó para deslizarse cautelosamente por debajo,
frotándola suavemente. Una ducha de escombros finos llovió desde el techo arqueado.
—Tranquilidad aquí, doc. Ésta pertenece al tejado, no al suelo.
Copper se acuclilló y pasó por debajo de la viga. Ésta gimió pero aguantó estable.
Continuaron hacia delante.
—¡Ey!
—¿Mac? ¿Algo va mal? —Copper se giró, apuntando la luz hacia su compañero.
McReady estaba buscando en la pared tras él.
—He chocado con algo. No parecía madera. Creo que lo he movido cuando lo he
golpeado. Mierda —hizo una mueca.
El brazo sobresalía del borde de una puerta de acero situada en la pared del
pasillo. El codo estaba a unos tres pies del suelo. La puerta estaba bien cerrada. Los
dedos apretaban un pequeño soplete.
Copper se inclinó cerca, examinando el miembro atrapado.
—Cuidado, doc —le advirtió McReady—. Podría quedar gas fluyendo.
—No creo —Copper señaló los controles del soplete—. El interruptor está en la
posición de encendido, creo. No huelo nada —se lamió un dedo y lo mantuvo bajo la
boca del soplete—. Nada. El combustible se quemó o se escapó hace tiempo.
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bastante a menudo para saber que esa masa estaba compuesta de hielo antiguo, no
material de superficie recién formado.
Automáticamente, su mente metódica hizo aproximaciones. El bloque era de unos
quince pies de largo y seis de ancho, quizá cuatro de alto. Yacía en el suelo,
demasiado inmenso para descansar sobre cualquier mesa. Los bordes mostraban
señales de derretimiento reciente, un proceso detenido por las temperaturas glaciares
que habían invadido el campamento.
Aparte de su tamaño, era corriente.
—Bloque de hielo —le dijo a McReady—. ¿Y qué?
McReady se inclinó sobre el bloque, apuntando la linterna hacia abajo.
—Mira esto.
Copper se acercó. El centro del bloque había sido derretido o sacado. Parecía
como si alguien hubiese intentado convertir el bloque en una enorme bañera
congelada.
—¿Qué opinas de esto?
Copper sacudió la cabeza, completamente perplejo.
—Esto me choca endemoniadamente, Mac. La glaciología no es mi especialidad.
¿Algo más aquí?
—Aún no lo sé. Esto me llamó la atención inmediatamente —se apartó del
bloque, buscando con la linterna hasta que captó un gran armario de metal de pie
contra una pared. Una inspección más cercana reveló varias copias de Polaroid
pegadas a su parte frontal. Caminaron hasta ello. Las fotografías mostraban hombres
trabajando y jugando por el complejo.
—Al menos algo está intacto —murmuró. Puso la escopeta cuidadosamente a un
lado y sujetó la linterna en la boca mientras usaba ambas manos para intentar abrir el
armario.
El pestillo cedió levemente, pero las puertas se negaron a desprenderse.
Atascadas, decidió. Quizá congeladas. Tiró otra vez. Cayó polvo de lo alto del
armario. El techo parcialmente derrumbado bloqueaba ligeramente las partes
superiores de las puertas. Tiró una vez más. Algo gimió por encima de su cabeza.
Copper dio un paso atrás, mirando el techo con cautela.
—Ten cuidado, Mac.
McReady se preparó, echó una mirada superficial al techo inestable y tiró fuerte.
Demasiado fuerte. Las puertas volaron y él tropezó hacia atrás, luchando por el
equilibrio.
Grandes pedazos de aislante y madera cayeron del techo. McReady tosió y agitó el
polvo mientras volvía hacia el armario.
El contenido fue una decepción; no es que hubiese esperado encontrar mucho. Su
forcejeo con las puertas no produjo revelaciones. Algunas de las baldas estaban
vacías. Otras soportaban pequeños instrumentos científicos, varias calculadoras
programables, bastidores de diapositivas, algunos vasos de precipitados intactos y
algunos tubos de cristal.
Su linterna se enfocó en una gran fotografía pegada al interior de una puerta.
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La Cosa
Cinco hombres llenaban la imagen. Estaban tomados del brazo, todo sonrisas,
sosteniendo vasos levantados en un brindis mutuo. Era un plano exterior, tomado en
algún lugar fuera del campamento.
Enfrente de ellos, sobre la nieve, yacía el bloque de hielo. La foto lo hacía parecer
más grande. Quizá algo de ello se había fundido en el trayecto, decidió McReady.
Estaba obviamente dispuesto para el beneficio de la cámara, aunque no podía decidir
mirando a la foto si los hombres brindaban por eso o unos con otros.
Miró por encima del hombro el bloque de hielo, otra vez la foto, y después el
hielo otra vez. No había duda en su mente de que el bloque en la imagen y el que
descansaba a cinco pies eran el mismo. Las dimensiones del de la imagen podían ser
ligeramente más grandes, pero las proporciones eran idénticas.
Despegó la foto con cuidado y la deslizó en un bolsillo del abrigo, y después
volvió a cerrar las puertas del armario.
Cuando lo hizo, cayeron más escombros del techo; madera, yeso, aislante de fibra
de vidrio, y algo más. Algo frío pero todavía blando. McReady gritó; Copper jadeó.
Al cadáver le faltaba un brazo, pero todavía era lo suficientemente pesado para
derribar a McReady…
****
El aullido fue agudo y melódico. Penetró mucho en el complejo estadounidense,
alcanzando la sala de recreo por corredores conectados y los pocos altavoces dentro.
Por debajo de una de las mesas de cartas, el husky herido afinó los oídos. El
aullido degeneró en una letra, algo que tenía que ver con hombres lobo en Londres.
Una vez el aullido se hubo metamorfoseado en habla humana, el perro pasó su
atención a otro lado.
Cerca, una bola de luz bailaba por una pantalla de vídeo, atrayendo a aspirantes a
jugadores para manipularla. No había ocupantes en la habitación en ese momento, y el
perro sólo pudo pasar trotando desinteresadamente.
El aullido era más fuerte en la cocina, estallando desde un reproductor de cintas
que vibraba sobre una repisa por encima de una cocina multifuegos. Nauls pasó
patinando, cerrando de una patada la puerta del enorme congelador con ruedas de
acero que giraban. El gran pedazo de carne en conserva que había extraído del
congelador fue dejado de golpe en la gran tabla de cortar. Ollas y sartenes empañaban
el aire, y el aroma que llenaba la habitación era denso en pimienta y laurel.
Nauls rodaba fácilmente de una estación a otra, guardando tiempo para la música.
Usó una cuchara para catar el contenido de un caldero, frunció el ceño, añadió algo de
un par de molinillos grandes y después lo probó otra vez. Esta vez sonrió.
Se enorgullecía de su trabajo. La estación podía funcionar sin cualquiera de los
científicos, sin los pilotos o mecánicos de helicóptero, sin Garry, pero no funcionaría
mucho tiempo sin los talentos de Nauls. No, señor. Nauls podía insultar a todos en el
campamento con impunidad. Su cocina más que compensaba las ofensas cometidas
por su boca.
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****
LSW 34
La Cosa
Todos los cubículos individuales para vivir estaban en frente del mismo corredor, un
pasaje más amplio que la mayoría en el complejo. El husky trotaba curioso por el
pasillo vacío, con la lengua colgando perezosamente de la boca.
Una sola puerta estaba abierta a su izquierda. El perro se detuvo y miró dentro. La
luz era tenue y había sonidos de frufrú.
El animal miró casualmente atrás al pasillo. Seguía vacío. Lo mismo que la
pasarela por delante. Se volvió y entró en la habitación. Una voz indistinta lo saludó,
sorprendida.
—Hola, chico.
Hubo una pausa, y después el sonido inesperado de cristal rompiéndose. Sonidos
apagados se emitieron desde la habitación, como si alguien estuviese peleando. La
puerta fue cerrada de un portazo.
Entonces hubo silencio en el corredor otra vez.
****
Fuchs era certificable. La mayoría de los demás habrían dado fe de ello. El biólogo
ayudante era sensible, inquieto, simpático y modesto. Pero certificable.
Porque nadie sale a correr en la tarde antártica. Uno corre en Los Ángeles a pesar
de la niebla, en las montañas alrededor de Denver a pesar de la altitud, a lo largo de la
playa al sur de Miami, incluso en el Parque Central de Nueva York. Pero uno no corre
en la Antártida.
Bien, Fuchs había corrido toda su vida adulta, y maldita sea si un poco de tiempo
inclemente iba a hacerle romper la rutina de una vida.
Así que cada mañana antes de empezar el trabajo se abrigaría, se pondría gafas de
nieve y correría alrededor del campamento, usando las cuerdas de guía donde
estuviesen disponibles, manteniendo la vista de un punto de referencia conocido
donde no lo estuviesen.
Garry había pensado en prohibir la práctica, pero Fuchs era firme. Y el jefe de la
estación fue forzado a admitir que no había nada en los reglamentos prohibiéndola.
—Me despierta —continuaba insistiendo Fuchs a pesar de los silbidos burlones de
sus compañeros—. Hace que la sangre circule.
—A todas partes excepto al cerebro —había bromeado Palmer.
Garry no pudo atreverse a ordenarle al biólogo dejarlo. Había bastante poco
entretenimiento en el campamento. Si Fuchs quería entretenerse intentando morir
congelado cada mañana, era su prerrogativa.
La única concesión a la realidad que hacía el biólogo ayudante era la sustitución
de botas de invierno por sus zapatillas de correr. Ralentizaba su paso, si no su
entusiasmo.
Se detuvo resollando, con su respiración helándose delante de su cara. Se elevaba
aire caliente desde un tubo de ventilación cercano. Estaba encima de la cocina.
La mayoría de las estructuras permanentes del campamento estaba enterrada por
debajo de la nieve cambiante, cortada en el terreno helado y fuera del alcance
succionador de calor del viento constante. Unas escaleras llevaban abajo a casa.
LSW 35
Alan Dean Foster
Fuchs abrió una entrada del techo, miró alrededor y después escalera abajo. El
pasillo estaba vacío, nadie observaba. Asumió una actitud de mando.
—¡Sumérgete, sumérgete! —murmuró, haciendo sonidos como de bocina, y
empezó a bajar rápidamente la escalera de mano, cerrando la trampilla tras él.
Corrió por el pasillo hacia el complejo central. A su derecha vio a Clark saliendo
de uno de los cuartos de suministros, haciendo rodar una carretilla llena de lo que
parecían guijarros marrones. El adiestrador de perros saludó alegremente al biólogo,
arrastrando comida seca a su paso.
La perrera subterránea estaba cerca. Mientras Fuchs se alejaba en la distancia,
Clark abrió la puerta de la perrera. Cuando hizo rodar la carretilla adentro, siete perros
de trineo empezaron a saltarle a las piernas y sobre la carga, pateando comida seca en
todas direcciones. Gañeron y ladraron ansiosamente.
Los perros de trineo tenían malos modales en la mesa, reflexionó. Se mordían
unos a otros en los costados y las patas, no para herir sino para restablecer roles de
dominio antes de atiborrarse. A veces Nauls le daría a Clark residuos de la cocina para
mezclar con la comida seca. Entonces las cosas se ponían realmente ruidosas en la
perrera.
—¡Calma, calma! —les gritó—. ¡Señor, qué puñado de sabuesos! —los
inspeccionó mientras se ponían a comer, asegurándose de que no había señales de
infección o enfermedad, comprobando sus dientes por roturas o placa acumulada.
Los hombres con los que trabajaba estaban bien, pero sus perros eran mejores.
Eran incluso afectuosos, hacían su trabajo sin vacilar cuando se requería, y rara vez
discutían con él. A cambio, los perros de trineo le habían transmitido su más alto
honor a Clark. Pensaban en él como en uno de los suyos. Era el perro líder.
Además de lo cual, él traía la comida.
****
La sección de almacenamiento, que contenía los tanques de combustible, era más
antigua que el resto del complejo, habiendo sido puesta en su lugar la primera. Los
soportes de madera y metal que sostenían el techo allí empezaban a verse
tambaleantes. La Antártida ponía presión sobre el metal y la madera tan
constantemente como sobre los hombres que tenían que sobrevivir allí.
Tuberías y bloques de cemento estaban apilados cerca pulcramente. El cemento
era especial, diseñado para resistir el frío sin agrietarse. Los bloques tenían lengüetas
y ranuras para poder ser encajados sin mortero.
Unas puertas cerraban otros cuartos más pequeños llenos de equipo electrónico
duplicado, suministros de fontanería duplicados, duplicados de todo. No había una
ferretería a una manzana o dos del Puesto Avanzado 31. Los hombres tenían seis
meses de invierno polar por delante. Tenían que estar preparados para reemplazar
cualquier cosa que se rompiese sin ayuda exterior.
Childs estaba tarareando para sí mismo cuando entró en el área de
almacenamiento principal. Se detuvo enfrente de una puerta que estaba cerca de los
enormes tanques de combustible horizontales. Había seis cerrojos de diversos tipos en
LSW 36
La Cosa
la puerta. Un par eran trabajos de combinación, varios requerían llaves y uno una
barra magnética. Abrió cada uno cuidadosamente.
El pequeño cuarto tras la puerta estaba inusualmente caliente. El calor fluía de un
pequeño radiador que parecía una pintura del sudoeste norteamericano. Luces claras
fluorescentes de matices ligeramente purpúreos brillaban hacia abajo desde el techo.
El cuarto olía a tierras de cultivo de Wisconsin y a la costa de Mendocino, California.
Childs sonrió paternalmente mientras inspeccionaba las filas de plantas sanas que
crecían en los tanques hidropónicos. Tenían hojas verdes estrechas con bordes
serrados. Algunas de ellas eran tan altas como el mecánico.
Charlaba con ellas mientras añadía nutrientes a los tanques de metal, vertiendo la
cosa de una jarra de plástico.
—¿Qué tal están hoy mis hermanos y hermanas? Parece que todo el mundo está
bien.
Se arrodilló para comprobar los indicadores que mostraban la humedad y el pH de
la tierra, comprobó el termómetro en la pared y ajustó levemente el control del calor.
Un zumbido subió desde el radiador, calentando la cara del mecánico. Llegaba poca
luz por la pequeña claraboya de arriba.
Volviéndose a un radiocasete, seleccionó una cinta usada de la pila de al lado y
encendió la máquina.
—¿Qué decís de un poco del buen Al Green para mis bebés, eh? —presionó el
botón de encendido.
Una voz aguda y gimoteante llenó suavemente el pequeño cuarto.
—…IIIIII cried out… —cantó la voz agonizante.
Qué desperdicio que ese hombre fuese y se pasase a la predicación, pensó Childs
tristemente. Recordaba verlo en L.A. en el Centro de Música, en el Pabellón Dorothy
Chandler, cantando en el mismo escenario normalmente ocupado por la Filarmónica.
Oh, bueno. Supongo que cuando recibes la llamada, tienes que contestar.
Pero cómo podía cantar ese hombre. Qué maldita pena.
Un sonido nuevo lo alcanzó por encima de la música, un jadeo constante. Se dio la
vuelta; sólo era su nuevo visitante, el perro que los noruegos locos habían intentado
matar.
Un pensamiento hizo que el mecánico le frunciese el ceño al animal, que inclinó
la cabeza a un lado y lo observó quejumbrosamente. La venda ya no estaba en su
cadera. Probablemente rascada contra una pared o pieza de mobiliario, reflexionó
Childs. Los perros tenían tendencia a hacer cosas así.
También tenían tendencia a hacer otra cosa, que es por lo que el mecánico fruncía
el ceño. Fue hacia el perro, haciendo movimientos para espantar con ambas manos.
—¡Venga, vete, chucho! ¡Lárgate de aquí! ¡Fuera! —dio un golpe en la nariz
húmeda.
El perro lo miró acusadoramente, después se giró y se fue trotando. Childs volvió
a su jardín, refunfuñando por lo bajo.
—Entrar aquí… ir a mear sobre mis bebés. Malditos perros, ni siquiera se puede
escapar de su suciedad en el culo del mundo —cerró la puerta con cuidado detrás de
él y se inclinó sobre las plantas florecientes.
LSW 37
Alan Dean Foster
—Ésos son mis bebés. —Al Green pasó a otra canción—. Muy pronto todos
estaréis crecidos. Todos bonitos, verdes y saludables. Y entonces mis bebés y yo
vamos a tener una buena y larga fumada…
****
La mirada de Blair estaba fija en el gráfico que llevaba mientras se paseaba por el
corredor. Preocupado, casi se cae cuando los pies se le enredaron en algo inadvertido.
—¿Qué de…? —se agachó y recogió un trozo rasgado y hecho trizas de vendaje
manchado—. Bueno, mierda —murmuró, buscando alrededor a su dueño. Pero al
husky no se le veía por ningún lado.
Tengo que mencionárselo a Clark, pensó mientras reanudaba su marcha. El perro
sangrará por todas partes. No debería preocuparme demasiado, sin embargo. No era
probable que la herida expuesta atrajese infección. Los gérmenes no duraban mucho
dentro del complejo, y aquéllos que se pegaban a los hombres morían rápidamente
una vez expuestos al exterior. La Antártida era un lugar difícil para ponerse enfermo,
siempre que uno tuviese cuidado de no enfriarse.
El generador gimoteaba continuamente en el nivel inferior, manteniendo a
hombres y equipo en estado de funcionamiento, combatiendo el frío constante con luz
y calor.
Palmer estaba examinando sus mecanismos de movimiento, intentando localizar
posibles puntos de avería antes de tiempo. Mantenimiento normal. Un silbido
creciente le hizo fruncir el ceño, hasta que sacó la cabeza del interior y reconoció el
sonido como procedente de fuera. Aspas de helicóptero luchando con el viento.
Un fuerte estrépito sonó muy cerca. Destornilladores y sondas se derramaron por
el suelo cuando la caja de herramientas golpeó contra las tablas. El husky había
saltado sobre la mesa de trabajo de Palmer y había volcado la caja. El perro se quedó
jadeando encima de la mesa, intentando mirar por la estrecha ventana justo por debajo
del techo, con las zarpas delanteras apoyadas en el pequeño alféizar.
Palmer maldijo suavemente y se puso de pie, y empezó a recoger sus
herramientas, volviendo a colocarlas en la caja. Chilló hacia la puerta abierta.
—¡Ey, Clark! ¿Meterás en la perrera a este maldito perro? ¡Si está tan sano como
para saltar sobre las mesas, está endemoniadamente claro que está tan sano como para
unirse a sus primos! —cuando no llegó ninguna respuesta, recogió una llave inglesa y
empezó a golpear contra una tubería que corría hacia la perrera—. ¡Ey, Clark!
El perro lo ignoró, tocando la ventana mientras miraba fuera al helicóptero que
llegaba.
El helicóptero se balanceó inestable en el viento, finalmente asentándose en la
plataforma cerca de su compañero y la excavadora. Childs y Sanders lo estaban
esperando.
En cuanto el continuo taca-taca de los rotores se hubo reducido lo suficiente,
fueron corriendo hacia la nave y se inclinaron contra el viento, arrastrando cables de
retención tras ellos. Childs encajó un gancho en el acoplamiento soldado a la cola del
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La Cosa
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Alan Dean Foster
4
El equipo científico había atestado el alojamiento de Garry. La habitación del jefe de
la estación era algo más grande que las demás, pero la atmósfera aún era
claustrofóbica.
Había preocupación inicial por que la cinta de vídeo noruega no se reprodujese en
los monitores del campamento por la diferencia en las señales de emisión utilizadas
por las estaciones estadounidenses y europeas. La preocupación había resultado bien
fundada.
Al primer intento, la pantalla sólo había mostrado intensa estática visual e
interferencias auditivas. Pero Sanders pudo transferir la cinta por el propio elaborado
equipo de vídeo de la estación y ofrecer algo que sacaba una señal que los monitores
del campamento podían leer.
El resultado no era perfecto, pero al menos era visible. La imagen era granosa y
tenue y no había sonido. Nadie comentó el vídeo mientras se reproducía.
Quien hubiese operado la videocámara no era ningún Victor Seastrom7. La
imagen se abría y se inclinaba, ocasionalmente se difuminaba por sobreexposición, se
oscurecía por poca. Tampoco parecían estar perdiéndose algo de importancia.
Eran planos numerosos y naturales del equipo noruego trabajando, una secuencia
larga de ellos jugando al balompié en el hielo, planos del cocinero preparando
comidas, de hombres jugando al ajedrez, de vida diaria. Lo que era decir largos
tramos de cinta aburridos para mirar.
Norris apenas prestaba atención al monitor. En su lugar estaba dedicando su
atención al grueso fajo de notas que el Dr. Copper había transportado de vuelta al
campamento.
—Parece que pasaban mucho tiempo en un lugar cuatro millas al noreste de su
complejo.
Blair lo miró inquisitivamente.
—¿Y cuándo empezaste a leer noruego?
Norris le lanzó una sonrisa fina.
—Más o menos cuando dominé el xhosa —golpeó ligeramente la hoja de papel
superior—. Aquí hay mapas. Las anotaciones están en noruego, pero las
características topográficas son las mismas. Una isolínea es una isolínea en cualquier
idioma. Y por supuesto las matemáticas son las mismas, una vez conviertes el sistema
métrico.
—Oh. Cierto —dijo Blair calmándose.
—¿Alguna indicación de en qué estaban implicados? —preguntó el jefe de la
estación.
McReady estaba manipulando el monitor de vídeo, intentando mejorar la imagen
y fracasando miserablemente.
—Montones de manuales y fotos diseminados por todas partes —le contaba
Norris a Garry—. Indicaciones de perforación de núcleo de hielo, sismología,
glaciología, biología microbiana. La misma vieja mierda que hacemos nosotros.
7
Victor Sjöström (1879-1960), director sueco pionero del cine mudo en Suecia (N. del T.)
LSW 40
La Cosa
Trozos de una canción ruidosa estallaron de pronto desde el altavoz del monitor
cuando la escena en la pantalla cambió de alguien trabajando junto a un banco de
laboratorio a un plano inestable de un puñado de noruegos desnudos sosteniendo un
cartel enfrente de sus cinturas mientras estaban fuera de su campamento en tiempo
súper helado. Varios sujetaban artefactos comunes a cada cultura contemporánea,
aunque la marca de cerveza era desconocida para los asqueados espectadores. El
mismo cartel era incomprensible. Con toda probabilidad no contenía nada de valor
científico duradero.
Bennings se apartó de la televisión, murmurando disgustado.
—¿Cuánto más de esta mierda de la granja hay ahí?
—Si la medida de Sanders es correcta —le dijo McReady—, unas nueve horas
más.
El meteorólogo sacudió la cabeza. La habitación estaba calurosa y atestada y él
tenía trabajo importante que hacer.
—No podemos averiguar nada de esto.
Copper asintió renuentemente de acuerdo.
—Probablemente tengas razón. Los maníacos normalmente no piensan en
enfocarse videocámaras mientras están en el proceso de romperse —miró al jefe de la
estación.
—Muy bien. Mac, páralo. —El piloto apagó el vídeo y la televisión, y desconectó
el cable que los enlazaba. Garry volvió a mirar al médico—. ¿Vosotros dos
encontrasteis algo más?
—Quizá —respondió Copper. Cabeceó hacia McReady, que tomó una pequeña
grabadora abollada de su bolsillo y se la entregó al médico.
»McReady y yo estuvimos escuchando algunas de estas cintas en el vuelo de
vuelta del campamento noruego. Me gustaría que el resto de ustedes, caballeros,
oyesen ésta en particular —presionó el botón de «reproducir».
Una voz escandinava llenó la estancia. Era plana, tranquila, metódica; el
aburrimiento evidente a pesar de la distancia, el tiempo e incluso el idioma diferente.
Norris soltó un suspiro aburrido.
—Suena como el equivalente verbal de la cinta que hemos estado mirando
amorosamente. Horas de notas y sinsentidos.
—¿Qué queréis de nosotros? —quiso saber Bennings.
McReady les hizo un gesto para que fuesen pacientes.
—Sólo escuchad. Pensábamos lo mismo que vosotros… al principio.
Copper manejó el control de rebobinar hacia delante, mirando el contador de cinta
incorporado mientras la máquina chillaba. A cinco-cero-uno paró la cinta acelerada y
pulsó «reproducir» una segunda vez. Se oyó de nuevo la voz tranquila.
Entonces sonó algo sordo, fuerte y feo, como si hubiese tenido lugar una
explosión distante. El micrófono interno omnidireccional de la máquina no era
grande, pero ese gruñido agudo del altavoz era inconfundible.
Un sonido de golpes siguió a la explosión. Hubo gritos, algunos cercanos, otros
lejanos. Después ecos de confusión, de equipo siendo volcado, de cristal
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Alan Dean Foster
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La Cosa
—Palmer todavía es excéntrico de todo el ácido que se comió en los sesenta. Estos
días no toca nada más fuerte que el sinsemilla. Al menos por lo que sé, no lo hace.
—Sé que no lo hace —dijo el médico tranquilizadoramente—. Sus revisiones
mensuales lo muestran. Ninguno de nosotros tontea con cosas peligrosas. Pero sólo
porque nosotros no lo hacemos, no significa que esos noruegos no se metiesen en algo
duro. Si se tiene el tiempo, la inclinación y un poco de saber hacer químico, se puede
procurar toda clase de golosinas lindas en el más sencillo de los laboratorios.
—¿Sí, como qué? —preguntó Norris con entusiasmo burlesco. Provocó algunas
risas hacía tiempo ausentes de sus vecinos.
Copper sonrió con ellos, pero sólo un momento. Su semblante se volvió
rápidamente sombrío otra vez.
—Hay algo más que queremos que veáis —salió del alojamiento de Garry, con los
otros siguiéndolo con curiosidad.
La mesa quirúrgica portátil relucía en medio de la enfermería. McReady y Copper
fueron a un rincón y levantaron un saco de plástico de trabajo pesado entre los dos. El
contenido fue descargado sin contemplaciones sobre la mesa.
—Además de los papeles y las cintas de vídeo y de audio, también encontramos
esto —les contó Copper.
El revoltijo sobre la mesa una vez había sido un hombre. Estaba muy carbonizado
y roto, pero eso no fue lo que atrajo la atención instantánea de los observadores.
Lo que quedaba de los pantalones y zapatos estaba rasgado longitudinalmente y
dividido en jirones largos, como si las piernas y los pies que normalmente contenían
hubiesen crecido de repente cinco tallas de más para ellos y hubiesen reventado las
costuras desde dentro. La parte superior del torso era una retorcida mole apenas
reconocible de masa protoplasmática formada indistintamente.
No había brazos visibles; sólo bultos de viscosidad oscura y carne flanqueando la
región pectoral. La cabeza estaba extrañamente desfigurada y parecía más grande de
lo normal. Su localización era mucho más desconcertante que su apariencia. Parecía
estar saliendo del estómago. No había nada encima de los hombros, o donde los
hombros deberían haber estado.
Peculiares apéndices que parecían tendones sueltos envolvían el cadáver como
cuerda blanca. Los extremos sobresalían de los lados en ángulos extraños, rígidos y
duros como el plástico. Le habían recordado a Copper a enredaderas trepando las
paredes de un invernadero, salvo por su color. Uno daba vueltas repetidamente
alrededor de la pierna izquierda del cuerpo como las rayas en el poste de una barbería.
Otro envolvía firmemente el cráneo descolocado.
Dispersos coloridamente en medio del lodazal pegajoso del área pectoral había
fragmentos desgarrados de una camisa, como plumas saliendo del alquitrán.
Fuchs se apartó un momento, pero nadie vomitó. Ninguno de ellos, ni siquiera el
normalmente imperturbable Garry, se quedó sin que le afectase la viscosidad grotesca,
pero el cadáver estaba demasiado retirado de la humanidad para afectarles
íntimamente. Era un espécimen, como las muestras de roca de Norris o los tubos de
Blair llenos de bacterias aéreas. Era demasiado estrafalario, demasiado distorsionado
LSW 43
Alan Dean Foster
para conectar con cualquiera de las sonrientes figuras engullidoras de cerveza que
habían visto en las fotografías salvadas del campamento noruego.
—Sé que está bastante quemado —murmuró finalmente Copper en el silencio
atónito—, ¿pero podría un fuego haber hecho todo esto? A altas temperaturas los
cuerpos humanos se queman. No se… derriten.
Asqueado pero fascinado, Blair dio un toque a los desarrollos parecidos a
tendones y la viscosidad asfáltica. Algo del líquido se desprendió en sus dedos y se lo
limpió precipitadamente en la pernera del pantalón.
—Curioso, ¿no? —le preguntó Copper.
Blair hizo una mueca.
—No sé qué decir. Jamás he visto nada como esto. Espero no volver a verlo
nunca.
—Me gustaría que tú y Fuchs me ayudaseis con las autopsias de éste y del hombre
al que Garry tuvo que disparar esta mañana.
—Si insistes, doc —el biólogo mayor parecía poco contento—. Pero no me estoy
ofreciendo.
—No tienes que ofrecerte —le informó Garry bruscamente—. Yo lo haré oficial
—cabeceó hacia el cadáver—. Ésta es tu especialidad.
—No estoy seguro de que esto sea la especialidad de alguien —replicó el biólogo,
todavía limpiándose los dedos en los pantalones. La maldita cosa tenía la tenacidad de
un pegamento negro. Se volvió para empezar los preparativos necesarios. Había
ayudado a Copper anteriormente, no siendo el Puesto Avanzado 31 lo bastante grande
para merecer un enfermero, pero esta vez él mismo tenía ganas de ir a una consulta
por enfermedad.
—Si te sirve de consuelo, Blair —dijo el médico—, yo tampoco me alegro de
esto. Pero tiene que hacerse.
—Sí, lo sé —Blair estaba retirando cazoletas de un armario—. Así que dejemos
de hablar de ello y hagámoslo. Cuanto antes empecemos, antes habremos terminado.
Fuchs era el único que podría haberse ofrecido a ayudar. Estaba examinando el
cuerpo con cuidado, con un creciente interés habiendo remplazado sus náuseas
iniciales.
****
La sala de recreo siempre era la más concurrida en el complejo. Al contrario que los
científicos, el personal de mantenimiento tenía una cantidad considerable de tiempo
libre. Su habilidad sólo se requería durante emergencias, llevando los procedimientos
normales de comprobación generalmente sólo cuatro o cinco horas al día. Pasaban el
resto de sus días relajándose con una ferocidad que sólo los verdaderamente aislados
pueden apreciar.
Diminutas figuras de madera giraban en palos de metal, manipuladas furiosamente
por Nauls y Clark. El futbolín al que estaban jugando estaba muy abollado, la pintura
rascada, las patas dobladas por patadas frustradas, los mangos de goma faltando de
LSW 44
La Cosa
varias de las barras de control. Adiestrador de perros y cocinero le estaban dando con
entusiasmo y emoción.
Sanders se relajaba en un rincón en uno de los sofás viejos, aporreados y
totalmente cómodos. Estaba hojeando un viejo número de Playboy, silbando para sí y
deseando, como era habitual, estar en otro lugar. En cualquier otro lugar. Una mesa y
unas sillas estaban ocupadas por Bennings, Norris, el jefe de la estación y una baraja
de cartas sucias.
—Toma dos —dijo Garry, colocando un par boca abajo en la mesa. Bennings le
repartió obedientemente una pareja, después le dio una a Norris y tres para sí mismo.
Garry examinó las cartas nuevas, y encontró que ahora tenía un as, un cuatro, un dos,
un rey y una reina. Fantástico.
Algo lo empujó debajo de la mesa, y luego se movió para irritar a Bennings. A
juzgar por el tono del meteorólogo cuando respondió a la interrupción, no le había ido
mejor en el reparto que a Garry.
Miró hacia el frenético partido de futbolín.
—¡Clark, ¿pondrás a este chucho con los otros donde pertenece?! ¡Aquí
intentamos jugar al póquer!
Clark intercambió una mirada cómplice con Nauls, caminó y se agachó para mirar
debajo de la mesa.
—Está bien, chico —le dijo persuasivamente al husky—, está bien. Nadie va a
hacerte daño. Ahora vamos —alcanzó abajo y agarró al animal por el collar alrededor
de su cuello. Él se sometió dócilmente al agarre.
Clark sacó suavemente al perro de debajo de la mesa y empezó a pasearlo hacia la
puerta. Cuando pasaron al irritado Bennings, el adiestrador miró por encima del
hombro.
—Intentar jugar al póquer está bien… sacando la que falta en medio para una
escalera.
Bennings hizo un ruido grosero y le tiró las cartas a Clark, que se agachó y se
apresuró a salir por la puerta, con el perro trotando tranquilamente junto a él.
****
El laboratorio era más grande que la mayoría de las habitaciones que no eran de
almacenaje en el puesto avanzado y estaba bien equipado, en contraste con los
contenidos regularmente maltratados de la sala de recreo. Tubos y vasos de
precipitados de cristal relucían bajo fluorescentes brillantes. El fregadero de acero
resplandecía argénteo. Hasta el suelo estaba relativamente limpio.
Copper estaba trabajando en la mesa central. Sus guantes estaban manchados de
rojo oscuro. El otro cuerpo yacía cerca, envuelto con una sábana blanca y esperando
su turno. El cadáver en el que estaba trabajando Copper era el del pistolero
enloquecido que había invadido el complejo más temprano esa mañana y había
atacado a Bennings y a Norris.
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Alan Dean Foster
****
—Te estás poniendo lo bastante sano como para convertirte en una molestia, chico —
le dijo Clark al husky mientras lo llevaba por el túnel largo y frío que conducía a la
perrera. Tras retirarlo de la sala de recreo, el adiestrador había puesto cuidadosamente
un vendaje nuevo en la cadera herida del animal.
—Tienes que entender que para la mayoría de los tipos sólo eres otra pieza de
maquinaria de campo. A la maquinaria no se le permite intervenir en la actividad del
campamento, especialmente en los juegos de cartas —acarició la cabeza del perro
entre las orejas. Él le lamió la mano agradecido.
»Sin embargo, para mí estás bien. Quizá podamos hacer que te asignen aquí
permanentemente. No creo que el gobierno noruego objetase. Pero tendrás que
aprender a estar con tus compañeros —abrió la puerta de la perrera e hizo entrar al
perro.
La perrera era una caseta de metal de unos veinte pies de largo y cinco de ancho.
No estaba bien iluminada y olía fuerte a pesar de la presencia de la puerta para perros
en el otro extremo, que daba acceso a una rampa que llevaba afuera. Los perros la
usaban, pero aun así la caseta olía. La miasma canina no preocupaba al adiestrador,
empero. Estaba acostumbrado a ella.
Algunos de los perros de trineo estaban durmiendo, acurrucados unos contra otros
por calor adicional. La perrera estaba calentada, pero no en la medida del resto del
puesto avanzado. Demasiado calor habría sido malsano para los animales.
Dos de ellos lamían en la sección de barril de metal que servía como abrevadero
de agua. Otro mordisqueaba el montón de comida seca que el adiestrador había
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La Cosa
****
Childs yacía en la cama en su habitación, mirando el televisor portátil en color
atornillado a la pared. En la pantalla un ama de casa intentaba adivinar el precio de
una lavadora/secadora nueva. El locutor y el público se combinaban para hacer que
pareciese una cuestión de vida o muerte en vez de una estupidez.
A Childs no le importaban un comino los concursos, pero éste era diferente. Cada
hombre podía presentar peticiones para cintas de vídeo, bajando en la lista que los
vuelos regulares de suministros podían traer desde los Estados. La mayoría de los
hombres pedían partidos de fútbol, películas nuevas, comedias de situación. Childs
siempre pedía concretamente este concurso, para consternación del funcionario de
suministros en Wellington. Pero conseguía sus cintas.
Todo el mundo en la base asumía que esta preferencia tenía algo que ver con la
nostalgia y, en verdad, Childs había visto religiosamente este concurso en particular
en Detroit. Lo veía porque quien seleccionase a los concursantes del público siempre
se las arreglaba para elegir un flujo constante de mujeres que parecían dinamita.
Childs obtenía más placer de observarlas ganar estéreos, cámaras y viajes a las
Bermudas que de las cansadas actrices que poblaban las cintas porno que también
estaban disponibles. Éstas eran mujeres reales, y no estaban actuando. Disfrutaba
mucho más mirando a las mujeres hermosas de Phoenix, Nueva York y Muncie
brincar alegremente por el escenario con deleite genuino que con los jadeos y
gemidos de rubias treintañeras intentando actuar como si tuviesen dieciocho.
La mujer actualmente en pantalla ganó la lavadora/secadora, y se movió encantada
por el escenario para reclamar su premio. Childs se levantó y se inclinó para apagar el
vídeo. Ya había visto esa cinta en concreto.
Hora de continuar con algo nuevo. Pasó los ojos por la caja de cintas, seleccionó
otra cinta y la insertó en el reproductor, presionando el control de «reproducir».
Esta vez el objetivo del juego era tirar dados sobredimensionados sobre una mesa
para ganar dinero y una oportunidad con mercancías. La ágil señorita morena que en
LSW 47
Alan Dean Foster
ese momento apostaba felizmente con el dinero de la cadena estaba constituida como
una noche cálida en agosto. Childs se reclinó contra el cabecero y se preguntó por qué
todas las buenas potrancas ya estaban casadas.
Palmer estaba echado en el catre enfrente del mecánico, leyendo. El sonido de la
televisión no lo molestaba. No mucho podía molestarlo cuando estaba fumando.
Alternaba los deberes de cultivo con Childs en su pequeña «granja» semisecreta. La
cosecha de la última temporada había sido particularmente buena. Humo picante
flotaba por la estancia.
Childs le hizo señas y Palmer le pasó el porro. El gran mecánico tomó un par de
caladas e instó mentalmente al director del concurso a ir a un plano superior, mientras
Palmer regresaba a la estimulación cerebral proporcionada por los trabajos reunidos
de ese famoso filósofo, Gilbert Shelton8.
****
McReady se sentaba solo en el bar, mirando el monitor de televisión de allí. Sorbía la
bebida que se había mezclado para sí mismo.
El bar en realidad era un gran cajón metálico de almacenamiento. Un lado había
sido cortado y el interior decorado con baldas y soportes para botellas. La elegante
lista de vinos, producto de la talentosa caligrafía de Norris, listaba doce clases
diferentes de cerveza, desde Foster’s Lager (australiana) hasta Dos Equis (mejicana) y
la rara Hinano, elaborada en Tahití. También había botellas que contenían líquidos
más oscuros y potentes.
Un cartel de cerveza Hamms colgaba en un ángulo torcido de la pared trasera del
bar, con sus aguas azul celeste fluyendo colina abajo desde un lago mecánico
interminable. McReady se secó los labios y tomó otro lingotazo de su bebida.
Se estaba obligando a pasar por cada pie de cinta de vídeo que él y Copper habían
salvado del campamento noruego. Hasta entonces su contenido había sido
inalterablemente aburrido. Había escenas interminables de hombres trabajando,
haciendo payasadas, la toma de muestras de hielo, el registro de información. En otras
palabras, escenas de todas las actividades diarias habituales que uno esperaría ver en
una estación semejante.
Peor, el cámara no era ningún Abel Gance 9, se dijo tristemente McReady. La
imagen tendía a estar desenfocada mucho tiempo, y se balanceaba y se abría de
manera que los ojos le palpitaban y la cabeza le dolía mientras se forzaba a mirar.
Era la misma monotonía de esas cintas la que lo preocupaba y lo mantenía en ello.
No había nada en ninguno de ellos que insinuase que cualquiera de los hombres
representados trabajando o jugando estuviese al borde de un colapso mental. Todos
parecían perfectamente normales, y el hecho de que no pudiese entender una palabra
de lo que decían no hacía nada por alterar esa evaluación.
8
Historietista estadounidense (1940), importante en el cómic underground (N. del T.)
9
Cineasta francés (1889-1981), pionero del cine mudo (N. del T.)
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La Cosa
****
Blair se cernía sobre el microscopio. Puso una nueva platina bajo las presillas, la
examinó cuidadosamente y frunció el ceño. Apartándose, se frotó los ojos, y después
presionó el derecho en el ocular para una segunda mirada.
—Doc. Ven un segundo.
Copper fue y tomó el puesto del biólogo con el instrumento mientras Blair daba
un paso a un lado. El médico miró la platina mucho rato, después retrocedió y se
encogió de hombros.
—No entiendo. ¿Qué se supone que es eso? —dijo haciendo un ademán al
microscopio y su contenido.
Como respuesta, Blair lo rodeó y caminó hasta el cadáver muy desfigurado, que
ahora yacía en la mesa central. Cuando Copper lo siguió, Fuchs aprovechó la
oportunidad para mirar por el microscopio.
—Es tejido de una de estas cañas nuevas.
Copper lo aceptó.
—¿Con qué lo has teñido?
—Con nada —miró a su ayudante.
Fuchs les devolvió la mirada, tan completamente perplejo por lo que había visto a
través del ocular como sus asociados.
—¿Qué tipo de estructura celular es ésta?
—Precisamente mi punto —dijo Blair sombríamente.
—Has planteado una pregunta, no un punto.
—¿No pueden ser lo mismo?
Copper interrumpió a los dos científicos.
—No te sigo, Blair. ¿Qué intentas decir?
—Que no estoy seguro de que sea algún tipo de estructura celular.
Biológicamente hablando.
—Si es una muestra de tejido, tiene que haber estructura celular —dijo Copper.
—¿Tiene que haberla?
—Si no la hay, entonces la materia es inorgánica.
—¿Lo es?
—No se puede tener materia orgánica desprovista de estructura celular —añadió
exasperado el médico.
LSW 49
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—¿No se puede?
Copper se rindió.
—Mira, en realidad éste no es mi campo, Blair. Soy un simple médico de
medicina general. Hago lo que puedo por reparar lo conocido, no descifrar lo exótico.
Envolvámoslo por hoy. Estoy cansado de cortar.
—Yo también —dijo Fuchs con todo el corazón.
Copper se desabrochó la bata, que ya no estaba limpia y blanca sino que parecía
un lienzo de Jackson Pollock 10. La tiró en el cesto de la ropa al salir por la puerta.
Fuchs lo siguió, deshaciéndose de sus guantes. Su bata de laboratorio todavía estaba
relativamente limpia.
Blair se quedó atrás, regresando a su escritorio para echar una última mirada por
el microscopio. El patrón peculiar bajo el ocular no había cambiado, en ausencia de
atención no se había metamorfoseado en algo reconfortantemente familiar. La
confusión de Copper era comprensible.
El mismo biólogo estaba muy confundido.
****
El tiempo se había calentado levemente y la nieve que soplaba se fundía un poco más
deprisa cuando pegaba con algo cálido. Azotaba el puesto avanzado y apaleaba las
paredes de metal corrugado del cobertizo.
Dentro del complejo principal, los monitores mantenían los pasillos y habitaciones
agradablemente cálidos y húmedos. El humidificador era una necesidad. Era una
paradoja que, a pesar de la presencia de agua helada por todas partes, el aire de la
Antártida fuese mordazmente seco. La piel agrietada era un problema constante y
Copper siempre estaba prescribiendo algo para eso.
Después de cada ducha los hombres se engrasaban tan minuciosamente como
hacían con sus máquinas, porque el agua caliente en cascada quitaba aceites
corporales que sólo se reemplazaban lentamente. La caspa era un problema
irritantemente persistente, aunque no serio.
En los relojes de pared en el complejo se leían las cuatro treinta. Sólo las luces
nocturnas iluminaban los corredores y áreas de almacenamiento, la sala de recreo
vacía y la cocina desierta. Se emitían ronquidos suavemente desde detrás de las
puertas cerradas. El sueño llegaba fácilmente en la tierra blanca.
Sólo una sección seguía ocupada. Tan aturdido como decidido, McReady se
sentaba en el pequeño bar y continuaba mirando la pantalla de televisión. Estaba en la
última de las cintas de vídeo noruegas.
En ese momento tenía un ojo en la pantalla mientras inflaba un globo brutalmente
irregular de color carne. Este objeto misterioso pronto asumió el perfil tosco de una
mujer a tamaño real. El aliento de McReady era débil y estaba teniendo dificultades
con ello. Las proporciones de su amante de polietileno fluctuaban con su respiración
inestable.
10
Paul Jackson Pollock (1912-1956), pintor estadounidense de expresionismo abstracto (N. del T.)
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—¿Qué de…?
La cinta continuó reproduciéndose, con la imagen ahora muy distorsionada,
mostrando sólo terreno blanco. Una oscura línea dentada recorría la longitud de la
imagen. Le costó a McReady un par de segundos darse cuenta de que la línea
representaba una grieta en la lente de la cámara.
Olvidando a su compañera aérea, McReady pinchó el botón de rebobinar. El
maniquí rechazado se fue farfullando por el bar hasta que se quedó sin aire y se arrugó
flácido en el suelo.
****
Estaba tan silencioso en la perrera como en el resto del puesto avanzado. Quizá más
silencioso, pues ninguno de los perros de trineo roncaba.
No todos ellos estaban dormidos. Algunos reposaban perezosamente en rincones y
contra compañeros, lamiendo zarpas, bostezando, rascándose las espaldas contra el
duro suelo o simplemente mirando con ojos entrecerrados a nada en particular.
Sólo uno de ellos estaba completamente despierto. El vendaje faltaba otra vez de
la cadera del husky. Examinaba a sus compañeros somnolientos con callada
intensidad.
Tras varios minutos de esto, trotó hasta un grupo de cinco perros, se sentó delante
de ellos y continuó su vigilancia inusualmente intensa, más felina que canina.
Gradualmente los cinco perros tomaron conciencia… de algo. Uno gimió. Empezaron
a despertarse, conscientes de que algo peculiar estaba entre ellos. Un gañido dudoso
vino de un segundo animal cuando se puso de pie.
Nada de esta actividad alteró la postura de la llegada más reciente de la perrera.
Continuó sentado inmóvil y mirando a los demás. Su lomo estaba anormalmente
rígido. No jadeaba.
Y había otra cosa, algo más. Los otros perros eran conscientes de ello sólo como
algo desagradable apenas percibido en la mirada del extraño, una incorrección. Un
hombre lo habría notado inmediatamente.
El perro nuevo ya no poseía pupilas. Los ojos se habían vuelto sólidos, esferas
negras sin brillo.
Desconcertados, varios de aquellos sujetos a esa mirada inquebrantable
empezaron a ir y venir por el suelo de la perrera. Hasta ese momento, todavía estaban
más confundidos que asustados. Varios empezaron a gruñirle al recién llegado.
Aun así, el perro nuevo permaneció helado en el sitio. Los gruñidos a su alrededor
empezaron a hacerse más ruidosos. Varios de los demás perros se despertaron y
empezaron a unirse a las idas y venidas y a los gruñidos. Empezaron a rodear
instintivamente al extraño. Los gruñidos se volvieron enfadados y frustrados. Este
recién llegado no estaba reaccionando como debería un perro propiamente dicho. La
ausencia de cualquier clase de respuesta estaba empezando a enfurecer a los demás
habitantes de la perrera.
Uno ladró al husky, después un segundo. El rodeo se hizo más rápido, los
gruñidos más frenéticos. Con una mente, tres de los animales que caminaban dejaron
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La Cosa
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Un McReady fascinado y completamente absorbido estaba pasando el metraje que
precedía inmediatamente a la violenta explosión y el subsiguiente destrozo de la lente
de la cámara cuando le llegó el clamor lejano de la perrera. Se apartó a regañadientes
del monitor, después de pararlo con el control de congelación de imagen, y salió del
bar.
Estaba silencioso en el pasillo desierto mientras se abría camino hacia los
dormitorios, silencioso salvo por el estrépito constante que los perros estaban
levantando. Se detuvo fuera de uno de los cubículos. La puerta estaba desbloqueada y
se permitió entrar.
Clark yacía sobre su espalda bajo mantas ligeras, roncando. McReady vaciló,
escuchando. Si acaso, ahora los perros sonaban más alterados que cuando había
dejado el bar.
—Clark. Ey, Clark.
No hubo respuesta. McReady se acercó a la cama y llegó a empujar el brazo del
adiestrador. Irritado, Clark se volvió sobre el costado y se subió más las mantas
alrededor de los hombros.
McReady alcanzó y pellizcó la nariz del adiestrador, cortándole el aire. Eso hizo
que Clark se sentase rápidamente. Le pestañeó al intruso, demasiado flojo para estar
realmente enojado.
—¿Cuál es la idea, Mac? ¿Qué pasa?
—¿No puedes oír? —McReady lanzó un dedo hacia la puerta. La cacofonía desde
la perrera era claramente audible—. La ciudad canina se está volviendo loca. Yo
estaba levantado y no me ha molestado, pero si dejas que esos chuchos despierten a
todo el mundo, el resto de los tíos harán comida para perro contigo. Ocúpate de esto.
—Bueno, demonios —Clark balanceó las piernas fuera de la cama, se inclinó y se
frotó los ojos mientras McReady desaparecía por el pasillo. Habiendo descargado su
responsabilidad, el piloto estaba ansioso por volver a la cinta de vídeo.
Clark buscó a tientas sus pantalones. Le gustaban sus animales, pero a veces hasta
los mejores equipos de trineo podían ser un dolor. Criaturas excitables, la discusión
más leve era suficiente para hacer explotar a todo el grupo. Una pelea sobre quién iba
a ser el perro líder, sobre un bocado particular de comida, sobre cualquier cosa
excepto los privilegios de apareamiento (todas las hembras estaban esterilizadas)
bastaba para lanzarlos a un frenesí sin sentido.
A él no le importaba eso y no le sorprendía cuando ocurría. Era la naturaleza de
los perros de trineo. ¿Pero tenían que demostrarlo a las cinco de la mañana? Tenía que
acabar con eso, por supuesto, y no sólo porque el ruido pudiese interrumpir los dulces
sueños de alguien. Los perros eran valiosos. Childs, Palmer y McReady se ocupaban
de sus máquinas. Dependía de Clark ocuparse de las suyas de cuatro patas.
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La Cosa
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McReady estaba en la cocina, habiendo dado un rodeo antes de regresar al bar y la
cinta de vídeo que esperaba. Tenía abierto el gran frigorífico y estaba sacando un par
de cervezas para reponer las provisiones del bar cuando le llegaron los gemidos
lejanos.
Por un instante se quedó ahí, paralizado por el sonido misterioso, sorprendido de
escuchar. Entonces se giró y corrió fuera de la cocina, olvidando cerrar la puerta del
frigorífico.
Usó una lata de cerveza para aplastar el cristal exterior de la alarma de incendios
fuera en el pasillo, alcanzó el interior sin atender al cristal roto que todavía se adhería
a la caja y tiró fuerte de la palanca. Empezaron a sonar campanas por todo el
campamento, sorprendentemente ruidosas en los corredores silenciosos y aislados.
McReady y Norris siguieron al jefe de la estación y a Clark hacia la perrera.
McReady llevaba una escopeta del pequeño arsenal mientras Garry levantaba su
magnum. Ninguno de ellos estaba completamente vestido. Clark llevaba un hacha de
incendios.
—No sé qué demonios hay ahí dentro —les estaba contando mientras
avanzaban—, pero es extraño y ruidoso y está cabreado, sea lo que sea. Pero es
condenadamente seguro que no es un perro.
—¿Qué te hace estar tan seguro de eso? —le preguntó Garry.
La voz de Clark era solemne.
—He trabajado con animales la mayor parte de mi vida, jefe. Ningún perro hizo
nunca un sonido como ése.
Muy por detrás de ellos, el pasillo fuera de los cubículos de dormir se fue llenando
rápidamente con el resto del personal del puesto avanzado. Los hombres tropezaban
medio desnudos unos con otros, con las puertas, saltando sobre un pie mientras
intentaban empujar el otro precipitadamente por la pernera de unos pantalones. Los
pies fueron metidos en zapatos, sin atender a posibles daños a los talones. La noche
pacífica se había convertido en una mañana violenta de confusión.
Childs estaba peleándose con la hebilla de su cinturón, que se negaba a ajustarse.
Todavía no estaba del todo despierto. Bennings le gritaba desde una puerta cercana.
—¿Mac quiere qué? —el mecánico jefe del campamento buscaba una aclaración.
—Eso es lo que ha dicho. Y lo quiere ya —Bennings se giró y desapareció pasillo
arriba antes de que Childs pudiese pensar en preguntarle más.
Clark y sus compañeros armados se acercaron a la puerta de la perrera. Después
de que los dos perros le hubiesen llegado volando, el adiestrador se había lanzado
instintivamente contra la puerta medio abierta y la había vuelto a bloquear. Garry lo
miró interrogativamente.
—No he podido pensar en nada más que hacer —le contó el adiestrador—. Y en
cualquier caso, no quería intentar nada solo.
Los dos perros que habían sido encerrados fuera ladraban histéricos mientras
daban zarpazos a la puerta de acero en intentos frenéticos de volver a la lucha. Uno de
ellos estaba muy ensangrentado, y no de la colisión con Clark.
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La pelea continuaba dentro sin disminuir, con el ruido dando escalofríos a los
hombres que estaban fuera.
Garry alcanzó el tirador, y entonces vaciló.
—¿Cómo quieres manejar esto? Ésta es tu especialidad.
—No estoy seguro de que siga siendo la especialidad de alguien —respondió
Clark—. Tú y Norris aferraos a estos dos —señaló a los perros impacientes—.
McReady y yo flanquearemos la entrada. Si no sale nada, entraremos.
Garry lo reflexionó brevemente, y después asintió de acuerdo. Él y Norris
agarraron cada uno a un perro por el collar y los alejaron de la puerta. McReady tomó
posición a la derecha de la puerta, preparó la escopeta y parecía tenso. ¿Dónde
demonios estaba Childs?
Clark se movió al otro lado y puso una mano en el pestillo. Miró al piloto.
—¿Listo? —Mac pensó en una respuesta sarcástica, se la guardó y asintió
afirmativamente. El adiestrador echó una mirada a los otros dos, y vio que estaban
demasiado ocupados para comentar intentando controlar a los perros furiosos.
Clark respiró hondo y abrió el pestillo. La pesada puerta se balanceó hacia fuera.
El ruido dentro de la perrera era ensordecedor. Cuando nada se mostró, le asintió a
McReady. Los dos hombres entraron juntos.
La lámpara interior se había fundido o roto. Estaba fría e inesperadamente oscuro.
McReady meció la escopeta y encendió una linterna, pero antes de que pudiese
apuntarla por la cámara algo lo golpeó desde atrás y lo tumbó.
En el momento en que los dos hombres desaparecieron dentro, los dos perros se
habían liberado de Norris y Garry. No acostumbrado a manejar algo tan poderoso
como un perro de trineo, Norris había caído boca abajo. Uno de los perros había
corrido contra las piernas de McReady y lo había derribado.
—¡Mac, ¿dónde estás?! —gritaba Clark. Si acaso, el nivel de decibelios de los
gruñidos, chillidos y aullidos en que se habían metido se había duplicado.
—¡Aquí, maldita sea! —el piloto yacía en el suelo, buscando a tientas su linterna.
Había rodado de su agarre cuando había caído, pero descansaba cerca en el suelo,
todavía brillando intensamente gracias a la fuerte cubierta de aluminio de avión.
Enderezándose, McReady levantó el extremo de la escopeta y buscó con la luz.
Clark acudió rápidamente para estar junto a él. Muy poca luz entraba del corredor
tenuemente iluminado fuera. McReady movió la luz, intentando orientarse en la
cámara poco familiar.
El rincón opuesto de la perrera era una masa hormigueante de dientes brillantes y
gruñidos feroces. Éstos últimos se alternaban con ese escalofriante chillido agudo.
Algo lanzaba perros periódicamente fuera del montón con una fuerza considerable,
pero cada vez que eran tirados a un lado luchaban por ponerse en pie y se apresuraban
a reincorporarse a la batalla.
La luz se movió e iluminó algo distinto. Algo que no era un perro. Una cosa. O…
¿era un perro? Era imposible de decir porque parecía tener algunos de los aspectos de
un perro un momento, y cuando la luz lo revelaba al siguiente, algo completamente
diferente. Su misma forma parecía alterarse mientras observaban.
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La Cosa
McReady lo miró fijamente, respirando fuerte, con el puño todavía listo para
golpear. Childs agarró el brazo del piloto y apretó.
—Se ha acabado, Mac —bajó el soplete y rodeó al piloto. Un cuerpo estaba
sentado ahí, apoyándose contra la pared de la perrera.
—Ey, Clark —Childs miró al adiestrador a la cara. Los ojos de Clark estaban
abiertos, fijos, pero el hombre no hizo nada por reconocer la presencia de Childs. El
mecánico se volvió y gritó ansioso hacia el pasillo—. Ey, que alguien vaya a traer al
Doctor Copper. ¡Rápido!
Garry estaba junto a él. Se agachó, apuntando una linterna a esa cara del
adiestrador.
—Conmoción, parece.
Childs se levantó, y después se volvió a mirar el rincón donde había dirigido el
soplete.
—Tiene compañía…
Esa mañana la sala de recreo se llenó de hombres agotados. Sus caras mostraban
los efectos de la preocupación y el dormir poco. No había mucha conversación, nada
de ello las habituales bromas ligeras, y nada de ello muy alto. Conversaban en
susurros urgentes y señalaban hacia el medio de la sala.
Blair miraba silenciosamente los cadáveres muy quemados en la mesa central. Ahí
había dos desdichados perros, y algo más.
Los cuerpos estaban conectados como gemelos siameses, ligados en un abrazo
inextricable que no tenía nada que ver con el amor. Un animal llevaba los restos del
vendaje de Clark y por lo demás era fácilmente identificable como su visitante
noruego. Era mucho más grande que su compañero, más grande de lo que cualquier
husky tenía derecho a ser, y había aspectos de él que eran cualquier cosa menos
perrunos.
De caderas a pecho, el torso principal estaba agrietado como estuco viejo y
despegándose en los bordes. Parecía como si algo hubiese estallado dentro de la tripa
del animal y estuviese intentando forzar su salida.
Apéndices extraños, una especie peculiar de cordones orgánicos, envolvían ambos
cuerpos y estaban conectados a la carne de cada uno. Se parecían incómodamente a
los que sobresalían del cuerpo del noruego deformado que Copper, Blair y Fuchs
habían estado diseccionando.
Clark se sentaba en una silla contra la pared opuesta. Sus ojos todavía estaban
vidriosos, pero Copper le había administrado un relajante y el adiestrador de perros
empezaba a salir de la conmoción. Nauls estaba junto a él, hablando lenta y
pacientemente, intentando reconfortar a su amigo.
Childs estaba cerca y chupaba de un porro, intentando relajarse y fracasando. No
había ningún placer en el fumar, no esa mañana. Sus ojos estaban fijos en el suelo.
Cuando había quemado la cosa que yacía sobre la mesa ahí atrás en la perrera, eso
había soltado un chillido terrible, y él no podía sacarse ese lamento inhumano de la
cabeza.
Los cadáveres quemados y apaleados de otros dos perros yacían en el suelo en
medio de la habitación, cerca de la mesa con su carga espantosa. Al menos, parecían
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perros. Blair devolvió su atención de ellos a la parodia de vida sobre la mesa. Su cara
mostraba una preocupación creciente.
Se giró y caminó hasta un intercomunicador de pared, y pulsó el botón que
conectaba la sala de recreo con la enfermería.
—¿Fuchs?
La respuesta fue lenta en llegar.
—Sí. ¿Es usted, Blair?
—Sí. ¿Cómo va?
El biólogo ayudante se volvió y miró hacia la mesa de operaciones. Tres perros
más yacían en ella. Todos estaban sedados y gravemente cortados. Pero seguían
vivos.
—Despacio. No soy veterinario.
—Tampoco lo es Clark —Blair miró a través de la sala donde el adiestrador
todavía estaba sentado y aturdido en su silla—. Aún no está en condición de ayudar.
—Lo sé —el hombre más joven se mordió el labio inferior—. Estoy haciendo lo
que puedo por ellos.
—Vale. Nos vemos.
—Sí. Ey, ¿averiguan algo ya?
—Aún no. Adiós.
—Adiós —Fuchs se apartó del intercomunicador y empezó a desenvolver vendas
nuevas. Uno de los perros en la mesa se le quejó.
—Tranquilo, chico. Te arreglaremos tan rápido como podamos. Haré tu pata en un
minuto —se dirigió hacia la mesa.
Nauls le daba palmadas a Clark en el hombro y sonreía, intentando levantar el
ánimo del otro hombre.
—Ey, ya está bien, tío. Está muerto. Se ha acabado —hizo un ademán hacia la
mesa de cartas—. ¿Ves? Ya no hay nada de qué preocuparse.
La cabeza de Clark giró lentamente y le dedicó una sonrisa distraída al cocinero.
—Lo sé. Childs lo mató. Lo vi. Anoche, ¿no?
Nauls soltó el aliento aliviado.
—Correcto, tío. Lo tienes. —Si el sentido del tiempo de Clark había regresado,
era una señal segura de que iba a estar bien. Al menos, eso era lo que Copper había
dicho. Lo esperaba fervientemente. Le caía bien el adiestrador. No era elitista, como
algunos de los científicos.
Nauls miró al biólogo mayor.
—¿Qué les pasó a esos perros, Blair? —señaló la mesa de cartas y sus formas
distorsionadas.
El científico le devolvió la mirada, y después volvió a mirar la mesa.
—Dímelo tú, Nauls. Dímelo tú.
****
El pequeño cubículo de trabajo estaba ocupado por cajones archivadores llenos de
cartas de tres por cinco, cintas, herramientas pequeñas y cajas de plástico abiertas
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La Cosa
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Garry entró en la sala de recreo, miró momentáneamente al todavía aturdido Clark y
al atento Nauls, y después caminó para unirse a Blair en mirar las formas animales
entrelazadas. El jefe de la estación vestía una camisa limpia y acababa de afeitarse. La
magnum descansaba en la funda de su cinturón, limpia y recargada.
—¿Qué habéis averiguado, Blair?
—Aparte de un método lento para volverse loco, no mucho —recogió fragmentos
de vendaje todavía unidos a una pata hinchada—. Es condenadamente seguro que no
era algo nuevo que entró desde fuera —miró hacia Clark—. Estoy seguro de que la
perrera estaba cerrada cuando Clark lo encontró. Comprobamos la puerta exterior para
perros. Aún estaba asegurada desde dentro.
»Tuvo que ser el perro nuevo. El perro noruego.
LSW 61
Alan Dean Foster
****
El viento azotaba el desierto blanco. El helicóptero botaba y se inclinaba, y sólo la
experiencia y determinación evitaban que los hombres de dentro hiciesen lo mismo.
McReady luchaba con los controles mientras surcaban las corrientes, intentando
permanecer tan cerca del suelo como fuese posible para que no se perdiesen nada,
aunque todavía dejando suficiente margen para una acción evasiva en el evento de
que la nave fuese atrapada por una corriente descendente. Era un trabajo duro y uno
no podía relajarse un minuto.
La tormenta había pasado rápidamente, pero el aire cristalino era engañoso. La
única diferencia hasta entonces, por lo que respectaba a McReady, era que, cuando no
había nieve o hielo soplando, podías tener el placer de ver dónde era más probable
que te estrellases.
Palmer ocupaba el asiento del copiloto mientras Norris miraba por encima de sus
hombros desde atrás. El geofísico señalaba el mapa de plástico pinchado en la consola
de vuelo.
—Uno de sus sitios debería estar directamente por aquí. El que buscamos está a
unos cientos de yardas más al sur.
—Lo sé —McReady se inclinó sobre los controles y el helicóptero se escoró a
estribor. Un alto muro blanco de parte superior uniforme apareció directamente
delante.
Norris lo observó profesionalmente. La simetría de la estructura insinuaba que
algo más que la actividad normal del levantamiento de las montañas podría ser
responsable de su formación. La pared podría marcar la localización de una línea de
LSW 62
La Cosa
falla menor, o un túnel de lava. O podría no haber ninguna roca presente en absoluto,
si era una cresta de presión fósil de puro hielo.
El helicóptero se elevó y se cernieron sobre el muro. Al otro lado una planicie
glacial llana se extendía hacia altas montañas distantes.
Visible al instante en cuanto superaron la cresta, y marcando el centro de la
planicie blanca como una mancha de tinta gigante, había un enorme cráter
ennegrecido.
****
El laboratorio estaba lleno de perros muertos. Yacían en una fila macabra, cada uno
etiquetado cuidadosamente en una pata. Clark por fin había recuperado sus sentidos lo
suficiente para ayudar en el desagradable trabajo, pero el dolor fue demasiado para él
finalmente y tuvo que abandonar la habitación. Cada uno de los animales muertos
tenía un nombre, cada uno había sido un buen amigo.
Fuchs preparaba platinas nuevas, que Blair examinaba bajo el microscopio. Dos
células eran visibles a través del ocular. Estaban activas, ni inactivas ni muertas. Una
parecía bastante normal. Su compañera parecía cualquier otra cosa.
En ese momento ambas fueron unidas por una fina corriente de protoplasma.
Material de la célula más grande, que era larga y delgada, fluyó dentro de la célula
esférica más pequeña. Mientras lo hacía, la célula más pequeña se hinchó
visiblemente, hasta que la pared celular se fracturó por tres sitios. Inmediatamente, la
célula pequeña asumió una forma aplanada como la otra y tres corrientes nuevas de
material empezaron a fluir hacia fuera desde su interior. Ninguna célula parecía haber
perdido masa.
Blair se apartó del ocular y frunció el ceño mientras comprobaba su reloj. Estaba
funcionando en modo cronómetro. Lo apagó. La lectura resultante era muy
desconcertante.
****
McReady hizo rebotar el helicóptero un par de veces cuando lo aterrizó, pero ni la
nave ni los pasajeros mostraron efectos dañinos. El zumbido constante de los rotores
se ralentizó hasta pararse. Él se bajó las gafas de nieve y salió al hielo. Norris y
Palmer estaban justo detrás de él.
Había un paseo corto hasta el borde del cráter. McReady se detuvo para patear a
un lado un trozo retorcido de metal gris. El impacto lo redujo a fragmentos astillados.
Otro pedazo era tan grande que tuvieron que rodearlo.
El enorme agujero tenía una profundidad de más de quince pies.
Considerablemente más. El fondo del cráter estaba ocupado por metal carbonizado
ennegrecido. Todo era gris o negro. Los fragmentos de metal no tenían brillo, eran
mate como el antimonio pero lisos a pesar de todo. McReady no sabía qué pensar de
una superficie pulida que no era reflectante.
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Alan Dean Foster
El hielo alrededor del borde era tan liso como el cristal y sólo recientemente
coloreado con nieve soplada hacía poco. Lo que no había sido volado o vaporizado se
había fundido.
El contorno del agujero sugería que había contenido una gran esfera. McReady
miró a Norris a los ojos y no dijo nada. Sólo Palmer no hizo ninguna simulación de
ocultar su asombro.
—Guau. Fuera lo que fuese, era grande.
—Mirad esto —McReady se movió a su izquierda y recogió algo del hielo. Sus
compañeros se reunieron alrededor.
»¿Lo reconocéis? —les preguntó. Palmer sacudió la cabeza, pero Norris asintió
rápidamente.
—Parecen los restos de un cartucho de termita de carga media. Disposición militar
estándar. La OTAN utiliza las mismas cosas que nosotros.
—Sí —McReady lo tiró hacia el helicóptero, el comienzo de una colección
creciente. Se expandieron un poco y empezaron a rodear el cráter.
No había muchos escombros sólidos. Mucho de lo que quedaba era demasiado
grande para ser transportado. Había una fina ceniza gris sobre el hielo y se difundía
hacia fuera desde el centro del agujero. Norris se arrodilló y sacó un par de pequeños
tubos de plástico de un bolsillo. Usando un pequeño pico, empezó a tomar muestras
de hielo y polvo del perímetro del cráter.
No había mucho que hacer para los dos pilotos excepto esperar al científico.
Palmer continuaba maravillándose por el tamaño del cráter. El hielo glacial tan al sur
era tan sólido como la roca. Ninguna carga de termita había rasgado esa herida en la
superficie.
McReady se cansó de caminar, volvió a trazar sus pasos y se inclinó junto a
Norris. El geofísico examinaba un trozo pequeño de metal. Tenía una pequeña caja
sacada y abierta. Contenía viales diminutos de reactivos y catalizadores. Un cuadro
lleno de letras pequeñas estaba pegado al interior de la tapa. Algunas de las palabras
estaban en inglés, el resto en palabras enrarecidas de muchas sílabas. Los símbolos
eran completamente extraños para él.
Mientras observaba, Norris hizo gotear un pequeño fluido rojo de uno de los
viales sobre el espécimen de escombro. No sucedió nada y el fluido circuló sobre la
nieve. Se probó el contenido de un segundo vial, con el mismo resultado. Un potente
olor subía del líquido y la nariz de McReady se crispó.
Norris lo miró.
—Al principio pensaba que era alguna aleación de magnesio. Es bastante ligero.
Más que bastante ligero —limpió cuidadosamente la astilla gris contra el hielo, y
después contra el lateral de su bota.
»Nunca he visto un metal con una gravedad específica tan baja. Tiene algunas de
las características del litio metálico, pero eso es una locura. Cosas así no se pueden
trabajar como el metal normal. Al menos, eso me han contado. —Puso con cuidado el
último vial que había utilizado de vuelta en su hueco en la caja.
LSW 64
La Cosa
»Eso era ácido sulfúrico concentrado. Bien podría haber sido agua, por todo el
efecto que ha tenido en esto —tocó el fragmento con un dedo enguantado—. Pero
parte se convierte en polvo con sólo soplar sobre ello.
—¿Entonces no sabes qué es? —preguntó McReady.
Norris sacudió la cabeza.
—Ni idea. Algún tipo de aleación. Ojalá hubiese dado más metalurgia. Pero
apostaría dos años sabáticos a que esto es único —se giró para echarle al agujero
vacío una mirada de disgusto.
»Y esos pobres lerdos bastardos tuvieron que ir y volarlo.
—Dales un respiro, Norris —dijo McReady—. Estoy seguro de que plantaron sus
cargas con cuidado. Probablemente sólo intentaban romper hielo suficiente para hacer
fácil la excavación.
—Supongo —Norris no sonaba muy comprensivo.
McReady recogió la astilla y la miró.
—Algo de ello se hace polvo, pero algo, como este trozo, resiste el ácido fuerte.
¿Entonces cómo demonios lo volaron?
—Algo en el metal, o en algo que se evaporó durante la explosión, debió de
reaccionar químicamente con la termita. O quizá fue el calor el que lo hizo, no lo sé
—volvió a tomar el espécimen de McReady, lo deslizó en un tubo de muestras de
plástico y empezó a escribir sobre él.
McReady se levantó y examinó el horizonte.
—Ha habido un montón de campamentos provisionales establecidos en esta área.
¿Podría algún equipo, los soviéticos, los australianos o alguien, haber excavado aquí
una estación a corto plazo y después levantar el campamento sin llevárselo todo con
ellos?
—¿Como qué, por ejemplo?
—¿Sabes los grandes tanques que usamos para almacenar el combustible para los
helicópteros y el tractor? —hizo un ademán hacia el cráter—. ¿Podría algún grupo
haberse dejado uno aquí? La termita podría haber hecho explotar cualquier gas
restante.
McReady estaba explicándose. Él lo sabía, y también Norris.
—Lo siento, Mac —repuso el geofísico—. En primer lugar, la forma del cráter es
totalmente la incorrecta. Luego, el hielo es glacial, no reciente. No se entierra un
tanque de almacenamiento temporal bajo veinte pies de hielo sólido. Además, el
propano y la gasolina, cualquier tipo de combustible, está estrictamente racionado en
cualquier puesto avanzado. Nadie se largaría y dejaría atrás un montón de valioso
combustible.
—Quizá pretendían regresar.
—Quizá, pero yo no pensaría eso —Norris levantó un puñado de hielo astillado—
. Esto no muestra ninguna de las señales indicadoras de haber sido alterado. Lo haría
si alguien hubiese tenido una base aquí. Al menos habría marcas de deslizamiento,
aunque todo lo que hubiesen puesto fuesen barracas —se levantó.
»Por supuesto, podemos comprobarlo cuando contactemos otra vez con
McMurdo. Deberían tener registros de cualquier cosa que se haya puesto por aquí.
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—¿Y si los soviéticos o uno de los consorcios de Europa del Este, como el equipo
alemán oriental y rumano, estuviesen llevando una operación clandestina aquí?
—Vamos, Mac —lo reprendió Norris—. Hay suficiente cubierta de hielo igual de
interesante que ésa condenadamente más cerca de sus instalaciones permanentes.
—Sí —el piloto pateó la superficie, haciendo volar partículas—. Pero quizá no
haya petróleo allí.
Norris pensó un momento.
—Ahora, ésa es una posibilidad —miró fijamente a McReady.
Después de un momento, el piloto le sonrió tímidamente.
—Vale, me rindo, tampoco creo nada de eso —su expresión se volvió seria una
vez más—. ¿Entonces qué concluyes de eso?
—Sabes endemoniadamente bien lo que ambos concluimos de eso.
—¿No hay posibilidad de que pudiese haber sido algún tipo nuevo de nave de
prueba?
Norris sacudió la cabeza.
—No, y por muchas de las mismas razones. Este hielo es demasiado viejo y está
demasiado inalterado. La actividad sísmica ha estado empujando esta región hacia
arriba mucho tiempo, no al revés —alzó otra muestra de hielo.
»Es difícil estar seguro en el campo, pero diría que este hielo en el que estaba
enterrada la cosa es de más de cien mil años. Pleistoceno como mínimo.
Hubo un grito desde detrás de ellos y ambos hombres volvieron la mirada. Palmer
les hacía señas.
—¿Y ahora qué ha encontrado? —se preguntó Norris. Él y McReady caminaron
hasta pararse junto al hombre más joven.
Palmer estaba a unas cincuenta yardas del borde del cráter. Un gran pedazo
rectangular de hielo había sido cortado de la superficie cerca de sus pies. La
excavación era de unos quince pies de largo, seis de ancho y unos ocho de
profundidad, según la estimación a ojo de Norris. Los tres hombres miraron en
silencio el agujero.
No había nada ahí abajo excepto más hielo. La nieve se arremolinó en torno a sus
botas como lazos blancos…
LSW 66
La Cosa
6
En esa época del año la noche llegaba rápidamente al trasero del mundo. Varios de los
hombres en la sala de recreo estaban reunidos alrededor del gran monitor de
televisión. Estaba repitiendo la secuencia que mostraba a los noruegos encontrando el
misterioso objeto enterrado que Norris y McReady, al menos, estaban listos para creer
que era una nave de tipo y origen desconocidos.
De repente el paisaje en la pantalla, los movimientos de los miembros del equipo
noruego, ya no parecían tan prosaicos. La cinta ya no era una grabación aburrida de
eventos comunes diarios. Había adquirido algo más que el mero interés histórico.
Algo intangible y aun así muy real para los hombres en la sala que miraban las
temblorosas imágenes mal enfocadas.
Contenía una presencia.
McReady estaba sentado en silencio enfrente de un nuevo juego de ajedrez,
aunque su atención estaba dividida en otro sitio, entre los pensamientos privados y el
vaso de whisky que descansaba en el borde de la mesa.
Clark se había recuperado de la conmoción del día anterior. Estaba sentado solo
en un sillón en un rincón, hojeando una revista rescatada del campamento noruego. El
contenido no era de naturaleza científica, pero sin embargo el adiestrador encontró
edificante la sucesión de fotos en brillo. Apartaban su mente de otras cosas menos
placenteras recientemente observadas.
Pasó otra página, con la mano libre jugando con un trozo del peculiar metal que el
equipo de exploración había traído de vuelta del lugar de la explosión.
Childs se apartó finalmente del grupo que examinaba la cinta de vídeo y se acercó
a enfrentarse a McReady. El piloto levantó la vista distraídamente.
—Hola, Childs —hizo un ademán indiferente al tablero—. ¿Quieres jugar?
El mecánico sacudió la cabeza.
—No sé cómo.
—Yo te enseñaré. Me canso de jugar contra la máquina.
—Ahora no —dijo Childs impacientemente—. Vale, Mac, ahora explícame esto
otra vez. Hace miles de años esa nave cohete se estrella, ¿cierto?
—Probablemente no tenía cohetes, según lo que me cuenta Norris.
—Sí, bueno, no me importa un comino si usaba remos. Esa nave se estrella aquí
en el hielo y…
La mente de McReady estaba en otro lado.
—¡McReady!
El piloto pestañeó, y se sentó más derecho en su silla.
—Mira, sólo estamos conjeturando sobre esto. Podría haber sido parte de alguna
instalación soviética o algo. Algún experimento secreto que estaban haciendo.
—Eso no es lo que le has contado a Garry.
—Él quería mi opinión. Es todo lo que es en este punto. La de Norris también.
—Sí. Continúa.
McReady suspiró mientras empezaba a repetir la teoría que él y el geofísico
habían confeccionado en el vuelo de vuelta desde el lugar del cráter.
LSW 67
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****
Era difícil participar completamente en la vida diaria del campamento cuando se
requería que ocupases la mayor parte de tu tiempo de vigilia en una habitación. A
Nauls no le importaba el aislamiento, sin embargo. Lo dejaba solo con su música.
En ese momento los Gossamers calentaban de fondo mientras él se preparaba para
hacerlo literalmente en el fogón. Buscó por el gran armario de almacenamiento.
—¿Dónde está esa vieja olla grande mía? ¡Maldición! No puedes encontrar nada
el día que lo necesitas.
Cerró la puerta del armario de un portazo y se volvió con frustración hacia varias
de las baldas de almacenamiento en alto, y entonces fue cuando reparó en algo en el
cubo de basura cercano. Curioso, se acercó para comprobarlo. Cuando reconoció lo
que era, su curiosidad se convirtió en asco.
Alguien siempre le estaba gastando bromas. El bueno y viejo Nauls, siempre el
objetivo fácil. Todo el mundo en el campamento sabía lo delicado que era con su
cocina.
Alcanzó el cubo de basura y sacó el sucio y desgarrado par de calzones. Alguien
iba a responder por ese atentado. Las bromas prácticas eran una cosa, la higiene otra.
****
—…y así se estrella —le contaba McReady a Childs—, y ese tío, el piloto o lo que
fuese, es lanzado fuera, o sale, y acaba congelándose. Luego, cien mil años después,
llegan los noruegos paseando, lo encuentran y lo desentierran, y entonces vuelan
accidentalmente su nave mientras intentan excavarla.
Childs puso una cara.
—Simplemente no puedo creerme esa mierda —miró a través de la sala—. ¿Tú te
crees esa mierda, Blair?
Perdido en sus pensamientos, el biólogo no llegó a responder. Las estructuras
celular y de aleación estaban mezcladas en su mente, confundiéndolo más que nunca.
—Me quedo con tu teoría del campamento soviético —le dijo Childs a McReady
confidencialmente—. En cuanto a ese gran bloque de hielo que cortaron, podría haber
contenido pruebas que lo corroboraban. Algo con letras cirílicas o algo. Por eso se
esforzaban tanto por llegar a la cosa más grande. Quizá explotó porque tenía trampas.
McReady miró desafiante al mecánico.
—Claro, y después la enterraron bajo veinte pies de hielo glacial. De todos
modos, pronto lo sabremos. Garry está comprobando los registros de la estación para
ver si los rusos han estado operando en esa región en el pasado. Lo verificaremos con
McMurdo en cuanto Sanders pueda contactar con ellos.
»Pero no contengas la respiración. Norris dice que es imposible enterrar algo en
hielo tan viejo y tan sólido sin dejar algún indicio de que has estado excavando. Y no
encontramos ni un arañazo de pala, excepto por lo que los noruegos se dejaron atrás.
El porro colgaba flojamente de la boca de Palmer. No estaba encendido, pero su
presencia lo confortaba. De todos modos ya estaba agradablemente colocado, una
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bonita condición en la que estar cuando tenías que tratar con la posibilidad de que una
antigua nave espacial alienígena pudiese haberse volado en polvo apenas a unas
millas de tu cama.
El estado mental relajado también facilitaba la investigación personal de Palmer.
Norris y Blair no eran los únicos en la estación que podían realizar investigaciones
serias, ¡no, señor! Palmer todavía tenía varios meses de números atrasados del
National Enquirer y The Star para ponerse al día.
Levantó la mirada al mecánico burlón.
—Ocurre todo el tiempo, tío. Caen de los cielos como moscas. El gobierno lo sabe
todo al respecto. Carros de los dioses, tío. Prácticamente poseen Sudamérica. Quiero
decir, enseñaron a los incas todo lo que sabían. ¿Cómo crees que esos indios flacos y
pequeños construyeron Sacsayhuamán, tío? ¿Crees que acarrearon esas rocas de diez
toneladas sobre las espaldas?
Childs le echó una mirada desdeñosa.
—Alguien debería golpearte con una roca de diez toneladas, tío. Sacúdete las
telarañas —señaló la pila de periodicuchos de escándalos—. Esa mierda que lees no
es exactamente el Scientific American, ¿sabes?
Palmer agitó un puñado de titulares llamativos hacia el mecánico.
—Todo está suprimido en las astutas revistas. El gobierno no quiere que nadie lo
sepa. ¡Lee a von Däniken11! ¿Alguna vez has leído a von Däniken, eh? Aclara los
hechos. Han estado observándonos durante años —hizo rodar los ojos hacia el cielo,
con la voz llena de miedo fingido—. Probablemente estén ahí arriba, observándonos
ahora mismo.
—Si están buscando especímenes, desde luego espero que se te lleven a ti —
replicó Childs—. Nunca nos molestarán otra vez. —Sonaron unas pocas carcajadas de
algunos de los otros hombres.
Clark se deslizó más abajo en su sillón y giró de lado la revista que estaba
mirando. Una página inferior volteó hacia abajo.
—Jesús —respiró reverentemente—, ¿por qué querrían esos tíos irse alguna vez
de Noruega?
Un ruido rasgado se hizo cada vez más fuerte fuera en el pasillo. Nauls agarró una
puerta y se balanceó dentro de la sala, con los patines deslizándose hasta detenerse
bruscamente. Agitó los calzones arrugados hacia el perplejo equipo como una
declaración de guerra.
—¿Quién de vosotros, hijos de fea, ha estado tirando su ropa interior sucia en mi
limpio cubo de basura? —lanzó la prenda ofensiva a través de la sala. Se posó como
una manta sobre las piezas de ajedrez de madera de McReady.
»Quiero mi cocina limpia —los criticó el cocinero—. Libre de gérmenes. Mejor
que lo dejéis, idiotas. La próxima vez que encuentre algo así en mi cocina, ¡lo
hornearé en vuestra próxima cena!
Sin dar a nadie la oportunidad de responder, se giró y salió patinando por el
pasillo. McReady se inclinó hacia delante y arrancó con cuidado la prenda interior
11
Erich Anton Paul von Däniken (1935), autor suizo de libros que afirman influencias extraterrestres en
la humanidad primitiva (N. del T.)
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de memoria del perro noruego para asegurarse de que actuaba de una manera perruna
reconocible.
—Me lamió la mano —murmuró Norris—, cuando era perseguido por esos tíos en
el helicóptero. Vino directamente a mí, me lamió la mano y gimoteó por ayuda.
Blair asintió.
—Claro que lo hizo. Mantiene cualquier cosa útil. Este organismo es muy
eficiente, no derrochador. Y es inteligente. Demasiado inteligente para mi gusto.
—¿Y cuál es el problema? —quería saber Garry. Señaló los dos cuerpos que
yacían inofensivamente en la mesa—. El soplete lo crujió bastante bien.
El biólogo se volvió a mirar las formas caninas.
—Aún hay algo de actividad celular. Clínicamente hablando, todavía no está
completamente muerto…
Clark saltó hacia atrás y tropezó con un cubo de basura. La reacción del resto de
los hombres fue similar, si no tan extrema.
—Tranquilizaos —les dijo Blair, ocultando los destellos de una sonrisa.
—Has dicho que una célula bastaba para tomar el control —murmuró Norris con
los ojos sobre los cadáveres repentinamente malignos.
—Para imprimir un patrón, sí —admitió Blair—, pero no para iniciar el
procedimiento de toma. Eso requiere una cantidad mucho más grande de materia
protoplasmática. Las estructuras como tendones que parecen tan importantes para el
proceso, por ejemplo. Están compuestas por millones de células. —Pero los hombres
se revolvían incómodos, todavía inseguros, todavía temerosos.
»Mirad —intentó tranquilizarlos Blair—. Si hubiese alguna clase de peligro,
¿creéis que yo estaría aquí pasando las manos sobre la cosa? —Los hombres se
relajaron levemente. Blair miró los dos cuerpos—. Por lo que a mí respecta, sin
embargo, cualquier actividad celular, aunque mínima, es demasiada.
—¿Qué recomiendas? —le preguntó Garry.
Bair miró a su ayudante. Habían discutido las posibilidades anteriormente, cuando
Blair había detectado la mínima actividad celular restante. Aun así, los ojos de Fuchs
se dilataron cuando vio en la expresión de su superior qué decisión se había tomado.
****
—No podéis. ¡No podéis hacer esto! —gritaba Fuchs en la noche.
Estaba muy oscuro fuera. El viento había amainado y no había nieve en el aire que
oscureciese la visión de los hombres pesadamente abrigados que salían del complejo.
Su propósito estaba igualmente claro.
McReady y Copper arrojaron los dos cadáveres de perro en una parcela de suelo
despejada. Childs volcó el gran bidón que acarreaba y empapó los dos cuerpos. El
olor a gasolina era fuerte en el aire perfectamente limpio. Usó todo el contenido del
bidón, sacudiendo las últimas gotas sobre los cuerpos rígidos.
—No podéis hacerlo —discutía violentamente Fuchs con sus compañeros—. ¡No
podéis quemar estos últimos restos! —estaba fuera de sí con una mezcla de
frustración e ira. Pero no sabía qué hacer al respecto.
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Blair estaba tomando muestras de sangre de los tres perros sanos que quedaban en la
perrera. Ya había comprobado los enjaulados en la enfermería. Cerca, Clark estaba
repartiendo la cena. La perrera parecía vacía con sólo tres habitantes y la melancolía
del adiestrador era palpable.
La cara de Blair había estado reflejando pensamientos contradictorios desde que
había entrado en la perrera. Algo había estado ya un rato molestándole.
—Dime, Clark, ¿notaste algo extraño en ese perro noruego? Sé que era una
imitación perfecta de la realidad canina, ¿pero no hubo nada en absoluto que picase tu
curiosidad en él? ¿Ninguna pequeña cosa?
Clark terminó de repartir la comida, frotándose las manos mientras consideraba
las preguntas del biólogo. Los tres animales supervivientes pulularon alrededor del
comedero, forcejeando y luchando por una posición con su entusiasmo habitual. La
ausencia de sus compañeros parecía no preocuparlos.
—No. Sólo que se recuperó realmente rápido. Esa noche, cuando lo encontré en la
sala de recreo, ya se había quitado el vendaje. Volví a vendar la herida antes de volver
a meterlo con los otros. Noté que había sanado realmente bien, pero no pensé que
fuese nada extraordinario. No en ese momento, en todo caso.
Blair estuvo súbitamente atento.
—¿Has dicho cuando lo encontraste en la sala de recreo «esa noche»?
El adiestrador se movió hacia el comedero y rascó afectuosamente las orejas de
uno de los perros.
—Sí.
—¿Qué estaba haciendo en la sala de recreo?
—Después de trabajar en él, pensé que le dejaría descansar un rato. Ya habría sido
bastante traumático meterlo en toda una perrera con nuevos compañeros si hubiese
estado sano. Salí un poco de la sala, y cuando volví se había ido.
—Bien, ¿dónde estaba? —el biólogo sonaba raro, como si cada palabra fuese un
esfuerzo—. ¿Adónde fue?
Clark se encogió de hombros.
—Demonios, no lo sé. Lo busqué por ahí un par de minutos y no pude
encontrarlo. Me figuré que estaría bien solo. No podía salir fuera, y Nauls guarda la
comida bajo llave. Así que no me preocupé por él.
Blair vaciló un momento, y después preguntó:
—¿Estás diciendo que no fue metido en la perrera hasta tarde esa noche?
Algo en la expresión del biólogo incomodó súbitamente a Clark.
—Bueno… sí, eso es.
Blair parecía haber olvidado sus instrumentos, las pruebas, los dos pequeños
viales llenos de sangre roja de perro fresca. Parecía haberlo olvidado todo excepto a
Clark.
—¿Cuánto tiempo estuviste con el perro? A solas, quiero decir.
—Ah… estaba malherido. La bala cortó la arteria en la cadera. No puedo
asegurarlo. Una hora, hora y media. —Blair seguía mirándolo con ojos como lunas—.
¿Por qué demonios me miras así?
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—Malditos necios… —se unió a ellos una nueva voz, acompañada por una ráfaga
de aire helado, cuando la puerta del extremo alejado del corredor se abrió y Fuchs
entró pisando fuerte en el pasillo—. El descubrimiento de la historia, artículos en cada
periódico, quizá hasta un Nobel… —miró acusadoramente por encima de un
hombro—. Todo a la basura en un momento de pánico.
Garry miró más allá de él. Childs se estaba quitando sus pesados guantes de
exterior. Ya había colocado el soplete. McReady y Copper se movieron por delante de
él. El piloto de helicóptero reparó en que Garry lo miraba expectante y asintió una
vez.
—¿Estáis seguros?
McReady se desabrochó el abrigo de exterior.
—No queda nada salvo residuo, jefe. Y condenadamente poco.
Garry asintió con aprobación. Blair estaba tirándole del brazo.
—Escúchame, Garry. Por favor, tienes que…
Pero el jefe de la estación estaba hablando con McReady.
—Si el tiempo se aclara lo bastante antes de que Sanders pueda contactar con
alguien, os mandaré a ti y al doctor a McMurdo.
—¡No! —Blair estaba horrorizado—. ¡No puedes dejar que nadie se vaya del
campamento!
—No voy a ir a ningún lado en nada por encima de cuarenta nudos, Garry. Sin
importar lo «claro» que esté. Especialmente no todo el camino hasta McMurdo.
—¡Y un cuerno que no lo harás, McReady!
Blair dio un paso entre ellos, intentando desesperadamente llamar la atención del
jefe de la estación.
—¿No lo entiendes? ¿Nada de lo que he dicho antes te ha causado ninguna
impresión? Esa cosa se convirtió en un perro porque tenía que hacerlo. Porque no
había nada más disponible en ese momento. No quería convertirse en un perro.
Garry se volvió hacia él, con su autocontrol de hierro quebrándose por fin
levemente.
—¡Maldito seas, Blair! Ya has dejado a todo el mundo medio histérico por aquí.
¿Por qué no te callas un rato?
»Recuerdo lo que has dicho y creo que entiendo las ramificaciones tan bien como
cualquiera. Pero soy el jefe de la estación y tengo que tomar las decisiones difíciles. Y
es mi decisión que necesitamos algo de ayuda experta aquí, y cuanto antes mejor.
»Lo siento si eso no cuadra con tus teorías personales, pero por favor, ten en
mente que tengo que hacer lo que pienso que es mejor para todo el mundo implicado,
y eso es justo lo que voy a hacer.
—¡Pero no puedes dejar que nadie se vaya! —insistió Blair enfáticamente—. No
puedes…
—Mira, estoy casi harto de todo este asunto, Blair —el jefe de la estación se
estaba conteniendo con esfuerzo—. Tengo seis noruegos muertos en mis manos, una
estación de investigación destruida que pertenece a una nación amiga, un platillo
volante quemado, y según Fuchs, acabo de ordenar incinerar el descubrimiento
científico del siglo. ¿Cómo crees que me siento? ¡Ahora deja de joder!
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****
Era noche profunda fuera de la estación, el cielo oscurecido por las nubes corrientes
que eran las precursoras de la tormenta que Bennings había pronosticado. Ninguna
estrella brillaba a través de las nubes amontonadas, ninguna aurora inquietantemente
hermosa decoraba los cielos con sus delicados trazos pastel.
No había ningún sonido salvo el viento y el golpeteo de partículas de hielo contra
el revestimiento de metal corrugado. Una débil llamarada de relámpago, salvaje y
distante, proyectó momentáneamente los edificios del campamento en una silueta
fantasmal.
Hacía mucho calor dentro de la choza de McReady. El destello de la única
bombilla desnuda caía igualmente sobre fotos de mujeres desnudas y carteles
llamativos de viajes.
En ese momento, el piloto estaba inclinado sobre la única mesa, colocando
cuidadosamente un tornillo diminuto en su lugar en el lateral de su tablero de ajedrez
de gran tamaño recientemente arreglado.
Al otro lado de la mesa, su tetona compañera inflable ocupaba la otra silla. Era la
pareja de ajedrez ideal: callada, no discutidora, y no engullía su provisión secreta de
alcohol. El sombrero de él colgaba por la espalda de ella, manteniéndola en su sitio.
Música hawaiana, tan auténticamente polinesia como los Volkswagen atascando
Waikiki, ascendía melodiosamente desde el estéreo.
—Todo listo —le informó a su compañera—. Ya era hora. Estaba cansándome de
ese tablero pequeño que tienen en la sala de recreo —puso el destornillador a un lado,
levantó el vaso y ofreció un brindis, con una amplia sonrisa en la cara.
»Por nosotros, querida. —La figura inflable se movió ligeramente en el aire cálido
que soplaba desde el calefactor de pared de McReady. Chocó su vaso contra el que
había preparado para ella, y después tomó un trago largo del suyo.
Sentándose en su sillón encendió la máquina renovada. Una luz roja de
«preparado» cobró vida parpadeando en una esquina y él soltó un gruñido de
satisfacción.
—Ahora ten paciencia conmigo, Esperanza —le dijo a la figura al otro lado de la
mesa—. Recuerda, sólo soy un principiante. Y recuerda lo que pasó la última vez —
introdujo su primer movimiento.
El juego respondió por Esperanza, cuyos hinchados labios de plástico no podían
moverse.
—Torre come alfil en reina cuatro, torre come peón en reina dos, torre come reina
en reina uno. Jaque-mate-mate-mate.
—Au, mierda —McReady apagó la máquina y levantó el panel que ocultaba los
intrincados circuitos de programación. Un destornillador y varios circuitos impresos
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fueron tirados sobre el tablero, sin consideración por las piezas que desalojaron.
McReady agarró su bebida y bajó rápidamente el resto del contenido ámbar del vaso
de chupito.
»Lo siento, cariño —se disculpó con la diva de plástico—. Sé que has hecho lo
que has podido. Tienes que dejar las cosas difíciles —miró alrededor—. Lo
intentaremos otra vez en unos minutos. Primero lubricamos a tu oponente, después el
tablero —buscó dentro de la hielera cercana y sacó los dedos goteando.
»Nunca hay un maldito hielo por aquí —murmuró desconsolado. Se echó hacia
atrás en su sillón, se levantó resignadamente y se dirigió a la puerta. Un pequeño pico
de hielo de la clase preferida por Norris para las excavaciones más importantes
colgaba de un gancho clavado a la pared.
El piloto retiró el instrumento y abrió la puerta. Dejó que el viento la empujase
hacia dentro en torno a un pie antes de patear la cuña en posición en su base.
Cinco minutos fuera en la noche antártica, vestido con ropa ligera como estaba, y
moriría congelado. Pero sólo estaría fuera un minuto. Un gran terraplén de hielo se
elevaba contra un lado de la cabaña. Empezó a astillarlo con el pico, sujetando la
hielera debajo. Gruñó mientras trabajaba, con la piel de la nuca ya entumeciéndose.
—Ahora en México, en Tahití, tienen hielo. Les sale el hielo de las orejas. —
Martilleó con el pico. El hielo estaba siendo terco.
Ah, Tahití, pensó mientras trabajaba, intentando calentarse con recuerdos. Ése sí
era un lugar para llevar un helicóptero. Lo que había hecho, durante un año, hasta que
una riña con el propietario del servicio de vuelo paisajístico había destrozado esa
relación y lo había mandado a hacer las maletas en busca de otro trabajo.
Verde y cálido, eso era Tahití. Sin serpientes, sin escorpiones, un montón de
buena comida, bastantes mujeres turistas contentas queriendo compañía y consuelo
(sólo mujeres turistas, porque las polinesias locales estaban todas casadas o
prometidas, a pesar de lo que los folletos turísticos insinuaban). Flores y calor todo el
año. Ahora, si sólo pudiese hacer algo respecto a los franceses…
Un sonido metálico interrumpió su ensimismamiento. Frunció el ceño,
apartándose del terraplén de hielo. Sus dedos estaban levemente entumecidos en las
puntas, pero eso no le molestaba. No había estado fuera el tiempo suficiente para
hacerse daño. Presionó su hielo en la hielera y dio un paso hacia la puerta abierta.
Ahí estaba otra vez: metal frotando contra metal. Era raro. Se necesitaría ser un
verdadero idiota para estar trabajando fuera tan tarde por la noche.
A veces los pestillos de las puertas del edificio principal fallaban, habiéndose
helado su aceite lubricante especial o habiendo agotado una fuga engañosamente el
fluido protector. En ese caso, una puerta podía congelarse, atrapando a alguien fuera.
McReady vaciló. Probablemente se había quebrado algo en el sistema eléctrico.
Eso sucedía mucho. Pero esa clase de daño era casi siempre reparable desde dentro, a
salvo del clima.
Por supuesto, alguien podría haberse aburrido de las atracciones de la sala de
recreo y haber decidido hacer una comprobación privada en un experimento exterior o
en una pieza de equipo. Quizá Childs estuviese fuera comprobando algo de
maquinaria, o incluso un Norris desvelado sus sismógrafos.
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El hacha descendió sobre la radio principal una vez más, reduciendo más sus
delicadas piezas a una masa electrónica.
—¡Creéis que estoy loco! —les gritó Blair, con el arma cerniéndose sobre la
entrada—. ¡Bien! Pensad lo que demonios queráis. La mayoría no sabéis qué está
pasando, ¡pero estoy condenadamente seguro de que algunos de vosotros sí!
Otro crujido atroz resonó por el pasillo.
—La ventana trasera —sugirió suavemente Norris—. Un par de nosotros quizá
podría sorprenderlo.
—Y quizá no —argumentó McReady, pensando deprisa—. Demasiado peligroso.
—¡Os oigo susurrando ahí fuera! —chilló Blair—. Adelante, susurrad, pero por el
amor de Dios escuchadme.
»¿Creéis que esta cosa quiere convertirse en animales? Los perros no pueden
recorrer mil millas hasta el mar. No hay págalos para imitar en esta época del año, ni
pingüinos tan tierra adentro. Nada. Excepto nosotros. ¿No lo entendéis? ¡Quería
convertirse en nosotros! —bajó el hacha una vez más sobre algo delicado e
irreparable.
Una ráfaga de aire frío precedió al regreso de Childs. Se paró detrás de McReady,
resollando fuertemente. La nieve salpicaba su barba. Su informe fue sombrío.
—Ha pillado ambos helicópteros y el tractor.
—No, ¿el tractor también? —dijo Bennings con incredulidad.
Childs asintió vigorosamente.
—Todavía no sé cuán malo es. El tractor parece estar en mejor estado que el
helicóptero. Construcción más fuerte, controles más sencillos. No me he quedado para
comprobar si ha llegado debajo del capó. Me he figurado que quizá podría ayudar
aquí —hizo un gesto con el dedo—. Por supuesto, en un minuto podría no marcar una
diferencia.
McReady vio al jefe de la estación preparando su magnum.
—Garry… espera un minuto. —El otro hombre lo miró, con la pistola lista.
—¿Tienes algo en mente, Mac?
El piloto miró a Norris.
—Caja de fusibles.
El geofísico miró hacia el jefe de la estación. Garry pensó brevemente, y después
asintió con su consentimiento. Norris se largó por el pasillo, moviéndose deprisa.
McReady fue en la otra dirección. La sala de recreo estaba desierta. Recogió una
de las mesas de cartas, dobló las patas por debajo de la superficie y tardó el doble en
volver a la sala de comunicación.
Blair seguía balbuceando, todavía balanceando el hacha.
—¿No podéis verlo? —desvariaba dirigiéndose a nadie en particular—. Si una
célula de esta cosa saliese en un huésped portador decente, podría infectar a toda cosa
viviente en la Tierra. ¡Nada podría detenerla, nada! Todo lo que necesita es cualquier
criatura con un cerebro medianamente competente. Un pájaro, un ratón, cualquier
cosa.
»Por supuesto, un hombre sería mejor. Mucho mejor. Más eficiente —una risilla
aguda vino del perturbado biólogo—. Y esta cosa, oh, es muy eficiente.
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Un gran agujero en la nieve servía al campamento como vertedero de basuras para
residuos no biológicos. Estaba bien alejado a un lado y enmarcado por encima con un
techo de madera para evitar que alguien tropezase con él.
Los subproductos humanos eran tratados de manera diferente, por necesidad y
experiencia nacida de una generación de exploración antártica moderna. Eran tratados
químicamente y después almacenados en bidones para su enterramiento mucho más
lejos del campamento.
En la mayoría de climas de terreno hostil los simples tanques sépticos servirían
para tal material, pero no en la Antártida. No donde todo se congelaba y se negaba
firmemente a biodegradarse. Había que tener cuidado con lo que se hacía con los
desechos o éstos merodearían y lo perseguirían a uno.
No quedaba mucha luz diurna tan al sur, pensó Bennings mientras volcaba el
contenedor de basura. Éste colgaba de un carretón montado en esquís en vez de
ruedas. Hizo retroceder el carro desde el agujero y cerró de una patada la puerta que
lo cubría, frotándose las manos enguantadas mientras examinaba el cielo.
Pronto el invierno se apoderaría del continente austral y empezaría realmente a
hacer frío. Los hombres tendrían que retirarse permanentemente en su madriguera
para esperar el retorno del sol.
Palmer y Childs trabajaban como esclavos en el menos destrozado de los
helicópteros. Garry todavía mantenía alguna esperanza de que uno de ellos pudiese
ser reparado a tiempo para hacer una carrera al estrecho de McMurdo, donde su piloto
intercambiaría información impactante por refuerzos, suministros, consejo experto y,
por lo menos, una radio nueva.
La vieja era un montón de restos de plástico de bordes afilados en la sala de
telecomunicaciones. Cualquier idea de reparar un instrumento de estilo antiguo habría
estado fuera de discusión. Pero todo el equipo electrónico del campamento era sólido.
Así que había una posibilidad escasa de arreglar una unidad de emisión rudimentaria.
Desgraciadamente, intentar unir docenas de fragmentos y otros componentes
diminutos de los colores del arcoíris en algo parecido a una pieza funcional de equipo
de comunicaciones era una tarea para alguien que combinase los talentos de un
instructor de laboratorios Bell12 y un maestro de rompecabezas.
Sanders no era ninguna de las dos cosas. Además, todavía le dolía la cabeza. Se
ajustó el gran vendaje enrollado alrededor de su frente e intentó sacar algo de sentido
de la carnicería. De vez en cuando la visión se le emborronaba. El tamaño minúsculo
de algunos de los componentes indispensables no ayudaba.
Los que habían sobrevivido a la locura de Blair estaban en un montón ordenado
en el escritorio delante de él, pareciendo caramelos de azúcar de la tarde. Cada uno
tenía un número estampado en la parte frontal. Tableros de circuitos estaban
organizados alrededor del montón en un semicírculo. Los tableros también tenían
números impresos. Huecos vacíos destellaban desde los tableros, necesitando
12
Compañía estadounidense de investigación y desarrollo científico (N. del T.)
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repuestos. Todo lo que había que hacer era emparejar los números de los módulos de
repuesto con los de los tableros.
Claro.
—Veré qué puedo hacer —le decía Sanders a Norris—. Le dije a Garry que lo
intentaría. Pero la mayoría de esas unidades —e hizo un gesto barriendo que abarcaba
la mayor parte del equipamiento arruinado— está diseñada para reparación en fábrica.
No tengo equipo para arreglar circuitos en microminiatura. —Una lupa descansaba
cerca de su mano derecha. Sanders la recogió y empezó a buscar con poco entusiasmo
la rotura donde se suponía que un tablero se unía a otro.
—No me enseñaron mucho sobre arreglar estas cosas en la escuela de
comunicaciones.
Norris sonrió y le dio palmaditas suavemente en un hombro.
—Está bien. Tampoco te enseñaron mucho sobre manejarlas.
Sanders respondió con algo en español que Norris no pudo entender. Pero pensó
que no sonaba técnico.
****
En la oscuridad persistente del invierno antártico, la mañana se reducía a un recuerdo
abstracto de otro mundo. Tu cuerpo funcionaba según un horario preestablecido, no
instintos naturales muy confusos.
Cuando llegaba la hora del desayuno, tenías que hacerlo sin la reconfortante
llegada de una cálida salida del sol. Nauls hacía lo que podía por compensar su
ausencia con un bufé de huevos, tocino, tostadas, jalea y mantequilla, patatas fritas
campesinas y cereales calientes o fríos.
El festín era tan necesario como bienvenido. Por debajo de la altitud de sesenta
grados, las calorías desaparecían tan rápido como la civilización. No había
investigadores ni trabajadores gordos en ninguna de las muchas estaciones
internacionales esparcidas por el continente. Aunque hubieses tenido sobrepeso toda
tu vida, una estancia de un año en la Antártida fundiría tu exceso de masa. Era un
fenómeno que incluso los primeros exploradores habían notado.
Las únicas que podían mantener el peso en la Antártida eran las focas y las
ballenas. La mayoría de los hombres y mujeres que moraban cerca del Polo Sur
coincidían, sin embargo, en que había métodos más fáciles para perder peso.
El comedor era una sala larga y estrecha, no mucho más ancha que los pasillos de
acceso que lo conectaban con el resto del campamento. En ese momento estaba
llenándose de hombres hambrientos medio despiertos.
Copper interceptó a Nauls cuando el cocinero estaba trayendo otro montón de
tostadas y galletas. El médico deslizó una cápsula azul de aspecto inocuo en la
bandeja.
Nauls la examinó y sonrió al doctor.
—Ey, hoy ya he tomado mis vitaminas.
—No es para ti —le dijo Copper tranquilamente—. Pon esto en el zumo de Blair
antes de llevarle su bandeja.
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—No los he visto desde que comprobé el cerrojo anoche. Podrían ser hasta diez o
doce horas.
McReady levantó la mirada de su lista. Su cara era grave mientras seguía la
mirada de Copper.
—No han podido ir lejos con este clima. Probablemente tuvieron que parar pronto
después de irse y se refugiaron en algún sitio para pasar la noche.
Varios de los hombres se giraron dudosos hacia el piloto.
—No estás pensando en ir tras ellos, ¿verdad? —le preguntó Garry—. Sé que
últimamente aquí te hemos presionado un poco duramente sobre volar con mal
tiempo, pero…
—Claro que voy a ir tras ellos —espetó McReady, guardando el bolígrafo.
—¿Para qué demonios? —Norris miró al piloto como si McReady estuviese
proponiendo un viaje innecesario al séptimo nivel del Infierno de Dante.
Norris continuó:
—Aunque Blair tenga razón y uno de ellos no sea… no sea ya un perro, sólo
morirán ahí fuera. No hay comida, ni siquiera un pingüino solitario. Ni siquiera una
maldita araña. Están a más de mil millas de cualquier cosa que no sea hielo y roca.
—Además de lo cual —adujo Palmer con lucidez desacostumbrada—, los
helicópteros no van a estar listos en días, si lo están alguna vez.
McReady los ignoró a ambos y entregó a Bennings la lista que había estado
preparando.
—Sacad estas cosas del suministro y reuníos conmigo junto a las motonieves.
Garry miró al piloto con incredulidad.
—No vas a atraparlos en una de ésas con la ventaja que llevan.
—Como decía, probablemente hayan pasado la mayor parte de la noche
acurrucados en algún sitio por calor. No son murciélagos, maldita sea. Y no sabemos
que hayan estado fuera las diez o doce horas enteras —miró fijamente a su
ayudante—. Palmer, ¿cuánto tiempo te llevaría atar esos grandes carburadores de
cuatro cilindros en las motos?
—¿Para qué…? oh, sí. Te entiendo —sonrió, saboreando la oportunidad. Siempre
había querido probar eso con las motonieves, pero tanto Garry como Mac lo habían
prohibido. Ahora tendría la ocasión. No era lo mismo que juguetear con el cuadro de
un Corvette, pero sin embargo sería divertido.
—Entonces date prisa —le urgió McReady. El hombre más joven se volvió y salió
trotando hacia el gran cobertizo de mantenimiento—. Childs, ven conmigo. Tenemos
trabajo que hacer.
McReady rodeó al gran mecánico con el brazo y los dos pasearon por la nieve,
charlando animadamente. Ligeramente desconcertados, el resto de los hombres los
observaron irse. El hielo y la nieve se arremolinaba alrededor de ellos.
Garry gritó detrás del piloto.
—¿Qué vas a hacer cuando los alcances?
Bennings estaba leyendo la lista que McReady le había entregado.
—Mierda —murmuró en voz alta.
El jefe de la estación lo miró, reparando en la lista.
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sin decir—. Muy conveniente, tener un continuo suministro de comida que viaja
contigo sobre sus propias patas.
Fue hasta el remolque de la motonieve, levantó la tapa y retiró un bidón de dos
galones de gasolina. Desenroscó el tapón, y después miró a Bennings.
—Todavía se mueven en línea recta. ¿Adónde se dirigen esas huellas?
—A ninguna parte —insistió el meteorólogo—. Sólo recto hacia el océano.
—Eso es algo, en cualquier caso —el piloto derramó en silencio el contenido del
bidón sobre los restos. Los hombres se apartaron. McReady sacó un pedazo de papel
estropeado de un bolsillo del anorak y lo incendió con su mechero, tirándolo hacia los
restos. El hueso y la piel prendieron al instante y ardieron con una llama continua en
el viento continuo.
—Movámonos.
Algo del entusiasmo inicial se estaba perdiendo en sus compañeros. Ya habían
recorrido un largo camino desde el calor y la comodidad del puesto avanzado. Ahora
los restos roídos del perro de trineo les habían recordado otra vez el adversario tan
letal que estaban persiguiendo.
—Quizá deberíamos considerar esto otra vez, Mac —murmuró Childs medio
excusándose. Cabeceó hacia el horizonte—. Podrían estar a horas por delante de
nosotros.
Bennings inspeccionó el débil sol.
—También va a oscurecer pronto. Se supone que va a hacer menos cincuenta 13
esta noche.
McReady, montando en la motonieve que remolcaba los suministros, los ignoró a
ambos.
—Volved si queréis. Yo voy tras ellos.
Sus compañeros intercambiaron una mirada dudosa, y después empezaron a andar
hacia las máquinas.
—Está loco al querer continuar con esto —murmuró Childs infelizmente.
—¿Sí? —Bennings trepó al asiento detrás del mecánico—. Quizá no. Quizá
seamos nosotros los que estamos locos al pensar en volver.
—Ah, cállate —Childs activó el motor.
Sólo venía un brillo leve de un sol del color de un sorbete rancio mientras las
motonieves continuaban siguiendo las huellas de perro que se desvanecían. Bastante
inesperadamente, el rastro cambió de dirección. McReady frenó hasta detenerse.
Childs y Bennings se pararon a su lado, con sus motores apenas funcionando.
—¿Qué va mal, Mac? —preguntó el mecánico.
El piloto rompió nieve de su barba. Las huellas habían girado hacia una cresta de
colinas bajas y acantilados nevados. Hacía mucho frío ahora.
—Se desvían en esa dirección.
Childs se levantó en su asiento y miró en la dirección indicada.
—¿Crees que podemos meternos allí?
—Siempre que no se ponga demasiado escarpado —le dijo McReady—. ¿Aún
estáis conmigo?
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-50ºF=45,5ºC aprox. (N. del T.)
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los faros no podían ver qué. A Childs le parecían las mandíbulas de un perro, excepto
que ningún perro que jamás vivió tuvo una boca tan ancha.
Las pesadas ropas exteriores de Bennings empezaron a rajarse, estiradas hasta sus
límites cuando la carne por debajo reventó sus límites naturales. Las mandíbulas que
mordían se retorcieron, volviendo el cuerpo hacia su centro. Una serpiente siempre
gira a su presa para tragarla de cabeza, pensó McReady locamente. La cara de
Bennings desapareció en esa fluida boca cambiante.
Se volvió y se lanzó a por el remolque de la motonieve, gritando hacia atrás por
encima del hombro mientras corría.
—¡Quémalos!
—¡Pero Bennings…! —empezó a protestar Childs.
McReady no habría reconocido su propia voz.
—¿No puedes ver que se ha ido? ¡Hazlo… mientras aún tengamos la oportunidad
de hacerlo!
Bennings… ¡maldita sea, Bennings! Los dientes de Childs rechinaron unos contra
otros. Bennings está muerto, tío. Esa cosa todavía está viva. Activó el soplete.
La potente corriente de fuego alcanzó la masa indistinguible de la que Bennings
ahora era parte. El pesado macizo de carne oscura estalló en llamas y el hielo empezó
a fundirse a su alrededor. Un lamento chirriante llenó el aire nocturno.
McReady estaba trabajando como un loco en el remolque de la motonieve,
retirando frenéticamente bote tras bote de gasolina y tirándolos sobre el hielo.
Algo duro como el acero asomó fuera del suelo. Tenía esparcidos nudos y
proyecciones agudas y cosas como largos pelos rígidos. Falló a McReady y atravesó
directamente el cuerpo de fibra de vidrio del remolque.
McReady se echó a un lado. El miembro se liberó de la fibra de vidrio astillada y
se agitó en busca de algo que agarrar.
El piloto se revolvió por la nieve, destapó un par de botes y vertió el contenido en
ese evasivo miembro buscador. Después se apartó y empezó a derramar el resto sobre
la masa más grande que Childs estaba derritiendo fuera del hielo.
Los botes explotaron como pequeñas bombas, inmolando más la retorcida
abominación convulsiva bajo la nieve. Tras ellos, la otra cosa-perro continuaba
ardiendo. Los continuos chillidos y maullidos resonaban horriblemente en las paredes
del pequeño cañón, ensordeciendo a los dos hombres frenéticos.
McReady tiró el último bote a la conflagración y agarró el brazo de Childs.
—Es suficiente, tío.
El mecánico no pareció oírlo. Con ojos vidriosos, Childs continuó apuntando la
corriente de fuego sobre la masa ya hirviente. Parte del esqueleto ardiente de
Bennings se mostró a través de las llamas. Si la otra cosa poseía un esqueleto,
McReady no pudo distinguirlo. El infierno que llenaba el cañón era casi demasiado
brillante para mirarlo.
Finalmente McReady tuvo que dar un paso delante del mecánico y asir el soplete
con ambas manos.
—¡Childs, ya es suficiente! Lo tenemos.
El hombre grande bajó lentamente la mirada hacia él y pestañeó.
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La Cosa
—Sí. Sí, vale, Mac —apagó el flujo al soplete. Se quedaron ahí juntos, con las
caras aturdidas inundadas de luz de las llamas mortecinas. A medida que el fuego
empezaba a disminuir, también lo hacía ese detestable chillido. Pronto sonaba lejos,
débil e inofensivo.
Se agotó completamente en unos minutos. Los dos fuegos continuaban ardiendo.
McReady y Childs esperaron hasta que las últimas brasas se hubieron vuelto oscuras.
Entonces el piloto vació algunos galones más de gasolina sobre los tiznones que
manchaban el suelo del cañón y los incendió. Cuando los mismos ardieron, ahí fuera
no quedó nada que quemar excepto hielo y roca.
El remolque de la motonieve estaba arruinado. Ese miembro apuñalador que había
estado muy cerca de empalar a McReady había destrozado no sólo el contenedor, sino
también uno de los esquís de soporte. McReady lo soltó y transfirieron los suministros
restantes a la caja de almacenamiento montada sobre el asiento trasero de la
motonieve.
Entonces partieron para volver a trazar su camino, acelerando por el cañón de
vuelta a la planicie glacial y la helada noche antártica. Habría sido más sensato
esperar hasta la mañana. Más sensato, sí, pero ninguno de los hombres tenía intención
de pasar un momento más en ese cañón, ahora ocupado sólo por los fantasmas de dos
gárgolas cuya apariencia envuelta en la noche habría avergonzado a cualquier docena
de rostros que rondaban la muy distante Notre Dame.
McReady y Childs prefirieron correr el riesgo de morir congelados fuera en el
hielo despejado…
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Sólo la astilla superior de sol se reveló al día siguiente, señalando el comienzo del
equinoccio primaveral. Y el comienzo de seis meses de oscuridad total.
Los hombres se habían reunido en la sala de recreo. Clark se sentaba en un sillón
rodeado por sus compañeros de trabajo, ahora suspicaces. El adiestrador de perros
parecía agotado y sonaba defensivo.
—Os estoy diciendo —dijo por al menos décima vez— que no recuerdo dejar la
perrera abierta.
Childs estaba cerca de pie. Sujetaba el soplete bien usado, habiendo acortado su
alcance por si acaso tuviese que ser empleado dentro. Lo agitó seriamente debajo de
la nariz de Clark.
—¡Eso es una mierda! Nos dijiste después de que esos perros partiesen que
siempre lo compruebas.
—Siempre lo hago —Clark se mordió el labio inferior e intentó sonar seguro. No
lo estaba. Ese soplete estaba demasiado condenadamente cerca—. Debieron de abrirla
después de que yo la cerrase para la noche.
—La dejaste abierta —dijo Childs acusatoriamente—, para que pudiesen salir.
Clark mantuvo su exasperación bajo control, junto con la respuesta sarcástica que
le vino inmediatamente a la mente. El sarcasmo no sería prudente en ese momento,
considerando las expresiones en las caras de los hombres que lo rodeaban. La actitud
de Childs era la de que se alegraría de probar el soplete industrial bajo techo, si Clark
le diese sólo la más leve excusa.
—¿Os lo habría contado siquiera a los demás si tuviese algo que ocultar? —
argumentó fervientemente—. ¿Os habría contado que compruebo regularmente el
pestillo después de haberlo dejado abierto deliberadamente? ¡Sed razonables!
—Eso todavía no explica por qué no encerraste a ese errante en seguida —señaló
Garry.
—Os dije que no pude encontrar… —hizo una pausa, empujando airadamente a
un lado la boquilla del soplete—. Mantén esa cosa fuera de mi cara, ¿quieres?
Childs alargó una mano, agarró al adiestrador por el cuello y lo levantó del sillón.
El mecánico estaba al límite, lo había estado desde que habían regresado al
campamento. Aún estaba pensando en Bennings y preguntándose si habían llegado a
matarlo cuando todavía era Bennings.
—No me digas…
Nauls se puso entre ellos y le habló bruscamente al mecánico.
—Tranquilízate, mamón. No eres el juez y ejecutor aquí.
Childs soltó al adiestrador de perros a regañadientes. Clark cayó en su sillón,
manteniendo un ojo cauteloso en el mecánico mientras le hablaba a Nauls.
—Gracias —dijo agradecido.
Childs volvió su frustración e ira al pacificador.
—¿A quién intentas proteger, estúpido? Intento deciros que este hijo de puta
podría ser uno de ellos. ¿Quieres que una de esas cosas que podrían ser cualquiera
ande por tu cocina, tío?
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la sangre. O la orina, para el caso. Pero una prueba sanguínea sería más fácil, y más
difícil de «amañar».
»En cuanto a qué implica —le dijo a Garry—, mezclamos la sangre de alguien
con sangre humana no contaminada, sangre que sabemos que es de verdad. Si no
obtenemos la reacción de suero apropiada, es al menos un buen indicio de que la
persona de la que fue sacada la sangre es algo diferente a lo normal.
—Pero la toma de control de esa cosa es completa hasta los pelos del mostacho —
argumentó McReady.
—Pero no hasta las células foliculares, si pudiésemos analizar uno de esos pelos
adecuadamente. No veo cómo podría alterar su nueva estructura celular lo bastante
para engañar a una prueba tan básica. Vale la pena intentarlo, de todos modos es
sencillo y rápido. Si no funciona, siempre podemos probar otra cosa.
—Me suena bien, doc, excepto por una cosa —dijo Childs.
—¿Cuál es?
Childs miró las ansiosas caras reunidas.
—¿De quién es la sangre «sin contaminar» que vamos a usar?
Copper sonrió.
—Ahí está. Tenemos sangre pura almacenada —buscó la aprobación del jefe de la
estación—. ¿Qué hay de eso, Garry? ¿Debería seguir adelante y prepararlo? Fuchs
puede ayudarme.
Garry meditó sobre la proposición, y después se volvió hacia el ansioso biólogo
ayudante.
—¿Cuál es tu opinión, Fuchs?
—Creo que es una idea tremendamente inteligente, jefe. Blair sería el primero en
aprobarla.
El jefe de la estación parecía ligeramente inquieto.
—Desgraciadamente, ahora mismo nuestro biólogo mayor no está en posición
para estar haciendo evaluaciones racionales de procedimientos de prueba ni nada más.
Pero si estás con el doctor…
—Ciertamente lo estoy —asintió Fuchs vigorosamente.
—…entonces le daremos una oportunidad. Como dices, doc, siempre podemos
probar otra cosa a continuación si esta prueba resulta no concluyente. ¿Cuánto os va a
costar prepararos?
Copper lo consideró, y después aventuró una estimación conservadora.
—Un par de horas debería bastar. Siempre que no… se interfiera conmigo.
—Habrá alguien con vosotros dos todo el tiempo. Poneos en marcha —sacó una
llave del llavero que colgaba de su cinturón y se la entregó al médico. Copper y el
joven biólogo se dirigieron a la enfermería.
El resto de los hombres se movió por todas partes, charlando amablemente. Ahora
que iban a averiguar quién era real y quién estaba fingiéndolo, se relajaron
visiblemente.
—¿Cómo llegaría esa cosa hasta esos tres perros? —le preguntó Palmer a
McReady—. Creía que la detuvimos a tiempo.
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—Copper no está seguro, pero cree que pudieron haber tragado trozos funcionales
de ella durante la pelea en la perrera.
—¿Y eso es suficiente?
—No veo por qué no. —El piloto estaba disfrutando de las náuseas de su
ayudante—. No hay razón por la que no pueda controlarte desde el interior hacia
fuera. Creo que sería mucho más fácil. Los órganos como tendones no tendrían que
extenderse tanto, si empezasen a crecer dentro de tu estómago en vez de…
Palmer se apartó, añadiendo débilmente:
—No importa. Lamento haber preguntado. Me quedaré con la palabra de Copper.
—Al menos ahora quizá averigüemos si esos perros fueron lo último que pilló —
murmuró McReady sombríamente—. Quizá no tuvo tiempo esa noche para pillar
nada más.
—¡Garry! —el grito vino del fondo del pasillo, débil pero imperativo—. ¡Los
demás también, venid aquí!
McReady miró fijamente a Palmer. La expresión biliosa del último había
desaparecido.
—¡Es Copper!
Como un solo hombre, el personal se apresuró por el pasillo y giraron la curva a la
enfermería. Fuchs y Copper estaban ahí, de pie delante del frigorífico de
almacenamiento abierto.
El interior era un área de desastre. Cristal roto y sangre seca se apelmazaban en la
porcelana. Cada botella y contenedor había sido abierto, vaciado y después
destrozado.
Copper jadeaba de incredulidad ante la destrucción. Su compostura normal se
había ido; su cara estaba pálida.
—Alguien entró, llegó hasta la sangre. La saboteó. No queda una onza que sea
utilizable.
—Oh, Dios mío —murmuraba Nauls. Miró alrededor a sus compañeros—.
Ningún perro podría hacer algo así. Abrir el pestillo de una perrera era una cosa,
claro, pero forzar un frigorífico bloqueado, ah-ah. Y eso significa que…
McReady se abrió camino a empujones a través del silencio horrorizado y
examinó la puerta abierta.
—¿Cómo fue forzada?
—Es eso —le dijo Copper lentamente—, no lo fue. Alguien la abrió. La cerraron
después de terminar el trabajo para que no se viese, y después la volvieron a bloquear.
Si hubiese sido forzada, yo lo habría notado antes de ahora.
Sanders se había apartado del frigorífico como si fuese una cosa viva, hasta que
llegó a la pared opuesta. Mantuvo la espalda contra ella, susurrando en español e
intentando mantener el espacio entre él mismo y su vecino más cercano.
McReady sabía que algo tenía que hacerse, y rápido. Quizá así fuese como había
empezado en el campamento noruego. La cosa ni siquiera tenía que manifestarse.
Todo lo que tenía que hacer era hacer saber que estaba allí. La completa paranoia
pronto tomaría el control de los supervivientes humanos y se reducirían a un nivel
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La Cosa
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Alan Dean Foster
—Copper es el único que tiene algún asunto con eso —añadió Garry.
La atención de los hombres pasó momentáneamente al médico.
—Ahora espera un segundo, Garry. Has estado en la enfermería en varias
ocasiones.
Fuchs intentaba ser racional en medio de una marea creciente de pánico.
—Creo que podemos eliminar al doctor de las sospechas. Es el que pensó en la
prueba.
—Quizá la cosa la propondría sólo para poder revelar esto —Norris señaló hacia
el frigorífico—, y apartar las sospechas de sí misma —miraba duramente a Copper.
McReady sonaba dubitativo.
—Innecesario. Mejor no proponer la prueba en absoluto. Fuchs tiene razón.
¿Habrías pensado en eso?
El hombre más joven sacudió la cabeza.
—La fisiología humana no es mi campo.
—Entonces eso deja al doctor fuera. Por ahora, en todo caso. Porque él sacó todo
el tema.
—¿Y qué? —Childs parecía querer quemar algo—. ¿Se supone que eso lo deja
limpio? ¡Y una mierda! Quizá Norris tenga razón. Quizá esta cosa vaya a estar
siempre dos pasos mentales por delante de nosotros. Nos mantendrá dando vueltas y
vueltas en círculos hasta que en algún momento avanzada la noche decida terminarlo
todo…
Un gemido inarticulado se elevó desde el fondo de la habitación. Los hombres se
volvieron a tiempo para ver la espalda de Sanders desapareciendo en el pasillo. Todo
el mundo salió tras él.
—¡Ey, Sanders —gritó Garry detrás del radioperador que huía—, no entres en
pánico! Tenemos que quedarnos juntos, resolver esto. ¡Nos quiere separados!
Sanders no se paró ni disminuyó la velocidad. Justo entonces no pensaba muy
ordenadamente. Deseaba fervientemente estar de vuelta en casa en Los Ángeles, de
vuelta en la universidad. En cualquier lugar excepto donde estaba, atrapado en el
trasero del mundo con una cosa que podría ser tu mejor amigo.
Se apresuró por los pasillos, abriendo puertas por delante y cerrándolas de golpe a
su paso. Se elevaban gritos desde atrás.
Venían a por él. Las cosas. Quizá todos hubiesen sido controlados ya y sólo
hubiesen estado jugando con él. ¡Certimento, eso era! Habían estado dándose un
festín con su miedo, jugando con él hasta que llegase el momento adecuado.
Entonces todos se habían reunido alrededor, todos ellos, atrapándolo indefenso
entre ellos, y cuando él mirase cambiarían. Finas cuerdas blancas saldrían de ellos,
como con el perro, y entrarían en su desventurado cuerpo mientras los hombres que
ya no eran hombres le sonreían, sonreirían mientras algo se deslizaba dentro de él y
apartaría a Sanders a un lado, controlaría su cerebro y su cuerpo célula a célula a
célula a…
Gritaba cuando irrumpió en el pequeño cuarto de almacenamiento. La vitrina que
colgaba de la pared próxima contenía las armas que estaban asignadas a la estación.
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La Cosa
Habían sido proporcionadas para el caso de que los hombres tuviesen ganas de hacer
algo de tiro recreativo o los biólogos necesitasen abatir un espécimen.
Entre las armas organizadas casualmente, estaban las tres escopetas que McReady,
Bennings y Childs habían llevado con ellos en su reciente caza de perros. Ahora
estaban de vuelta en sus espacios, limpias y listas para el uso el verano siguiente. Sólo
que el verano estaba a seis largos meses negros y Sanders necesitaba un arma ahora.
Probó el tirador de la vitrina, lo encontró bloqueado. El clamor de voces que se
aproximaban ahora era más fuerte, acompañado por el golpeteo de muchos pies.
Sanders miró salvajemente alrededor del cuarto, y se precipitó sobre la pesada
grapadora de servicio sobre el escritorio. El cristal se agrietó con el tercer golpe, y se
destrozó al cuarto. Buscó dentro de la vitrina y liberó una de las escopetas, y después
una gran caja de proyectiles.
Luchó frenéticamente por cargar el arma de un solo cañón. Era una calibre doce,
letal y de boca grande. Lo bastante potente para detener hasta a una cosa de cerca. Su
mano temblorosa tiró hacia atrás de la tapa de la caja y la volcó. Los proyectiles
cayeron en su palma y rebotaron por todo el suelo. De alguna manera, apretó una tras
otra las balas de punta de plástico dentro del arma.
Los hombres llegaron. Garry sacó su omnipresente magnum y la apuntó
directamente al radioperador.
—¡Sanders! Bájala. Ahora… mismo.
Sanders lo miró con los ojos muy abiertos. Temblaba violentamente. Un proyectil
cayó de sus dedos, botó en el suelo y rodó hasta los pies de Garry.
—No. No lo haré.
—Te atravesaré la cabeza con esto —el jefe de la estación habló lentamente para
que el radioperador estuviese seguro de comprender. La punta de la magnum nunca
vaciló.
Nadie dudaba de la sinceridad de Garry.
La mirada de Sanders pasó del jefe de la estación a los hombres agrupados tras él
en el pasillo.
—¿Vais a dejar que dé órdenes? Quiero decir, podría ser una de esas cosas. ¿Qué
hay del cerrojo del frigorífico? —miró temeroso otra vez a Garry—. ¿Qué hay de eso,
tío? ¿Cómo explicas eso?
Algunas cabezas se volvieron en dirección a Garry, la escopeta olvidada
momentáneamente. A ninguno de ellos le pasaba inadvertido el hecho de que Sanders
podría tener razón.
—Aparta el arma —dijo otra vez el jefe de la estación. Su tono era
tranquilizador—. Sólo aparta el arma, y entonces hablaremos del frigorífico. Pero no
podemos hablar como amigos si todos estamos apuntándonos armas los unos a los
otros, ¿verdad? Por favor, apártala, Sanders. Sé cómo te sientes. Todos estamos
confundidos. Pero también estamos en esto todos juntos.
No todos nosotros, le corrigió McReady en silencio. Uno de nosotros se siente
muy diferente.
Sanders consideró la petición de Garry, con la magnum inmóvil apuntada a su
cabeza, y los hombres esperando detrás del jefe de la estación. Tenía que hacer algo.
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Abruptamente, tiró los proyectiles restantes que sujetaba a la vitrina de armas rota.
Los hombres retrocedieron instintivamente, pero ninguno de los proyectiles estalló.
Entonces el radioperador se volvió y apoyó el arma cuidadosamente contra la pared.
Se quedó ahí un momento más, con los músculos faciales trabajando, y finalmente
estalló en lágrimas. Nauls se acercó patinando e intentó consolarlo.
Mientras los demás observaban, Garry bajó lentamente la pistola y la volvió a
poner en su funda. Inhaló profundamente y se giró para encararlos. Su tono era
intenso.
—No sé Copper. Pero yo no me acerqué a ese frigorífico. Como todos sabéis
condenadamente bien, no uso nada más fuerte que una aspirina.
—Pero el doctor ha dicho que te había visto antes en la enfermería varias veces —
le recordó Childs.
Garry se puso ligeramente beligerante cuando respondió al gran mecánico.
—Claro que he estado ahí dentro. También he estado fuera en el cobertizo de
mantenimiento, aunque no soy mecánico. He estado en la sala de telecomunicaciones,
aunque no trabajo con Sanders. He estado en cada pasillo y habitación en esta base.
Como la mayoría de vosotros.
»¿Y qué? Eso no demuestra una maldita cosa. —Nadie vio adecuado
contradecirle—. Pero supongo que todos descansaréis mejor si otro está al mando un
tiempo —sacó el arma de la pistolera y evaluó el círculo de caras ansiosas que lo
rodeaba. Finalmente se decidió por una.
—No puedo ver a nadie que se oponga a ti, Norris.
—Lo siento, jefe. Respetuosamente declino —sonrió tristemente y se dio una
palmadita en el pecho—. Creo que no estaría a la altura. No me he sentido muy bien
últimamente. Conocéis mi condición cardiaca. Creo que deberíais designar a alguien
capaz de aguantar mucha tensión, si surgiese la necesidad.
Childs se estiró a por el arma.
—Yo la tomaré…
McReady le ganó por la mano.
—No te ofendas, Childs, pero el argumento de Norris sobre la estabilidad está
bien traído. Quizá debería se alguien un poco más ecuánime.
Childs lo fulminó con la mirada, pero no discutió.
McReady revisó a sus compañeros.
—¿Alguna objeción?
Fuchs no le devolvió la mirada. McReady lo estimuló.
—Bueno, si tienes algo que decir, dilo. No es momento de evitar los sentimientos
de nadie.
Fuchs habló reticentemente.
—Primero Childs se estiró a por el arma, después tú, Mac. Ambos habéis estado
fuera, lejos del campamento. Y tuvisteis contacto con esa cosa. Bennings también.
Sólo que Bennings no volvió —levantó la mirada y la fijó en el piloto—. ¿Cómo
sabemos que la cosa no os pilló a ambos?
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—No lo sabéis. Nadie sabe mucho de nada ahora mismo. Nadie lo hará, hasta que
podamos encontrar un método para probar la presencia de esta cosa… de algún modo
—sujetaba el arma holgadamente.
»Pero no voy a insistir. ¿Alguien tiene alguna sugerencia mejor? Estoy abierto.
Ojos inseguros recorrieron el grupo, cada uno de ellos sospechoso de su vecino.
Todos estaban bajo escrutinio. Ya no había tal cosa como un amigo cercano.
—Supongo… que eres tan seguro como cualquiera —admitió finalmente Fuchs.
Se atrevió a una sonrisa conciliadora—. Lo siento, Mac. Tenía que decirlo.
—Sin resentimiento. Sé cómo te sientes.
—Bien, ¿y ahora qué? —le preguntó Norris.
McReady pensó.
—Por ejemplo, permanecemos juntos. Volvamos a la sala de recreo e intentemos
hablarlo. Todo el mundo. E intentemos mantener nuestras emociones bajo control.
Porque cuando no lo hacemos —miró significativamente al todavía sollozante
Sanders—, es cuando jugamos directamente en las manos de esta cosa.
El miedo desenfrenado a los amigos y vecinos de uno no creaba una atmósfera
muy genial cuando volvieron a la sala de recreo y se reunieron alrededor de la mesa
central. Pero al menos nadie estaba apuntando una escopeta ni una magnum a otro.
—Por lo que sabemos —proclamaba McReady—, a esta cosa le gusta ir uno a
uno. ¿Recordáis lo que decía Blair sobre costarle una hora completar una toma de
control propiamente dicha? Le gusta pillarte solo para que pueda trabajar en ti en
privado.
—Piensa en lo que le pasó a Bennings —le recordó Childs al piloto—. Estaba
cambiando mientras observábamos, y le costó minutos, no una hora.
—Sí, pero fue un trabajo apresurado y la cosa nunca lo soltó —repuso
McReady—. Puede hacer un lío en pocos minutos, pero hacerlo bien cuesta más. —
Childs pensó en eso y asintió lentamente de acuerdo.
»Así que permanecemos juntos —continuó McReady—, tanto como podamos
hasta que estemos seguros de que es prudente. Nadie va a ninguna parte a hacer nada,
incluyendo el mantenimiento diario de la estación, a menos que esté acompañado por
alguien más. Hacemos todo en parejas y tríos cuando sea posible. Si tenemos que
separarnos, debería ser sólo por poco tiempo y los tipos implicados deberían al menos
quedarse a la vista y al alcance del oído del otro.
Childs señaló un rincón donde Garry, Clark y el médico habían sido aislados.
—Aceptaré eso, Mac. ¿Pero qué hacemos con esos tres?
—Tenemos morfina, ¿no? —McReady miró a Fuchs.
—Otra vez, ése no es mi campo, pero creo que tenemos, sí.
—Vale. Los mantenemos cargados. Los tenemos aquí en la sala de recreo con las
luces encendidas todo el día y los vigilamos de cerca.
Palmer estuvo repentinamente alerta.
—¿Morfina? —dejó que los dientes superiores le colgasen sobre el labio inferior y
se le salieron los ojos—. ¿Sabéis?, yo también estuve bastante cerca de ese perro.
McReady y los demás lo ignoraron.
—Deberíamos dormir por turnos —sugirió Norris.
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La Cosa
haciendo nadie, todos regresamos a esta sala para una comprobación cada veinte
minutos. A cualquiera que se vaya más de ese tiempo, lo matamos.
—Una reacción algo extrema, ¿no? —dijo Norris.
McReady le devolvió la mirada, duro.
—No hay razón para que alguien que mantenga la cabeza se pase de ese límite. —
Hasta Sanders asintió de acuerdo, habiendo recuperado el equilibrio.
—Mejor que nadie se quede en el cagadero demasiado rato —logró bromear—.
Sería todo un sitio para morir. —Hubo algunas risas débiles.
—Pues vale —McReady se giró para marcharse—. Aún tenemos cosas que hacer.
Este puesto avanzado no va a funcionar solo. No hay razón por la que no debiéramos
ponernos a ello hasta que Fuchs descubra otra prueba…
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Palmer trabajaba penosamente en el motor del helicóptero de corto alcance.
Ocasionalmente miraba nervioso por encima del hombro por un movimiento que iba
contra el viento. Sanders y McReady eran confusas formas distantes que se movían
por el vertedero de basuras.
Volvió a su trabajo, frunció el ceño ante el motor y después el montón de piezas
cercano.
—Bueno, maldición. ¿Dónde está ese imán? Ya no puedo encontrar nada por aquí.
Copper, Clark y Garry estaban sentados de mal humor unos junto a otros en el
gran sofá de la sala de recreo. Norris tenía abierta la bolsa del doctor sobre la meas de
cartas y trataba torpemente de preparar tres inyecciones. Era nuevo en el asunto, no
había hecho nada de primeros auxilios desde el ejército, y eso era hacía mucho
tiempo.
Fuchs no podía ayudar. El biólogo ayudante estaba en el laboratorio, intentando
pensar en una nueva prueba que pudiesen ensayar unos en otros. Eso tenía prioridad.
Tampoco habría sido de mucha utilidad. Estaba acostumbrado a chorrear cosas de
hipodérmicas en cultivos y platinas, no en venas. Norris tendría que arreglárselas solo.
Copper movió el trasero sobre los cojines y sonrió agradablemente.
—Yo lo haré, si quieres —le dijo al geofísico—. Eres capaz de romperme la aguja
en el brazo, o fallarle a la vena.
Childs gesticuló hacia él con el soplete.
—No te preocupes, doc. Estará bien. Está haciendo un buen trabajo —le sonrió
alentadoramente a Norris.
—No estoy seguro… —empezó titubeante el hombre mayor.
—Sólo haz lo que puedas, tío —le aconsejó el mecánico—. Lo conseguirás —
sonrió levemente a los tres en el sofá. Copper lo miró fijamente.
El viento soplaba alrededor de McReady, intentando meterse bajo el cálido borde
aislante de la capucha de su anorak. La única luz venía de las linternas que él y
Sanders llevaban. El resplandor débil de los faros exteriores del complejo apenas
alcanzaba el vertedero de basuras. Podían oír a Palmer golpeando enérgicamente los
helicópteros cercanos.
Se giró sobre un montón de cartón mojado, y lo pateó a un lado.
—Busca calzado también —le mandó a su compañero—. Y ropa quemada.
Cualquier ropa que esté más que sólo gastada.
Finalmente habiendo tenido éxito en realizar las inyecciones, con una
incomodidad mínima de los receptores, Norris se había movido a la sala de
telecomunicaciones. Sabía más de electrónica que de medicina y se alegraba de la
oportunidad de trabajar en algo que no se quejaría si cometía un error.
Desconectó los auriculares todavía inútiles y se frotó el pecho. Ocasionalmente
Childs le daba un grito y él respondía.
Tomó el pequeño bote de plástico del bolsillo de su camisa y sacó un par de las
diminutas píldoras blancas. El dolor en su pecho se fue. Volvió a trabajar en la radio.
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McReady nunca se había alegrado tanto de ver suceder algo en su vida como se alegró
de ver volver a encenderse las luces. Palmer se arrastró afuera desde debajo del
generador que ahora zumbaba, limpiándose la grasa en los pantalones.
—Eso debería aguantar por ahora, hasta que Childs pueda bajar aquí y atornillarlo
debidamente. ¿Adónde?
—A la sala de recreo —le dijo McReady parcamente. Era reacio a abandonar la
sala de generadores, pero tuvo que conformarse con cerrar un pesado candado en la
puerta cuando salieron.
La sala de recreo estaba atestada cuando llegaron. La congestión, la presencia de
cuerpos humanos, era reconfortante después de los largos minutos pasados a solas con
el generador. Cada vecino examinaba a su vecino. Palmer, Nauls y Sanders se
extendieron tan lejos como podían, poniendo distancia entre ellos mismos y todos los
demás.
Norris y Childs usaban cuerdas de nailon para atar al doctor, Clark y Garry al
sofá. McReady se maldijo a sí mismo por no ordenar hacerlo antes. Ya era demasiado
tarde. Se forzó a no pensar en qué podría haber ocurrido si no hubiese podido
presentar una bomba de combustible de repuesto para el generador.
Mientras Norris y Childs trabajaban en los tres prisioneros, McReady manipulaba
los pequeños mecheros de propano que había recogido en suministros. Serían
peligrosos de manejar, pero confiaba en los sopletes improvisados más que en
cualquier arma.
—¿Dónde estaban las linternas? —le preguntaba Sanders—. ¿Qué pasaba con
todas las linternas, tío?
—Que les jodan a las linternas —le gruñó McReady—. ¿Dónde demonios
estabas?
—Yo… entré en pánico otra vez, Mac. Sólo empecé a correr, intentando escapar.
Lo siento.
—De nada15. Olvídalo —se levantó, sopesó uno de los pequeños sopletes y miró
hacia Palmer—. Creo que éstos funcionarán. Una de tus mejores ideas.
—Gracias, Mac. Pero cuando estaba sacando de suministros las puntas de
mechero, noté algo más. Me recordó que no pude encontrar el imán del helicóptero
uno. Hay toneladas de cosas que faltan. Cables, alambre, chips de microprocesador…
todo tipo de mierda. No pensé nada de eso hasta que recordé la pieza que faltaba del
helicóptero.
—Ahora, eso es curioso —Nauls se apartó de la pared—. Yo también he echado
en falta cosas de la cocina. No dije nada de ello porque no pensé que fuese
importante. Quiero decir, ¿para qué demonios querría nadie un robot de cocina?
McReady inspeccionó la sala, contando cabezas.
—¿Alguien ha visto a Fuchs? ¿O lo ha oído?
Nadie lo había hecho. Eso estuvo claro por sus expresiones, así como por el
silencio.
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asegurarse de que no podamos acabar con ello. Eso supone ocuparse de nosotros. Si
no puede hacerlo como hombre, quizá lo intente como ello mismo.
»Recordad, tenemos menos de una hora. Ojalá supiese cuánto menos —miró a su
derecha—. Nauls, tú, Childs y yo comprobaremos las chozas exteriores —pasó
sopletes a Palmer y Sanders.
»Vosotros dos registrad el complejo. Permaneced juntos.
Palmer volvió una mirada cautelosa al radioperador.
—No voy a ir con Sanders.
La cabeza de Sanders chasqueó hacia el piloto de reserva.
—¿Pasa algo conmigo, tío?
Palmer lo ignoró, evitando su mirada.
—No voy a ir con él. Iré con Childs.
—Bien, que te jodan, tío.
—¡No voy a ir contigo! —la voz de Palmer estaba al borde de la histeria.
—Bueno, ¿y quién dice que quiero que vayas conmigo? —intervino Childs
bruscamente.
McReady dio un paso entre ellos, enfadado y habiendo perdido la paciencia.
—¡Cortad esa mierda! No tenemos tiempo para esto. ¿Cuántas veces tengo que
deciros, tíos, que así es justo como la cosa quiere que actuemos? Temerosos unos de
otros, paranoicos… nos cortaremos el cuello unos a otros y se sentará a un lado y se
reirá tontamente.
Palmer parecía el niño que es pillado con la mano en el caramelo.
—Sí, lo sé… pero aun así no voy a ir con Sanders.
—Vale, vale —McReady no hizo ningún esfuerzo por ocultar su disgusto—.
Sanders, vienes con nosotros. Norris, te quedas aquí —se giró para encarar a los
hombres atados en el sofá.
»Si alguno de ellos se mueve, los fríes. Y si oyes algo, cualquier cosa que no
suene adecuada, suéltate con esa sirena. Todos nos reuniremos de vuelta aquí en
veinte minutos, pase lo que pase —bajó la voz seriamente—. Y todo el mundo vigila
a los demás. No os volváis locos, no peleéis. Sólo observad —sus ojos se encontraron
con los de buenos amigos—. ¿Todo claro? Entonces movámonos.
Los tres hombres se detuvieron en lo alto de las escaleras. El viento soplaba
funestamente a su alrededor. Al menos las luces exteriores estaban otra vez
encendidas, aunque las linternas todavía eran necesarias para iluminar la pasarela de
madera.
—Vale, cuidado ahora —les advirtió McReady. Una potente ráfaga de viento le
dio ímpetu a sus palabras—. Esta tormenta estará sobre nosotros en cualquier
momento. No quiero estar atascado aquí fuera cuando llegue.
»Sanders, comprueba el cobertizo de almacenamiento químico. —El radioperador
asintió y partió hacia su derecha a través de la pasarela enterrada por debajo de media
pulgada de nieve resbaladiza—. Vamos, Nauls.
Con el cocinero al lado, el piloto se dirigió pasarela arriba, inclinándose contra el
viento. Había recorrido una yarda cuando resbaló y casi se cayó. El haz de la linterna
era demasiado débil para penetrar el aire nocturno lleno de hielo.
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—Alumbremos —le chilló a Nauls. El cocinero asintió. Cada hombre sacó una
bengala de su bolsillo y le retorció la cabeza para encenderla. El brillo intenso aclaró
considerablemente su camino.
Se arrastraron adelante hacia el cobertizo de Blair. Las cuerdas de guía que
flanqueaban la pasarela eran todo lo que los mantenía en la dirección correcta.
****
Childs abrió la puerta con cuidado y se asomó a la habitación expuesta. Vacía. Cerró
la puerta silenciosamente, se movió unas yardas por el pasillo y abrió la divisoria. El
corredor delante también estaba desierto.
—¿Qué les haríamos a esas cosas, en todo caso? —dijo una voz cerca detrás de él.
El mecánico se dio la vuelta y miró fijamente a Palmer. El piloto había estado
mascullando para sí mismo y había caído unos pasos por detrás de su compañero.
La brusquedad del movimiento de Childs paró sobresaltado a Palmer.
—¿Qué…?
—No camines detrás de mí.
—¿Caminar detrás…? —Se dio cuenta. Normalmente Palmer podía dejar que su
mente fluyese lánguidamente, pero ahora no. No era el momento para la introspección
ociosa—. Oh, sí… cierto.
Se movió hasta que estuvo junto a la pared opuesta, enfrente del mecánico.
—¿Así está mejor?
—Mucho mejor —aceptó Childs. Pasó la divisoria hasta la sección siguiente de
pasillo. Continuaron en esa dirección, ningún hombre avanzando por delante o
cayendo muy atrás de su compañero. El espasmódico e incómodo paso mutuo no hizo
nada por rebajar la tensión entre ellos.
****
El viento aullaba alrededor de las paredes del cobertizo cuando Nauls y McReady se
pararon delante de la puerta. El piloto miró por el lado izquierdo del edificio, y
después por el derecho. Ninguna de las tablas que cubrían las ventanas parecía haber
sido alterada.
—Mantengámonos en silencio —le instó Nauls—. Quizá la cosa ande por aquí
fuera, escuchando…
McReady sacudió la cabeza y habló bruscamente.
—Es más prudente que eso, y si no, de todos modos no podrías oírla. No por
encima de este viento.
Nauls se lamió los labios, maldiciéndose a sí mismo cuando se formó una costra
de hielo sobre ellos. Miró los pesados tablones que sellaban la puerta del cobertizo.
—¿Entonces qué hacemos? ¿Continuamos adentro?
—No a menos que tengamos que hacerlo.
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—¡Lo prometo! Ya estoy mucho mejor. Seré bueno. Estoy bien. No me dejéis
aquí. Mac, ¡no me dejéis aquí fuera…! —El viento se tragó el resto de sus gritos
cuando McReady y Nauls se movieron un poco más deprisa.
****
Norris estaba cansado. El pasado par de días había sido duro. No era tan joven como
la mayoría de los chicos. Ni estaba tan sano. Mantenía su atención dividida entre el
trío sedado desplomado en el sofá y las varias entradas a la sala de recreo. Un dolor
sordo le palpitaba en el pecho. Se frotó el esternón por reflejo, haciendo una mueca.
—Me estás preocupando —dijo Copper torpemente desde el sofá—. Deberías
hacerte un electrocardiograma.
Norris se apartó conscientemente la mano del pecho e intentó sonar
despreocupado.
—No nos preocupemos por otra cosa ahora.
El médico bostezó, no totalmente como resultado de la sedación.
—Vale. Después de que cuadremos este lío, entonces. Lo primero.
Norris asintió de acuerdo. Algo hizo un ruido fuera de la puerta del lado de la
cocina y él se sacudió bruscamente en esa dirección. Llegó otra vez, tenue y
mecánico. El relé conmutando, decidió relajándose otra vez.
Volvió a mirar al doctor y murmuró:
—Después de todo este lío…
****
El viento fuera ya no era meramente fuerte, se había vuelto decididamente cruel.
McReady y Nauls tenían que usar las cuerdas de guía para arrastrarse mientras hacían
progresos agonizantemente lentos hacia el cobertizo del piloto. La suave cuesta
parecía una escalada de sesenta grados.
Ahora utilizaban tanto la linterna como las bengalas. La única señal de vida la
proporcionaba el apagado brillo naranja de las luces exteriores que intentaban con
impotencia penetrar la nieve soplada.
Una ráfaga violenta derribó a McReady. Se colgó de la cuerda con ambas manos
cuando sus piernas se le fueron de debajo. Sus botas patearon la nieve. Estaba sobre
su espalda, a medias sobre la pasarela y a medias yaciendo en el olvido blanco. El
viento lo laceraba, intentando soltar su agarre.
Nauls se detuvo cuando la linterna y la bengala del piloto volaron hacia él. Saltó a
por la luz, agarrando la cuerda con la otra mano, y logró atraparla antes de que el
viento se la llevase fuera de la vista.
McReady luchaba por volver a ponerse de pie. Era dolorosamente consciente de
su vulnerabilidad, yaciendo ahí sobre la espalda contra el hielo resbaladizo. Nauls
venía hacia él, arrastrándose a lo largo de las cuerdas. El piloto miró a través de las
gafas abolladas al hombre más joven, siendo el cocinero una visión surrealista con
anorak y botas cubiertos de nieve.
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Normalmente, los cables eléctricos corrían en ordenadas líneas paralelas a lo largo de
la parte baja de la pared de la cocina, como muchísimas pitones plateadas. Ahora
estaban retorcidos y estropeados como si una pequeña bomba hubiese estallado en
medio. El cobre desnudo destellaba en la luz fluorescente.
Childs y Palmer estaban inclinados sobre ellos, examinando el daño.
—La línea de energía auxiliar —murmuró Childs enfadado mientras tocaba un
cable en particular—. Por eso la de reserva nunca se encendió, ni las baterías de
almacenamiento.
—Cables auxiliares —repitió Palmer. Se inclinó más cerca, sintiéndose
traicionado—. Han sido cortados por alguien.
—Cortados, una mierda —Childs se irguió y miró por la cocina desierta. Echaba
en falta los olores familiares de cocinado y la cacofonía amistosa del estéreo de
Nauls—. Han sido destrozados.
—¿Podemos arreglarlos?
—Probablemente. Cortando los extremos rasgados y poniendo empalmes limpios.
Si tenemos tiempo para ello —se volvió para marcharse—. Vamos. He dicho que las
baterías de reserva probablemente estaban bien. Quiero asegurarme —se dirigieron a
suministros.
****
A pesar del vendaval que se intensificaba, McReady y Nauls consiguieron alcanzar la
cima de la pequeña colina. El cobertizo proporcionaba algo de protección de la
tormenta creciente. Estaba muy oscuro. La luz débil del complejo principal estaba
completamente borrada por nieve soplada.
McReady gesticuló y Nauls se preparó en el lado opuesto de la puerta.
Alcanzando con una mano enguantada, el piloto volteó hacia arriba el pesado pestillo.
Después respiró hondo, abrió la puerta y entró, sujetando una bengala ardiendo
delante de él.
Lo primero que hizo fue activar el interruptor de la luz justo al entrar por la
puerta, pero ninguna luz amistosa se encendió desde la lámpara de arriba. Su mirada
se volvió hacia arriba.
No había ninguna lámpara. Se había ido, junto con la mayor parte del techo.
Algunas esquinas mostraban dónde había sido rasgado el metal cargado.
Atónito, entró en su habitación. El viento era casi tan fuerte dentro como fuera,
ahora que no había techo. Fuese por el azote que ya había recibido del viento o por
otra cosa, el interior era una ruina barrida por la nieve.
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Hacía frío en el pasillo lateral. El generador todavía luchaba por reemplazar el calor
perdido durante su apagón temporal.
Palmer aguardaba mientras Childs deshacía metódicamente los cierres que
sellaban el cuarto de las plantas. Llevaba tiempo. Al piloto no le gustaba esperar.
Habría preferido mucho esperar en la sala de recreo. Pero las órdenes eran las
órdenes. Al menos Mac no le había obligado a ir con el nervioso Sanders.
Finalmente Childs giró la última rueda y empujó la pesada puerta a un lado. Una
ráfaga inesperada de nieve llevada por el viento hizo que los dos hombres
sorprendidos diesen un paso atrás. Childs bajó la cabeza y se metió, calzando su
cuerpo contra la jamba de la puerta. Palmer se inclinó cerca de él.
—Mis bebés —murmuró el mecánico, ignorando el frío y el viento mientras
entraba en el armario de almacenamiento modificado.
La claraboya cuidadosamente mecanizada había sido aplastada. El cristal
ensuciaba el suelo, algo de él todavía unido a los marcos metálicos soldados a mano.
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Las plantas estaban muertas. Sus coronas tocaban el suelo, incapaces de permanecer
erguidas bajo el peso del hielo acumulado.
Los ojos de Palmer se abrieron cuando asimiló primero el hueco en el techo, y
después el bosque de pequeñas estalagmitas verdes.
—Alguien ha irrumpido —susurró temeroso—, o ha escapado.
Childs no parecía oírlo.
—Ahora, ¿quién iría y haría algo así? —Un año entero de cultivo fuera de
temporada, de trabajo cuidadoso con hidroponía improvisada, todo disparado al
infierno. Dio un paso más adentro de la habitación.
Con el miedo dándole la fuerza necesaria, Palmer alcanzó y tiró rápidamente del
mecánico hacia atrás.
—Childs… ¡no!
El hombre más grande se volvió hacia él.
—Suéltame, tío, antes de que… —levantó un puño amenazante.
—No, no —Palmer soltó la camisa de Childs y retrocedió, suplicándole—. No te
quedes ahí dentro —su mirada fue al agujero en el techo—. No te acerques a las
plantas. Parecen estar congeladas, pero no podemos estar seguros. Las plantas están
vivas. Esas cosas pueden imitar cualquier cosa viva, ¿recuerdas? Cualquier clase de
construcción orgánica.
Childs vaciló, y por reflejo apartó los pies del brote más cercano.
—¿Qué va a hacer, siendo una planta? ¿Crecer por mi pierna?
—No lo sé, pero no podemos correr riesgos. —Palmer llevaba uno de los sopletes
portátiles que Childs y McReady habían montado. Ahora comprobaba la válvula de
flujo mientras lo apuntaba hacia el cuarto de almacenamiento.
—Tenemos que quemarlas.
La mirada de Childs se estrechó.
—Ahora espera sólo un minuto, lerdo… —dio un paso hacia el piloto.
Palmer lo esquivó y activó el soplete. Una estela estrecha de fuego se roció más
allá del mecánico. El hielo se derritió al instante y las plantas de debajo se
incendiaron, ardiendo como velas verdes finas. Un humo picante salió flotando al
pasillo.
Childs le dio a Palmer un empujón, y empezó a bailar sobre las llamas en un
intento frenético de apagar el fuego.
—Estúpido, ignorante hijo de…
Palmer gritó. Había empezado a apartarse y su mirada se había detenido en la
puerta que bloqueaba el pasillo. La puerta se había balanceado perezosamente hacia
dentro sobre sus goznes, y ahora estaba medio cerrada. Childs dejó de pisotear y miró
más allá del piloto.
Mirándolos desde detrás de la puerta estaba el cuerpo congelado de Fuchs. Un
hacha estaba incrustada en su pecho, clavándolo a la madera. Sus ojos todavía estaban
abiertos. Junto con la expresión en su cara, reflejaban efectivamente lo que lo había
matado.
Palmer todavía gritaba.
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La tormenta completamente establecida retumbaba fuera, con su aullido persistente
penetrando incluso en la sala de recreo ajustadamente sellada y fuertemente aislada.
Había silencio dentro. Los hombres se miraban unos a otros, a los tres que dormían en
el sofá, a cualquier parte excepto hacia la gruesa ventana que mostraba sólo oscuridad
y una ráfaga ocasional de partículas de hielo.
Childs andaba de un lado para otro, con el puño aporreando regularmente una
palma abierta.
—Para eso —le mandó finalmente Palmer—. Me estás poniendo nervioso. —
Inmediatamente, la ironía de su declaración lo golpeó y soltó una inquieta risa corta.
El mecánico giró sobre un talón y caminó hasta Norris.
—¿Cuánto han estado fuera ya?
—No puedo estar seguro —respondió Norris cautelosamente—. Miré a medias mi
reloj cuando se fueron —bajó la mirada a la lectura digital.
—Adivina. Necesitamos saber.
El geofísico pensó.
—Cuarenta… cuarenta y cinco minutos.
—¿Estás seguro de que no ha sido más tiempo? ¿Una hora, quizá?
Norris se revolvió.
—Te he dicho que no prestaba mucha atención. Supongo que podría ser.
El silencio era denso en la sala mientras los hombres se observaban unos a otros.
Childs fue hacia la salida.
—Será mejor empezar a cerrar las escotillas exteriores.
—¿Estás seguro, Childs? —preguntó Palmer.
El mecánico se paró y miró a Norris, que asintió con conformidad reticente.
—¿Qué haría McReady, Palmer?
El piloto pensó en su amigo y jefe.
—Sí, tienes razón —dijo tensamente—. Empezaré en el lado norte, tú y Sanders
tomad el sur y el este.
—¿No olvidas algo? —Childs le estaba echando una mirada peculiar.
—No… oh, sí. Tenemos que trabajar juntos. En ese caso, mejor que nos
movamos. —Childs todavía lo miraba—. Ey, mira, sólo lo he olvidado un minuto,
¿vale?
—Trata de no olvidarlo otra vez, ¿eh? —Childs empezó a salir de la sala.
Casi habían terminado el cierre cuando el grito débil de Norris los alcanzó.
—¡Todos… venid aquí!
—Mierda, ¿ahora qué? —refunfuñó Sanders. Echó el cerrojo interior de la puerta
a la que acababan de llegar y se apresuró detrás de sus dos compañeros.
Cuando entró en el pasillo principal, vio a Norris y a los otros amontonados contra
una de las ventanas que flanqueaban la puerta.
—Ey, ¿qué está pasando? —presionó hacia la ventana, esforzándose por ver
alrededor de Childs y el resto. Palmer lo miró y señaló hacia el cristal velado.
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—Sé que es difícil de tragar, pero desde luego explica un montón de cosas. Es uno
de ellos. No es de extrañar que hayamos estado dando vueltas en círculos tanto
tiempo. ¿Recordáis cómo le quitó el arma y el mando a Garry? Nos ha tenido
persiguiéndonos las colas durante horas, ha estado jugando con nosotros. Es una de
esas cosas, muy bien.
—¿Cuándo creéis que lo pilló? —inquirió Sanders, muy asustado de nuevo.
Finalmente había logrado controlarse, y ahora esto. McReady había sido el único
hombre en el campamento en el que el radioperador confiaba realmente.
—Podría haber sido en cualquier momento —murmuró Palmer
desconsoladamente—. Y en cualquier lugar.
Childs le fruncía el ceño a Nauls. Algo había estado molestándolo desde que el
cocinero agotado había entrado tropezando en el pasillo.
—Si lo pilló.
Nauls se volvió hacia él.
—¡Mira, tío…!
—Cuando las luces se apagaron —murmuraba Palmer.
—Habría sido el momento perfecto —añadió Norris.
—Correcto —coincidió Palmer—. Garry estaba desaparecido. Y Sanders —
añadió intencionadamente.
—Que te jodan, Palmer —el radioperador saltó sobre su acusador. Childs y Norris
tuvieron que separarlos.
—Ahí vamos otra vez —dijo el geofísico, respirando fuerte—, actuando justo
como eso quiere. ¿No podéis vosotros dos, cerebros de mosquito, meteros eso en la
cabeza? No creo…
Un nuevo martilleo en la puerta lo interrumpió e hizo que todo el mundo saltase
hacia atrás. Nauls se acurrucó detrás de todos los demás, mirando con terror a la
puerta.
El sonido de la voz de McReady a mitad del aporreo era inconfundible.
—¡Abrid!
Nadie contestó. Norris y Childs levantaron sus sopletes y los apuntaron a la
puerta, continuando el lento retroceso por el pasillo.
—¡Ey, alguien! —siguió la voz—. ¡Abrid! Soy yo, McReady —el martilleo se
reanudó—. ¡Vamos, maldita sea! La cuerda se me ha roto. He estado arrastrándome
como una foca aquí fuera. Dejadme entrar.
El susurro de Nauls fue estridente en el pasillo.
—Y una mierda. Tiene que saber condenadamente bien que yo la he cortado.
«Roto» los cojones.
Los hombres mantuvieron bajas las voces mientras debatían cómo proceder.
—Abramos —sugirió Palmer, señalando los sopletes—. Lo tenemos cubierto si
intenta cualquier cosa.
Childs lo miró, ignorando los golpes en la puerta.
—Demonios, no. Yo estaba fuera en el hielo cuando tomó a Bennings. Es
increíble lo rápido que se mueven esos mamones. La puerta permanece cerrada, tío.
Sanders temblaba y no le importaba un comino si alguien lo notaba.
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—Ahora entrad despacio. Tened cuidado. Estas cosas son astutas. Podría intentar
colgar del techo o algo, así que no miréis sólo adelante. ¿Estáis listos? —Ambos
hombres asintieron.
Con un último movimiento, la madera que rodeaba el cerrojo y el pomo cedió.
Childs le dio a la barrera liberada una sólida patada y dio un paso a un lado. Palmer se
metió en la brecha, con el dedo tenso sobre el gatillo del soplete. Norris estaba justo
detrás de él.
Se quedaron inmóviles simultáneamente, mirando.
McReady estaba de pie enfrente de ellos, sujetando una bengala encendida en la
mano izquierda. Su pelo y su barba estaban blancos de nieve, pero sus ojos estaban
despejados. La congelación oscurecía las mejillas y la nariz.
Arropada debajo de su brazo derecho había una caja etiquetada como
«DINAMITA». La tapa de la caja faltaba y el piloto sostenía la llama chispeante
peligrosamente cerca de los cilindros rojos expuestos. Las mechas individuales habían
sido cortadas a longitudes de un cuarto de pulgada.
—Si alguien se mete conmigo —dijo amenazadoramente—, todo el campamento
volará…
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Ninguno de los hombres parados en el pasillo estaba ansioso por probar la resolución
de McReady. Se quedaron mirándolo, esperando impotentes para ver qué haría a
continuación.
—Poned esos sopletes en el suelo y retroceded. Muy lentamente. Sin movimientos
rápidos, o todos nos calentaremos deprisa. Por última vez.
Manteniendo los ojos en McReady, Norris se agachó y bajó suavemente su
soplete. Childs colocó el hacha al lado con cuidado, seguido por Sanders y Palmer.
Retrocedieron al pasillo.
McReady se movió hacia ellos, forzándoles a continuar la retirada.
—Eso es, retroceded.
Ya estaban todos fuera en el pasillo y moviéndose hacia la sala de recreo. No
habían ido lejos cuando McReady frunció el ceño y empezó a mirar por encima del
hombro.
—Ey, ¿dónde está el resto de…?
Nauls y Norris salieron corriendo del cuarto de suministros hacia el piloto. Se
habían lanzado fuera y regresado por la ventana destrozada del cuarto de suministros.
Las manos agarraron la bengala.
McReady se quitó a Nauls de la espalda girando y puso el hombro contra Norris,
enviando al hombre mayor a estrellarse violentamente contra la pared. Nauls rodó,
placó las piernas de McReady y lo puso de rodillas. Los demás se apresuraron
adelante.
Pero McReady todavía tenía el control de la bengala y la dinamita, y empezó a
acercar las dos.
—Por Dios —les gritó con la voz quebrada—. ¡Lo digo en serio!
Ellos se pararon. Nauls soltó rápidamente las piernas del piloto y rodó a un lado.
—Estamos serenos, tío —le aseguró el cocinero desesperadamente—. No estamos
cerca de ti, tío. Cálmate —se puso de rodillas y se acercó para unirse al tenso grupo,
haciendo movimientos apaciguadores con ambas manos.
—Sí, tío, de verdad —añadió un Palmer frenético con los ojos fijos en la caja—.
Sólo relájate.
—Si alguien vuelve a tocarme —les advirtió McReady con los ojos lanzándose de
una cara a la siguiente—, volaremos.
Norris todavía yacía en el suelo donde había caído después de golpear la pared.
Ahora tosía con aspereza y empezaba a jadear por aliento. Todo su cuerpo dio un
pequeño estremecimiento débil y después se quedó inmóvil.
Nauls gateó hasta el geofísico, lo sacudió y miró atrás hacia sus compañeros.
—Creo que no respira —inclinó la cabeza y puso una oreja en el pecho del
hombre mayor.
McReady se levantó, observando al cocinero. Una pequeña preocupación se
deslizó en su voz.
—Id a desatar al doctor y traedlo aquí. Traed a los demás también —sonrió
amenazadoramente—. Desde ahora nadie sale de mi vista.
Todos empezaron a moverse y él gesticuló amagando con la bengala.
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—¿Se le ha ocurrido alguna vez al jurado que cualquiera podría haber llegado
hasta algo de mi ropa y haberla amañado para que pareciese bonita e incriminatoria?
—su tono era casual, pero su actitud no. La bengala todavía se cernía peligrosamente
cerca de la dinamita.
—No nos tragamos eso —dijo el arisco Childs.
—¡Maldita sea, dejad de discutir y echadme una mano! —les chilló Copper—.
Que alguien empuje ese desfibrilador aquí.
—¿El qué? —preguntó Childs.
—¡La máquina de ahí, y rápido! —respondió Copper exasperado.
Manteniendo un ojo cauteloso sobre el piloto y moviéndose deliberadamente para
no alarmarlo, Sanders agarró las asas del carro y lo empujó cerca de la mesa. Copper
trepó inmediatamente sobre la mesa y montó sobre el pecho de Norris.
Con Copper y el inmóvil Norris ocupando la mesa y con Sanders de pie junto al
desfibrilador, Clark estaba tapado de la vista de McReady. Hizo que su mano flotase
casualmente hacia la bandeja de instrumentos quirúrgicos en el segundo estante del
carro. Los clasificó silenciosamente, descartando tenacillas brillantes, un delicado
cepo, un par de pinzas, mientras mantenía una vigilancia estrecha sobre McReady y el
drama que tenía lugar encima de la mesa.
Nadie vio sus dedos cerrarse alrededor del mango del reluciente escalpelo. Le dio
lentamente la vuelta, apuntando la hoja hacia su manga, la empuñadura oculta en su
palma.
Copper giró hacia su derecha.
—Palmer, sube el oxígeno otro nivel… hasta nueve, y sujeta la máscara sobre su
cara para que no pueda quitársela. —El piloto ayudante se apresuró a cumplir—.
Childs, sujétale los hombros.
—Bien —el mecánico se movió hasta la parte delantera de la mesa, con cuidado
de no acercarse demasiado a McReady. Puso unas manos enormes a cada lado de la
cabeza de Norris y se inclinó hacia delante, usando su peso.
Copper se estiró hacia el carro y asió un par de almohadillas del tamaño de una
palma. Estaban unidas a la máquina por cables gruesos. Mientras Childs esperaba,
aprovechó la oportunidad para sonreírle significativamente a McReady.
—Vas a tener que dormir en algún momento.
Copper lo miró.
—Tranquilizaos —le asintió a Sanders—. Enciende esa cosa.
Los dedos de Sanders empujaron el botón de encendido hacia delante. Una luz de
advertencia localizada justo por debajo del interruptor cobró vida y un zumbido grave
se elevó desde la máquina.
—Ahora sujétalo abajo. Presiona fuerte, si tienes que hacerlo —mandó Copper al
mecánico.
—Tengo el sueño realmente ligero, Childs —McReady devolvió la sonrisa
tranquilamente.
—¡Cállate, McReady! —atareado como estaba, Copper todavía encontraba la
energía para enfadarse.
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La ropa se desgarró cuando la materia orgánica por debajo de ella se hinchó más
allá de las ligaduras restrictivas de poliéster. Un zapato se partió como un melón y
cayó de la mesa. Una sola garra se hizo visible dentro del calcetín que se expandía,
más flexible. Otros apéndices empezaron rápidamente a tomar forma, un surtido
espantoso de ganchos, protuberancias y crecimientos nudosos que no debían su
desarrollo a ninguna línea de evolución terrestre.
McReady había puesto la dinamita y la bengala en el suelo. Atacó la mesa con
uno de los sopletes, empujando a un lado a todos los demás.
—¡Apartaos!
Un chorro de fuego se disparó sobre la cosa que danzaba encima de la mesa de la
enfermería. El cuerpo parecía incapaz de esquivar, porque todavía estaba incompleto
o porque las descargas repetidas del desfibrilador habían inhibido sus capacidades.
McReady no podía decirlo; no era que le importase lo más mínimo. El fuego se
propagó a la mesa, que ardió alegremente.
Eructando y siseando, los restos apenas reconocibles del cuerpo de Norris cayeron
al suelo. McReady retrocedió un paso, y continuó apuntándole la boquilla del soplete.
De alguna manera, la ardiente masa indistinta de protoplasma se las arregló para
erguirse. Se elevó por un momento sobre él, después se volvió y se tambaleó con un
par de pies hacia la puerta sobre cosas que no eran piernas. Un limo negro y amarillo
explotó a través de los pantalones triturados y chorreó por todo el suelo. McReady
volvió el fuego metódicamente hacia ello.
La monstruosidad se tambaleó hacia atrás y se desplomó sobre el desfibrilador. Se
quedó tirada ahí, retorciéndose con una horrible vida alienígena, y ardiendo
furiosamente.
Los hombres observaron mientras se derretía en una masa fundida y deforme de
protoplasma. Humeaba intensamente. A McReady le recordó a una bengala de
magnesio, o a las bombas perforadoras de blindaje de fósforo blanco que el ejército
usó ocasionalmente en Vietnam.
Extintores de incendios fueron sacados de sus soportes y puestos en juego. El
desfibrilador era una ruina chamuscada y ennegrecida, con las placas de plástico
derretidas sobre sus lecturas. La mesa de la enfermería no estaba en mucho mejor
estado.
Mientras trabajaban tuvieron que evitar charcos humeantes de viscosidad negra
que todavía ardía en el suelo, sacudiéndose agitadamente en su diminuta agonía.
Finalmente murieron también, con sus maullidos minúsculos desvaneciéndose en el
silencio.
Todos los ojos se desplazaron a McReady, que había retrocedido y estaba una vez
más de pie con la caja de dinamita. La bengala finalmente se había consumido, pero
sujetaba el soplete preparado. Eso sería más lento, pero no lo bastante lento.
—Todo el mundo a la sala de recreo —les mandó rompiendo el silencio atónito—.
Que nadie pierda de vista a nadie, ¿entendido? Tengo una idea.
Salieron de la estancia en bloque, volviéndose ocasionalmente para una mirada a
la mesa quirúrgica humeante. Nadie dijo nada ni se opuso a la orden de McReady. Su
LSW 142
La Cosa
ira inicial contra el piloto había sido reemplazada por un terror sordo que el
desenmascaramiento de Norris no hizo nada por aliviar.
McReady esperó hasta que estuvo seguro de que todos los que habían estado en la
enfermería habían entrado en la sala de recreo. Entonces se metió detrás de ellos,
siempre manteniendo la espalda contra una pared. Bajando la caja de dinamita, usó su
mano libre para sacarse la magnum de Garry de un bolsillo de la chaqueta.
El resto del equipo se movía al otro lado de la sala y lo observaban. Él colocó la
dinamita sobre una de las mesas de cartas, donde todo el mundo podía verla
claramente.
—¿Qué tienes en mente, McReady? —se preguntó Clark en voz alta—. Mejor que
sea bueno.
—Oh, no es nada elaborado —el piloto le sonrió—. Sólo una pequeña prueba que
he imaginado. A veces la experiencia puede ser más esclarecedora que un doctorado.
—¿Sobre qué demonios estás desvariando, McReady? —murmuró Copper
desconsoladamente.
—Lo verás, doc, al igual que todos los demás. —Ajustó cuidadosamente la
apertura del soplete que sujetaba, fijándola para un lanzamiento corto e intenso.
—¿Qué clase de prueba? —preguntó Palmer. Estaba rendido tras el episodio en la
enfermería. Una especie de desesperación embotada se había establecido sobre los
hombres. No era del todo desesperanza. No todavía. Era más una sensación de que
finalmente habían perdido todo el control sobre sus posibilidades de supervivencia, de
que su destino estaba en manos de algo no humano.
Sólo McReady seguía desafiante y no resignado. Dada su presente opinión de él,
eso sólo dejaba a los demás sintiéndose más desalentados que nunca.
—¿Qué clase de prueba? —repitió sombríamente—. Estoy seguro de que algunos
de vosotros ya lo sabéis.
Había bastante cuerda en la sala, segmentos de longitud variable más el resto de la
larga bobina de la que habían sido cortados. La cuerda había sido traída y usada para
atar a Clark, Garry y Copper. McReady la pateó hacia su reticente ayudante. Rodó
hasta detenerse a los pies del hombre más joven.
—Palmer, tú y Copper atad a todos los demás. Muy fuerte. Os estaré vigilando.
—¿Para qué? —Childs había considerado saltar hacia el piloto, pero la
proximidad de la dinamita y el soplete lo contuvo. Alguien iba a tener que intentar
algo muy pronto, empero. No había manera de decir qué iba a hacer McReady.
—Por vuestra salud —le dijo el piloto. Tampoco sonaba sarcástico.
Garry miró a los demás.
—Lancémonos sobre él. No va a volarnos.
—Maldito sea si no lo hago —dijo McReady claramente.
Childs dio un paso adelante.
—No vas a atarme.
—Entonces tendré que matarte.
Childs le devolvió la mirada llanamente al otro hombre, asintiendo secamente.
—Entonces mátame.
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Alan Dean Foster
LSW 144
La Cosa
Sanders cerró los ojos cuando el soplete cobró vida. Todavía estaba cerca de la
dinamita. A McReady parecía no importarle.
Bajando la magnum, usó una navaja para cortar el accesorio multienchufe del
extremo de una alargadera. Después quitó el aislante para exponer el alambre. Esto se
hizo mientras seguía manteniendo el soplete bajo un brazo y un ojo atento en los
demás. Finalmente mandó a Copper que atase a Palmer.
—Deberíamos haber saltado sobre su culo —Childs estaba enfadado con su propia
timidez.
—Quizá —murmuró Sanders—. Ahora es demasiado tarde.
McReady terminó su trabajo. El mechero Bunsen siseaba continuamente.
—¿Qué vas a hacer, Mac? —Palmer parecía incómodo. Probablemente las
cuerdas le estuviesen haciendo daño.
—Vamos a extraer un poco de sangre a todos —le informó el piloto.
Nauls soltó una risa aguda sin humor.
—Claro. ¿Qué vas a hacer, bebértela?
McReady lo ignoró.
—Observar lo que le ha pasado a Norris ahí —hizo un ademán hacia la
enfermería—, más lo que recuerdo de la noche fuera en el hielo cuando una de esas
cosas mató a Bennings, me ha dado la idea de que quizá cada parte de esos bastardos
es un todo. Cada trozo es autosuficiente y puede actuar independientemente si surge la
necesidad. Un animal en sí mismo.
»Cuando un hombre sangra, sólo es pérdida de fluido, pero la sangre de una de
esas cosas no se queda simplemente inactiva. ¿Recordáis lo que decía Blair sobre que
cada célula era tomada independientemente? Cada una se convierte en una forma de
vida individual recién activada, con el habitual deseo incorporado de protegerse del
daño.
»¿Recordáis esos pequeños trozos de Norris, cómo se retorcían y emitían ese
maullido? Cuando se le ataca, parece que hasta un fragmento de esas cosas intentará
sobrevivir lo mejor que pueda. Incluso una muestra de su sangre.
»Por supuesto, no hay sistema nervioso superior, ni cerebro para reprimir un
instinto natural como ése si hacerlo no es en el mejor interés del todo más grande. Las
células tienen que actuar instintivamente en vez de inteligentemente. Protegerse de la
congelación, digamos. O de la incineración. De la clase que podría ser causada por
una aguja caliente, por ejemplo —se volvió para encarar al médico.
»Copper, haz los honores.
—Decías que creías que yo era inofensivo por lo que ha pasado en la enfermería
—dijo Copper.
McReady asintió afirmativamente.
—He dicho que creía que lo eres. Quiero estar seguro.
Copper notó que la boquilla del soplete había sido apuntada a su sección media
desde que había atado a Palmer, pero decidió no decir nada al respecto. Obviamente
McReady no tenía intención de confiar en él hasta que hubiese hecho su pequeña
prueba. No tenía sentido discutir con él.
LSW 145
Alan Dean Foster
—Muy bien, haré lo que pides, Mac —recogió el escalpelo que Clark había
dejado caer y se acercó a una silla.
—Lo siento, Sanders. No tengo elección.
—Está bien, doc —el radioperador hizo una mueca cuando Copper presionó
suavemente contra un dedo atado. Goteó sangre sobre la piel y cayó en la placa de
petri que el médico sujetaba por debajo del corte. Los otros miraban.
—Ahora el resto —dijo impaciente McReady. La caja en la que había llevado el
mechero Bunsen también contenía una placa para cada uno en la sala.
Copper se movió entre ellos, extrayendo una pequeña cantidad de sangre de cada
uno y devolviendo las placas a la mesa, donde etiquetaba cada una con un rotulador.
Terminó con Garry, marcó la placa y limpió la cuchilla en un trapo ahora
manchado de rojo.
—Ése es el último.
—No exactamente —dijo McReady deslizando una placa limpia hacia el
médico—. Ahora tú.
Copper se pinchó servicialmente el pulgar, y observó mientras la sangre goteaba
en el cristal.
—Deslízala de vuelta aquí —le mandó McReady. El médico hizo lo ordenado—.
Ahora retrocede. Atrás, ahí con los otros.
Copper cumplió. Se empezaba a acumular sudor en su frente. Casi tropezó con los
pies de Childs.
—Y por último, sinceramente vuestro —McReady utilizó el escalpelo en su
propio pulgar y recogió la sangre en una última placa. Después puso en la llama del
mechero Bunsen el cable de cobre descubierto que sobresalía del extremo despojado
de la alargadera.
Los hombres observaron atentamente mientras el alambre empezaba a brillar.
McReady lo sujetó firmemente en la parte más azul de la llama, manteniendo el
soplete apuntado al médico. Ambos transpiraban libremente ahora.
Cuando estuvo listo, el piloto sacó el alambre de la llama y lo llevó hacia la placa
más cercana, la que contenía la muestra de sangre de Copper. Sus ojos estaban fijos
en el médico que miraba, y un dedo estaba tenso en el gatillo del soplete.
Un suave siseo se elevó desde la placa de petri. McReady recalentó el alambre y
repitió el experimento. Otra vez el siseo, y eso fue todo. La sangre en la placa había
reaccionado normalmente. Ambos hombres soltaron un suspiro de alivio.
—Supongo que estás bien, doc.
El alivio de Copper era palpable y su respuesta fue sólo ligeramente chistosa.
—Gracias —estaba temblando.
—Como decía —reiteró McReady—, no creía que hubieses usado esa corriente en
el cuerpo de Norris si fueses uno de ellos —apoyó al hombre mayor con una débil
sonrisa—. Está bien saber con seguridad otra vez que alguien no es nada más que lo
que se supone que debe ser.
»Ten. Échame una mano —le entregó el soplete—. Vigílalos. Y no olvides la
dinamita.
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La Cosa
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Alan Dean Foster
13
Con una fuerza increíble, Palmer explotó desde su asiento directamente hacia
McReady, arrastrando con él el sofá con Garry y Childs todavía atados a él. Su cara se
estaba astillando mientras algo luchaba por salir de detrás de la carnosa máscara
humana. Se lanzó contra McReady y lo tiró sobre la otra mesa de cartas.
—¡Copper! —chilló el piloto cuando voló hacia atrás. La sala estaba llena de
gritos y maldiciones mientras los hombres peleaban con sus ataduras. Gritos,
maldiciones y un profundo bramido inhumano.
El médico intentó disparar, pero manejó mal los controles poco conocidos del
soplete. Para entonces, la cosa cambiante que había sido Palmer había roto sus lazos y
saltó sobre el hombre mayor.
McReady brincó sobre la espalda de Palmer y los tres rodaron por el suelo.
Aporreó la cabeza hasta que un enorme brazo arácnido no formado del todo salió de
la camisa y mandó al piloto deslizándose por el linóleo.
La distracción permitió a Copper recuperar el control del soplete. Lo balanceó,
intentando apuntarlo. Había un crepitar tremendo, como el astillado de plástico
pesado.
La boca de Palmer se dividió de barbilla a frente. Una boca nueva, oscura, vítrea y
horrible, se movió hacia delante y aspiró la totalidad de la cabeza del doctor.
El soplete salió volando, rebotando en una pared. Poniéndose de pie, la cosa-
Palmer rodeó con brazos que se alargaban el cuerpo del desdichado médico, que
colgaba y se crispaba. El resto de los hombres estaba histérico. Sanders lloraba y
rezaba, negándose a abrir los ojos, esperando que, si no miraba el horror, quizá
desapareciese.
McReady se sacudió las telarañas del cerebro y se arrastró por el suelo para
agarrar el soplete. Lo levantó, apuntó y disparó.
No sucedió nada. El golpe contra la pared lo había dañado. Frustrado, se puso
detrás de Palmer y empezó a aporrear el cambiante cráneo movedizo.
La camisa en la espalda de Palmer estalló en la cara del piloto, exponiendo no un
brazo esta vez, sino los comienzos de un nuevo juego de mandíbulas. Algo parecido a
un tentáculo se lanzó desde las fauces que se ampliaban, extendiéndose hacia
McReady. Él se las arregló para esquivarlo, echándose hacia atrás. Tropezó con la
mesa sobrecargada y aulló cuando el mechero Bunsen le chamuscó una mano.
Mechero… luchó por recuperar el equilibrio, buscó en la caja más próxima de
dinamita y sacó tres barrenos. Pasó las mechas cortas sobre el mechero siseante.
Prendieron al instante.
Palmer estaba girando en extraños círculos. El cuerpo del médico colgaba flácido
de la boca fruncida, balanceándose y haciendo perder el equilibrio a la cosa cuando
giraba para avanzar sobre McReady. La segunda boca escupía y gruñía mientras
continuaba tomando forma.
El piloto esquivó y se agachó, casi golpeado a un lado por el cuerpo agitado de
Copper cuando la cosa intentaba decidir qué hacer con el médico, mientras
simultáneamente se concentraba en McReady y cambiaba a su forma natural.
LSW 148
La Cosa
McReady esperó hasta que estuvo a apenas una yarda de él antes de tirar el rollo
encendido de explosivos en el orificio en constante evolución que lo buscaba.
No quedaba nada de la mecha cuando el piloto se volvió y se lanzó hacia el sofá,
cubriendo a Garry y a Childs con su cuerpo.
Llegó un estampido sordo. Partes de miembros, piel y órganos medio formados de
propósito desconocido y diseño peculiar salieron volando en todas direcciones.
Sorprendentemente hubo poca sangre, o cualquier otro tipo de fluido, por cierto.
Pero hubo un montón de otra cosa.
A medida que se secaban, gotitas de carne incinerada continuaban
desprendiéndose del techo y cayendo sobre los hombres entumecidos. McReady se
bajó de sus dos indefensas personas a cargo. Le costó más de lo normal porque
temblaba mucho.
—¿Estáis bien los dos? ¿Childs? ¿Garry? —Ambos asintieron.
Después de recuperar la orientación, McReady sacó uno de los sopletes restantes
de la caja sobre la mesa. Después pasó diez minutos gratificantes pero asquerosos
friendo cada fragmento de la cosa que todavía mostraba señales de vida. Cuando eso
estuvo hecho, se sentó en un sillón abollado y esperó.
Finalmente se había calmado lo suficiente para reanudar las pruebas. Copper ya
no estaba ahí para ayudar. Su mano todavía temblaba ligeramente cuando calentó el
alambre con el mechero. Gracias a Dios, reflexionó, no se había extinguido durante la
lucha, ni las tuberías habían sido arrancadas de la pared. Si eso hubiese ocurrido, la
sala se habría llenado de gas, que la explosión habría incendiado, y todos sus
problemas se habrían terminado. Porque todos habríamos estado acabados, pensó.
Comprobó la identificación de la placa: Nauls. Copper había escrito eso. Ahora
Copper no estaba.
Deja de pensar en eso, se ordenó a sí mismo. Todavía no se ha acabado. Miró
hacia el cocinero.
Nauls cerró los ojos y se tensó cuando McReady tocó la placa con el alambre.
Generó un suave siseo inofensivo. McReady exhaló lentamente y Nauls abrió los
ojos.
Ni siquiera se molestó con el obligatorio segundo intento. Ya no parecía
necesario, no después de la manera en que había reaccionado la sangre de Palmer.
Rodeó la mesa y desató al cocinero, manteniendo un soplete apuntado a los demás.
Nauls aceptó el soplete y asumió los deberes de guardia mientras el piloto regresaba al
mechero y recalentaba el alambre.
A continuación Sanders. McReady hizo la prueba, y fue recompensado con otro
siseo. El radioperador perdió el control de sí mismo y sollozó de rodillas.
McReady le cabeceó a Nauls, que se acercó y desató al perturbado Sanders.
—Vamos, tío —le dijo—, recomponte. No tenemos tiempo para esto. Estás
limpio, pero todavía no hemos terminado.
Sanders asintió, se limpió la cara con las manos liberadas y se le entregó otro de
los sopletes pequeños.
Childs se veía estoico cuando los dos hombres más jóvenes se movieron para
cubrirlo. Su mirada estaba en McReady.
LSW 149
Alan Dean Foster
—Hagámoslo, tío.
El alambre se hundió en la placa, y fue seguido del familiar siseo inofensivo. Los
músculos de la cara del mecánico se ablandaron en una sonrisa de alivio.
—Hijo de… —no pudo terminar las palabras. Desaparecieron con el resuello del
mechero Bunsen.
De repente se dio cuenta de junto a quién o qué podía estar sentado. Empezó a
intentar apartarse, con los ojos muy abiertos por la comprensión.
—¡Alejadme… alejadme de… soltadme, maldita sea! ¡Que alguien me suelte!
Nauls se apresuró a cumplir, y empezó a serrar las cuerdas con el escalpelo
mientras Sanders y McReady hacían guardia. Garry, ignorando la histeria del
mecánico, no se movía. Childs casi se cayó en su prisa por salir del sofá y alejarse del
jefe de la estación.
—Gasolina —dijo McReady impasiblemente. Sanders se apresuró a salir de la
sala, y regresó en unos minutos con un bidón de dos galones cuyo contenido procedió
a volcar sobre la cabeza de Garry. Garry continuó sentado inmóvil en el sofá, mirando
directamente hacia delante. El radioperador retrocedió, levantando su soplete, con la
cara llena de terror pero no obstante preparado.
Nadie respiraba. Childs había recogido un soplete. Su dedo estaba tenso en el
gatillo mientras miraba expectante a Garry. McReady se preparó mientras bajaba
lentamente el alambre calentado hacia la última placa.
Produjo el reconfortante siseo de la sangre evaporándose. El piloto frunció el ceño
y probó una segunda vez, y obtuvo el mismo resultado. La sangre se consumió
libremente y no hizo nada por insinuar que podía ser otra cosa que sangre humana
normal.
Todo el mundo soltó un suspiro de alivio. Sanders estalló otra vez, esta vez de
felicidad. Childs se dejó caer exhausto en un sillón vacío y McReady se secó la cara.
Hubo un largo silencio.
—Sé que ustedes, caballeros, han pasado por mucho —por fin dijo el jefe de la
estación tranquilamente—, pero cuando encuentren tiempo, preferiría no pasar el resto
del invierno atado a este sofá.
Childs empezó a reírse. Por primera vez en días, la tensión empezó a abandonar la
cara de McReady. Nauls frunció el ceño por la risa incontrolable de Childs.
El viento aullaba en lo alto, lacerando ineficazmente el tejado. Nunca había
parado, pero durante las anteriores horas de ansiedad había estado completamente
olvidado. Ahora era un familiar recordatorio amistoso de amenazas que eran bastante
normales. Los hombres le dieron la bienvenida.
El cocinero puso a un lado su soplete y se acercó a desatar al jefe de la estación,
gruñéndole a Childs.
—Vale, tío, todos estamos contentos. Es suficiente.
Childs ahogó su risa restante y se limpió las lágrimas de los ojos. Se incorporó y
le sonrió a McReady.
La sonrisa se desvaneció inmediatamente. El piloto miraba fijamente, en silencio
y con la cara pétrea, por la ventana. La nieve y el hielo azotaban el cristal de panel
LSW 150
La Cosa
triple. Childs frunció el ceño, conectando la mirada con unos pensamientos olvidados
hacía mucho rato. Sus ojos se abrieron mucho cuando recordó.
McReady había recordado primero.
—Blair —susurró.
****
El viento rugía y mordía a los tres hombres que se arrastraban a lo largo de las
cuerdas de guía. Cada hombre llevaba una linterna, una bengala y un soplete.
Además, el anorak de McReady estaba lleno de suficiente dinamita para demoler el
puesto avanzado entero.
Las bengalas vacilaban débilmente en en vendaval, pero aún brillaban mucho más
que los haces de las linternas. Se formaba hielo en las barbas cálidas, punzaba en las
caras de los hombres e intentaba congelarse sobre sus gafas de nieve.
El cobertizo de herramientas donde habían aprisionado a Blair no estaba lejos,
pero la tormenta hacía que pareciese diez millas. El viento helado los rasgaba,
intentando arrancar sus manos enguantadas de las cuerdas de guía salvavidas para
poder mandarlos girando ciegamente hacia la noche antártica. A veinte yardas del
complejo, la mancha naranja proporcionada por sus luces externas era borrada por la
nieve soplada. Sin las bengalas y linternas, el trío que se abría camino hacia el
cobertizo habría estado completamente ciego.
McReady y Childs se preparaban mientras se acercaban al cobertizo. Nauls chocó
con ellos desde atrás y los hombres intercambiaron miradas irritadas, pero nadie dijo
nada.
Ya podían ver el cobertizo claramente. Los pesados tablones que habían sellado la
entrada yacían esparcidos en la nieve. Habían sido rotos o arrancados de sus clavos.
La puerta batía en el vendaval, golpeando contra la pared delantera del edificio.
Se detuvieron enfrente de la puerta, intentando estabilizarse contra el viento.
McReady y Childs tenían los sopletes sacados y las bengalas sujetas delante de ellos.
—¿Ves algo? —gritó Childs. El viento hacía que su voz pareciese venir de muy
lejos, aunque estaban uno al lado del otro.
—No —McReady hizo un ademán con la bengala y Childs asintió
comprendiendo. Entraron juntos.
Estaba mucho más tranquilo dentro del cobertizo. Al contrario que en la vieja
barraca de McReady, aquí el techo todavía estaba intacto. Deambularon por la única
estancia. Nauls comprobó el retrete portátil. La mesa todavía estaba en el centro de la
habitación. A un lado estaba el único catre. Había dos pilas de comida enlatada, un
buen montón de mantas de repuesto y un gran bidón lleno de agua potable. Salía calor
del radiador de propano portátil.
Todo parecía normal, inalterado, excepto que… la puerta había sido rota, y no
había señal de Blair.
Childs tropezó en la oscuridad y profirió una maldición suave. Bajó la mirada para
ver qué le había hecho trastabillar, y de repente se puso de rodillas.
—Ey, Mac, Nauls… venid aquí.
LSW 151
Alan Dean Foster
Se unieron a él, mirando hacia abajo. La tabla suelta del suelo que había atrapado
su bota se levantó fácilmente. También lo hicieron las de inmediatamente alrededor.
Nauls volvió la linterna hacia abajo mientras Childs y McReady sujetaban las
bengalas sobre la apertura. En vez de hielo gris había un gran agujero. El cocinero
movió la luz alrededor, pero fue incapaz de localizar una pared lateral.
Había algo en el agujero, algo grande e inorgánico. Reflejaba la luz.
La voz de McReady fue silenciosa.
—Levantemos el resto de estas tablas. —Childs se agachó a echar una mano.
No costó mucho retirar el resto del suelo. Todas las tablas se habían soltado, los
clavos retirados, y después habían sido colocados cuidadosamente otra vez en su sitio.
Sólo una tabla suelta como la que había hecho tropezar a Childs habría advertido a un
observador de que algo estaba mal en el cobertizo de las herramientas.
Cuando por fin terminaron, se encontraban en la puerta del cobertizo. La
excavación ocupaba todo el interior de éste. El objeto metálico casi la llenaba.
Estaba diseñado crudamente, pero de manera aerodinámica. Chapas de acero
corrugado yacían apiladas en una esquina. Las corrugaciones habían sido alisadas y
las chapas unidas para formar láminas gruesas. No había señal de tornillos ni
soldaduras.
En el objeto se veían suficientes huecos y lugares desiguales para indicar que
todavía estaba incompleto.
—¿Qué es? —murmuró Nauls, intentando darles sentido a los peculiares ángulos
y crestas.
—Todo lo que ha estado desapareciendo —le dijo McReady—. Los imanes,
componentes electrónicos, otros suministros. Apostaría a que tu robot de cocina
también está ahí en alguna parte. El motor, en todo caso —cabeceó hacia la
construcción—. Todas esas cosas desaparecidas han sido convertidas en… esto.
—Una nave espacial de algún tipo —susurró Childs con asombro.
—Demonios, espero que no —repuso McReady—. Si es tan listo quizá
deberíamos simplemente entregarnos y dejar que nos controle. Pero no apostaría por
ello —se metió en el agujero y movió la bengala alrededor, iluminando porciones
diferentes del vehículo incompleto.
»Está endemoniadamente claro que no soy ningún ingeniero, pero sé un poco
sobre maquinaria de vuelo. No veo cómo podría hacer las paredes lo suficientemente
gruesas, ni dónde conseguiría los componentes para hacer un propulsor lo bastante
potente. Por supuesto, quizá no necesite paredes gruesas. Quizá utilice alguna especie
de campo de energía en su lugar. Demonios, quizá sólo suba a bordo y desee estar en
otro lugar.
»Pero apostaría en contra de la teoría de la nave espacial.
—¿Entonces qué? —preguntó Childs.
McReady continuó escudriñando con la bengala.
—Es algún tipo de nave, seguro. Como no necesita una nave espacial, apostaría
por alguna clase de aeronave. O un propulsor de cohete de corto alcance. Listo hijo de
puta. Lo ha montado pieza a pieza. Y todo este tiempo nos hemos estado preocupando
LSW 152
La Cosa
por el pobre, encerrado y loco Blair. Apostaría a que no ha sido «Blair» desde hace un
tiempo —sacó la cabeza del agujero y cabeceó en dirección al complejo principal.
»Todos los demás, Palmer y los perros, sólo eran señuelos para mantenernos lejos
de aquí, mantenernos ocupados para que la cosa pudiese trabajar en esto en paz. Casi
funcionó, también; lo habría hecho, si no hubiésemos propuesto esa nueva prueba.
Nauls miró en el agujero.
—¿Adónde intentaba ir?
—A cualquier otro lugar —respondió McReady. Se desabrochó el anorak y buscó
dentro, desenredando un manojo de dinamita atada con cinta—. Pero no va a
conseguirlo.
Un chirrido. Penetrante y lejano, ahogado por el vendaval que soplaba fuera, pero
sin embargo hizo que McReady se crispase.
—Deprisa —le instó Childs.
McReady asintió, y después usó su mechero para encender la mecha.
Retrocedieron por la puerta y tiró la dinamita en la excavación.
Llevaban un minuto bajando por la pasarela, agarrándose a las cuerdas de guía
tanto por apoyo como para orientarse, cuando el hielo se levantó tras ellos. Incluso en
la tormenta, fue satisfactoriamente ruidoso. Fragmentos de metal y madera llovieron
más allá de ellos.
—Ya está, entonces —murmuró Nauls.
—Sí —Childs le dio una palmada en el hombro—. Mira por dónde vas. —Una
ráfaga de viento lo golpeó de lado mientras intentaba rodear al cocinero. Sus botas
giraron sobre la superficie resbaladiza y agarró la cuerda con ambas manos cuando
cayó de rodillas, intentando estabilizarse.
Entonces la cuerda se fue, con toda la tensión desaparecida al ceder en algún lugar
tras ellos. El extremo pasó silbando junto al mecánico y el viento lo mandó
tropezando tras él.
McReady se aferró a su propio fragmento de cuerda cuando vio a Childs
desaparecer en la oscuridad. Algo chocó con él desde atrás y él gritó. Eso le devolvió
el grito mientras se deslizaba hacia la nieve.
Adiós, Nauls.
El chirrido llegó de nuevo, esta vez más fuerte. Definitivamente estaba en algún
lugar detrás de él.
McReady luchó frenéticamente por orientarse. El complejo tenía que estar ahí
delante en línea recta. Creyó que podía distinguir el brillo mortecino de la iluminación
exterior, pero no estaba seguro. Podía ser que el agotamiento y el frío le estuviesen
haciendo ver luces donde no había ninguna. Se esforzó por avanzar sobre las manos y
rodillas, esperando estar gateando en la dirección correcta.
Aquel horrible gemido áspero se estaba acercando. ¿Venía tras él, o él se estaba
acercando hacia ello? Recordó lo que le había sucedido a Copper, recordó la
abominación medio formada que había salido de aquella boca abierta antes de que la
alimentase con la dinamita. Ahora podía estar en sus talones, golpeando sobre la
nieve, buscándolo, queriendo rodearle una pierna y arrastrarlo, arrastrarlo hacia…
LSW 153
Alan Dean Foster
LSW 154
La Cosa
misma. Tiene que encontrar otro cuerpo vivo que tomar. Vamos —empezó a subir el
pasillo.
Trabajaron rápida y eficientemente en la sala de recreo, vertiendo gasolina en
botellas vacías. Les habían quedado tres de los sopletes pequeños. Los tres ahora
yacían en algún lugar fuera en la nieve, perdidos cuando la cuerda de guía fue cortada.
Ningún hombre tenía intención de salir a buscarlos. Los cócteles molotov tendrían
que servir como sustitutos.
Garry estaba ocupado cerca, encordando un cable fino entre dos generadores con
las baterías cargadas. Sanders había asumido la tarea de preparar los últimos molotov.
Sujetó firmemente el embudo y vació la última gota de gasolina de la última lata en el
cristal. La actividad le devolvió un poco de coraje.
La cola da vida, pensó sombríamente, reparando en la etiqueta en la botella. Pero
no esta vez.
McReady estaba sentado en la mesa de cartas cercana, jugando con algunas
cápsulas de gelatina vacías que había robado de la enfermería. Una hipodérmica
cargada yacía cerca. Había inyectado una porción del contenido de la jeringa en una
cápsula, la había dejado cuidadosamente a un lado y había continuado con la
siguiente.
Nauls entró patinando con otra caja de dinamita. La recuperación de sus ruedas
aumentaba su confianza de la misma manera en que verter la gasolina ayudaba a
Sanders.
Puso la caja junto a las otras. Ahora había explosivo suficiente en la sala de recreo
para volar el complejo a medio camino de Tierra del Fuego.
Le echó un vistazo al atareado McReady.
—¿Qué vamos a hacer con Childs?
—Olvida a Childs. Se ha ido —McReady habló sin levantar la mirada de su
trabajo—. Si todavía se controlase a sí mismo, habría encontrado su camino de vuelta
aquí hace una hora.
—Eso no lo sabes seguro, tío. —El cocinero usó una palanca pequeña para quitar
la tapa de la caja de dinamita—. ¿Recuerdas cuánto tiempo estuviste atascado ahí
fuera antes de que te dejásemos volver a entrar?
—Querrás decir antes de que yo me dejase volver a entrar —le recordó McReady.
Sacudió la cabeza pesaroso, se negó a reconsiderar el asunto—. Ha estado fuera
demasiado. Esa cosa de ahí fuera ha tenido demasiado tiempo para trabajar en él. Si
ha sido capaz de encontrarlo. El viento lo estaba empujando mucho. Ya podría estar a
medio camino hacia el polo.
—Pero no lo sabemos —argumentó Nauls—. ¿Por qué debería molestarse con él?
Está atascado ahí fuera en la nieve, solo y desarmado. Tiene mucho tiempo para ir a
buscarlo. ¿No tendría más sentido ignorarlo y ocuparse primero de nosotros?
—Demonios, ¿cómo podría saberlo? —respondió McReady bruscamente—. No
pienso como eso piensa. Pero apuesto a que tienes razón en una cosa.
—¿Sí, en qué?
—Se está preparando para ocuparse de nosotros.
Garry habló suavemente, separando a los dos con palabras.
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Alan Dean Foster
—Haz esas mechas cortas, Nauls. Estallarán más deprisa si necesitamos usarlos.
El cocinero asintió, le dedicó al indiferente McReady un fruncimiento final de
ceño y volvió su atención a las mechas de lino que sobresalían de cada cóctel
molotov.
Garry se levantó y se aseguró de que el alambre que corría a través de la entrada
principal estaba estirado. Los dos generadores estaban a cada lado, fuera de la vista
desde el pasillo. McReady había terminado su tarea con las cápsulas y se esforzaba
por maniobrar un armario de almacenamiento en su sitio, bloqueando una de las otras
puertas laterales.
Sanders puso la última lata de gasolina a un lado y miró hacia la entrada principal
y su barrera casi invisible de alambre.
—¿Y si no viene?
McReady golpeó el hombro contra el abultado armario.
—Vendrá. Nos necesita. Somos lo único que queda por expropiar. Échame una
mano con esto, ¿quieres?
Sanders lo complació, añadiendo su peso al del piloto. En cuanto el armario de
almacenamiento estuvo en su lugar, empezaron a pelear con una de las pesadas
consolas de videojuegos hacia la segunda puerta. Se necesitó otra consola para
completar el trabajo. Uno de los juegos era Invasores del Espacio. Nadie intentó hacer
un chiste con eso.
McRedy se volvió hacia su ayudante, haciendo un ademán con un pulgar hacia la
última apertura sin barreras.
—Tú y Nauls tenéis que bloquear las literas del lado oeste, el comedor y la cocina.
Nauls miró al piloto como si se hubiese pasado del límite.
—¿Estás loco? Ya podría estar ahí dentro.
—Un riesgo que tenemos que correr —respondió McReady llanamente—.
Tenemos que obligarle a venir por el lado este hasta la puerta que le hemos apañado.
—¿Por qué yo? —quiso saber Nauls.
McReady lo miró fijamente.
—¿Por qué tu no?
—Vale, vale. No me eches esa mirada de «qué eres tú» —empezó a ir hacia la
puerta.
Sanders se lamió los labios e intentó pensar en un fallo, cualquier fallo, en el
razonamiento de McReady.
—Quizá elija esperarnos fuera.
McReady sacudió la cabeza.
—Ah-ah, no lo creo. Se congeló aquí una vez —señaló la ventana y la aullante
tormenta polar que bramaba fuera—. Quizá aquí no haga tanto frío ahora como hace
cien mil años, pero apuesto a que hace frío suficiente. Podría congelarse otra vez, y
esta vez sería la última. Así que tiene que entrar.
—Muy bien —repuso el radioperador—, así que espera que salgamos desde
dentro.
McReady sonrió.
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La Cosa
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La Cosa
14
La música llenó los pasillos, los dormitorios vacíos, la sección de suministros y los
lavabos. Penetró en las paredes y agitó los suelos.
Excepto por Childs, que le había hecho el mantenimiento, Nauls conocía ese
sistema mejor que nadie en el puesto avanzado. Gritó por encima del ruido y gesticuló
hacia la sala de recreo.
—¡Está en el bar! —le gritó a su compañero—. ¡Ha encendido el estéreo!
Sanders lo miró boquiabierto a través de la estancia, esforzándose por oír.
—¿Qué dices?
Nauls se dirigió hacia él.
—Está entre nosotros y la sala de recreo. ¿Cómo vamos a volver?
Sanders sacudió la cabeza, parecía asustado y confundido.
—¡No puedo oírte, tío!
En la sala de recreo, McReady maldecía continuamente mientras arrancaba
primero un altavoz y después otro de sus soportes en la pared.
—¿Qué están haciendo ahí atrás? —preguntó al jefe de la estación, cabeceando
hacia la cocina distante. La música ya resonaba sólo desde un altavoz restante, pero su
ostinato machacón continuaba reverberando por el resto del complejo.
Garry estaba cerca de la entrada del alambre y miró por el pasillo. La voz de
Nauls lo alcanzó como un lamento distorsionado.
—¿Qué dice? —preguntó McReady mientras arrancaba el último altavoz.
Garry sacudió la cabeza.
—No puedo entenderlo.
—¿Qué es eso?
—¡McReady! —aullaba Nauls—. ¡Hemos sido aislados! —se inclinó con cautela
hacia el pasillo—. Ey, chicos, ¿podéis oírme ahí arriba?
Algo hizo ¡pum! contra la puerta al fondo de la cocina. Nauls se volvió a mirar
mientras una gran hoja como una guadaña hurgaba a través de la pesada madera y
empezaba a serrar hacia abajo. Cieno negro manchaba los bordes del corte. La misma
hoja era una sombra irreconocible de rojo no metálico. Color extraño para un cuchillo.
El sonido de la madera rasgándose era eclipsado en gran parte por el estruendo de los
altavoces estéreo.
Con los ojos sobresaliendo, Sanders señaló con una mano temblorosa la puerta
que se desintegraba. Una segunda hoja de cuchillo apareció al lado de la primera,
junto con más sustancia negra lubricante.
Nauls se alejó de la barrera que se astillaba cuando se dio cuenta de que las hojas
duales no eran cuchillos. Eran uñas.
Sanders había puesto la espalda contra la tercera puerta cuando otro par de garras
atravesó la madera más fina para extenderse y bloquearse alrededor de su cuello.
Forcejeó brevemente mientras era arrastrado hacia atrás. Hubo una expresión
melancólica en su cara cuando mordió la cápsula de cianuro justo antes de ser
arrancado a través de la puerta rota.
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Alan Dean Foster
Nauls no era de gestos inútiles. Sanders lo había aceptado. La otra puerta estaba
cediendo cuando se largó por la única salida restante. Agachándose, salió disparado al
pasillo. Sus patines echaban chispas.
En la sala de recreo, un chirrido familiar que ponía los pelos de punta se elevó por
encima de la música. Era agudo, inconfundible, más fuerte que nunca.
McReady se agachó por debajo del alambre y miró por el pasillo. No había
movimiento. Los pequeños altavoces continuaban bramando su indiferente letanía
electrónica desde habitaciones lejanas.
Nauls había patinado así sólo una vez antes en su vida. Había sido en Chicago. La
banda local, los Crips, iban tras él. Los mamones eran rápidos, pero no tanto como un
adolescente asustado en patines. Era tarde, no tenía nada que hacer fuera en ese
vecindario, y la chulería había superado al sentido común.
Había pasado disparado por su esquina de la calle, dejándolos furiosos y
sorprendidos a su paso, y había patinado hasta creer que se le iban a caer las piernas.
Rodeando vallas, bajando calles desiertas, saltando bordillos y desagües, volando a
través de la noche urbana vacía.
Ahora se inclinó mucho en una curva y pataleó con las piernas mientras aceleraba
por un pasillo recto. No lejos, se dijo desesperadamente, no lejos de casa. A la calle
Delancy, a la sala de recreo. Sus ojos estaban vidriosos. Era una bala girando por el
cañón de un arma.
El cuerpo de Sanders salió volando de la pared del pasillo directamente por
delante de él. Un brazo grueso incrustado de nudos lo clavó como a una mosca en los
paneles de enfrente.
Nauls resbaló y perdió el equilibrio cuando intentó parar, y se deslizó con fuerza
contra la pared más cercana. La cápsula de cianuro salió volando de su boca. La
ignoró. El resto de lo que había tomado al radioperador empezaba a desmenuzar la
pared.
Él se puso de pie y empezó hacia delante otra vez, saltando sobre el enorme
miembro flexionado, y rodó sobre el suelo como le habían enseñado a hacer en clase
de gimnasia. Después se puso en pie otra vez y patinó como un anotador de roller
derby hacia la siguiente curva.
McReady estaba fuera en el pasillo y corriendo hacia la cocina. No había ido muy
lejos cuando Nauls llegó hacia él inclinándose alrededor de la esquina.
—¡Vuelve! —le gritó el cocinero. McReady aflojó el paso, pero no se detuvo.
—El generador… —empezó a decir.
—¡Que le jodan al generador! —Nauls pasó disparado la mano extendida del
piloto. Siseos y gruñidos impíos crecieron por encima de la música. Algo como un
terremoto andante venía por el pasillo. McReady se volvió y se precipitó detrás de
Nauls.
Nauls apenas se acordaba del alambre y sólo se agachó por debajo de él cuando
entró patinando en la sala de recreo. McReady iba justo detrás de él resoplando como
un motor sobrecalentado, y el cocinero se desplomó sobre el sofá grande.
—¿Qué ha pasado ahí? —le preguntó Garry en voz baja.
Nauls lo miró. Sus palabras llegaron en racimos.
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La Cosa
El terror le hacía gatear más deprisa, inconsciente del dolor en su pierna rota. No
sabía que estaba rota, sólo que cuando intentaba estar de pie se disparaba fuego a
través de ella y lo hacía caer.
La caseta del baño, cerca. Se arrastró dentro y cerró. El gorgoteo que lo había
estado persiguiendo se hizo más fuerte. Nauls se apoyó contra el fondo del retrete,
mirando alrededor desesperadamente. Estaba aprisionado en una diminuta caja de
madera, sin ventanas, sólo el ventilador de rejilla fina. Una bonita caja pequeña, toda
envuelta para la cena de Navidad, un pequeño pavo flaco esperando a que el gran
papá empezase a trincharlo…
El gorgoteo se paró en algún lugar al otro lado de la puerta. Llegó un rascado de la
madera. Un gemido grave subió desde las profundidades de la garganta de Nauls, un
sonido que no pudo ni intentó controlar. Empezó a arañar la madera desgastada que
formaba el fondo de la caseta. Comenzó a salirle sangre de debajo de las uñas
mientras desgarraba los reacios paneles.
Un potente golpe pegó en la puerta al tiempo que él retorcía una tabla. Saltó en
pedazos. Algo oscuro empezaba a venir a través de la madera.
Nauls se puso el extremo dentado de una gran astilla en la garganta y le dio un
empujón espasmódico…
****
El sonido del motor era fuerte en el laboratorio desierto. Un momento las paredes
estaban firmes, y al momento siguiente parecieron explotar cuando el tractor atravesó
la pared, con su gran pala haciendo trizas media habitación. Cristal y madera se
destrozaron uno contra otro. El frigorífico y su carga incriminatoria de sangre
congelada cayeron de lado como un juguete.
McReady estaba en el asiento del conductor, con los ojos salvajes y la expresión
como las vistas normalmente en las caras de los internos en instituciones mentales.
Había echado una carrera a suministros, entrado por la ventana rota allí y recogido la
caja de enchufes y el resorte ventilador que habían sido retirados del motor del tractor.
El instinto y la suerte lo habían dirigido a través de la tormenta al cobertizo de
mantenimiento.
La congelación formaba pintura de guerra negra en sus mejillas y puntas de los
dedos expuestas. Un barreno de dinamita era una cuchillada roja entre sus labios. En
el asiento junto a él montaban un par de grandes cilindros de metal marcados como
«HIDRÓGENO». No quedaban globos meteorológicos para que los mandasen
remontando el cielo antártico. McReady tenía un destino diferente para ellos en
mente.
Dejó que el tractor se detuviese. La nieve se arremolinó alrededor de él cuando
tomó el barreno de dinamita de sus labios. Estaba sonriendo y no más que medio loco.
—¡Vale, asqueroso —gritó hacia e interior del complejo—, ya sólo estamos tú y
yo! Anda con ojo, si tienes alguno. Vamos a hacer una pequeña remodelación. Hora
de dejar que entre un poco de aire fresco. Te gusta el aire en esta región, ¿no?
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En español en el original (N. del T.)
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La Cosa
decir, soy la única persona, y todo el mundo sabe que los estadounidenses saben
mejor que los noruegos en todo caso, ¿verdad? —volteó la botella y tomó otro trago,
manteniendo los ojos ocupados. Los faros del tractor todavía ardían, iluminando la
destrucción.
»Sé que estás mosqueado porque he arruinado tu viaje, ¿verdad? Elegante
juguetito tenías ahí. Pero sin sitio para azafata, y el espacio para las piernas
definitivamente no era de primera clase.
Un leve temblor meció el tractor y él se calló, escuchando. Miró hacia el agujero
en el techo, y después por la devastada sala de recreo. Sacando su mechero de butano
de un bolsillo, lo encendió y acercó la llama a la mecha corta que sobresalía del único
barreno de dinamita.
—Pero tu verdadero problema —continuó, esforzándose por mantener la voz
distraída— es tu aspecto.
El temblor se repitió, ligeramente más fuerte esta vez. Algo estaba golpeando en
la oscuridad, un sonido continuo y regular que parecía venir de todas partes a su
alrededor. Le costó un momento darse cuenta de que era su propio corazón.
—Chico —murmuró alentadoramente—, sé que estás cerca. Papá está aquí. Ven a
visitarme.
El suelo se sacudió un poco por debajo del tractor. Él se levantó, buscando tanto
en las áreas oscuras como en las iluminadas por los faros de la máquina.
—Vamos. Ven a darme la mano, mamón —susurró tensamente.
El tractor se elevó varias pulgadas. McReady perdió el equilibrio y cayó hacia
delante con los brazos dando vueltas. Se encontró mirando en el motor algo que
podría haber sido una cara.
Una garra relampagueó hacia él, partiendo el volante pero fallándole a su cara
cuando se tiró hacia atrás.
Coceó el acelerador y el tractor botó diez pies. Cuando retumbó a la altura del
hueco en el techo, él saltó y agarró el borde del agujero.
Por delante de él, la cara y los brazos de la cosa atravesaron las placas de metal de
la cubierta del motor. Las garras extendidas no le alcanzaron las piernas cuando trepó
al tejado. Un siseo frustrado resonó por la sala de abajo.
McReady se estabilizó sobre el tejado tembloroso. Amenazaba con derrumbarse
en cualquier momento. Encendió la mecha corta de la dinamita y la tiró hacia la
cabina del tractor.
La mitad del grotesco cuerpo de la cosa salió de la apertura detrás de McReady,
chirriando de furia. Algo flexible y duro como una manguera de goma azotó y rodeó
dos veces el pecho del piloto, apretando y tirando de él hacia atrás.
En ese instante hubo una inmensa explosión, con los tanques de hidrógeno con
fugas incendiándose y mandando una bola de fuego blanca a cincuenta pies en el cielo
nocturno. Mezclados con las llamas estaban los restos del cuerpo de la cosa,
carbonizándose.
La fuerza del estallido pegó a McReady desde atrás y lo tiró del tejado. Se estrelló
en la nieve de abajo. El miembro cortado y ahora exánime todavía lo rodeaba,
ardiendo junto con la espalda de su chaqueta. Se lo arrancó y lo arrojó a un lado, y
LSW 165
Alan Dean Foster
después rodó una y otra vez en la nieve hasta que las últimas llamas que le comían la
espalda fueron sofocadas…
No quedaba mucho del campamento. La mitad era una humeante ruina
ennegrecida y el resto un montón de basura, gracias al manejo de la excavadora por
parte de McReady. La tormenta se había calmado considerablemente. Fuegos que aún
ardían iluminaban las ruinas y las luces del sur danzaban en lo alto.
McReady trastabilló a través de la devastación, con varias mantas gruesas
envolviéndolo. Si los anoraks de repuesto habían volado en llamas, yacían enterrados
bajo los escombros o simplemente estaban tirados por ahí esperando ser encontrados,
todavía no lo sabía. Pero las capas múltiples de mantas mantenían el viento y buena
parte del frío apartados de su cuerpo maltratado.
El dolor lo doblegó. Era difícil cojear de un punto caliente al siguiente y esgrimir
el extintor de incendios con mucha precisión. Masculló algo, aunque no había nadie
para oírlo, finalmente se rindió y arrojó el inadecuado extintor a un lado. Resonó en
algo inflexible y metálico: la masa retorcida del horno de Nauls.
El área del bar estaba en gran parte intacta por los fuegos, aparentemente habiendo
decidido una providencia amable que, ahora que se había deshecho de la
manifestación final de la cosa, podía quedarse cómodamente bebido el resto de la
noche. Sonrió levemente. Estaba deseando una borrachera de cinco meses.
Se apoyó contra la barra hecha a mano y encendió un cigarro de las existencias no
dañadas del bar. Sus manos estaban muy envueltas. No había guantes
convenientemente cerca, pero había bastante cinta aislante en las ruinas de la
enfermería. Lo que quedaba de sus manos se benefició del vendaje, en todo caso. Dio
una chupada al cigarro y se sirvió un doble, sin soda, por favor, en un vaso que sólo
estaba levemente astillado.
Algo lo agarró del hombro y le dio la vuelta. Estaba demasiado agotado para
gritar.
Una cara miró la suya: Childs. Pústulas blancas y negras moteaban la piel
expuesta y carámbanos decoraban la barba lanuda del mecánico.
—¿Lo… lo has matado? He oído una explosión —la boca de Childs no
funcionaba muy bien. Sus labios estaban agrietados y manchados de sangre seca. Una
débil ráfaga de viento hizo que el poderoso cuerpo se tambalease. La carencia de
comida y la exposición a los elementos habían mermado severamente la fuerza del
mecánico.
—Eso creo —le dijo McReady.
—¿Qué quieres decir con que «eso crees»? —Childs trastabilló unos pasos hacia
atrás.
Se miraron el uno al otro suspicazmente, guardándose las voces. McReady estuvo
súbitamente alerta.
—Sí, lo he pillado —hizo un ademán con un dedo momificado hacia la cara del
mecánico—. Una congelación bastante mala.
Childs mantuvo la distancia y exhibió una mano hinchada y pálida.
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La Cosa
—Cambiará otra vez muy pronto. Entonces supongo que la perderé entera —pateó
primero con el pie derecho, y después con el izquierdo. Los movimientos eran
débiles, temblorosos—. Creo que los dedos de mis pies ya no están.
McReady había salvado una de las mesas de cartas y la instaló cerca. Llevando
botella y vaso, cojeó y se sentó en la única silla. El respaldo estaba quebrado, pero las
patas todavía estaban intactas.
Un juego de ajedrez descansaba sobre la mesa, con el cable de energía colgando
suelto por un lado. Por algún milagro, la caja de piezas que había sido enterrada
debajo había sobrevivido al cataclismo. Varios montones de cartas yacían cerca.
McReady estaba en proceso de combinarlas para formar una sola baraja completa.
Los dos hombres continuaban mirándose el uno al otro cautelosamente.
—Así que eres el único que lo ha logrado —dijo Childs.
McReady estaba colocando el tablero de ajedrez. Imanes diminutos sujetaban cada
pieza al tablero de metal a pesar del viento continuo.
—No el único, parece.
Childs encontró un par de mantas y se envolvió agradecido la parte superior del
cuerpo.
—El fuego ha subido mucho la temperatura por todo el campamento. Pero no
durará mucho —cabeceó hacia la pared que faltaba del bar.
—Nosotros tampoco.
—Quizá deberíamos intentar arreglar una de las radios. Intentar conseguir algo de
ayuda.
—Quizá no deberíamos.
—Entonces nunca lo conseguiremos —dijo tranquilamente el mecánico.
McReady chupó del cigarro hasta que la punta brilló en rojo, y después buscó en
el manojo de suministros que había reunido. De en medio del montón sacó una
pequeña forma cilíndrica metálica.
—Mira lo que he encontrado. Éste funciona —puso el soplete con cuidado sobre
la mesa junto a él.
»Quizá no deberíamos conseguirlo —añadió especulativamente.
Childs miró el soplete.
—Si te preocupa algo, hagamos esa prueba de sangre tuya.
—Si tenemos alguna sorpresa el uno para el otro —respondió el piloto—, no
estaríamos en condiciones de hacer algo al respecto. Cualquier prueba puede esperar
—hizo una pausa, y después preguntó alegremente—: ¿No juegas al ajedrez?
Childs examinó al piloto, y después buscó por la destrucción fuera del bar.
Regresó acarreando una segunda silla en condiciones razonablemente buenas y la
colocó en la mesa enfrente de McReady.
—Supongo que aprenderé.
El piloto sonrió y le entregó al mecánico la botella. Childs se reclinó y consumió
la mitad de lo que quedaba. Cuando bajó la botella, estaba sonriendo.
Alrededor de ellos los fuegos persistentes seguían ardiendo, cabalgando un mar de
agua helada. Ascuas brillantes levantadas por el viento se alzaban perezosamente al
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Alan Dean Foster
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La Cosa
SOBRE EL AUTOR
ALAN DEAN FOSTER, un escorpio, nació en California, donde completó sus
estudios. Después de servir en el Ejército de los EE.UU., trabajó como redactor en
una empresa de relaciones públicas y publicidad. Desde entonces ha enseñado historia
del cine y escritura en la Escuela Universitaria de la Ciudad de Los Ángeles, así como
literatura en la U.C.L.A.
Escritor prolífico, Foster ha escrito novelizaciones muy exitosas de Alien,
Tragedia en el Dark Star, El Agujero Negro, Atmósfera Cero y Furia de Titanes.
También publicó diez novelas, incluyendo los cinco volúmenes de Humanx
Commonwealth, Medio Mundo, Cachalote, Aparejador de Hielo, Misión a Moulokin
y la más reciente, Cantor de Hechizos.
Cinturón rojo en tang soo do (una forma de kárate coreano), las aficiones de
Foster son ir de mochilero, el «pecho surf» y el baloncesto. Él y su mujer
abandonaron recientemente la costa del Pacífico para vivir en el desierto de Arizona.
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