Belaunde, Recuerdodelaluna
Belaunde, Recuerdodelaluna
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El recuerdo de Luna
Género, sangre y memoria entre
los pueblos amazónicos
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El recuerdo de Luna
Género, sangre y memoria
entre los pueblos amazónicos
Primera edición
Lima, octubre de 2005
Carátula y contracarátula:
Basado en la pintura Mundos I, de Heinrich Helberg Chávez,
y en un chitonte shipibo de Suisame Marcelina Maynas
ISBN: 9972-2552-8-X
Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú: 2005-6430
Impreso en Perú
Printed in Peru
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Para mi familia
7
8
Índice
Agradecimientos 11
9
5.4 Homicidio y embarazo: Wari 167
5.5 Muerte por borrachera: Juruna 171
5.6 Matar para curar: Parakanã 179
5.7 Feminización y eclipse de Luna:
Araweté, Asháninka y Kuikuro 184
Bibliografía 322
10
Agradezco al Instituto de Saúde Coletiva de la
Universidad Federal de Bahía, a la Coordenação
de Aperfeiçoamento de Pessoal de Ensino Su-
perior (CAPES) del Brasil, al Centro Amazónico
de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP)
del Perú y a la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos por haber posibilitado la realización
de este libro.
Mis mayores agradecimientos para mis compa-
dres, Cecilia McCallum y Edilson Texeira, y para
mi ahijada Nina McCallum Texeira, que me die-
ron todo su apoyo durante la gestación y el parto
de este libro. También quisiera agradecer a mis
compañeras del CAAAP y del centro de salud
de género MUSA de la Universidad Federal de
Bahía por su buen humor en las horas de traba-
jo, a Joanna Overing y Napier por la guía y el
calor de la Maloca del Norte, a mis colegas Elsje
Lagrou, Marco Antonio Gonçalves, Tânia Lima,
Marcio Goldman y Peter Gow por sus comenta-
rios y por su acogida, a James Matos y a los alum-
nos de las Maestrías en Estudios Amazónicos
de la Universidad de San Marcos y de la Uni-
versidad de Colombia en Leticia por su entusias-
mo, y a Manuel Cornejo Chaparro por las con-
versaciones en la mesa 13 del chifa de la aveni-
da Brasil. A todos los que me hicieron recorrer
el camino del pensamiento amazónico, gracias.
11
12
Mapa de las etnias citadas
13
14
Menguante mora, azul y rojo
15
16
Introducción
Cruzados y paralelos
17
diferentes de seres humanos y llevan vidas paralelas, cada
cual reproduciéndose a sí mismo, produciendo comida y arte-
factos, y manejando conocimientos propios. Desde otro punto
de vista, los hombres y las mujeres son un mismo ser humano
y se reproducen cruzándose, cada cual contribuyendo con sus
alimentos, sus artefactos y sus conocimientos a la generación
de una vida en común. Cada persona construye significados y
toma sus propias decisiones a partir de referencias cultura-
les, en la medida en que es un sujeto 1 en un mundo
intersubjetivo y vivencial, en el que ser mujer y ser hombre
son pautas de acción, de identidad y de alteridad, tanto en el
ámbito personal como en el colectivo.
Las dos concepciones de género, cruzada y paralela, co-
existen en el tejido social amazónico; según el contexto y el
momento del ciclo de vida de las personas, la una pasa a ser
una tela de fondo, mientras que la otra toma el centro de la
escena de manera dinámica, por lo que es posible hacer una
lectura de las relaciones entre los hombres y las mujeres que
presente aspectos de ambas concepciones entremezcladas.
No existe una visión única sobre cómo el poder político y eco-
nómico, la autoridad social y religiosa, el prestigio, los conoci-
mientos, las habilidades, y los procesos de toma de decisio-
nes se distribuyen entre los géneros. Vistos desde cierto án-
gulo, los géneros son totalmente diferentes, desde otro ángu-
lo, son similares. Algunos pueblos destacan las diferencias;
otros, las semejanzas. Aunque parezca contradictorio, en mu-
chos casos es justamente porque las personas se diferencian
por líneas de género, y constituyen bloques de solidaridad de
género, que también son concebidas como similares.
En este libro sostengo que la sangre es el principal vehí-
culo tanto de la diferenciación como de la unidad entre los
géneros a lo largo de la vida de las personas. Se trata de un
concepto de la sangre muy diferente al de una visión mera-
mente biológica de esta sustancia. Como lo muestran las etno-
grafías que menciono en este libro, la sangre entre los pue-
18
blos amazónicos reúne lo biológico, lo mental y lo espiritual,
por lo que el manejo del flujo de la sangre en todo el ciclo de
vida es un proceso constitutivo no solamente de la fertilidad
sino de la salud, el trabajo, la creatividad, el bienestar, la reli-
giosidad, la identidad personal y las relaciones interétnicas.
Un aspecto fundamental de las relaciones de género concier-
ne a la transformación de las personas por medio del manejo
de la sangre asociado a prácticas de dieta y reclusión.
Visibilizar las diferencias entre los hombres y las mujeres y
abordar las relaciones de género desde una perspectiva ama-
zónica implica necesariamente comprender el ámbito de la
corporalidad generada a través de las prácticas de dieta y re-
clusión, producción, depredación y comunicación con los se-
res del cosmos, asociadas al flujo de la sangre2.
Desde la mesa del XLII Congreso de Americanistas, orga-
nizado por Joanna Overing en 1976, y el artículo de Anthony
Seeger, Roberto da Matta y Eduardo Viveiros de Castro, «La
construcción de la persona en las sociedades indígenas», que
condensa los avances etnográficos de la época, la noción de la
corporalidad y la idea que la persona social es construida por
medio de la construcción de su cuerpo –su crecimiento, su or-
namentación, sus habilidades, sus fluidos– constituyen referen-
cias teóricas esenciales de la antropología amazónica. «El cuer-
po, afirmado o negado, pintado o perforado, recluido o devora-
do, tiende siempre a ocupar una posición central en la visión
que las sociedades indígenas tienen de la naturaleza del ser
humano» (Seeger et al., 1979:4). El cuerpo no es una entidad
meramente biológica que sirve de apoyo a las identidades y los
papeles sociales que constituyen la persona social. El cuerpo
es «el instrumento, la actividad, que articula significados socia-
les y cosmológicos; el cuerpo es una matriz de símbolos y un
objeto de pensamiento» (Seeger et al., 1979:11).
19
En la mayoría de las sociedades indígenas del Brasil,
esta matriz ocupa una posición organizadora central. La
fabricación, decoración, transformación y destrucción de
los cuerpos son temas en torno de los cuales giran las
mitologías, la vida ceremonial y la organización social.
Una fisiología de los fluidos corporales –sangre, se-
men– y de los procesos de comunicación del cuerpo
con el mundo (alimentación, sexualidad, habla y de-
más sentidos) parece subyacer a las variaciones con-
siderables que existen entre las sociedades sudame-
ricanas, bajo otros aspectos (Seeger et al., 1979:11.
Traducción propia).
3 Ver Bamberger (1974); Gregor (1985); Gregor y Tuzin (2001); Bellier (1991 y
1993).
20
Sin embargo, la permanencia de este sesgo androgénico en
los estudios de género en la Amazonía también es un rezago de
la teoría de la alianza de Claude Lévi-Strauss (1969) combinada
a las teorías feministas del patriarcado de los años setenta4,
que postulan la subordinación femenina como un principio uni-
versal. La teoría de la alianza, que continua siendo dominante
en los debates teóricos amazónicos actuales, define a la socie-
dad humana como un sistema de comunicación en el que circu-
lan tres tipos principales de signos: las palabras, intercambiadas
por medio de mensajes lingüísticos; los objetos, intercambiados
en transacciones económicas; y las mujeres, intercambiadas en
los arreglos matrimoniales. Según este paradigma teórico, el
intercambio de las mujeres por los hombres y las relaciones de
afinidad entre los hombres fundadas en el intercambio de las
mujeres son el eje a partir del cual la cultura emerge de la
naturaleza, y sobre el cual se articulan las relaciones de poder
monopolizadas por los hombres de manera universal.
Cabe señalar que Lévi-Strauss sostiene que el sistema de
intercambios es un modelo conceptual y que el marco teórico
de la alianza se mantendría igualmente válido si fuesen las
mujeres las que intercambiasen a los hombres. No obstante,
él sostiene que en la realidad observable de las sociedades
del mundo entero son los hombres quienes intercambian a las
mujeres y no viceversa. El autor afirma, sin embargo, que las
mujeres no solamente son signos pasivos intercambiados por
los hombres, sino que también son productoras activas de sig-
nos: palabras y objetos hechos por las mujeres e intercambiados
con otras mujeres, o intercambiados entre mujeres y hom-
bres. Por lo tanto, el estudio etnográfico de las redes de inter-
cambio que constituyen la sociedad también debería de consi-
derar la parte activa de las mujeres y no condenarlas a ser
meros peones pasivos de los intercambios masculinos.
Los estudios sobre las relaciones de género en la Amazonía
pueden ser clasificados según la actitud que toman ante la
disyuntiva puesta sobre la mesa por la teoría de la alianza: con-
siderar a las mujeres como objetos pasivos de los intercambios
masculinos, o considerarlas como sujetos activos, productoras,
21
depredadoras y participantes en intercambios por cuenta pro-
pia. Ahora paso a dar un retrato a brocha gorda de estos dos
acercamientos a las relaciones de género en la Amazonía.
El primer acercamiento, que considera a las mujeres como
objetos pasivos de los intercambios masculinos, se concentra
en las relaciones de afinidad entre los hombres –entre suegro,
yerno y cuñados– para describir cómo las diferencias de poder
entre los hombres se configuran dentro y fuera de los grupos
locales y residenciales5. El punto de vista adoptado por el
antropólogo es el punto de vista de los varones, y la sociedad es
descrita como una sociedad masculina y adulta. La idea de base
es que los hombres adquieren poder y prestigio frente a los
otros hombres de su entorno al dar y recibir mujeres –herma-
nas, hijas y sobrinas– en matrimonio, una institución que instaura
el dominio masculino y la apropiación de las capacidades pro-
ductivas y reproductivas de las mujeres por los hombres. Las
mujeres, a su vez, son relegadas al ámbito de lo doméstico y lo
privado, y excluidas de la esfera de lo público y lo político. De-
bido a los imperativos de la maternidad, también son asimiladas
a la «naturaleza», excluidas de las actividades religiosas prin-
cipales, o asemejadas a presas de caza que deben de ser do-
mesticadas y controladas por medio de las acciones propiamente
culturales de los hombres. Mientras los hombres tienen todo
que ganar en el matrimonio, para las mujeres el matrimonio
significa una pérdida de su libertad sexual y de su autonomía.
Las relaciones de género son definidas como relaciones de pres-
tigio, e irremediablemente a las mujeres –sus conocimientos,
sus trabajos, sus productos, sus decisiones– les son atribuidas
un prestigio menor que el de los hombres.
El segundo acercamiento, que considera a las mujeres como
sujetos activos y participantes en intercambios, trata principal-
mente de la organización del trabajo6 en la pareja en torno al
concepto de la complementariedad. A grosso modo, en la mayo-
ría de los pueblos amazónicos, los hombres tumban el monte,
5 Ver Ortner (1974); Gregor (1985); Collier y Rosaldo (1981); Rivière 1984);
Turner (1979); Lorraine (2001).
6 Ver Perrin y Perruchon (1997); Heise (1999); Rojas (1992); Franchetto (1999)
para una discusión sobre la noción de complementariedad de género en la
Amazonía.
22
cazan y pescan, y hacen casas, mientras las mujeres se encar-
gan de los productos de las chacras, la recolección de frutas, la
pesca y caza de animales menores, y la preparación de las co-
midas7. La complementariedad y la diferenciación de género
van a la par, ya que las tareas, las capacidades, los conocimien-
tos y las responsabilidades de cada género deben estar dife-
renciados previamente para poder entrelazarse en la relación
de pareja, así como dos hilos diferentes se entrelazan en un
tejido para formar un diseño. Aunque existe una tendencia a
reducir la diferencia entre los géneros a una polaridad de opues-
tos sin matices de tipo: «mujer horticultora» versus «hombre
cazador», muchas etnografías muestran que los procedimien-
tos económicos, políticos y rituales mediante los cuales hom-
bres y mujeres se diferencian y se entrecruzan complementa-
riamente, son complejos y flexibles, enfatizando el compañe-
rismo y la semejanza por encima de las diferencias de género y
haciendo de la relación de pareja un engranaje dinámico8. Al-
gunos estudios muestran también que el dinamismo de la pare-
ja se nutre de la relación con sus hijos y de las relaciones con el
resto de las parejas de la localidad de residencia que crían jun-
tas a sus hijos. Sin embargo, todavía hay pocos estudios que
examinan a fondo las relaciones de intercambio entre mujeres9.
Este esbozo de los dos principales acercamientos genera-
les a las relaciones de género en la Amazonía permite situar mi
estudio. Las etnografías, o los aspectos de las etnografías, que
recorro en este libro conciernen el segundo acercamiento, ya
23
que mi intención es mostrar a la mujer amazónica como un su-
jeto social activo. Sin embargo, es de notar que la mayoría de
los estudios etnográficos tienen aspectos de ambos acercamien-
tos. Muchos estudios resaltan la complementariedad de la pa-
reja con relación a los aspectos productivos, pero también des-
tacan la subordinación de las mujeres con respecto a los arre-
glos matrimoniales y el dominio simbólico. Por esta razón, las
relaciones de complementariedad entre los géneros son des-
critas como relaciones simétricas o asimétricas, según los gru-
pos étnicos y el posicionamiento teórico del autor. Personalmen-
te, considero que lo importante no es demostrar que existen o
que no existen relaciones de subordinación entre los géneros,
sino hacer visibles las relaciones de género en tanto que es un
aspecto fundamental de la construcción de personas con capa-
cidades de acción, producción, depredación y comunicación pro-
pios a lo largo de sus vidas, y evitar condenar a las mujeres a
una posición de objeto, sin acción ni voz propia, o estipular que
la subordinación femenina es un hecho universal.
Como Joanna Overing (1986) señala, los estudios que asu-
men de entrada que las mujeres son universalmente subordi-
nadas a los hombres suelen considerar, sea cual fuere el gru-
po cultural, que las reglas sociales subyugan a las mujeres,
pero cuando se aplican a los hombres, les dan prestigio. Los
estudios de género caen fácilmente en una trampa de tipo «o
bien pierdes, o bien pierdes» –un «catch 22»– al juzgar a las
mujeres con la medida de los hombres y desmerecerlas por
no hacer lo que los hombres hacen.
24
Por ejemplo, un caso de catch 22 encontrado con frecuencia
en la literatura amazónica se refiere a la división del trabajo,
especialmente a la fabricación de artefactos de cocina. En una
gran variedad de grupos étnicos cuya subsistencia depende
de la yuca, los hombres fabrican los instrumentos necesarios
para preparar los tubérculos, incluyendo las variedades ricas
en ácido prúsico, que de no ser procesadas son venenosas.
Los hombres hacen las bateas de madera para triturar la yuca
cocida. Tejen los exprimidores para separar el jugo y el almi-
dón de la masa de yuca, los coladores para deshacer los gru-
mos y los abanicos para atizar el fuego. Aunque son las muje-
res quienes se benefician del trabajo de los hombres, las etno-
grafías sustentadas en la teoría del patriarcado asumen que la
manufactura de tecnología de cocina por los hombres es una
prueba más de la dominación masculina, porque vuelve a la
mujer dependiente del hombre. Estos estudios parecen olvi-
darse de que es una obligación de todo marido proveer arte-
factos de cocina para su esposa.
Entre los airo-pai, un pueblo de la familia lingüística tucano
occidental del Napo-Putumayo del Perú, con quienes realicé
un trabajo de campo para mi tesis doctoral y que constituyen
mi principal punto de referencia etnográfica (Belaunde, 2001)
tuve la oportunidad de apreciar que una mujer que no recibe
artefactos de cocina de su esposo, no demora en desprestigiarlo
ante todo el mundo por perezoso, y si éste no cambia de acti-
tud, suele abandonarlo, llevándose a sus hijos pequeños. Ade-
más, una mujer que no puede preparar yuca, no tiene nada
que ofrecer a los visitantes que pasan por su casa, lo cual tam-
bién acarrea el desprestigio del esposo, ya que los airo-pai
valoran muchísimo la generosidad hacia los visitantes, y es
raro que el visitante salga de sus casas sin haber recibido una
bebida de vegetales o un pedazo de pan de yuca.
Pero los autores preocupados por afirmar la subordinación
universal de las mujeres no parecen tomar en cuenta esta pre-
rrogativa femenina. Según sus puntos de vista, las mujeres no
tienen cómo salir bien paradas en la distribución del prestigio.
En sus marcos teóricos, los hombres monopolizan los medios de
producción de los alimentos y también el prestigio derivado de la
comida, a pesar de que en la gran mayoría de los casos son las
25
mujeres las que sirven diariamente la bebida y el pan de yuca,
y se sienten muy orgullosas de sus productos. Es tal la reticen-
cia a reconocer que las mujeres también tienen esferas propias
de prestigio, a las que está subordinado el prestigio de los hom-
bres, que estos autores se olvidan también que en gran parte
de estos pueblos amazónicos, la producción de cerámicas, ollas,
tinajas y platos para hornear la fariña y el pan de yuca, reposa
enteramente en las manos de las mujeres, por lo que hablar de
un monopolio masculino de las tecnologías tradicionales de la
cocina y del procesamiento de la yuca es incorrecto10.
Sin embargo, hoy en día este argumento quizá sea irrele-
vante. Hablar de ollas de cerámica es hablar de una tecnología
que está casi extinta, pues ha sido reemplazada por la compra
de ollas de aluminio. Los pocos pueblos en «aislamiento volun-
tario»11, que no están abiertamente integrados a la economía de
mercado, están indirectamente bajo su dominio, acorralados por
colonos y madereros, agobiados por enfermedades contra las
cuales no tienen resistencia inmunológica, y a menudo subsis-
ten del robo de los productos de las chacras y de las mercan-
cías de los pobladores de comunidades vecinas. Por toda la cuen-
ca amazónica, las relaciones de género reflejan la dependencia
del mercado comercial por ambos géneros, deseosos de adqui-
rir los productos, las medicinas y los servicios que se han vuel-
to indispensables en su día a día. Cómo hacer para conseguir
dinero, es una fascinación y una preocupación cotidiana12. La
mayoría de la población está parcial o totalmente integrada al
subproletariado rural o urbano amazónico, en condiciones de
trabajo de alto riesgo y marginación, atrapados en un círculo
vicioso de deudas y obligaciones con patrones y comerciantes.
Por norma, se ven forzados a vender sus productos a bajo pre-
cio o a emplearse en actividades de baja rentabilidad, ya sea en
la ciudad o en el campo, a menudo enfrentando actividades ile-
gales y violentas implantadas en sus territorios por los colonos,
como la explotación maderera, la minería, la producción de co-
26
caína para el mercado internacional y las campañas militares
de contrainsurgencia.
La participación en la economía local implica la adopción de
actitudes propias de los colonos en el que ser «machista» es
una categoría local y en donde la violencia doméstica, la prosti-
tución y el alcoholismo son comunes. Frecuentemente, los hom-
bres tienen mayor acceso a relaciones de patronaje y trabajos
pagados, son responsables por proveer alimento a sus familias
y tienen mayor poder de decisión sobre el uso del dinero. La
asistencia a la escuela, la competencia agresiva por la tierra, el
proselitismo religioso de los grupos cristianos, y la interven-
ción de las instituciones androcéntricas del Estado de los dife-
rentes países amazónicos, también acarrean cambios profun-
dos en la percepción de sí mismos y en las relaciones de géne-
ro. Aun así no se puede negar que las mujeres influyen en las
decisiones económicas de sus maridos, además tienen capaci-
dades propias para generar ingresos y comprar mercancías,
como lo demuestran los casos de mujeres artesanas y peque-
ñas empresarias de éxito13. Queda por comprender cómo los
hombres y las mujeres de los diferentes grupos étnicos se re-
lacionan entre sí dentro de una economía mixta, de subsisten-
cia y de mercado, evitando caer en un catch 22.
Otro tema de análisis que a menudo conlleva un catch 22,
es la cuestión de la violencia. Los estudios suelen subrayar la
victimización de las mujeres, ya sea en la guerra, en los ritua-
les o en la vida cotidiana. Pero, cuando formas similares de
violencia son ejercidas contra los hombres, no son retratados
como víctimas, sino como prestigiosos guerreros, dedicados
especialistas rituales, intrépidos cazadores, valientes rivales
y celosos amantes. Muchas veces esta categorización no es
explícita en los textos, pero se sobreentiende en el lenguaje
utilizado por el autor y en los temas sobre los cuales los estu-
dios permanecen silenciosos. Al mismo tiempo, esta categori-
zación contrasta con el énfasis puesto por los mismos análisis
sobre la ansiedad masculina ante la poderosa sexualidad fe-
menina y ante el hecho de que, en la mayoría de los grupos
1 3 Ver Valenzuela & Valera (2005:209) y Gallego (2004) sobre las mujeres
artesanas shipibo y yagua, respectivamente.
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étnicos, las mujeres suelen tomar parte activa en la seduc-
ción y en las relaciones extraconyugales. Las evidencias
etnográficas, sin embargo, establecen que una variedad de
formas de violencia son perpetradas y sufridas por ambos gé-
neros. Cabe anotar que muchas manifestaciones de aparente
agresión, sea física o simbólica, ejercida contra los demás o
contra sí mismo, forman parte de los procesos de construc-
ción de la corporalidad masculina y femenina, tales como los
rituales de dieta y reclusión, las purgas con provocación de
vómitos, escarificación y desangramiento, y los estados de
conciencia «alterados» inducidos con productos de origen ve-
getal y animal. Todos estos procesos son dolorosos e imponen
restricciones severas a los hombres y a las mujeres que los
llevan a cabo. Lo que quiero decir no es que no exista violen-
cia contra la mujer, sino que el ejercicio de la violencia y la
experiencia de la violencia, son aspectos constituyentes de la
existencia social tanto de mujeres como de hombres.
Las guerras interétnicas del pasado 14, las matanzas y el
rapto de hombres y mujeres enemigos, adultos y niños, tam-
bién formaban parte de estos procesos de producción de las
personas. Desde la publicación de Marriage Among the Trio (Ma-
trimonio entre los Trio) por Peter Rivière (1969) y su análisis de
los procesos matrimoniales de incorporación de los peligrosos
parientes políticos en la seguridad del círculo de la parentela,
los estudios antropológicos concuerdan en afirmar que la de-
predación, la domesticación y la familiarización de personas,
animales, plantas y seres espirituales «de fuera» es un meca-
nismo fundamental de construcción de las personas y de la pa-
rentela «de dentro». La alteridad de seres «otros» debe ser
incorporada para elaborar la semejanza que une a la parente-
la15. Esto no significa que todo tipo de agresión sea justificada o
aceptada, especialmente dentro del círculo del parentesco. Al
contrario, la gran mayoría de los pueblos amazónicos se carac-
28
terizan por evitar casi obsesivamente las expresiones abiertas
de agresión y de «rabia» en el día a día. Esto se manifiesta
especialmente en su relación con los niños, a quienes, por lo
general, no se les escarmienta con golpizas ni gritos, ya que se
considera que de escarmentarlos de esta manera, los niños
aprenderían a ser rabiosos, imitando el comportamiento de sus
padres. La rabia es una noción que ocupa un lugar central en
las concepciones amazónicas de la violencia y se le atribuye un
dinamismo propio. Es un estado que afecta la sangre y la con-
ciencia de las personas. De no ser controlado y dirigido hacia
«fuera» para incorporar elementos necesarios a la vida en pa-
rentela –para tumbar el monte, cazar, pescar, matar enemigos o
llevar a cabo trabajos que requieren grandes esfuerzos– se tor-
na destructivo en el «interior»16 del núcleo de los parientes.
Sin embargo, según las situaciones vividas en el interior
de la parentela y con personas de fuera, surgen conflictos que
llevan a una falta de control de la rabia volcada contra las pro-
pias personas cercanas. Los celos en la pareja son un motivo
prominente de expresiones de rabia, pero en algunos casos,
la rabia volcada contra las personas cercanas responde a una
dinámica indígena propia de la incorporación de la alteridad y
de la transformación de las personas parientes en «otros»
seres, peligrosos para las suyos. Estos episodios de rabia en-
tre personas cercanas son más frecuentes cuando la gente se
encuentra bajo la influencia de bebidas fermentadas o cuando
se encuentra fuera del ámbito de la vida diaria en la comuni-
dad. La agresión física a la mujer y la violación existen, pero,
en la mayoría de los casos, no forman parte de la cotidianidad,
siendo desaprobadas y castigadas17. Sin embargo, donde hay
1 6 Ver Belaunde (2001); Surrallés (1999); Fausto (2001); Londoño (2004); Overing
& Passes (2000).
1 7 Cabe notar que, en la actualidad, la violación a mujeres menores está asociada a la
asistencia a la escuela. En la Amazonía peruana se han realizado denuncias de
violaciones por los profesores escolares que se aprovechan de su posición de auto-
ridad para abusar de las niñas. Es probable que muchos casos de violación a menores
no sean denunciados, por lo que es difícil estimar la magnitud de este fenómeno
que preocupa a los padres de familia (Paredes, 2004:69-78). Por otra parte, en el
contexto ritual tradicional de transgresión por parte de las mujeres de restriccio-
nes de comportamiento o de prohibiciones referentes a objetos rituales, como las
flautas sagradas tocadas por los hombres, las violaciones están asociadas a la pre-
29
alcoholismo –legado de los colonos comerciantes que pagaban
a sus trabajadores con aguardiente para esclavizarlos a su ser-
vicio– la violencia doméstica se inserta en la cotidianidad y con-
tribuye, junto con otros factores de influencia de la sociedad
nacional, a la desarticulación de las relaciones de género al in-
terior del poblado basadas en la mutualidad y la reciprocidad.
En su estudio de los piaroa, un pueblo de familia lingüísti-
ca sáliban del Orinoco venezolano, Joanna Overing (1988) pro-
pone que la principal preocupación de los hombres no es ase-
gurar su control sobre las capacidades productivas y repro-
ductivas de las mujeres, sino más bien, criar a sus hijos para
que adquieran las capacidades de pensamiento y acción, ade-
cuada a cada género para que puedan actuar autónomamente
cuando sean adultos. En lugar de sacrificar el análisis social a
un principio teórico que estipula la subordinación universal de
las mujeres, la autora sostiene que la prioridad del análisis
antropológico es comprender el universo moral, el significado
y los valores que sustentan las relaciones entre personas de
un mismo género y de género cruzado. En el caso de los piaroa,
que valoran altamente la autonomía personal, la generosidad
y la tranquilidad, así como el sentido del humor, los niños y las
niñas adquieren las capacidades para la sociabilidad de mane-
ra complementaria, con una disciplina y un sentido de la esti-
ma propios a cada género (Overing, 2000). Ambos géneros
incorporan en sus cuerpos poderes y conocimientos de los
dioses por medio de «lecciones de magia» (maripa teau) para
desarrollar sus propias capacidades de pensamiento y volverse
hábiles trabajadores. Para ambos géneros, cuerpo, pensamien-
to y trabajo son inseparables. El proceso de la construcción de
la persona a través de la crianza es concebido como un proce-
so de incorporación de los poderes exógenos de los dioses
que son venenosos y deben ser absorbidos con moderación.
La acumulación excesiva de conocimientos es fatal, ya que
conduce al descontrol y al envenenamiento de la locura, de la
enfermedad y de la destrucción del entorno.
sencia de espíritus enfurecidos que operan por medio de los hombres. Ver capítulo
2.2, Lizot (1976), Gregor (1985 y 2001), y McCallum (1994), para una discusión
sobre los casos de violación en contextos de transgresión ritual.
30
Cada persona piaroa usa collares de cuentas y pintura
facial que representan los poderes y conocimientos que
la persona tiene, que son invisibles y están contenidos
en su cuerpo. Las cuentas de las mujeres son llama-
das «las cuentas del conocimiento de la menstruación»,
y los diseños pintados en su cara son «las marcas de
su menstruación» (iwá maruwa), marcas que «orde-
nan» su ciclo mensual. Los hombres tienen dentro de
sus «cuentas de conocimiento» las capacidades para
cazar y pescar, que les son dadas durante su inicia-
ción. Más tarde, los hombres pueden, si es que lo de-
sean, especializarse en la cacería o la pesca, o como
cantores y brujos […]
Según la clasificación piaroa, toda creación para la cual
una persona es responsable, es llamada a’kwa, o «pen-
samiento», de esta persona. Por lo tanto, los productos
del trabajo de una persona, los hijos de una persona, y
una transformación de brujería, tal como la transfor-
mación del mago en un jaguar o en una anaconda, to-
das estas cosas se llaman «pensamientos» de una per-
sona. La chacra producida por una mujer es su a’kwa,
así como también la cerbatana hecha por un hombre es
su a’kwa, y el rallador hecho por una mujer es su
a’kwa» (Overing, 1986:147-148. Traducción propia).
31
alteridad de los géneros es necesaria para producir la igual-
dad de manera procesal. La autora sugiere que, subyacente
a la diversidad de grupos culturales, existe un principio me-
tafísico común al pensamiento amazónico: «El universo existe,
la vida existe, la sociedad existe solamente mientras haya
contacto y mezcla adecuada entre cosas que son diferentes
entre sí» (Overing [Kaplan], 1981:161).
Con respecto a las relaciones de género, el desafío para el
antropólogo es articular las concepciones sobre la igualdad y
la diferencia de género con las concepciones sobre las capaci-
dades productivas y depredadoras, la autonomía y la respon-
sabilidad de las personas. Si como en el caso de los piaroa, los
hijos y los productos del trabajo de una persona son sus «pen-
samientos», queda claro que las capacidades productivas y
reproductivas de las mujeres no son apropiadas simplemente
por sus maridos. Al contrario, el matrimonio provee la dinámi-
ca necesaria para que ambos géneros sean fértiles y producti-
vos al combinar sus pensamientos. Las relaciones de pareja
no están regidas por un contrato matrimonial calcado sobre un
contrato de propiedad –otorgando derechos y obligaciones le-
gales sobre el cónyuge, los hijos y el patrimonio– sino que se
constituyen en el proceso de vida mantenido por ambos miem-
bros de la pareja. Por esta razón, cuando hay desentendimien-
tos por una parte o la otra, las separaciones son frecuentes.
David Thomas (1982) retrata bien cómo el movimiento de
sube-y-baja entre los géneros es vivido y expresado entre los
pemon, un pueblo de familia lingüística caribe de la Guyana.
El siguiente episodio narra una conversación bromista entre
hermanos, e ilustra cómo el sentido del humor y de la contra-
partida alimenta el juego de la complementariedad de las la-
bores entre los géneros.
32
ron su hermana y su cuñada, cuida la chacra para que la
yuca no se inunde de malas hierbas, y quién carga la
yuca a la casa y la ralla, la exprime y hornea el pan? [...]
Y así continuó, una tras otra, durante una media hora,
hasta que finalmente la discusión terminó en unas cuan-
tas bromas y admisiones a regañadientes por parte de
ambos lados, que una cosa servía de apoyo a la otra y así
ad infinitum (Thomas, 1982:91-92. Traducción propia).
33
mar a los espíritus y despertar el crecimiento de las plantas,
los animales y las personas, causando mucha risa y generan-
do buenos ánimos entre los participantes.
Dichas expresiones de humor son un fenómeno relacional
que manifiesta el hecho que no existe un consenso de jerar-
quías entre los géneros. Cada cual constituye un bloque de
solidaridad paralelo, y al mismo tiempo, existe en relación con
el otro. Por lo demás, cada persona asigna a las expresiones
de humor un significado propio en su vida, según sus intere-
ses del momento y la situación en la que se encuentre. Si
existe un descontento hacia una persona del otro sexo, es muy
probable que la burla sea más próxima a una agresión o a un
insulto que a un elogio disfrazado bajo forma de burla. Los jue-
gos tienen un efecto catártico y permiten expresar resenti-
mientos. También permiten entablar nuevos amoríos o enar-
decer una relación existente. El sentido del humor es parti-
cularmente importante en las relaciones de tono igualitario
cargadas de deseo, como la relación entre esposos o amantes,
y la relación entre cuñados del mismo género; es decir, entre
personas unidas por movimientos de intercambio. Sin preten-
der que la noción de dominación, masculina o femenina, sea
irrelevante entre los pueblos amazónicos, me parece que los
episodios narrados muestran que ese concepto está lejos de
ser aceptado sin discusión y una buena dosis de humor tanto
por los hombres como por las mujeres.
Tal vez se podría atribuir la fortaleza de la posición de las
mujeres entre los pemon, los piaroa y los cashinahua al hecho
que en todos estos casos, después de casadas, las mujeres
continúan viviendo con los suyos y no van muy lejos de la casa
de su madre. En ese caso, se podría argumentar que la uxori-
localidad, es decir, que al casarse la mujer permanece en su
casa y el hombre es el que se desplaza a la casa de su esposa,
sería la institución responsable del alto grado de autonomía
femenina en el matrimonio. Sin embargo, una similar autono-
mía femenina también es válida entre los grupos en los que,
aparentemente, las mujeres se encuentran en una posición
menos privilegiada, como entre los grupos de habla tucano
oriental del Vaupés, en la frontera entre Colombia y Brasil. Ellos
se caracterizan por tener descendencia patrilineal, de residen-
34
cia virilocal y practican la exogamia lingüística. Después de
casarse, la mujer se desplaza al poblado de su esposo, donde es
una extraña y habla un idioma diferente al de los demás. No
obstante, contrariamente a la idea de que el matrimonio virilocal
significa una pérdida de libertad para las mujeres, Cristiane
Lasmar (2002:108) sostiene que «el matrimonio favorece el in-
cremento de la autonomía y la identidad femenina».
35
de la palabra de curación con plantas sagradas19. Para enten-
der la dinámica de género, por lo tanto, es necesario com-
prender qué es la sangre y cómo la corporalidad femenina y
masculina se construye alrededor del manejo de la sangre.
También es necesario dejar de enfatizar las relaciones de do-
minación de un género sobre el otro, y explorar cómo ambos
géneros obedecen a sus propias exigencias, así como a las
exigencias del otro. Cuanto más entrelazados estén en la com-
plementariedad, el ser hombre o el ser mujer significa transi-
tar por caminos paralelos. La existencia de fuertes líneas de
solidaridad entre personas de un mismo género debe ser com-
prendida con respecto a los procesos de construcción de la
corporalidad por medio de la reproducción paralela.
En muchos grupos étnicos es común que hombres y muje-
res respondan a las preguntas del antropólogo, diciendo que
desconocen todo, o casi todo, lo que se refiere al otro género.
Afirman que «los hombres saben de las cosas de los hombres,
las mujeres de las cosas de mujeres», «esas son cosas de hom-
bres, las mujeres no hablamos de eso» o «esas son cosas de
mujeres, pregúnteles a ellas». Muchas veces durante mis visi-
tas a las comunidades airo-pai, los hombres y las mujeres me
respondieron con palabras similares, entre divertidos e irrita-
dos por mi falta de tino ante algo tan evidente para ellos. Según
los airo-pai, que también practican el matrimonio virilocal, es
esencial que todo hombre y mujer posea conocimientos propios
y que las decisiones tomadas por cada cual sean el fruto de la
«conversación» entre la pareja. «Hay que conversar», siempre
insistían20, rehusándose a tomar la palabra por el otro o a llevar
a cabo algo sin comunicárselo. Actuar sin el acuerdo del otro es
algo problemático aunque aceptable según las circunstancias.
1 9 Ver Garnelo (2003), Hill (1989), C. Hugh-Jones (1979), Goldman (1963), Reichel-
Dolmatoff (1997), Van der Hammen (2000), Franky (2004), Jackson (1992).
Coimbra & Garnelo (2003:14-15). La discordancia entre la autonomía diaria de
las mujeres y su subordinación ritual también fue resaltada por Robert y Yolanda
Murphy (1974:186) en su estudio pionero sobre los mundurucú. Los autores
sostienen que «[...] en la fantasía pública del ritual, los hombres expresaban su
masculinidad, su necesidad de autoridad, sus miedos de que tal vez, a fin de
cuentas, su poder no era tan real».
2 0 Ver Perruchon (1997:53) sobre la prioridad de la conversación entre las parejas
shuar.
36
Pero actuar a escondidas es algo inaceptable y siempre causa
profundo resentimiento. A menudo, me daba la impresión de
que cuando un hombre hablaba de cosas de mujeres, lo trans-
formaba en mujer y viceversa. Ser hombre es hacer y hablar de
cosas de hombres; ser mujer es hacer y hablar de cosas de
mujeres. Pero la vida en pareja requiere de la mezcla de estas
dos capacidades de acción sobre el mundo.
Estas ideas tienen implicancias con respecto a saber si es
que las categorías «hombre» y «mujer» en los pueblos amazó-
nicas relevan de una concepción esencialista del género o de
una concepción relacional. La concepción esencialista esta-
blece que biológicamente los individuos nacen hombres o mu-
jeres, y a través de la socialización asumen los roles sociales
preestablecidos para cada género. La concepción relacional,
en cambio, sostiene que el ser mujer y el ser hombre es un
proceso dinámico de interacción social. La importancia de la
reproducción paralela entre los pueblos amazónicos podría lle-
varnos a pensar que existe una concepción esencialista binaria
hombre/mujer. Pero esto es incorrecto, porque la idea de un
cuerpo biológico, físico, preexistente a su fabricación social y
cultural es ajena a la corporalidad amazónica.
Como sostiene Cecilia McCallum (2001:167) respecto de
los cashinahua, entre los pueblos amazónicos no hay un cuer-
po preexistente al género. Al contrario, «el género es conoci-
miento hecho cuerpo». El género es «agencia», un concepto
traducido del inglés «agency» que se refiere a las capacidades
de acción que constituyen a la persona inscrita, hecha y ac-
tuante en un mundo de interacciones, de producción, depre-
dación, intercambio y consumo.
37
Las relaciones de género ponen en movimiento el proceso de
producción de los conocimientos hechos cuerpo21. La dualidad
cartesiana cuerpo/mente de la filosofía moderna occidental no
pertenece al pensamiento amazónico: las sustancias, los pen-
samientos, los afectos, los deseos, los espíritus y los productos
del trabajo se interconstituyen. En particular, las etnografías
examinadas en este libro indican que la sangre es el vehículo
principal que efectúa tanto la diferenciación como la unidad de
los géneros. Poco a poco está emergiendo una comprensión de
cómo el pensamiento se hace cuerpo en la sangre, con variacio-
nes entre los diferentes grupos étnicos, pero también con im-
portantes rasgos comunes. La sangre, como los pensamientos,
circulan. En esto reside su poder. Si son almacenados en exce-
so, se estancan, se pudren o se rebalsan. Si se dejan correr, se
escurren y se secan. Los pensamientos, incluyendo las emo-
ciones, son estados de la sangre. Este flujo sanguíneo es sinó-
nimo de vida y de parentesco, pero debe ser manejado con cui-
dado, porque su dinamismo para transformarse también puede
ser sinónimo de alienación: de volverse «otro».
Por ejemplo, María Antonieta Guzmán (1997:57) cuenta el
caso de un hombre quichua canelo del Pastaza ecuatoriano,
quien, tras un accidente, recibió una transfusión de sangre en el
hospital para salvarle la vida. Al despertarse, preguntó inquieto
si es que había recibido la sangre de una mujer o de un hombre.
Según la concepción quichua, la sangre y el samai –la fuerza
interna y voluntad– de los hombres y de las mujeres son diferen-
tes. Su preocupación se debía a que, si hubiese recibido sangre
de una mujer, habría incorporado aspectos de una mujer.
2 1 Como sostiene Marilyn Strathern (1988) en su estudio pionero sobre las rela-
ciones de género en los pueblos de Papua Nueva Guinea, también en la Amazo-
nía las relaciones de un «mismo sexo» (same sex) y de «sexo cruzado» (cross-
sex) se constituyen recíprocamente.
38
La autora señala que los niños y las niñas son diferentes al
nacer. El feto está hecho de la unión de la sangre femenina
y del semen, un derivado de la sangre paterna que se acu-
mula en el útero a lo largo de relaciones sexuales repeti-
das. Si la sangre femenina es más fuerte, nace mujer. Si el
semen es más fuerte, nace varón 22. Al crecer, los niños y
las niñas van adquiriendo más sangre, voluntad y conoci-
mientos hasta llegar a la pubertad. La sangre de la mujer y
la del hombre se distinguen por su contenido y color. No se
trata de que la una es mejor que la otra, sino que son diferen-
tes. Lo que actualiza su diferencia es la experiencia vivida
por las personas: lo que aprendieron y de quién lo aprendie-
ron, lo que comieron y con quién, lo que produjeron y para
quien, los nombres y poderes espirituales que recibieron,
los afectos y las responsabilidades; todos estos aspectos que
generalmente llamaríamos conocimientos y emociones son
transportados en la sangre, haciéndose cuerpo de hombre
o cuerpo de mujer.
Christopher Crocker (1985) demuestra la existencia de
una concepción muy similar entre los bororo del Brasil cen-
tral. Raka, la «sangre» y sus derivados, el semen y la sangre
menstrual, es un mecanismo hidraúlico que confiere capaci-
dad de acción, agresividad y deseo a las personas y los seres
del cosmos en interacción.
2 2 Las mujeres quichua también conocen procedimientos rituales para influir so-
bre el género del feto durante el embarazo.
39
Una persona sabia no es solamente alguien cuyo cuer-
po entero sabe gracias a su experiencia pasada, sino
alguien cuyo conocimiento continúa creciendo en la
medida que su conocimiento es puesto en acción. El
conocimiento está vivo. Vive y crece en el cuerpo que
actúa, piensa y siente. (Kensinger, 1995: 246. Traduc-
ción propia).
40
entregó y dijo deliberadamente: ‘la gente que dice que
pensamos con nuestras cabezas está equivocada por-
que nosotros pensamos con nuestro corazón. El corazón
está conectado con las venas, que llevan los pensamien-
tos en la sangre para todo el cuerpo. El cerebro sólo
está conectado a la espina dorsal, ¿no es así? Entonces,
si pensáramos con nuestro cerebro, solamente sería-
mos capaces de mover el pensamiento hasta nuestro
ano!’ (Brown, 1985:19. Traducción propia)23.
2 3 «Los seres humanos piensan con el corazón, porque por medio de las venas el
corazón se comunica con todo el cuerpo. El cerebro no puede pensar así porque
se conecta solamente con el espinazo. ¡Y el espinazo termina en el ano!»
(Brown, 1984:174).
41
físico, pero a lo largo de su ciclo de vida, los hombres y las
mujeres desarrollan pora adecuados a su ser, para realizar
trabajos y criar a los hijos de manera específica a cada género.
Entre los shipibo existe una similar identificación de pensa-
miento, sangre y trabajo. Anne Marie Colpron (2004:200) seña-
la que las palpitaciones del corazón y de las venas son la prueba
del vigor del «pensamiento», shinán. El pensamiento del pa-
dre es transmitido a sus hijos a través de su sangre hecha se-
men, y se mezcla con la sangre y el pensamiento de la mujer
durante la gestación. Si la sangre de la mujer es de mayor can-
tidad, nace niña; si la del hombre es mayor, nace varón24.
2 4 Las mujeres shipibo también poseen formas rituales para influir en el género
del feto. Por ejemplo, una mujer que siempre tiene hijos hombres, intercambia
el botón del pantalón de su marido con el botón del pantalón de un hombre que
tiene hijas mujeres, para también tener una hija mujer.
2 5 La idea según la cual es necesario acumular semen en el útero para formar el feto
es panamazónica. La idea que el semen se une a la sangre materna, o a un fluido
derivado de la sangre materna que contribuye a formar o a alimentar el feto, y la
idea que las niñas están hechas principalmente de fluidos femeninos y los niños
de fluidos masculinos, también son comunes. Sin embargo, entre los pueblos de
familia lingüística tupi se considera que el feto está hecho únicamente de semen
y la madre actúa sólo como un contenedor. No disponemos de información acerca
de cómo los fetos son diferenciados por género (Viveiros de Castro, 1992; Fausto,
2001; Lima, 1995). No obstante, la reproducción paralela en la tierna infancia
también es relevante en el caso tupi. Por ejemplo, entre los mbyá-guaraní del
sureste brasileño, al nacer, una niña recibe una canastita tejida por su madre, y un
42
El padre y la madre deben respetar ciertas restricciones ali-
menticias, de comportamiento y evitar ciertos pensamientos o
contactos con espíritus que podrían tener un efecto negativo
sobre el bienestar del feto, ya que éste comparte sus sangres.
niño recibe un pequeño juego de arco y flechas fabricado por su padre. La canasta,
el arco y flechas, respectivamente, condensan en sí las capacidades productivas
y reproductivas transmitidas por líneas de género. De no recibir estos artefactos,
la niña o el niño se enfermaría y moriría, ya que su alma no tendría cómo afincarse
en su cuerpo (De Oliveira, 2002:127).
43
co compartido entre padre, madre y feto26, sino también un ri-
tual que enfatiza la paternidad responsable masculina. Cuando
distintos hombres han tenido relaciones sexuales con una mu-
jer, se considera que todos ellos contribuyeron con su semen,
su sangre y su pensamiento a la formación del feto durante el
embarazo. Todos ellos deben someterse a las restricciones de
la covada en afirmación de su paternidad27. Según los diferen-
tes grupos culturales, la paternidad múltiple es aceptada en
mayor o menor medida, y hasta activamente fomentada, por lo
que no suscita celos entre el esposo y los amantes de una mu-
jer, ya que la unión del semen de varios hombres es considera-
da positiva para la formación de un feto sano.
Las distintas teorías indígenas amazónicas de la concep-
ción reposan sobre nociones específicas del manejo de la san-
gre y prácticas de dieta y reclusión, e involucran tanto una
concepción de la reproducción paralela como una concepción
de la reproducción cruzada, por lo que los padres están sus-
tancialmente unidos y son directamente responsables del bien-
estar físico, mental y espiritual de sus bebés. Para compren-
der la corporalidad amazónica hay que comprender el juego
de la reproducción paralela y la reproducción cruzada.
«Mi corazón piensa», estas palabras incoherentes desde
una perspectiva cartesiana pero coherentes en la Amazonía,
expresan con claridad la unión de lo corporal, lo espiritual y lo
mental –tanto intelectual como afectivo– característica del pen-
samiento de la sangre revelado por las etnografías recientes28.
Cuando empecé mi trabajo de campo entre los airo-pai,
desde los primeros días me llamó la atención la manera cómo
utilizaban el verbo «saber» cuando hablaban en castellano. El
cuerpo «aprende» y «aprendiendo sabe», me explicaron, ha-
2 6 Para un debate sobre la noción de covada ver Riviére (1974); Menget (1979);
Crocker (1985); Rival (1998); Colpron (2004:206).
2 7 Ver Beckerman & Valentine (2002) para una discusión sobre las implicancias
sociales de la paternidad múltiple y compartida entre los pueblos amazónicos.
La paternidad múltiple también se da entre los pueblos patrilineales de habla
tucano oriental, aunque generalmente se acompaña de celos y rivalidad entre
el esposo y los amantes de una mujer. Sin embargo, los hombres suelen bromear
diciendo que tal o cual hombre contribuyó a hacer un pedacito de la oreja de un
niño (Mahecha, 2004).
2 8 Ver Surrallés (1999).
44
blando en gerundios como suelen hacer. El «que sabe pensar»
es una persona «bien criada», hombre o mujer, cuyo corazón,
el centro de los latidos de su sangre, recuerda las palabras de
consejo y el ejemplo de los antiguos. Asimismo, su postura,
alimentación, higiene y comportamiento reproductivo demues-
tran la fuerza de sus pensamientos, que se exterioriza en sus
productos, sus hijos y su generosidad hacia los demás. Cada
cual sabe y hace lo propio. Sabe trabajar, sabe dar de comer,
sabe hacer hijos, sabe hablar; y quien no sabe, es porque no
aprendió a pensar durante la crianza y no se acuerda de lo que
hacían y decían sus padres (Belaunde, 2001).
Por toda la cuenca amazónica se cuentan relatos y ritos
que se refieren a un tiempo mítico en que los hombres y las
mujeres no «sabían» las cosas que saben hoy. El imaginario
amazónico al respecto es muy amplio: mujeres autócratas,
hombres que menstrúan por el pene o que tienen un pene
enorme e incontinente, mujeres con dientes en la vagina, o
sin senos, o que no menstrúan, o que para dar a luz se les
tiene que cortar la barriga. Estos relatos cuentan, por medio
de aventuras cómicas y hasta grotescas, cómo los hombres y
las mujeres adquirieron los atributos específicos de la femi-
neidad y la masculinidad, de la maternidad y la paternidad.
Al relacionarse entre sí, al enfrentarse para satisfacer sus
deseos de sexo y comida, es cuando las categorías masculi-
nas y femeninas dejan de ser meros marcadores confusos de
alteridad y se transforman en los dos polos dinámicos del
parentesco cruzado y paralelo. Hoy en día, solamente las mu-
jeres «saben» parir a los hijos mientras que los hombres,
paralelamente al parto de las mujeres, «saben» cómo actuar
para contribuir al nacimiento de sus hijos, guardando la debi-
da dieta y reclusión. El comportamiento de los padres du-
rante la covada llamó tanto la atención de los primeros euro-
peos en el continente americano que, incrédulos ante la idea
de que los hombres también daban a luz a su manera, decre-
taron que los indígenas eran unos tremendos haraganes.
Según ellos, mientras el padre descansaba en la hamaca, la
parturienta retomaba sus tareas sin tregua después del par-
to. Las mujeres amazónicas no tenían nada que ganar con el
comportamiento ritual del padre, o de los padres, de sus hi-
45
jos. Un catch 22 que nos llega desde los balbuceos de la etno-
grafía amazónica y que aún hace eco entre muchos colonos
en la Amazonía.
Tan importante como «saber» parir y criar a los hijos es
«saber» matar animales, peces, árboles y enemigos, y «sa-
ber» guardar la debida dieta y reclusión para procesar la san-
gre de una víctima de guerra. Eduardo Viveiros de Castro
(1992) sugiere que los procesos de la corporalidad y de la
identidad social en la Amazonía responden a una «depreda-
ción ontológica», es decir, a la idea de que la construcción y la
transformación de las personas se da mediante la matanza, el
consumo, la domesticación, la familiarización o la incorpora-
ción de seres «otros» –los enemigos, sean vivos, muertos,
divinos o espirituales– seres con los que existe una relación
de alteridad29 . El «otro», externo y peligroso, es general-
mente concebido como un afín –un cuñado, un suegro, un yer-
no o un esposo potencial– con el que se establecen relaciones
de depredación y devoración que nutren la vida social desde
sus fronteras externas. Comprender a los dioses, a los muer-
tos y a los enemigos es el mejor atajo para comprender el
parentesco entre los vivos.
46
la adquisición de conocimientos y poderes espirituales
(Viveiros de Castro, 1979:44). Entre los yawalapiti, un grupo
de familia lingüística tupi del Xingu brasileño, el manejo del
mecanismo hidráulico de la sangre por medio de períodos de
dieta y reclusión se aplica tanto a los casos de pérdida como
de exceso de sangre.
47
mejanza que une a los que viven juntos. La sangre es un
operador de la alteridad en un mundo regido por la multipli-
cidad de las «perspectivas» (Viveiros de Castro, 1998).
Las cosmologías indígenas amazónicas se articulan so-
bre la noción según la cual existe una multiplicidad de reali-
dades y de puntos de vista sobre la realidad, a los cuales las
personas de ambos géneros pueden acceder por medio de
los sueños, por medio de estados provocados por la inges-
tión de plantas psicoactivas o por fuertes olores, especial-
mente por el olor de la sangre derramada. Estos viajes a
otros mundos se dan mediante un cambio de cuerpo, el cual
a menudo es expresado como un cambio de ropas, que per-
mite entrar en «el otro lado», experimentar el mundo y ver
las cosas tal y como otros seres las ven. Esta cosmología
perspectivista implica que la posición de sujeto, de «gente»,
no es exclusiva de los seres humanos vivos, sino que es una
posición ocupada por una variedad de seres del cosmos, ya
sean animales, plantas, muertos, dioses, espíritus e inclusi-
ve algunos objetos. Cada ser del cosmos se posiciona a sí
mismo como «gente», como el sujeto de la percepción del
mundo, y percibe a los demás a partir de su propio punto de
vista. El cuerpo –que permite actuar en el mundo, percibir y
ser percibido por los demás, pero que puede ser cambiado
por otro en sueños, en trances y bajo la influencia de fuertes
olores– es el «sitio de las perspectivas».
48
rentes perspectivas. En este libro sostengo que el chama-
nismo amazónico debe ser correctamente caracterizado como
un complejo chamánico-reproductivo que involucra conjun-
tamente a los hombres y las mujeres. Este aspecto no ha
sido considerado en los estudios antropológicos anteriores
que enfocan, por lo general, el chamanismo masculino como
si existiese fuera del contexto de las prácticas chamánicas y
de manejo de la sangre femenina. Ambos géneros son acti-
vos en el complejo chamánico-reproductivo porque, aun en
los casos en que las mujeres no participan en las sesiones
chamánicas, las mujeres manejan el flujo de su sangre de
manera coordinada con sus esposos y este manejo tiene
implicancias en el control de la natalidad de la pareja. El olor
de la sangre derramada vuelve visible a los seres humanos
ante los ojos de los seres que normalmente no se ven ni nos
ven: ante los bufeos del interior de los ríos, ante los espíri-
tus del interior de los bosques, ante los jaguares que se acer-
can atraídos para seducir, robar o devorar a sus víctimas31 .
Para la persona vuelta visible, sus raptores son personas her-
mosas, hombres o mujeres, que los enamoran y los llevan a
vivir a su mundo. Para el que es devorado por un jaguar co-
mesangre y se convierte a su vez en jaguar, la sangre huma-
na es su chicha de pifuayo (Bactris gasipaes). La sangre de-
rramada es un operador de visibilidad y un operador de se-
ducción que abre peligrosamente la comunicación entre se-
res «otros» y pone en marcha el proceso de transformación
de la vida y de la muerte, articulando las complejas prácti-
cas amazónicas de la salud.
49
El idioma de la «multiplicación de la gente» es un idioma
panamazónico que expresa una concepción indígena de la
historia con relación a los movimientos demográficos de ex-
pansión y de contracción de la población. «La gente se mul-
tiplica» y «la gente se acaba» al ritmo de las guerras, de los
desplazamientos y de las epidemias de enfermedades. En
quinientos años de colonización, muchísimos pueblos se han
extinguido y otros aún están en peligro de extinción, o en-
frentan una situación de salud precaria, debido al asedio de
los colonos, el robo de sus tierras y las epidemias de enfer-
medades –gripe, sarampión, malaria, fiebre amarilla, hepati-
tis– contra las cuales no tienen defensas inmunológicas y para
cuyo tratamiento no cuentan con servicios médicos adecua-
dos32. Hoy en día, la mayoría de los grupos étnicos tienen una
aguda percepción de estarse «acabando» mientras los «blan-
cos» –los colonos– se están multiplicando. A menudo, la lucha
de los líderes políticos indígenas por el reconocimiento étnico
y la legalización de sus tierras ante el Estado, se acompaña
en las comunidades de una decisión colectiva de crecimiento
demográfico, dejando de lado las prácticas tradicionales de
control de la natalidad y de intervalo entre los nacimientos,
así como los rituales de dieta y reclusión asociados al manejo
de la sangre. Juntamente con el abandono de una fertilidad
ritualizada surgen nuevas condiciones que afectan la salud,
incluyendo el suicidio, el alcoholismo, la violencia doméstica
cotidiana y la madre-soltería, que reflejan y acarrean cambios
en las relaciones de género.
He escrito este libro teniendo en mente a los amantes de
la Amazonía y a los estudiantes de antropología de los países
amazónicos hispanohablantes que tienen interés en acceder a
un conjunto de literatura sobre la región. En los próximos ca-
pítulos recorro un abanico de etnografías para mostrar en ma-
yor detalle cómo lo femenino y lo masculino se entrelazan y, al
mismo tiempo, corren paralelos33. En cada capítulo abordo un
3 2 Ver Garnelo (2003); Coimbra y Garnelo (2003); Langdon & Garnelo (2004);
Erthal (1998) para un examen de las relaciones entre los servicios médicos y
las poblaciones indígenas amazónicas.
3 3 En este libro no abordo el tema de las relaciones homosexuales femeninas y
masculinas por falta de etnografías al respecto. Guzmán (1997) y Clastres
50
tema central por medio de resúmenes analíticos de etnogra-
fías seleccionadas. La mayoría de los estudios incluidos en
este libro no existen, o son de difícil acceso, en versión caste-
llana, razón por la cual proveo una traducción libre de algunos
párrafos de cada texto para ilustrar el argumento. Este libro
es un manual para estudiantes y al mismo tiempo un estudio
especializado que tiene por objetivo hacer visible las diferen-
cias entre los hombres y las mujeres desde una perspectiva
amazónica. La selección y lectura de los textos responden a
mi propósito de hacer disponible al lector un compendio de los
avances antropológicos recientes y colocar mis propios argu-
mentos sobre el lugar de la sangre y el pensamiento con res-
pecto a las relaciones de género cruzadas y paralelas.
(1977) mencionan el caso de hombres que viven como mujeres, llevando a cabo
labores de mujeres, entre los quichua canelos y los guyaki, respectivamente.
La homosexualidad es un aspecto importante del mundo social amazónico que
queda por comprender.
51
52
CAPÍTULO UNO
Dar de comer
53
los parientes» (Siskind, 1973:2), es decir, a las personas que
comparten comida. La autora fue temporalmente integrada en
el nexo del poblado, del que los nawa, «extranjeros», son gene-
ralmente excluidos, especialmente los «blancos», los colonos y
las personas de origen europeo, que son considerados como
«hombres extrañamente poderosos, caníbales potenciales con
apetitos sexuales enormes». La autora cuenta que su presen-
cia, aunque bienvenida, no dejó de causar temor. Según el pen-
samiento sharanahua, mientras los parientes son gente que pro-
duce y come la misma comida, engordando juntos y compar-
tiendo, literalmente, la misma carne; los «extranjeros» son lo
opuesto a los parientes: son seres que comen la sangre y la
grasa de los sharanahua. Durante la estadía de Siskind en Mar-
cos, corrían rumores de que en la ciudad de Pucallpa existía
un comercio de grasa indígena para fabricar bombas explosi-
vas –una idea que bajo distintas modalidades continúa vigente
actualmente en diversos lugares de la Amazonía35. La autora
también cayó bajo las sospechas de alimentarse de grasa hu-
mana. «¿Comes gente?», le preguntaron un día. Pero, según la
autora, la formulación abierta de esta pregunta ya era una de-
mostración de suficiente familiaridad para expresar sus temo-
res hacia ella. Su proceso de transformación de una extraña
comegente a un pariente de la misma carne, se había iniciado a
través de la convivencia y el compartir de las comidas.
Desde su infancia, los sharanahua aprenden a utilizar los
términos de parentesco que separan el universo social entre
las personas de mayor y menor edad con quienes es adecuado
o inadecuado comer y tener relaciones sexuales, una activi-
dad que, según su pensamiento, está intrínsecamente asocia-
do a comer. El comportamiento apropiado hacia cada miembro
de la parentela es aprendido por medio de la imitación del
ejemplo de los padres, especialmente de las madres para las
niñas y de los padres para los muchachos, y por medio del
consejo y las historias contadas por la noche a los pequeños.
Según la autora, «en los mitos y los rituales uno descubre los
deseos que los sharanahua temen, las experiencias que no
son congruentes con la seguridad de la cultura sharanahua»
54
(Siskind, 1973:23. Traducción propia). El relato de Luna, en
particular, narra cómo un pariente se transformó en un ex-
tranjero por haber actuado de manera inadecuada y devoradora
hacia los suyos. Ese extranjero dejó su rostro colgado en el
cielo en recuerdo para todas las generaciones venideras.
55
«Así mi padre me contó y hace tiempo yo escuché la
historia del espíritu Luna», dijo Basta.
(Siskind, 1973:48. Traducción propia)
56
la hermana y a la prima paralela– para poder obtener una
bimbiki, una categoría que incluye a la prima cruzada bilateral.
El mito instaura, por la tanto, el matrimonio entre primos cruza-
dos, la práctica matrimonial común entre los sharanahua.
La autora muestra, sin embargo, que las mujeres sharana-
hua están lejos de ser meros peones pasivos del prestigio mas-
culino, y en lugar de concentrarse en las relaciones de poder
entre los hombres, enfoca su análisis sobre los intercambios de
comida entre los hombres y las mujeres. Al casarse, los hom-
bres se van a vivir a la casa de su esposa y dejan a sus herma-
nas en casa de su madre. Según la autora, la casa matrilocal
funciona como un centro productor de prestigio tanto para los
hombres como para las mujeres, en la medida en que cada
cual realiza las tareas propias a su género. Entre los hombres,
el mayor prestigio no está asociado al mejor cazador como tal,
sino más bien al cazador más generoso, al que no guarda o
esconde sus presas, sino que las comparte con los demás.
Dicho prestigio es recompensado de manera concreta con el
acceso a mujeres, esposas y amantes. «Es un rasgo común
que los sharanahua compartan con todos los cazadores de los
bosques tropicales: el cazador exitoso es, usualmente, el ga-
nador en la competencia por las mujeres» (Siskind, 1973: 96).
Sin embargo, son las mujeres las que inician el coqueteo
amoroso, exigiendo recibir carne de sus esposos y amantes.
Este es el caso de las ocasiones que la autora llama de «cacería
especial», que suceden siempre que no ha habido carne en el
poblado por unos tres o cuatro días. Por la tarde, el día anterior
a la cacería, las mujeres solteras y casadas se reúnen, queján-
dose de que no hay nada que comer y que los hombres son unos
perezosos. Arregladas, con el rostro pintado de diseños, van de
casa en casa, buscando al hombre del lugar y formando un cír-
culo a su alrededor. Las mujeres le jalonean la ropa, cantando:
«Te estamos mandando al bosque a cazar. Tráenos carne»
(Siskind, 1973:96. Traducción propia). Cantan en culina, el idio-
ma de sus vecinos, sus enemigos en el pasado reciente. Es una
manera de seducir y de mandar al otro sin que tenga las conno-
taciones de una orden dada en el idioma cotidiano. En efecto,
los hombres no parecen ceder ante las exigencias de las muje-
res, y mientras ellas cantan, ellos se hacen los desentendidos.
57
No obstante, se van al bosque de madrugada. Mientras es-
tán de cacería, las mujeres preparan chicha de maíz. Unas mue-
len el maíz, las otras lo tuestan y las demás cocinan la chicha.
Cuando la bebida está lista, las yucas cocinadas y la leña amon-
tonada, las mujeres se bañan, se ponen ropas limpias, se pintan
la cara con diseños y conversan animadamente. El tema más
candente es saber a que hombre «está esperando» cada una.
Generalmente las mujeres mandan a sus amantes. Dos muje-
res nunca mandan al mismo hombre (Siskind, 1973: 97). Cuan-
do todo está listo, van a buscar ortigas nawawakusi, para tener-
las a disposición en el momento preciso. Al regresar al poblado,
los hombres caminan en silencio, dejando caer su presa a los
pies de la mujer que los «espera», y se van a su casa. Descan-
san en su hamaca, comiendo yuca y maíz, mientras las mujeres
preparan la carne. Después de lavar, despellejar, cortar y po-
ner a cocinar la carne, cada mujer lleva un pote de chicha de
maíz al hombre que esperaba. Cuando la comida está lista, todo
el mundo en la comunidad come, visitándose los unos a los otros
y probando la comida de todas las casas. Este ambiente de
comensalidad festiva es seguido por un juego de manos entre
los hombres y las mujeres divididos en bandos opuestos. Las
mujeres entran en acción. Armadas de manojos de ortigas, aco-
rralan a los hombres que se ríen y se escapan, hasta caer en las
manos de las mujeres enardecidas. Entonces, se quedan quie-
tos, dejando que les refrieguen las ortigas triunfalmente para
que les «dé fuerza», según explican. Inmediatamente, se in-
vierten los papeles. Los hombres se apoderan de las ortigas y
comienza la correría por ambos bandos, hombres y mujeres se
persiguen, riendo y gritando.
Para la autora, la cacería especial manifiesta la existencia
de una «economía del sexo» subyacente a las relaciones de
género entre los sharanahua. Los hombres dan carne, las mu-
jeres dan sexo, y el sistema económico se mantiene porque
las mujeres son «escasas», es decir, tienen un valor económi-
co porque la demanda por mujeres supera la oferta limitada.
Esto no significa que las mujeres tengan más interés en la
carne y los hombres más interés en el sexo que sus parejas.
Ambos están interesados en carne y sexo, pero la manera uti-
lizada por cada cual para satisfacer sus deseos difiere.
58
Este no es un intercambio «natural» ni «racional», pues-
to que las mujeres producen por lo menos tanta canti-
dad de comida como los hombres para abastecer al pue-
blo de Marcos, y un intercambio racional consiste en
una visión de la economía en tanto que intercambio de
la producción de las mujeres por la producción de los
hombres. Por cierto, no hay ninguna evidencia de que
las mujeres estén naturalmente menos interesadas en
sexo o más interesadas en carne que los hombres. Este
es un sistema socioeconómico culturalmente produci-
do, en el que el sexo es el incentivo para la cacería, y
un hombre que es conocido por ser un buen cazador
tiene una mejor chance de conseguir esposas o aman-
tes. La lógica circular del sistema es que los hombres
compiten contra otros hombres porque las mujeres son
escasas. Las mujeres son escasas porque el sexo no es
gratuito, sino que debe ser ganado, y porque los hom-
bres tienen más de una mujer. Un hombre con una mu-
jer está compitiendo también, y parte del motivo para
querer más de una esposa es probar que uno es un hom-
bre (Siskind, 1973:103-104. Traducción propia).
59
carne!», sus madres contestan «nami yamai», «no hay
más carne», es un ataque que las mujeres lanzan a sus
maridos, provocándolos a que vayan a cazar otra vez,
implicando que son menos hombres puesto que no hay
más carne (Siskind 1973:105. Traducción propia).
60
fomentan con orgullo en sus hijos demostraciones de actitu-
des sexualmente explícitas. Tampoco existe la violencia do-
méstica y una mujer rara vez siente temor de un hombre cuan-
do está en la comunidad. Pero las mujeres sí expresan cierto
temor de encontrarse a solas ante un grupo de hombres. «Nos
van a violar», dicen, buscando siempre la compañía de otras
mujeres para evitar colocarse en una situación de vulnerabili-
dad. La autora señala, sin embargo, ningún caso de violación y
sugiere que este temor parece ser una manera de evitar que
una mujer, a nivel individual, se inmiscuya en los asuntos co-
lectivos de los hombres39.
El temor de ser violadas, por un lado, y los ataques con
ortigas, por el otro, son expresiones ritualizadas del «antago-
nismo sexual» subyacente a la «economía del sexo» y sirven
para disipar la hostilidad acumulada por las personas de gé-
neros opuestos en el día a día, en el proceso del vivir juntos y
depender el uno del otro para su sustento. Pero es justamen-
te porque las relaciones entre los géneros y la reciprocidad
de los servicios de la pareja están claramente establecidas
que esta hostilidad puede ser expresada y ventilada de ma-
nera ritual, sin tornarse en violencia física real. Es más, la
combinación de la unión entre personas de un mismo sexo y
el antagonismo en bloque hacia personas del otro sexo, impi-
61
de que la casa familiar se vuelva una unidad cerrada, por lo
que los poblados sharanahua no están compuestos de átomos
de casas nucleares, sino que forman una red de interacciones
atravesadas de par en par por líneas de solidaridad femeni-
nas, por un lado, y masculinas por el otro.
Las mujeres son poderosas porque, así como reparten la
comida y toman amantes, también pueden expulsar de la se-
guridad del poblado a los hombres que no respetan las reglas
sobre con quién comer y con quién tener relaciones sexuales.
En el mito de Luna, las palabras de condena a muerte de la
hermana son las que causan la transformación del hermano
incestuoso en un extranjero. Una vez degollado, el incestuoso
se queda sin cuerpo. Es decir, siguiendo las ideas sharanahua
sobre el parentesco, el incestuoso pierde la carne que poseía
en común con sus parientes. Luego de ser expulsado de la
parentela, el hermano se transforma en una cabeza devoradora
que exige comida sin parar y termina comiéndose sexualmente
a todas las mujeres de su casa, y haciéndolas sangrar. La san-
gre menstrual es el recuerdo de la decapitación de Luna a
raíz del incesto. Es el legado de la purga de la sangre necesa-
ria para la fertilidad. Siskind menciona que en una oportuni-
dad estaba escuchando una versión del mito en compañía de
una niña pequeña. Cuando el narrador llegó a la parte en que
Luna le hace el amor a todas las mujeres y ellas comienzan a
menstruar, el cuenta-cuentos le dijo a la niña que se cubriera
los oídos. La autora le preguntó por qué hizo eso y él le con-
testó que si hubiese escuchado sus palabras, la niña habría
comenzado a menstruar a una edad precoz. Su recato no se
debía a una reacción de pudor, sino a una concepción cultu-
ralmente específica sobre la eficacia de las palabras míticas
y su efecto sobre el flujo de la sangre de la niña. Basta men-
cionar las acciones de Luna para poner en marcha una ac-
ción similar en el cuerpo de la niña y hacer surgir su sangre.
Aprender no es una cuestión puramente mental entre los sha-
ranahua. Los conocimientos escuchados se hacen cuerpo y
afectan la sangre de la persona. Por esta razón, es necesario
adquirir conocimientos y recordar las cosas en un ritmo ade-
cuado, para fomentar un proceso de aprendizaje y de madura-
ción apropiado a lo largo de la vida (Siskind, 1973:57).
62
1.2. LA SANGRE: BORORO
63
El raka conduce el alma aroe, cuya conexión con el cuer-
po material crece y disminuye con el crecimiento y la
pérdida de raka» (Crocker, 1985:41. Traducción propia).
64
Ambos géneros comparten este mecanismo, pero sus sangres
se diferencian. Primero, porque producen derivados distin-
tos, el semen para los hombres y la leche materna para las
mujeres. Segundo, se considera que los hombres son más ca-
lientes que las mujeres porque tienen mayor cantidad de san-
gre. Debido a ello, los hombres tienen mayor capacidad de
realizar trabajos pesados, y tienen más apetito sexual. Toda la
sangre que sale del cuerpo –incluyendo la sangre menstrual,
la sangre de los animales y el semen– es considerada sucia y
peligrosa para cualquier otra persona que no sea su dueño.
Por esta razón, antes de ser preparada, la carne de los anima-
les es lavada a fondo para eliminar todo rastro de sangre. Al
compartir la vida diaria y las comidas, las personas que viven
juntas se exponen a los fluidos de los demás, sus sangres se
mezclan y sus seres se van volviendo semejantes. También
es necesario protegerse de la contaminación de la sangre y
los fluidos expulsados del cuerpo de los demás. Las mujeres
menstruantes y parturientas, en particular, se mantienen en
reclusión, evitan comer carne de animales que tienen mucha
sangre, para no afectar el equilibrio del flujo de la sangre de
los demás y para controlar el flujo de su propia sangre.
No obstante, el poder del flujo de la sangre reside justa-
mente en su capacidad de circular, comunicarse y afectar a
los demás, generando nuevos flujos de sangre. Según la teo-
ría bororo de la concepción, el correr de la sangre femenina,
por ejemplo, se debe a la satisfacción del deseo sexual, ya que
una mujer comienza a menstruar después de haber tenido re-
laciones sexuales (Crocker, 1985:109) y de haber sido afecta-
da por el semen salido del cuerpo de su amante. Al acumular-
se el semen en el útero, se produce la gestación y el proceso
de transformación de la sangre del padre y de la madre en un
nuevo ser. Por medio de los derivados de la sangre, el padre y
la madre transmiten a sus hijos sus características «físicas,
morales y espirituales». Por esta razón, los padres deben res-
petar las restricciones alimenticias, sexuales y de comporta-
miento de la covada. En particular, deben evitar consumir la
carne de animales que tienen mucha sangre, como el tapir y
la huangana, porque el consumo excesivo de sangre podría
ser dañino para el recién nacido, quien no tiene suficiente san-
65
gre propia y está íntimamente ligado al flujo de la sangre de
sus padres.
66
Al mismo tiempo, un hombre casado continúa unido a su her-
mana y sobrinos, en la otra mitad del poblado; con el pasar de
los años llega a asumir la posición de «hermano mayor» o «jefe»
de la casa de su hermana.
67
trabajo de campo, estas comunidades estaban en un proceso de
muerte. Aún llevaban las huellas de las epidemias que habían
arrasado con la población en las décadas anteriores al contacto
con la sociedad brasileña. Las familias no eran sino retazos de
lo que habían sido en el pasado. Los colonos habían ocupado sus
tierras, oprimiéndolos ecológica y políticamente. Ya no se en-
contraba carne ni pescado, y cada vez que los bororo organiza-
ban sus rituales, los colonos se reían y burlaban de ellos. Entre
los hombres, el nuevo hábito de consumir aguardiente propició
los primeros casos de violencia doméstica y de homicidio entre
familiares cercanos. Ante tanta devastación, muchas parejas
habían decidido no tener más hijos. «Porque nuestros hijos pronto
no van a poder ser bororo, sino que deben convertirse en brasi-
leños, hemos decidido que no vamos a tener más hijos», expli-
caron las mujeres, quienes decían utilizar una variedad de téc-
nicas anticonceptivas y abortivas para evitar embarazos inde-
seados (Crocker, 1985:48). Efectivamente, el autor constató en
un censo que el número de niños menores de cinco años era
mucho menor de lo esperado. Hoy en día, cuarenta años des-
pués, los bororo se han recuperado demográficamente, pero la
dislocación social ocasionada por el alcoholismo, el acorralamiento
de los colonos y la dependencia de los subsidios de comida del
Estado brasileño se han enraizado, colocando a muchas familias
en una situación de pobreza crónica.
68
traspaso de alguna forma de riqueza, o de pago, por la novia.
Estas son «sociedades de riqueza de la novia» (bridewealth
societies), como por ejemplo las sociedades de agricultores y
pastores africanos y asiáticos, en las que la virginidad y la
maternidad son altamente valoradas. El precio pagado por la
novia es una transacción que asegura los derechos de pater-
nidad del novio y de su grupo de descendencia sobre los hijos
paridos por su esposa.
En el segundo tipo de sociedades, el matrimonio es arre-
glado sin que haya un traslado de riqueza ni de pago por la
novia. En cambio, el novio debe trabajar para su suegro duran-
te un período de «servicio de la novia» (brideservice societies).
En esta categoría se incluye a los pueblos amazónicos, ya que
entre ellos, por lo general, el matrimonio no requiere un tras-
paso de propiedades sino de la fuerza de trabajo de los hijos
políticos. Según las autoras –y aquí se inspiraron de una lec-
tura selectiva de la etnografía sharanahua– en este tipo de
sociedad las mujeres son valoradas como amantes, deseosas
de recibir carne de los hombres y de entregarles sexo en con-
trapartida. Según las autoras, las mujeres no tienen nada que
ganar con el matrimonio, ya que este acarrea una pérdida de
su libertad sexual y de su autonomía de trabajo. En cambio,
para los hombres, el matrimonio es el mecanismo por medio
del cual se generan las alianzas políticas a corto, mediano y
largo plazo, especialmente entre yernos, suegros y cuñados.
La covada, según las autoras, es un mecanismo ritual median-
te el cual los hombres se apropian de las capacidades repro-
ductivas de las mujeres y se posicionan como los verdaderos
agentes de la fertilidad, descartando la relevancia social de la
fertilidad femenina. Aunque son las mujeres quienes más tra-
bajan preparando la comida y la bebida, son los hombres los
que obtienen el prestigio de la repartición suprafamiliar de la
comida durante las fiestas celebradas en el ámbito territorial,
las cuales, a menudo, también son el escenario de episodios
de violencia en los que resaltan las figuras de los líderes mas-
culinos, hombres de renombre.
Aunque es cierto que el servicio de la novia es una prác-
tica extendida en la Amazonía, la lectura selectiva de las
etnografías amazónicas hecha por Collier y Rosaldo deja de
69
lado todos los aspectos rituales del manejo de la sangre des-
critos por Crocker para los bororo y los aspectos vivenciales
del dar de comer –sexo y comida– expuestos por Siskind. Tam-
poco toma en consideración la descripción de ambos autores
sobre las líneas de solidaridad del mismo género, ni del equili-
brio de poder entre los hombres y las mujeres, que modera las
tensiones personales y colectivas a lo largo de sus vidas. Al
postular que las mujeres no tienen nada que ganar con el matri-
monio, Collier y Rosaldo condenan a las mujeres a permanecer
en un catch 22. Esta teoría ha tenido gran influencia en los de-
bates antropológicos sobre la dominación femenina, así como
sobre algunas etnografías amazónicas41, pero también ha sido
criticada y descartada, como veremos en el próximo capítulo.
70
CAPÍTULO DOS
Recordar y producir
71
los adultos se reúnen para discutir los asuntos de la comuni-
dad y disponer de mercancías, para lo cual se requiere ser
habilitado por un patrón o trabajar por dinero. El término
«gente nativa» es una autodenominación utilizada para iden-
tificarse ante la gente de las ciudades. Este nombre «codifi-
ca los nuevos derechos políticos y la conciencia de la gente
nativa del Bajo Urubamba. La comunidad nativa codifica su
estatus legal como dueños de su tierra, y la escuela codifica
su estatus como ‘gente civilizada’ capaz de defender a sus
hijos» (Gow, 1991:270. Traducción propia).
Al mismo tiempo, los yine se consideran diferentes de la
«gente civilizada» de las ciudades –los colonos, los patrones
y los comerciantes– porque descienden de sus ancestros, la
«gente del monte», cuyo trabajo consistía en transformar el
bosque y producir «comida legítima». De igual manera, hoy
en día el trabajo de los hombres y las mujeres yine consiste
en producir «comida legítima» para alimentar a los suyos y
hacer crecer la parentela. «Comida legítima» es el plato de
pescado o carne con plátano cocido, y el pocillo de masato de
yuca para aliviar la sed. Es la comida y bebida diaria preferida
la que los diferencia de la gente de las ciudades. Este es el
sentido de la historia yine: es la historia vivida de la produc-
ción de la gente. Producir y comer juntos la comida legítima
sustenta los cuerpos y genera los lazos afectivos duraderos
que infunden el parentesco con la fuerza emocional de la ex-
periencia compartida. Los recuerdos de infancia, en particu-
lar, son el pilar del parentesco vivido. La memoria de quienes
les dieron comida y bebida, y les prodigaron cuidados durante
la infancia, guía el comportamiento de los adultos y define a
quienes se les recuerda como verdaderos parientes.
72
«Pensar en alguien» y «acordarse de alguien» no son meros
actos mentales cargados de emoción. Son pensamientos que
en la práctica se convierten en cuidados concretos prodigados
a las personas a quienes uno tiene en mente. Acordarse de
alguien es dar comida, bebida y abrigo, hacer algo para aliviar
las necesidades de los demás, es enseñar algún conocimiento
útil para su bienestar. Es actuar con compasión ante la
desvalidez y la vulnerabilidad de los demás. Cuando se está
viajando, acordarse de alguien es llevarle alguna cosa de re-
greso a casa. Una persona que no trae nada a casa, que no se
acuerda de su gente, no es un verdadero pariente. Es un ser
perezoso, mezquino y envidioso. No es un verdadero ser hu-
mano legítimo capaz de recordar, de producir y de ofrecer ali-
mentos, conocimientos y cuidados a los suyos. El recuerdo de
los demás, la compasión ante su desvalidez y la generosidad
ante sus pedidos, todos estos actos de «pensamiento» son si-
nónimos de parentesco verdadero. La pereza, la mezquindad
y la envidia, en cambio, son muestras de falta de pensamien-
to, enajenamiento, enemistad y alienación. Hombres y muje-
res demuestran que son seres humanos verdaderos al traba-
jar duro en la chacra, en el monte y la casa, sudando, aguan-
tando el dolor y el sufrimiento causados por el esfuerzo y el
desgaste físico, para poder así evitar o calmar el hambre, la
ignorancia y el sufrimiento de los suyos.
73
parientes, pero son muy malos parientes el uno del
otro, como los piro siempre hacen notar» (Gow, 2000:51.
Traducción propia).
74
por los hombres. Al envejecer, «es el intenso hambre de las
mujeres por comer carne el que conduce a la pérdida de sus
dientes, y por lo tanto, de su capacidad de hacer masato».
(Gow, 1991:126). La reciprocidad entre la carne y el masato
es crucial en la relación de pareja, pero esta no se reduce a un
mero intercambio económico porque la satisfacción del deseo
sexual y la creación de lazos afectivos duraderos infunden la
satisfacción del deseo por comida y bebida.
El matrimonio es una relación en la cual se deben satisfa-
cer recíprocamente los deseos. Los hombres exigen que las
mujeres preparen y sirvan masato, cocinen la carne o el pes-
cado con plátano, y que satisfagan su deseo sexual. Las muje-
res exigen que los hombres hagan nuevas chacras, que trai-
gan carne y pescado, que satisfagan su deseo sexual y que
consigan mercancías (ropa, jabón, medicinas, etc.) para su con-
sumo. Si uno de los dos no logra satisfacer los deseos de su
pareja por un tiempo prolongado, el otro reacciona y exige
que su deseo sea satisfecho. Antes del primer hijo, la relación
de pareja es inestable y las separaciones son frecuentes. Al
nacer el primer hijo, el hombre y la mujer se transforman en
adultos plenamente productivos, capaces de satisfacer mu-
tuamente sus exigencias y producir la comida y las condicio-
nes de vivienda necesarias para criar a sus pequeños. El de-
seo de prodigar cuidados a sus hijos sostiene el dinamismo de
la pareja a largo plazo y une las sangres de los esposos en la
creación de un nuevo pariente. La sangre de los hijos, hecho
de la mezcla de la sangre de su padre y de su madre, encarna
la memoria de los cuidados, los conocimientos y las capacida-
des de trabajo recibidos de sus progenitores. «La sangre de
una persona es su vitalidad, el producto de los cuidados que
recibió durante la infancia y también la fuente de toda la crea-
tividad de los adultos» (Gow, 1991:264).
75
cado. Esta masa es colocada dentro de una gran tinaja
pintada con diseños donde se fermenta, transformándo-
se en cerveza. De igual manera, el feto se genera a sí
mismo espontáneamente en el útero, en donde está acos-
tado envuelto en su propio interior, la placenta o «pri-
mer diseño»43 (Gow, 1999:238.Traducción propia).
76
y el tiempo: el flujo menstrual de la muchacha, del que nace-
rán nuevos parientes; el flujo del masato hecho por ella y por
sus parientes mujeres, que es servido en grandes cantidades
para emborrachar y «alegrar» a todos; el flujo de los diseños
que son pintados en la piel de la muchacha por sus abuelas, en
evidencia del retoñar de las nuevas generaciones. Los hom-
bres también tienen que ver con la producción de diseños,
pero ellos no pintan sobre la piel ni sobre la superficie de las
cerámicas. Esa es una aptitud femenina. Los hombres ven di-
seños durante las sesiones de toma de ayahuasca (Banisteriop-
sis caapi)46. Una de las motivaciones principales para tomar
ayahuasca, y desarrollar conocimientos y poderes chamánicos,
es poder curar a un hijo enfermo47, por lo que el chamanismo
masculino es un aspecto intrínseco de la crianza de los hijos.
Para esto, es necesario entrar en el mundo de los diseños y
«ver al mundo a través de los ojos de los espíritus». Los dise-
ños del ayahuasca aparecen en un estado visionario interior,
similar al estado del feto envuelto en el tejido amniótico, que
es «el primer diseño» de su ser (Gow, 1999:238).
Una vez reintegrada a la vida diaria en la comunidad, las
muchachas escogen a sus amantes y acogen en secreto a sus
favoritos bajo su mosquitero de noche. Los jóvenes vienen
«gateando» sin hacer ruido por el piso de pona, trayéndoles
regalos de joyas de fantasía y cosméticos. Después de un tiem-
po de amores secretos, o cuando son descubiertos por sus
padres, el joven se muda a la casa de la muchacha y comienza
el período de servicio de la novia. Entre suegros y yernos
4 6 Las mujeres yine también toman ayahuasca, pero en menor grado que los
hombres.
4 7 El autor sostiene que «los diseños de las mujeres son el producto de conocimien-
to especialista adquirido, ‘saber cómo pintar con diseños’ y concierne una forma
mundana de visión. Esto se opone a los estados preceptuales alterados o diferen-
te, tales como el del feto en el útero, o el de los espíritus o del bebedor de
kamalampi (ayahuasca, Banisteriopsis caapi) durante las alucinaciones iniciales y
completas» (Gow, 1999:237). Es de notar que entre los shipibo-conibo y los
cashinahua, quienes toman ayahuasca y tienen diseños de trazos de flujos, los
diseños de las mujeres son dados por la boa cósmica, la misma que se manifiesta
por medio de la toma de plantas. Las mujeres producen los diseños que la boa les
hace ver en visiones interiores. El análisis de Gow sobre los flujos de sangre,
bebida y gente que se reúnen en la pishta yine tiene muchas resonancias con la
fiesta de la menarquia entre los shipibo-conibo. Ver capítulos 6.2 y 6.3.
77
existe una relación de respeto. Como el yerno no tiene toda-
vía una casa y chacras propias, no necesita de tanta ayuda
como su suegro, por lo que termina trabajando para él. Tam-
bién tiene que abastecer a sus suegros con mercancías para
su consumo diario. Las obligaciones de un hombre para con
sus suegros son una extensión de sus obligaciones para con
su esposa y constituyen lazos de ayuda mutua, por lo que no
corresponden a una relación de dominación, como lo colocan
Collier y Rosaldo (1981) en su teoría de las sociedades de
servicio de la novia. Entre los yine, la principal relación de
respeto no se da entre un yerno y su suegro, sino entre un
yerno y su suegra. El autor cuenta que en una oportunidad vio
a un hombre borracho peleándose con otro. Su suegra se le
acercó con un manojo de ortigas en la mano para «curarle» la
borrachera. Inmediatamente, el hombre se dejó caer al piso
sin reclamar. «No sabe cómo faltarle el respeto a su suegra»,
comentó su esposa, en reconocimiento de que aún borracho
su esposo era un buen yerno (Gow, 199:136). Mientras que la
relación entre yernos y suegros es de respeto, entre cuñados
existe una relación de cooperación e intercambio de bromas
picantes de explícito tono sexual.
A partir del dinamismo interno de la pareja, los cuidados,
la repartición de comida y la cooperación mutua se extien-
den a las demás personas de la comunidad. En las fiestas de
trabajo colectivo, las mingas, el flujo de la ayuda rotativa re-
úne a las familias para abrir y cultivar las chacras, construir
las casas y para organizar las festividades del colegio que siem-
pre se acompañan de grandes cantidades de masato. Gow
(199:230) muestra que el colegio es la institución vital de la
comunidad porque es considerado como un lugar de crianza y
de enseñanza para sus niños. El colegio es la columna verte-
bral de la noción actual de la comunidad. Las actividades que
reúnen a todos los miembros de la comunidad son concebidas
como reuniones de «padres y madres de familia». El mismo
edificio del colegio, idealmente de «material noble», financia-
do por la municipalidad, es un símbolo de cohesión y de orgu-
llo. Los padres aspiran a que sus hijos completen su educa-
ción primaria. Envían diariamente a sus hijos a la escuela para
que aprendan a «defenderse» y para que aprendan el conoci-
78
miento de los peruanos. Esto implica aprender el castellano y
aprender sobre el Perú y el mundo de las mercancías y las
instituciones de servicios, nociones todavía lejanas de la ex-
periencia diaria en la comunidad.
Según la percepción yine de su historia, fue por causa de su
ignorancia sobre las cosas de los peruanos que sus antepasados
que vivían en el monte fueron esclavizados por los patrones
caucheros y ganaderos. Desde su punto de vista, la escuela
permite adquirir el conocimiento exógeno de los peruanos y
producir personas yine «civilizadas», que no van a estar más
desvalidas por su ignorancia ante el avance de la colonización.
Esto es igualmente importante para los niños y niñas. La asis-
tencia a la escuela primaria es general. El paso al colegio se-
cundario es más difícil, debido al despertar sexual de los jóve-
nes. Las niñas suelen quedar embarazadas alrededor de los 15
o 16 años e interrumpir sus estudios para dedicarse a sus hijos.
Los muchachos también abandonan las clases para trabajar y
conseguir dinero, pero suelen completar sus estudios con ma-
yor frecuencia que las mujeres. Sin embargo, no existe la idea
de que sólo los hombres deberían de continuar la educación
superior y procurar empleo profesional48.
La idea de que la escuela es una continuación del proceso
de producción de la memoria del parentesco, propuesta por Gow,
es relevante en otros lugares de la Amazonía y permite com-
prender mejor el significado de la ciudadanía entre los pueblos
amazónicos. En un estudio sobre el trabajo infantil entre los
asháninka, shipibo-conibo y awajún del Perú (Belaunde et al.,
2004; Belaunde et al., 200549) se comprobó que la asistencia a
la escuela primaria es general, pero existe una marcada dife-
rencia en la carga laboral impuesta por la escuela para los niños
y las niñas. Ambos géneros contribuyen al mantenimiento de la
casa, pero las niñas comienzan a realizar labores domésticas
desde más pequeñas, como cuidar a sus hermanos menores, y
pasan un tercio más del tiempo trabajando fuera de la escuela
4 8 Hoy en día, por ejemplo, varias maestras yine enseñan en sus comunidades.
4 9 Ver Mahecha (2004:305) y Lopes da Silva (2002) para un análisis de la escuela
como medio de obtención de conocimientos y mercaderías y un emblema de la
civilización.
79
que los niños. La tasa de abandono de los estudios escolares
también es más alta en las niñas, debido a que el matrimonio y
el embarazo en la adolescencia es la norma. Para ambos géne-
ros, el deseo de continuar los estudios secundarios y profesio-
nales es la mayor motivación para salir de la comunidad hacia
las ciudades. Pero por falta de recursos, muchos jóvenes se
ven forzados a trabajar en empleos de alto riesgo social y físico.
El trabajo doméstico, el empleo en bares y la prostitución colo-
can a las mujeres, en particular, en una situación de margina-
ción en la que la madre-soltería es un factor significativo50. A
menudo, los jóvenes se ven forzados a abandonar sus estudios
debido a la incompatibilidad con el trabajo.
En lugar de constituir una continuación del proceso de pro-
ducción de parientes conocedores y capaces de defenderse,
tal y como aspiran sus padres en la comunidad, los estudios
pueden conducir a formas contemporáneas de esclavitud.
Conscientes de este riesgo, los pobladores insisten en tener
colegios secundarios en sus comunidades para evitar la parti-
da de los jóvenes. La necesidad de asegurar que sus hijos
tengan acceso a la educación escolar y profesional es inhe-
rente a su concepción de la ciudadanía, sus expectativas de la
política municipal, y la historia actual de su gente. Sin embar-
go, aun dentro de la comunidad, la escuela es una arena de
peligro para las menores bajo la autoridad de un profesor hom-
bre, colono o indígena, que puede aprovecharse de su posi-
ción para seducir o violar. Algunos casos han sido llevados a la
justicia y es probable que muchos casos se mantengan en si-
lencio, por lo que es difícil estimar las dimensiones del fenó-
meno. La violación de menores a manos de sus profesores es
una preocupación de muchos padres de familia que se sienten
traicionados por la promesa de educación de las escuelas (Pa-
redes, 2004:69-78).
80
2.2. HACER HOMBRES Y MUJERES VERDADEROS: CASHINAHUA
81
Los cashinahua practican el servicio de la novia, pero las rela-
ciones de poder y los valores descritos por Collier y Rosaldo
(1981) no corresponden a su concepción de cómo las perso-
nas de ambos géneros se hacen las unas a las otras. La impli-
cación sociológica más importante del servicio de la novia,
según McCallum51, es que en este sistema matrimonial no es
posible intercambiar a una persona por un objeto. La única
manera de obtener una mujer es mediante una relación direc-
ta con sus suegros. Al mudarse a la casa de su esposa, el
yerno pasa a ser ‘hecho’ por la relación con sus suegros, y
viceversa, a hacer sus suegros. Tal es el proceso del ‘hacer’
gente de la sociedad cashinahua, quienes valoran no solamen-
te la capacidad de producir sino la generosidad. Como mues-
tra Kenneth Kensinger (1995) en su libro How Real People Ought
to Live (Cómo debería vivir la gente verdadera), los cuerpos
conocedores son también cuerpos generosos.
82
mular las cantidades suficientes de fluidos masculinos y feme-
ninos necesarios. Al trabajar juntos para hacer el feto, el hom-
bre y la mujer también contribuyen a hacerse uno. Los hombres
tienen que tomar bastante caissuma de maíz, hecha por las
mujeres, para producir bastante semen. Las mujeres, por su
lado, tienen que comer bastante carne, traída del bosque por los
hombres, para tener buena sangre y estar gordas (McCallum,
2001:16)52. Se dice que los hombres «abren» a las mujeres con
su pene, a su parecer la primera menstruación de una mucha-
cha sucede después de que ella ha tenido relaciones sexuales.
Una mujer que no tiene relaciones sexuales se «seca» y no
puede tener hijos53. Este entrelazamiento de las agencias com-
plementarias, femenina y masculina, se acompaña de un alto
grado de autonomía por parte de cada género.
La adquisición de conocimientos específicos a cada géne-
ro se inicia ritualmente con el bautismo, nixpo pima, una fies-
ta que es celebrada colectivamente cada cuatro años para to-
dos los niños y niñas de la comunidad. Durante la festividad,
los pequeños son mantenidos en reclusión y a dieta, evitando
que coman carne, sal, dulces y que tomen agua. Estas restric-
ciones se aplican a todas las personas que se encuentran en
estado de vulnerabilidad ante el ataque de espíritus malignos,
como durante la menarquia, el post-parto y las enfermedades
(McCallum, 2001:45). El motivo principal del ritual es dar a
los niños un nombre derivado de los dioses Inka, de los caní-
bales inmortales de la luz y del jaguar, el gran depredador54.
Con este propósito, los niños mascan nixpo (cordoncillo) una
planta que les deja los dientes y la boca pintados de negro por
varios días. Este procedimiento tiene por objetivo proteger
sus dientes y volverlos resistentes a la podredumbre. La du-
reza de los dientes también está relacionada con los nombres
de los Inka, los dioses depredadores de dientes eternos. Los
83
Inka también son los dioses del maíz, cuyos granos se aseme-
jan a los dientes humanos. Mientras los Inka tienen dientes
inmortales, los dientes de los humanos son hechos de maíz y
se pudren con el paso del tiempo. Pero así como los granos de
maíz rebrotan dando a luz a nuevas plantas y simientes, las
generaciones de humanos se reemplazan y los nombres de
los Inka se reencarnan en ellas. Este ritual, por lo tanto, esta-
blece una clara relación entre el nombre personal y la capaci-
dad depredadora de morder, común a ambos géneros. Después
del bautizo, el «alma del ojo» (bedu yuxin) y el «alma del cuer-
po» (yuda yuxin) de los niños y de las niñas se afinca en sus
seres a medida que adquieren conocimientos y capacidades de
acción propios. Estos conocimientos se hacen cuerpo de hom-
bre y de mujer. «El hecho de que las mujeres menstrúen y los
hombres tengan pene constituye la base de la división del tra-
bajo entre los cashinahua» (Kensinger, 1998:135). La transmi-
sión de conocimientos y de poderes espirituales se da princi-
palmente por líneas paralelas del mismo género.
84
Los géneros también se organizan en bandos opuestos du-
rante los rituales para la celebración de la fertilidad de las
plantas, los animales y la gente, como el nixpo pima y a la
kachanahua. Las fiestas se arman alrededor de la visita de
los espíritus que son invitados a comer, beber, bailar y cantar
en el poblado. Entre las canciones, los hombres y las mujeres
también se insultan unos a otros. Las mujeres insultan al pene,
llamándolo «cuello de tortuga». Los hombres insultan a la va-
gina llamándola «vampiro55». Estos juegos generan mucha risa
y buenos ánimos entre todos los participantes y no hay senti-
mientos de «victoria» del uno sobre el otro. Por esta razón, la
autora rechaza la idea de que estos rituales de fertilidad ex-
presen un «antagonismo sexual», como lo sugiere Siskind. Los
rituales no se limitan a la rivalidad entre los géneros, sino que
contienen múltiples posibilidades de acción. Cada participan-
te le da un significado propio según sus intereses y situación
personal.
Por ejemplo, la autora cuenta que en una oportunidad una
mujer a quien llamaba hermana, porque se llevaban muy bien,
se aprovechó del furor del baile de la kachanahua para empu-
jarla a bailar junto a su esposo y gritar insultos. Su hermana
cantaba las canciones, pidiéndole entre risas que las repita.
Al verla actuar de esta manera, varios participantes en la fiesta
quedaron convencidos de que el hombre al que insultaba era
efectivamente su amante. La autora comprendió que este com-
portamiento jocoso era parte de su entrenamiento para con-
vertirse en una verdadera mujer cashinahua, pasando a ser
una posible pareja en un matrimonio polígamo junto con su
hermana. Durante otra kachanahua, los padres de una mu-
chacha, que le había echado el ojo a un muchacho que no era
bien visto por ellos, le pidieron a la autora que la vigilara y que
cuando se acercase al joven a gritarle insultos, la apartase de
85
él, cosa que la autora no logró hacer con suficiente determina-
ción. Después de un tiempo la muchacha quedó embarazada
del joven, pero abortó utilizando una mezcla de plantas. Estos
casos muestran que los bailes no son percibidos como «gue-
rras entre géneros», para ver quien domina al otro, sino que
son ritos de seducción cuyo significado es matizado por los
intereses de cada uno. Si un hombre o una mujer tiene algún
resentimiento, es probable que sus insultos estén más próxi-
mos al rencor que a la burla coqueta. La fiesta tiene también
un efecto catártico y permite liberar tensiones de manera
ritualizada (McCallum, 2001:170).
McCallum considera que la complementariedad entre la
agencia femenina y masculina también comprende la dialécti-
ca del interior y el exterior, y la diferencia entre parientes y
extranjeros que articulan el pensamiento dualista cashinahua.
El interior es el nexo social del día a día de la seguridad del
poblado, en el que los hombres y las mujeres combinan sus
agencias para producir el parentesco. El exterior es el bosque
circundante, los ríos, las otras comunidades y las ciudades de
colonos, donde imperan muchos peligros debido a que están
poblados de extranjeros, animales y espíritus. Los hombres
circulan en el exterior, cazan, pescan y buscan cosas en el
bosque y la ciudad para llevar a la comunidad. El exterior es
más peligroso para las mujeres en edad fértil, porque el olor
de la sangre menstrual y del post-parto la vuelven visible ante
los ojos de los animales y de los espíritus. Por esta razón, una
mujer menstruante no puede salir a cazar ni puede tener con-
tacto con un cazador. El olor de la sangre alertaría a los anima-
les y la caza sería un fracaso. Los espíritus del bosque y de las
aguas, en cambio, vendrían al acecho para devorar o seducir a
quien huela a sangre. El semen, un producto de la sangre
masculina, también alerta a los animales y espíritus de su pre-
sencia, por lo que antes de ir a cazar y pescar, un hombre debe
abstenerse de tener relaciones sexuales. Los hombres tran-
sitan por el exterior, llevando a cabo actos de depredación
necesarios para construir el nexo social al interior de la comu-
nidad. La interiorización de los productos obtenidos sustenta
la complementariedad de los géneros y la creación de un lu-
gar seguro para el crecimiento de la parentela.
86
Como sostienen Patrick Deshayes y Barbara Keinfenheim
(2003), que hicieron trabajos de campo entre los cashinahua
del Purús, las actividades de las mujeres en el «interior» es-
tán mediatizadas por las acciones de los hombres en el «exte-
rior». Sin embargo, el «exterior» no es ajeno a las mujeres ni
el «interior» a los hombres. Las mujeres son las primeras en
preocuparse cuando su esposo regresa del bosque con algún
rasguño, indicando que estuvo sometido a algún peligro. Igual-
mente, una de las principales ansiedades de los hombres fue-
ra de casa es que algo suceda, que su esposa haga el amor con
otro, que alguien se enferme o esté muerto.
87
tales como los sermones públicos del líder de la comunidad
y de su esposa. Dentro de la comunidad, las mujeres tienen
una actuación política y forman bloques de solidaridad para
defender sus intereses y organizar el trabajo de producción
de bebida y comida. En cambio, el liderazgo masculino está
volcado hacia las relaciones con el exterior. En el pasado, el
líder era quien aseguraba las relaciones con otras comunida-
des, con los animales y los espíritus del bosque y del interior
de los ríos. Actualmente, el principal dominio de acción de
los líderes es la relación con los colonos de las ciudades y las
instituciones del Estado.
El líder es alguien que sabe donde buscar empleo, donde
comprar mercancías al mejor precio, cómo conseguir un prés-
tamo de productos o dinero, cómo presentarse ante trabajado-
res de las organizaciones no gubernamentales y organismos
del Estado para conseguir donaciones y apoyo para la cons-
trucción de la escuela o el puesto de salud. Su capacidad de
llevar a cabo transacciones comerciales, hacen del líder un
ejemplo de una nueva masculinidad exitosa.
Kensinger también sostiene que uno de los principales cam-
bios ocurridos en las últimas décadas en las relaciones de gé-
nero concierne a la nueva responsabilidad asumida por los hom-
bres para abastecer con productos comerciales a sus esposas,
hijos, suegros y otros parientes en el poblado.
88
mento de la tasa de nacimientos y de la reducción de la mor-
talidad infantil y adulta con la intervención de los servicios
médicos de salud– ha conducido a una situación de sobreex-
plotación de los recursos del bosque. Debido a la relativa
sedentarización de los poblados y a la necesidad de dejar
reposar la tierra de las purmas, las chacras en producción se
encuentran más lejanas que antes. Las mujeres pasan la
mayor parte del día yendo y viniendo de las chacras cargan-
do productos en la espalda. Los hombres tienen que ir más
lejos para encontrar animales de cacería, y cargar las presas
hasta llegar a casa.
Estas dificultades para producir comida han obligado a
un aumento del consumo de alimentos comerciales como
arroz, fideos, aceite, atún enlatado, para los cuales los hom-
bres deben conseguir dinero. La comida comprada es consu-
mida por el núcleo familiar y no es compartida con el resto
de las familias de la comunidad, como solía hacerse antes
cuando había abundancia de cacería, pesca, frutas y produc-
tos de las chacras. Al debilitarse el intercambio de las comi-
das entre las mujeres de la comunidad, las líneas de solida-
ridad del mismo género también se han debilitado. En el pa-
sado, las mujeres ocupaban una mayor parte de su tiempo
entre mujeres, y los hombres entre ellos, realizando traba-
jos específicos a cada género. Hoy en día, en cambio, el hom-
bre y la mujer pasan más tiempo juntos en pareja, aislados
del resto de la comunidad. Según Kensinger, ello significa
que, tanto para el esposo como para la esposa, existe una
mayor presión y menos oportunidades de encontrar apoyo y
descanso de las obligaciones matrimoniales con personas del
mismo género. La disminución de la frecuencia de las fies-
tas de la fertilidad, como la kachanahua y nixpu pima, en
que los géneros se enfrentan en grupos en el baile, también
implican una reducción de las oportunidades para que los
hombres y las mujeres descarguen ritualmente posibles re-
sentimientos, y renueven sus ánimos bajo los auspicios de
los espíritus. La escolaridad y la participación en los rituales
evangélicos también han tenido una influencia sobre las re-
laciones de género, al introducir concepciones de la femi-
neidad sumisa ajenas al pensamiento cashinahua.
89
Así, cuando pregunté a varios hombres por qué eran
más mandones con sus mujeres y sus hijas que en el
pasado, me citaron a manera de justificación las epís-
tolas de San Pablo: «La cabeza de todo hombre es Cris-
to y la cabeza de la mujer es el hombre» (Carta a los
Corintios 11:3); o bien aquel pasaje que reza: «No per-
mito que la mujer enseñe ni que domine al hombre.
Que se mantenga en silencio» (Carta a Timoteo 2:12).
La mayoría de las mujeres reaccionan ante estas citas
bíblicas como lo hacen frente a las tradicionales afir-
maciones de superioridad por parte de los hombres y
a sus intentos de dominación, es decir, en gran parte,
no les hacen caso (Kensinger, 1997:8-19).
90
dad de género, la cual continuará en la infancia por medio de
relaciones con personas del mismo género y de género cruza-
do. La niña continuará haciéndose mujer, el niño, hombre,
mediante las enseñanzas y relaciones rituales con personas y
espíritus de su mismo género, incluyendo a una variedad de
parientes. Estos conocimientos se harán cuerpo de mujer o
de hombre en su sangre y se exteriorizarán en sus capacida-
des de acción y de sus productos (Guzmán, 1997:57).
Lo importante, desde el punto de vista quichua, es tener a
alguien de quien aprender por imitación y de quien recibir los
nombres y los espíritus adecuados para fijar y fortalecer la
identidad de las personas de ambos géneros. Existen tres
espíritus relacionados de manera especial con el género: Cha-
cra amu, «dueña de la chacra», Manca allpa mama, «madre
del barro», y Amasanga, «dueño de los animales de caza».
Este último es constitutivo de la masculinidad y capacita a los
hombres para el arte de la cacería y la pesca. Los dos prime-
ros son constitutivos de la femineidad y capacitan a las muje-
res en la elaboración de cerámicas y en las labores agrícolas,
especialmente en la siembra y cosecha de la yuca, base de su
alimentación. La producción de masato de yuca es un proceso
de personificación de los productos con el sello de la identi-
dad femenina que comienza desde el cultivo de las plantas.
Para asegurar el crecimiento de sus estacas de yuca recién
plantadas, las mujeres las alimentan con una bebida roja he-
cha con achiote (Bixa orellana) que representa la sangre de la
mujer dueña de la chacra. Cuando les dan de beber a sus plan-
tas, las mujeres también se untan la barbilla con achiote «para
que la yuca beba nuestra sangre» (Guzmán, 1997:76). De esta
manera, las plantas de yuca son consustancializadas con la
dueña de la chacra.
Al preparar el masato, la mujer lleva a cabo un segundo
proceso de personificación y consustancialización con la yuca.
Después de cocinar y aplastar los tubérculos criados con su
sangre, los mascan y escupen en el resto de la masa aplasta-
da. La fermentación surge de estos procesos de personifica-
ción y consustancialización, volviendo al masato poderoso para
emborrachar y animar a las personas que lo beben. El masato
y el ambiente festivo que suscita en las personas están real-
91
mente hechos del cuerpo de la dueña de la chacra56. Cuando
una mujer sirve su masato, lo hace personalmente, marcando
en su comportamiento el hecho que está alimentando a los
demás con parte de sí misma. Al servir a su esposo, por otro
lado, está correspondiendo a sus ofrendas de carne y haciendo
circular el flujo de los servicios y alimentos que son «una decla-
ración de amor» tangible en la pareja (Guzmán, 1997:104). Al
servir a otras mujeres, en particular, la mujer se reafirma ante
ellas como una Chacra amu, una «dueña de chacra», al igual
que las otras. Producir y servir masato es un elemento funda-
mental de las relaciones entre madre e hija y entre nuera y
suegra, ya que durante gran parte de sus vidas estas mujeres
se alimentan mutuamente con los productos personalizados
de su sangre y su saliva. La autora sostiene que estos inter-
cambios entre mujeres son un aspecto clave de las relaciones
de prestigio entre los quichua que han sido totalmente obviados
por la teoría del servicio de la novia de Collier y Rosaldo (1981),
debido a un prejuicio teórico que descalifica la actuación polí-
tica de las mujeres. Entre los quichua, no obstante, producir y
servir masato es un factor indispensable de la existencia polí-
tica, tanto de los hombres como de las mujeres, y de la etnicidad
quichua.
Para cultivar la chacra una mujer requiere estar en pareja
con un hombre y organizar juntos las mingas, las fiestas de
trabajo rotativo en las que participan todas las parejas de la
comunidad. La organización de las mingas es un motivo de
gran preocupación porque, desde el punto de vista de los co-
muneros, es un sistema de ayuda mutua que requiere de la
participación de todas las parejas de la comunidad para garan-
tizar un intercambio de trabajo recíproco. Si una pareja orga-
niza una minga pero no participa en las demás, está recibien-
do ayuda a cambio de nada. La reciprocidad de las mingas
permite construir una comuna que reúne a todas las parejas
de los diferentes grupos familiares o ayllus. Por lo general, las
mingas congregan a la comunidad para llevar a cabo los traba-
jos más pesados, como desbrozar el monte para una nueva
5 6 Ver capítulo 3.3 sobre una práctica similar entre los pueblos de familia lingüís-
tica jíbaro, relacionados a los quichua canelo.
92
chacra de yuca. El trabajo colectivo es regado con grandes
cantidades de masato de yuca, que emborracha y anima a los
participantes a realizar grandes esfuerzos entre bromas y ri-
sas. El masato es a la vez el alimento que mantiene la sociabi-
lidad de la convivencia en la comunidad y el motivo por el cual
se genera tal sociabilidad.
Guzmán (1997:167) muestra que en Canelos, la distinción
entre la comunidad quichua y la colonia de las personas de
habla castellana que les rodea, se perfila en la participación
en las mingas. Los colonos viven en lotes privados, producen
y comen su propia comida, cada familia por separado, y están
inmersos en la economía comercial de la localidad. Los comu-
neros también están involucrados en la economía comercial,
pero producen y comen de manera conjunta, especialmente
por medio de la distribución personificada del masato durante
las mingas. En las fiestas comunales, el masato servido a los
miembros de la comunidad es complementado con la distribu-
ción colectiva de la carne traída del monte. Para esta ocasión
ritual cada género se organiza en una «casa», la casa de las
mujeres, por un lado, la casa de los hombres, por el otro; po-
niendo en escena la existencia paralela de los géneros, así
como su complementariedad en el proceso de producción y
personificación de los productos que alimentan a los hombres
y mujeres que trabajan juntos.
El matrimonio provee el engranaje central de este proce-
so comunal. El matrimonio con una persona de fuera puede
significar su destrucción. Como, por lo general, los colonos se
rehúsan a participar de las mingas, para una mujer quichua el
matrimonio con un colono implica permanecer fuera del círcu-
lo de convivencia comunal. Al no tener una pareja con quien
organizar sus propias mingas y participar en las mingas de las
demás parejas de la comunidad, la mujer también queda fuera
del círculo femenino de reconocimiento de las dueñas de cha-
cra que se alimentan y se alegran las unas a las otras con el
masato hecho con su sangre y su saliva. La ruptura de la soli-
daridad femenina acarrea el debilitamiento de la identidad
social de la mujer, quien a menudo deja de preparar masato
para el consumo diario, y sólo lo prepara ocasionalmente. La
autora observa que las mujeres quichua comentan que en las
93
casas de las parejas mixtas «escasea la yuca y la chicha», hay
muchos conflictos y los matrimonios son poco duraderos
(Guzmán, 1997:168).
En el caso del matrimonio de un hombre quichua con una
mujer colona señala que: «La única manera que se constitu-
yan en una unidad sólida es que ella esté dispuesta a vivir
como runa, que cultive yuca, que haga chicha, que participe
en las mingas familiares, en las fiestas y en las mingas co-
munales» (Guzmán, 1997:168). Es decir, que sea reconocida
por las demás mujeres de la comunidad como una dueña de
chacra.
El análisis de Guzmán es útil para comprender la dinámi-
ca de las relaciones de género entre otros grupos consumido-
res asiduos de masato, como los yine. Si bien es cierto que,
como dice Gow (1991), los hombres yine tienen hambre de
masato y exigen recibirlo de sus esposas, también es cierto
que gran parte del masato producido es bebido entre mujeres.
Como he podido observar personalmente, durante los momen-
tos de reposo, las mujeres se reúnen a servirse mutuamente
el masato que han preparado, madre, hija, cuñada, suegra y
nuera. Cada una trae una olla llena de masato y lo sirve en
pocillos individuales a cada una de las mujeres reunidas. To-
das beben del masato de las demás y se alegran unas a las
otras, conversando alegremente y jugando con los bebés pe-
queños57. Producir y servir masato, por lo tanto, no es sola-
mente un aspecto fundamental de la reciprocidad entre un
hombre y una mujer, sino también de las relaciones de mutua-
lidad entre mujeres, del prestigio femenino y de la consus-
tancialización de los productos personificados. Al dar de be-
ber masato, la mujer da de beber su propio cuerpo, que nutre,
da fuerza, alegra y emborracha a los demás.
94
2.4. ACOSTUMBRARSE A LOS DEMÁS: CANDOSHI
95
Alimentar a los demás con una bebida hecha con la comida
regurgitada por las mujeres, mascada y embebida de su sali-
va, es una manera de prodigar cuidados similares a los cuida-
dos que las mujeres dan a las crías de pájaro domesticadas.
Según el autor, servir masato se articula con la noción de «fa-
miliarizarse» o «acostumbrarse» (xápshigámaama), de adop-
tar y de criar personas, animales y plantas, para que crezcan,
tengan salud y vivan juntos. Entre los candoshi, los huérfanos
son bastante comunes y ocupan una posición importante debi-
do a las epidemias que aún causan regularmente pérdidas de
población y, en el pasado, debido a las guerras. La adopción de
los huérfanos era común, así como la adopción de las viudas o
enemigas raptadas durante las expediciones guerreras. Las
mujeres raptadas eran familiarizadas con su nuevo entorno
por medio del matrimonio y el nacimiento de nuevos hijos.
Las viudas y sus hijos eran adoptadas por un hermano de su
esposo. Hoy en día, la adopción de las crías de los animales
muertos en la cacería continúa siendo un pasatiempo favorito
de las mujeres, quienes les toman gran cariño. Los animales
criados nunca son para el consumo familiar. Tal es la importan-
cia de la adopción entre los candoshi que la noción de «acos-
tumbrarse» es sinónimo de amar. En los cantos de amor, du-
rante las fiestas del masato, las mujeres gustan retratarse a
sí mismas como personas vulnerables, desvalidas, huérfanas,
que solicitan los cuidados y la compasión de sus hermanos y
de sus esposos.
96
comunidades de otros grupos étnicos, quichua, cocamilla, etc.
El aprendizaje e integración en las comunidades vecinas tam-
bién es un modo de acostumbrarse a sus comidas, a su idioma,
a sus rutinas diarias. Los cantos de amor de las fiestas de masato
también expresan los sentimientos del viajero, y del hombre
despechado en amores, que va en busca de un lugar, y de un
amor, donde posarse y hacerse un acostumbrado.
97
El corazón es el nicho del desarrollo fisiológico y social
del hombre, desde el embrión hasta la muerte [...] es
el sitio de las actividades subjetivas, tales como las
actividades intelectuales y emotivas, que se encuen-
tran totalmente fusionadas en el pensamiento candoshi
(Surrallés, 1999:103. Traducción propia).
98
CAPÍTULO TRES
Tener fuerza
5 8 Su hija fue llevada por la Fundación Nacional do Indio (FUNAI) para ser operada
y murió en la ciudad. Las palabras de su madre expresan el desconcierto ante
su muerte súbita dado a que antes de partir se encontraba, como ella explica,
gorda, es decir, con salud.
99
la nostalgia por los seres queridos se expresa principalmente
en función de la comida. Conklin muestra que detrás de la
carga afectiva que implican los actos de dar de comer y comer,
subyace una concepción culturalmente específica sobre cómo
la comida se transforma en sangre y da salud.
Todo reposa en la compleja fisiología wari del corazón y la
sangre. Desde su punto de vista, el corazón procesa los ali-
mentos transformándolos en sangre, que propulsado por las
venas produce grasa corporal. Cuanto más sangre circula en
las venas, y con más fluidez, más gordo, fuerte y saludable es
el «cuerpo», kwere, una palabra que también significa «car-
ne». La comida que produce más sangre y hace engordar es
la chicha de maíz, hecha por las mujeres, quienes mascan el
maíz con su saliva, lo endulzan y producen la fermentación.
La carne de animales y de pescado, y especialmente el híga-
do de ciertos pájaros, también producen sangre, pero la comi-
da que da más «sangre fuerte» y «grasa de nuestros corazo-
nes» es la chicha de maíz (Conklin, 2001a:140).
Este proceso de transformación de los alimentos no fun-
ciona de por sí, sino que requiere del despliegue de esfuerzo
físico para darse de manera adecuada. Esto se debe a que la
circulación y la respiración están íntimamente ligadas. Al ha-
cer un esfuerzo, es decir, al trabajar vigorosamente y mover-
se con energía, la persona respira más profundo y el corazón
late más rápido, por lo que la sangre también circula con ma-
yor fluidez por las venas. Así produce más grasa, haciendo al
cuerpo más fuerte y resistente a las enfermedades. Al con-
trario, la pereza y la inactividad no favorecen una respiración
profunda, por lo que obstaculizan la circulación y el corazón
produce menos grasa. La persona inactiva adelgaza, pierde
fuerza, y es susceptible de caer enferma con facilidad.
El corazón también late al ritmo de los afectos y es el lugar
de la memoria personal, intelectual y afectiva. Como los hom-
bres y las mujeres aprenden diferentes técnicas de trabajo, sus
corazones tienen conocimientos diferentes, pero las personas
de ambos géneros movidas por la generosidad y compasión ha-
cia los suyos, son personas que «tienen corazón». En cambio,
una persona perezosa, envidiosa y mezquina es alguien que
«no tiene corazón». Según los wari, los conocimientos, los pen-
100
samientos y los afectos llegan al corazón a través de la respira-
ción. La palabra wereme significa «respirar» y «pensar». Con
cada respiración el corazón se expande y luego se contrae ex-
pulsando la sangre. Pero en situaciones de gran nostalgia y tris-
teza por alguien ausente o muerto, el corazón se mantiene con-
traído, la sangre no circula bien y se coagula progresivamente.
La persona pierde el apetito, adelgaza, se debilita y muere
(Conklin, 2001a:143). Para ilustrar este punto, la autora cuenta
que en una ocasión, Manim, un hombre wari, le preguntó si es
que extrañaba mucho a su esposo. La autora, que ya sabía qué
decir en esas ocasiones le contestó:
101
forzado al bienestar de los demás. Estar con salud implica ser
una persona trabajadora y alegre, rodeada de sus parientes,
con buen apetito y buena circulación, con conocimientos y afec-
tos que hacen expandir el corazón y circulan fluidamente por
las venas. La salud de todos los que viven juntos está relacio-
nada y una persona saludable contribuye a que los demás tam-
bién lo sean. Puesto que los hombres y las mujeres tienen
conocimientos diferentes y realizan diferentes trabajos, sus
cuerpos y sus fuerzas también son diferentes, pero ambos con-
tribuyen a hacerse fuertes el uno al otro. La comida de ambos
hace engordar, pero de manera distinta, porque la carne de
los hombres no es considerada tan revigorizante como la chi-
cha de maíz de las mujeres. Además, la carne de los animales
y los pescados debe ser tratada con cuidado, porque de lo con-
trario acarrea enfermedades, volviendo a las personas de ambos
géneros incapaces de trabajar y de alimentar a los suyos.
La concepción wari de la enfermedad con respecto al con-
sumo de la carne animal y el pescado es examinada en detalle
por Aparecida Vilaça en su libro Comendo como Gente (Co-
miendo como gente). Para los wari, el jaguar y las serpientes,
así como todos los animales comestibles, son animales con
jam59, es decir, son animales que tienen un espíritu (sombra/
imagen/doble) y por ello son potentes, capaces de atacar espi-
ritualmente a los humanos y causarles enfermedades. Los
seres humanos también tienen jam y eso los hace similares a
sus presas de caza. Es más, así como los seres humanos ca-
zan, pescan y comen animales con jam, los animales con jam
también atacan y comen a los seres humanos, pero lo hacen
de manera invisible, a través de las enfermedades. Cuando
una persona es devorada espiritualmente por un animal con
jam, adquiere algunas de las características de su agresor.
Estas características son traspasadas o «apegadas» en un acto
de «venganza» del animal, o pescado, hacia la persona. En
esto consiste la enfermedad: la víctima se transforma en el
5 9 Los animales sin jam no son comestibles, a excepción del mono araña (Ateles
sp.). Los animales con jam son la huangana (Tayassu peccari), el tapir (Tapirus
terrestris), el mono (Cebus sp.), el venado rojo, el jaguar, todas las especies de
pescado, las abejas y las cobras.
102
animal que lo devora, se vuelve «otro», y de no ser curado a
tiempo por un chamán conocedor, su enajenamiento en un ser
«otro» conduce a su muerte.
La sangre y la pintura corporal roja de achiote (Bixa orellana)
tienen un papel central en esta concepción de la enfermedad y
de la relación entre seres humanos y animales. Tanto los wari
como todos los animales con jam tienen su propio achiote, con
el que se pintan el cuerpo mezclándolo con aceite de semilla de
la palmera babaçu, para fijar el color rojo en la piel. La pintura
de achiote protege y da una forma y apariencia propia a cada
animal con jam, así como también a los seres humanos. La idea
fundamental es que si un ser humano logra obtener la pintura de
achiote de un animal con jam, entonces puede ver a los animales
tal y como ellos se ven a sí mismos: verlos como seres humanos,
porque en los ojos de los animales ellos son seres humanos. El
obtener la pintura de achiote de un animal con jam permite que
una persona adopte el punto de vista de ese animal sobre el mundo.
Cuando los wari están cubiertos con su propia pintura de achiote,
se ven a sí mismos como seres humanos y ven a los animales con
jam como presas de caza y pesca. Igualmente, cuando los ani-
males con jam están cubiertos con su propia pintura de achiote,
se perciben a sí mismos como seres humanos y perciben a los
wari como sus presas de caza. En otras palabras, la pintura de
achiote opera como una cobertura de visibilidad y de separa-
ción entre predador y presa. Si un wari obtiene la pintura de
achiote de un animal con jam, puede ver el mundo desde el
punto de vista de ese animal, y entonces percibe que ambos,
seres humanos y animales, comparten una humanidad común.
Así, puede aliarse a este animal para curar las enfermedades
que los animales causaron a sus parientes.
La concepción wari de la visibilidad y de la humanidad co-
mún a los seres humanos y los animales es un ejemplo de
«perspectivismo» (Viveiros de Castro, 1996), una filosofía ama-
zónica60 que se encuentra, con variaciones, en la región y que
103
se articula con la cosmología chamánica y la mitología de cada
pueblo. El perspectivismo se vincula, en particular, con la idea
que en los tiempos míticos los ancestros de los animales de
caza eran similares a seres humanos y todos los seres que exis-
tían en ese entonces podían convertirse los unos en los otros
con facilidad. Hoy en día, en cambio, las plantas, los animales,
las personas y los otros seres del cosmos tienen una existencia
diferenciada por sus cuerpos, y los unos son presas de los otros.
Cada cual tiene una forma, un sitio y un punto de vista propio, y
cada cual percibe al otro como presa o predador, según sus há-
bitos alimenticios. Sin embargo, bajo ciertas condiciones –en
sueños, en estados de trance y bajo la influencia de olores fuer-
tes, como el olor de la sangre– es posible que una persona se
transforme, viaje al lugar y adopte la forma y el punto de vista
de un animal o de otro ser del cosmos61. La práctica del chama-
nismo amazónico para curar las enfermedades reposa sobre la
capacidad de establecer relaciones con los animales y los otros
seres del mundo adoptando su punto de vista en sueños y en
trances inducidos por plantas.
La etnografía wari, así como una variedad de etnografías
examinadas en este libro, muestran que la sangre y la pintura
de achiote también son dos sustancias que abren las cortinas de
la comunicación, la visibilidad y la transformación entre los di-
ferentes seres y puntos de vista del cosmos. Pero, mientras la
pintura de achiote es una sustancia protectora, la sangre que
sale del cuerpo es una sustancia que vuelve a la gente vulnera-
ble a los ataques de los seres que se alimentan de sangre. Vilaça
(1992:67) muestra que un hombre wari62 es iniciado en el cu-
randerismo durante una enfermedad. El hombre enfermo sue-
ña con un animal con jam. En su sueño recibe el achiote y las
semillas de babaçu del animal con jam que se le presenta. De
esta manera, queda convertido en su aliado espiritual. El chamán
puede entonces ver a ese animal con jam bajo su forma huma-
na. Por ejemplo, un chamán que recibe en sueños el achiote y el
babaçu de las huanganas, los verá como seres humanos. Gra-
104
cias a su asociación con estos animales con jam podrá curar las
enfermedades que afectan a sus parientes.
Para proteger a los suyos evitando de antemano el ataque
de los animales, un chamán tiene que «ver» ritualmente, o
desactivar, toda la carne que es traída del monte por los cazado-
res. Por medio de una curación, durante la cual recita la lista de
todos alimentos que constituyen la dieta de ese animal, el chamán
retira el achiote y el babaçu de la carne de esa presa. Después
de haber sido curada, la carne puede ser preparada y consumi-
da sin riesgo para los seres humanos. Esta carne será transfor-
mada en el corazón de los wari en sangre y grasa de hombres y
de mujeres wari, para volverlos trabajadores y saludables.
Los wari también tienen varios métodos prácticos de pro-
tección contra la «venganza» de la sangre de los animales.
Evitan tocar la sangre de las presas de la caza y pesca, así
como la sangre de otras personas. Lavan bien la carne antes
de cocinarla a fondo, para eliminar todos los rastros de san-
gre. Se untan la piel con pintura de achiote siempre que se
haya tenido contacto con sangre ajena. Por ejemplo, los hom-
bres se pintan con achiote cuando regresan de cazar, mancha-
dos de sangre de las presas. Las mujeres se pintan después
de pescar, y también pintan a sus recién nacidos, manchados
con la sangre del parto. La pintura de achiote neutraliza la
sangre ajena. En el pasado reciente, las curaciones del chamán,
el uso de achiote para la piel, y el lavado y cocido de la carne,
eran prácticas diarias. Hoy en día, la curación del chamán y el
uso de pintura de achiote sólo se dan durante las cacerías y
expediciones de pesca colectivas. El lavado y cocido de la
carne continúa siendo una práctica cotidiana.
El peligro de la sangre exógena o ajena, explica la autora,
no es una cuestión física de contacto externo. El peligro es
que a través del contacto con la piel, o hasta por el olor, la
sangre exógena puede ser «ingerida» por la persona, y trans-
formarla en un ser comesangre. Según los wari, «el que come
sangre será devorado por un jaguar y se volverá también ja-
guar, comerá crudo» (Vilaça, 1992:85). Es decir, el que «in-
giere» la sangre exógena, se vuelve un «otro», un predador,
es decir, un devorador de sus propios parientes. Comer la car-
ne cocida y sin rastro de sangre permite alimentar a los pa-
105
rientes y producir sangre de parientes en sus corazones. Pero
comer la sangre de los animales, o ser comido por un animal
comesangre, lo transforma a uno en un ser depredador de
aquellos que eran, y no son más, los suyos.
Juntando los diferentes aspectos de la etnografía wari des-
critos aquí, vemos que las complejas concepciones de la enfer-
medad y la salud reposan sobre una noción específica de cómo
la sangre es producida por el trabajo diferenciado por género.
Al trabajar con ardor, hombres y mujeres producen comida, la
cual es transformada en el corazón de las personas en sangre de
parientes. Cuanta más sangre se produce, más saludable se es,
siempre y cuando se evite la sangre de los animales. De sucum-
bir a la sangre de los animales, las personas dejarían de ser
parientes y se convertirían en seres alienados de los suyos,
que en lugar de recordar, trabajar y dar de comer a sus parien-
tes, los tratarían como si fuesen sus presas, comiéndoselos. La
comida de las mujeres, la chicha de maíz, es más segura que la
comida de los hombres, la carne, ya que esta conlleva mayores
riesgos de caer bajo la alienación de los animales.
6 3 Los uitoto y los muinane pertenecen a una misma familia lingüística y están
relacionados. Los uitoto son «la gente de arriba» y los muinane, «la gente de
abajo».
106
esta razón, los animales envidian y odian a los seres huma-
nos, luchando siempre por «socavar el progreso causando en-
fermedades, daños a los cultivos, y sentimientos negativos
que causan conflictos sociales y quiebran la unidad de los asen-
tamientos poblacionales humanos» (Griffiths, 2001:251).
El título del libro de Carlos Londoño, Muinane, un Proyecto
Moral a Perpetuidad, expresa bien la preocupación muinane
por lograr construir una vida propiamente humana a pesar del
acecho envidioso de los animales que amenaza con dejarlos
enfermos, sin fuerza, incapaces de trabajar, perezosos, mez-
quinos y rabiosos. Los muinane, así como los uitoto, tanto hom-
bres como mujeres son horticultores, y cuidan, cosechan y
elaboran sus propios cultivos. El cuerpo y las agencias64 de
cada género están íntimamente relacionadas con sus propios
cultivos, y como estos son considerados un legado de los dio-
ses, los cultivos de cada género son concebidos como sustan-
cias dotadas de efectividad moral que transforman a las per-
sonas que los consumen en seres similares a los dioses.
Los hombres son responsables de la producción de coca y
tabaco, los cuales son elaborados en ambil y mambe, respecti-
vamente, y son consumidos ritualmente de noche, cuando los
hombres se reúnen en círculos de conversación en el mam-
beadero, situado en lado de la maloca, la gran casa multifami-
liar. Las hojas de tabaco molidas son mezcladas con sal de
monte, hecha con cenizas de varias hojas de palmera. La pas-
ta de tabaco y sal, llamada ambil, es guardada en un pequeño
recipiente y colocada en la boca con un palito. Las hojas de
coca son tostadas y molidas hasta formar un polvo fino, llama-
do mambe. Este también se coloca en la boca, formando una
bola verde debajo de los dientes. Se considera que el tabaco y
la coca se combinan con la respiración de quien los lleva en la
boca, infundiéndole a sus palabras un poder divino que permi-
te aconsejar y curar a la gente, a las casas, a los objetos, y en
general, curar al mundo de todas las enfermedades acarrea-
das por las inmundicias de los animales.
107
Las mujeres son responsables de la producción y elabora-
ción del resto de los cultivos de las chacras: variedades de ají,
maní, maíz, piñas, hierbas medicinales, y especialmente, yuca,
incluyendo la manicuera, llamada «dulce», aunque es una va-
riedad venenosa. La manicuera es procesada para eliminar el
mortal ácido prúsico, y transformada en almidón para hacer
pan de casabe y bebidas de frutas, «cahuana», que son consu-
midas sin fermentar diariamente, así como durante las gran-
des fiestas colectivas para la curación de la maloca y de las
plantas. Los cultivos de las mujeres permiten alimentar y for-
talecer los cuerpos de los parientes de manera complementa-
ria a los cultivos de los hombres, que son utilizados para curar
a la gente mediante el uso ritual de la palabra.
108
rabiosa de verdad!», queriendo decir que trabaja con ardor, y
por lo tanto tiene derecho a exigir que los demás también
trabajen. Sin embargo, esta rabia se torna peligrosa si no es
controlada (Londoño, 2004:153-154).
La constitución a base de plantas de los hombres y las mujeres
responde a una concepción paralela de la reproducción: los hom-
bres son hechos de coca y tabaco, las mujeres de yuca, hierbas
frías y ají. Los hombres son predadores, las mujeres nutricias.
Al mismo tiempo, la diferencia entre los géneros está matizada
porque también se considera que los cuerpos de las mujeres y
de los hombres están hechos de las mismas substancias, sólo
que éstas se encuentran en proporciones diferentes. Los hom-
bres también poseen agencia nutricia y las mujeres, agencia
depredadora65. Es más, lo importante es que las agencias de
los hombres y las mujeres se constituyan la una a la otra de
modo dinámico, de tal manera que las mujeres hacen que los
hombres actúen de manera predatoria adecuada, defendiendo
y cuidando a los suyos. Igualmente, los hombres hacen que las
mujeres provean alimentos para el círculo de los parientes.
Para ambos géneros, las evaluaciones morales y estéticas
se expresan con relación a las nociones de frío (siíkuno) y ca-
liente (aigúkuno). Las sustancias, los pensamientos, las accio-
nes y las palabras de los hombres y de las mujeres son fríos si
es que contribuyen a fortalecer la convivencia, la fertilidad y la
abundancia de comida. Son calientes si es que provocan lo con-
trario. Por un lado, el control de la rabia, la disciplina, el sentido
de propósito, la generosidad, son las virtudes de la «persona
fría» (síikumiina). Por otro lado, la rabia descontrolada, los ce-
los y la ausencia de propósitos son calientes y llevan a la pérdi-
da de la salud y de la convivencia. (Londoño, 2004: 101-102).
Se considera que las personas calientes están contaminadas
por la «mugre» de los animales –plumas, pelos y heces– que se
introducen en su «canasto del conocimiento», el sitio de la me-
moria personal intelectual y afectiva, que corresponde la caja
del tórax. Esta mugre penetra en las personas por medio de las
comidas de carne, la cual puede llevar algún rastro de sangre a
109
pesar del cuidadoso proceso de purificación chamánica, que tie-
nen por objetivo «enfriar» la carne y transformarla en «fruta»66.
Esta mugre puede «hablar a través de las personas», o «cami-
nar en su nombre», apoderándose de ellas, enfermándolas, vol-
viéndolas perezosas y rabiosas. Por eso se aconseja que la gen-
te vomite todas las mañanas al bañarse, «para limpiar sus ca-
nastos de esta mugre indeseable» (Londoño, 2004:28).
La mayoría de las enfermedades afectan igualmente a los
hombres y las mujeres. Pero algunas son más comunes en un
género que en el otro. Las mujeres son particularmente vul-
nerables al ataque de un espíritu animal maligno llamado la
«mujer falsa», «mujer prostituta» o «mujer locura» (Londoño
2004:134). Es un ser vanidoso, incompetente, distraído, agi-
tado, que sufre de una rasquiña generalizada, en todo el cuer-
po, incluyendo, un insaciable deseo sexual.
6 6 Londoño informa que los procesos rituales para «enfriar» la carne de las presas
ya no se llevan a cabo hoy en día, pero los hombres consideran que la palabra
rafue, que avisa sobre la abundancia de las frutas, transforma a todas las presas
de caza en «frutas» dispuestas en el camino del cazador (Londoño, 2004:225).
110
ven violentos hacia sus propios parientes. Otra fuente de
contaminación viene de las sustancias alcohólicas, especial-
mente el aguardiente, consideradas sustancias predadoras.
Tradicionalmente, los muinane y uitoto no producían bebidas
fermentadas. La cahuana, hecha de almidón de yuca cocido
con las frutas de estación, es una bebida dulce que refresca
y engorda. Hoy en día, sin embargo, el consumo de aguar-
diente y otros psicoactivos comerciales constituye un pro-
blema grave en muchas localidades, donde el alcoholismo se
acompaña a menudo de violencia doméstica. Los muinane,
conscientes de la amenaza que el aguardiente implica en sus
poblados, consideran no solamente que el consumo de alco-
hol causa estragos, sino que los rasgos amorales del alcohol
se corporalizan en los consumidores y luego transmitidos a
los hijos a través de los fluidos sexuales.
111
bra masculina, rafue, infundida del aliento del tabaco y de la
coca. Una concepción similar se encuentra entre los uitoto.
La palabra de coca y tabaco rafue no es mera oratoria sino
un trabajo de transformación, «es un conocimiento que debe
actuar sobre el mundo y producir resultados tangibles: canas-
tas, leña, el primer amor de un muchacho [...] no se refiere ni
a las palabras ni a las cosas, sino a la actividad a través de la
cual las palabras se vuelven cosas, el movimiento a través del
tiempo de lo nombrado a lo tangible» (Echeverri, 2000:37.
Traducción propia). Rafue es el conocimiento y el esfuerzo de
las personas, que se manifiesta en el sudor de la gente, y que
«hace amanecer» las cosas. «Rafue entonces no es solamente
la palabra del baile; si esa palabra no genera ‘cosas’, no es
propia rafue, es sólo bakaki ‘cuento’» (Candre, 1993:162).
112
ante sus hijos de ambos géneros, para guiar su comportamien-
to, y en particular, para prepararlos para asumir sus responsa-
bilidades en la pareja. El libro Tabaco frío, coca dulce, fruto de la
colaboración entre Hipólito Candre Kinerai, un sabio uitoto, y
Juan Álvaro Echeverri, es un viaje por la oratoria poética de las
palabras de curación rafue: las palabras de la divinidad creadora
Padre Buinaima «para sanar a sus huérfanos». Los siguientes
versos pertenecen a «La palabra de fuerza».
El origen de la fuerza
está buscando.
Entonces,
como diciendo
«¿cuál es la verdadera palabra de fuerza?»
está buscando.
Entonces
el que trabaja tiene que
preparar su fuerza.
Esa fuerza
está en el ambil,
la fuerza
está en la sal de monte,
está en la coca.
113
Entonces, nada
se consigue
sólo con palabras.
Lo que sólo con palabras se busca
es de poca importancia,
es infructuoso.
Entonces [los antiguos] buscaron
una fuerza
que tuviese sustancia.
Después de mambear
y con buen alimento
iban a trabajar.
114
La fuerza es un concepto central en las relaciones y la agencia
de género. Un rasgo característico de las palabras de consejo
rafue es que enfatizan la equivalencia entre lo masculino y lo
femenino y demuestran la reciprocidad de los servicios y res-
ponsabilidades entre esposo y esposa. Esta equivalencia y re-
ciprocidad se hace presente en la cadencia del texto, que ba-
lancea simétricamente. Cada verso sobre lo que constituye y
alimenta la fuerza de la mujer es seguido por un verso sobre la
fuerza del hombre. Tanto la fuerza de la mujer como la del hom-
bre derivan de sustancias, plantas y conocimientos propios. Son
dos tipos de fuerzas paralelos, pero al mismo tiempo, entrelaza-
dos el uno al otro, así como el ritmo de las palabras de consejo.
Desconociendo el valor que tiene el ejercicio de la disci-
plina y el esfuerzo entre los pueblos amazónicos, algunos au-
tores han argumentado que la rutina del trabajo femenino es
un mecanismo político de subordinación. Rivière (1987:182),
por ejemplo, sostiene que las técnicas de procesamiento de la
yuca garantizan el control de las capacidades productivas y
reproductivas de las mujeres por los hombres. Entre los pue-
blos amazónicos que practican el matrimonio virilocal –donde
después de un período de servicio de la novia la mujer vive
en el poblado de su esposo– las técnicas de preparación de
pan y bebida de yuca son particularmente laboriosas y rutina-
rias, ya que estando lejos de la casa de su padre, no tiene a
ningún pariente cercano con autoridad sobre ella. Mantenerla
ocupada preparando comida gran parte del día es una estrate-
gia de control eficaz. Según Griffiths (2001), aunque los uitoto
y los muinane son virilocales y sus técnicas de fabricación de
pan y de cahuana de almidón de yuca son laboriosas y diarias,
el argumento de Rivière no se aplica. Primero, porque los hom-
bres también tienen técnicas laboriosas de transformación de
los cultivos67. Todos los días, los hombres pasan largas horas
cuidando y cosechando sus chacras, preparando ambil de ta-
baco con sal de monte y moliendo la coca para hacer mambe.
115
El tiempo en el mambeadero, y de noche conversando con los
otros hombres, también es considerado como un trabajo labo-
rioso. Segundo, porque el trabajo laborioso y rutinario es alta-
mente valorado como una disciplina que genera moralidad y
salud, tanto para mujeres como hombres. El problema con los
argumentos que evalúan las relaciones de poder entre los gé-
neros a partir de criterios externos, como el tiempo de trabajo
diario, es que no toman en consideración las concepciones de
los pobladores68. Lejos de ser mecanismos de subordinación,
el trabajo laborioso y el ejercicio de la fuerza por parte de las
personas de ambos géneros, son expresiones de salud, auto-
nomía y complementariedad.
116
Aunque esta práctica está cayendo en desuso, los niños y
las niñas suelen atravesar una etapa de búsqueda de visiones
al llegar a la pubertad. En el caso de las niñas, después de la
primera menstruación celebra una fiesta de iniciación en el
poblado. En el caso de los muchachos, la búsqueda de visiones
se da en lugares alejados y de manera individual. Las casca-
das son «espacios de visiones» reservados a los hombres y
los huertos, a las mujeres. La adquisición de fuerza y poder
femeninos está principalmente asociada a las visiones de
Nunkui, el arutam que transforma a la muchacha en una mu-
jer fértil y valiente, una hábil cultivadora. La adquisición de
fuerza y poder masculinos está asociada a Etsa, el arutam que
llena al muchacho de determinación bélica y de habilidades
para la cacería. Tsunki, el arutam de los remolinos, que apare-
ce como una boa o un reptil acuático, a veces bajo forma feme-
nina y otras bajo forma masculina, es asociado a ambos géne-
ros y al poder chamánico que puede ser detenido tanto por los
hombres como por las mujeres que deseen desarrollar sus
capacidades visionarias69.
En su libro Tsewa’s Gift (La dádiva de Tsewa), Michael
Brown muestra que entre los aguaruna, la relación visionaria
de las mujeres con Nunkui se materializa en la posesión perso-
nal de piedras mágicas nantag, que son objeto de grandes cui-
dados y secretos, y son utilizadas para promover el crecimien-
to de las plantas en las chacras, especialmente la yuca. Gene-
ralmente, las piedras nantag aparecen en sueños, mostrándole
a la mujer dónde encontrarlas al despertar. Estas piedras, así
como las plantas de yuca, se nutren de sangre, por lo que las
mujeres deben alimentarlas regularmente con el equivalente
ritual de su sangre, una bebida hecha de achiote y plantas
perfumadas diluidas en agua, que la mujer vierte cantando so-
bre los brotes de las plantas. Según las mujeres, este líquido es
su sangre. De no ser regularmente alimentadas, las piedras
mágicas y las plantas de yuca podrían devorar a los propios
hijos de la mujer, o a alguna otra persona, especialmente a un
117
niño, que pasase por la chacra inadvertidamente. Al alimentar
a sus plantas con su sangre, las mujeres le cantan a las plantas,
sus hijas vegetales, para evitar que éstas maten o enfermen a
sus hijos humanos, y más bien hacer que beban la sangre del
añuje y del majaz, animales que se alimentan de la yuca de las
chacras, enemigos de las dueñas de chacras.
Mi hijito
Tiene el pelo cortado en fleco
Mi hijito
Tiene sangre.
El hijo del enemigo
Tiene una cara oval
Tómate su sangre.
La sangre del majaz,
Toma, toma.
La sangre del añuje,
Toma, toma.
No tomes la sangre de mi hijito…
(Brown, 1984:143)
7 0 Ver capítulo 2.3 sobre la identificación entre plantas y cultivadora entre los
quichua canelos.
118
de los chamanes varones que utilizan ayahuasca (Baniste-
riopsis caapi) y otras plantas psicoactivas. Por esa razón, los
hombres y las mujeres que desean perfeccionar el arte vi-
sionario del chamanismo deben evitar tener contacto con la
menstruación. Con este propósito, las mujeres utilizan una
variedad de plantas cyparaceas, localmente llamadas piripiri,
para eliminar sus reglas y controlar su fertilidad en los pe-
ríodos requeridos para su entrenamiento chamánico (Berlin,
1995) 71 .
Las personas72 que desean perfeccionar su capacidad vi-
sionaria, deben someterse a repetidos y prolongados perío-
dos de dieta y reclusión, y aprender a «controlarse a sí mis-
mo». Los chamanes de ambos géneros deben superar el ham-
bre y la fatiga, y sobre todo, suprimir sus sentimientos de
rabia y sus deseos de venganza (Perruchon, 1997:60). Se
considera que al controlar su rabia, el chamán también con-
trola los dardos mágicos tsentsak que encarnan el poder
chamánico transmitido a sus cuerpos mediante visiones jun-
to con canciones mágicas. Al dejarse llevar por la rabia, en
cambio, los dardos se le escapan, clavándose en las perso-
nas cercanas y causando enfermedades entre el círculo de
parientes y vecinos cercanos. Por esta razón, la acumulación
de fuerzas y poderes solamente conduce a fines curativos
cuando se acompaña de la disciplina sobre la rabia. De lo
contrario, puede llevar a la expulsión de la comunidad o la
matanza del chamán culpado de brujería73.
119
El resto de las personas que no se especializan en el cha-
manismo suelen recurrir a la búsqueda de visiones ocasional-
mente, en diferentes momentos de sus vidas, para fortalecer-
se y guiar sus decisiones, especialmente en los momentos de
crisis personal y matrimonial. El siguiente anent, «canto má-
gico», fue entregado en una visión por Tsunki a una mujer
shuar, que, después de una pelea con su esposo, tomó un bre-
baje de tabaco a la orilla del río. En el canto, la mujer invoca
fortaleza para afrontar una situación difícil «sin quebrarse» ni
doblegar la cabeza.
Árbol Katiruna
Soy Katiruna
No soy una simple mujer
Aunque me llaman ser humano
El viento me mece
Pero no me doblega nunca
Sola mantengo erguida mi cabeza [...]
120
En voz alta la esposa dice entonces a su esposo: «¿Por
qué estás caminando por ahí en lugar de ayudarme?». El
hombre grita: «¡Cállese!» y levanta su brazo derecho ha-
cia su esposa. Entonces su esposa le contesta: «¡Cállese
usted!» y lo golpea en el hombro. El esposo empieza a
reír y su esposa se le une» (Perruchon, 1997:53).
121
caso de urgencia. Las primerizas siempre reciben ayuda, por-
que se considera que tienen las caderas aún estrechas y como
no tienen experiencia «no saben» parir. Pero las mujeres con
experiencia y buena salud prefieren intentar parir «solitas,
haciendo fuerza»75, algo que desde el punto de vista de los
pobladores de las ciudades, acostumbrados al parto en el hos-
pital, es altamente riesgoso.
Los yine76 conciben el parto como un momento en donde la
fuerza de la mujer, contenida en sus huesos y su buena postu-
ra, es desplegada para enfrentar la muerte parada, de cuclillas,
hasta expulsar al bebé. La idea de que la fuerza de una mujer
reside en la buena postura de sus huesos se sustenta en la
práctica de «acomodar» ritualmente los huesos de las jóve-
nes durante la reclusión de la menarquia. Cuando menstrúa la
primera vez, el cuerpo de la muchacha se vuelve blando, como
el de un recién nacido. Por esta razón, debe evitar exponerse
a cualquier influencia externa que podría dejar una marca ne-
gativa en ella, ya sea física, mental o espiritual. La muchacha
debe permanecer echada con la espalda recta mientras que
su madre, su abuela materna, u otra mujer cercana, le da con-
sejos y le masajea los huesos para «acomodarlos», asegurán-
dose, de esta manera, que la muchacha no crecerá jorobada y
podrá cargar pesos y trabajar con energía.
Durante la vida cotidiana, las mujeres ejercitan su fuerza
al cargar cosas pesadas en la cabeza, ya sea baldes de agua o
canastas llenas de productos de las chacras. Esta «técnica del
cuerpo» (Mauss, 1968), requiere, en efecto, mantener la es-
palda recta y tener las piernas robustas y flexibles, porque
todos los movimientos reposan en la solidez de las piernas.
Las mujeres continúan trabajando y cargando pesos durante
el embarazo hasta el día del parto, cuando la fuerza ejercitada
durante toda una vida de buena postura y trabajo es utilizada
para traer al mundo un nuevo pariente, de manera discreta,
122
sin gritar, si es posible, «sin que nadie la mire». Para que el
parto sea un éxito, la mujer debe mantener la tranquilidad y el
control sobre su fuerza, y pujar en el momento preciso. Por lo
general, las mujeres intentan dar a luz sin ayuda, encarando
solas y en silencio el dolor de las contracciones. Solamente
cuando perciben que no pueden controlar más sus fuerzas, y
que el bebé está a punto de «vencerlas», mandan llamar a una
pariente para que les brinde ayuda.
La ayuda que las mujeres suelen recibir, se reduce por lo
general a la de una pariente, quien le aprieta el vientre con
ambos brazos, parada detrás de ella, abrazándola por debajo
de las axilas. El parto es concebido como una guerra librada
con mucho sudor, por la parturienta y su ayudante, contra el
bebé. Una de las principales funciones de la ayudante es evi-
tar que la parturienta se acueste, porque si lo hiciese, estaría
abdicando ante el bebé, obstaculizando el parto. «Ya la iba a
vencer el bebito», me explicó una mujer yine después de ayu-
dar a parir a su cuñada: «‘No te eches’, le dije, ‘empuja fuerte
con las manos. No te dejes vencer’. Estaba sudando mucho»
(Belaunde, 2003:134). El parto, así como otros momentos sig-
nificativos en la vida de las personas, está asociado a sueños
visionarios que le permiten a una persona comprender el
desenlace de una situación difícil en su vida. La misma mujer
me contó que días antes había soñado que mataba a palazos a
un tapir embravecido77. Como no estaba segura de su signifi-
cado, prefirió quedarse callada, esperando ver qué aconteci-
mientos le traía el destino. Después del parto, comprendió
que el sueño le estaba «avisando» que el parto sería un éxito,
pero que iba a tener que hacer un gran esfuerzo, porque así
como había sudado para matar al tapir, iba a sudar para lograr
expulsar al feto. Para que la guerra contra el feto sea un éxito,
tanto la parturienta como la mujer que la ayuda deben hacer
fuerza y sudar. Por esta razón, a pesar de que a menudo las
mujeres reciben la ayuda de la fuerza de otras mujeres, las
mujeres suelen decir que parieron «solitas, haciendo fuerza»,
permaneciendo de pie.
7 7 Ver en la conclusión para una interpretación de la figura del tapir con relación a
la placenta.
123
Una de las principales razones por la que las mujeres yine
se rehúsan a ser atendidas por personal médico, es que no les
permiten mantenerse de pie. «La enfermera me dijo que me
echara en la cama», me explicó una mujer, «pero yo no me
podía quedar ahí. Sentía un peso en el pecho y estaba deses-
perada por pararme. La enfermera me dijo ‘puja, puja’, pero
¿cómo iba a poder hacer fuerza si estaba echada sobre la es-
palda?» (Belaunde, 2003:140). A pesar de su importancia cen-
tral en la vida de las mujeres y la constitución del parentesco,
existen muy pocas etnografías sobre el parto y la manera como
las mujeres amazónicas cuentan sus experiencias al parir. En
otras partes del mundo, especialmente en las ciudades donde
el parto es generalmente asistido, los estudios describen la
interacción entre el personal médico y la parturienta en casos
de parto normal como una expresión del poder de la medicina
profesional y tecnológicamente compleja, y generalmente mas-
culina, de monopolizar el «conocimiento autoritativo» (Jordan,
1997) y desvirtuar la capacidad de acción de la mujer sobre el
parto. Entre los yine, en cambio, las mujeres desarrollan su
propio conocimiento autoritativo en base a su experiencia del
primer parto. Una vez que tienen un conocimiento corporal
del parto y «saben parir», controlan la decisión sobre a quién
pedir ayuda y en qué momento. Su rechazo a los servicios
médicos en caso de parto normal es una afirmación del gran
valor atribuido a su capacidad de aguantar el dolor discreta-
mente, y ejercitar la fuerza de sus huesos «acomodados» por
sus madres y abuelas. Es decir, la autonomía de las mujeres al
parir es una expresión de sus relaciones con otras mujeres,
con quienes aprendieron y unieron sus fuerzas para dar a luz78.
En algunos casos, especialmente cuando la pareja lleva
varios años de casada, el hombre ayuda a su esposa a parir.
Recoge y baña al bebé, y también prepara la comida y cuida de
la casa durante varios días después del parto, permitiendo
que su mujer descanse y se recupere en caso de parto difícil
124
(Belaunde, 2003:128). La placenta es enterrada de inmediato
en las cercanías del lugar del parto para asegurar el bienestar
del recién nacido. El padre también tiene una serie de res-
ponsabilidades rituales de la covada que derivan del hecho de
que, para los yine, el bebé «viene de los cuerpos» de su padre
y de su madre (Gow, 1991:152). Durante el parto, el padre
debe mantenerse tranquilo, caminar lentamente y evitar cual-
quier movimiento brusco que, se considera, podría hacer so-
bresaltar al bebé en el útero y obstaculizar el nacimiento. Al
día siguiente del nacimiento, el padre «toma la ishpa», la orina
ritual del recién nacido, bebiendo un poco de aguardiente, ge-
neralmente solo o en compañía de sus compadres. Durante los
meses que siguen, hasta que el bebé pueda caminar, el padre
mantiene una serie de restricciones sobre sus acciones y su
comida, con relación a los animales y las plantas, que podrían
«cutipar» al recién nacido, es decir, «tomar venganza» y
«apegar» sus características sobre el pequeño. Si el padre mata
a un jaguar, el niño muere. Si lo toca o lo mira, el niño sufre
ataques de llanto constantes (Gow, 1991:154). Si come carne
de huangana, el niño se llena de garrapatas, así como las
huanganas. Si el padre tiene relaciones sexuales, el niño tose,
atorándose con el semen de su padre que causa flema. «Hay
tantas cosas que uno no puede hacer. Si uno no sabe que le ha
hecho daño al niño, se muere» (Gow, 1991:154). Las restric-
ciones alimentarias también se aplican a la madre, mostrando
que existe una unidad corporal, mental y espiritual entre los
tres: padre, madre y recién nacido. Un hombre que no se ciñe
a las restricciones de la covada, manifiesta su desconocimien-
to de la paternidad de un niño, o niña, y causa su muerte.
Actualmente, sin embargo, entre los yine, así como en mu-
chos otros pueblos de la Amazonía, el abandono progresivo de
la práctica de la covada va de la par con el aumento del núme-
ro de madres solteras, un fenómeno poco conocido en el pasa-
do, probablemente, debido a que a menudo el no reconocimiento
de la paternidad conducía al aborto o al infanticidio.
125
126
CAPÍTULO CUATRO
Sangrar rojo
7 9 Demange (2002:49).
127
«palabra de oración y conocimiento» hay que adoptar una pos-
tura corporal quieta y centrada: sentado en un banco. El con-
cepto de banco (kumu) tiene múltiples significados. En un
sentido material, el banco es el asiento tallado de madera uti-
lizado por los hombres «pensadores» (kumua) para mambear
coca y lamer ambil de tabaco80, conversar en las noches en el
mambeadero y celebrar rituales de curación. Es tal la asocia-
ción entre el conocimiento de un pensador y su banco, que se
considera que los bancos de los grandes pensadores repre-
sentan al cosmos. Su uso está reservado a los hombres pensa-
dores. Las mujeres se sientan en butacas o en el suelo con las
piernas cruzadas.
En su tesis, La formación de masa goro «personas verdade-
ras», Dany Mahecha sostiene que el concepto de banco tam-
bién tiene un sentido corporal. El banco de una persona es su
centro de apoyo interno, en el que se depositan su energía y
sus conocimientos, volviéndose parte de su cuerpo. Tanto los
hombres como las mujeres tienen varios «bancos de pensa-
mientos», que sustentan sus habilidades de trabajo propias y
sus decisiones personales. Sin embargo, solamente los hom-
bres actúan como «curadores», efectuando los rituales de ad-
quisición y protección de los «bancos de pensamiento» de las
personas de ambos géneros de su comunidad. (2004:111).
Según la teoría macuna de la concepción, el feto es hecho
de la mezcla de semen paterno y sangre materna; sin embar-
go, si el bebé es niño, «se le pega más lo del papá», y si es
niña «lo de la mamá», de acuerdo a una concepción de la re-
producción paralela (Mahecha, 2004:173). Al mismo tiempo,
los hijos de ambos géneros pertenecen a la «gente» de su
padre, es decir, al grupo territorial de descendencia patrilineal.
Cuando un niño o una niña nace, el curador recorre por medio
de la «palabra de oración y conocimiento» todo el territorio de
la gente del padre del recién nacido81. Se dice que el curador
128
recorre el «camino del pensamiento» del recién nacido, pre-
sentándolo ante todos los lugares sagrados de su territorio y
recibiendo de estos sitios las «defensas» que el niño o la niña
incorporará y manejará durante el resto de la vida. Este pro-
ceso de curación es usado para nombrar, asentar el espíritu
(isi) del recién nacido y darle salud (Mahecha, 2004:111)82.
Las defensas entregadas por el curador son sustancias ali-
menticias y rituales que el niño o la niña producirá y que, al
mismo tiempo, sustentarán su cuerpo, dándole vitalidad y áni-
mo para trabajar. Ambos géneros tienen sus cultivos propios,
los cuales son sus principales defensas: la yuca para las muje-
res, la coca y el tabaco para los hombres.
Nosotras somos
Puro palo de yuca [...]
El pensamiento de nosotros,
La alma de nosotros,
De las mujeres son
Puro palo de yuca [...]
El hombre es puro coca,
Tabaco [...]
El hombre necesita la coca
Es para pensar
Para arreglar el mundo [...]
para estar mirando,
es que él mira con pensamiento,
él lo está rezando pa’que no suceda nada
(Palabras de Ligia, mujer macuna. Mahecha, 2004:109-111).
129
los órganos receptores del entendimiento intelectual y afecti-
vo, y depositados en sus «bancos de pensamientos» junto con
las «defensas» entregadas por los curadores. Para los macuna,
la crianza es exitosa si los niños y las niñas desarrollan un «pen-
samiento sajari, calmado, dulce, que no tiene rabia y que recibe
bien», es decir, si es que ambos géneros aprenden a ser traba-
jadores, generosos y buenos anfitriones (Mahecha, 2004:140).
Por lo tanto, es importante que las personas de cada género
desarrollen aptitudes diferentes pero igualmente orientadas
hacia la vitalidad y la convivencia. Los hombres, hechos de ta-
baco y coca, desarrollan keti oka, la «palabra de oración y cono-
cimiento» para actuar como curadores. Las mujeres, hechas de
yuca, desarrollan un «banco de pensamientos» en el útero, lla-
mado «banco de dieta y reclusión (bedi)», que les permite men-
struar y procrear, pero no manejar el keti oka, por lo menos
mientras están en edad de menstruar83 (Mahecha, 2004:160).
A veces los hombres dicen que las mujeres en edad fértil «no
tienen pensamiento», refiriéndose a que no tienen ni la capaci-
dad ni la responsabilidad de curar a las personas con «la palabra
de oración y conocimiento». La exclusión de las mujeres en
edad fértil del uso de la «palabra de oración y conocimiento» se
dio en los tiempos míticos, cuando «los cuatro seres vivien-
tes», los ayabaroa, robaron la flauta del yuruparí (je) a Rõmi
Kumu, la «Mujer curadora del mundo», quien en venganza mal-
dijo al mundo, llenándolo de chismes, conflictos y contamina-
ción. Este robo también significó una revolución de poder y una
redistribución de las responsabilidades entre los géneros.
8 3 Con respecto a los miraña, un pueblo de familia lingüística bora, vecinos de los
macuna y que también mambean coca, Karadimas (1997:374) sostiene que «es
por lo demás cuando la sangre menstrual de una mujer se seca, que una mujer
puede, si es que lo desea, participar en los círculos de los mambeadores de
coca. Se trata, una vez más, de la oposición entre el principio productor feme-
nino y el principio enunciador masculino, el cual es comprendido por un solo
esquema: el de la procreación. Cuando una mujer ya no puede procrear, pasa del
lado de los hombres. Después de la menopausia la mujer se convierte definiti-
vamente en una productora de palabras».
130
querían quitar el yuruparí a Rõmi Kumu, porque ella
quería ser más poderosa que los hombres y ellos no de-
seaban eso. Un día que ella estaba mambeando en su
banco curando al mundo, mirando yuruparí –ya había
sacado a los hombres con los ralladores de yuca de la
maloca–, como en la mitad de la curación, uno de los
ayabaroa preguntó: –¿cómo podemos hacer para sacar-
la a ella y quitarle ese poder? El otro, el menor, les dijo
que podían hacerlo empleando el sébero (el yuruparí
hembra, que es más pequeño). Rõmi Kumu tenía escon-
dido el yuruparí macho en su vagina, y los ayabaroa
entraron y le rodearon con el yuruparí hembra, más
corto. En ese momento, le llegó la menstruación y ella
tuvo que abandonar el banco y no pudo terminar la cu-
ración. Por eso, ella maldijo el mundo y les dijo a los
ayabaroa: –ya que ustedes me quitaron «esa cosa», aun-
que ustedes sean buenos curadores y tengan mucho co-
nocimiento, ustedes van a vivir en problemas con otras
tribus, hasta el fin del mundo. Por eso hay chismes, pro-
blemas, acusaciones y envidias entre los pensadores
(Narrado por Lucía Macuna. Mahecha, 2004:158).
131
so. «Los muchachos que participan en la iniciación represen-
tan a los dioses cuando hacían dieta con Rõmi Kumu», explica
un sabio macuna (Arhem et al., 2004:225) y tienen que respe-
tar la disciplina de la reclusión. «Si no obedecen esta regla
pueden quedar embarazados por el yuruparí; entonces se en-
ferman, se adelgazan y se mueren» (Arhem et al., 2004:224).
Solamente los hombres respetuosos de la dieta y reclusión de
Rõmi Kumu pueden conocer y utilizar la «palabra de oración y
conocimiento» y manejar la purga de impurezas del flujo de
sangre de las mujeres del poblado para ordenar su fertilidad,
cuántos hijos deben tener y que tan seguidos84.
8 4 Van der Hammen (2000) sostiene que en el pasado, entre los upichía, un pueblo
tucano oriental que ha adoptado una familia lingüística arawak, el control de la
natalidad a través del manejo ritual de la menstruación era organizado colecti-
vamente y reflejaba las jerarquías sociales internas. También se utilizaban
plantas especiales para tener sólo hijas o sólo hijos. La mitología upichía cuenta
que el primer ancestro de los upichía utilizó la planta llamada «flecha de perro
de monte nocturno» para tener sólo hijos varones. Pero los ancestros se dieron
cuenta de que esto no era bueno porque los hijos hombres no se reproducían y
eran «pérdidas humanas». La posibilidad de tener sólo hijas mujeres comenzó
con Luna (Keri) y las mujeres primordiales y la utilización del latex de juansoco.
«Keri (Luna) es un personaje mítico que originó el incesto, de la vergüenza que
sintió al ser descubierto murió; otros seres creadores lo revivieron, pero él
muere cada mes (en Luna nueva) para recordar la vergüenza del incesto origi-
nal» (Van der Hammem, 2000:41). Como otros grupos tucano oriental, hasta el
día de hoy los upichía tienen pocos hijos, pero contrariamente a otros grupos
que valorizan particularmente a los niños varones, los upichía prefieren tener
hijas mujeres.
8 5 Ver S. Hugh-Jones (1979) y C. Hugh-Jones (1979) para un análisis del simbolismo
reproductivo de los rituales del Yuruparí entre los barasana, otro grupo de
familia lingüística tucano oriental. Estos autores sostienen que la asociación de
132
te de impurezas, pero este proceso se puede llevar a cabo
exitosamente solamente si un curador efectúa los rituales para
protegerla de su desangramiento y preparando su sangre para
la gestación, el post-parto y el período intergenésico entre los
partos, que generalmente es de unos tres años (Mahecha,
2004:162). Uno de los peligros de la menstruación se debe al
efecto de visibilidad de la sangre menstrual, que desvanece
las barreras que habitualmente separan a los humanos de los
otros espíritus comesangre del bosque y los ríos, los jaguares
y los bufeos que intentan devorar o raptarla.
Unos días después del ataque de los animales y los otros se-
res del bosque y los ríos, la mujer o sus hijos comienza a tener
dolores corporales y alergias, se enferman, y si no son cura-
las mujeres con la luna a través del sangrado periódico sustenta una concepción
cíclica del tiempo, mientras que las prácticas rituales de la palabra de los
hombres sustentan una concepción lineal del tiempo dirigida hacia la eternidad
de los ancestros. Como las mujeres renuevan su piel varias veces a lo largo de
la vida, los barasana consideran que también viven más años que los hombres.
133
dos a tiempo, se mueren (Arhem et al., 2004:211). Para prote-
gerla, el curador prepara pintura roja de carayurú (Bigmonia
chica) para que se unte el cuerpo. Esta pintura neutraliza el
efecto de visibilidad de la sangre menstrual, volviendo a la
mujer otra vez invisible ante ellos, protegiéndola bajo una co-
raza de color rojo86. La mujer debe mantenerse reclusa y res-
petar una dieta, evitando comer carne de animales que san-
gran mucho o frutas grasosas, que le podrían causar una he-
morragia. Así logra transformar el peligro de enajenamiento
en una revitalización de sus capacidades productivas y repro-
ductivas. Cuanto más respete la dieta, purgándose de todas
las sustancias contaminantes que ha consumido durante el mes,
como la carne ahumada y grasosa de los animales y las frutas
del monte, más acumula energías cósmicas je. Por esto, se
dice que las mujeres respetuosas de la reclusión están mejor
protegidas contra las enfermedades que los hombres. En cam-
bio, las que no respetan la dieta y reclusión, se debilitan y
envejecen rápidamente (Mahecha, 2004:70).
Otro peligro de la menstruación deriva del calor de la
sangre derramada que lo impregna todo, destruyendo los
«bancos de pensamiento» y los productos de ambos géne-
ros87. Por ejemplo, si una mujer menstruante toca almidón
de yuca para preparar pan, las plantas de yucas en su chacra
se ven afectadas por su calor y se enferman. «Todo se pone
rojo y empieza a enfermarse» (Arhem et al., 2004:207). En
particular, el calor de la sangre menstrual ensucia los «algo-
dones de los oídos» de los hombres, volviendo su «palabra
de oración y conocimiento», caliente y rabiosa, haciendo
ineficientes sus curaciones.
134
Tocar cualquier cosa con la menstruación es como es-
tar matando su mente. Si una mujer tiene la menstrua-
ción, debe avisarle al curador para que proteja la casa,
todos los espacios y todos los elementos masculinos
(Curador macuna. Arhem et al., 2004:207).
135
bosque y los ríos, similar a la de una mujer menstruante,
porque está procesando la sangre de Rõmi Kumu.
Prácticas similares han sido descritas para los otros pue-
blos de habla tucano oriental de Colombia y Brasil que también
celebran el yuruparí. A menudo las etnografías suelen acen-
tuar que el complejo del yuruparí implica la apropiación de la
fertilidad femenina por los hombres, la subordinación ritual de
la mujer y su identificación con la impureza y la enfermedad.
También sostienen que la subordinación ritual femenina es re-
forzada socialmente por el contexto patrilineal y virilocal, y
por la exogamia lingüística practicada los pueblos tucano orien-
tal: los hijos de ambos géneros pertenecen al grupo de des-
cendencia del padre, y al casarse las mujeres dejan su pobla-
do para vivir en el poblado de sus esposos, en donde se habla
otro idioma. Las técnicas de trabajo de las mujeres para la
preparación del pan y de la bebida de yuca también son colo-
cadas como otro mecanismo para asegurar la subordinación
cotidiana de las mujeres en el poblado88.
No obstante, al mismo tiempo, las mismas etnografías sos-
tienen que en la práctica de la vida diaria, las mujeres tienen
un alto grado de autonomía y ejercen una influencia significa-
tiva sobre sus esposos, teniendo derecho a exigirles que trai-
gan carne y mercancías y trabajen tumbando chacras para el
sustento de la familia89. El hombre tiene la obligación de res-
136
ponder a sus exigencias. Como explica un hombre macuna:
«[…] no hay nada más aburrido que regaño de mujer y lo peor
uno tiene que aguantar, para eso uno coge mujer» (Mahecha,
2004:166). Concuerdo con la idea que las mujeres están su-
peditadas a la acción ritual de los hombres. Pero sugiero que
si nos quedamos en esta afirmación, no veríamos la imagen en
su conjunto. Los rituales del yuruparí afirman que la procrea-
ción también es un asunto de hombres puesto que estos roba-
ron las flautas del poder a la «Mujer curadora del mundo» y
fueron maldecidos por ella. El éxito de los procesos reproduc-
tivos depende del respeto de la dieta y reclusión por ambos
géneros, y en particular, del cumplimiento de los rituales por
los hombres. Al mismo tiempo, estas prácticas permiten tejer
una intimidad y complicidad reproductiva entre hombres y
mujeres.
Hoy en día, por ejemplo, las muchachas macuna que se
encuentran estudiando internas lejos de casa suelen escri-
bir a sus padres para contarles cuando comienzan a mens-
truar y pedirles la protección ritual de los curanderos del
poblado. Mahecha (2004: 181) menciona que muchas veces
los antropólogos que trabajan en la localidad sirven de men-
sajeros, llevando paquetes con pintura de carayurú de los
curanderos del poblado para las jóvenes. Sin embargo, actual-
mente, y en parte debido a la asistencia al colegio mixto y a la
burla de los colonos ante las prácticas indígenas, muchas mu-
jeres ya no se ciñen a las dietas y la reclusión menstrual.
Como explica un sabio macuna: «Hoy en día, las mujeres no
creen que les pase nada por andar en el monte con la mens-
truación; de hecho, muchas de ellas no le avisan a nadie que
están con la regla y andan por todos lados llenas de sangre»
(Arhem, 2004:212). El abandono de las prácticas femeninas
va de la par con el abandono por parte de los hombres de los
rituales equivalentes para la protección de las mujeres mens-
truantes y embarazadas, y la covada para el reconocimiento
de los hijos. Como en muchas otras partes de la Amazonía,
137
los casos de madres solteras, antes desconocidos entre los
macuna, están en aumento90. Según las explicaciones de los
sabios macuna, el abandono de las prácticas de curación por
parte de los hombres se debe a una multiplicidad de facto-
res, pero principalmente a las fallas de los hombres curadores
de la actualidad.
Por un lado, los curadores han asumido el liderazgo políti-
co para la defensa de la ciudadanía indígena y el rescate del
territorio étnico frente a las instituciones del Estado, y se en-
cuentran mucho tiempo fuera de sus comunidades, descui-
dando la salud y la enseñanza de los jóvenes.
138
Supuestamente los niños deben asimilar el conocimien-
to de las dos culturas para defender los intereses cul-
turales dentro de la educación escolarizada en cole-
gios o escuelas ubicadas al interior de las comunida-
des indígenas [...] Definitivamente, nuestra educación
tiene un momento especial y una forma muy propicia
para impartirla, cosa que en ningún momento valdría
la pena mezclar con la cuestión de las escuelas. Hay
una educación especial para los hombres y otra muy
diferente para las mujeres, además se dan en espa-
cios totalmente diferentes. La cultura se aprende vien-
do, viviendo y practicando [...]
139
esposas se atendían bien y estaban pendientes el uno
del otro. (Palabras de Roberto García, Arhem et al.,
2004:432-434).
140
mujeres menstruaban, sus esposos se encargaban de cuidar a
los niños. Después de parir, los hombres preparaban platillos
de dieta, con animales sin sangre como los gusanos suri
(Calandra palmarum). Este gesto era recordado por las muje-
res como una manifestación particularmente vívida de amor y
compasión por ella y el recién nacido. Hoy en día, debido a la
adopción del evangelismo y el abandono del chamanismo a
base de ayahuasca o yajé (Banisteriopsis caapi), las mujeres
han dejado de lado las prácticas de reclusión menstrual den-
tro de la comunidad, pero evitando aún desplazarse por el
monte o tomar baños de río, ya que consideran que el olor de
la sangre las vuelve visibles y vulnerables al ataque de los
espíritus huati del bosque y del interior de las aguas.
9 2 Ver Vilaça (1996); Regan (1983) y Agüero (1994) con respecto a la conversión
religiosa entre los pueblos amazónicos.
141
era concebido como una técnica de «conversación» con las
divinidades, con los «dueños» espirituales de los animales y de
las plantas, y con los huati, los espíritus de la transformación
que rigen las enfermedades. Para poder tomar yajé y «sobresa-
lir» en el chamanismo, los hombres debían someterse a repeti-
dos períodos de dieta y reclusión, evitando comer carne grasosa
de animales con mucha sangre, guardando abstinencia sexual y
manteniéndose alejados de las mujeres menstruantes o de las
mujeres que habían dado a luz recientemente. De lo contrario,
durante las sesiones chamánicas, en lugar de obtener «visio-
nes» (toya) de las divinidades y de establecer asociaciones con-
troladas con los espíritus huati, eran agobiados por visiones
monstruosas e incontrolables de huati que los enloquecían en el
torbellino de su poder y los transformaban en brujos. Según su
pensamiento, un hombre que no conseguía «mandar» sobre los
huati utilizándolos como espíritus auxiliares para el trabajo de
curación, y manteniéndolos a la debida distancia para que no se
apoderen de él, se transformaba en huati y adoptaba el punto
de vista de los huati sobre el mundo, volviéndose un ser come-
sangre, depredador de sus propios parientes. Por otro lado, el
olor a sangre, a semen y la carne grasosa es repulsivo para las
divinidades como luna Ñañe y la otra «gente verde» (jëña pai)
del cielo, y los lleva a retirarse y negarse a aparecer y conver-
sar con los chamanes, destruyendo sus capacidades de cura-
ción. Por lo general, todos los hombres que habían tomado yajé,
debían evitar las comidas grasosas y mantener distancia de las
mujeres menstruantes, sino corrían el riesgo de enfermarse,
aún cuando no estaban tomando yajé en esos días. Debido a las
restricciones alimenticias pendientes sobre los hombres, la
mayoría eran delgados y musculosos. Las mujeres, en cambio,
eran robustas y consumían una mayor proporción de grasa y
carnes rojas que los hombres.
142
El hombre contaminado por la sangre menstrual y el post-
parto, sufría de una «enfermedad de la suciedad» (sitsi dahuë)
o «enfermedad del otro» (tion dahuë). Esta comienza con un
fuerte dolor de cabeza y, de no ser curada por un chamán ex-
perimentado, conduce a una hemorragia nasal que puede ser
fatal. Para mi gran sorpresa, los casos de contaminación me-
nor pueden ser curados con aspirina. Varias veces durante mi
estadía, los hombres se me acercaron a pedir esta pastilla ex-
plicando que «tenían un tigre rugiendo en la cabeza» por ha-
berse acercado a una mujer menstruante. El dolor de cabeza
era interpretado como la evidencia de ser acechados por los
jaguares comesangre.
Debido a las exigencias alimenticias e higiénicas del cha-
manismo, los hombres jóvenes pasaban gran parte del día de
dieta y tomando yajé por las noche, entre hombres, alejados
de sus esposas. Las mujeres mayores se acuerdan de la épo-
ca de su matrimonio como a un tiempo de soledad, pero seña-
lan que ellas querían que sus esposos tomasen yajé para que
pudiesen curar a sus hijos y asegurar la abundancia de comi-
da y el bienestar de sus familias. Con el pasar del tiempo, los
chamanes poderosos adquirían protección contra los efectos
de la sangre y no necesitaban aislarse tan prolongadamente
de sus esposas, quienes al llegar a la menopausia también
podían iniciarse en el chamanismo. Durante la vejez, las pa-
rejas solían pasar gran parte del tiempo juntos y compartir
sus días y noches de trabajo. Durante la juventud, las muje-
res tomaban yajé ocasionalmente, en particular cuando de-
seaban «ver» a un hijo muerto. Pero las dietas necesarias para
acumular poderes chamánicos eran «muy duras para el cuer-
po», causando un adelgazamiento incompatible con el duro tra-
bajo de la maternidad y la lactancia. En la actualidad, los pa-
trones de belleza y salud continúan siendo diferentes para los
géneros. Los hombres deben ser delgados y musculosos para
correr con facilidad tras las presas en el bosque; las mujeres
robustas y fuertes para cargar los productos de la chacra. Se
recomienda que las mujeres no hagan caminatas prolongadas
por la selva de manera regular, para evitar que pierdan peso.
Para poder tomar yajé, las mujeres debían estar totalmen-
te limpias de rastros de sangre. Según su decir, debían «pare-
143
cer hombres» (ëmëje paiye). Para marcar el estado de su san-
gre, las mujeres solían pintarse la boca y los dientes de negro
masticando las hojas de yanamuco cada vez que terminaban
de sangrar. El tinte permanecía unos días hasta desvanecer-
se, indicando el tiempo en que la mujer «parecía hombre». El
tinte también indicaba el tiempo para procrear93.
9 3 También utilizan plantas y técnicas rituales para influir en el sexo del feto. Los
hombres son asociados a las hojas de setico blanco y las mujeres a las plantas de
hue’eco, utilizadas para teñir los dientes de negro.
144
pai. Para los quichua el matrimonio con un airo-pai es riesgoso
debido a su reputación de ser poderosos chamanes, muy su-
periores a los chamanes quichua.
Las estrechas relaciones entre chamanismo y reproduc-
ción rara vez son objeto de análisis en las etnografías. La
mayoría de los estudios antropológicos enfocan la práctica
masculina del chamanismo, y sus aspectos cosmológicos y
políticos, como si existiesen fuera del contexto de las prácti-
cas reproductivas de la pareja y de las prácticas femeninas
del chamanismo94. El caso de los airo-pai muestra que hablar
de chamanismo sin hablar del manejo del flujo de la sangre y
de la fertilidad por ambos miembros de la pareja, es amputar
y distorsionar su significado. En lugar de hablar de chama-
nismo a secas, deberíamos hablar de un complejo chamánico-
reproductivo en el que la sangre, y otros fluidos derivados
de la sangre como la grasa y el semen, tienen un valor
psicoactivo tan significativo como las plantas utilizadas para
inducir el trance. Los hombres y las mujeres son igualmente
activos en el chamanismo, aun en los casos en que las muje-
res no participan en las sesiones, porque ellas manejan el
flujo de la sangre de manera coordinada con sus esposos.
Según los airo-pai, lo que diferencia y a la vez une a hombres
y mujeres a lo largo de sus vidas es su relación con el flujo
de la sangre. Esta diferenciación de género es culturalmen-
te producida por medio de la manipulación de los genitales
femeninos que deben de ser abiertos para poder sangrar y
procrear.
Hasta hace unos veinte años atrás, regularmente, las ni-
ñas eran operadas por sus abuelas maternas al tercer día de
nacidas. Los labios menores eran raspados con una concha
para eliminar «la piel negra del bebé» y el himen era perfora-
do, para abrir el cuerpo de la niña y prepararlo para la mens-
truación, el embarazo y el parto. Se consideraba que de no
realizarse esta operación, la muchacha no podría evacuar su
sangre ni el feto por la vagina y sería «como un hombre» (ëmëje
paiye). Esta operación feminizaba a la mujer, abriéndola y cau-
9 4 Ver capítulo 6.3 sobre las mujeres chamanes entre los shipibo-conibo y capítulo
3.3 entre los pueblos jíbaro.
145
sando el flujo de su sangre, y transformaba a la vagina en un
órgano fértil y deseable. Los hombres explican que, en el pa-
sado, ningún marido se atrevería a tener relaciones sexuales
con una mujer que no había sido operada. Para ambos, hom-
bres y mujeres, la idea de una mujer sin operar les parecía
repulsiva y era objeto de «miedo» (cadaye). Hoy en día, la
operación no es llevada a cabo regularmente, pero es difícil
estimar en qué medida ha sido dejada de lado debido a que las
mujeres saben que su costumbre es objeto de desaprobación
y burla por parte de los colonos, y prefieren guardar silencio
al respecto. Sin embargo, no cabe duda que esta operación
ocupaba un lugar central en su cosmovisión, puesto que el
episodio de la abertura de la vagina, y el origen de la mens-
truación, también abría el ciclo de las transformaciones míticas
del «tiempo suave» (ajinë) cuando Ñañe, Luna, estaba «pa-
seando por la tierra».
146
La historia narra la humanización del cuerpo fértil y hábil. Ñañe,
Luna, utiliza el mordisco de las vaginas de sus esposas, las
hijas de Huëquë, Tapir, para obtener manos y pies con palmas.
Con sus nuevas manos, prepara hilo de chambira y lo utiliza
para extraer las mandíbulas tiritantes de sus vaginas95. Sus
esposas se despiertan menstruando, «malogradas», como di-
cen los airo-pai, y regresan a casa de su padre, quien enfure-
cido decide vengarse de Luna y «malograrlo» a su vez. De
ahí, el ciclo mitológico narra una serie de enfrentamientos
cómicos entre suegro y yerno, que culminan cuando Luna trans-
forma a su suegro en una presa de caza, en un tapir, el animal
de mayor volumen, que tiene más grasa y sangre que todos los
animales comestibles del monte. La historia de la adquisición
de la menstruación está, por lo tanto, íntimamente relacionada
al tema de la venganza de los animales y al deseo de matar, al
impulso depredador que convierte a las demás presas de caza
para ser comidas. Desde entonces, la sangre que corre de la
vagina de las mujeres vuelve a los humanos vulnerables al
ataque de los huati comesangre, seres del monte y de los ríos,
y causa irrevocablemente la rabia divina. No obstante, Luna
es el dios del tiempo y las estaciones, y su rostro es utilizado
por las mujeres como un calendario para registrar los ciclos
de su fertilidad. Cada vez que una mujer menstrúa se dice
que «ve a Luna». Por esta razón Luna también es llamado mai
jaqué, «nuestro padre», ya que de la sangre que hace correr
de la vagina de las mujeres y de su ritmo nacen todos los
147
humanos. Sin embargo, Luna no es un demiurgo organizado,
sino un bufón, un engañador que se aprovechó del sueño de
sus esposas para «malograrlas». El astro visible en las no-
ches es su cara manchada por las manos de su hermana cuan-
do ésta descubrió que había tenido relaciones sexuales
incestuosas con ella, aprovechándose de la oscuridad de la
noche. Avergonzado, Luna dejó su rostro colgado en el cielo,
como un espejo reflejando todo lo que existe96, en recuerdo
del incesto y del correr de la sangre de las mujeres.
Pero no solamente las mujeres adquirieron la sangre de
Luna. Luna también adquirió algo del mordisco de las muje-
res: las manos para hacer hilo de chambira. Hoy en día, torcer
chambira y hacer hamacas son actividades que definen la iden-
tidad y las capacidades reproductivas masculinas. En el pasa-
do reciente, cuando los muchachos llegaban a la pubertad, eran
recluidos durante unos meses en la «casa del yajé» (yaje huë’e)
en la que se iniciaban en el chamanismo y aprendían a tejer
hamacas de chambira y otros artefactos, canastas, abanicos,
exprimidores, coladores, con otras fibras del bosque. Por las
noches, durante las sesiones de yajé, los muchachos reunidos
en grupos eran inducidos a través de cantos a visualizarse a
sí mismos tal y como, según su cosmología, los ven los dioses:
como una comunidad de pájaros tejedores, oropéndolas
(Icteridus chrysocaephalus).
Actualmente, los jóvenes no atraviesan más el período de
reclusión de la pubertad, pero el aprendizaje del tejido con
chambira y de la cestería continúa siendo un aspecto esencial
de la crianza masculina y de las enseñanzas transmitidas de
9 6 El rostro de Ñañe es un espejo del Sol Unsë –que es a la vez hijo y hermano
mayor de Ñañe–. Más precisamente, el rostro de Ñañe es un par de espejos
suspendidos, que pueden girar sobre sí para reflejar todo lo que sucede en el
universo, hasta lo más recóndito. El saber de Ñañe es un saber reflejado, que lo
penetra todo. Los chamanes curanderos acuden a los espejos de Ñañe para ver
qué brujo o espíritu causó la enfermedad o la muerte de un familiar. Como
Nhamandu, la divinidad creadora de los mbyá-guaraní, Ñañe tiene la capacidad
de desdoblarse y de generarse a sí mismo bajo diferentes modalidades. Ñañe
engendra al Sol hecho de luz ardiente y al hermano quemado o chamusqueado
del Sol, Luna, que lo persigue y lo refleja en su curso por el cielo. Los humanos
no pueden mirar directamente al sol sin quemarse. En cambio la luz reflejada
del brillo de Luna es adecuada para sus ojos. Ver Clastre (1974-1977); Moya
(1992); Cipolletti (1988:65).
148
padres a hijos a través de la imitación. Todos los días, de ma-
drugada, en cada casa los hombres se levantan, dejando a sus
esposas y sus hijos durmiendo. Preparan un poco de yoco
(Paullinia yoco), una planta emética que contiene cafeína. «Es
nuestro café. Nos da ánimo para trabajar», explican. Después
de tomar unos tragos, se sientan en un banquito iluminados
por una lámpara de kerosene, y comienzan a torcer chambira,
en silencio. Una o dos horas después, sus esposas se levan-
tan. Toman un poco de yoco y se sientan con las piernas cruza-
das junto a sus esposos, a veces ayudándoles a hacer hilo,
otras veces, conversando en silencio. Después, se levantan
los hijos y se unen a sus padres alrededor de la lámpara. Este
es el tiempo privilegiado de la intimidad de la familia y el
momento en que los padres dan consejos a sus hijos. Tan im-
portante es la capacidad de tejer que constituye la corporalidad,
la productividad y la fertilidad masculina en el matrimonio. El
primer regalo que un hombre debe entregarle a su esposa es
una hamaca, para que puedan descansar juntos y mecer a los
niños. A lo largo de su vida, un hombre debe proveer las ca-
nastas y los instrumentos tejidos de cocina necesarios para
que su esposa elabore los alimentos con los vegetales de las
chacras y el monte, especialmente, la yuca venenosa.
Con su generosidad, el esposo buen tejedor alimenta el
deseo, el cariño y el flujo de servicios hacia su pareja, quien a
su vez produce las ollas de cerámica para la cocina. El buen
tejedor también contribuye a construir un ambiente propicio para
el crecimiento de sus hijos, amoblando su casa con hamacas, y
amoblando también el útero de su esposa con una «hamaca», el
tejido amniótico, en el que según la teoría airo-pai de la concep-
ción, el feto hecho de semen se mece chupando el «caldo» (raka)
de su madre por un seno interno. Si el semen del padre es más
fuerte, nace niño. Si el caldo de la mujer es más fuerte, nace
mujer. La hamaca en la que se crían los hijos, dentro y fuera del
útero, y en la que la pareja de casados descansa juntos, se lla-
ma «pequeño nido de oropéndola» (umuturu maña). Es el nido
del hombre, el aspecto masculino del útero y del lecho en la
que la pareja cría a sus hijos. También es la bolsa del escroto, en
la que se mecen los huevos de las «crías de oropéndola» (umusi),
los testículos. Tal es la identificación entre los hombres y estos
149
pájaros tejedores que cuando, desde su dominio celestial, Luna
y las otras «gentes del cielo» miran a los hombres en la tierra,
no ven seres con cuerpos de humanos, sino que ven pájaros,
ven oropéndolas. Por esta razón, en los cantos chamánicos, los
hombres son llamados «crías de oropéndola». El tejido no es la
única actividad que asemeja a los hombres y las oropéndolas.
Estos pájaros son grandes cantarines, se alimentan de insectos
y son llevados a pelear, así como los hombres. Clavan el pico en
sus presas, así como los hombres clavan sus lanzas al cazar y
clavan el pene al hacer los hijos.
Cuando las divinidades miran a las mujeres en la tierra no
ven oropéndolas, sino otro tipo de pájaro. Ven loros verdes
(Amazona farinosa), por lo que en los cantos chamánicos las
mujeres son llamadas «crías de loro» (hue’ecosi). El loro ver-
de es el loro hablador, que anida en lo alto de los troncos de
árboles y se alimenta de semillas, triturándolas con su pico.
Tanto las mujeres como los loros «anidan dentro de los huecos
de árboles hechos por el pájaro carpintero». Los relatos míticos
cuentan cómo el «pájaro carpintero del sol» (unse macone) abrió
un hueco en el tronco de una palmera para que los loros ani-
den, y recibió a cambio gusanos suri (Calandra palmarum), un
alimento adecuado para las mujeres menstruantes y embara-
zadas porque es blanco, sin rastro de sangre, que es asociado
a la demostración de ternura. Las mujeres, así como los loros,
anidan en un hueco, pero el nido de las mujeres es abierto en
el tronco de su propio cuerpo. Como los loros, las mujeres son
habladoras, chismosas y maiceras. Trituran el maíz y la yuca
para preparar chicha, tamales, mazamorras y pan. Como los
loros, las mujeres nunca se separan de sus pequeños, a los
que llevan cargados en una manta a todo lugar.
La asociación de los hombres con las oropéndolas y de las
mujeres con los loros es un ejemplo de «perspectivismo» ama-
zónico97. La idea de base es que los dioses eternos tienen una
perspectiva diferente sobre los seres humanos vivos: desde el
punto de vista de los dioses los seres humanos son pájaros ocu-
pados en reproducirse. Las mujeres son una especie y tienen
150
crías mujeres. Los hombres son otra especie y tienen crías hom-
bres. Cada especie, es decir, cada género, hace su propio nido,
obtiene y prepara sus alimentos, y protege a sus crías a su
manera. Un punto importante es que un hombre es a la vez un
macho y una hembra oropéndola, ya que canta como los machos
y teje como las hembras de esta especie de pájaro. Igualmente,
las mujeres son a la vez macho y hembra loro, ya que en esta
especie las parejas realizan las mismas labores.
Por lo demás, cada especie tiene una actitud diferente ha-
cia las relaciones entre el macho y la hembra. Mientras las
parejas de loros son muy unidas y se acompañan constante-
mente, las parejas de oropéndolas suelen separarse durante
el día para procurar alimentos. Los machos oropéndolas sue-
len enfrentarse entre sí y disputar sus nidos con pájaros de
otras especies. De igual manera, los hombres y las mujeres
airo-pai también tienen actitudes y expectativas diferentes
con respecto a las relaciones de género. Ambos géneros valo-
ran la complementariedad del trabajo, la autonomía de cada
cual y el compañerismo, pero las mujeres ponen particular
énfasis en la compañía compartida, mientras los hombres sue-
len viajar con mayor frecuencia, para cazar o para visitar las
ciudades, por lo que también suelen celar más a sus parejas,
inquietos que sus esposas hayan tenido relaciones con sus
amantes mientras estaban lejos de sus hogares.
Es tal el paralelismo entre los rasgos de cada género y los
hábitos de su pájaro imagen, que es fácil comprender por qué
los airo-pai se conciben a sí mismos como las réplicas humanas
de estas dos especies gregarias de pájaros reproductores. La
cosmología chamánica y el punto de vista de los dioses visualiza
las relaciones de género desde el ángulo de la diferenciación
radical. Las mujeres son hijas de sus madres, los hombres son
hijos de sus padres. Por esta razón, sin embargo, los hombres y
las mujeres son semejantes, porque tienen las mismas respon-
sabilidades en la crianza de sus pequeños. La diferencia de
género es una manera de pensar la semejanza de los géneros.
Según los pobladores, las mujeres suelen tomar la iniciativa en
el amor. Los hombres suelen mantenerse a la expectativa y
rendirse ante la insistencia de una muchacha, o de sus padres,
puesto que en el pasado, eran los padres de la muchacha quie-
151
nes tomaban la iniciativa de ofrecer a su hija en matrimonio.
Cuando los padres de ambos jóvenes se ponían de acuerdo, al
muchacho no le quedaba sino aceptar. «Si la mujer quiere, ¿qué
puede hacer el hombre?», me explicaron. Hoy en día, los jóve-
nes disponen de mayor libertad, pero el acuerdo de los padres
sigue siendo muy importante para el primer matrimonio. Los
matrimonios ulteriores no requieren de mayor ceremonia98.
Quince años atrás, la doctrina evangélica estaba comen-
zando a expandirse entre los airo-pai. De vez en cuando, los
jóvenes, especialmente varones, que sabían leer y escribir,
organizaban sesiones de rezos y cantos para leer la Biblia en
castellano y exhortar a todo el mundo a que dejasen de lado la
práctica del chamanismo, ya que el uso de sustancias psicoac-
tivas era considerado diabólico. Hoy en día la aceptación del
evangelismo es casi general. La lectura regular de la Biblia,
traducida en airo-pai por el Instituto Lingüístico de Verano99,
y la asistencia a los sermones de los predicadores de varias
iglesias evangélicas colombianas, especialmente de Puerto
Leguízamo, tienen gran influencia sobre los procesos de toma
de decisión personales y políticos. La acción combinada de la
evangelización y la escolarización ha contribuido a crear una
nueva elite política de varones, que ha asumido el liderazgo
étnico y viaja regularmente por la región en comisiones de
representación para la defensa de su territorio y su ciudada-
nía indígena, a menudo, dejando de lado sus responsabilida-
des en casa y en la comunidad.
A pesar del abandono del yajé, la cosmología chamánica
de las divinidades continúa plenamente vigente, así como las
prácticas de control de la natalidad y de crianza de los niños
para el control de la rabia. Por medio del credo evangélico los
hombres y las mujeres airo-pai han reforzado sus lazos con los
dioses, intentando controlar los excesos desmedidos de rabia
que, según su pensamiento, causan la muerte de sus familia-
res y los estaban llevando a su exterminación. En efecto, se-
9 8 Belaunde (1992). Ver conclusión para una discusión sobre las relaciones de
seducción y la relación presa-cazador.
9 9 El Instituto Lingüístico de Verano trabajó entre los parientes de los airo-pai, los
secoya, en el Ecuador.
152
gún los airo-pai, las enfermedades vienen de la «venganza»
de los animales, pero cuando un familiar muere, su muerte
siempre será atribuida a la brujería de un chamán airo-pai.
Tanto hombres como mujeres concuerdan que «sólo un airo-
pai puede hacer daño a otro airo-pai». El poder de los chama-
nes de los pueblos vecinos es muy inferior al de sus propios
chamanes, una jerarquía chamánica que también es aceptada
por los quichua y por los colonos de la región.
Un brujo es una persona que no fue «bien criada», que «no
sabe pensar» y «no tiene corazón», y que se deja llevar por la
rabia. Incapaz de controlar sus poderes chamánicos, en lugar
de «gobernar» a sus espíritus auxiliares huati, se deja llevar
por influencia100. Estos lo inducen a devorar a sus parientes,
ya que desde el punto de vista de los huati, los seres huma-
nos son apetitosos pájaros, sus presas de caza. Todas las epi-
demias que agobian a los airo-pai desde la llegada de los euro-
peos son, a su parecer, el resultado del frenesí devorador de
sus propios chamanes transformados en huati. Varias veces
he escuchado a las personas mayores, sobrevivientes de olea-
das epidémicas, lamentarse diciendo: «nos estamos acaban-
do. Entre airo-pai nos estamos acabando». En el pasado, las
personas sospechosas de brujería eran acribilladas hasta la
muerte por venganza, y sus cuerpos eran abandonados en el
monte para ser devorados por los buitres.
100 Una idea similar es expresada por los pueblos de familia lingüística jíbaro. Ver
capítulo 3.3.
153
extractivista, sin caer en el alcoholismo, el consumo de cocaína
y la violencia política y doméstica que caracteriza a gran parte
de los colonos de ambos lados de la frontera peruano-colombia-
na en el Putumayo. Los casos de violencia doméstica son raros
y severamente condenados, por lo general culminan con la se-
paración de la pareja. El acudir a los chamanes curanderos para
manejar la fertilidad sigue siendo frecuente, debido a que los
rituales de curación de la fertilidad no requieren el consumo de
yajé sino de yoco, una planta que no es satanizada por los predi-
cadores evangélicos (Belaunde, 2000). Los cantos de curación
hacen posible ritualmente la esterilización –o la refertilización–
de las mujeres manipulando el flujo de su sangre, «secando» o
«haciendo subir» los ríos internos del útero, una operación que
es considerada reversible durante la edad fértil de una mu-
jer101. En la letra de los cantos, dar de beber hojas amargas a
«las crías de loro» y amarrar el «nido de oropéndola», son ex-
presiones que efectúan simbólicamente la esterilización tem-
poral de una mujer. El chamán canta mientras sopla sobre una
vasija de yoco102. Después, da de beber el yoco a la mujer que
solicitó sus servicios, sin que esta sea vista por los demás.
154
cionales. Como en todos los aspectos de las relaciones de pare-
ja, siempre enfatizan la necesidad de «conversar» sobre sus
decisiones reproductivas. La falta de comunicación generalmen-
te lleva a la ruptura de la pareja. La contracepción a escondidas
también es un recurso utilizado por las mujeres para escapar
de un matrimonio infeliz (Belaunde, 1997). Por lo general, el
uso de técnicas anticonceptivas, ya sean tradicionales o médi-
cas, se acompaña de la negociación entre la pareja. Por ejem-
plo, un hombre me explicó que su esposa había decidido recibir
inyecciones anticonceptivas. A pesar de que estaba en des-
acuerdo, «era su decisión» y él no se opuso. Como las inyeccio-
nes causaron sangrados excesivos, la esposa decidió interrum-
pirlas y retomar las técnicas tradicionales. «Nosotros tenemos
nuestra propia planificación familiar», me dijeron, visiblemente
complacidos. «Cuando quiero tener hijos, tengo. Si no quiero,
no tengo. Nosotros no queremos que las mujeres se adelgacen
demasiado criando a tantos hijos. Por eso sólo tenemos poqui-
tos, para poder criarlos bien». Aprender a manejar su fertilidad
es uno de los principales desafíos encarados por los jóvenes, y
a menudo conduce a la separación de la pareja. En caso de
embarazo indeseado, la responsabilidad pesa principalmente
sobre el hombre, quien es recriminado abiertamente por los
demás porque «no sabe cuidar a su mujer».
La responsabilidad de los hombres con respecto a la ges-
tación y el cuidado de los niños pequeños es transmitida de
padre a hijo en los consejos de los mayores y mediante la
mitología. Los mitos cuentan que antiguamente las mujeres
«no sabían» dar a luz, por lo que era necesario abrirles la ba-
rriga para sacar al feto cuando estaba listo. El padre del niño
era quien lo alimentaba con gusanos suri (Calandra palmarum).
La siguiente narrativa mítica completa el proceso de abertura
del cuerpo de la mujer iniciado con la extracción de los dien-
tes de la vagina y la adquisición de la menstruación.
155
–«¿Qué le pasa a usted? ¿Por qué está andando tris-
te?», le pregunta el machín.
–«A mi mujer ya le han operado», dice el hombre.
–«Yo ya he arreglado eso, no se preocupe usted», le
contestó el machín.
La mujer no había sido operada y había tenido su yuyito
(hijo) por abajo, así como ahora dan a luz las señoras.
El machín le había enseñado cómo hacer porque ese
machín desde siempre así lo hacía (Belaunde,
2001:102).
103 Cuando una mujer tiene relaciones extraconyugales, las cuales suelen involu-
crar a los hermanos de sus esposos y las hermanas de las esposas, respectiva-
mente, la paternidad de los niños es generalmente contestada y atribuida a un
solo hombre para evitar problemas de celos entre hermanos, ya que los celos
son considerados extremadamente destructivos de la unidad virilocal de resi-
dencia. Sin embargo, los casos de mujeres que mantienen relaciones extracon-
yugales con los hermanos de sus esposos, y viceversa, son tolerados.
156
mujeres cómo parir, apegó algunos de sus rasgos al recién
nacido. Por eso los niños pequeños son traviesos como este
monito y «no saben pensar». Tocan las cosas de los demás, sin
consideración por sus dueños, y las botan. Los adultos se apia-
dan de la vulnerabilidad de sus pequeños, pero también te-
men la rabia que puede generar en los demás su comporta-
miento desconsiderado. Cuando son bautizados con un nom-
bre traído de entre la «gente verde» del cielo, la tendencia a
rabiar de los recién nacidos se calma. A medida que van cre-
ciendo, a los niños se les enseña a «pensar» (coatsaye), es
decir, a «escuchar con propósito» las palabras de consejo
(yëhuoye) de sus antiguos, que son internadas en su «corazón»
(joyó) y circulan en su cuerpo, volviéndolo un cuerpo hábil.
Los niños adquieren los conocimientos de las técnicas pro-
ductivas acompañando e imitando a sus padres. Una persona
que «tiene corazón» y que «sabe pensar», es alguien que no
se deja llevar por la rabia, escucha a los demás, trabaja esfor-
zadamente produciendo sus propias cosas y evitando pedir
prestadas las cosas de los demás. Es una persona «bella»
(deoco), un concepto que también significa «buena», «correc-
ta», «atractiva» e «útil».
157
nas de pájaros hermosos, tal y como son vistos por los dioses.
Sin embargo, como son humanos, y no eternos, están bajo la
influencia de la rabia inherente al poder de la sangre derra-
mada para la fertilidad, en la menstruación, en las relaciones
sexuales y en el parto. La religión evangélica y los discursos
de los predicadores airo-pai, tan similares a las palabras de
consejo de los antiguos, intentan exorcizar las demostracio-
nes de rabia acarreadas por el alcoholismo, el consumo de co-
caína y la violencia doméstica de los poblados colonos.
Recapitulando sobre los cambios ocurridos en las relaciones
de género en los últimos quince años, vemos que el abandono
de la reclusión menstrual dentro de la comunidad refleja el
abandono de la toma de yajé, pero no significa una ruptura con
las prácticas reproductivas tradicionales que involucran a
ambos géneros de parte entera. Los hombres y las mujeres
continúan manejando su fertilidad juntos, en pareja; y la crianza
de los niños de acuerdo a pautas para el control de la rabia
continúa siendo una de sus mayores preocupaciones. Aunque
la asistencia a la escuela es general para los niños y las niñas,
los casos de madres solteras son muy raros. A pesar de las
nuevas expectativas de trabajo para los jóvenes en la ciudad,
de los constantes viajes de los nuevos líderes políticos, y de
las tensiones familiares que esto implica, al verse privadas
del trabajo de sus esposos, se conciben a sí mismos como per-
sonas que crían juntos a sus hijos. Cada cual aporta su nido,
sus alimentos y sus cuidados.
158
CAPÍTULO CINCO
Matar
159
Dicho cosmos en acción y transformación se inició cuando los
hombres hicieron correr la sangre de Luna.
160
de una forma en otra» (Gonçalves, 2001:209) y tanto hom-
bres como mujeres son hechos de sangre. Pero, solamente
los hombres son capaces de producir y de perder «semen»
(etoiibi), una sustancia vital que «parece sangre», pero no lo
es, y cuyo nombre literalmente significa «sangre del sexo».
Las mujeres reciben el semen de los hombres en el acto
sexual y lo acumulan en su interior a lo largo de sus vidas.
Las relaciones sexuales son un acto de depredación de las
mujeres hacia los hombres, desgastan a los hombres y forta-
lecen a las mujeres, por lo que según los pirahã son las mu-
jeres quienes inician la seducción. Sin embargo, las mujeres
también contribuyen a la producción de la corporalidad mas-
culina fabricando el hilo de algodón que los hombres utilizan
para hacer sus flechas, un instrumento que se identifica a su
cuerpo y define su capacidad como «matador» (euebihiai),
un término que también significa cazador y pescador. Para
poder volverse grandes matadores, los hombres pirahã de-
ben de acumular semen dentro de sí, guardando dieta y re-
clusión, particularmente, abstinencia sexual. Así como las
mujeres, la posición del matador es similar y paralela a la de
una mujer en sus años fértiles, ya que ambos acumulan se-
men en sus cuerpos, tienen un contacto directo e intenso
con la sangre derramada, y colaboran en la producción de los
alimentos. Sin embargo, un hombre debe evitar el contacto
de la sangre menstrual o de post-parto de las mujeres.
161
Para poder «traer presas para la aldea» (Gonçalves, 2001:355),
ya sea animales o presas de prisioneros humanos, durante las
guerras del pasado, un matador debe ser capaz de sentir «ra-
bia» y gran deseo de vengarse por una agresión sufrida a ma-
nos de sus futuras víctimas. En su venganza, el matador era
el primero en comer de su presa, comenzando por el corazón.
Los demás comían la carne con parsimonia, en pequeños pe-
dazos, para evitar atraer la venganza de la presa, la cual era
más peligrosa cuando se trataba de un animal de mucha san-
gre, como el tapir y la huangana. Estos animales eran consu-
midos muy raramente. Según los pirahã, fueron los colonos,
que no tenían temor de matar presas grandes, quienes los
incitaron a comer la carne de estos animales. Hoy en día, las
guerras han sido dejadas de lado y los hombres tampoco ca-
zan animales mayores, concentrándose en la pesca. Las mu-
jeres, por otro lado, son quienes llevan a cabo la mayor parte
de la cacería de animales menores, como roedores, con la ayuda
de perros, machetes y palos, sometiéndose al peligro de su
venganza, la cual, sin embargo, por tratarse de animales con
relativamente poca sangre, no pasa de ser sino un «susto»
que produce la concepción.
104 Severas críticas se han dirigido a los antropólogos, como Leopold Chagnon
(1979), que condujeron trabajo de campo entre los yanomami de los años 1960-
70, por haber contribuido, directa o indirectamente, a la expansión de las enfer-
medades y el auge guerrero.
162
muchacha menstruante compartían un mismo «estado de ho-
micidio» (unokai) y debían purgar su sangre, una sustancia
íntimamente relacionada con la «imagen vital» de las perso-
nas de ambos géneros. La salud de una persona depende de
la limpieza y la cantidad de sangre en su cuerpo. Si tiene muy
poca sangre, como los recién nacidos o los ancianos, puede
caer fácilmente enferma. Si tiene demasiada sangre, como las
mujeres menstruantes y los hombres homicidas, su cuerpo
puede pudrirse. Las prácticas de dieta y de reclusión del «es-
tado de homicidio» masculino y femenino tenían por objetivo
regular la cantidad y el flujo de sangre para fortalecer ambos
géneros (1985:348).
Según la teoría yanomami de la concepción, las mujeres
menstrúan porque su corazón se carga cíclicamente de un
exceso de sangre y se rompe, abriéndose unas grietas por
las que se escurre la sangre hasta la vagina. Durante la pri-
mera regla, pero también cada vez que sangra por la vagina,
el exceso de sangre coloca a la joven en una situación de
peligro de transformación que debe ser controlado por me-
dio de la reclusión y las dietas para «secar» su cuerpo, y
evitar que se pudra y que se envejezca prematuramente. El
peligro de transformación también incumbe a su entorno. Así
como la joven «se vuelve otra» cuando sangra (Albert,
1985:580), el medio ambiente, el clima, los ríos y el bosque,
también podrían ser transformados de no respetarse la re-
clusión femenina.
163
homicidio, en venganza, la sangre derramada de la víctima
penetra en la barriga de quien causó la herida. Esta ingestión
de la sangre, también implica una absorción del proceso de
putrefacción del cadáver de su víctima. Durante el tiempo que
el cadáver se pudre en el bosque y dentro del cuerpo de su
homicida, este último debe guardar dieta y reclusión. Se con-
sidera que a medida que el proceso de putrefacción avanza,
un líquido grasoso brota de la frente del homicida, que es el
producto de la sangre de la víctima procesada en su cuerpo.
164
Mientras no estoy en estado ritual de homicidio segui-
ré sintiendo la cólera del duelo [...] cuando esté en
estado ritual de homicidio, solamente entonces volve-
ré a ser amigo (del grupo que en el pasado mató a mi
padre) (Albert, 1985:370. Traducción propia).
165
mite, por el esfuerzo de tracción que ejerce contra la
estaca, acompañar los movimientos musculares de la
pelvis, y así facilitar la «caída» del bebé (puesto que
waa, nacer, significa igualmente caer) […] el niño cayó.
La madre, un poco jadeante, no emitió ni el menor ge-
mido. ¿Estoicismo o menor sensibilidad al dolor? No
sé, pero tanto lo uno como lo otro puede ser verdade-
ro. En todo caso, las indígenas tienen la reputación de
parir muy fácilmente y tengo la prueba ante los ojos: el
kromi está ahí, llorando, y todo sucedió en unos minu-
tos. Es un varón. Los cuatro o cinco Aché que rodean a
Pichugi no dicen ni una palabra, nada se deja descifrar
sobre sus rostros atentos, en donde ni siquiera una
sonrisa se dibuja [...] la discreción de la que hacen prue-
ba en estas circunstancias traduce solamente el cui-
dado que tienen para con el recién nacido [...] Es ne-
cesario ahora guardarlo al abrigo de aquellos-que-no–
se-ven, los habitantes nocturnos del bosque [...] Por
eso, cuando una mujer pare, no se debe jamás ni reír
ni hablar (Clastres, 1995:12.Traducción propia).
166
dor. Él debe salir a cazar y matar un animal. De lo contrario es
él quien será devorado, presa del jaguar comesangre, el gran
depredador de los seres humanos (Clastres, 1995:21).
167
tión de sangre causaba una hinchazón del abdomen del mata-
dor, quien, después de volver a su poblado, debía mantenerse
recluido, tomando la chicha de maíz que las mujeres le servían,
caminando poco y lentamente, evitando golpearse o herirse,
para no sangrar ni perder una gota de la sangre adquirida de su
víctima. Tampoco podía tener relaciones sexuales, ni tener una
erección, porque esto también causaría una pérdida de sangre.
Durante la reclusión, el matador engordaba y se fortalecía, ali-
mentado ritualmente por la sangre de su víctima y por grandes
cantidades de chicha de maíz de las mujeres (Vilaça, 1992:08).
De no respetar la reclusión, la sangre del muchacho se volve-
ría lenta y degenerada, llevándolo a un estado de debilidad lla-
mado kup, «en la que el abdomen se hincha mucho de suero,
provocando a menudo vómitos de sangre y hemorragia nasal
descontrolada» (Conklin, 2001b: 163).
Por lo tanto, existían dos tipos de hinchazón abdominal mas-
culina debido a la ingestión de la sangre del enemigo. Una
negativa, debido a la falta de respeto de la reclusión, que cau-
saba la muerte del joven por el mal flujo de su sangre. Una
positiva, debido al respeto de la reclusión, que permitía el buen
flujo de la sangre, haciendo que el joven se desarrolle (Conklin,
2001b: 163). La hinchazón positiva del abdomen homicida era
comparada al embarazo de las mujeres.
168
muchachas llegaban a la menarquia debido a su relación con la
Luna, «cuya influencia es considerada un estímulo para el cre-
cimiento de los senos y la menstruación». Al mismo tiempo, la
muchacha debe tener relaciones sexuales con hombres, quie-
nes reproducen el acto de fertilización de Luna. Es imposible
que una mujer virgen menstrúe, porque la inyección de se-
men, hecho de sangre masculina, es necesaria para transfor-
mar y aumentar el volumen de la sangre femenina, causando
el desangramiento. Sin una inyección regular de semen, las
mujeres se «secan». En cambio con la inyección regular de
semen, la muchacha crece más gorda, alta, fuerte, capaz de
hacer el trabajo de las mujeres, sembrar, cosechar y procesar
comida (Conklin, 2001b:153).
Así como el semen estimula el flujo de la sangre femenina,
su vitalidad y su disponibilidad al trabajo, también estimula el
crecimiento del feto. Se dice que éste crece en el útero de la
mujer por acumulación del semen paterno y de la sangre ma-
terna, que es inyectada en el útero cada mes, durante los días
en que la madre debería tener su período menstrual. Por eso es
importante que la pareja continúe teniendo relaciones sexua-
les, tanto para aumentar el volumen de la sangre femenina como
para acumular semen para formar el cuerpo del feto. El flujo de
la sangre femenina es, por lo tanto, concebido como un produc-
to del flujo del semen masculino. En el pasado y hasta el día de
hoy, cuando las mujeres están menstruando, continúan con sus
quehaceres cotidianos, pero no entran al bosque porque consi-
deran que la sangre menstrual las vuelve visibles y vulnera-
bles al ataque de los jaguares comesangre. Tampoco tienen rela-
ciones sexuales, porque esto volvería a sus maridos visibles y
vulnerables al ataque de los jaguares (Conklin, 2001b:153-154).
La sangre del parto es considerada aún más peligrosa que la
sangre menstrual, por lo que durante el post-parto las mujeres
se mantienen recluidas, alejadas de sus esposos, porque si tu-
viesen algún contacto, los volvería visibles al ataque de los ja-
guares devoradores de sangre cruda.
En el pasado, las expediciones guerreras culminaban en
rituales colectivos de consumo de la carne de los enemigos
caídos. La matanza de un enemigo daba lugar a un banquete
funerario caníbal. Después de una expedición guerrera, el cuer-
169
po de la víctima era transportado al poblado, lavado para eli-
minar todo rastro de sangre, cocinado a fondo y consumido
con tamales de maíz. Todos los hombres, las mujeres y los
niños que no habían participado en la expedición guerrera co-
mían la carne. Todos aquellos que habían presenciado el homi-
cidio, estaban llenos de la sangre de su víctima y, por lo tanto,
debían mantenerse recluidos y tomando solamente chicha de
maíz. Un matador no podía comer la carne de su víctima por-
que sería como comer su propia carne. «Es su cuerpo –del
matador–», explican los wari. «Los matadores llevaban den-
tro de sí la sangre del enemigo muerto [...] Si un matador come
la carne del enemigo, se muere» (Vilaça, 1992:02).
La idea de que comer su propia carne conduce a la muer-
te, también regía en el caso de los banquetes funerarios cuan-
do el muerto era un pariente cercano. Cuando una persona
del grupo residencial moría, su cuerpo era asado y consumi-
do, pero los únicos que podían comer eran los afines del muer-
to –sus cuñados, cuñadas, suegros, suegras, yernos y nue-
ras–. El consumo funerario era concebido como un acto de com-
pasión y de amor hacia la persona difunta, y era un servicio
que los afines prestaban a los parientes consanguíneos del
muerto. En su concepción, dejar que el cadáver se descom-
ponga y sea devorado por los gusanos, los buitres o los anima-
les del monte, sería extremadamente doloroso y una muestra
de falta de amor. Para realizar el banquete funerario había que
esperar que todos los conocidos del difunto llegasen de los
poblados vecinos para asistir a las homilías funerarias, en las
que se contaban los hechos de la vida del muerto. Como a
menudo se tenía que esperar algunos días, el cuerpo ya esta-
ba parcialmente descompuesto cuando era preparado y con-
sumido. Para demostrar su respeto y compasión, los afines
comían sin demostrar apetito, utilizando palitos de madera para
llevarse los pedazos a la boca, e intentando no demostrar su
repulsión ante la carne podrida. En cambio, durante los ban-
quetes caníbales guerreros, el cuerpo de los enemigos era
cocinado y devorados de inmediato, sin homilía alguna y sin
ninguna muestra de respeto y compasión. La carne era engu-
llida con evidente voracidad. «Se come con rabia. Enemigo no
es pariente», explican los wari (Vilaça, 1992:102).
170
Durante el período del establecimiento del contacto con
la sociedad brasileña, en la década de 1960 y hasta princi-
pios de 1970, la mitad de la población wari falleció debido a
las epidemias. Los sobrevivientes cuentan que eran tantos
los muertos en sus comunidades, que tenían que abandonar-
los, sin poder llevar a cabo los banquetes funerarios adecua-
dos para mostrar su amor y su compasión por sus parientes
muertos. La población fue asentada en una reserva territo-
rial, y desde mediados de 1980, con la provisión de servi-
cios médicos, los wari se han recuperado demográficamente.
El abandono de los rituales del homicidio, que implicaban abs-
tinencia sexual, también han contribuido a su crecimiento. La
reclusión del homicida tenía por propósito procesar la sangre
del enemigo para generar un hijo bajo condiciones controla-
das, incluyendo el respeto de un intervalo adecuado entre los
nacimientos. El homicidio era, por lo tanto, una parte intrínse-
ca de los rituales reproductivos de la pareja. Hoy en día, el
proselitismo religioso evangélico entre los wari está gene-
rando un proceso de conversión religiosa. Conklin (2001b:61)
observa con alivio que «todavía no han tenido que lidiar con
los problemas de alcoholismo, la desocupación, la violencia
doméstica, el suicidio y otros comportamientos autodestruc-
tivos son plagas en muchas otras comunidades nativas, pero
esto podría cambiar ahora que los muchachos y las mucha-
chas pasan más y más tiempo en la ciudad».
171
de las comidas. Este cauim es hecho con las fibras secas de la
yuca, llamadas «intestinos», molidas y cocidas en agua. El otro
cauim, embriagante, es hecho con la pulpa fermentada de la
yuca que se acumula después de varios días de fabricar cauim
refrescante. Cuando se tiene suficiente pulpa acumulada, lla-
mada «cuerpo», las mujeres producen cauim embriagante,
masticando la pulpa con su saliva para producir la fermenta-
ción. Esto implica que cada cierto número de días, cuando se
acumula suficiente pulpa de yuca, las mujeres tienen la mate-
ria básica para preparar cauim embriagante para las fiestas
de borrachera.
Ambas bebidas son hechas por las mujeres en grupo, mien-
tras comparten tareas y conversan juntas. Sin embargo, cada
mujer por separado es considerada como la «dueña» del cauim
preparado con la yuca arrancada de su chacra, y es ella quien
lo sirve a los demás. El cauim refrescante es un alimento dia-
rio para todos, niños y adultos. En cambio, el cauim embria-
gante es servido por las mujeres solamente a los hombres108
y es un «anti-alimento», porque lleva a un estado de borra-
chera mortal. Los hombres toman hasta caer desvanecidos
borrachos y «morir», según dicen, víctimas del cauim (Lima,
1995:417). Las canciones de las festividades de borrachera
ponen de manifiesto esta concepción de la matanza de los hom-
bres por las mujeres cuando les sirven cauim embriagante.
108 A diferencia de muchos otros pueblos, entre los cuales hombres y mujeres
beben por igual, y la distribución de bebida entre mujeres es constitutiva de los
intercambios femeninos. Ver capítulo 2.3.
172
mujeres, se llenan la barriga del cuerpo del «ser humano»
que beben. Con la barriga hinchada, «mueren» de borrachera.
Desde el punto de vista juruna, la muerte por borrachera de
cauim es una muerte por canibalismo. Un punto importante
es cuando las mujeres están sangrando por la vagina, ya sea
durante la menstruación, el post-parto o después de un abor-
to, no pueden preparar ni servir cauim. Si lo hiciesen, su san-
gre, o más bien el «alma» de su sangre, se mezclaría con la
yuca y esto produciría un efecto monstruoso en todos aquellos
que llegasen a consumir la bebida: su abdomen se hincharía
en una especie de embarazo fantasmal y se convertirían en
«ogros», ãwã, en unos glotones insaciables. Volverse ogro sig-
nifica sufrir una «caída de la cabeza». Durante la noche, la
cabeza del ogro deja su cuerpo durmiendo en la hamaca y sale
rodando a buscar alimentos en otras casas de la aldea. Pero
nunca logra saciar su apetito, puesto que es una cabeza sin
tripas. Todo lo que come se le escurre por el cuello. En el
pasado, las personas sospechosas de ser ogros eran condena-
das a ser enterradas vivas, pero se consideraba que su cabeza
continuaba errando por el bosque, volviéndose un fantasma
inmortal que desesperaba a los vivos (Lima, 1995:132).
Las mujeres también pueden volverse ogros si es que no
guardan la debida dieta y reclusión cuando están sangrando por
la vagina, durante la menstruación, pero especialmente duran-
te el post-parto. Para evitar volverse ogro, una mujer «evita el
olor a quemado desde el inicio de la gestación hasta el post-
parto, y durante los primeros días de vida del bebé (así como
para la niña durante su primera menstruación), no bebe ‘agua
cruda’ (sino agua tibia, mezclada con un puñado de fariña), y no
come gordura matrinxã», de animales con mucha sangre (Lima,
1995:30). La reclusión de la mujer sangrante y el peligro de
volverse ogro, pendiente sobre ella y sobre todo los hombres
que toman el cauim contaminado por su sangre, continúan vi-
gentes en la actualidad. Estas prácticas de reclusión femeni-
nas son similares a las prácticas que los hombres homicidas
guardaban después de las expediciones guerreras del pasado.
Según la teoría juruna del homicidio, al matar a un ene-
migo, el «alma» de la sangre de la víctima penetraba a su
matador por medio de su olor, hinchándole la barriga. En
173
menor grado, el olor de la sangre también contamina a todas
las personas en el entorno del matador, especialmente a su
esposa, quien también tenía que someterse a la reclusión
juntamente con su esposo. Durante la reclusión el homicida
y su esposa tenían que trabajar asiduamente, sino corrían el
riesgo de volverse perezosos. El homicida tejía cestos y co-
ladores y hacía flechas; su esposa hilaba algodón y hacía la
soga que su marido empleaba para sus trabajos. Ninguno de
los dos podía tomar cauim embriagante, ni sentir el olor de
quemado del pelo de las presas de carne, ni el olor de carne
ahumada, o de papas, bananas o iñame asados. La conjun-
ción de cualquiera de estos olores con el olor de la sangre
del enemigo ingerida en sus cuerpos podía acarrear un em-
barazo fantasmal y la transformación en «ogro» (Lima,
1995:203-4). La reclusión de la pareja duraba el tiempo que
el cadáver de la víctima muerta en guerra demoraba en pu-
drirse y secarse en el bosque. Los juruna explican que mien-
tras el cuerpo se pudría, los buitres estaban de fiesta. Según
la cosmología perspectivista109 juruna, desde el punto de vista
de los buitres, el cadáver de la víctima era carne ahumada.
109 Cabe notar la distinción entre los caninos que se clavan y desgarran la carne, y
el resto de los dientes y los molares que cortan y muelen la carne. Clavar es una
acción masculina. Moler, una acción femenina.
174
bañados en el emético, debían vomitar para purgarse de las
impurezas de la sangre del enemigo. Al día siguiente, se que-
braban las vasijas usadas para tomar el emético, y los hom-
bres y las mujeres iban juntos a la chacra del homicida a arran-
car la yuca para hacer una gran fiesta de cauim embriagante.
Durante los días siguientes, mientras la pulpa de yuca se es-
taba fermentando, hombres y mujeres iban al lugar donde se
encontraba el cadáver del enemigo. El matador solía apode-
rarse del cráneo, extraer los dientes, tapar los orificios con
cera de abeja y empalarlo en lo alto, colocando una trompeta
para ser tocada el día de la fiesta del cauim. Con los incisivos
superiores hacía un par de aretes para él, y con el resto de los
dientes, un collar para su esposa (Lima, 1995:205)110.
Hoy en día, las expediciones guerreras son cosa del pasa-
do, pero las fiestas de borrachera con cauim continúan siendo
organizadas regularmente, cada vez que las mujeres acumu-
lan suficiente pulpa de yuca. El peligro de la transformación
en ogro, en caso de beber cauim contaminado con sangre
menstrual o del post-parto, y la experiencia de la muerte por
borrachera de los hombres, continúan vigentes. Las fiestas
de borrachera siguen un patrón típico. A medida que las muje-
res van sirviendo su bebida y los hombres se embriagan, el
ambiente de la fiesta pasa progresivamente de la alegría dis-
creta a la alegría exaltada, a la nostalgia por algo o alguien en
el pasado y, finalmente, a la violencia verbal y física. Los hom-
bres caen desvanecidos borrachos, muertos por el cauim, y
se vuelven a levantar para seguir tomando. El recuerdo de
momentos pasados y de personas queridas ausentes o muer-
tas, o que sufrieron algún agravio en el pasado, es un factor
clave que produce el pasaje de la alegría colectiva a la violen-
cia. Los hombres ancianos se acuerdan de sus parientes muer-
tos, los jóvenes se acuerdan de sus enemigos, aquellos que
les hicieron algún daño a alguien querido, este recuerdo los
transforman en seres llenos de «rabia», «deseosos de matar».
Este deseo homicida se vuelca, entonces, sobre los partici-
pantes en la fiesta, sus propios parientes.
175
El cauim alegra y después mata, este es el punto im-
portante. Intensifica tanto la sociabilidad que se llega
cerca de superarla, volviendo a los hombres, enemi-
gos unos de otros; umbral que los juruna condenan,
pero no por eso dejan de arriesgarse a cruzar» (Lima,
1995:412-413. Traducción propia).
176
Los parientes del borracho se precipitan para retirarlo de la
fiesta y llevárselo a casa. Pero el borracho se resiste y ter-
mina golpeando a sus más próximos. No importa de qué agra-
vio se acordó el borracho que lo llenó de deseo de venganza.
El borracho está con rabia, está lleno del deseo de matar a
quien sea que se le cruce por delante. A menudo, la violencia
del borracho recae sobre su esposa, quien también lo golpea a
su vez, a pesar de no estar borracha. Ambos esposos alegan la
infidelidad111 del otro y terminan heridos, «las mujeres con
hematomas en el rostro, y sin dientes, los hombres cortados
por golpes de hacha o de palo de pilar» (Lima, 1995:403. Tra-
ducción propia).
111 Las relaciones extraconyugales son relativamente comunes. Todos los hom-
bres que tuvieron relaciones sexuales con una mujer, contribuyen a formar el
cuerpo del feto.
177
acordándose de agravios pasados y transformándose en seres
rabiosos que descargan su agresividad contra sus parientes,
especialmente contra sus esposas alegando su infidelidad. Al
día siguiente, después de la borrachera, todo regresa a la cal-
ma, la violencia doméstica es inexistente y ambos esposos
llevan a cabo sus actividades armoniosamente. Pero cuando
se acumula nuevamente la pulpa de yuca, y después de pre-
parar bebida refrescante para la familia, las mujeres vuelven
a elaborar el cauim embriagante para servir a sus maridos
que otra vez, enajenados por la borrachera, volverán a volcar
sobre sus esposas la rabia nacida de sus recuerdos pasados
que demandan venganza, y que ellas los golpeen a su vez,
ambos alegando infidelidad.
La manifestación del parentesco convival durante el día a
día y la desaparición temporal del parentesco durante la bo-
rrachera de las fiestas de cauim están íntimamente relaciona-
das y ambas dependen de la yuca preparada por las muje-
res112. En el vaivén de la convivialidad cotidiana a la violencia
de la borrachera, las mujeres pasan de ser nutricias día a día,
a ser agresoras de los hombres; a ser agredidas por el deseo
de venganza de los borrachos y a agredirlos a su vez. El desa-
rrollo de este ciclo de convivialidad-violencia está atravesado
por el peligro mayor de transformarse en ogro que está pen-
diente sobre las mujeres menstruantes y sobre todos los hom-
bres que beben cauim, ya que si una mujer menstruante pre-
parase y sirviese cauim embriagante a los hombres, el paren-
tesco se disolvería no solamente de manera temporal, sino
permanente, al transformarse todos los hombres en ogros, in-
continentes y devoradores. En el pasado, las expediciones
guerreras y la reclusión ritual de los homicidas y sus esposas,
también hacían parte del movimiento de vaivén entre la
convivialidad y la violencia. La ingestión de la sangre del ene-
migo colocaba a los hombres en un peligro de volverse ogros,
similar a las mujeres menstruantes que no respetaban la re-
112 Ver capítulo 7.5 para una comparación con la violencia doméstica cotidiana
generada por el alcoholismo con aguardiente. A diferencia de las bebidas he-
chas por las mujeres, que alimentan el vaivén entre periodos de tranquilidad
cotidiana y días de festividad susceptibles de generar violencia, el aguardiente
inscribe la violencia doméstica en el día a día.
178
clusión, de tal manera que la responsabilidad por manejar el
flujo de la sangre, y la reacción de venganza que suscita, recaía
no solamente sobre las mujeres, como en la actualidad, sino
también sobre los hombres. La etnografía juruna sobre las fies-
tas del cauim permite articular las prácticas masculinas y fe-
meninas del manejo ritual de la sangre para la fertilidad den-
tro de concepciones más amplias sobre la violencia ejercida
por las personas, tanto dentro del grupo como fuera del grupo.
179
cazador o guerrero [...] pues todos los hombres son
iguales –aun los más débiles–, saben manejar el arco
y son iguales en poder de destrucción. Por eso es
mejor saber cómo andar y cómo hablar: no ser impe-
rativo, nunca hablar autoritariamente, sólo levantar
la voz para hacer un comentario jocoso. Provoque ri-
sas pero nunca rabia. No camine dentro de la aldea
como quien avanza rápidamente contra una presa. No
despierte la kawahiwa (grasa mágica) que los mata-
dores guardan dentro de sí. En cuanto a estos, deben
de escuchar los consejos de los guerreros con expe-
riencia: ‘matador de gente no es bueno. Oigan lo que
les digo: fleché a gente y no soy bravo. Matar dema-
siado a gente hace tener mucha kawahiwa’ (Fausto,
2001:319. Traducción propia).
180
En el mito, la menstruación femenina tiene origen
exógeno. Se cuenta que primero eran los hombres los
que menstruaban. Cuando el tatu-cola-de-cuero
(Cabassous unicintus) flechó a la Luna, la sangre goteó
sobre las mujeres, que no escucharon el consejo de los
hombres de permanecer al interior de las casas. De
esta manera, ellas se adueñaron de la sangre de un
acto homicida: flechar a la Luna (Fausto, 2001:342. Tra-
ducción propia).
181
interno de sedentarización y de cesación de las guerras con
los grupos indígenas vecinos; los occidentales continuaron una
existencia seminómade, realizando expediciones guerreras
contra los grupos vecinos regularmente.
Entre los parakanã orientales, el abandono de las guerras
interétnicas se acompañó de una acentuación de la ambigüe-
dad moral atribuida a la figura del matador y de una centrali-
zación de la construcción de los poblados alrededor de un lu-
gar de conversación masculino, un espacio llamado el tekatawa.
En particular, «se enfatizó la idea que los enemigos hacen que
el matador ‘pierda la conciencia’ (-pikajum, traducido en por-
tugués como ‘quedarse loco’) y se voltee contra sus propios
parientes» (Fausto, 2001:255.). Al condenarse la propensión
de los homicidas de actuar depredadoramente hacia los su-
yos, la adquisición de los poderes oníricos necesarios para
curar se desplazó de la práctica del homicidio a la transmisión
de conocimientos por los ancianos en la tekatawa. Es decir,
para poder aprender a soñar, ya no era necesario matar a un
enemigo y tener el sabor de su sangre en la boca, sino que
era necesario escuchar las enseñanzas de los ancianos re-
unidos en la tekatawa. Este espacio de conversación mascu-
lino se volvió el lugar por excelencia de la producción de un
consenso colectivo, que era expresado por los jefes en sus
discursos. Al mismo tiempo, esto condujo a una acentuación
de las diferencias entre los géneros, ya que las mujeres fue-
ron excluidas del círculo de conversación masculino en el que
se tomaban las decisiones relevantes para la comunidad. La
poligamia se volvió un privilegio de los jefes y la distribución
del trabajo entre hombres y mujeres se acentuó, volviéndose
más rígida.
Entre los parakanã occidentales, en cambio, la continua-
ción de las guerras interétnicas acentuó positivamente la fi-
gura central del matador. Todas las personas que participa-
ban en las expediciones guerreras y flechaban un cadáver
enemigo, aun después de muerto, atravesaban la reclusión
y las dietas rituales. Los poderes de curación de los enemi-
gos que se manifestaban en sueños eran «domesticados»
durante la reclusión del homicidio e internalizados a través
de los sueños.
182
Esto no quiere decir que dejaran de reconocer su am-
bigüedad. La dieta y reclusión continuó siendo una
forma de control colectivo sobre el homicida, un modo
de canalizar su furia y su deseo de matar hacia el
exterior del grupo. Pero esa capacidad de enfurecer-
se (-jemamai), que es un atributo de los matadores, no
aparecía como un modelo explicativo de los conflictos
internos, sino de los conflictos externos (Fausto,
2001:255. Traducción propia).
183
parientes pero tampoco eran enemigos, y con los cuales se po-
dían establecer nuevas relaciones de intercambio para obtener
mercancías y medicinas. En 1984, el último grupo de parakanã
occidentales se unió a un puesto indígena. El deseo de obtener
bienes comerciales, especialmente escopetas, constituyó un
motivo poderoso para su asentamiento. Otro motivo fue descu-
brir otros modos de relacionarse con personas que no eran ni
parientes ni enemigas, y que pertenecían al amplio mundo de
las mercancías regido por el dinero. El autor cuenta que cuando
comenzó a hacer trabajo de campo con los parakanã occidenta-
les en 1988, cuatro años después del contacto, solían pregun-
tarle constantemente qué relación de parentesco tenía con tal o
cual persona que encontraban fuera de la aldea. Les era difícil
concebir que existiese tanta gente desconocida que no estuvie-
se unida por lazos de parentesco y que sin embargo no fuesen
enemigos entre sí. Hasta ese momento, el universo para ellos
era restringido y estaba dividido en dos categorías excluyen-
tes: los parientes y los enemigos.
La integración en un mundo amplio de relaciones en la socie-
dad nacional condujo a la desactivación del mecanismo de la
venganza subyacente a las guerras. Para ilustrar esta idea, el
autor cuenta que un joven inquieto, Japokatoa, en busca de es-
posa, le contó que cuando llegó a la ciudad de Altamira en 1986,
para la reunión de los líderes indígenas del Brasil, y vio tanta
gente reunida, de golpe se quedó calmado. «Acabó la rabia», le
explicó. En su lugar, observa el autor, apareció una fascinación
por comprender cómo el dinero permite tener acceso a todos
los objetos del mundo comercial. «En la tekatawa o en el salón
de escuela, en las conversaciones privadas o públicas, cuantas
veces ya fui llamado a explicarles [...] qué objeto era ese que
permite obtener todos los objetos [...]» (Fausto, 2001:544).
184
tiene que los procesos culturales de construcción de la identi-
dad entre los pueblos amazónicos responden a una «depreda-
ción ontológica», es decir, a la formación y la transformación de
las personas y de sus agencias por medio de la matanza, el
consumo, la incorporación o la domesticación de seres «otros»,
diferentes de uno mismo o externos al grupo de parientes. La
hematofagia de los rituales de homicidio también manifiesta una
lógica de «depredación» del «otro», ya sea orientada hacia la
purga de la sangre del enemigo «ingerida», como en el caso
yanomami y juruna, hacia su asimilación para la producción de
un hijo, como en el caso wari y araweté113, o hacia la domestica-
ción de su olor en la boca para poder curar a los parientes, como
en el caso parakanã. El autor también mantiene que existe un
fuerte paralelismo entre todos estos rituales de homicidio y los
rituales de dieta y reclusión asociados a la menstruación y la
gestación femenina. Es más, dichos paralelismos sugieren «un
potencial de feminización del matador».
185
los ronderos que habían participado en la matanza guardaban
dieta y reclusión durante unos 8 a 15. Sólo comían yuca asada,
chonta amarga y plátano verde, y mantenían la abstinencia
sexual. Construían una choza en el bosque y descansaban, dur-
miendo solamente por turnos, porque temían que si se descui-
daban el Míronti, espíritu nacido de la sangre derramada por su
víctima, vendría a violarlos. El Míronti es un ser que vaga por
el bosque bajo la apariencia de un tapir y tiene una percepción
invertida de los géneros. Desde su punto de vista, los hombres
son mujeres, y las mujeres son hombres.
El matador embarazado por el Míronti nacido de la san-
gre de su víctima da a luz a monos o lagartijas, «se siente
como una madre, lacta a su hijo, lo acaricia, lo cuida para que
no llore. Si el hombre violado es traído a su casa para que lo
curen, anda gritando y llorando por el amor a Míronti, lo lla-
ma a gritos para tener relaciones sexuales. Ni el curandero
puede salvarlo» (Regan, 2003:77). La única manera de es-
pantar a un Míronti es que una mujer embarazada lo ataque
con un chisguete de leche de sus senos, los cuales desde el
punto de vista del Míronti, son enormes testículos. Cuando,
después de haber matado a alguien, los ronderos no podían
guardar el debido desvelo, dieta y reclusión porque estaban
forzados a continuar desplazándose en el monte, para preca-
verse y evitar la posibilidad de quedar embarazados cuando
dormían, acudían a medidas anticonceptivas médicas moder-
nas. Iban al puesto de salud de la localidad a solicitar que se
les aplicase inyecciones anticonceptivas. «Estos hechos, por
supuesto, provocaron asombro entre los militares y el per-
sonal sanitario. Un médico, sin comprender bien el pedido,
les inyectó vitaminas»114 (Regan, 2003:76).
¿En qué consiste la feminización del matador? ¿Consiste
en estar procesando la sangre de su víctima, guardando dieta
186
y reclusión sin dormir para evitar ser violado? ¿O consiste en
quedar embarazado por el Míronti? Si bien el hombre violado
da a luz y se transforma en una madre, él no se convierte en
una madre de niños asháninka. Se convierte en una madre de
monstruos, en un ser alienado, vuelto «otro», enamorado del
espíritu de la sangre. Es decir, lo que el matador pierde al
sucumbir al peligro que lo acecha por haber hecho correr la
sangre ajena, es mucho más que la masculinidad. Él ya no
reconoce a sus parientes. Pierde el recuerdo de quienes eran,
es decir, pierde el recuerdo de quien es él.
Sin embargo, el momento de la reclusión es un momento
de feminización momentánea, porque la transformación de la
sangre es un estado que, sin limitarse a la mujer, coloca a la
persona en una situación de semejanza con una mujer mens-
truante. Los rituales de homicidio son concebidos por los pro-
pios pobladores amazónicos como períodos en que un hombre
se asemeja a una mujer menstruante o embarazada, o como
suelen decir en sus propios términos, el matador «parece
mujer». En este estado lo acecha el peligro de perder la no-
ción de sí mismo, alienarse, volverse «otro». Los mismos pe-
ligros acechan a una mujer que no respeta la dieta ni la reclu-
sión cuando está sangrando durante la menstruación y el post-
parto. La lista de peligros de transformación alienante pen-
diente sobre las personas en reclusión varía según las etnias:
enfermedades, pereza, locura, envejecimiento precoz, con-
vertirse en ogro, ser seducido por espíritus del bosque y de
los ríos, etc. Pero subyacente a todos estos peligros hay un
tema común: la persona, hombre o mujer, que no maneja bien
el proceso de transformación de su sangre con la apropiada
dieta y reclusión corre el riesgo de ya no ser más un pariente
de sus parientes. Es decir, lo que está por ganarse o por per-
derse es la condición de pariente.
Para comprender el significado mayor del sangrado y de
la feminización de los homicidas, es necesario considerar que,
según la cosmología amazónica, Luna también menstrúa. Un
documental filmado en 2004 por los camarógrafos indígenas
de una aldea kuikuro del Xingú brasileño, capta la reacción
de los pobladores durante un eclipse de luna y la secuencia
de rituales a la que el eclipse dio lugar (Video nas Aldeias,
187
2005) 115. El eclipse de Luna es llamado «menstruación de
Luna». Según el pensamiento kuikuro, durante el eclipse la
sangre de Luna gotea del cielo y lo penetra todo: seres hu-
manos, plantas, animales, objetos, cantos y rituales. Los hom-
bres y las mujeres, niños y adultos, se agrupan en la plaza
del pueblo, mirando el eclipse con el rostro pintado de ceni-
zas y carbón para evitar que la sangre «se quede» en ellos.
El eclipse es acontecimiento primordial, y aunque parezca
contradictorio desde una perspectiva occidental, no es in-
vestido de solemnidad y seriedad, sino que es vivido como
una ocasión festiva. Los hombres y mujeres ríen entre ellos,
colocándose cenizas en la cara. Al amanecer, todos empren-
den una serie de procesos de purga y curación para extraer
la sangre de Luna de sus cuerpos y «despertarse» de nuevo
a la vida. Los artefactos, cantos y rituales también son «des-
pertados»: los objetos son golpeados con palmaditas llamán-
dolos «¡Despierta! ¡Despierta!». Toda la comida que estaba en
las ollas o en preparación durante el eclipse es botada. Los hom-
bres chamanes de la aldea, adornados de pintura corporal ne-
gra y roja, cintas, aretes y coronas de pluma, van de casa en
casa, cantando, soplando tabaco y extrayendo del cuerpo de
los hombres y las mujeres, niños y adultos, las «piedras», agen-
tes patógenos que penetraron sus cuerpos junto con la sangre
de Luna. En todas las casas se preparan grandes cantidades
de brebajes vomitivos a base de eméticos vegetales, que los
hombres y las mujeres toman para extraer toda la sangre de
Luna acumulada en sus estómagos.
Los hombres y las mujeres se escarifican la piel usando
un arañador hecho con un diente de «pez perro»: se raspan
los brazos, las piernas, el pecho, la espalda. Su piel se cubre
de una fina capa de sangre, que es lavada con agua de raíces.
Literalmente, al arañarse las personas cambian de piel. Los
niños, a partir de los siete u ocho años también son arañados,
115 Este video hace parte del programa Video nas Aldeias vigente en Brasil, que
tiene por objetivo la formación de camarógrafos, directores y editores indíge-
nas. Las entrevistas para este programa fueron concebidas y realizadas por los
pobladores kuikuro. El proceso de edición fue llevado a cabo por profesionales
en comunicaciones, incluyendo a los antropólogos Bruna Franchetto y Carlos
Fausto, en coordinación con consultores kuikuro.
188
haciendo prueba de valor. Las imágenes del ritual de escarifi-
cación son enternecedoras. La operación es llevada a cabo
entre bromas, animando al pequeño, diciéndole que es valien-
te. El niño aguanta el dolor y el ardor del lavado con raíces
apretando los dientes, sonriente y orgulloso de no haber cedi-
do. Las mujeres también se escarifican, pero con menor pro-
fundidad que los hombres, porque se considera que la profun-
didad de la escarificación depende de la cantidad de fuerza
requerida por una persona. Los hombres necesitan tener más
fuerza que las mujeres para ser buenos luchadores y llevar a
cabo grandes esfuerzos para la cacería y tumbar el monte. Los
hombres jóvenes, luchadores, son quienes deben de acumu-
lar mayores fuerzas, y para eso requieren perder la mayor
cantidad de sangre. «Es la sangre de Luna que está salien-
do», explican. «Si no hubiese habido un eclipse, no saldría nada
de sangre». «Era eso lo que te estaba dejando cansado». Al
sangrar, el luchador «despierta» su cuerpo de la «pereza»
dejada por la sangre de Luna. Los rituales y los cantos tam-
bién deben ser «despertados», reactivados. Las mujeres se
adornan y se juntan para cantar y bailar de casa en casa el
ritual de las «hiper-mujeres» que culmina en el centro del
poblado, en la casa de los hombres, cuando las mujeres cantan
y bailan «insultando el pene, que es nuestro enemigo». «No-
sotras siempre devolvemos los insultos de los hombres», ex-
plican. Los hombres también son insultados por los chamanes
quienes los llaman de «amante de mujer menstruante». «¡Anda
a limpiar los excrementos de tu hijo que están regados por
todos lados!».
Los pobladores explican que el eclipse ocasiona un estado
de transformación generalizada. «Todos se transforman. To-
dos los animales. El armadillo se vuelve raya. La serpiente se
vuelve pez». «Si vas a la chacra durante el eclipse verás que
las plantas están danzando. Si vas a la ciudad serás atropella-
do por un carro. Por eso no andamos por ahí». Las mujeres
explican que este peligroso estado de transformación es simi-
lar a cuando ellas están menstruando. Durante sus reglas, las
mujeres paran de trabajar, se quedan quietas y no tocan la
comida de los demás. Un chamán relata el trance en el que
entró cuando se dio el eclipse, explicando que los «bichos-
189
espíritus» que bailan son los espíritus de los muertos y que la
sangre que gotea es la sangre de «la hija de Luna». Sin em-
bargo, otros pobladores no están de acuerdo con esto y tienen
otra lectura del eclipse. Sus divergencias de opinión mues-
tran que no existe un dogma monolítico sobre Luna, el cosmos
y las diferencias de género. Un joven explica que es Luna
quien menstrúa. «Luna es hombre pero se transforma en mu-
jer». Otra mujer concuerda. «Luna menstrúa cuando está
mujer», y se refiere a la mitología para justificar su opinión.
«Nacieron dos hombres, sol y luna. Luna es hombre, después
se transforma en mujer»116.
Las explicaciones y los rituales de purga de los kuikuro
indican que el eclipse de Luna es vivido como un «estado de
homicidio» colectivo. El eclipse, el correr de la sangre femini-
za a Luna y feminiza momentáneamente a todos los hombres
y las mujeres que son penetrados por su sangre. Colectiva-
mente, se vuelven vulnerables a todo tipo de transformacio-
nes, a las enfermedades, a volverse perezosos, a quedarse
dormidos; es decir, al olvido de qué hacían y de quiénes eran
antes del eclipse. Debido al estado colectivo y generalizado
de olvido, de ignorancia, en el que el eclipse sumerge al
mundo –todo lo que existe, humanos, animales, plantas, obje-
tos, rituales y canciones– debe ser «despertado» para que se
vuelva a acordar de cómo vivir.
190
CAPÍTULO SEIS
Diseñar
117 Ver capítulo 4.2 con respecto al tejido con fibras entre los hombres airo-pai.
191
do para ello» (Guss, 1990:106). El período de servicio de la
novia que da inicio al matrimonio, es un tiempo en que el joven
debe poner especial ahínco para convencer a su suegro de sus
habilidades como tejedor de diseños de cestería.
Entre los artefactos que el joven debe proveer a su nueva
esposa está un plato con un diseño central que identificará a la
pareja por el resto de su existencia en común, y del cual co-
merán juntos a lo largo de su vida, a excepción de los períodos
de reclusión llevados a cabo por los esposos, sea conjunta o
separadamente. Si el hombre establece otras relaciones ma-
trimoniales, debe producir un plato con un diseño diferente
para cada una de sus esposas. La fabricación de la cestería
necesaria para la vida económica y ritual de una pareja, sin
embargo, no es únicamente de responsabilidad masculina,
puesto que cada mujer tiene el deber de producir su propia
wuwa, su canasta de cargar productos de la chacra, el único
objeto tejido de fibras fabricado por las mujeres. Es tal la iden-
tificación entre una mujer y su wuwa que esta llega a consti-
tuir «una prolongación de su cuerpo», y rara vez se ve salir a
una mujer del poblado sin su wuwa colgada de la espalda, ce-
ñida a su frente por un cinto de corteza (Guss, 1990:97). Las
wuwa no están formadas de diseños variados. La cestería con
diseños es una habilidad masculina.
Guss muestra que la cestería con diseños tiene un papel
iniciático para los hombres, ya que por medio del aprendizaje
del tejido los jóvenes aprenden la cosmología, la mitología y el
chamanismo (1990:136). Los hombres también adquieren el co-
nocimiento de los cantos de curación que acompañan la produc-
ción de los cestos. El que teje diseños canta mientras teje para
informar su tejido con los conocimientos y los poderes de su
canto. Y, el que canta teje diseños con la música, entrelazando
los hilos de la melodía y las palabras que contienen el trasfondo
invisible de las cosas y de los cuerpos. Este proceso de cantar
y de tejer está íntimamente relacionado al procesamiento de
sustancias venenosas tanto por hombres como por mujeres.
El uso de venenos es un elemento fundamental del mane-
jo del medio ambiente y de las tres principales formas de sub-
sistencia yekuana: la pesca, derivada del uso del veneno de
barbasco, que atonta a los peces en el agua por falta de oxíge-
192
no; la caza, basada en el uso del veneno curare, que paraliza
los músculos de las presas; y la agricultura dedicada a la pro-
ducción de yuca venenosa, comestible después de la elimina-
ción del mortal ácido prúsico de los tubérculos. Los otras for-
mas de procesamiento de sustancias venenosas que sustentan
la existencia yekuana son: las prácticas de reclusión –relacio-
nadas a la menstruación, al parto y la muerte de un familiar–,
el chamanismo de plantas psicoactivas y la cestería.
193
persona entabla el procesamiento de algún veneno, debe guar-
dar dieta y reclusión. Durante este período sus alimentos de-
ben ser servidos en un tipo particular de cesta. Sin la cesta, la
persona no puede llevar a cabo la dieta y reclusión. El autor
sostiene que «cuando una persona, hombre o mujer realiza un
ayuno importante de la vida, sólo puede comer de una cesta
especialmente confeccionada para ese fin [...] estas cestas son
versiones en miniatura de la waja tinghuikato, la gran waja
monocromática que se utiliza, junto con el tamiz, en la prepa-
ración del casabe» (Guss, 1990:173). Es decir, el diseño aso-
ciado a la transformación de la yuca venenosa es el utilizado
por las personas de ambos géneros para servirse los alimen-
tos durante todos los períodos de dieta y reclusión.
Todos los yekuana se someten a una variedad de dieta y
reclusión durante su vida. Algunos ayunos sólo duran pocos
días, como en el caso de la producción de barbasco por los
hombres, o la producción de iarake, una bebida de yuca fer-
mentada, por las mujeres. Si ellas no guardasen una dieta de
alimentos blancos, sin marcas rojas de sangre, durante los tres
días que dura la fermentación, la iarake sería hedionda e
imbebible. La dieta es necesaria para endulzar la boca de las
mujeres y para que la fermentación, considerada como una
forma de veneno, no sea ni demasiado amarga ni ácida. Si los
hombres no guardasen una dieta similar de un día, su barbas-
co no sería efectivo. Otros ayunos son más prolongados y es-
pecíficos, según la enfermedad o condición de la persona. En
el caso de dietas prolongadas, para comenzar, la persona eli-
mina todos los alimentos considerados peligrosos. Poco a poco,
va reintegrando alimentos a su dieta diaria en el mismo orden
en que los niños pequeños incorporan alimentos a su dieta al
crecer, «desde el más simple y puro hasta el más complejo y
tóxico», es decir, comenzando por alimentos blancos, sin ras-
tro de sangre, como gusanos suri, y terminando por los ali-
mentos con más sangre, como la carne de tapir y de huangana.
El cuidado de la dieta está a cargo de los hombres chamanes.
194
lidad yekuana, los que ayunan son como recién nacidos
que deben pasar por el mismo cuidadoso proceso de ini-
ciación. El simbolismo que impregna estos ayunos dedi-
cados a la pubertad, el nacimiento y la muerte, enfatiza
entonces en su totalidad el paralelismo existente entre
estos estados y el del principio (Guss, 1990:173).
118 Una concepción muy similar a la visión de las «cuentas de menstruación» de las
mujeres piaroa. Ver Introducción.
195
El autor muestra que el proceso de control de los venenos
cósmicos y su materialización en los diseños de los cestos teji-
dos por los hombres, es un proceso paralelo y similar al proce-
samiento del «veneno menstrual» y su transmutación en el cuer-
po de «nueva persona» de la mujer fértil. Al mismo tiempo, la
cestería tiene un papel instrumental para la transformación de
la muchacha, ya que durante su reclusión ella necesita de una
cesta monocromática para poder servirse los alimentos de su
dieta. La muchacha también depende de los cuidados de los
chamanes que purifican sus alimentos, y de su padre, que orga-
niza la fiesta de final de la reclusión. Es decir, la transformación
de la muchacha en un cuerpo ejemplar de la humanidad yekuana,
está enmarcada por el cuidado y el control masculino de los ve-
nenos cósmicos de la cestería y el chamanismo. A su vez, las
cestas hechas por los hombres para los períodos de reclusión
de ambos géneros llevan el diseño monocromático de la yuca
venenosa, una planta íntimamente asociada a las mujeres y a la
preparación de comida para el sustento diario. Mediante los
diseños, la producción de alimentos y la fabricación ritual de los
cuerpos, los procesos de control de los venenos masculinos y
femeninos se reflejan y se entrelazan unos a otros119.
196
feminidad cashinahua (1998:243). Para poder casarse, una mu-
chacha debe ser capaz de tejer una hamaca de algodón para
que ella y su esposo duerman juntos, tengan relaciones sexuales
y críen a sus hijos pequeños. Echados juntos en la hamaca y
envueltos por los diseños de su tejido, la pareja se recubre de
una «piel» común y forma un ser «dos en uno» similar a Yube,
«Luna/serpiente», el dueño cósmico de los líquidos y de los
diseños 122.
Al igual que la pareja envuelta en la hamaca, Yube es un
ser andrógeno y doble del que derivan y se diferencian las
agencias productivas y reproductivas de los hombres y las
mujeres. En su aspecto Luna, Yube es el regulador del flujo
de la sangre y de la fertilidad de la pareja. En su aspecto Ser-
piente, Yube detiene todos los diseños que constituyen la piel
y que transforman la forma de los seres. Los poderes primor-
diales andrógenos de Yube son repartidos entre los hombres y
las mujeres, conformando el género. La sangre de Yube, en
particular, es la sustancia de la que derivan las diferencias de
género y la visión de diseños por ambos géneros. Los movi-
mientos ondulantes de Yube son los movimientos del amor de
las parejas y los caminos serpenteantes que los muchachos y
las muchachas recorren al seducirse.
Para los hombres, la sangre de Yube es ayahuasca (Banis-
teriopsis caapi) o nixi pae en cashinahua, la bebida psicoactiva
utilizada por los hombres durante las sesiones chamánicas noc-
turnas. La sangre de Yube también es llamada nawa himi, «san-
gre del enemigo». Al ingerir ayahuasca, los hombres se em-
borrachan y sus barrigas quedan embarazadas de la «sangre
del enemigo» ingerida, volviéndose incontrolablemente férti-
les123. Pero no dan a luz a cuerpos de carne vivos sino a cuer-
pos de imágenes de luz. Estas ideas están expresadas en la
siguiente canción de nixi pae:
122 En la mitología cashinahua, tanto Luna como la boa son el resultado de una
unión incestuosa: la boa se forma a partir de la pareja incestuosa del diluvio y
Luna es la cabeza decapitada resultante del incesto. Ver capítulo 1.1 para el
mito sharanahua.
123 Es de notar la semejanza entre esta concepción del efecto psicoactivo del
ayahuasca con los rituales de homicidio. Ver capítulo 5.
197
Mi hijo adoptivo, vamos a calentar ayahuasca, a secar
la fuerza del ayahuasca. Nuevo en la barriga del hom-
bre. Vamos a caminar, hace tiempo que tomamos y no
pasa, está subiendo, quebrando ramas para encontrar
el camino. La fuerza ilumina el camino como una luz,
mi hijo adoptivo, el cielo está rojo, la fuerza está roja.
El hombre lo traga en su barriga, en el interior, traga
el cielo rojo [...] Mi cuerpo está cantando, girando
como un tizón de llamas. El hombre va a convertirse
mujer. Va a preparar comida. La mujer quiere prepa-
rar comida, se estira y se va fuera [...] ahí en el cielo
está el muchacho nambuã. La miel del cielo está dul-
ce, toma toda. Está muy dulce en nuestra barriga,
ráspelo y tómelo. En nuestra raíz, usted en la raíz del
nixi pae, otro mundo está saliendo, gente saliendo de
mi barriga [...] (palabras de Leoncio, líder de Conta.
Lagrou, 1998:139. Traducción propia).
198
Para las mujeres, la sangre de Yube es la «sangre del
enemigo» que las hace sangrar por la vagina y sustenta el
crecimiento y nacimiento de nuevos cuerpos de parientes.
El mito de origen de la menstruación, similar al mito shara-
nahua124, narra cómo las mujeres comenzaron a menstruar
después de haber tenido relaciones sexuales con Luna, el
hermano incestuoso cuya cabeza cortada y manchada de huito
(Genipa americana) ascendió al cielo para convertirse en el
astro lunar. Existen varias versiones de este mito entre los
grupos de familia lingüística pano. Algunas especifican que
en las noches de Luna nueva, Luna baja del cielo para tener
relaciones sexuales con todas las mujeres con su rabo de
raya roja. En otras versiones, las mujeres fueron salpicadas
con las gotas de la sangre de la cabeza de Luna cuando subía
al cielo. En todos los casos, la menstruación es concebida
como la «venganza» de Luna que vuelve a las mujeres seres
cíclicos, similares al astro lunar. Al mismo tiempo, el mito
establece la primacía de la sexualidad humana, ya que en la
vida diaria se considera que los hombres reproducen la ac-
ción de la sangre de Yube al tener relaciones sexuales con
las mujeres. Una mujer que no tiene relaciones sexuales
regularmente se «secaría» y dejaría de menstruar. «El pa-
pel de los hombres es el de mantener a las mujeres «moja-
das» y fértiles (Lagrou, 1998:139).
Yube también entrega poderes a las mujeres para sedu-
cir a los hombres, para controlar su fertilidad y para ser hábi-
les productoras con diseños; sea diseños tejidos en algodón
o diseños pintados sobre la piel de sus parientes con huito
negro (Genipa americana). Para que una muchacha se con-
vierta en una maestra tejedora de diseños, su abuela mater-
na125 mata una serpiente. La joven come sus ojos, expresan-
do un deseo, y guarda la piel de la serpiente en secreto bajo
el techo de su casa. La muchacha sabe que el ritual fue un
éxito cuando sueña con la serpiente. Los hombres dicen que
«cuando una mujer que comió los ojos de una serpiente de-
199
sea un hombre, lo hipnotiza así como una boa hace con su
presa» (Lagrou, 1998:243). El ritual para el control de la
fertilidad, por otro lado, debe ser llevado a cabo antes de la
primera regla. La madre o la abuela materna de la muchacha
pasan sangre de serpiente sobre la barriga de la joven pi-
diendo que se retrase el comienzo de la menstruación, o que
se dé un embarazo pronto, según cual sea su deseo. Este
ritual también puede ser llevado a cabo para obtener la este-
rilización definitiva de la mujer. Lagrou cuenta que un hom-
bre cashinahua, con quien trataba a menudo en su trabajo de
campo, le contó el caso de una joven que fue esterilizada en
la infancia por sus padres para que pudiese dedicarse ente-
ramente al tejido. La autora sugiere que esta historia le fue
contada a modo de reflexión sobre la semejanza entre su pro-
pia condición, en esa época, de mujer sin hijos dedicada al
estudio, y la hermana mayor de este hombre que nunca tuvo
hijos. Personalmente, nunca conoció a ninguna mujer cashi-
nahua que hubiese dejado de lado la maternidad para dedi-
carse al estudio de los diseños. Al contrario, la maternidad y
la producción de diseños van de la mano, y ambos son fuen-
tes de respeto y de prestigio para las mujeres. La habilidad
de hacer diseños también es un recurso económico, ya que
la venta de artesanías, hamacas, bolsas y collares, aunque
irregular y en pequeña escala, produce ingresos y confiere
cierta autonomía financiera a las mujeres, quienes utilizan
sus recursos para comprar ropa y alimentos para ellas y sus
hijos. En expresión de prestigio, una mujer en posición de
liderazgo es llamada «mujer con diseño» (ainbu keneya)
(Lagrou, 1998:242).
Los diseños, kene, hechos por las mujeres son grafismos
patronizados no figurativos, a diferencia de las imágenes (dami)
figurativas percibidas por los hombres embarazados de
ayahuasca durante las sesiones chamánicas. El kene de las
mujeres son trazos de líneas que recubren una superficie, o
más bien generan esta superficie como una piel que contie-
nen algo dentro. Kene no es una representación de algo, no es
una imagen de la forma de un ser, sino el padrón de grafismos
de líneas que constituyen la superficie de ese ser y lo contie-
nen, lo definen, y permiten su crecimiento y maduración.
200
Kene es esencialmente gráfico, un padrón diseñado que
cubre la piel o las cerámicas usadas para servir comida;
un tejido, un cesto o una estera que sirven de pared a
una casa; en fin, algo creado para contener el alimento o
los cuerpos [...] Los «cuerpos verdaderos» (yuda kuin)
cubiertos de «diseños verdaderos» (kene kuin) son la
suprema realización estética de seres humanos especí-
ficos que precisan dominar otras artes para ser capaces
de producir, modelar y decorar cuerpos de la manera
que gustan, es decir: cuerpos bonitos (hawendua), salu-
dables (xua, literalmente gordo, fuerte) y alegres
(benima). (Lagrou, 1998:189. Traducción propia).
201
haciéndole la piel, la agencia masculina «modela» la forma
tridimensional de su cuerpo, así como quien modela una es-
cultura de madera con un pico, una actividad de carpintería
considerada típicamente masculina (Lagrou, 1998:78). Por lo
general, las mujeres cashinahua en edad fértil no toman
ayahuasca. No es que estén prohibidas de hacerlo, algunas
participan en sesiones chamánicas ocasionalmente, pero se
considera que la disciplina requerida para la especialización
chamánica es difícilmente compatible con los procesos de
transformación de la sangre involucrados en la reproducción.
El olor de la sangre menstrual, en particular, destruye la ca-
pacidad de la visión chamánica y vuelve a las personas visi-
bles y vulnerables al ataque de espíritus comesangre.
El kene materializado por las mujeres en la piel de las per-
sonas, las hamacas y las tinajas, es complementario al dami
de los hombres, así como la piel de la superficie que constitu-
ye el cuerpo de un ser es complementaria a las imágenes
tridimensionales de este cuerpo126. Al mismo tiempo, el «kene
contiene todas las posibilidades de formas y de seres» (Lagrou,
1998:198) y sus diseños geométricos constituyen «caminos»
para la transformación potencial de un ser. La piel de la boa
contiene todos los diseños que pueden ser aprendidos por las
mujeres y es el sustrato de la transformación de todos los
202
seres en imágenes y cuerpos. Estos diseños se manifiestan
desde los primeros estadios de las visiones de ayahuasca y
se mantienen a lo largo del trance. A partir de ellos se forman
las visiones de imágenes (dami).
203
ser de las transiciones, de los caminos, de los desdoblamien-
tos. Hombres y mujeres derivan principalmente sus agencias
productivas y reproductivas de Yube pero también se diferen-
cian en su relación con los Inka. Es más, la polaridad comple-
mentaria Yube/Inka se reproduce entre los géneros, de tal ma-
nera que los hombres tienen más de Inka que las mujeres, quie-
nes son más asociadas a Yube. Por ejemplo, en el feto, los hue-
sos reflejan la contribución Inka masculina para la formación
del cuerpo. En los diseños de las mujeres, las superficies cla-
ras son el aspecto Inka y las líneas oscuras son Yube. En esta
vida, la luz imperecedera de Inka está subordinada al dominio
de la fertilidad cíclica de los fluidos de Yube. En cambio, des-
pués de la muerte, el ámbito imperecedero de los Inka es el
destino de los muertos de ambos géneros, quienes al dejar atrás
en el cadáver la fluidez de la vida, contraen matrimonio con un
Inka hecho de pura luz imperecedera.
204
de las chamanes shipibo-conibo), Anne Marie Colpron lleva a
cabo un estudio comparativo del lugar ocupado por la prácti-
ca chamánica en la vida de varias mujeres shipibo-conibo.
La autora muestra que detrás de ciertas concepciones co-
munes, cada mujer le da al chamanismo un significado y un
acercamiento diferente, dependiendo de sus relaciones con
su esposo y otros parientes, hombres y mujeres, así como
de sus aspiraciones y actitudes personales. El ámbito de
acción de las mujeres chamanes es similar al de los hom-
bres, y a menudo se considera que las mujeres tienen mayor
facilidad para aprender y pueden acumular mayores pode-
res que los hombres chamanes127. Sin embargo, para poder
ejercer el chamanismo es necesario evitar hacerlo cuando
se está menstruando y aprender a protegerse de los efectos
del olor de su sangre, y de todos los olores de fluidos deriva-
dos de la sangre.
Según la concepción shipibo-conibo de la corporalidad del
pensamiento, la sangre, el corazón y la cabeza son los princi-
pales sitios en donde se concentra el pensamiento (shinan).
Por medio del semen, derivado de la sangre paterna, el pen-
samiento de un hombre se transmite al feto y se mezcla con
la sangre y el pensamiento de la madre. Por esta razón, los
hombres deben respetar las restricciones de la covada, guar-
dando la debida dieta, para asegurar el bienestar de sus hi-
jos. Al nacer, los pequeños tienen poca sangre y, por lo tanto,
pocos pensamientos. Cuando van creciendo después de re-
cibir un nombre, su sangre va aumentando junto con la ad-
quisición de conocimientos al imitar y escuchar a sus padres.
Al llegar a la pubertad, los muchachos y las muchachas pue-
den a su vez unir sus sangres para comunicarle sus pensa-
mientos a sus futuros hijos.
127 Una idea similar es expresada por los shuar y por los quichua canelos. Guzmán
(1997:57) menciona el caso de un enfrentamiento ritual entre un hombre chamán
y una mujer chamán entre los quichua canelos que terminó en la muerte del
primero. Los pobladores atribuyeron la muerte al hecho que el samai, fuerza o
voluntad, de las mujeres es diferente al de los hombres, y las vuelve particu-
larmente poderosas en el chamanismo. Según los shipibo-conibo, la mayor faci-
lidad de las mujeres se debe a que sus cuerpos son más «blandos», y por lo
tanto, más permeables a los «aires» tanto positivos como negativos. Por esta
razón, las mujeres son más vulnerables al ataque de seres espirituales.
205
Tener pensamientos implica no solamente tener conocimien-
tos, sino ponerlos en práctica en el trabajo arduo y la generosi-
dad. Una persona que realiza un trabajo físico, haciendo palpitar
la sangre en sus venas, es una persona que demuestra tener
pensamiento. Como los hombres suelen hacer esfuerzos físicos
más extremos, se considera que tienen más pensamiento vigo-
roso que las mujeres, quienes son más blandas, a pesar de reali-
zar también grandes esfuerzos, especialmente cargando los pro-
ductos de la chacra. Por esta razón, se considera que la sangre de
los hombres es generalmente más espesa y más oscura que la
sangre de las mujeres. Sin embargo, la fortaleza de la sangre y
los pensamientos que transportan depende principalmente de
las capacidades demostradas por cada persona a lo largo de su
vida. Algunas mujeres trabajan con especial ardor, y por lo tanto
tienen más pensamiento que la mayoría de los hombres.
206
plantas residen en su sabia perfumada, que corre por sus ner-
vios, formando caminos de conocimiento, diseños sobre las hojas,
similares al curso de los ríos y de las venas. Para poder adquirir
el pensamiento de las plantas, las personas deben someterse a
períodos de dieta y reclusión durante los cuales consumen bre-
bajes hechos a partir de una o de varias plantas rao, según el tipo
de conocimiento que desean adquirir128. Todas las personas pue-
den guardar varios períodos de dieta en determinadas etapas de
sus vidas para adquirir fuerza y conocimientos. Pero solamente
algunas personas, que no tienen «miedo» según su decir, tanto
hombres como mujeres, llevan a cabo dietas con frecuencia aso-
ciadas a la toma de ayahuasca y de otras plantas psicoactivas. La
ingestión de estos brebajes, con la debida preparación de dietas
y reclusión, permite «ver» las «auras» (nete) de los «dueños»
espirituales, o «madres», de las plantas rao y cantar al unísono
con los espíritus auxiliares divinos cháiconibo. Los chamanes,
hombres y mujeres, son llamados onánya y aquellos que tras
mucho «dietar» plantas rao llegan a los niveles más altos de co-
nocimiento y entran al mundo de los dioses de luz Inka, son lla-
mados méraya (Colpron, 2002:323).
La idea clave de los períodos de dieta y reclusión es que a
través de la ingestión de plantas rao, la disciplina corporal, el
control sobre sus pensamientos, y las restricciones alimenti-
cias, la persona abandona su olor humano y adquiere el olor de
las plantas que está dietando, literalmente volviéndose planta
a su vez, transformando su cuerpo para incorporar en su san-
gre los pensamientos de las rao. Transformados en planta, lle-
nos de los «aires» de la planta y oliendo a planta, los personas
que han dietado pueden comunicarse con los cháiconibo, los
espíritus auxiliares de los chamanes hombres y mujeres. En
cambio, llenos del olor de la sangre y de la grasa de los anima-
les de caza y algunas frutas del monte que emanan de las per-
sonas durante la vida diaria –y en particular de las mujeres
menstruantes o de los hombres que regresan de cazar o de
207
pescar, o que han eyaculado– los humanos son repulsivos para
los cháiconibo, quienes se retiran (Colpron, 2004:267). Las
«madres» de las plantas rao también detestan los olores de la
sangre humana, enviando enfermedades, vengándose o
«cutipando» según la expresión en quechua regional, a quienes
se atreven a manipular sus plantas cuando están con malos olo-
res, así como a todos los que pasan por ahí inadvertidamente
(Colpron, 2004:205). Las dietas de plantas rao son un aspecto
fundamental del chamanismo shipibo-conibo, porque para curar,
durante las sesiones de ayahuasca el chamán entra en contacto
con las «madres» de las plantas que ha dietado, ve sus auras de
luz blanca (néte), recorre sus caminos (cáno) y canta sus cantos.
208
caminos del conocimiento de las rao que concentran la mayor
cantidad de poder129. Los caminos vistos por las personas que
hacen dieta con plantas rao durante las sesiones de ayahuas-
ca, son los «diseños geométricos» (kéne) de los «dueños» de
las plantas rao. Cada rao tiene su propio diseño según sus
cualidades, ya sea medicinales, venenosas, enamoradoras, etc.
Los diseños de las plantas son similares a los diseños hechos
por las mujeres para cubrir las tinajas de cerámica, la piel de
las personas y las telas de sus ropas, pero muchísimo más
bellos. Durante las sesiones de ayahuasca, los participantes
aparecen cubiertos de los diseños de las plantas rao y se lle-
nan de su belleza, su pensamiento y su fuerza. Los enfermos
aparecen primero como cubiertos de «malos aires oscuros»
(jakónma wíso níwebo) que deben ser limpiados por los espíri-
tus auxiliares del chamán, para después recibir los diseños
de curación de las plantas (Colpron, 2004:301).
La autora muestra que las mujeres chamán tienen acceso
a los mismos ámbitos de poder y curación que los hombres.
Así como sus colegas masculinos tienen esposas entre los es-
píritus, las mujeres chamán tienen esposos cháiconibo con los
que engendran hijos, compartiendo la paternidad con sus es-
posos shipibo-conibo. Por lo general, las mujeres chamán es-
tán relacionadas a algún hombre chamán, ya sea su propio
esposo o un familiar. No obstante, practican el chamanismo
por cuenta propia, y presiden las sesiones de ayahuasca don-
de hay hombres de menor conocimiento que ellas. Un aspecto
que sí las distingue, es la necesidad de evitar tomar ayahuasca
cuando están menstruando. Según la experiencia de cada
mujer y la situación en que se encuentra, el embarazo no im-
plica una interrupción de sus actividades chamánicas, aunque
la mayoría toma ciertos cuidados. El olor de la sangre menstrual
y del post-parto, sin embargo, es incompatible con el contacto
129 César, el esposo onánya de Justina, explica que los nervios bombeados que
resaltan de las hojas de la planta cáwa (Psychodria viridis), una rao que invaria-
blemente es mezclada con la poción de ayahuasca y que es, según los onányabo,
responsable por el efecto de mareación (paé), son los caminos por los que viaja
o «vuela» el chamán. Los caminos chámanicos dados por las rao se concentran
en versión minúscula en los nervios de las hojas, los «dibujos» que según los
onányabo poseen la mayor cantidad de poder.
209
con los espíritus cháiconibo. Las mujeres chamán no toman
ayahuasca cuando están menstruando pero conocen procedi-
mientos para derivar fuerza de su contacto con la sangre.
Tradicionalmente, al llegar a la menarquia, los genitales de
las muchachas eran operados durante una «gran fiesta de la
bebida», el Ani Xheati. La joven, con la piel cubierta de diseños
kene, era embriagada con masato de yuca y llevada a un lugar
apartado de la fiesta por sus parientes mujeres mayores, don-
de realizaban la escisión de su clítoris130. La sangre corría rápi-
damente y para contener la hemorragia, se le aplicaba emplas-
tos de hierbas y se le introducía una pieza de cerámica en for-
ma de pene entre los labios menores para facilitar la cicatriza-
ción131. El cerquillo de los cabellos de la joven también eran
cortados, dejando ver su rostro132. Hoy en día, la escisión del
clítoris no se practica más, y la celebración de la pubertad se
concentra en el corte del cerquillo del cabello. Durante la reclu-
sión que acompañaba la operación, la muchacha se mantenía
quieta, escuchando los consejos de su madre.
La fiesta de la pubertad femenina es la principal festivi-
dad shipibo-conibo y congrega a una gran cantidad de partici-
pantes de las comunidades vecinas y lejanas. En las fiestas, a
menudo se daban duelos de fuerza entre hombres y también
entre mujeres. Los hombres se retaban a ver quien cortaba el
cuero cabelludo del otro, en demostración de sus celos ante el
amante de su esposa. Las mujeres se empujaban con fuerza
unas a otras. También cantaban en grupo el mashá dedicado al
masato fermentado en las tinajas y a la yacumama, la boas
acuática, «dueña» cósmica de todos los diseños realizados por
130 Morin reporta que los viejos justifican la escisión diciendo que el sexo de las
mujeres no operadas despide mal olor. La autora señala que, paradójicamente, el
Ani Xheati ha suscitado numerosos escritos, «pero ningún estudio científico ex-
haustivo que se apoye en la observación directa» (1998:391). No podemos afirmar
con certeza en qué consiste la operación, y si realmente implica una clitorodecmia
total o un corte de los labios menores como en el caso airo-pai (Belaunde, 2001).
131 Muestras arqueológicas de esta pieza de cerámica, llamada xhébinanti, han sido
encontradas en la cuenca baja del Ucayali, en una zona de habitación cocama,
por lo que Morales sostiene que existían redes de intercambio entre los shipibo-
conibo y los cocama (2002:47).
132 Así como en el caso de las plantas se considera que el poder se concentra en los
nervios de los retoños de las hojas, igualmente, en la mujer el poder se concen-
tra en la punta de los cabellos y en la extremidad de los genitales.
210
las mujeres sobre las tinajas, la piel del cuerpo y las ropas133
(Valenzuela y Valera, 2005:43). En el pasado, la fiesta y la
operación de la muchacha eran objeto de gran orgullo, tanto
para la muchacha como para sus familiares. Las razones da-
das para la operación eran múltiples, incluyendo la idea de
que la operación favorecía a que la joven engordase y tuviera
buena salud para la maternidad.
Las mujeres explican que de las partes de sus genitales
que eran cortadas se formaba un pájaro, llamado xhébijana isá
(clítoris/pájaro), que es considerado como el «dueño del mun-
do de la sangre». Al ser iniciadas en los conocimientos de
este pájaro, junto con la práctica de dietas de plantas rao per-
fumadas, las mujeres conseguían neutralizar la pestilencia de
su sangre. Como explica Justina, «Me lavo como si tuviese un
vestido sucio» (Colpron, 2004:328). Las mujeres chamanes
utilizan el conocimiento de la sangre como un escudo contra
los ataques de los seres espirituales que son atraídos por el
olor de la sangre. Algunas también tienen los conocimientos
para entrar en el poderoso «mundo de la sangre», y transfor-
marse ellas mismas en sangre. Las experiencias de las muje-
res chamán varían al respecto, pero por lo general, todas ellas
poseen medios para transformar el estado de vulnerabilidad
en el que el correr de su sangre las coloca, en una fortaleza y
una capacidad de curación, tanto para ellas mismas como para
los demás. Una similar fortaleza era derivada de su sangre
por las mujeres que no seguían los caminos del chamanismo
pero que dominaban el arte de hacer diseños sobre la piel.
Actualmente, la fiesta del Ani Xheati continúa ocupando
una posición central en las ideas asociadas a la producción de
diseños por las mujeres, sean estas chamanes o no. Como lo
explica Agustina Valera, en El testimonio de una mujer shipiba,
a través del canto del mashá, las mujeres reunidas en grupo
invocaban el pensamiento de las yacumamas, las boas «ma-
dres del agua» y de la fertilidad, asociada a la fermentación
del masato dentro de la tinaja cubierta de diseños.
133 Al igual que los diseños de los retoños de las hojas rao tienen el mayor poder, los
diseños de la punta de la cola de la boa también son los más poderosos. Así como
los cashinahua, los shipibo-conibo consideran que la boa contiene todos los
diseños que existen.
211
Las mujeres venían al Ani Xheati y cantaban y dan-
zaban el mashá, integrándose cada vez más mujeres
al grupo. En el mashá se canta a las yacumamas que
yacen allí. Las yacumamas son las tinajas cuyos di-
seños se asemejan a los diseños de las verdaderas
yacumamas. El estómago de la yacumama contiene
algo, ese algo es la bebida (Valenzuela y Valera,
2005:43).
212
Según Agustina Valera, los diseños son el pensamiento de la
boa contenido en el piripiri que se manifiesta en las personas
por medio de la imaginación. No son una creación meramente
humana ni algo aprendido de los demás. Los diseños hechos
por las mujeres también se refieren a los ríos, a la fiesta del
Ani Xheati y al correr de la sangre de las mujeres. Los dise-
ños en cruz están asociados a la cruz de palo plantada por los
hombres al comenzar la fiesta para sacrificar un mono maqui-
sapa u otro animal. Los diseños en curva, que siempre acom-
pañan a la cruz, están asociados a los caminos sinuosos reco-
rridos por los jóvenes al buscar pareja.
134 El análisis de Gow (1990) sobre la fiesta de la menarquia entre los yine, en
términos de un circuito de flujos que unen a la parentela, la sangre femenina, el
masato de yuca y los diseños de las mujeres, es relevante en el caso shipibo-
conibo. Ver capítulo 2.1.
213
gresos propios para sustentar a sus hijos y comprarles ropa.
«Por más que nuestros esposos trabajen, no alcanza. Por más
que sembremos arroz, demora tres o cuatro meses todavía
para producir. Por esa razón salimos a vender artesanía» (Va-
lenzuela y Valera, 2005:209).
214
economía familiar a la economía turística, y la intimidad de las
relaciones de parentesco a la alteridad de las relaciones con los
turistas. Como señala Lina Gallego en su tesis El tejido de la
vida, para los niños yagua de la comunidad de La Libertad, los
turistas son «blancos», que «viven lejos», «compran artesanías»,
«toman fotos» y «llevan recuerdos» (Gallego, 2004:185).
Los «recuerdos» que llevan los turistas son la materializa-
ción del pensamiento de las mujeres en el arte de tejer hama-
cas, bolsos y collares, artefactos que desde siglos atrás son
valores de intercambio, emblemas de la agencia femenina y
de la complementariedad de la pareja, y que actualmente se
han convertido en el sustento de las familias dependientes de
mercancías para su día a día.
215
Desde muy temprana edad, las niñas ponen en práctica las
técnicas de la chambira, acompañando e imitando a sus madres
y demás familiares mujeres en sus trabajos. Pero el aprendiza-
je de la chambira está particularmente relacionado al correr de
la sangre femenina. Durante la reclusión de la menarquia la
joven internaliza el comportamiento de la tejedora, torciendo
chambira sin parar y escuchando los consejos de su madre, en
preparación a la vida conyugal. Según la cosmología, el arte del
tejido fue apropiado por los yagua de una serpiente «madre»
de las plantas de chambira, a la cual mataron y quemaron136.
216
Todo comenzó con Luna [...] él copuló en sueños con
las mujeres y les pateó el vientre [...] ellas no se die-
ron cuenta enseguida pero, cuando amaneció, perdie-
ron la primera sangre [...]. Era luna verde, justo des-
pués de la luna nueva. Le preguntaron en sueños a
Luna para qué servía eso. Luna les contestó que para
engendrar la sangre debía correr. ‘Voy a fecundarlas
a todas’, les anunció. ‘Seré el padre de arriba’. Tres
lunas más tarde, el vientre de las mujeres estaban
redondos [...]» (Chaumeil, 1998:214-215).
137 Ver capítulo 4.2 para una comparación con el tejido de hamacas de chambira
entre los airo-pai (Belaunde, 2001). Mientras entre los yagua el tejido es una
actividad femenina, entre los airo-pai es masculina. Sin embargo, también está
íntimamente asociada al origen de la humanidad, a la menstruación y a la
fertilidad compartida por la pareja. En particular, la hamaca está asociada al
tejido amniótico que envuelve al feto concebido como un aspecto masculino del
útero. Así como entre los yagua, los momentos pasados juntos torciendo chambira
son de gran intimidad y sosiego, cuando la familia se reúne para conversar,
bromear, intercambiar planes, contar historias y dar consejos a sus hijos.
217
artesanías en las ciudades de Leticia o Iquitos. Las mujeres
envían sus productos a la ciudad ocasionalmente, cuando al-
gún familiar o ellas mismas viajan. Por lo general, las ventas
se dan en la propia casa, cuando los botes de turistas que pa-
sean por el río Amazonas paran en la orilla en busca de expe-
riencias «auténticamente» amazónicas. Para responder a su
expectativa, los hombres yagua se visten con la champa, la
falda de fibras, y las mujeres despliegan sus productos en cor-
deles. Hasta los artefactos nuevamente incorporados a su pro-
ducción, los cinturones, lampareros y móviles, son investidos
de un halo de «genuinidad». El guía incita a los turistas a to-
mar fotos y a comprar los productos. «Aproveche que esto es
lo más típico de por aquí, esto ya no se vuelve a repetir» (Ga-
llego, 2004:191).
En las noches, cuando los turistas se van, las familias de
La Libertad observan el horizonte sobre el río en busca de las
pequeñas luces misteriosas de los chimbalacos, los «cortaca-
bezas», los seres con forma humana y alas de ave que atacan
a los pescadores en las noches.
218
dad. La amistad con los blancos es demostrada, en particu-
lar, durante los campeonatos de fútbol, en los que participan
entusiastamente todas las comunidades, indígenas y colonas
de la región. Por otro lado, existe una gran preocupación con
la creciente preferencia de las muchachas yagua por casar-
se con hombres blancos. En efecto, los casos de matrimonios
mixtos, relativamente raros, suelen ser de mujeres indíge-
nas con hombres de fuera, y no viceversa. Usualmente, esto
significa la partida de la muchacha de la comunidad.
219
220
CAPÍTULO SIETE
Morir y multiplicarse
221
Esto no quiere decir que los araweté sean mórbidos y deseen
la muerte, lamentando la vida. Al contrario, en el día a día, los
hombres y las mujeres araweté son de carácter apacible, aten-
tos, de buen humor y siempre dispuestos a intercambiar bro-
mas irónicas, especialmente con sus cuñados, incluyendo a
los visitantes de fuera, a quienes suelen tratar de cuñados.
Las mujeres, observa el autor, son abiertamente afirmativas
de su autonomía. Pero son los muertos los que «ponen en mo-
vimiento» la vida araweté.
222
otro’» (Viveiros de Castro, 1992:1). Una persona sólo logra
completar su ser al morir, al ser devorado y resucitado por
sus enemigos y parientes políticos celestiales, los «dioses por
excelencia», Maï hete, también llamados «nuestros gigantes-
cos-temibles afines potenciales». Según la cosmología araweté,
los dioses tratan a los muertos como enemigos porque los
muertos se comportan como enemigos ante los dioses. Un
muerto «es un ser feo, sucio y mezquino, lleno de rencor por
haber muerto. Al llegar al cielo, las almas masculinas son aco-
gidas por los Maï con exigencias insistentes de regalos pre-
ciosos; las almas femeninas, con exigencias de favores sexua-
les. Como los muertos siempre son muy avaros, negándose a
establecer relaciones con los Maï, se hacen matar» (Viveiros
de Castro, 2003:45). Al volver a morir y ser devorados en el
cielo, los muertos son transformados en dioses y contraen
matrimonio con un dios. Tanto los hombres como las mujeres
comparten este destino post mórtem, pero los hombres que
mataron a un enemigo en guerra y que atravesaron el ritual
de reclusión de los homicidas, pueden entrar al ámbito de los
Mai hete sin ser devorados por estos en el cielo. En el pasado,
casi todos los hombres araweté eran guerreros matadores,
mientras que las mujeres no lo eran. Morir tenía, por lo tanto,
implicaciones post mórtem diferentes para los hombres y las
mujeres.
223
prender la relación entre el destino post mórtem de los hom-
bres –los matadores y los muertos en guerra– y la fertilidad
de las mujeres, es necesario comprender la práctica araweté
de la «amistad ritual» y el compartir las parejas sexuales.
En la vida diaria, cuando se forma una nueva pareja, el de-
seo y la envidia de los demás hombres se despierta. «Nada
es más deseable que la nueva esposa del vecino» (Viveiros
de Castro, 1992:168). La joven casada es cortejada por to-
dos, y pasa a entablar relaciones extraconyugales con varios
hombres, incluyendo a su esposo, que compiten por su aten-
ción. Esta situación se estabiliza después de un tiempo, cuan-
do uno de sus amantes deja de competir con su esposo y se
convierte en el aïpi-pihã, «amigo ritual», de la pareja. De
esa manera, puede mantener relaciones sexuales abierta-
mente con ella sin despertar los celos de su esposo. Igual-
mente, la esposa del amigo ritual de su esposo puede tener
relaciones sexuales con su esposo, dándose un intercambio
abierto de parejas. Dos hombres unidos por una amistad son
compañeros de trabajo, caminan por la aldea abrazados, bro-
meando, sin ninguna connotación de agresividad. Sus espo-
sas también son amigas rituales entre sí, y se acompañan,
durmiendo juntas las noches en que sus esposos están fuera
del poblado cazando o de viaje.
Dado que, según el pensamiento araweté, todos los hom-
bres que tienen relaciones sexuales con una mujer contribu-
yen con su semen a formar el cuerpo del feto138, los amigos
rituales masculinos comparten la paternidad de los hijos naci-
dos de sus esposas. Es de notar que antes de establecerse la
amistad ritual entre dos hombres, no existe entre ellos una
relación de parentesco ni de afinidad. La amistad ritual per-
mite crear una nueva relación de intercambio de parejas
sexuales diferente de la afinidad, que sustenta la paternidad
compartida de los niños de la aldea. Tanto para hombres como
para mujeres, «tener amigos rituales es un signo de madu-
rez, afirmación, generosidad, vitalidad y prestigio» (Viveiros
de Castro, 1992:169). Generalmente, las parejas de casados
138 Así como entre otros pueblos tupi, se considera que el feto es hecho de semen.
La mujer contiene al feto durante la gestación.
224
mantienen amistades rituales con más de una pareja. «El nú-
mero ideal de progenitores» de un hijo, sin embargo, «parece
ser dos o tres, más de esto lleva a un parto doloroso o a pro-
blemas de piel distendida» (Viveiros de Castro, 1992:180).
Todos los hombres que colaboran con el «trabajo de la concep-
ción» observan las restricciones de la covada, durante el em-
barazo, el parto y el post-parto, asumiendo de esta manera la
responsabilidad ritual por el bienestar del niño y de la madre.
Al mismo tiempo, el intercambio de parejas se acompaña de la
observación de métodos de control de la natalidad para asegu-
rar un intervalo apropiado entre los nacimientos, algo que los
araweté consideran importante para la salud y la crianza de
los niños (Viveiros de Castro, 1992:181). El autor afirma que
los hombres practican el coito interrumpido, y en caso de em-
barazo indeseado, las mujeres abortan, presionando sobre su
abdomen, o cometen infanticidio en el momento del parto. Hoy
en día, la población araweté está en crecimiento, pero la ne-
cesidad de espaciar los nacimientos sigue siendo una priori-
dad dentro de su concepción de la paternidad compartida.
La guerra y la matanza de un enemigo era otra manera de
obtener un amigo ritual para compartir la paternidad de los
hijos. El hombre que mataba, o simplemente hería, a un ene-
migo en guerra, era penetrado por la sangre de su víctima, y
regresaba al poblado vomitando sangre, debiendo someterse
a un período de dieta y reclusión durante el cual, literalmen-
te, el matador se fusionaba con el cadáver de su enemigo y
del que emergía transformado, habiéndose familiarizado con
el espíritu de su víctima. Durante la reclusión, el matador
sentía cómo se pudría «su cuerpo»; es decir, el cuerpo de su
víctima fusionado al suyo, y cómo apestaba. Aunque estaban
fusionados, el matador debía de mantenerse físicamente ale-
jado del cadáver de su víctima, ya que si llegaba a tocarlo, su
barriga se hincharía en una «especie de parto mortal» (Viveiros
de Castro, 2003:47). El homicida no podía tener relaciones
sexuales con su esposa, porque se consideraba que quien pe-
netrara primero a su mujer sería el espíritu de su víctima. El
matador moriría inmediatamente contaminado por el semen
de su víctima. Pasadas las primeras etapas de la putrefacción,
se consideraba que el espíritu de la víctima dejaba el cuerpo
225
del matador. Se iba a los confines de la tierra a «buscar can-
tos» y regresaba, lleno de rabia, para transmitírselos a su ma-
tador. Entonces comenzaba un período de familiarización en-
tre el espíritu de la víctima y su matador. Al principio, la rabia
de su enemigo muerto volvía al matador violento contra sus
propios parientes. Por esta razón, los matadores eran consi-
derados personas temperamentales, a diferencia de las per-
sonas que nunca habían matado a alguien, que eran considera-
das inofensivas. Al cabo de cierto tiempo, la rabia del espíritu
de la víctima se apaciguaba, y se establecía una relación de
amistad ritual entre el homicida y su víctima. Entonces, la
reclusión llegaba a su término y se festejaba la reinserción
del matador a la vida diaria. En una gran fiesta, el matador
cantaba en público los cantos transmitidos por el espíritu de
su víctima, fusionado a su víctima en una amistad ritual tras-
cendental. A partir de ese momento, el matador podía volver
a tener relaciones sexuales con su esposa. El semen que de-
positaba en ella era considerado el producto de la unión de su
propio semen con el semen de su víctima, del que nacían los
hijos. Esto quiere decir que, en el pasado, cuando todos los
hombres araweté, vivos y muertos, eran o bien matadores o
bien víctimas caídas en guerra, se consideraba que los niños y
las niñas tenían varios padres vivos y varios padres muertos.
Sus padres vivos eran los amigos rituales vivos de su madre,
y sus padres muertos eran los amigos rituales muertos –los
enemigos víctimas– de sus padres vivos. La identidad araweté
era producida por esta mezcla de sustancias y espíritus de
vivos y muertos para la formación de los hijos. Al mismo tiem-
po, la identidad masculina construida por medio de los ritua-
les del homicidio permitía que los hombres matadores sobre-
pasasen la condición humana de «comida de los dioses» al
momento de morir.
El autor sostiene que al fusionarse con el espíritu de su
víctima de guerra, recibir los «cantos de los enemigos» que el
espíritu de su víctima traía de los confines de la tierra, estable-
cer una amistad ritual y engendrar hijos conjuntamente con el
espíritu de su víctima, el matador podía traspasar los límites de
su percepción de sí mismo. Fusionado al espíritu de su enemi-
go muerto, el matador podía verse a sí mismo a través de los
226
ojos de su víctima, es decir, verse a sí mismo como su enemigo.
De esta manera, el matador incorporaba el punto de vista de su
enemigo, volviéndose a la vez «yo» y «otro». En esto consistía
la semejanza entre el matador y los dioses. Por esta razón, el
matador no requería volver a morir en el cielo y ser comido por
los dioses para unirse a los dioses. Las mujeres, en cambio, no
atravesaban una experiencia fusional similar a la del matador
durante los rituales de dieta y reclusión del homicidio, y eran
comidas por los dioses para poder renacer a su vez como diosas
en el cielo. Hombres y mujeres tenían el mismo destino post
mórtem, pero el camino de su llegada al cielo difería.
Entre los cashinahua (Huni kuin)139, el camino al cielo de
los hombres y de las mujeres también es diferente, en parte
debido al hecho que la mayoría de los hombres toman
ayahuasca cuando están en vida, mientras las mujeres no
suelen tomar ayahuasca. McCallum (1996) muestra que se-
gún la teoría cashinahua de la muerte, al morir, el «alma del
ojo» (bedu yuxin) se separa del «alma del cuerpo» (yuda yuxin)
y emprende el camino hacia la morada celestial de los dioses
caníbales Inka. Los hombres escuchan la voz de un espíritu
que dice: «shui shui shui –es el Arma del Extranjero...
¡Terushka!». El «alma del ojo» de los que han tomado aya-
huasca en vida y desarrollado asociaciones chamánicas con
los poderosos espíritus de transformación llamados yuxibu,
corre el riesgo de ser devorada por estos seres y no llegar a
la morada de los Inka. Pero si la persona que tomó ayahuasca
desarrolló asociaciones chamánicas con los espíritus celestia-
les Inka, entonces estos seres guían su «alma del ojo» por el
camino, tratándola como a un cuñado, recibiéndola en el cielo,
dándole de comer maní y ofreciéndole una esposa Inka. Como,
por lo general, las mujeres cashinahua no toman ayahuasca, la
muerte no es una experiencia aterradora para ellas. Al morir
las mujeres escuchan solamente «shui shui shui». Sus parien-
tes muertos vienen a buscarlas para llevarlas al cielo, en don-
de también se casan con un Inka. Estas diferencias en el pro-
ceso de morir manifiestan las diferencias de las agencias fe-
meninas y masculinas en vida (McCallum, 1996:52-53).
227
Para ser productivos, los hombres desarrollan capaci-
dades sociales para lidiar con seres peligrosos del ex-
terior –el bosque, lo sobrenatural, la ciudad–. La «ca-
pacidad masculina», así como la «capacidad femeni-
na», es enseñada, no es innata. Se inscribe en el cuer-
po como un aspecto intrínseco de la individualidad es-
pecífica que define su condición de persona. Al morir,
la capacidad de un hombre para lidiar con seres peli-
grosos del mundo externo es sometida a una prueba
máxima, en la medida en que se enfrenta a la hostili-
dad de ciertos espíritus y monstruos [...]
La capacidad creativa de las mujeres, por otro lado, se
realiza en las chacras y en las casas, donde el peligro es
poco y la valentía una capacidad secundaria –sólo en el
acto de dar a luz es que las mujeres son consideradas
más valientes que los hombres–. Las relaciones de las
mujeres con los extranjeros son generalmente media-
das por sus maridos y sus parientes hombres. Las mu-
jeres transforman los productos de las actividades de
los hombres en el mundo externo en personas, alimen-
tos y cosas propiamente cashinahua. Sus actividades en
interacción con las de los hombres constituyen el «inte-
rior» de la vida social cashinahua. El proceso de muerte
de las mujeres refleja esa orientación. Si los hombres
cashinahua mueren por medio de la afinidad masculina,
las mujeres cashinahua mueren por medio del paren-
tesco (McCallum, 1996:52-53. Traducción propia).
228
nawa (rituales). Dicen que ellas están siempre
divirtiéndose.
S Ahí se dice que no tienen más dolor de dientes, no
sufren más, no comen más.
C ¿No comen?
A Dicen que ellas están siempre de fiesta, haciendo
sai sai iki (ritual).
S Todo el mundo animado. Es aquí que la gente traba-
ja bajo el sol caliente y come. Sufre mucho. Pero
donde ellas están no es así. Es tan bueno ahí, dicen
que ellas no sufren más.
C ¿Ellas tienen relaciones sexuales?
S Dicen que no; eso es aquí. Yo creo que ahí ellas no
hacen más extravagancias. No tienen dolor de ca-
beza, no tienen nada, no tienen más historia. No mue-
ren más (McCallum, 1996:49. Traducción propia).
Hasta mediados del siglo XX, al morir una persona, sus parientes
organizaban banquetes funerarios para comer sus cuerpos colec-
tivamente. Los hombres cortaban la vagina de sus esposas, las
cocinaban por separado y las comían en secreto, sin ser visto por
nadie. Las mujeres hacían igual con los genitales de sus espo-
sos. El resto de la carne del difunto era hervida y dividida entre
todos los presentes en el banquete, incluyendo a los parientes
consanguíneos y afines. Los huesos eran molidos y mezclados
con carne de caza y vegetales140. Así como otros grupos amazóni-
cos que practicaban el canibalismo funerario de sus parientes, el
consumo del cuerpo era concebido como un acto de amor y compa-
sión hacia el difunto y como una manera de propiciar la partida de
su «alma del ojo» hacia el ámbito celestial. También era una mane-
ra de asegurar el bienestar de los vivos y de evitar que ciertos
aspectos del «alma del cuerpo» de los difuntos se quedasen ron-
dando entre ellos, agobiándolos con recuerdos y nostalgia, tra-
yéndoles enfermedades y causando nuevas muertes. Al comer
el cuerpo de sus parientes, la historia de los vivos podía conti-
nuar su curso, libre de la necesidad de venganza de la muerte.
140 A diferencia de los banquetes funerarios de los parientes wari, durante los
cuales sólo los parientes políticos comen el cuerpo del difunto. Ver capítulo 5.4.
229
7.2. LA MATANZA DE LOS NIÑOS: GUAYAQUI Y ASHÁNINKA
230
al cabo de un tiempo y él la mató de un flechazo cuando dor-
mía. La muchacha también fue vengada, pero solamente por
un ritual de simulación de matanza, sin que nadie muriese.
Jakugi y su esposa guardaron la reclusión de los homicidas
juntos, y fue su propia hermana, la madre de la muchacha,
quien lo cuidó durante ese tiempo como «si fuese su propio
hijo». A partir de ese momento Jakugi comenzó a llamarla
chupiaregi, «mi madrina». La «madrina» es la persona que
levanta al recién nacido del suelo, ya que nacer para los
guayaki, es «caer» del útero de su madre al suelo, pero sólo
los recién nacidos que son recogidos del suelo son aceptados
a la vida. Los niños que son dejados a morir son enterrados
junto con la placenta. Cuando un hombre mata a alguien, él
también muere en venganza por haber hecho correr la sangre
de su víctima. El período de reclusión del homicidio indica un
período de muerte ritual del homicida, en el que el homicida
se fusiona a su víctima. La reclusión concluye con el renaci-
miento del matador en reemplazo de su víctima. Por esta ra-
zón, la madre de su víctima se vuelve «su madrina», y lo cui-
da y le da de comer durante los primeros días de su renacer
trayéndolo de vuelta a la vida. Tal es el ciclo de la venganza y
de la fusión entre el matador y su víctima.
Años más tarde, cuando Pierre Clastres conoció a Jakugi,
era un hombre tranquilo y melancólico, abandonado por su es-
posa, que pasaba las noches tocando su flauta tristemente.
Cuando le contó la historia de cómo había matado a su sobrina,
habló sin cesar toda una mañana, repitiendo ansiosamente sus
palabras entrecortadas, apretándose las manos, y pareciendo
aliviado de poder revivir ante un extranjero algo que tenía
guardado desde hacía mucho tiempo. «Ella gritaba: ‘¡Me quie-
re matar! ¡No me mates!’ ¡Y ahí estaba yo sin valentía, sin
coraje! Pero había cantado, y tenía que hacer jepy (venganza)»
(Clastres, 1972[1998]:179). La matanza dejó huellas profun-
das en los recuerdos del matador, forzado a ejecutar la ven-
ganza por la lógica implacable de su concepción de la muerte.
En el pasado, hechos como estos acontecían regularmente
cuando alguien del grupo moría. Si un hombre adulto moría, se
sacrificaba a uno de sus hijos, generalmente a una niña, para
que lo acompañe y su espíritu deje de atormentar a sus pa-
231
rientes. Los niños varones eran sacrificados sólo en la tierna
edad, pero las niñas, como en el caso anterior, podían ser sa-
crificadas hasta antes de llegar a la pubertad. Tal vez debido a
esta razón, había una escasez de mujeres sexualmente madu-
ras entre los guayaki, la cual era compensada con el rapto de
mujeres de grupos enemigos. Una vez más, la lógica de la
venganza llevaba a la guerra y a nuevos actos de venganza,
ante los cuales, las niñas eran particularmente vulnerables
de sucumbir.
Una mayor vulnerabilidad de las niñas también caracteri-
za los casos de acusaciones de brujería infantil entre los pue-
blos de familia lingüística arawak de la selva central del Perú.
Sin embargo, Beatriz Fabián (2005) y Fernando Santos Grane-
ro (2004) sostienen que cualquiera puede ser acusado de bru-
jería. Según los asháninka, los ashéninka, los notmatsiguenka
y los yánesha, los niños de ambos géneros son susceptibles
de volverse brujos desde muy temprana edad, si es que reci-
ben en sueños la visita de un brujo. Éste les entrega un hue-
so, una espina o una astilla de chonta, y luego les golpea la
mano, haciendo que el objeto caiga y se entierre en el suelo,
causando de esta manera alguna enfermedad en una persona
cercana. El conocimiento de la brujería también puede ser
pasado de un niño a otro, o enseñado por animales maléficos.
A medida que va creciendo el niño, la brujería se vuelve un
acto consciente. Por ejemplo, los yánesha sostienen que los
niños brujos piensan con rabia en sus víctimas e incitan con
sus pensamientos a las hormigas, y a otros animales que les
sirven de auxiliares, a que entierren objetos patógenos en el
suelo. Los niños y las niñas malhumorados son particularmen-
te susceptibles de ser acusados de brujería, así como los que
destacan por su inquietud y su perspicacia. Entre los ashánin-
ka, la mayoría de las acusaciones atañen a las niñas pequeñas,
seguido por las muchachas adolescentes solteras, y después,
por los niños varones. Generalmente, los acusados son perso-
nas socialmente vulnerables, sin un hombre adulto que los
defienda, huérfanos de padre, niños raptados y hasta mujeres
viudas. Cualquiera puede ser acusado cuando se le sospecha
de haber embrujado a sus propios padres, sus hermanos o a
algún pariente cercano.
232
Los acusados son castigados con crueldad –insultados, gol-
peados, quemados, sofocados, encerrados, dejados sin comer–
para obligarlos a revelar dónde habían enterrado sus objetos
maléficos. Desde el punto de vista de los acusadores, los ni-
ños brujos no son verdaderos niños, sino brujos adultos inmor-
tales e invencibles, disfrazados de niños. Si es que después
del escarmiento, el enfermo mejora, el niño podía ser ritual-
mente purificado y liberado. Pero si el enfermo muere, en el
pasado, se mata cruelmente al niño brujo y su cuerpo es que-
mado o lanzado al río para evitar que la «sombra» del brujo
regrese a enseñar sus hazañas a otros niños. En otros casos,
se entrega al niño acusado a comerciantes colonos a cambio
de mercancías, para que se lo lleven lejos a trabajar para ellos.
La crueldad hacia los niños brujos es totalmente inusual entre
los pueblos arawak, quienes generalmente tratan a sus niños
con grandes cuidados, raramente levantándoles la voz o casti-
gándolos físicamente. Como entre muchos otros grupos ama-
zónicos, el trato violento contra los pequeños no es tolerado, y
es asociado a la manera de ser de los blancos, quienes tienen
la reputación de ser rabiosos y violentos contra los suyos. En
su libro The Power of Love Fernando Santos Granero demues-
tra que las relaciones de poder son construidas sobre los sen-
timientos de amor y respeto, y no sobre la coerción (1991:300).
La relación de crianza entre padre e hijo y el uso de la palabra
para efectos persuasivos, son proyectados sobre la comuni-
dad en su conjunto, volviéndose paradigmáticos de la exis-
tencia social en tiempos de paz. Si los niños brujos son trata-
dos cruelmente, según los pobladores no son niños. Son bru-
jos disfrazados de niños. Las acusaciones de brujería son
sintomáticas de que los tiempos de paz de la parentela han
sido tomados por los tiempos de muerte y de enfermedad de
los espíritus venidos de fuera.
Santos Granero observa que los cronistas y misioneros que
evangelizaron a los pueblos arawak desde la llegada de los
españoles hasta mediados del siglo XVIII no mencionan ningún
caso de brujería infantil, lo cual indica que no existía tal prác-
tica, ya que si existiese, los religiosos no habrían fallado en
intentar erradicarla, así como intentaron extirpar muchas otras
«idolatrías». Las primeras referencias sobre la hechicería in-
233
fantil son del siglo XIX, cuando el gobierno peruano emprendió
la reconquista de la selva central que había sido perdida en
1742 tras una revuelta indígena de carácter mesiánico y anti-
colonialista. Las epidemias de enfermedades foráneas fueron
determinantes para la derrota de los arawak, poniendo fin a
su autonomía política, y forzándolos a ceder sus asentamien-
tos a los colonos que entraron a ocupar sus tierras. Las prime-
ras acusaciones de hechicería infantil surgieron en un clima
de «derrota militar, despojo territorial, empobrecimiento tec-
nológico, epidemias, desorganización social y disminución
demográfica».
Desde entonces, el recrudecimiento de las acusaciones
de brujería infantil ha coincidido con los tiempos de alta pre-
sión por colonos, violencia, cambios económicos, epidemias y
decaimiento demográfico, y con el resurgimiento de movimien-
tos de resistencia indígena mesiánicos142. El autor sugiere que
el complejo ritual de la brujería infantil surgió de una «indiani-
zación» de la mitología cristiana de San Cristóbal, el que carga
al niño Jesús todo poderoso en su espalda, un santo muy popu-
lar en el pasado, asociado a la protección contra las plagas,
que hoy en día ha sido retirado del santoral católico. La atribu-
ción de poderes extraordinarios a los niños también coincide
con el hecho que los niños y adolescentes sobrevivían al sa-
rampión y la varicela con más frecuencia que los recién naci-
dos y los adultos. El autor concluye que la brujería infantil es
un producto trágico del encuentro colonial. «Trágico porque
en su afán por exorcizar la violencia colonial, los arawak se
volvieron contra ellos mismos, ejerciendo violencia contra los
cuerpos de sus niños, y a través de ellos, contra el cuerpo
político en su conjunto» (Santos Granero, 2003:304). A pesar
de afectar principalmente a las niñas, la brujería infantil no es
142 Fabián resalta que las acusaciones de brujería no se limitan a los tiempos de
conflicto. También se dan durante los tiempos de paz y constituyen una preocu-
pación considerable para los líderes políticos asháninka en la actualidad, que
tienen que solucionar los casos de acusaciones contra niños en el marco de las
leyes peruanas. Aunque la creencia en la brujería infantil continúa, algunas
mujeres la rechazan haciendo valer concepciones modernas de los derechos
infantiles. «Los niños tienen sus leyes, sus derechos, no debemos maltratarlos
de esa forma» (mujer asháninka. Fabián, 2005:97).
234
un fenómeno de violencia colectiva contra los miembros de un
género exclusivamente, sino una respuesta autodestructiva
contra el grupo social.
235
donde adquiere proporciones epidémicas. Conversando re-
cientemente sobre esta situación con un grupo de líderes
masculinos awajún, me expresaron sus ideas sobre el papel
de la escuela en el aumento del suicidio, subrayando que la
educación escolar socavaba la autoridad de los padres, espe-
cialmente con respecto a las decisiones matrimoniales de sus
hijos. En la escuela, los niños aprenden a distanciarse del es-
tilo de vida y a cuestionar a sus padres, entablando amistades
con personas que no son cónyuges apropiados según las pau-
tas de matrimonio tradicional, sea porque no tienen la debida
relación de parentesco o no satisfacen los requisitos de un
buen yerno o una buena nuera. A su parecer, sin embargo, el
suicidio no podía ser explicado solamente por los determinan-
tes externos de cambio social, como la escuela, la ruptura cul-
tural o la presión de los colonos. El suicidio siempre ha estado
presente. La decisión de suicidarse es una reacción emocio-
nal de «rabia» y de rechazo ante una pérdida o ante los inten-
tos de coerción de los demás.
236
impidió que tomase el barbasco que había preparado. Las cri-
sis de celos y la violencia doméstica, que es generalmente
rara, también son causas de suicidio, principalmente, entre
las mujeres. Dada la complejidad de factores que intervienen
en los casos de suicidio, es difícil asociarlos a una expresión
unilateral de violencia sufrida por los miembros de un género
o del otro. Conversando con un líder asháninka varón sobre la
posición de subordinación de las mujeres en las sociedades
amazónicas, él afirmó que entre los asháninka reinaba el ma-
chismo valiéndose del caso de un tío suyo.
237
Según los hombres y las mujeres ticuna, el suicidio de los
jóvenes se debe principalmente a la desobediencia de los pa-
trones tradicionales de matrimonio, que condenan como inces-
tuoso al matrimonio entre personas de una misma sección, o
«nación», de la sociedad ticuna. Sin embargo, en su estudio la
autora sólo verificó este motivo para dos casos sobre un total de
55. Los casos de suicidio motivados por el rechazo de los pa-
dres de una muchacha hacia la pareja escogida por ella, se de-
bían principalmente a que el muchacho no llenaba los requisitos
de buen trabajador exigidos de un yerno. Otro motivo común de
suicidio no estaba directamente relacionado a un rechazo senti-
mental, sino a una reacción de «rabia», una respuesta impulsiva
a un regaño de los padres o algún otro evento aparentemente
banal, a menudo asociado al consumo excesivo de aguardiente
y a situaciones de violencia contra personas cercanas, a senti-
mientos de vergüenza, al deseo de venganza y a la presión
social. Para los hombres casados, el suicidio acontece a menudo
en el marco de la presión social ejercida por un suegro sobre su
yerno cuando está cumpliendo el servicio de la novia durante
los primeros años de matrimonio.
En todos los casos de suicidio por una reacción impetuosa
de rabia, el suicidio es atribuido a la brujería de un chamán
que manda a uno de sus espíritus maléficos tchatchacuna a
abrazar y enloquecer a los muchachos, conduciéndolos a em-
borracharse y a perder la conciencia. Se considera que el
tchatchacuna influye no solamente sobre su víctima principal,
sino sobre todos los muchachos que suelen estar juntos, lo
que explica la existencia de suicidios en cadena entre mucha-
chos cercanos. La autora señala que las acusaciones de ata-
ques chamánicos con espíritus tchatchacuna reflejan las riva-
lidades entre comunidades, y sus chamanes respectivos, de-
bido a la competencia por la tierra acarreada por las invasio-
nes de los colonos desde 1980. Es decir, subyacente a la cues-
tión de los suicidios se encuentran conflictos políticos de ma-
yor envergadura exacerbados por la presión ejercida por los
colonos, la discriminación del Estado ante la población indíge-
na y su falta de voluntad política de salvaguardar sus territo-
rios y proveer servicios adecuados a las necesidades de los
ticuna. La autora concluye que el suicidio indígena «debe ser
238
visto como un modelo culturalmente diseñado para responder
a determinadas situaciones de conflicto» (Erthal, 2001:310.
Traducción propia). Sin embargo, este modelo no nos permite
apreciar sino la superficie de un fenómeno que tiene raíces
históricas anteriores a la integración en la sociedad nacional.
Entre los zuruahã, un pueblo de familia lingüística arawak
del río Purús, que inició contactos con la sociedad brasileña en
1980, las presiones y las enfermedades del contacto se acom-
pañaron de una cultura de suicidios colectivos y de un estric-
to control de la natalidad. Para el período de 1980-1995, un
estudio de Jão Dal Poz (Erthal, 1998:9-10) registró 36 casos
de suicidio, 17 masculinos, 16 femeninos, para una población
total de 136. Típicamente, las sesiones de envenenamiento
con barbasco son organizadas colectivamente. Los hombres y
las mujeres toman barbasco, luego vomitan y son sometidos a
lavados estomacales con la ayuda de otras personas de la co-
munidad. Algunos sobreviven, otros mueren. Las sesiones de
suicidios colectivos y el control de la natalidad significan que
la población zuruahã está estancada. Para el período de 1980-
1995 se registraron 100 nacimientos y 64 muertes, de las
cuales cinco por infanticidio. Sin embargo, tal vez la noción de
suicidio tampoco sea apropiada para describirlas, puesto que
más que una decisión de acabar con sus vidas lo que parece
motivar la toma de barbasco es la necesidad de pasar por una
prueba, de la cual se puede salir vivo o muerto. Gracias a un
estudio de reconstrucción etnohistórica, Dal Poz determinó
que 60 años antes del contacto, hubo 340 óbitos, de los cuales
124 fueron suicidios. Por lo tanto, la cultura de suicidios colec-
tivos existía precedentemente al establecimiento del contac-
to, aunque probablemente también estaba relacionado a una
reacción ante las enfermedades acarreadas por la avanzada
de la colonización brasileña de la región.
239
no eran sino 87 en 1983, cuando parecían haber desistido de
tener hijos y de practicar sus rituales. Entre estas dos fechas,
ocurrieron varias epidemias que los condujeron a abandonar
su hábitat disperso en el bosque para agruparse en el puesto
de la Funai145 a las orillas del río Ituí, para poder tener acceso
a las medicinas de las que dependía su supervivencia (Erikson,
2000:179). En su libro La Griffe des Aieux (El sello de los ante-
pasados), Phillipe Erikson muestra cómo los matis concibie-
ron los brotes de epidemias y cómo reaccionaron para poder
controlarlos. Según la teoría matis de la salud, las enfermeda-
des fueron generadas por ellos mismos debido a su falta de
control sobre los poderes místicos sho que habían acumulado
en exceso en sus cuerpos. Desde su punto de vista, por lo
tanto, las epidemias del contacto fueron el fruto de su propio
frenesí autodestructivo debido a un exceso de sho.
La noción de sho está íntimamente ligada a la clasificación
matis de los sabores y se presenta bajo dos formas: el bata
sho, que es dulce, y el chimu sho, también llamado sho a se-
cas, que es amargo. La forma dulce es femenina y protectora,
mientras que la forma amarga, es masculina y peligrosa, aun-
que también es necesaria para la maduración de la persona y
la incorporación de habilidades y conocimientos por las perso-
nas, especialmente, para las capacidades de depredación para
matar, cazar, pescar, tumbar el monte y hacer grandes esfuer-
zos. A lo largo de sus vidas, las personas pasan de un estado
dulce a un estado amargo, ritualmente controlada y de mane-
ra progresiva. El exceso de dulzura es negativo porque gene-
ra pereza y falta de determinación en el trabajo. Una dosis
adecuada de amargura es necesaria para trabajar con vitali-
dad y llevar a cabo arduas tareas, como construir una casa,
abrir una chacra, cargar los productos o cazar animales. Las
mujeres son más dulces que los hombres, pero ellas también,
a lo largo de su ciclo de vida, adquieren la amargura necesaria
para realizar trabajos pesados y desplegar fuerza y determi-
nación. La producción de chicha de maíz por las mujeres, en
particular, es el equivalente de la producción de carne de ca-
cería por los hombres. Hacer bebidas fermentadas y matar
240
animales son dos actividades que requieren de amargura: la
fermentación alcohólica para la chicha, el veneno de curare
para la cacería. El autor sostiene que la diferenciación de las
capacidades de los géneros mediante los poderes y sabores
del sho opera a favor de la aproximación de los géneros, dis-
tribuyendo sus capacidades de manera complementaria y pro-
moviendo la colaboración en la pareja.
El manejo del sho es similar al manejo de los venenos146.
Estos deben ser procesados y utilizados en la medida justa
para poder ser benéficos. En exceso, matan. Según los matis,
la mejor expresión de la adecuada combinación entre los po-
deres dulces y amargos se materializa en una buena chicha
de maíz hecha con la saliva de las mujeres, suficientemente
amarga para embriagar, pero dulce para el paladar. El exceso
de amargura produciría una chicha imbebible y tóxica. En ge-
neral, estar enfermo es «estar amargo», chimwek, es decir,
estar envenenado. Para poder acumular la amargura necesa-
ria a su crecimiento, los niños de ambos géneros atraviesan
una serie de rituales que involucran el uso de azotes, y la
perforación de la piel para colocar adornos y hacer tatuajes.
Los adornos corporales materializan y hacen visible los pode-
res de amargura contenidos en una persona. En el pasado
anterior al contacto, los grandes cazadores, chamanes y gue-
rreros acumulaban ornamentos corporales y tatuajes. Inge-
rían varios tipos de sustancias amargas o ácidas: ají, infusiones
de lianas amargas, curare, plantas psicoactivas. Se inyecta-
ban veneno de sapo. Introducían líquidos irritantes debajo de
los párpados y se azotaban los unos a los otros. El contenido
de sho amargo de estos chamanes poderosos era máximo, lo
cual los llenaba de orgullo, pero al mismo tiempo, según la
teoría indígena, los volvía particularmente vulnerables a con-
traer enfermedades.
Desde antes del establecimiento del contacto con la socie-
dad brasileña, cuando surgieron las primeras epidemias por
la propagación indirecta, los hombres llenos de sho sucumbie-
ron más fácilmente que las mujeres ante las enfermedades.
Entonces, los Matis decidieron, de común acuerdo, dar una
146 Ver capítulo 6.1 para una concepción similar de los venenos.
241
tregua a la acumulación de sho amargo. La generación ante-
rior al contacto abandonó el uso de tabaco y de alucinógenos.
Con el establecimiento del contacto y el recrudecimiento de
las epidemias que esto acarreó, los pobladores abandonaron la
mayoría de las prácticas destinadas a la adquisición de amar-
gura. Dejaron de sembrar ají, dejaron de lado la práctica de
azotar a los niños y de tatuar a los adolescentes. «El número
de adornos hincados en la piel (espinas labiales y nasales), y
otros vectores de sho, disminuyeron como para demostrar que
sus portadores ya no podían aguantar llevar tantos» (Erikson,
2000:18. Traducción propia). Cuando el auge de la muerte lle-
gó al clímax de destrucción del padrón demográfico y habita-
cional de los matis, dejaron de hacer chacras y aprendieron a
comer los alimentos de los colonos.
Según los matis, los «extranjeros» (nawa), es decir, los bra-
sileños, eran inmunes a las enfermedades que los azotaban por-
que comían mucha sal, un alimento eminentemente dulce (bata)
en su clasificación. Los poderes sho dulces de los colonos los
asemejan a las mujeres, quienes según el pensamiento matis,
también son más resistentes contra las enfermedades que los
hombres que han acumulado sho amargo, razón por la cual, a
menudo en los primeros episodios de contactos con los colonos
y los agentes de la Funai, las mujeres tomaban la delantera,
iniciando el diálogo con los «extranjeros». Al cabo de un tiem-
po, cuando las epidemias fueron aplacadas con la intervención
de los servicios de salud profesionales, los matis retomaron sus
actividades productivas y los niños volvieron a nacer. En 1987
la población subió a 123, y en 1998 eran 240. Para la generación
que nació después del contacto y creció en los nuevos asenta-
mientos alimentándose de comida de blancos, las epidemias
que arrasaron con la población forman parte de la historia oral
de sus padres. La relación entre la nueva generación de matis
y los extranjeros ha cambiado dramáticamente. Actualmente,
reciben turistas en el poblado y venden sus artesanías para
conseguir mercancías. Aunque el exceso de sho amargo se con-
sidera aún como un factor causal de las epidemias del pasado,
hoy en día se hace referencia al olor de los cartuchos de dina-
mita que eran utilizados en esa época por los pescadores. El
humo apestoso de la pólvora también habría contribuido a cau-
242
sar las enfermedades. Varias prácticas destinadas a la acumu-
lación de sho amargo han reflorecido recientemente, como el
uso de veneno de sapo y la producción de ciertas formas de
cerámica usadas en los rituales para la acumulación de sho.
«Los matis prosperan y el sho continúa» (Erikson, 2000:196).
El autor menciona con alivio que a pesar de su recuperación
demográfica, los matis «[...] no han sufrido ni el endeudamiento
crónico ni el alcoholismo que obligan a tantos otros pueblos ama-
zónicos a optar por actividades extractivistas escasamente re-
muneradas, a expensas de las actividades de subsistencia»
(Erikson, 2000:195). Muchos otros pueblos que han logrado re-
cuperarse de las epidemias y aumentar su población, en efecto,
encuentran en el consumo de aguardiente una forma contem-
poránea de descontrol de poderes autodestructivos.
243
espíritus en las fiestas de la fertilidad, la generación de un es-
tado compartido de alegría y la constitución de la identidad étnica
con relación a los colonos. Aunque las bebidas fermentadas de
las mujeres son fundamentalmente nutricias, también son
depredadoras: matan por borrachera y traen a la memoria el
recuerdo de los muertos y los agravios sufridos en el pasado
por los seres queridos, desencadenando el deseo de venganza
que transforma a los parientes en seres llenos de rabia, dis-
puestos a matar a quien se les cruce por delante. La fermenta-
ción de la bebida es el equivalente femenino de la cacería mas-
culina, dos actividades en las que la agencia depredadora y la
agencia nutricional están intrínsecamente unidas. Como la buena
chicha, con cierta dosis de amargura y dulzura, la producción y
la depredación también se equilibran en las prácticas de las
bebidas tradicionales. En el caso del aguardiente, en cambio, la
balanza se inclina peligrosamente hacia el dominio de la agen-
cia depredadora dirigida contra los propios parientes.
En un estudio sobre la reducción del alcoholismo entre los
mbyá-guaraní, un pueblo de familia lingüística tupi-guaraní del
sureste del Brasil 147, Luciane Ferreira (2004) muestra que
según los pobladores, el alcoholismo de aguardiente se volvió
un fenómeno crónico a raíz de la avanzada del frente de la
colonización en el siglo XX, la discriminación y las burlas de los
colonos, la seducción ejercida por las mercancías y los «bailes
de blancos», y la erosión de la autoridad de las «casas de rezo»
(opy) y de los líderes religiosos de «buenas palabras» (karái).
La violencia doméstica, las separaciones de parejas, y el des-
cuido y abandono de los hijos son unos de los problemas más
graves asociados al alcohol, así como los accidentes de tránsi-
to, debido a que los poblados mbyá se encuentran a la orilla de
las carreteras. Desde su punto de vista, sin embargo, beber
no es el problema. El problema es no poder parar de beber
porque la adicción causa la enajenación de las relaciones de
parentesco. Un alcohólico es considerado un ser enfermo, un
ser alienado vuelto «otro», una víctima de la seducción de los
espíritus de los espectros telúricos Aña que se apoderan de
147 Los mbyá-guaraní se encuentran actualmente fuera del área amazónica, pero es
un pueblo migrante originario de la región del Paraguay.
244
sus pensamientos, haciéndole olvidar a los suyos. Según la
cosmología mbyá, un Aña es un espíritu que «no tiene cuerpo,
y no cuida de la familia, no tiene a nadie, es malo» (De Oliveira,
2002:42). El alcohólico es alguien que toma a Aña por esposa.
148 La autora sostiene que las concepciones, los métodos terapéuticos y las priori-
dades de salud de los pueblos indígenas deben ser tomados en consideración
en la elaboración de programas de salud adecuados al perfil de las poblaciones
indígenas. Las preocupaciones sobre la salud constituyen un factor director de
los movimientos de reivindicación étnica y participación política.
245
(karaí) de los antiguos, es decir, el «lenguaje bello» inspirado
por los dioses y «movido por el amor (mborayvu)». Durante
las sesiones de curación colectivas, a los alcohólicos, los líde-
res –hombres y mujeres– dan consejos de «buenas palabras»,
utilizando un tono de voz particular, dirigiéndole al centro del
círculo de los participantes, y caminando de un lado al otro mar-
cando el ritmo de su discurso. Los que escuchan, mantienen la
cabeza gacha en señal de respeto.
246
que acarrea una destrucción de la historia humana. Al
alcoholizarse la gente, la convivencia del parentesco y la unión
con las divinidades es reemplazada por la soledad del alcohó-
lico enamorado de los espíritus Aña. Así como estos espíritus
«sin cuerpo», el alcohólico tampoco cuida del cuerpo de sus
hijos y de sus parientes, y se vuelve un ser «pesado», inca-
paz de rezar y volar en sueños hacia los dioses.
247
les pregunta por qué prefieren relacionarse con hombres blan-
cos, las muchachas explican que los muchachos indígenas son
más retraídos y no saben seducir, mientras los blancos tienen
más «labia» para conquistar. También sostienen que los hom-
bres indígenas beben de forma desmedida, peleándose y por-
tándose de manera inconveniente en las fiestas y los bailes.
«¿A quién le gustaría salir con un muchacho que al final de la
noche va a tener que salir cargado de la casa?», explicó una
muchacha149. Cuentan con el apoyo de sus madres, quienes
también se niegan a tener un yerno alcohólico. En orden de
prioridad, las muchachas indígenas prefieren casarse con un
colono, con un militar y, sólo en última instancia, con un indí-
gena. «Los indígenas no saben conversar, sólo quieren beber
y yo no quiero un marido borracho» (Lasmar, 2002:201).
Las mujeres marcan la diferencia entre el caxiri, el masato
de yuca local –que embriaga de manera social, es preparado por
las mujeres y servido en las fiestas comunitarias– y el aguar-
diente, que puede ser comprado en cualquier lugar y bebida indi-
vidualmente en cualquier momento. Mientras las borracheras de
las fiestas comunitarias pueden llevar a la violencia, tanto mas-
culina como femenina, estas hacen parte de una dinámica comu-
nal del festejar y de la expresión de animosidades, especialmen-
te de los celos, dentro de un contexto ritual. Los hombres beben
caxiri hasta caer desmayados. Pero, por lo general, pasada la
borrachera se reestablece la convivencia diaria sin expresiones
de violencia familiar, hasta la próxima fiesta de borrachera. En
cambio, los efectos de la borrachera por aguardiente son consi-
derados menos previsibles e incontrolables, porque se insertan
en el día a día y perpetúan una victimización de las mujeres y los
niños. Los hombres beben aguardiente como si fuese caxiri, has-
ta caer desmayados, pero el aguardiente es mucho más fuerte y
genera una dependencia mayor. «Antes que nada, el aguardien-
te es concebido como una bebida que daña la armonía familiar»
(Lasmar, 2002:197).
149 Personalmente observé una situación muy similar entre los pobladores harakmbut
de la comunidad de Shintuya, en el río Madre de Dios, último paradero de la
carretera al Cusco. La marcada preferencia de las muchachas indígenas por
relacionarse con mestizos, se acompaña de una alta tasa de celibato masculino,
alcoholismo y violencia doméstica cotidiana entre la población indígena.
248
La embriaguez alcohólica es frecuentemente mencio-
nada por las mujeres como uno de los problemas más
graves enfrentados por las familias indígenas de San
Gabriel [...] El estado de embriaguez es citado como la
mayor causa de violencia doméstica y la fuente per-
manente de conflicto entre marido y mujer (Lasmar,
2002:197. Traducción propia).
249
terminología local, y son integrados al grupo patrilineal de la
madre, siendo bautizados y curados ritualmente por su abuelo
materno. Por esta razón, el padre de la muchacha también ve
con buenos ojos el matrimonio de su hija con un colono, ya que
esto permite tener un yerno y al mismo tiempo aumentar el
número de su propia gente150.
Sin embargo, el matrimonio con un colono también implica
muchos riesgos y desventajas. Primero, porque la estructura
conyugal del matrimonio con un blanco es muy distinta a la
unión entre hombres y mujeres indígenas en la comunidad,
en donde el alcoholismo no es aún crónico. En la comunidad,
las mujeres se valen de sus actividades productivas para afir-
mar sus derechos como esposa. La complementariedad eco-
nómica entre los esposos provee la base para el desarrollo de
una relación de complicidad que se va volviendo más estable
con el tiempo. En la juventud, existen tensiones y crisis de
celos, pero la dinámica de la pareja reposa sobre la iniciativa
de cada cual para cumplir con su parte de trabajo. Las separa-
ciones, por lo general, se deben a que uno de los esposos deja
de cumplir su parte en la complementariedad del trabajo.
(Lasmar, 2002:201).
La esposa de un blanco tiene menos medios para hacer va-
ler sus deseos. El equilibrio de poder se inclina hacia su mari-
do, ya que ella depende económicamente más de él que él de
ella. Según las mujeres, con el tiempo, en lugar de volverse
más estable y establecerse una complicidad entre hombre y
mujer, la relación de matrimonio se vuelve más distante. El
esposo suele frecuentar los bares, tener amantes y pasar gran
parte del tiempo fuera de la casa. «Las escapadas se agudizan
y su ausencia constante deshace la complicidad conyugal, que
es un ideal para las mujeres indígenas» (Lasmar, 2002: 203).
Sin embargo, las mujeres raras veces se divorcian, y suelen
valerse del hecho de trabajar en alguna actividad remunerada
y ser «dueñas de casa» para encontrar alguna fortaleza. Otro
riesgo relacionado a los matrimonios con blancos, es que mu-
150 Ver capítulo 4.1 para una transformación similar de la patrilinealidad entre los
macuna. En el caso del matrimonio con un indígena de habla tucano oriental, los
niños pertenecen a la «gente» del padre.
250
chos de ellos no pasan de una mera seducción, y a menudo la
joven embarazada regresa a casa de sus padres abandonada.
Según los hombres indígenas mayores, la ola actual de madres
solteras se debe al resquebrajamiento de las prácticas rituales
de la pubertad, durante las cuales los jóvenes escuchaban los
consejos de sus mayores y adquirían la disciplina necesaria para
asumir las responsabilidades de la maternidad y la paternidad.
251
Estos espíritus huelen el olor de la sangre desde su morada
al interior de las aguas y salen a la superficie, transformados
en un hombre blanco, hambriento de sexo. El bufeo es un
gran bailarín de «bailes de blancos».
252
bufeo colorado representado en las estatuas de madera de los
escultores cocama y ticuna de la zona fronteriza entre Perú,
Brasil y Colombia, lo muestra abrazando por la espalda a una
joven amazónica, quien sonriente de satisfacción carga a un
hijo del bufeo en sus brazos. Por entre sus piernas cuelga un
pene descomunal y una raya con cola en punta de flecha le
cubre la cabeza como si fuese un sombrero de cowboy de ala
ancha. Estas obras de artesanía son unas de las piezas favori-
tas del mercado turístico local. Irónicamente, los artistas le
venden a los turistas extranjeros, ansiosos de poseer objetos
auténticamente indígenas, un reflejo de sí mismos visto en el
espejo del pensamiento amazónico sobre la alteridad, la mo-
dernidad y los engaños de la seducción entre los géneros.
Quién mejor que un caboclo, nacido de la colonización y con-
ductor de taxi de Parintins a orillas del río Amazonas, para
explicarnos con elocuencia la frustración que sienten los hom-
bres del lugar ante el engaño del que, según ellos, son presas
las mujeres.
El bufeo, muchacho
anda lleno de dinero
Sí señor, el hombre se va ahí a la fiesta
con esa ropa bien blanca, bien cara,
y todas esas caboclas se ponen loquitas por él.
Quieren bailar con él,
sólo con él;
no quieren saber más
del enamorado
Muestra los dólares
y ellas corren atrás
253
Le da dólares de oro a sus enamoradas
y, al día siguiente
se convierten en algas.
pero ellas no desconfían de sus palabras bonitas,
no señor.
(Slater, 1994:284. Traducción propia).
254
CAPÍTULO OCHO
Los huérfanos de Luna
152 Tomás Román es hijo de Óscar Román Enókakuido y hermano de Rufina Román,
una familia uitoto que acogió al antropólogo Juan Álvaro Echeverri. Cabe men-
cionar que en la misma charla, Tomás Román explicó que, en los tiempos míticos,
los animales de cacería eran gente, una idea panamazónica, como lo hemos
visto en este libro. Pero, además, mencionó lo siguiente: «El castigo a la gente
de antes que fue convertida en animales se debió a que querían ser dios en
lugar de dios». Es decir, la rivalidad de la envidia, la lucha por suplantar al otro,
está en la raíz de la venganza de los animales originada con la menstruación.
Ver Belaunde (2001:65) para una concepción similar de los animales de cacería,
en particular el tapir, que fueron «malogrados» por haber querido «ser dios en
lugar de dios». Esta rivalidad, sugiero, se refiere a la rivalidad entre la placenta
y el feto después del parto como veremos en este capítulo.
255
en mi memoria. Al escucharla sentí que, inesperadamente, se
abría un camino nuevo por donde llegar a una comprensión
del pensamiento amazónico. Si el incesto es el producto del
olvido de quienes son nuestros padres, esto quiere decir que
la falta que es condenada en los incestuosos no es, solamente,
el haber tenido relaciones sexuales con una persona de la
misma carne –hermano o hermana, padre, madre, hijo o hija–
que debería de haber sido entregada a otra persona en inter-
cambio para recibir un cónyuge socialmente aprobado. La fal-
ta primordial es la falta de memoria. Es el olvido.
Antes de continuar con este punto, quisiera recordar otro
episodio que marcó mi memoria. Era 1984. Llevaba cuatro años
estudiando en la Universidad de Lovaina cuando asistí con un
grupo de peruanos a la proyección de un documental en el
que los pobladores de Ayacucho rendían testimonios sobre la
violencia política de la época. Al escucharlos hablar me pre-
gunté a mí misma extrañada: «pero ¿por qué hablan así, con-
tando lo que pasó como si estuviesen poniendo en escena las
situaciones que vivieron, citando las palabras de los demás y
citándose a sí mismos, recreando los diálogos que escucha-
ron, y hasta haciendo los movimientos que hicieron? ¿Por qué
no hablan como lo hace la gente por aquí, en Bélgica, contando
la historia pasada en una prosa continua?».
Lo que intento ilustrar al contarles estos dos episodios de
mi vida es justamente en qué consiste recordar desde una
perspectiva amazónica. Como lo muestra Gow (1991, 1999)153
y una variedad de autores mencionados en este libro, pensar
es acordarse de alguien, de los cuidados y de las enseñanzas
que esta persona nos prodigó en el pasado, especialmente
durante la infancia, y considerar hacer alguna cosa en su be-
neficio o en el beneficio de personas que dependen de noso-
tros, así como nosotros dependimos de otros durante la infan-
cia. Pensar es tener en mente episodios pasados compartidos
con otros. No se trata de replicar el pasado, pero sí de evocar-
lo y de reactualizar las interacciones interpersonales del pa-
sado en el presente. Pensar es un acto de reminiscencia de
las personas con quienes se compartieron experiencias pasa-
256
das. Narrar también es un acto de reminiscencia de las perso-
nas del pasado y una forma de revivir sus interacciones,
escenificándolas, reactualizándolas en el presente, reprodu-
ciendo sus diálogos y sus gestos. Con estas ideas en mente,
propongo hacer una nueva lectura del mito sharanahua docu-
mentado en la etnografía de Janet Siskind, con la que inicié el
primer capítulo de este libro. Para esto, me permito volver a
transcribir el pasaje del libro en el que la autora cuenta cómo
Basta, un hombre sharanahua, le contó a ella y a un público de
niños y adultos, el relato del origen de Luna.
257
saliesen, y a medida que fueron saliendo, Luna le hizo
el amor a todas las mujeres.
–‘¡Ari!’, gritaron. ‘¿Por qué mi vagina está sangrando?’
Entonces, Luna le pidió a su madre una pelota de hilo
negro y una pelota de hilo blanco, que ella le lanzó des-
de la casa. Entonces, Luna subió al cielo por el hilo, y
toda su gente miró y dijo:
–‘Mi hijo, mi hijo se va a jugar al cielo’.
Entonces muchas mujeres, tres días después que él
vino, sangraron. Una mujer tras la otra, todas ellas.»
258
Considerando que la falta primordial del incesto es la falta
de memoria de quienes son nuestros padres, ¿qué nos dice
este relato? La historia comienza contando que los hermanos
incestuosos estaban en la oscuridad de la noche, la cual, su-
giero, podría ser asociada a la oscuridad del olvido de quienes
son nuestros padres154. Es decir, el mito plantea el incesto
como un estado de ignorancia y de incapacidad de reconocer
los lazos de parentesco. La hermana puso fin a esta situación
de ignorancia al sentir curiosidad de saber quien era su aman-
te. Le marcó la mitad del rostro con pintura facial negra, de-
jándole la imagen de sus propias palmas inscrita en el rostro,
haciendo de esta manera el primer grafismo, la primera escri-
tura, el primer sello de identidad. Con esta marca, ella reco-
noció a su hermano a la luz del sol, porque reconoció su propia
huella, es decir se reconoció a sí misma, comprendió su igno-
rancia y maldijo a su hermano a muerte. O más bien, sugiero,
ella maldijo la ignorancia en la que se encontraba, maldijo la
falta de memoria. Su maldición se cumplió y la ignorancia del
olvido fue erradicada. El hermano incestuoso se transformó
en el recuerdo primordial que hace imposible el olvido del
incesto. Se convirtió en Luna, la cabeza decapitada, el gran
glotón155 insaciable. Al perseguir a su hermano mayor y exi-
girle comida y bebida, Luna no permite que su hermano lo
deje atrás y lo olvide156. Luna impone su recuerdo. En efecto,
el resto del relato cuenta cómo Luna finalmente decide dejar
a los suyos subiendo al cielo, pero primero se asegura de que
no será olvidado jamás. Marca a las mujeres en venganza con
154 Ver Chávez (1996:131) para una discusión sobre el olvido y el incesto en el mito
Harakmbut del árbol Oânâmêi.
155 Cabe resaltar la semejanza entre Luna, cabeza decapitada glotona, y la noción
juruna de «ogro», un ser generado por la falta de respeto de los rituales de dieta
y reclusión relacionados al manejo de la sangre menstrual, la sangre del post-
parto, y la sangre del homicidio. Ver capítulo 5.5.
156 Lagrou (1998) señala, en el caso de los cashinahua, que las exigencias de la
cabeza decapitada Luna son similares a las exigencias de los muertos recientes
que atormentan a sus parientes vivos hasta que sean practicados los rituales
funerarios necesarios para permitir la partida del alma del difunto al mundo
celestial de los dioses Inka. Es de notar que este aspecto del mito también se
asemeja a otros relatos amazónicos sobre el origen del sol. Luna persigue a su
hermano mayor, así como Luna persigue a Sol en el cielo. Ver el relato machi-
guenga en esta conclusión.
259
la sangre de su cabeza decapitada, así como su hermana le
marcó la cara: copula con ellas, dejándoles su sangre en re-
cuerdo. Es decir, más precisamente, en recuerdo de su igno-
rancia, para que nadie pueda jamás olvidarse de lo que Luna
se olvidó al acostarse con su hermana.
Luna es el astro de la memoria y la temporalidad humana.
Otras versiones de este mito entre los pueblos de familia lin-
güística pano agregan dos importantes puntos del relato que
no están explícitamente incluidos en la versión sharanahua
transcrita por Siskind. Primero, cuando Luna decide irse, le
avisa a las mujeres que va a regresar al cabo de tres días y
que las mujeres deben despedirse de él con un nombre que
no sea «Luna», que no recuerde la ignorancia del incesto. Luna
le avisa a las mujeres que de olvidarse de sus instrucciones,
les haría menstruar. Pero cuando Luna regresa, las mujeres
se olvidan de despedirse de manera correcta. Nombran a Luna
y comienzan a menstruar. El segundo punto del relato no in-
cluido en la versión sharanahua de Siskind, es que después
de menstruar, todas las mujeres quedan embarazadas157. Luna
es el padre primordial de todos los niños nacidos de la sangre
derramada por las mujeres, nacidos del recuerdo que Luna
dejó para jamás ser olvidado. Luna es el padre muerto.
Mi lectura del mito de Luna es un comentario sobre el
parentesco en tanto memoria de quienes son nuestros padres
y de quienes somos. Comienza con el olvido del parentesco
por la pareja incestuosa, perdida en la oscuridad del incesto.
Sigue con la toma de conciencia de la ignorancia gracias al
primer acto de escritura. Continúa con la ruptura del paren-
tesco ocasionada por la toma de conciencia del incesto158, el
rechazo y maldición de la hermana, y la decapitación del her-
mano incestuoso por un enemigo en guerra. Pero en el relato
mítico esta ruptura de las relaciones y esta puesta a muerte
no conducen a la destrucción del parentesco, sino al contrario
a su reafirmación en la instauración del recuerdo del incesto
260
escrito en el rostro de Luna, en el nombre de Luna y en la
sangre menstrual de las mujeres. El incesto, por lo tanto, es
la instancia fundadora del parentesco en tanto es la memoria
que perdura, ya que el incesto instaura el recuerdo de lo que
Luna se olvidó y que no debe de ser olvidado jamás. Este re-
cuerdo es la sangre de la que nacen los hijos y el astro que
ilumina la noche. Es la muerte de Luna la que genera la histo-
ria humana y sustenta el recuerdo de quienes son nuestros
padres. El parentesco perdura en la memoria porque los se-
res humanos nacen huérfanos de Luna.
La secuencia de episodios míticos constituida por el in-
cesto, la marca del rostro, la muerte de Luna, la menstruación
y la paternidad de Luna, es elaborada en la cuenca amazónica
en múltiples versiones de relatos, más o menos cortos y ela-
borados. Podemos afirmar que la atribución del origen de las
manchas de Luna al incesto primordial y la sangre de las mu-
jeres es panamazónica. En este libro hemos incluido también
versiones cashinahua, upichía, airo-pai, pirahã, parakanã, ya-
gua, desana, machiguenga y shipaia, e indirectamente, nos
hemos referido a las ideas sobre el origen de la menstruación
y el incesto al examinar los rituales de dieta y reclusión para
el manejo de la sangre de la menstruación, el parto, el homici-
dio y el eclipse de Luna. Es de notar que entre muchos pue-
blos amazónicos cuando una mujer menstrúa o sangra des-
pués del parto se dice que «ve a Luna», haciendo explícita la
relación entre cada episodio de sangrado femenino con el re-
cuerdo de Luna. Cada vez que una mujer sangra, por lo tanto,
está volviendo a ver el episodio mítico del incesto y la puesta
a muerte de Luna, recordándolo en su propio cuerpo, reactua-
lizándolo en el flujo de su sangre. Subyacente a esta noción se
encuentra una concepción reptil del flujo de la sangre activa-
do por el recuerdo de Luna. A cada menstruación y post-par-
to, Luna y la mujer sangrante mueren y regresan a la vida,
semejantes a una serpiente que cambia de piel. La sangre
derramada en esta transformación es venenosa y dañina, así
como el veneno de los reptiles, pero también es lo que permi-
te dar surgimiento otras vidas.
La idea de que la menstruación es una reactualización
del episodio mítico del incesto de Luna está presente en la
261
etnografía de Siskind159, aunque no examina sus implicacio-
nes. La autora cuenta que en una ocasión estaba escuchando
otra versión de este mito, contada por otro narrador shara-
nahua. Cuando llegó al momento de contar cómo Luna copula
con las mujeres antes de partir al cielo, el narrador le dijo a
una niña que estaba escuchando que se tapara los oídos.
Siskind explica que la niña ya era grande pero todavía no
había llegado a la menarquia. Si hubiese escuchado el relato
de cómo Luna le hizo el amor a todas las mujeres, la vivencia
del recuerdo de Luna hubiese sido tan real que, efectiva-
mente, la niña también hubiera comenzado a menstruar así
como las mujeres menstruaron en el episodio mítico. Esto
muestra que, según el pensamiento sharanahua, acordarse
de Luna es evocar el episodio de su muerte y también invo-
car su poder sobre la sangre. La reminiscencia del pasado
mítico transforma el presente y transforma el cuerpo de los
oyentes. Acordarse de Luna afecta la sangre de las mujeres
así como los ciclos lunares afectan las mareas, las lluvias y la
sabia de las plantas. El recuerdo de Luna efectúa un cambio
en el flujo de la sangre y, por lo tanto, en el flujo de los pen-
samientos, puesto que, como hemos visto repetidas veces
en este libro, la sangre es el medio que transporta los pensa-
mientos de la persona, es decir, el medio por el cual las per-
sonas se acuerdan de quienes son sus padres, quienes los
criaron y les prodigaron cuidados.
A lo largo de este libro he examinado diversas teorías in-
dígenas sobre la sangre y el pensamiento hecho cuerpo en la
sangre. Ahora quisiera dar mi propia síntesis sobre algunas
nociones con respecto a la sangre, el género, la memoria y el
recuerdo de Luna. Mi intención no es presentar una teoría
sistemática sobre la sangre de validez panamazónica, sino su-
gerir algunas ideas directrices derivadas de la etnografía que
262
puedan servir para situar e interpretar las concepciones de la
sangre, el género y el pensamiento específicas a cada pueblo
a través del área cultural.
Primero, a mi parecer, existe una común concepción reptil
del flujo de la sangre, según la cual todo momento de sangra-
do es un momento de transformación –de cambio de piel– para
dar lugar a otra vida, y también un momento de potencial en-
venenamiento y alienación en un ser «otro» debido a la lógica
de la «venganza» inherente al derrame de la sangre. Según
esta concepción, las venas por las que corre la sangre tam-
bién se asemejan a serpientes, así como los ríos por los que
corre el agua de la tierra y los nervios de las hojas por los que
corre la sabia de las plantas. La fuerza de los movimientos y
las mareas, crecientes y menguantes, de los líquidos que cir-
culan serpenteando por el cuerpo, la tierra y las plantas, está
gobernada por las fases de Luna. La sangre de ambos géneros
responde a Luna, pero la sangre de la mujer está particular-
mente sometida a su influencia reptil y su «venganza», lo que
le permite dar surgimiento a otros seres mediante el parto.
Segundo, para comprender qué es la sangre para los pue-
blos amazónicos hay que entender plenamente que la sangre
es concebida como una sustancia psicoactiva. Los pensamien-
tos, las emociones, las capacidades de acción, percepción y
expresión, la digestión de alimentos y la incorporación, de po-
deres, de sustancias y de espíritus, son estados de la sangre.
Esta sustancia es también el vínculo con el pasado y el medio
de circulación de la memoria. La reminiscencia de las situa-
ciones vividas y de las palabras escuchadas es llevada a cabo
por el corazón, que bombea la sangre, afectando su volumen,
su temperatura, su color, su olor y su espesor. La comida tam-
bién es indisociable del flujo de la sangre, ya que los alimen-
tos se transforman en sangre, es decir, se transforman en pen-
samientos y en memoria hechos cuerpo en la sangre. Al co-
mer una sustancia, uno está incorporando su pensamiento, in-
corporando el pensamiento del maíz, el pensamiento de la yuca,
el pensamiento de la coca, etc. La actividad física, el ritmo de
la respiración, el esfuerzo y el trabajo arduo, también son in-
dispensables para mantener el flujo de la sangre y la buena
circulación de los pensamientos por el cuerpo.
263
Tercero, la salud resulta del estado general de la sangre y
permite que una persona esté robusta, tenga y haga fuerza,
un concepto clave de la medicina amazónica. Debido a que a lo
largo de su vida, los hombres y las mujeres incorporan en sus
sangres diferentes pensamientos y alimentos, y desarrollan
diferentes trabajos, sus sangres, su robustez y sus fuerzas
también difieren. Los hombres se ejercitan a realizar trabajos
que requieren de una mayor intensidad de fuerza que las mu-
jeres, pero para ambos géneros, estar con salud es sinónimo
de estar fuertes. Cuando el volumen, la temperatura, el color,
el olor y el espesor de la sangre están equilibrados –cuando la
persona está estable, «bien sentada en su banco», como dirían
los airo-pai– la persona está fuerte, sus pensamientos circu-
lan por sus venas llenándola de ánimo y habilidades para tra-
bajar y alegrarse con sus parientes. Pero durante los estados
de derrame y perturbación de la sangre, las fuerzas se pier-
den o se descontrolan, y los pensamientos, los afectos, las
capacidades de acción, digestión e incorporación de poderes
también se trastornan y deben ser manejados con cuidado por
medio de rituales de dieta y reclusión para poder transfor-
marlos y devolverlos a un estado de fluidez estable.
Cuarto, la fertilidad también deriva del estado general de
la sangre. Lo que está en juego en la fertilidad es la perpetua-
ción de la memoria y la fuerza en la transmisión del flujo de la
sangre de padres a hijos. El semen y la leche materna son
productos derivados de la sangre, así como la grasa corporal,
y son obtenidos por un proceso de refinamiento o purificación
de la sangre160, concentrando en sí los pensamientos del pa-
dre y de la madre. Esta transmisión de la memoria en la san-
gre de padres a hijos es diferenciada por género.
Por un lado, la menstruación, la gestación, el parto y la lactan-
cia forman etapas reproductivas determinadas por el estado de
la sangre femenina. Cuando las mujeres menstrúan reactualizan
el episodio mítico de la puesta a muerte de Luna. En el acto
264
sexual, los hombres toman el lugar de Luna y abren el útero de
las mujeres para la fertilidad. Cuando una mujer comienza a san-
grar, se pone en marcha el proceso de la gestación, porque la
menstruación es el comienzo del embarazo ocasionado conjunta-
mente por Luna y el acto sexual. La gestación se continúa si es
que hay suficiente semen acumulado en el útero para formar el
cuerpo del feto a lo largo de varias relaciones sexuales. El emba-
razo implica una suspensión de la menstruación hasta el desan-
gramiento del post-parto, y un período de amenorrea durante los
primeros meses de la lactancia. Si es que no se consigue acumu-
lar suficiente semen en el útero de manera adecuada para gestar
un feto, éste se pudre y se escurre por la vagina con la siguiente
menstruación, la cual, a su vez, pone en marcha el proceso de la
próxima gestación. Es decir, cada menstruación es un aborto161.
Por otro lado, el proceso de la covada sustenta la relación
entre la sangre del padre y el feto, o el recién nacido, durante la
gestación, el parto y el post-parto, haciendo de la reproducción
un proceso masculino tanto como femenino, y colocando gran parte
de la responsabilidad por el bienestar de la madre y del feto so-
bre el padre, o los padres cuando una mujer tuvo relaciones con
varios hombres. El reconocimiento de la paternidad múltiple, que
es más o menos aceptada, o hasta activamente fomentada, según
161 Reichel-Dolmatoff (1997:62) sostiene que para los desana «cada menstruación
significa la muerte de un niño, la sangre menstrual es la hermana muerta de un
niño vivo y se habla de ella como tal». La gestación resulta de una mezcla de los
fluidos maternos y paternos. Cuando la contribución femenina es más fuerte, el feto
nace niña. Cuando la contribución masculina es más fuerte, nace varón. La mens-
truación acontece cuando la sangre de la mujer estaba «demasiado caliente» y por
consiguiente «cocinó demasiado» la mezcla antes de que pudiera solidificarse
formando un embrión. Ver Rodgers (2002:107) para una concepción similar entre
los ikpeng, un pueblo de familia lingüística carib del Xingu. Según Reichel-Dolmatoff,
la menstruación es un estado de «culpa» de la mujer que la asemeja a los animales,
especialmente a los animales malolientes, a los venenosos y a los que cambian de
piel. (1997:64). «Ella misma es culpable, puesto que si hubiera obedecido las reglas
culturales, habría quedado embarazada, pero al menstruar se ha separado de todas
las convenciones humanas». Mientras concuerdo con la idea de que la menstrua-
ción es un estado venenoso y de cambio de piel, en el que una mujer corre el peligro
de transformarse de manera definitiva en un ser «otro», me parece que la «culpa»
no puede residir en el no haber quedado embarazada, puesto que cuando una mujer
da a luz a un hijo también sangra, y su sangre es aún más tóxica que la sangre de la
menstruación. Como veremos en este capítulo, la culpa y la venganza de los
animales, residen en la matanza de la placenta, una placenta incipiente en el caso
de la menstruación y una placenta desarrollada en el caso del parto.
265
los grupos étnicos, indica que existe una gran preocupación por
asegurar la correcta formación y el bienestar del feto a partir de
la mezcla de la sangre, los pensamientos y los cuidados de varios
hombres. Es más, la finalidad reproductiva de los rituales de ho-
micidio guerrero del pasado indica que en los tiempos de guerra
la correcta formación del feto requería de la contribución de un
padre muerto, o de varios padres muertos, es decir, de los ene-
migos muertos en guerra por los hombres que contribuían a for-
mar al feto con su semen y con su seguimiento de la covada.
En este punto, quisiera proponer otra lectura del mito del in-
cesto de Luna sharanahua, esta vez con referencia a la fertili-
dad y, en particular, al parto. Sugiero que el mito puede ser
leído como una expresión de la relación entre la placenta y el
feto en la condición uterina. La noche de la ignorancia en la que
se encuentran Luna y su hermana es, a mi parecer, la oscuri-
dad del estado uterino en el cual el feto y la placenta están
unidos como una pareja incestuosa copulando por el cordón
umbilical162. Al mismo tiempo, en el útero la relación entre el
feto y la placenta también es una relación entre contenido y
contenedor. La placenta, o mejor dicho, el conjunto constituido
por la placenta y el tejido amniótico, contiene al feto durante la
gestación. Propongo que este ser hecho de la placenta y tejido
amniótico en el que anida el feto, anida a su vez en el útero de
la mujer: su cuerpo es la bolsa del tejido amniótico llena de
fluido amniótico, su cabeza es la placenta propiamente dicha, el
tubo que conecta su cabeza a sus entrañas es el cordón umbilical,
y sus entrañas, su corazón y sus tripas son el propio feto.
162 Chávez (1996:131) también aborda el mito harakmbut del árbol Oânâmêi sobre
el incesto desde la interpretación indígena de la locura y del olvido asociados al
incesto. A raíz del incesto, el relato cuenta que los ancestros se encontraban
mareados, como durante un trance con plantas psicoactivas, y en este estado
de olvido «hacían el sexo por el ombligo». El autor señala que este pasaje del
relato suele causar sorpresa y risa entre los harakmbut que lo escuchan. «Cuan-
do el relator llegó al pasaje donde la humanidad pierde todos los conocimientos,
inclusive la forma de hacer sexo y «tener hijo de mujer», mi traductor, a pesar
de ser creyente no lo podía aceptar: «¡Cómo puede la gente olvidar cómo hacer
hijo! ¡Algo así no es posible!» (Chávez, 1996:69).
266
PLACENTA
CORDÓN UMBILICAL
FLUIDO AMNIÓTICO
TEJIDO AMNIÓTICO
267
ción, el feto y la placenta viven en simbiosis unidos por el cor-
dón umbilical, como un par de amantes y como un par formado
por las entrañas y su cabeza. Pero, después del parto, se revela
que quien realmente es un parásito no es la placenta, sino el
padre y la madre que utilizan la placenta para reproducirse y
que terminan matándola al dar a luz al feto.
Por lo tanto, la relación uterina entre el feto y la placenta
puede ser vista desde diferentes ángulos. Se trata de una rela-
ción entre hermanos incestuosos, copulando por el cordón
umbilical como si fuese un pene, y también de una relación de
organicidad entre una cabeza y sus entrañas, unidas por el cor-
dón umbilical como si fuese un tubo digestivo. Con el parto, esta
relación incestuosa en la oscuridad del útero llega a su término.
Al iniciarse las contracciones del parto y derramarse las aguas,
la piel del ser placenta-tejido amniótico es rasgada. El feto y la
placenta unidos por el cordón umbilical son eyectados del úte-
ro. El feto sale primero: es el hermano mayor. Después sale la
placenta: es el hermano menor. El orden de nacimiento del feto
y de la placenta establece la primera relación de parentesco
bajo la luz del sol. Al cortarse el cordón umbilical se efectúa la
separación de la pareja incestuosa del mundo uterino. Esta rup-
tura también puede ser leída de varias maneras. Por un lado, la
cabeza, es decir la placenta, es decapitada y separada de sus
entrañas, es decir, del feto165. Por otro lado, el amante hermano
menor, es decir, la placenta, es castrado y separado de su her-
mano mayor, el recién nacido.
Regresando al mito del incesto de Luna, con estas ideas en
mente, vemos que éste cuenta la historia del parto, la historia
del «dar a luz»: el paso de la condición oscura incestuosa uterina
a la condición de existencia en parentesco bajo la luz del Sol.
Luna es el ser hecho de la placenta y el tejido amniótico. En el
útero, Luna es el amante masculino del feto, inseminándolo por
268
el cordón umbilical. Luna es la bolsa que contiene al feto en sus
aguas. Al mismo tiempo, Luna es la cabeza unida a sus entra-
ñas, que es el feto. Después del parto, Luna es la piel rasgada y
vacía que es desechada al salir el hijo. Luna es el hermano menor,
separado de su hermano mayor y dejado atrás como una cabeza
sin tripas. Luna es la placenta castrada y decapitada al cortarse
y al sangrar el cordón umbilical. Este mito cuenta la historia del
parto por el que los hijos vienen al mundo, en particular, cuenta
la historia del parto del primer hijo varón: el parto de Sol y su
placenta Luna. Desde este primer parto, todo parto es una gue-
rra entre el feto y la placenta que termina en la muerte de esta
última. Todo parto es un homicidio de Luna, un fratricidio,
matricidio y un parricidio de la placenta166.
Cabe anotar, sin embargo, que el relato que cuenta el naci-
miento de un niño varón y su placenta parece inconsistente
con el hecho que, al principio del mito, el incesto es atribuido
a una pareja de hermano y hermana. Si el mito relata el naci-
miento de un par de hermanos hombres, entonces la condi-
ción uterina no es solamente incestuosa, sino que es un inces-
to entre amantes del mismo género. Sugiero que ambas posi-
bilidades se aplican, porque la relación entre la placenta y el
feto en el estado uterino es una relación en el que el género y
el parentesco no están aún definidos porque, justamente, es
un estado de ignorancia del parentesco. La relación entre el
feto y la placenta es a la vez una relación entre amantes, en-
tre hermanos del mismo género, entre hermanos de género
cruzado, entre padre e hija, entre madre e hijo. El estado ute-
rino es incestuoso porque es un estado de indiferenciación.
Es con el parto que se establece la primera relación de paren-
tesco definida a la luz del mundo de los vivos, y esta es una
relación entre hermanos del mismo género: hermano mayor y
hermano menor, el recién nacido y su placenta. Esta es una
relación de rivalidad y de solidaridad clave en un universo
social organizado alrededor de líneas de género paralelas.
166 Es de notar la semejanza entre mi lectura del incesto de Luna como un parto,
que implica la matanza de la placenta, y los mitos que hablan de un tiempo en
que las mujeres no sabían dar a luz y era necesario cortarles la barriga, matán-
dolas en el parto. Ver capítulo 3.2 para el mito airo-pai y el relato machiguenga
en este capítulo.
269
La placenta y Luna son figuras andrógenas. Como hemos
visto en este libro, entre muchos pueblos amazónicos Luna es
concebido como una figura masculina que tiene aspectos o
transformaciones femeninas. Pero entre algunas etnias, como
los yanesha de habla arawak y los desana de familia lingüísti-
ca tucano oriental, Luna es una figura femenina con transfor-
maciones masculinas. Sin embargo, se puede afirmar que, de
manera panamazónica, en las diferentes versiones del mito
del incesto de Luna éste aparece como una figura incestuosa
masculina. Por ejemplo, entre los desana, «las manchas de la
faz de la Luna se tienen como la huella de la mano ensangren-
tada de la hija de la Luna, que había rechazado a su incestuoso
padre» (Reichel-Dolmatoff, 1997:165). Sugiero que la mascu-
linidad de Luna –hermano o padre incestuoso, y padre muerto
de todos los seres humanos– puede interpretarse con rela-
ción a la práctica panamazónica de la covada. La masculinidad
de Luna, a mi parecer, enfatiza la responsabilidad del padre
sobre el bienestar de la madre y el feto durante la gestación,
el parto y el post-parto, y también resalta la existencia de
lazos de transmisión de pensamiento entre padre e hijos a
través del semen167. Cabe anotar que una de las complicacio-
nes del parto más temidas por los pobladores amazónicos es
la retención de la placenta, ya que esta complicación inevita-
blemente causa la muerte de la madre168. A mi parecer, la
167 El siguiente caso ilustra bien la relación directa entre los cuidados del padre, la
salud de la madre y la salud del feto entre los kanamari, un pueblo katukina del
río Jutai brasileño. «Un joven me contó el caso de una mujer que fue descuidada
por su esposo, quien estaba teniendo relaciones sexuales con otra, cuando
estaba en fase de lactancia y sufría una severa falta de alimentos. La conse-
cuencia inmediata de esto fue el adelgazamiento de la mujer, quien corrió el
riesgo de que su propio bebé le tomara todas la fuerzas a través de la poca leche
que tenía. El caso fue resuelto gracias a la intervención del suegro de la mujer
(su tío materno) quien interpeló al marido y lo llamó a asumir sus responsabili-
dades» (De Carvalho, 2000: 250. Traducción propia).
168 Según las mujeres yine, harakmbut, machiguenga y airo-pai que he entrevistado
sobre el parto, la retención de la placenta es la mayor preocupación y la principal
causa de mortalidad materna por consecuencia del parto. Entre las primerizas,
sin embargo, otra causa de complicaciones es la estrechez de las caderas. Varios
pueblos amazónicos manipulan el conducto de la vagina y los huesos de las
caderas de las niñas durante la tierna infancia para abrirlos y ensancharlos, para
que llegado el primer parto puedan dar a luz con facilidad. Ver Erikson (1996) para
los matis, Colpron (2004) para los shipibo, Belaunde (2001) para los airo-pai.
270
masculinidad de Luna es consistente con la idea de que si la
madre o el feto mueren, se debe a una falta en el cumplimien-
to de la covada por parte del padre. En otras palabras, el mito
del incesto de Luna instaura la paternidad responsable.
Nos queda por responder por qué el mito cuenta el naci-
miento de un niño y su placenta, y no el nacimiento de una
niña y su placenta. Sugiero que este mito cuenta el nacimien-
to de un niño varón porque este es un relato sobre el origen
de la reproducción cruzada. Es gracias a la placenta que las
mujeres pueden dar a luz a hijos y a hijas. Sin la placenta, sin
este mediador entre el cuerpo de la madre y el feto, la repro-
ducción sólo podría darse por líneas paralelas, y los hombres
y las mujeres serían efectivamente dos especies diferentes169.
Es gracias a la placenta que los hombres pueden «poner a los
hijos» en el útero de la mujer, utilizando las palabras de Ofelia,
mujer quichua canelo, con las que iniciamos el primer párrafo
de este libro.
La reproducción cruzada deriva de la placenta. A nivel cos-
mológico deriva de Luna, que es la primera placenta, la placenta
de Sol. Siguiendo la idea que la placenta también es una suerte
de parásito incrustado en el útero de la mujer, sugiero que la
reproducción cruzada se articula alrededor de múltiples rela-
ciones de parasitismo. Esto involucra, por así decir, a tres «es-
pecies» diferentes: la placenta-tejido amniótico, la mujer y el
hombre. La placenta-tejido amniótico es un parásito de la mu-
jer, hecho de su sangre, una suerte de murciélago. Durante la
271
gestación engorda alimentado con el semen del padre, por lo
que la placenta-tejido amniótico también es un parásito del hom-
bre. Pero, en última instancia, con el parto resulta que el hom-
bre y la mujer son los parásitos de la placenta-tejido amniótico,
ya que lo matan para obtener hijos e hijas. Este parasitismo
múltiple, del que los hombres y las mujeres derivan hijos de
mismo género y de género cruzado, requiere el rasgado y va-
ciado, la castración y la decapitación, de la placenta-tejido
amniótico en el parto. Por esta razón, la adquisición de la repro-
ducción cruzada es también la adquisición de la rivalidad entre
el feto y la placenta, y la adquisición del sangrado y de la muer-
te por los hombres y las mujeres. Dada la posibilidad de la muerte
de la madre durante el parto debido a la retención de la placenta,
el parto también convierte al hombre en el parásito de la mujer.
Si la madre muere, los hijos no se crían. Por esta razón, la muerte
de la madre y del feto a consecuencia del parto es una respon-
sabilidad masculina, como lo indica la covada170.
El parto coloca a la mujer en peligro de muerte y según el
decir de las mujeres amazónicas «duele como la muerte». Pero
las mujeres desean tener hijos y encaran la muerte en el parto
de pie, «haciendo fuerza» para expulsar al feto y su placenta171.
En sus propios términos, los niños son deseados porque son
«compañía». «Tienes que tener un hijo, aunque sea uno, para
que sea tu compañía». Varias veces las mujeres de diferentes
etnias y lugares me han dicho palabras similares al enterarse
de que yo no tenía hijos. En mi experiencia, las parejas desean
tener hijos de ambos géneros. Las mujeres quieren hijas para
que las acompañen en sus tareas e hijos para que acompañen a
sus padres. Igualmente, los hombres quieren hijos para que los
acompañen, e hijas para sus esposas. Se considera que un hom-
bre, o una mujer, sin un hijo de su mismo género, «vive triste»
sin una «compañía» adecuada y su soledad es motivo de com-
pasión de parte de los demás172. El parasitismo de la placenta
170 Como explica Fernando Payaguaje, sabio airo-pai (secoya), «es mejor precaver-
se que hacer morir a los hijos» (Payaguaje, 1990:89).
171 Ver capítulo 3.4. para un estudio del parto entre los yine (Belaunde, 2003).
172 Esto no quiere decir que ciertas etnias no prefieran tener más hijos que hijas, o
viceversa (Ver Van der Hammem, 2000). Sin embargo, la idea de tener sólo
varones o sólo mujeres no es deseable.
272
permite que ambos, la pareja, obtengan «su compañía» para
que lo ayude en sus trabajos.
Mientras que el recién nacido es un ser bonito y acogido
por sus padres y sus parientes, la placenta es un rival defor-
me, una bola de sangre, que es rechazado por la gente173. En
la gran mayoría de los pueblos amazónicos, la placenta es en-
terrada ritualmente en el lugar del parto. De no ser así, se
considera que la placenta tomaría venganza sobre el recién
nacido, causándole la muerte de inmediato174. La idea de que
el parto implica una rivalidad primordial y una puesta a muer-
te de la placenta permite comprender mejor por qué, en la
gran mayoría de pueblos amazónicos, la sangre del post-parto
es considerada mucho más potente y peligrosa que la sangre
menstrual. La sangre menstrual es un aborto en el que tanto
la placenta como el feto mueren. En el parto, en cambio, la
placenta es sacrificada para que el feto pueda vivir.
Esta idea es explícitamente desarrollada en la etnografía
pirahã de Marco Antonio Gonçalves (2001)175.
273
toman venganza contra los ibiisi]; si cae en el agua, se
transforma en peces pequeños como la palometa y la
piaba (Gonçalves, 2001:233. Traducción propia).
176 En el caso del parto entre los yine (capítulo 3.4), el éxito del parto es pronos-
ticado durante un sueño en el que un tapir es muerto a palazos por la mujer que
ayuda a dar a luz a la parturienta. La asociación del esfuerzo realizado durante
el parto a un combate con un tapir brinda apoyo a la idea de que el tapir es un
animal particularmente asociado a la placenta, y por lo tanto, a Luna. Los
dolores de las contracciones son asociados a patadas del tapir. Una idea similar
se encuentra entre los yanomami (Alés, 2001).
274
gre de un «otro», del hermano incestuoso Luna, a quien una
mujer maldijo y mató con palabras. Por lo tanto, la identidad de
la mujer menstruante y madre de familia se construye por me-
dio de un proceso similar y paralelo al proceso de construcción
de la identidad de los guerreros varones, basado en la incorpo-
ración y el procesamiento de la sangre del enemigo muerto177.
Propongo que no solamente se debería de profundizar el estu-
dio de las semejanzas y paralelismos entre los rituales guerre-
ros y los rituales reproductivos femeninos y masculinos. A mi
parecer, también se debería dar un cambio de énfasis en el aná-
lisis. En lugar de interpretar el parto en términos de una gue-
rra, es la guerra la que debería interpretarse en términos del
parto178. El parto infunde significado a la guerra179.
Para sustentar mi interpretación del mito del incesto de Luna
con relación al parto, quisiera brevemente examinar otras dos
versiones de este mito provenientes de otros grupos cultura-
275
les. La primera es el relato proveniente de los machiguenga,
un pueblo de familia lingüística arawak. Este asocia el origen
de las manchas de Luna a la muerte de la esposa de Luna du-
rante el parto de su segundo hijo, el hermano menor del Sol.
Este relato nos permite vincular el tema del incesto con el na-
cimiento del Sol y la muerte de la madre durante el parto. Su-
giero que el primer parto de la historia se refiere al nacimiento
del feto. El segundo parto es el nacimiento de la placenta, en el
que muere la madre. A primera vista, este mito cuenta, por lo
tanto, la historia de la muerte de la madre en el parto por causa
de la retención de la placenta y el sangrado. Esta es una prime-
ra interpretación del mito. Sin embargo, esta no es la única lec-
tura posible, porque la madre de Sol reaparece ayudando a su
esposo Luna a desmembrar a quien sí murió en el parto: un
tapir. Sugiero que el tapir muerto en el parto es la placenta, la
276
cual también es concebida como una madre muerta, puesto que
la placenta y el tejido amniótico contienen al feto como una madre
contiene a un feto en el útero. Por lo tanto, el parto del hermano
mayor Sol –el feto– es seguido por un segundo parto que es un
acto de cacería: la puesta a muerte de la placenta, un tapir, la
mayor presa, con la mayor cantidad de grasa y sangre y que
acarrea mayores peligros de venganza al ser consumida. A mi
parecer, la identificación de la placenta a un tapir hace referen-
cia al consumo de la placenta después del parto, un comporta-
miento de la etología animal característico de una diversidad
de especies de mamíferos. La presa de caza ejemplar, el tapir,
es, por lo tanto, una placenta consumida por la madre y el padre
después del parto180.
En el relato también ocurre un colapso de identidades en-
tre Luna y la placenta, por un lado, y por otro lado, entre la
madre de Sol y la madre de la madre de Sol, quien maldice a
Luna, le mancha la cara y lo condena a comerse el tapir muer-
to en el parto, es decir, a comerse la placenta. Luna, el padre
incestuoso, la placenta que causa la muerte de la madre, es
condenado por su suegra a comerse a sí mismo. Así como en
el mito sharanahua donde Luna se vuelve una cabeza decapi-
tada, la maldición de la mujer en el mito machiguenga conde-
na a Luna a ser un gran glotón, que se lo come todo, inclusive
a sí mismo181.
Reconozco que mi lectura del relato machiguenga pue-
de ser difícil de seguir. Espero que la siguiente versión del
mito del incesto, proveniente de los shipaia, un pueblo de
familia lingüística tupi del Brasil, que ha sido ilustrada en
tiras cómicas en el libro Lévi-Strauss para principiantes
(Wiseman y Groves, 1998:136), permita tener una visión más
intuitiva de las múltiples relaciones entre el incesto, la muer-
te de Luna, la rivalidad entre hermanos varones, la carne de
180 Este es un tema que requiere de mayor investigación y que sólo se presenta
aquí a modo de sugerencia. Es de notar, sin embargo, que la identificación entre
la placenta y los animales de cacería sanguinolentos es consistente y permite
comprender la lógica de venganza de sangre subyacente a las restricciones
alimenticias amazónicas.
181 El relato recogido por Baer continúa contando como Luna coloca a su hijo Sol en
el cielo.
277
tapir y la placenta. Sugiero leer este mito teniendo en mente
que entre los pueblos tupi «caer» es un eufemismo para «na-
cer», ya que las mujeres dan a luz paradas de cuclillas182.
278
La sangre de la Las aves se
Luna era de muchos mojaron en
colores y se diversos
derramó sobre la estanques de
tierra salpicando a sangre lunar, y
hombres y mujeres. adquirieron así
Las mujeres se sus coloridos
limpiaron con un plumajes.
movimiento
ascendente, y (Wiseman y Groves,
desde entonces 1998:136-139).
quedaron sometidas
a la influencia de la
Luna. Los hombres
lo hicieron
sacudiéndose desde
arriba hacia abajo.
279
de «mitemas», de temas míticos183. La teoría estructural del
mito sostiene que este no dice un orden del mundo, como lo
hace el discurso científico, sino que muestra este orden en la
manera como está construido184. En las relaciones formales
que lo constituyen, el mito ofrece una situación concreta en la
que se afrontan y se resuelven los componentes disimétricos
de la realidad: naturaleza y cultura185, vida y muerte, el día y
la noche, frente a los cuales el hombre se sitúa como un ele-
mento mediador186. El autor explica que el mito 178 reúne en
su estructura todos los temas fundamentales investigados en
el primer volumen de Mitológicas con relación al eclipse y al
incesto. Sin embargo, no hace hincapié sobre el origen de Luna,
la menstruación, el parto ni la placenta187. Este relato, en cam-
280
bio, le permite llegar al término de su recorrido por la mitolo-
gía amazónica para demostrar el valor de mediación del códi-
go culinario y de la alianza matrimonial entre los hombres ex-
presado en la prohibición del incesto. El autor coloca el relato
bajo la rúbrica de «origen del color de los pájaros». En efecto,
el mito cuenta cómo las aves obtuvieron sus colores de la san-
gre del homicidio de Luna, ocurrido a causa de la rivalidad
entre dos hermanos. A mi parecer, sin embargo, este mito
también puede ser leído como un relato sobre el parto de Luna
y Sol. En este mito, el hermano celoso es quien desenmascara
a Luna y lo manda matar, ocupando, por lo tanto, la posición de
la hermana en el mito sharanahua. A mi parecer, en el relato
shipaia, el hermano celoso es el feto, es el que quiere saber
quien es su amante, el que quiere ver la luz. En este caso, el
hermano y la hermana incestuosos son asociados a la placenta,
que es a la vez Tapir, en la tierra, y Luna, en el cielo. De la
sangre derramada de la matanza de Luna en el parto proviene
la diversidad y la belleza de las aves. Teniendo en mente que
el hermano celoso, el feto, es el hermano mayor de Luna, es
Sol, podemos comprender por qué los pájaros adquirieron sus
colores de su nacimiento188. Los colores de los pájaros vienen
de los colores del amanecer: la sangre de Luna que da a luz al
Sol. Es con esta idea en mente que propongo hacer una cuarta
lectura del mito del incesto de Luna.
188 Si aceptamos que este mito cuenta el nacimiento de Sol y Luna, la semejanza
entre la matanza de Luna y el ritual del eclipse de Luna, descrito para los kuikuro
(ver capítulo 5.7) sugiere que en ambos casos se trata del tema del parto.
281
mada en el principal astro de la noche. Desde su morada side-
ral, Luna es bello y compasivo. Es el que permite que la gente
descanse de sus trabajos y de los rayos calurosos del sol del
día189; el que ilumina la oscuridad con su luz reflejada, adecua-
da para reponer las energías de los ojos humanos; el que mar-
ca las estaciones de los ríos, de los periodos del trabajo agrí-
cola, de los tiempos de cosecha de las frutas, de la caza y de la
pesca. Luna, brillante en el cielo con la escritura del incesto
en la cara, es la promesa de la salvación y de la resurrección
después de la muerte. Es el gran espejo del Sol que ayuda a
los chamanes a conocer los lugares más recónditos del cos-
mos. De la sangre que derramó nacen los hijos y también to-
das las artes, la belleza, la seducción y la diversidad de los
colores del amanecer. Como hemos visto a lo largo de este
libro, los diseños tejidos y pintados por los hombres y las mu-
jeres, así como los colores de los pájaros, son trazados con el
recuerdo de la sangre de Luna, la sangre de las mujeres, y
son el recuerdo de sus caminos, de sus ríos, de sus cantos y
de sus amores190. Luna dejó su recuerdo en el cielo en compa-
sión para con todos los que se acuerdan de él.
Pero, ¿qué es lo que uno debería de acordarse de Luna?
¿Uno debería acordarse del episodio de su matanza, o más
bien, acordarse de lo que Luna se olvidó, es decir, acordarse
189 Sugiero que la oposición entre Luna y Sol corresponde a las dos mitades de la
sociedad cashinahua y otros grupos pano: dua, «brillo» y inu, «jaguar». El brillo
es la belleza acuática y elástica de la piel, el lado espiritual, reflejado, de la
sociedad y el chamanismo. El jaguar es la garra y el mordisco, la belleza del
fuego y la dureza del metal, necesarios para llevar a cabo trabajos esforzados, el
lado político, ardiente, de la sociedad y el chamanismo (Deshayes y Keinfenheim,
2003:60; Lagrou 1998:140; McCallum 2001:145). Una similar oposición com-
plementaria se encuentra entre los airo-pai, aunque no se inscribe en una
estructura social de mitades. Como lo indica el título del libro de Ruth Moya
(1992), Réquiem para los espejos y los tigres, los «espejos» de Luna son comple-
mentarios a los «jaguares» de Sol. La sangre reúne las dos cualidades. Es el
agua ardiente, Luna Sol, Brillo Jaguar, de la vida. El brillo de Luna es el media-
dor entre la tierra de los vivos y los jaguares de Sol. Como sostienen los mbyá
guaraní (De Olivera, 2002:91), los seres humanos provienen de Sol pero llegan
a la tierra por intermedio de Luna. Como Nhamandu, la divinidad mayor de los
mbyá guaraní, Luna es el «saber reflejado», «las divinas palmas de la mano»
que marcan su rostro para que los humanos puedan leer en su propia huella el
recuerdo del mundo uterino de sus orígenes (Clastres, 1974 [1977]).
190 Ver capítulo 6.
282
de quienes son nuestros padres? Esta disyuntiva no es una
cuestión meramente de retórica. Desde una perspectiva ama-
zónica, estos dos tipos de recuerdos tienen efectos muy dife-
rentes sobre la sangre de las personas.
Por un lado, el acordarse de la matanza de Luna hace revi-
vir el episodio del derrame primordial de la sangre que re-
cuerda la rivalidad, el deseo de matar, la rabia y la venganza.
Este no es un estado negativo en sí, puesto que es el estado
de la transformación que lleva al nacimiento de los niños, como
en el caso de las mujeres menstruantes y parturientas y los
hombres homicidas. Pero, es un estado peligroso, de acalora-
miento y aceleramiento del flujo de la sangre, en el que la per-
sona corre el riesgo de volverse «otra», de enfermarse, enve-
jecerse, enloquecerse y de perder la memoria, de no acordar-
se más quienes fueron sus padres. Es decir, corre el riesgo de
volver al estado de indiferenciación de la ignorancia del in-
cesto, de «perderse», un concepto prominente entre los pue-
blos amazónicos. En general, el olor de la sangre derramada y
de los productos derivados de esta, el semen y los fluidos
femeninos, afecta a la sangre de manera similar, colocando a
la persona en riesgo de transformación en un ser «otro», ra-
bioso y enfermo. Por eso, a pesar de que entre muchos pue-
blos existe una tendencia hacia el abandono de los rituales de
dieta y reclusión asociados a la sangre menstrual y del post-
parto, ciertas reglas claves de higiene continúan siendo es-
crupulosamente respetadas. Por ejemplo, los hombres y las
mujeres son siempre extremadamente cuidadosos de lavarse
bien y de lavar la carne de todo rastro de sangre, y de evitar
aspirar el olor a sangre para no traer a la memoria el recuerdo
de la sangre derramada que podría afectar el flujo de su san-
gre por las venas. A mi parecer la insistencia puesta sobre
evitar sentir el mal olor de la sangre, algo difundido de mane-
ra panamazónica, se debe a que el olor, que se funde con el
sabor en la concepción amazónica, es el sentido que más se
relaciona a la experiencia de la reminiscencia de lo vivido,
como bellamente narra el escritor francés Marcel Proust al
escribir sus memorias de infancia En busca del tiempo perdido.
Por otro lado, el acordarse de lo que Luna se olvidó –del
recuerdo que lleva en el rostro visible la noche para nunca
283
olvidarse de quienes son nuestros padres– permite mante-
ner el equilibrio del circuito de la sangre y mantener la ade-
cuada dosis de «frescura», «dulzura», «fuerza», «alegría»,
«propósitos», conceptos indígenas que, como hemos visto en
este libro, expresan una estética de la convivencia. El re-
cuerdo de las enseñanzas de Luna hace pensar, hace acor-
darse de los cuidados recibidos durante la infancia y acor-
darse de los desvalidos. Permite «vivir bien», una expre-
sión común entre muchos pueblos amazónicos191. El que se
acuerda de sus padres es el «adornado» y la «adornada» de
los mbyá-garaní; es la «cría de oropéndola» y la «cría de loro»
de los airo-pai. Es la «mujer con diseños» de los cashinahua,
la «nueva persona» de los yekuana. Las personas que viven
bien se acuerdan de sus padres y reactualizan en sus traji-
nes del día a día las enseñanzas y las palabras de consejo
escuchadas en la infancia. Este es un proceso de transmi-
sión de conocimientos y reminiscencias que, por lo general,
sigue líneas de género paralelas. En sus labores, las muje-
res recuerdan a sus madres y los hombres recuerdan a sus
padres. No se trata de acordarse de tal o cual técnica, tal o
cual receta, sino de acordarse de quienes nos enseñaron esas
técnicas de trabajo y esas palabras en el momento en que
nos las enseñaban durante la experiencia pasada de la com-
pañía compartida. Pensar es revivir los momentos con quie-
nes nos mostraron como hacer las cosas, identificarse con
quien nos enseñó y colocarse en su lugar. Es pronunciar las
palabras de consejo escuchadas de nuestros padres y re-
crear junto a quienes uno está criando en el presente una
relación interpersonal de enseñanza similar a la relación vi-
vida con quienes nos criaron en el pasado. Agustina Valera,
una mujer shipibo-conibo, explica lo que es pensar dándonos
el ejemplo en sus palabras de consejo.
284
Nosotras las mujeres shipibas no somos como las mes-
tizas que solamente hacen las cosas por dinero. Noso-
tras no hacemos las cosas por dinero. Mi madre me
enseñó a ir al monte, a cortar leña, traer plátano, sacar
yuca, preparar masato, preparar chapo especial; esas
cositas nos crió para que fuéramos igual a ella. La ma-
dre muere y nosotras nos quedamos con las cosas que
ella nos enseñó. Entonces, nosotras nos acordamos
mucho de nuestra madre y de las cosas que nos trans-
mitió. Con el tiempo, nosotras también nos hacemos
madres, tenemos hijos y practicamos las cosas que ha-
cía nuestra madre. Esos consejos también se los da-
mos a nuestras hijas, haciendo lo mismo que hacía nues-
tra madre (Valenzuela y Valera, 2005:57).
192 Ver Taylor para una exposición de las relaciones de mismo género en términos de
clonaje en tanto que replicación y contigüidad entre los shuar. La autora sostiene
que la relación entre madre e hija, o padre e hijo, es una «no relación» porque es
una mera replicación. Es gracias a la intervención de un hombre afín, el suegro o
el cuñado, cuando surgen verdaderas relaciones sociales. «Por cierto, es sola-
mente cuando un hijo entra bajo el control directo de un cuñado que él y su padre
pueden finalmente establecer una relación que es concebida como social [...]
Igualmente, madres e hijas entran en una verdadera relación –al opuesto de un
tipo de clonaje de contigüidad– solamente cuando la presencia de un yerno la
activa» (Taylor, 2001:52-53. Traducción propia). Aceptando la importancia crucial
de la afinidad en la construcción de las relaciones sociales, considero necesario,
sin embargo, resaltar que entre los pueblos jíbaro el aconsejar también tiene un
lugar crucial en las prácticas de la crianza, por lo que las relaciones entre madre
e hija, padre e hijo, también son relaciones sociales sustentadas en la generación
interpersonal de la memoria por medio de la convivencia.
285
pañaron y de la compañía compartida en el presente, que cons-
tituirá los recuerdos de la compañía del futuro. Recordar y
hacer lo que otros hacían es un acto de amor193. Como Agusti-
na Valera explica, esta concepción del aprendizaje y el trabajo
difiere de la idea de lucro de la economía de mercado. De lo
que se trata al trabajar, no es de acumular ganancias, sino de
generar una continuidad de la memoria al criar a los hijos. No
solamente para que los hijos crezcan y sepan trabajar, sino
para que los hijos sepan quienes son sus padres y los recuer-
den al trabajar. Es decir, no se trata de replicar el pasado, sino
de construir una identidad personal y de género enraizada en
el recuerdo de las personas que nos criaron.
Una idea similar también sustenta la práctica de dar con-
sejos por medio de la toma del yajé entre los siona, un pueblo
tucano occidental de Putumayo. Las sesiones chamánicas de
la pubertad masculina tienen por finalidad aconsejar a los jóve-
nes y enseñarles a mirar en visiones chamánicas a la «gente
joven», es decir, a los espíritus eternos «gente del yajé», en un
estado de trance inducido por el brebaje y los cantos chamáni-
cos. Un sabio siona entrevistado por Jean Langdon (1974:317-
318), afirma que el yajé es un padre y una madre que aconseja
a sus hijos para que «vivan bien», «escuchando el consejo»
que sus abuelos les dieron cuando compartían su compañía, y
recordándolos en sus acciones presentes.
193 A veces, el recuerdo de una persona puede llevar a alguien a emprender una
actividad diferente a sus necesidades y responsabilidades. Por ejemplo, conocí
a una señora mayor airo-pai, quien al enviudar comenzó a tejer coladores de
fibra, tal y como su esposo los tejía en vida. Generalmente, los coladores son
hechos solamente por los hombres. La señora explicó que ella no hacía colado-
res porque los necesitaba, sus yernos podían fabricarlos para ella. Ella decía que
tejía coladores «para acordarse de su esposo», es decir, para identificarse con él
y sentirse acompañada por él al hacer lo que él hacía cuando vivía.
286
Cuando yo era un niño, los mayores me llevaron a la
casa del yajé. Ellos me aconsejaron para que brillara
bien cuando yo mirase.
Como un padre, el yajé me aconseja. Y de esta mane-
ra, uno va aprendiendo cuando toma yajé.
Mis abuelos me aconsejaron, y aunque sólo miré un
poquito, yo he vivido de esta manera escuchando el
consejo de mis abuelos. Por eso ahora yo vivo bien,
pensando bien.
287
Roberto Macuna195, líder macuna, explica que la noción ama-
zónica de aprender por medio de escuchar palabras de con-
sejo, de identificarse con el padre, la madre y los abuelos, y
de generar recuerdos de las personas que nos criaron y nos
enseñaron, contrasta marcadamente con la pedagogía esco-
lar (Arhem et al., 2004: 430). En el colegio, la educación está
basada en la transmisión de informaciones, de recetas para
resolver problemas y de procedimientos para escribir tex-
tos, llenar formularios. La educación escolar es dada a niños
indiscriminadamente y no pone en marcha un proceso de
identificación individual con la persona que enseña en el acto
de aprender haciendo. Para los pueblos amazónicos, adoptar
la escolarización significa mucho más que adquirir nuevos
conocimientos. Significa adoptar una nueva manera de cons-
truir la memoria y de construir la identidad personal y de
género. Desde el punto de vista de la concepción amazónica
de la educación, pasar el tiempo sentado en un banco con un
lápiz en la mano, cuchicheando con los vecinos de banca, o
prestando atención al profesor parado con una tiza en la mano
para asimilar conocimientos abstractos, sólo enseña a hacer
eso: a reproducir el comportamiento y las relaciones de los
escolares durante otras situaciones similares196.
288
tidad y le permite encontrar respuestas propias. Acordarse
de alguien es situarse en un proceso histórico que une las
generaciones través del tiempo en un flujo de compasión de
los mayores hacia los menores, que les ayuda a encontrar su
propio camino para hacer las cosas que necesitan en su vida:
producir comida, hacer artefactos, parir, organizar bailes ri-
tuales, curar enfermedades, relacionarse con los «blancos»,
aconsejar a sus hijos, propios y adoptivos. Las palabras de
consejo, como explican los sabios uitoto conocedores del rafue,
son «palabras para sanar el corazón de los huérfanos»: para
sanarlos de la ignorancia, para que sepan hacer todo lo que
requieran y también para que sepan quienes son sus padres.
Pensar es acordarse de los demás como huérfanos desvalidos
y acordarse de uno mismo como un huérfano en necesidad de
apoyo y de compañía. Al acordarse de quien desciende y de
quienes son sus padres, una persona se acuerda de su nom-
bre, el nombre que viene del mundo de los muertos y las
divinidades, que inscribe la identidad personal en la sangre y
que permite pensar en sí mismo con compasión. El recuerdo
del nombre «salva», no permite que uno «se pierda», que uno
caiga en la ignorancia sobre sí y se vuelva «otro»197, alienándose
de los suyos, enloqueciéndose, enfermándose o muriéndose.
En los capítulos anteriores hemos visto, con referencia a
una variedad de etnias, que cuando la sangre de una persona
está alterada –durante la enfermedad, la menstruación, el post-
parto, el homicidio, o durante las sesiones de chamánicas y
los procesos de producción de artefactos y de sustancias ve-
nenosas para la cacería, la pesca o la comida– es necesario
guardar dieta y reclusión, y mantener una actitud calmada
para poder controlar el proceso de transformación de la san-
gre en marcha. Las personas en reclusión deben evitar, en
particular, el olor de la sangre198, un olor que traería de vuelta
197 Entre los airo-pai, según el contexto, «huetseye» quiere decir «olvidar», «estar
perdido», «no saber» y «estar muerto». Cuando hablan en castellano sobre un
difunto, dice «el que está perdido». Igualmente, cuando se refieren a su igno-
rancia sobre algún tema práctico, dicen que «están perdidos». Salir de la igno-
rancia, encontrar el camino, regresar a la salud, tomar baño, resucitar, todos
estos procesos son huajëye, «salvarse».
198 El olor de la grasa frita, el pelo chamusqueado y la carne ahumada también son
mencionados con frecuencia como olores que deben ser evitados.
289
el recuerdo de los hechos de sangre, y que podría afectar la
transformación de su sangre. Por esta razón una persona que
está llena del olor a sangre no debe emprender actividades
chamánicas con plantas psicoactivas, ni realizar cantos y bai-
les sagrados. El chamanismo es una técnica de evocación de
la memoria199. No necesariamente de la memoria pasada, tam-
bién puede ser de la memoria «futura» o la memoria de otros
mundos, como el mundo uterino200. El uso de plantas psicoac-
tivas infunde en la experiencia de la reminiscencia durante el
trance una fuerza que puede volverse sobrecogedora y poner
en riesgo la salud y la identidad de la persona. Si bien es cier-
to que la práctica del chamanismo está basada en el desarrollo
de la disciplina necesaria para encarar y «aguantar» el miedo
al atravesar la experiencia del trance, un punto subrayado por
todos los pueblos amazónicos es que el chamanismo no debe
ser practicado por alguien que tiene un activo olor a sangre201.
Si es que alguien con olor a sangre tomase plantas psicoacti-
vas, el torbellino de su sangre podría volverse incontrolable,
porque el recuerdo de los episodios incestuosos de la indife-
renciación, de la ignorancia y la mugre de los animales podría
apoderarse de ella. Sería muy difícil evitar dejarse llevar por
el pánico, mantener la memoria de quien se es. Las posibili-
dades de «perderse» en el trance chamánico, de enloquecer-
se, enfermarse y morir serían muy grandes.
En los diferentes grupos culturales, las mujeres que prac-
tican el chamanismo durante sus años fértiles son relativa-
199 Reichel-Dolmatoff sostiene que entre los desana el chamanismo tiene por obje-
tivo «recordar» (gunyári) los conocimientos «eternos» encerrados en el hemis-
ferio izquierdo del cerebro (1997:233). La mención del cerebro como un sitio de
conocimiento parece contradictoria con la idea de que el pensamiento se da en
el corazón. Sin embargo, es consistente con la idea expresada por varios grupos
étnicos que las «visiones» se dan en la cabeza. Ver capítulo 4.2 para los airo-pai
y capítulo 6.3 para las mujeres shipibo.
200 El trance chamánico «[...] muchas veces contiene visiones incestuosas en las
cuales la persona se convierte en su propio engendrador al regresar al útero
materno y renacer en él». Una mujer embarazada es llamada «mujer soñando»
(Reichel-Dolmatoff, 1997:99). La liana del ayahuasca es similar al cordón umbilical
que une el mundo del sueño al mundo despierto. Ver también capítulo 2.1 sobre la
relación entre el trance chamánico, el sueño y la condición uterina entre los yine.
201 Ver capítulo 5.6 sobre los parakanã, para quienes el olor a sangre de los enemi-
gos muertos debe de ser neutralizado en la boca del chamán, permitiéndole
practicar curaciones.
290
mente pocas. Sin embargo, no es correcto calificar el chama-
nismo como una práctica únicamente masculina, porque las
mujeres no están excluidas del chamanismo. Muy al contra-
rio, el chamanismo es una práctica complementaria al mane-
jo de la sangre de la fertilidad, de tal manera que en lugar de
hablar de chamanismo a secas, en antropología se debería
de hablar de un complejo chamánico-reproductivo. Aun cuan-
do las mujeres no están presentes en las sesiones chamáni-
cas, ellas manejan su sangre y su fertilidad conjuntamente
con sus esposos. Además, la sangre derramada, de la mens-
truación, el parto y el homicidio, es una sustancia psicoactiva
particularmente poderosa que, de preferencia, no debe ser mez-
clada con sustancias psicoactivas provenientes de la savia de
las plantas202, porque la mezcla puede causar una alteración
incontrolable de la sangre. Como muestra Colpron (2004) en
el caso de las mujeres shipibo-conibo, su conocimiento extraor-
dinario de las plantas rao perfumadas y de técnicas para neu-
tralizar el olor de la sangre, les permite practicar el chama-
nismo desde la juventud, incluyendo el embarazo, pero no cuan-
do están sangrando durante la menstruación y el post-parto,
ni cuando acaban de tener relaciones sexuales, una restric-
ción que también se aplica a los hombres. Después de la me-
nopausia, que según el pensamiento amazónico es un estado
producido por la ingestión de plantas para «secar» la sangre,
202 Cabe notar que entre los cashinahua, tanto la sangre menstrual como el ayahuasca
son derivados de la sangre de Yube, Luna/serpiente (ver capítulo 6.2). En el mito de
origen del ayahuasca de los ingano de la Amazonía colombiana, el ayahuasca y la
sangre menstrual son las dos mitades de una misma liana que da inteligencia
(Ramírez y Pinzón de Castano, 1992:175). «Al comienzo la tierra era oscuridad. La
gente ya existía pero le faltaba la inteligencia. Tomaron un yajé y lo cortaron por la
mitad. Para las mujeres les dio la menstruación, para los hombres –el pedazo creció
y creció hasta el cielo–. Poco a poco las sombras tomaron forma y las siluetas
adquirieron detalles. En el cielo, vieron el yajé entrar en una enorme flor. Fue
fecundada y se transformó en el sol. Y de ahí llegaron la gente del sol con su música
tocada con flautas y tambores. Cada melodía se transformaba en un color. Cuando
llegaron a la tierra, le dieron color, y cuando el mundo quedó iluminado tocaron la
sinfonía de color y la música despertó la comprensión de la gente, creando inteli-
gencia y lenguaje. Por eso se usa el yajé: con él, el mundo es visto tal y como es, y
la inteligencia se expande haciendo todo claro y armonioso con el espíritu de la
sanación» (Traducción propia). Tanto el yajé como la sangre menstrual dan origen a
la belleza y a los colores del mundo (ver mito shipaia sobre «el origen de los colores
de los pájaros»), pero ambos deben ser manejados con los cuidados apropiados.
291
las mujeres pueden practicar el chamanismo con libertad, si
es que lo desean. Las mujeres chamanes tienen acceso a los
mismos ámbitos de poder espiritual, conocimiento, curación y
brujería, que los hombres.
Según explican las mujeres jóvenes, la mayoría tiene
«miedo» de practicar el chamanismo. Esta explicación debe
ser aceptada en su sentido literal. Las mujeres tienen mie-
do de tener una experiencia de un trance chamánico sobre-
cogedor en el que podrían enloquecerse y enfermarse. Tal
vez se podría considerar que la ideas de «perderse» y de
«susto» tan prominentes entre los pueblos amazónicos203, son
una mera construcción simbólica, una ideología sin ningún
fundamento «real», en el sentido objetivo, occidental, de la
palabra. Pero, esto sería desconocer el poderoso efecto de
los compuestos alucinógenos utilizados y la experiencia
devastadora de un «mal viaje»204. En la siguiente narración,
grabada por Jean Langdon en 1972 (Langdon, 2004:87-92),
Ricardo Yaiguaje, hombre siona, cuenta sus visiones de un
mal viaje durante una sesión de yajé. Ricardo describe cómo
tomó el brebaje y esperó hasta que aparecieron las primeras
visiones, primero brillantes, como lo son durante un «buen
viaje», y después oscuras, causándole gran desconcierto y
temor. El narrador explica que ante estas visiones inespera-
das estaba «perdido en la mareación», incapaz de hablar.
203 Ver Gow (2003) para un análisis del relato yine sobre «un hombre cansado de
vivir» que se pierde y reside entre las huanganas. Entre los yine, los cashina-
hua y los shipibo-conibo, tanto los diseños de las mujeres como las canciones
chamánicas son caminos laberínticos por los que el alma de las personas debe
viajar sin perderse. Ver capítulos 2.1, 6.2 y 6.3.
204 Ver Shanon (1992), Luna y White (2000), Labate (2004), Schultes y Raffauf
(1992) para un estudio de la experiencia del trance inducido con la toma de
ayahuasca. Sin embargo, estos autores no concentran la atención sobre las dife-
rencias de género en el uso de ayahuasca ni sobre las implicaciones culturales del
enloquecimiento y el sentido de «estar perdido» de un «mal viaje» con relación
a los rituales de dieta y reclusión del manejo de la sangre masculina y femenina.
292
Después de esperar mucho tiempo, el yajé llegó.
Esa vez llegó bien brillante.
«Está brillando bien», pensé mientras estaba mirando
echado en la hamaca.
Yo estaba echado un tiempo, en el medio, de repente,
sólo criaturas negras volando, todo alrededor negro,
así el yajé me llegó.
Llegó. «¿Qué está sucediendo?», pensé mientras es-
taba echado y mirando.
Y después personas, todas negras, me hablaron así
«zi’eeee zi’eeee zi’eeee ti ti ti ti ti».
Hablaron y mis oídos estaban completamente tapados
con la bulla.
Todo tapado no podía hablar nada, mirando así yo era
una persona perdida, mirando y echado.
293
La narración termina contando cómo en ese momento su her-
mano mayor le dirigió la palabra preguntándole si es que «el
yajé estaba brillando» para él. Gracias a las palabras de su
hermano que le permitieron abstraerse de sus visiones, él
consiguió decirle que estaba mal. Su hermano lo curó con agua
y lo libró de las visiones.
294
remolino de pánico. Esta es una realidad que es vivida en los
malos viajes y que sustenta la idea de que la alteración des-
controlada de la sangre conduce a la locura, de la que algunas
personas no regresan si es que no son curadas a tiempo. Para
curarlas, un chamán experimentado debe ir en trance en bus-
ca de su alma asustada y perdida en el cosmos, llamarla por
su nombre, y regresarla a su cuerpo.
Una idea similar de enloquecimiento y pérdida de la iden-
tidad se aplica a quien se pierde en la selva. El que se dis-
trae en la selva, escuchando los «pajaritos engañadores»,
como solían contarme los airo-pai, se asusta al darse cuenta
de que no conoce el camino de regreso206. El susto reverbera
y se transforma en pánico, trastornando su relación con el
medio. El mundo da vueltas, se derrite, circula a toda veloci-
dad o se estanca. Como narra el escritor amazónico peruano
Arturo Hernández (1942), en la novela Sangama, el que se
pierde en el bosque huye despavorido internándose cada vez
más, y si es que sobrevive en el monte, cuando sus parien-
tes consiguen encontrarlo, no los reconoce y los confunde
con demonios. Conocedor de la sicología del cazador, Her-
nández describe en qué consiste la seducción y la venganza
de la cacería.
206 Entre los mestizos amazónicos, la pérdida del cazador en el bosque es a menudo
atribuida al engaño de un ser guardián del bosque que tiene los pies deformes
y es llamado Chullachaqui , en el Perú, o Curupira, en Colombia y Brasil (ver
Regan, 1983; Slatter, 1994).
295
cer puntería, dispara y hiere, deteniéndose jadeante
y satisfecho junto a la pieza cobrada. La remata gozo-
so, la amarra, se la echa a la espalda e inicia el camino
de regreso. Recién entonces trata de encontrar el rum-
bo conveniente. Mira sorprendido a su alrededor don-
de resalta un árbol corpulento, al que se acerca para
darle un machetazo en la corteza, a fin que la sangran-
te huella fije el punto de partida [...] Luego, cree orien-
tarse y parte en determinada dirección [...] para dete-
nerse de pronto frente a un tronco robusto que atrae
su atención y le suscita un vago recuerdo. Aproxímase
a él y descubre la herida fresca, chorreante, que él
mismo le hizo. Es el árbol de cuyo pie partiera horas
antes queriendo regresar. Una fuerza misteriosa, inex-
plicable, le ha llevado a la vera misma del árbol venga-
dor. Es un fenómeno que acontece casi invariablemen-
te al que se extravía en la selva. Sólo entonces se da
cuenta de la pavorosa realidad. ¡Está perdido!
Dicen que ni el «¡Sálvese quien pueda!» definitivo, que
domina el rugido de la tempestad y, penetrando hasta
la médula de los huesos, lleva el pánico a la tripulación
y al pasaje, produce un terror comparable al que expe-
rimenta el que prisionero de la selva, percibe temblando
de pavura el grito de su conciencia: ¡Perdido...! Pare-
ce que los troncos adquieren movilidad y, convertidos
en seres extraordinarios, se le acercan, estrechando
más y más el círculo que le encierra. El cazador em-
prende la fuga fatal. Desaparece la conciencia y sólo
ve la amenaza de los árboles que le persiguen.
(Hernández, 1975:163).
296
las tropas senderistas. La descripción detallada del efecto del
miedo sobre el color de la sangre de las víctimas y la alteración
de la sangre causada por la visión y el recuerdo del episodio
sangriento, muestra que el derramamiento de la sangre conduce
al enloquecimiento como una realidad vivida.
297
Los testimonios de estas mujeres ilustran la fuerza de la viven-
cia del recuerdo de la sangre derramada y de la locura que
ocasiona. El pánico y el dolor hacen que se pierda la noción de
sí. Para salvarse y continuar viviendo es preciso olvidar el re-
cuerdo de la sangre derramada. Como lo indica el segundo tes-
timonio, los ronderos asháninka animaban a sus parientes a que
«se olvidaran de lo aprendido» en los núcleos poblacionales,
que se olvidaran de los maltratos, del dolor, de las «malas cos-
tumbres», y regresaran con sus parientes. Una década des-
pués de estos hechos, los pobladores siguen lidiando con las
secuelas de la guerra, pero muchos prefieren no hablar del pa-
sado porque su recuerdo hace revivir la violencia de una gue-
rra ajena en la que fueron atrapados. El olvido del olor podrido
de los cadáveres es necesario. De lo contrario, la nostalgia por
los muertos causa la muerte de quienes los sobrevivieron207.
Todos los pueblos amazónicos son los sobrevivientes de una
historia de epidemias de enfermedades y guerras de coloniza-
ción. Es admirable la fortaleza de aquellos que vieron morir a la
tercera parte, a la mitad, a toda la población salvo ellos, los que
hoy en día ven a sus bosques y a sus ríos contaminados, vacíos
de cacería y pesca, los que ven a sus hijas madres solteras
abandonadas y a sus hijos alcohólicos. ¿Cómo no enloquecerse
y perder la conciencia ante tanta pérdida? Acordándose de su
nombre y de sus parientes, y también diluyendo la amargura
del pesar con la picardía de la risa fresca y el sentido del humor,
un rasgo tan característico de los pobladores de la Amazonía.
Entre las etnografías incluidas en este libro, gran parte se re-
fieren a pueblos que acaban de iniciar el contacto con la socie-
dad nacional y pasar por el trauma de su casi extinción, como
los araweté, los parakaña, los wari, los matis. Sin embargo, los
autores coinciden en describirlos como hombres y mujeres de
buen humor, dispuestos a bromear en toda ocasión, haciendo
prueba de una fortaleza emocional excepcional.
207 La idea de que del cadáver se desata una nostalgia de los muertos que es dañina
para los vivos es panamazónica. Según los wapishana, del macizo guyanés, los
muertos se presentan en sueños a sus parientes, ofreciéndoles comida y bebida.
Si la persona acepta su comida en sueños, esto le causa dolor de corazón y de
estómago y puede conducirlo a la muerte, porque la persona ya no tiene más
deseo de comer comida humana (Farage, 1998:124). Ver capítulos 3.1, 7.1 y 7.2.
298
El sentido del humor es como la bebida, fresca y dulce, que
emborracha un poco alegrando el corazón, y que permite diluir la
fuerza de los recuerdos de los hechos de sangre. Los mitos, por
ejemplo, son relatos peligrosísimos. Narrarlos y escucharlos hace
revivir los episodios primordiales de envidias, celos, matanzas,
y excesos de los personajes míticos. Pero es indispensable apren-
derlos porque en ellos se transmite la memoria de los orígenes.
¿Cómo contárselos a los niños sin que se transformen ellos mis-
mos en seres excesivos? Contándoselos entre bromas, entre ri-
sas, entre escenificaciones cómicas, dejando siempre ver el lado
grotesco del exceso. Haciéndolos digeribles para los pequeños y
para los adultos, para que no se envenenen con el poder del re-
cuerdo de tanto saber. Como sostiene Joanna Overing (2000) en
el caso de los piaroa, el sentido del humor es un aspecto funda-
mental del manejo de los poderes cósmicos para evitar el enve-
nenamiento de la locura causado por el exceso de poder, por la
megalomanía y la paranoia del que se cree omnisciente. Los dio-
ses piaroa son dioses falibles. Sus obras míticas no son ejemplos
para los humanos, sino al contrario, contra-ejemplos de un tiem-
po en el que los seres aún no sabían cómo controlar sus capacida-
des de producción, depredación y reproducción. Los pobladores
amazónicos son expertos en hacer digerible y desintoxicar el
poder de los conocimientos excesivos de los seres míticos con
las bromas. Lo mismo se aplica a los rituales y bailes colectivos
durante los cuales los espíritus son llamados para renovar la fer-
tilidad de la gente, las plantas y los animales. Los hombres y las
mujeres se «devuelven» –según su decir– los insultos unos a
otros, se agarran de manos, se ensucian, se frotan con ortigas
para «fortalecerse». ¡Ay del que se moleste! ¡Los otros lo atacan
con más furor! Hay que aprender a «aguantar» la picardía de la
risa así como se aprende a «aguantar» el ardor del hambre, el
cansancio y el dolor. Mientras haya la suficiente picardía, frescu-
ra y dulzura de la risa, el veneno ardiente de la reminiscencia de
los hechos primordiales no quema a la gente. Si se acaba el buen
humor, no hay cómo aguantar el peso del cielo sobre los hombros.
Son demasiados los muertos para tan pocos vivos huérfanos.
Sin embargo, los mismos rituales que tienen por objetivo
explícito celebrar los lazos de parentesco y generar el buen
ánimo de los participantes, contienen mecanismos culturales
299
de la reminiscencia que llevan a la violencia y al olvido de los
lazos de parentesco. Como demuestra la etnografía sobre las
fiestas del cauim entre los juruna de Tânia Lima (1995), la
borrachera se desarrolla siguiendo un ciclo que pasa de la ale-
gría colectiva creciente, a la nostalgia y al recuerdo del pasa-
do y de los muertos, y finalmente a la rabia surgida del re-
cuerdo de algún desagravio causado en el pasado a alguna
persona querida. Es la lógica del ciclo del recuerdo de las bo-
rracheras festivas. Una vez desatada la rabia, el borracho se
transforma en un ser «otro», una persona que no reconoce a
los suyos y azota con violencia a quien se le cruza por delante,
olvidándose de quienes son y quien es él. A menudo, son las
mujeres que reciben los golpes, y aunque se defienden gol-
peando a sus agresores a su vez, terminan heridas. Cuando
sale de su borrachera, el que se dejó llevar por la rabia, se
avergüenza de haber desconocido a sus parientes.
Entre otros grupos étnicos, al darse inicio a las fiestas de la
bebida, el jefe de la comunidad pronuncia un discurso, dando
consejos a los participantes para que beban con medida y no
hayan peleas. Por ejemplo, entre los airo-pai (Belaunde, 2001),
varias veces les escuché decir: «Vamos a tomar bien. Vamos a
alegrarnos. No vamos a pelear». Aún así, las borracheras se-
guían su curso ineluctable: de la alegría, al recuerdo de los
muertos y los agravios del pasado, a la rabia. Los participantes
reaccionaban rápidamente a la menor manifestación de agresi-
vidad y alejaban al borracho. Personalmente, nunca presencié
ningún acto de violencia física pero sí escuché hablar de varios
casos, aunque por lo general la violencia se da entre hombres o
entre mujeres, rivales en el amor. Durante las borracheras fes-
tivas, que pueden durar dos o tres días, los hombres no van a
cazar, las mujeres no van a la chacra, no cocinan ni sirven comi-
da a sus hijos. Las mujeres siempre recuerdan las fiestas de
borrachera del pasado apiadándose de sus hijos pequeños por-
que no tenían nada que comer y se asustaban viendo a sus pa-
dres llorar y pelearse. Cuentan entre risas y ternura cómo sus
hijos se escondían, desconociendo a sus padres y se refugiaban
en la casa, haciendo su propia comida, «pescando cualquier
pescadito. Buscando algún pedacito de pan. Entre niños nomás
viven». Como si fuesen huérfanos.
300
8.4. EL SORTILEGIO DE LA RISA
208 Me refiero al debate mencionado por Anne Christine Taylor (1996:206) entre
las escuelas francesas y brasileñas, que colocan la guerra y las relaciones
supralocales en el centro del análisis, a las que suscriben los seguidores de
Philippe Descola, Anne Christine Taylor y Eduardo Viveiros de Castro, y la
escuela inglesa de los seguidores de Joanna Overing, que destacan las relacio-
nes de convivencia. El debate hace parte de la dialógica del pensamiento
antropológico y, como he querido reunir en este libro, las etnografías de las dos
escuelas forman un conjunto impresionante. Lo que me parece esencial es que
sea cual fuere la opción teórica que se tome, ya no podemos continuar tratando
a las mujeres como objetos pasivos de intercambio, víctimas y presas, sin voz ni
agencia, productiva y depredadora, propia. No es aceptable que se realicen
estudios supuestamente sobre los hombres y las mujeres, cuando en realidad
solamente hablan de los hombres y de su punto de vista.
301
Si bien es indudable que, bajo ciertos aspectos, el matri-
monio es concebido en términos de un intercambio de muje-
res por los hombres, tal y como lo sostiene la teoría de la alianza,
este es solamente un elemento de las relaciones de inter-
cambio y de seducción puestas en movimiento en el matrimo-
nio209. Considerando con atención las interacciones de seduc-
ción y conyugales, no es posible distinguir tan claramente quien
es circulado, quien es la presa y quien el cazador en el juego
del amor. Por ejemplo, la seducción entre los airo-pai subvier-
te la idea del hombre activo y de la mujer cautiva o domestica-
da210. Hombre y mujer son presa y cazador, pero cada cual
utiliza tácticas de seducción distintas. Por lo general, son las
mujeres las que toman la iniciativa. Los hombres son más re-
traídos y se mantienen a la expectativa. La idea es que los
muchachos deben hacerse desear por las jóvenes, demostrando
sus múltiples habilidades de trabajo –para la subsistencia y
para la adquisición de mercancías– pero deben mantenerse
aparentemente inmunes al encanto de las muchachas que les
echan el ojo, hasta encontrar aquella que su corazón prefiere,
o que sus padres prefieren, como era a menudo el caso en el
pasado reciente. La reputación de ser buenos trabajadores,
«bien criados», de los muchachos debe expandirse por las
comunidades para llegar a los oídos de todas sus pretendien-
tes potenciales y de sus padres y sus madres.
209 Entre los desana, un grupo patrilineal y virilocal, cuando una muchacha es
entregada en matrimonio, es acompañada de un hermano menor. El niño es
criado por sus suegros de su hermana, y al llegar a la madurez, se casa con una
hija de sus suegros o con una muchacha del patrilinaje del suegro de su hermana.
Este ejemplo muestra, en el caso patrilineal, que no solamente las mujeres sino
también los hombres son intercambiados y criados para el matrimonio. Se dice que
el suegro de su hermana «cocina» al muchacho, volviéndolo «matrimoniable»
para la gente de su patrilinaje (ver Reichel-Dolmatoff, 1997:67). Esta «cocción»
constituye un período de servicio de la novia, pero no se trata de dominar y
controlar el trabajo del muchacho, sino de complementar la crianza recibida por
sus padres.
210 Ver Taylor (2001) para una discusión de las relaciones de género concebidas
como relaciones de seducción y domesticación asimétricas. Mientras la mujer
debe ser domesticada por el hombre, el cazador intercambia a sus hermanas con
otros hombres. La mujer es una presa a ser domesticada que, a su vez, domes-
tica a sus mascotas animales. «Este lazo compuesto entre el hombre y la mujer
es hecho posible y, al mismo tiempo, comprendido por ‘el matrimonio’, es decir,
según la lógica implacable de los jíbaro, la relación establecida entre cuñados
hombres, el epitomo de los lazos sociales» (Taylor, 2001:53).
302
Las muchachas, por su parte, también deben tener reputa-
ción de ser buenas trabajadoras y deben tener cuerpos robus-
tos, ya que las delgadas no corresponden con los patrones esté-
ticos locales. Son ellas quienes deben ofrecerse voluntariamente
al muchacho. En el pasado, los matrimonios eran arreglados en
conversaciones formales, organizados por los padres de la mu-
chacha, y reunía a varias «parejas de conversación» formadas
por los padres de los jóvenes, las madres de los jóvenes, y las
abuelas de los jóvenes. En estas conversaciones, se discutían
las relaciones de parentesco entre los interesados, ya que el
matrimonio sólo era permitido entre parientes «un poco leja-
nos»211. Hoy en día no se dan más las conversaciones formales,
pero la idea de que el hombre debe estar preparado para recibir
las ofertas de las mujeres continúa vigente. «Hay que estar
preparado para que no te agarre desprevenido. En cualquier
momento llega una señorita para vivir contigo», me explicó
Anselmo Sandoval, líder airo-pai, en una madrugada a princi-
pios de este año, mientras torcía hilo chambira a la luz de la
lámpara de kerosene como suelen hacer los hombres cada ama-
necer después de tomar yoco.
303
Así el joven ha aguantado en el banquito, sentado ahí
horas. No quería echarse.
–«¿Ya se ha echado?».
–«Todavía».
Finalmente, ya se echó en la hamaca con la muchacha.
Ahí, toda la gente de la maloca se ha puesto a cantar
de alegría.
Así he escuchado de mi papá que ha contado. Así los
antiguos aconsejaban a los muchachos para que traba-
jen. Para que no los agarren desprevenidos.
(Narrado por Anselmo Sandoval).
304
curripaco, un pueblo de familia lingüística arawak del alto Río
Negro, los hombres le cantan a las mujeres, desafiándolas a que
los «atrapen para criarlos», así como quien atrapa a un pájaro
azulejo (Tersina veridis) para tenerlo en casa. Pero la canción es
un hechizo, una «pusanga» en lenguaje regional, realizado sobre
una mujer e invoca el poder de unos hongos psicoactivos que
crecen en unas cuevas de la colina y que causan una risa irresis-
tible. Entre los pueblos amazónicos, «reírse» es un eufemismo
para «tener relaciones sexuales»212. Cuando una muchacha se
derrite de risa con un hombre, está invitándolo a hacer el amor.
Traduzco unas cuantas líneas de esta preciosa canción.
el sortilegio de la risa,
aiemi beenu beenu bee,
yo digo, yo, que seguramente,
yo digo, en cuanto a mí, que seguramente,
aiemi beenu beenu,
tú no eres capaz
de atrapar para criarlo,
de atrapar para criarlo,
de atrapar para criarlo,
un pequeño azulejo,
un pequeño azulejo,
yo digo, en cuanto a mí, que seguramente,
aie beenu beenu bee,
el sortilegio de la risa
el sortilegio de la risa
el sortilegio del papagayo
contenido en la colina
está en mi frasquito de chambira
está en mi frasquito de chambira
el sortilegio de la risa
el sortilegio de la risa
aiemi beenu beenu
aiemi beenu beenu
Es lo que se le dice a las mujeres
(Journet, 2000:144. Traducción propia).
305
Entre los pobladores de la familia lingüística tucano oriental
del Vaupés, estudiados por Christiane Lasmar (2002), el ri-
tual del matrimonio es puesto en escena con la captura de la
novia, que es llevada a rastras a casa de su esposo, dada la
residencia virilocal y patrilineal. Sin embargo, la autora sos-
tiene que el matrimonio, dentro de los patrones tradicionales
de la vida en la comunidad, implica una mayor autonomía para
la mujer. La relación conyugal se caracteriza por la comple-
mentariedad, la interdependencia y por una «estética de la
complicidad», en la que tanto el hombre como la mujer ejer-
cen autoridad mutuamente, muchas veces de manera casi
imperceptible, silenciosa e íntima.
306
La autora demuestra convincentemente que las actitudes que
una mirada externa, occidental, podría fácilmente categorizar
de autoritarismo, subordinación, antagonismo o incomunica-
ción entre los géneros, es todo lo contrario, es la manifesta-
ción de un compañerismo y una historia compartida que va
más allá de las luchas de poder y las expresiones verbales.
Devolviendo la mirada del observador occidental, los po-
bladores amazónicos suelen considerar que las relaciones de
pareja entre los «blancos» son, por así decir, malsanas, llenas
de enfermedad. Como explican los chamanes galibi de la
Guyana francesa, los blancos no comprenden que es su mal
manejo del flujo de la sangre lo que los vuelve enfermos.
El punto al que quiero llegar con estos ejemplos es que las rela-
ciones de pareja, y en general, las relaciones de género en la
Amazonía son relaciones entre sujetos activos, hombres y mu-
jeres producidos y productores de compañía y de recuerdos de
la compañía compartida en el pasado. Las técnicas de la memo-
ria amazónicas son técnicas del manejo de la sangre, y por lo
tanto, necesariamente, técnicas de manejo de la fertilidad que
involucran a ambos géneros. Es decir, la fertilidad no es sola-
307
mente un aspecto más de la vida social de los pueblos amazóni-
cos. Es el corazón: es el feto. Es el pensar, el acordarse de
quienes nos criaron, y el sentir compasión por los desvalidos,
los hijos, los hijos adoptivos y por sí mismo. El manejo de la
sangre para la fertilidad y la generación de la memoria es la
salud derivada de la producción y preparación de los alimentos,
la manufactura de artefactos, la guerra, el chamanismo, la eco-
nomía y la política. Comprender el significado de las restriccio-
nes y de las relaciones de poder entre personas del mismo
género y de género cruzado implica comprender sus ideas so-
bre la fertilidad y la memoria hecha cuerpo en la sangre de los
hombres y las mujeres. Como lo muestra Gerardo Reichel-
Dolmatoff (1997:65) para los desana, el manejo de la fertilidad
es el meollo de la relación con el exterior del bosque.
308
Los movimientos demográficos sustentan el idioma de la gente
que «se acaba» y se «multiplica»: el flujo de la población por
las venas de la historia. Desde la colonización europea este
es también el flujo de la orfandad dejada por las guerras y las
epidemias. Hasta el día de hoy, la alta morbilidad y mortan-
dad de los pueblos amazónicos es el espejo de las empresas
coloniales, de la deforestación y las intervenciones econó-
micas y políticas estatales que no entienden y no toman en
consideración las necesidades y las prioridades de sus po-
bladores ancestrales.
309
altas de Sudamérica214. El alcoholismo con aguardiente, la
madre-soltería y la prostitución, incluyendo la prostitución
infantil en los centros urbanos turísticos, son fenómenos que
solamente hemos podido esbozar en este libro por falta de
estudios especializados, a pesar de ser problemas críticos en
la actualidad.
El alcohólico, como lo muestra la concepción mbyá-guaraní,
es un ser enamorado de los espíritus telúricos aña, que «no
tiene cuerpo», que «no tiene parientes», que «está solo»215.
No siente falta de sus parientes porque prefiere la compañía
de los espíritus errantes sin un lugar, sin una carne en el que
generar memoria. Es alguien que no tiene recuerdos de los
suyos y no piensa en prodigarles cuidados, «que no tiene co-
razón», «que no sabe pensar», como dirían muchos pueblos
amazónicos. «Quien no siente falta de sus parientes, como se
siente falta del agua, no es gente. Es como un yuxin que se
queda vagando por ahí». A mi parecer, estas palabras de Anto-
nio Pinheiro, hombre cashinahua, describen el estado de in-
toxicación del alcoholismo que está acabando con muchos va-
rones (Lagrou, 1998:24). Entre las mujeres, el bufeo colora-
do, espíritu de los muertos blancos y padre de los hijos de
paternidad desconocida, ejerce una fascinación similar al aguar-
diente sobre los hombres. El bufeo es entrador, es el mejor
bailarín en las discotecas del pueblo, tiene dinero y ropa fina.
Cuando una mujer se enamora de un bufeo, deja a los suyos
para seguirlo, para después regresar desilusionada con un niño
mestizo en brazos.
El desafío de la vida social de los pueblos amazónicos en el
presente es incorporar productivamente la peligrosa realidad
exterior de los blancos para desarrollar alternativas educati-
vas, económicas y políticas adecuadas, y producir parientes,
214 En 1996, se estimó que la tasa global de fecundidad entre los pueblos amazóni-
cos del Perú era de 7,9 hijos por mujer, muy superior al promedio nacional de
3,4 hijos. La proporción de mujeres adolescentes casadas entre los 12 y 14 años
era de 5,3% y la tasa de fecundidad más alta se concentraba entre las mujeres
con edades de 20-24 años, lo que indica que las mujeres indígenas inician y
concentran su vida fértil a temprana edad (Oliart, 2001). Para información sobre
la situación de salud reproductiva entre los pueblos amazónicos brasileños ver
Coimbra y Garnelo (2003).
215 Ver capítulo 7.5.
310
sangre y memoria, generando la identidad y la alteridad nece-
saria a su existencia. Hemos visto que, aunque ambos géneros
participan en el proceso de incorporación exterior de los blan-
cos, las dificultades y las trampas que aguardan a hombres y
mujeres son diferentes y pueden conducir a un deterioro de la
complementariedad e interdependencia de las relaciones de
género. En particular, las actividades de los líderes políticos,
que se concentran entre los hombres, implican el distanciamiento
de sus hogares y una sobrecarga de trabajo para sus esposas,
debido a los frecuentes viajes de los hombres para mantener
contactos en la región y asistir a reuniones de representación.
Los líderes enfrentan un dilema difícil de resolver. Si se dedi-
can a sus actividades políticas para la protección de sus territo-
rios y reivindicación de sus derechos, dejan desamparadas a
sus familias en la comunidad, privadas de su trabajo en la cha-
cra, la caza y la pesca, y de su presencia para fomentar el ejem-
plo, aconsejar y guiar a los pequeños, generando los recuerdos
de las vivencias compartidas que alimentarán el sentido de iden-
tidad de sus hijos en la edad adulta.
Entre las mujeres, son pocas las que tienen cargos políti-
cos, en gran parte debido a la necesidad de mantener a su
familia con el trabajo de la chacra, lo cual no les permite ale-
jarse de la comunidad con frecuencia o por períodos prolonga-
dos. Por lo general, las mujeres también demuestran particu-
lar dificultad o reticencia a adoptar el estilo de oratoria pública
necesaria para tomar la palabra en reuniones fuera de la co-
munidad, a nivel local y regional, dirigiéndose a extraños en
una lengua extranjera a la suya. Esto no quiere decir que las
decisiones de las mujeres no tengan ningún peso sobre los pro-
cesos de decisión de la comunidad, pero sí implica que la parti-
cipación política de las mujeres es marginal al aparato organi-
zativo formal, y poco visible y audible desde el exterior. Exis-
ten relativamente pocas mujeres líderes (Zevallos, 2003:14).
En un estudio que realicé entre los pobladores awajún, ashá-
ninka y shipibo-conibo, salió a relucir que la mayoría de los
líderes políticos indígenas comienza su carrera política ocu-
pando cargos de responsabilidad dentro de su comunidad. Pero
mientras los hombres suelen ocupar cargos de todo rango, las
mujeres suelen confinarse a cargos complementarios de ám-
311
bito estrictamente femenino, especialmente relacionadas a la
escuela y los clubes de madres. Son muy pocas las mujeres
que ocupan la posición de jefe de la comunidad. Una similar
diferencia de cargos caracteriza la participación femenina en
las organizaciones indígenas y en la política municipal, local y
regional (Belaunde, 2005:76).
Según las mujeres, uno de los principales motivos por los que
prefieren abstenerse de ocupar cargos de autoridad es evitar
las críticas de los demás, tanto varones como mujeres. De
parte de los varones, las mujeres temen las críticas a su re-
putación sexual y las acusaciones de aprovechar los viajes a
la ciudad y los contactos con colonos y extranjeros para tener
relaciones extraconyugales. De parte de las mujeres, temen
ser criticadas por su falta de habilidad en castellano y por po-
sibles fallas al llevar a cabo sus tareas. Las mujeres se quejan
de que tienen poco poder de convocatoria formal sobre los otros
miembros de la comunidad, lo cual significa que cada vez que
desean organizar una actividad comunal tienen que invitar per-
sonalmente a las demás, y esto requiere de una gran inver-
sión de tiempo y esfuerzo. Las críticas de las otras mujeres
tienen tanto peso, o hasta más, que las de los hombres. Es de
notar que los hombres también mencionan ser el objeto de
similares críticas por parte de hombres y mujeres, pero pare-
cen no incomodarse con ellas. Uno de los puntos negativos
asociados a los líderes masculinos es que tienden a desvincu-
larse y a olvidarse de los suyos, a no tenerlos más en mente
ni visitarlos, y a moverse en círculos políticos regidos por in-
tereses personales de índole partidaria y económica (Belaun-
de, 2005:74, 2004). Como vemos, el desarrollo del liderazgo
indígena es un proceso que tiende muchas trampas en el ca-
312
mino, pero es necesario si se quiere conseguir la participa-
ción ciudadana de los pueblos amazónicos. Como explica Agus-
tina Valera, mujer shipibo, para ser autoridad es necesario no
prestar atención a las críticas.
313
8.6. EL AMANECER / EL ATARDECER
314
Todavía queda mucho por comprender sobre Luna. Espe-
cialmente comprender acerca de esas plantas, llamadas co-
múnmente piripiri en la Amazonía peruana, que son utilizadas
por los hombres y las mujeres para controlar la fertilidad y
para seducir y tener buena visión para cazar, tejer, diseñar y
curar. Entre algunos pueblos de familia lingüística je del Bra-
sil central, como los kayapó, es tal su conocimiento de las plan-
tas, que las mujeres afirman que nunca menstrúan y, sin em-
bargo, tienen una vida fértil activa216. También queda mucho
por comprender sobre la placenta, un tema que prácticamen-
te no exploro fuera de la conclusión, simplemente, porque no
me había imaginado la magnitud de su importancia 217. La
placenta es un tejido orgánico mediador entre el feto y la ma-
dre, que protege al feto y desintoxica los alimentos derivados
del cuerpo de la madre para volverlos apropiados para el feto
y su crecimiento. Si Luna es una placenta, también es un me-
diador, un desintoxificador, un adecuador. Esto nos lleva a aso-
ciar a Luna a un órgano del cuerpo que lo hemos tenido en el
olvido en este libro: el hígado218. Queda claro que las restric-
ciones alimenticias de los períodos de reclusión también res-
ponden a la necesidad de facilitar la desintoxicación de la san-
gre por el hígado. Hay buenas razones, por lo tanto, para com-
prender por qué Luna y la sangre de la menstruación, el post-
216 Ver Lee (1999) y Fisher (2002:126). Desde la infancia, las mujeres kayapó
usan varias hierbas medicinales para eliminar el flujo menstrual. Sin embargo,
«las mujeres aseguran que pueden concebir específicamente el número de
hijos que ellas desean». La misma información me fue comunicada por los
pobladores de una comunidad Xavante (Belaunde, 2002) durante la filmación
de un documental para la National Geographic sobre el ritual de la carrera de
troncos. Me explicaron que las mujeres usan plantas para evitar la menstrua-
ción y que para sobreponerse a la casi extinción de su pueblo debido a las
epidemias del contacto, habían decidido tener muchos hijos. Para que los niños
nacieran vigorosos era necesario que las mujeres tuvieran relaciones con varios
hombres, incluyendo a los hermanos de su esposo.
217 Ver capítulos 2.1 y 6.2.
218 La asociación entre Luna y el hígado es explícita entre los desana. «Ya he dicho
que el hígado se considera como el órgano que, durante los veintiocho días que
aproximadamente dura el ciclo menstrual, acumula y finalmente descarga la
sangre «podrida», dií nyíri, literalmente, «sangre negra». El hígado se llama
nyéme turi, «algo oscura-sección», expresión que se refiere a la Luna, nyamíri
mahsó turi. El sol es semen y su hermana, la Luna, es un hígado henchido de
sangre» (Reichel-Dolmatoff, 1997:63).
315
parto y el homicidio están explícitamente asociados al proce-
samiento de los venenos utilizados en las diferentes técnicas
de subsistencia y las artes amazónicas, como lo hemos visto
en este libro219.
Entonces, ¿qué es Luna? Son muchas sus identidades y
no me queda sino resignarme a recitarlas esperando que el
lector encuentre algún sentido en los últimos párrafos de
una antropóloga que de tanto pensar en Luna terminó por
escribir un semblante de poema. Luna es el recuerdo del
mundo uterino. Es el agua por la que corre y en donde crece
la vida. Es la madre que contiene, pero se rasga, se vacía,
para que los hijos nazcan y sean vistos por otros. Es el padre
cuya cabeza es decapitada para que sus entrañas tengan ca-
beza propia. Es el hermano mellizo que es puesto a muerte
por su rival y da a luz a su hermano mayor. Es el primer
amante despechado. Es el que es sacrificado. Luna es el re-
flejo mediador entre la Tierra y el Sol. Es el gran glotón
pedilón que persigue al Sol ahuyentándolo para que deje
descansar a la gente. Es el guerrero que se defiende con su
escudo contra los jaguares devoradores de los rayos del Sol.
El vigilante y gran chamán que sumerge a la tierra en el
sueño de otros mundos. El espejo del cielo que envuelve a la
Tierra con el tejido amniótico de la atmósfera, tragando los
dardos venenosos del Sol para devolverlos por las noches e
iluminar la oscuridad con su belleza de agua. Es el que traza
el camino del regreso a los hijos en casa y el camino del
canto de los que buscan con quien acoplar. Luna es un bufón:
sus enseñanzas hacen reír para que podamos aguantar y asi-
milar, con la picardía de la provocación, la dulzura del cariño
219 La idea de que el hígado es similar a una placenta para el resto de los órganos de
las entrañas, sugiere una concepción de seres, o mundos, contenidos unos en
otros, como muñecas rusas, cada cual con su propia Luna-placenta. La muñequita
más pequeña sería el ser formado por el hígado y el resto de las entrañas. Este ser
sería las entrañas del feto, el cual sería las entrañas de la placenta-tejido amniótico,
el cual sería las entrañas de la mujer embarazada, la cual sería las entrañas de la
pareja hombre-mujer unida en la hamaca, la cual sería las entrañas del ser forma-
do por la hamaca y Luna, la cual sería las entrañas de Sol, el cual sería las entrañas
de otra Luna más allá del Sol, y así sucesivamente. En apoyo a esta idea, cabe
anotar que la cosmología de una variedad de grupos amazónicos incluye la idea de
que existen varias Lunas y varios Soles en niveles superpuestos del cosmos (ver
Gonçalves, 2001, para los pirahã).
316
y la frescura del buen humor, el saber ardiente del Sol. Luna
es un comeveneno y alimenta a los demás con su comida
regurgitada. Es el proceso de desintoxicación de las plan-
tas, de la carne y de los conocimientos para hacerlos comes-
tibles y pensables, adecuados al ser humano. Es el procesa-
miento de la yuca venenosa para hacer pan y la fermenta-
ción de los vegetales con saliva para hacer una chicha em-
briagante, fresca y dulce.
Pero Luna es también lo que sobra, lo que se desecha del
proceso de desintoxicar los alimentos y los conocimientos, y lo
que permanece venenoso. Sus caminos son un laberinto de ve-
nas que hacen juegos de espejos. Cuando hay tranquilidad, Luna
refleja alegría. Cuando hay miedo, su reflejo reverbera en páni-
co. Cuando hay deseo, Luna es una obsesión. Luna no es ni
infatigable ni infalible. Se cansa. Se asusta. Se engaña. Se deja
seducir por otros mundos. No tiene certeza si va a encontrar lo
que busca, si va a llegar al producto y al lugar deseado, si su
comida matará a quien la pruebe. Luna muere y desaparece del
cielo. Parece que se olvidó de los suyos, que no va a regresar.
Se pierde. Engaña. Pero, otra vez reaparece, porque, como di-
cen las palabras de consejo para sanar el corazón de los huérfa-
nos, «hay que salir a buscar», porque los hijos tienen hambre.
Luna es la primera escritura. Las palmas de la mano pintaron
su cara para que podamos leer en nuestra propia huella el re-
cuerdo del mundo uterino de nuestros orígenes. Si su rostro
estuviese limpio, no nos acordaríamos de lo que pasó.
Luna es madre-padre-hermana-hermano mellizo muerto
de todos los nacidos del manejo de la sangre: de los hombres
que «parecen mujeres» cuando procesan la sangre de su ene-
migo muerto en guerra, de las mujeres que «parecen hom-
bres» cuando no están procesando la sangre de su enemigo
muerto en parto. Luna es la primera relación, el primer sosie-
go, el primer rival, el primer engaño, el primer olvido. La sed
del corazón es sed de Luna, es sed de venganza pero también
sed de compasión. Es la nostalgia por los que se perdieron de
vista pero que traemos de vuelta al acordarnos de quienes
somos. Es gracias a la placenta Luna que una mujer puede dar
a luz a un hijo de varón –que un varón puede engendrar a una
hija de mujer.
317
No sé si logro decir en palabras aquello que el chitonte
shipibo, tejido, pintado y bordado por Suisame Marcelina
Maynas, nos muestra en belleza.
La pintura, Mundos I, del lingüista y antropólogo peruano
Heinrich Helberg Chávez, la canción del venezolano Simón
Díaz, Tonada de Luna llena, la canción del brasileño Caetano
Veloso, Meu Bem Meu Mal, y la canción del argentino Diego
Torres, Color esperanza, nos brindan cuatro versiones contem-
poráneas del mito del incesto de Luna y la prueba de que la
historia permanece en la memoria sudamericana. Luna se
esfuma y derrite de risa con la huella de quien quiere saber
quién es. Se pierde y regresa rabiando de colores al dar Sol a
la vida. Luna luna luna llena menguante. Meu zen, meu bem,
meu mal. Pintarse la cara color de esperanza ...el recuerdo
del olvido de la sangre con que nacimos220.
220 Según el pensamiento desana, cada fase lunar tiene un color y una energía
propia de fundamental influencia sobre los asuntos humanos. Rojo es el color
femenino de la sangre que se mezcla con el amarillo, el color masculino del
semen, para generar el feto en el útero y para generar los rayos del Sol, que son
amarillos y rojos. De la combinación entre el rojo y el amarillo con el color del
cielo, azul, surgen los colores del arco-iris y de las fases de Luna. «El aspecto
verdoso de la Luna se asocia con la fase inicial, inmadura, del crecimiento de las
plantas, llamada saveri; el aspecto amarillento con la madurez, bogë; y la fase
violeta, con la podredumbre, boáro. Todos los hombres y mujeres contienen una
cantidad igual de energías cromáticas que se transmiten por el semen de sus
padres y la sangre de sus madres. En el momento de la muerte, los colores
regresan al sol, su fuente original, y se convierten una vez más en parte de la
«brillantez», gohséri» (Reichel-Dolmatoff, 1997:41).
318
Amarillo, oscuro y claro
319
Verde creciente, amarillo y azul
Color esperanza
[DIEGO TORRES, CANCIÓN ARGENTINA]
320
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